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Domingo de Pascua de Resurrección

Domingo de Resurrección 

Este Domingo Glorioso de la Resurrección del Señor nos encontramos con un pasaje que contiene dos escenas diferentes, aunque íntimamente relacionadas. La primera narra el anuncio de la resurrección de Jesús a las mujeres (vv. 1-8); la segunda, el encuentro de éstas con el Resucitado (vv. 9-10). Aunque Mateo se inspira en Marcos (Mc 16,1-8), introduce significativas modificaciones. Teniéndolo en cuenta, analicemos con detalle la primera escena, fijándonos sobre todo en los personajes. Empecemos por las mujeres: ¿Quiénes son? ¿Por qué van al sepulcro de Jesús? ¿Qué buscan allí? 

Comienza la narración de una de las escenas con la aparición de “María Magdalena y la otra María”. Los lectores del evangelio saben que han sido testigos tanto de la crucifixión del Señor (Mt 27,55-56) como de su sepultura (Mt 27, 61). Y es hacia la tumba de Jesús hacia donde se encaminan la mañana del domingo, para “ver el sepulcro”. Buscan un cadáver, el del Crucificado. Esta insistencia en la sepultura es típica de Mateo, que quiere subrayar en todo momento la realidad de la muerte de Jesús. Fijémonos ahora en otro de los personajes, el ángel del Señor: ¿De dónde viene? ¿Qué hace al acercarse al sepulcro? ¿Con qué rasgos se describe su aspecto? ¿A quién os recuerda esta descripción?, leed Mt 1 7,2. 

El ángel del Señor tampoco es un personaje desconocido, aunque no había vuelto a aparecer desde los relatos de la infancia. Procede “del cielo” y su presencia certifica que la resurrección de Jesús es obra de Dios. Así nos lo recuerdan los elementos escenográficos que rodean su actuación. El terremoto es uno de los fenómenos que suelen acompañar las manifestaciones divinas en la Biblia, y Mateo lo relaciona tanto con la muerte (Mt 27,5 1-53) como con la resurrección del Señor, poniendo así ambos acontecimientos en relación con la plenitud de los tiempos (Mt 24,7).

Además, el aspecto luminoso de este ser celeste recuerda al del mismo Jesús en la transfiguración, que ya suponía un atisbo de la Pascua (Mt 17,2). Al rodar la piedra del sepulcro y sentarse sobre ella, que era “grande” y además había sido “sellada”, corrobora la victoria definitiva sobre el poder de la muerte. Pero Mateo sitúa a otros personajes junto al sepulcro de Jesús: ¿Quiénes son? Si queréis saber por qué el evangelista los incorpora a la escena, leed los dos episodios que la “enmarcan”: Mt 27,62-66 y Mt 28,11-15. 

Los soldados habían recibido el encargo de custodiar el sepulcro para evitar que los discípulos de Jesús robasen el cadáver y propagasen la noticia fraudulenta de su resurrección. Su presencia junto a la tumba del Crucificado sirve para desenmascarar la estrategia de los jefes judíos, que pretenden tapar con un soborno la verdad de lo sucedido.

Los que acusaban a Jesús de “impostor” (Mt 27,63) se acaban comportando como tales. Por otra parte, esta escena presenta el esquema literario típico de una “anunciación”, formado por los siguientes elementos: “manifestación de un ser celeste”, “reacción del destinatario”, “anuncio del mensaje”, “señal” y “misión”. ¿Seríais capaces de reconocer cada uno de ellos en el pasaje? 

La presencia de un ser celeste que transmite un mensaje de parte de Dios a las mujeres responde a la estructura básica de una “anunciación”. Pero, curiosamente, son los soldados quienes reaccionan con temor. Son ellos los que “tiemblan” como la misma tierra y se quedan “como muertos”, una observación paradójica, pues la que vence es la Vida. Las palabras tranquilizadoras del ángel se dirigen, en cambio, a las mujeres y no a ellos. Después del “no temáis”, tan característico en estos casos, viene el anuncio propiamente dicho: “Ha resucitado”, al que se añade una señal, que es el sepulcro vacío de Jesús. Digamos de paso que éste no constituye una prueba irrebatible de la resurrección, pues no a todos les ayudará a creer (como en Mt 28,13), sino un signo que invita a la fe. Finalmente, el anuncio del ángel concluye con una misión y las mujeres son enviadas a transmitir esta buena noticia a los discípulos y a citarlos en Galilea. Ellas cumplen el encargo inmediatamente, impresionadas por lo que han visto y oído, pero llenas de alegría. Pasando a la segunda escena del relato (vv. 9-10), ¿qué semejanzas y diferencias presenta con la primera? Comparad lo que hacen y dicen Jesús y el ángel a las mujeres y lo sabréis. 

Ahora es Jesús quien “sale al encuentro” de las mujeres y las saluda. La reacción de éstas incluye tres acciones
—“acercarse”, “echarse a los pies” y “adorar”— que expresan el reconocimiento del Resucitado como un ser divino. 

Entonces Jesús se dirige a ellas con las mismas palabras del ángel —“no temáis”—, que más que tranquilizarlas psicológicamente pretenden confirmar su fe. Finalmente ratifica la misión que aquél les había encargado, lo cual no deja de sorprender en una sociedad donde el testimonio de las mujeres ante los tribunales era considerado inválido.

Pero Mateo insiste en presentarlas como “apóstoles de los apóstoles”. Aunque, a diferencia del ángel (v. 7), Jesús no los llama “discípulos”, sino “hermanos” (Mt 12,49), para recordar que desea restaurar las relaciones fraternas que ellos habían roto al abandonarle durante la pasión. 

Hoy como ayer, el Señor nos sigue “saliendo al encuentro” y nos convoca para “verle” y para “anunciar” la alegre noticia de su resurrección. Lo nuestro es acudir a su cita sabiendo que él “va delante” de nosotros. 

DOMINGO DE PASCUA

Celebramos hoy la resurrección del Señor. La fiesta de la Pascua es la más importante de todo el año litúrgico. Es una fiesta de luz: el Señor resucitado nos ilumina, pone en nuestros corazones una inmensa alegría, una inmensa esperanza, y nos llena también de amor.

El evangelio nos refiere los acontecimientos de la mañana del domingo de Pascua. El día siguiente al sábado, María de Magdala se dirige al sepulcro por la mañana temprano, cuando todavía era de noche. El sábado no se puede mover nadie, según un precepto muy rígido de la ley judía. Pero el día termina con la noche; por consiguiente, cuando todavía estaba oscuro, María se pone en movimiento para ir al sepulcro.

María está llena de amor, pero también llena de dolor. Cuando llega a la tumba, se lleva una sorpresa: se da cuenta de que la losa ha sido quitada del sepulcro.

Todo el fragmento pretende hacernos comprender que la resurrección es un acontecimiento inesperado para los discípulos. Ellos pensaban que todo había terminado con la muerte de Jesús, no habían comprendido las predicciones de Jesús sobre la resurrección.

Debemos reconocer, efectivamente, que estas predicciones, tal como aparecen en el Evangelio, no eran demasiado claras. Jesús hablaba de «volver a levantarse», que no ha de interpretarse necesariamente como «resucitar»; hablaba de “despertarse”, pero los discípulos no comprendían a qué se referían estas palabras. Por eso, carecían por completo de preparación para el acontecimiento de la resurrección del Señor.

María de Magdala no concluye de la visión de la losa quitada que el Señor ha resucitado, sino que «se han llevado del sepulcro al Señor». La resurrección es, para ella, una cosa extraña e impensable. Jesús ha muerto; no podía salir de la tumba por sí solo; por eso se lo han llevado, y «no sabernos dónde lo han puesto». Se trata de una violación del sepulcro. Esa es la conclusión a la que llega María de Magdala.

María corre a contar lo sucedido a dos discípulos, que se dirigen enseguida al sepulcro, a fin de comprobar el relato de la mujer. Estos dos discípulos son Simón Pedro y el discípulo al que Jesús amaba. El evangelista advierte que el otro discípulo, aunque corre más rápido que Pedro y llega antes —probablemente porque era más joven—, está lleno de respeto por Pedro, le considera verdaderamente el jefe de los apóstoles; por eso no entra de inmediato en el sepulcro, sino que deja entrar primero a Pedro.

«Llega, pues, Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro. Observa los lienzos en el suelo y el sudario que le había envuelto la cabeza no en el suelo con los lienzos, sino enrollado en lugar aparte». Lo que ve Pedro atestigua un hecho verdaderamente extraño. ¿Qué significa? Si unos malhechores se hubieran llevado el cuerpo de Jesús, se lo hubieran llevado a buen seguro con las vendas y con el sudario, no habrían dejado las vendas en el suelo y plegado el sudario en un lugar aparte. 

Cuando entra en el sepulcro el otro discípulo, ve también las vendas y el sudario, pero tiene como una iluminación y comprende:
no han robado el cuerpo de Jesús; Jesús ha recobrado la vida: una vida de una modalidad distinta a la terrena; una vida en la que las vendas y el sudario ya no tienen ninguna utilidad. El otro discípulo «vio y creyó». 

El evangelista observa a continuación: «Hasta entonces no habían entendido las Escrituras, que había de resucitar de la muerte». Juan quiere hacernos comprender que el acontecimiento de la resurrección de Jesús no lo reconocieron los discípulos a partir de la Escritura, sino que, al contrario, fue éste el que iluminó lo que decía la Escritura. Sólo después de este acontecimiento comprendieron los discípulos lo que quería decir la Escritura y lo que querían decir las predicciones de Jesús. Antes no sabían interpretarlas. La resurrección de Jesús fue el acontecimiento que iluminó la mente y el corazón de los discípulos. 

Jesús resucitado es fuente de luz, de una luz muy reconfortante y positiva. La resurrección de Jesús revela el sentido de su pasión. Esta, sin la resurrección, aparecería como un acontecimiento dramático, negativo, como una tremenda derrota, un final sin esperanza. La resurrección de Jesús muestra, en cambio, todo el valor de la pasión, demuestra que ésta no ha sido una derrota, sino una victoria, la victoria del amor. El buen Pastor ha dado su vida por las ovejas (cf. Jn 10,11). Como dice Jesús: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos» (Jn 15,13). Jesús vivió su pasión con amor; por eso obtuvo la resurrección. Obtuvo una vida nueva, que no es la terrena. Obtuvo una vida misteriosa, una vida eterna, llena de belleza y de poder. 

Acojamos, por tanto, este mensaje de la resurrección de Jesús. Hemos de saber que no podremos reconocerla a no ser por medio de la fe. Hablando humanamente, es un acontecimiento inexplicable. Sin embargo, la fe nos hace conscientes de la intervención divina y nos hace acoger esta luz poderosa, que ilumina no sólo el misterio de Jesús, sino también toda nuestra existencia.

Pedro proclama el mensaje de la resurrección de Jesús en la primera lectura. Tras entrar en la casa del centurión Cornelio, toma la palabra y hace este anuncio: Jesús, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él, murió injusta y cruelmente, pero Dios le resucitó al tercer día, y se apareció a muchos. 

Estas apariciones confirman de manera positiva lo que el sepulcro vacío hacía ya intuir. Pedro afirma: «Dios lo resucitó al tercer día e hizo que se apareciese, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados de antemano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con él después de resucitar de la muerte. Nos encargó predicar al pueblo y atestiguar que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos».

Jesús resucitado está lleno de poder. Sin embargo, su primer poder no consiste en juzgar, sino en conceder la remisión de los pecados. Con su pasión nos obtuvo, en efecto, el perdón de todos los pecados, incluso de los más graves. En consecuencia, el primer poder de Cristo resucitado es un poder de salvación. Al final de la historia tendrá también el poder de juzgar, porque es necesario que los hombres sean juzgados al final según hayan acogido o rechazado a Jesús.

Pablo nos revela en la segunda lectura las consecuencias que tiene la resurrección de Jesús para nuestra vida; afirma que nosotros hemos resucitado con él.

El apóstol explica en el fragmento que se lee en la Misa de la noche (Rom 6,3-11) que, con el bautismo, hemos sido sepultados con Cristo en su muerte, para estar unidos también con él en la resurrección. Nosotros, en cierto modo, ya hemos resucitado con Cristo; la vida de Cristo resucitado nos ha transformado ya en nuestro interior. Nosotros no vivimos ya simplemente a nivel humano —a nivel «carnal», como diría san Pablo—, sino que tenemos en nosotros un germen de vida nueva —la vida de Cristo resucitado—, que nos va transformando poco a poco.
Por eso estamos obligados a corresponder a esta gracia extraordinaria que hemos recibido. Pablo afirma: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad lo de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios, aspirad a lo de arriba, no a lo terreno».

Debemos comprender bien la expresión usada por Pablo: «lo de arriba». No se trata de imaginaciones, o de tener la cabeza en las nubes, sino de valores espirituales. El apóstol quiere hacernos comprender que, tras la resurrección de Jesús, no debemos buscar sólo los bienes terrenos, tener pensamientos de codicia y de satisfacciones materiales, sino que debemos ser conscientes de que nuestra vida toma todo su valor de la unión con Cristo en el amor. «Buscad lo de arriba» significa, por tanto, vivir en la fe, en unión con Cristo resucitado; significa vivir en la esperanza de la gracia de Dios para cada momento de nuestra vida, y de la gloria de Dios al final de la misma; significa vivir en la caridad, en el amor divino, que nos viene del corazón de Cristo.

Las realidades de arriba que debemos buscar son realidades muy concretas. Buscar las realidades de allá arriba significa vivir con generosidad, con espíritu de servicio, poniendo una gran atención a las necesidades del prójimo, vivir de una manera verdaderamente digna de Cristo, que dio su vida por nosotros.

Y«cuando se manifieste Cristo, vuestra vida, entonces vosotros apareceréis gloriosos junto a él». La resurrección de Cristo no es sólo fuente de fe: lo es también de una esperanza maravillosa. 

Nuestros corazones deben estar llenos de agradecimiento a Dios por este don extraordinario.

 

  

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