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Nuestro Blog: La Mística

En Reflexiones Católicas estrenamos nuevo blog dedicado a La Mística y Los Místicos, donde encontrarás artículos, biografías, vídeos...
 
 
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Miércoles Santo

MIERCOLES SANTO.

Dios me ha dado el lenguaje de un hombre que se deja instruir: Para que, a mi vez, sepa reconfortar al que está muy abatido. Palabras admirables de psicología humana. Escuchar. Capacidad de escuchar: Papel del Siervo de Dios... verdadero servicio entre hermanos... Saber reconfortar.

Y para ello, ser uno mismo pobre, —dejarse instruir—. Dejarse reconfortar por Dios, para, a su vez, saber reconfortar. Saber lo que es el desaliento, la prueba.

Jesús, habiendo sido probado puede ayudar «a los que han agotado sus fuerzas». En estos días mi oración se hace más ardiente en favor de «los que ya no pueden más». Nombro a los que conozco, que están quizá cerca de mí y se encuentran en ese caso. También pienso en los que están lejos, en todos esos innumerables pobres que hay por el mundo..., los mal alimentados, los mal aposentados o sin hogar, los que no tienen el amor de nadie. Todos aquellos con los cuales Jesús ha venido a compartir su condición. Todos los que más se parecen a Jesús... ¡los que ya no pueden más! 

La «palabra» me despierta cada mañana, para que escuche. El Señor Dios me ha abierto el oído. Jesús, escuchando al Padre. Abre nuestros oídos, Señor, para que sepamos escuchar a Dios también... y escuchar a nuestros hermanos... Haz que yo oiga, Señor, a todos mis hermanos que claman dirigiéndose a mí. Haz que oiga el gemido de los pobres, la llamada de los hermanos. Y ayúdame a responder. Fidelidad. Oído abierto. Sáname de mi «sordera» habitual. Y yo no me resistí, ni me hice atrás. Presenté mis espaldas a los que me golpeaban y mis mejillas a los que mesaban mi barba. No protegí mi rostro de los insultos y de los salivazos. ¡Cuánto paralelismo contigo Jesús! «No protegí mi rostro»

El colmo de la afrenta: la bofetada dada a un adulto, el salivazo que mancilla el rostro. Espectáculo insostenible, incluso en la pantalla de cine o de televisión. Jesús recibió salivazos en su rostro. Perdón, Señor Dios nuestro. Deberíamos avergonzarnos de nuestros pecados. «Si conocieses tus pecados, te invadiría el terror». Pascal. Contemplo tu hermoso rostro sucio, mancillado. “Oh Dios santo, oh Dios fuerte, oh Dios inmortal Ten piedad de nosotros».

Pero el Señor viene en mi ayuda para que no me alcanzaran los insultos... Es el Señor mi defensor. El tema de la «humillación» está vinculado al tema de la «exaltación». Jesús sabía que su muerte sería una victoria. Hay que pensar que Jesús sacó de esos textos, que conocía bien, confortación y certidumbre. La resurección está presente ya en la cruz. Pascua se perfila durante toda la semana dolorosa.

1.- MIÉRCOLES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
2.- MIÉRCOLES SANTO. MEDITACIÓN, ORACIÓN Y REFLEXIÓN PARA ESTE DÍA 

MIÉRCOLES SANTO
EL SIERVO PACIENTE 

La lectura está sacada de los poemas del Siervo paciente que se contienen en el libro de Isaías. El de hoy es el tercero. En él, el Siervo habla de sí mismo. Refiere las vejaciones sufridas en el cumplimiento de la misión; hace hincapié en la voluntariedad con que asume los sufrimientos que los demás le causan, convencido de que Dios sacará de ellos el mejor fruto.

Si bien Cristo no se refirió más que una sola vez al tema del Siervo paciente (Lc 22, 37), la tradición primitiva no dejó de advertir múltiples semejanzas. El tema del Siervo paciente es sentido ya por la primitiva Iglesia como el que más claramente hace referencia a la necesidad que se imponía al Salvador de pasar por el sufrimiento para realizar su designio.

Cada uno de los cristianos, al igual que Jesucristo, está llamado a convertirse en servidor de los demás a través del amor a los hombres. Nada de cuanto afecte al hombre le es extraño al cristiano. Cualquier medida destinada a la promoción humana, debe encontrar eco en su corazón.

Mas, para que nuestra actuación en servicio del hombre sea también anuncio de la transcendencia divina y no puro humanismo, es necesario que nuestro servicio a los hombres esté vinculado al de Cristo. Y he aquí que el evangelio de hoy, cuyo punto principal sea quizás la descripción de la traición de Judas, nos muestra, a través de las reacciones de Jesús, cuál deba ser nuestra línea de conducta en el trato con los hombres.

El evangelista Mateo no quiere dar la impresión de que Judas toma la iniciativa: es Jesús quien dispone, como Señor de la muerte y de la vida, las circunstancias de su «hora». El mismo anuncia la traición (v. 21), ensaya su último gesto de amistad hacia Judas (v. 24) y le indica, finalmente, que conoce todo su proyecto (v. 25). Jesús no sólo no condena a Judas, sino que se presenta ante él con una propuesta de comunión total. Jesús busca a Judas hasta el último extremo. Fue Judas, y sólo él, quien se juzgó a sí mismo, separándose.

Ésta es la gran lección y la gran tarea para cada uno. Amar a un ser es creer, es esperar en él para siempre. Dejaremos de amar a un ser en el momento en que queramos conocerlo. Cuando uno dice que conoce a otro es que ya no espera nada de él, ni cree que sea posible que pueda surgir nada nuevo. Desde el momento, por ejemplo, en que los padres empiezan a juzgar a sus hijos, éstos se ven obligados a volverse hacia algún otro: hacia un amigo, un maestro, una muchacha, cualquiera que crea en ellos y les permita crecer. Cuando pretendéis conocer a un ser, lo asesináis. Lo triste del caso es que tampoco la Iglesia puede presentarse como ejemplo para el mundo. También en ella se pretende conocer en demasía y existen excesivos juicios y recelos. Malos pensamientos que dañan la comunión. Y sin embargo, juzgar a un ser es matarlo. 

No identifiquéis a nadie con lo que vosotros sabéis de él. Creed en él. Es verdad que es necesario juzgar, conocer a la gente, tener los ojos abiertos: no penséis que para amar a uno es necesario dejar de ver sus defectos. Hay que ver los defectos, pero la actitud de siervo paciente.

MEDITACIÓN

Jesús revela quién es Dios y quién es el hombre manifestándonos en su propia historia divino-humana el misterio de la libertad de ambos. Aparece claramente en la pasión, cuando personas y acontecimientos parecen coartarlo, quebrantarlo, hasta clavarlo en la cruz. En el Evangelio de hoy aparecen los dos polos extremos del poder humano: la libertad de entregar / traicionar (abismo de apostasía: Judas) y la de entregarse y darse (la cumbre del amor más grande por los demás: Jesús). Entre ambos polos, cada uno es libre de moverse, de llevar a cabo sus opciones cotidianas, pero el Evangelio nos hace conscientes de una realidad: en los dos extremos está o el poder de Dios o la fuerza del maligno. Pero hoy no sólo aparece la enorme y vertiginosa capacidad de la libertad humana, sino que también se nos muestra algo de la libertad de Dios: su omnipotencia, que brinda al hombre la salvación sin forzarle; su amor, que se entrega —en el Hijo— a sí mismo para que el hombre no sea presa eterna y casi ignorante del pecado. Desde siempre Dios había preparado esta pascua; y cuando el Hijo del hombre vino a cumplirla entre nosotros, se ha abierto a toda criatura un nuevo horizonte ilimitado de libertad: la libertad de amar incluso dando la vida para encontrarse en plenitud en el seno amoroso de la Trinidad.

ORACIÓN

Señor Jesús, déjanos hoy confesar ante ti y concédenos, para hacerlo, un corazón verdaderamente arrepentido y palabras humildes y sinceras. Somos nosotros, Señor, los que te hemos vendido, y no sólo una vez. Cada día especulamos con tu persona y vivimos de esta mísera ganancia; nosotros, los amados por ti.

¿Nos puedes todavía soportar como íntimos en tu casa, para comer el pan de tus lágrimas y beber la sangre de tu dolor? Vendido por nosotros por una miseria, tú nos has comprado, Señor, al precio infinito de tu sangre. Haz, te suplicamos, que, a través de la herida de tu corazón, podamos penetrar y establecernos siempre en la comunión de tu amor Amén.

OFRECIMIENTO

Judas dejó el puesto que Jesús le había asignado en la comunidad apostólica para “irse a su lugar”. Se ha separado de los demás, de la comunidad; llegó hasta este extremo progresivamente: en primer lugar se fue replegando sobre sí mismo, siguiendo un camino muy suyo, y finalmente se fue a su lugar ciertamente, al principio estaba muy lejos de querer traicionar al Maestro. La situación política de Israel era muy compleja, y mucha gente prudente del pueblo se preguntaba si Jesús no era un motivo de desorden. En efecto, ¿qué pruebas había de la misión de Jesús?

Es cierto que Judas debió de atormentarse interiormente, rumiando muchas dudas y pensamientos oscuros. Pero no los compartió con los otros, y quizás fuese ésta la causa de sus ilusiones, de su ceguera y su obstinación. Estaba solo, cerrado en sí mismo. Y en estas circunstancias, nos hacemos incapaces de juzgar las cosas con objetividad. No se comunicaba con los hermanos, reflexionaba solo y andaba a su aire. 

Ofrecimiento

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:
“Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Ap 2,lOb).

REFLEXIONES DEL DÍA

Judas aparece como el protagonista de la liturgia de los tres primeros días de la Semana Santa: el Evangelio siempre habla de él. Y Judas está presente también en el cenáculo.

La presencia de Judas en medio de los doce, en torno a la mesa de Jesús, es, indudablemente, el hecho más inquietante entre los hechos, todos inquietantes, que se condensan en vísperas de la pasión del Señor. Es la presencia del enemigo entre los amigos, del que golpea en el momento y lugar en que se precisa la confianza, porque nadie puede ya defenderse con ninguno.

Jesús no ignora esta presencia, no la pasa por alto; pero, a la vez, no descubre a Judas, no le acusa, no discute con él, no trata de defenderse. No calla a propósito de dicha presencia, para hacerse también presente a él hasta el final. Los doce, sin embargo, tratan de descubrir quién es el que de ellos miente: y en esta tentativa sucumben y caen en la antigua ley de la sospecha recíproca generalizada, de la acusación, de la división. De aquí nace siempre la crisis de la relación fraterna y de comunión: del temor de ser traicionados, del temor de que otro se aproveche, de la pretensión imposible de poner a prueba y verificar las intenciones del otro. No existe otra manera de vencer al traidor que entregarse en sus manos y poner en manos de Dios la propia causa. Pensemos en cuántos desavenencias, cuántas ofensas, cuántas prepotencias, se esconden en nuestra vida por la sospecha. Para sentarse en torno a la mesa de Jesús es preciso fiarse uno de otro sin pensar en el precio que puede costar esta confianza.

  

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