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Nuestro Blog: La Mística

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Lecturas del día 02-02-2018

LITURGIA DE LA PALABRA.

Mal 3, 1-4: "Entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis”.
Salmo: 23: “El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria”
Heb 2,14-18:: “De nuestra carne y sangre participó también Jesús”
Lc 2, 22-40: "Mis ojos han visto a tu salvador"

En esta fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo el texto de Lucas nos repite cuatro veces que lo que hicieron
José y María era “de acuerdo a la Ley” o “para cumplir la Ley”. Todo esto es una manera muy sutil de mostrarnos la condición humana y la inserción plena de Jesús en la vida de su pueblo Israel (tema que se resalta en la segunda lectura). Pero la vida de ese niño que hoy es presentado terminará siendo un proyecto de salvación para todo el pueblo y trascenderá “todas las naciones”.

Los pastores, los magos de Oriente, Simeón y Ana son parte del ciclo de las Presentaciones de Jesús a distintos grupos de su tiempo que debemos interpolar al hoy nuestro. En ese niño se nos ha manifestado la Grandeza de Dios, su Misericordia y su Alianza, que ha trascendido a todos los pueblos. No olvidemos que ese niño también es “signo de contradicción” porque desenmascara, al fin de cuentas, las intenciones torcidas que a veces llevamos, el egoísmo y la violencia que habitan en nuestros corazones. Podríamos decir que también hoy se nos presenta a nosotros la salvación. En la fiesta de hoy se concentra todo el misterio mesiánico de Jesús. Ya veremos a ese niño cuando crezca en estatura, sabiduría y gracia desplegando su mensaje de salvación por toda la tierra. ¿Seremos capaces de maravillarnos por todas las cosas que se dicen de él? ¿Percibimos a Jesús como Luz que ilumina?

PRIMERA LECTURA.
Malaquías 3, 1-4
Entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis

Así dice el Señor: "Mirad, yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino ante mí. De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis. Miradlo entrar -dice el Señor de los ejércitos-. ¿Quién podrá resistir el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata, como a plata y a oro refinará a los hijos de Leví, y presentarán al Señor la ofrenda como es debido. Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, como en los años antiguos."

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 23
R/.El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria.

¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria. R.

-¿Quién es ese Rey de la gloria? -El Señor, héroe valeroso; el Señor, héroe de la guerra. R.

¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria. R.

-¿Quién es ese Rey de la gloria? -El Señor, Dios de los ejércitos. Él es el Rey de la gloria. R.

SEGUNDA LECTURA.
Hebreos 2,14-18
Tenía que parecerse en todo a sus hermanos

Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también Jesús; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaba la vida entera como esclavos. Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo. Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella.

Palabra de Dios.

SANTO EVANGELIO
Lucas 2, 22-40
Mis ojos han visto a tu Salvador

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: "Todo primogénito varón será consagrado al Señor", y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: "un par de tórtolas o dos pichones."

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: "Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel." Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: "Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma."

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.

Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

Palabra del Señor.



Esta celebración, a la que sería más propio llamar «fiesta del encuentro» (del griego Hypapánte), se desarrollaba ya en Jerusalén en el siglo IV. Con Justiniano, en el año 534, se volvió obligatoria en Constantinopla, y con el papa Sergio I, de origen oriental, también en Occidente, con una procesión a la basílica de Santa María la Mayor que se celebraba en Roma. La bendición de las candelas (de donde proviene la denominación de «candelaria») se remonta al siglo X.

Reflexión de la Primera lectura: Malaquías 3, 1-4 "Entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis"

Malaquías escribe años después del exilio, y una de sus preocupaciones es responder a los escandalizados ante el hecho de que los injustos, los ricos y opresores, los infieles, vivían mejor que los fieles. Por ello, anuncia vigorosamente el "Día de Yahvè", cuando Dios destruirá el mal para siempre y asegurará a los fieles una vida saludable. Este anuncio lo realiza vinculándolo muy especialmente al Templo de Jerusalén, y ve el cumplimiento de sus esperanzas cuando Yahvé estará gloriosamente presente en el Templo, y todos los hombres subirán a ofrecer en él un sacrificio aceptable.

Nuestro texto es el anuncio de este momento culminante, en el que Dios vendrá a tomar posesión del templo. No queda claro si los tres personajes que se citan ("mi mensajero... el Señor.. el mensajero de la alianza") son enviados previos; mejor parece que se trata de diversas formas de designar al propio Yahvè (quizás el primer "mensajero" se trate de un precursor; Mateo lo aplica al Bautista: 11, 10). A continuación de la entrada se describe con imágenes enérgicas la obra de purificación que Yavhé llevará a cabo para separar el mal del bien, y concluye con el resultado final: será posible ofrecer a Dios, definitivamente, una ofrenda agradable, porque el pueblo será también definitivamente según lo que Yahvé espera de él.

En un nuevo oráculo, el profeta anuncia la próxima intervención de Yahvé para hacer justicia. El problema de la retribución aparece con frecuencia en el AT, porque la injusticia aparente que supone el éxito del pecador y la desgracia del justo en esta vida forma parte del misterio del mal y constituye una tentación constante para el hombre. Dios va a venir; prueba de ello es que envía a su mensajero para que le prepare el camino. ¿Quién es concretamente tal mensajero? Algunos creen que se trata de Elías, a quien se cita después (3,23). El NT ve en este mensajero a Juan Bautista (Mt 11,10; Lc 7,27). En cualquier caso, se trata del mensajero escatológico que eliminará los obstáculos de orden religioso y moral que impiden la venida de Yahvé.

El profeta pasa después a contestar a un reproche que se hacía a Dios: se le acusaba de haber cambiado de conducta y de no haber cumplido su palabra. Malaquías rechaza tal acusación y afirma que son ellos quienes se han comportado como auténticos hijos de Jacob, «el suplantador» según una etimología popular (Gn 27,36), y quienes pueden ser acusados de versatilidad y de infidelidad. Deben "volver", convertirse, empezando por no defraudarlo en los deberes del culto, si quieren que Dios vuelva a ellos con su misericordia

El último oráculo insiste una vez más en el problema de la prosperidad del pecador y la desgracia del justo. El problema es tan grave que parece inútil y necio esforzarse por cumplir con el deber. La solución está en el «día de Yahvé», que ya llega; entonces se verá claramente la diferencia que ya ahora existe entre las dos categorías y que entonces se manifestará hasta las últimas consecuencias. Con Malaquías, la escatología profética evoluciona hacia la retribución individual al mismo tiempo que se le añade una nota apocalíptica: los justos tomarán parte en el castigo de los malvados.

El mensaje del profeta es de máxima actualidad en un tiempo en que el horizonte religioso es tan oscuro como el de su época, y parece que Dios no tiene prisa por venir. Debemos creer y esperar, porque, a pesar de todo, el Señor vendrá y pondrá las cosas en su sitio.

Reflexión del Salmo 23 “El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria”

Al igual que los salmos 15 y 134, este es un salmo litúrgico. Se llaman así porque recuerdan un rito muy antiguo. Los versículos 3-6 están prácticamente calcados del salmo 15, en el que tenemos la liturgia de la puerta. Aquí además de esta, tenemos otro fragmento de liturgia (7-10), algo parecido a una procesión con el Arca de la Alianza.

Todo parece indicar que el salmo 24 ha sido objeto de diversas adaptaciones a lo largo de su existencia. Tal como se encuentra hoy, podemos distinguir en él tres partes: 1b-2; 3-6 7-10. En la primera (1b-2) tenemos un himno de alabanza. En él se reconoce que el mundo pertenece a quien lo ha creado, es decir, al Señor. La segunda (3-6) está compuesta por una pregunta (3) y su respuesta (4-6). Esta parte es muy parecida al salmo 15, que trata de las condiciones que se exigen para participar de los festejos en el atrio del templo de Jerusalén (las principales fiestas duraban una semana). Es la liturgia de la puerta. La tercera parte (7-10) contiene una exhortación que se repite (7.9), dirigida a los portones (del templo o de la ciudad de Jerusalén), para que se abran y permitan la entrada del la gloria; contiene una pregunta repetida (8ª.10ª) y la respuesta que se repite con ligeras variaciones (8b. l0b).

Para entender mejor la primera parte (hay que tener presente cómo se concebía el mundo en la época en que nació este salmo. Se creía que la tierra era una superficie plana, sostenida por columnas invisibles. Estas columnas hundían sus cimientos en la profundidad de los océanos (cf. Sal 46,3-4). El Señor había sido el autor de tal proeza arquitectónica. Por eso le pertenece la tierra y lo que contiene, el orbe y sus habitantes.

En la forma en que este salmo se encuentra en nuestros días, las partes primera y segunda parecen constituir himnos que el pueblo cantaría durante una procesión solemne.

El salmo 23 recuerda una procesión con el Arca de la Alianza, a semejanza de lo que se narra en 2Sam 6, 1-9. No se sabe con precisión si los portones que se mencionan en los versículos 7a y 9a son los de la ciudad o los del templo. Lo cierto es que la procesión se desarrollaba en medio de la fiesta y la alegría, y en ella el pueblo cantaría las dos primeras partes de este salmo.

La primera parte tiene un aspecto polémico en relación con la idolatría. El orbe, sus habitantes y todas las cosas que hay en la tierra son criaturas de Dios, a diferencia de lo que afirman los adoradores de ídolos. El Señor se presenta como arquitecto que ha fundado la tierra sobre los mares y la ha afianzado sobre los ríos.

En la segunda parte, la procesión ha llegado ya a las puertas. Se desarrolla, entonces, la liturgia de la puerta (cf Sal 15). El pueblo pregunta por las condiciones para poder entrar (en la ciudad o en el templo) y participar así en los festejos. La respuesta entra una vez más en polémica con los ídolos. Y presenta como condiciones la justicia (manos inocentes), la integridad (pureza de corazón), el rechazo de los ídolos y la rectitud en las relaciones con la gente, sobre todo en los tribunales (Dt 5,20). Esta liturgia de la puerta entra en polémica con los ritos vacíos y contra una religión de mera apariencia. La segunda parte concluye con una afirmación solemne: buscar el rostro de Dios significa cumplir con todos estos requisitos.

La tercera parte presenta un diálogo, repetido, entre el pueblo y los guardianes de las puertas. El pueblo pide que se alcen los portones para que pueda entrar el Rey de la gloria. Los que las guardan preguntan quién es ese Rey de la gloria, y el pueblo responde que es el Señor. Tras este diálogo, ciertamente se abrían las puertas y el Arca entraba en el lugar más sagrado y reserva do del templo de Jerusalén.

Cada una de las partes de este salmo presenta un rasgo característico de Dios. En la primera se refuerza la idea de que Dios es el creador de la tierra y Señor del mundo. En la segunda se presenta a Dios como el aliado de Israel: para responder al compromiso de la Alianza, el pueblo de Dios tiene que establecer unas relaciones de justicia, de integridad y rectitud. No poner en práctica estas condiciones es tanto como confiar en los ídolos y apartarse del Señor. En la tercera, el Señor es presentado como Rey de los Ejércitos, como un héroe valeroso, un héroe de la guerra. En todas ellas, se trata siempre del Dios que camina con el pueblo y habita en medio de él.

En determinadas ocasiones, el Arca de la Alianza era considerada como una especie de general que lideraba el ejército de Israel en sus luchas por la independencia y la libertad. Más tarde, durante la época del exilio en Babilonia, los ejércitos de Israel pasaron a ser las estrellas y los astros. Esto suponía una crítica a la idolatría de los babilonios, que adoraban los astros del cielo.

En cualquier caso, la expresión «Rey de la gloria» implica siempre una crítica del poder absoluto. Este salmo proclama que sólo el Señor es Rey. Y el Arca de la Alianza mantiene viva su presencia como compañero y aliado del pueblo.

Jesús denunció la liturgia y los ritos vacíos de su tiempo (puede verse lo que se dijo a propósito del salmo 15). Al margen de esto, podemos recordar cómo entró en Jerusalén aclamado por el pueblo (Mt 21,1-11; Mc 11,1-11; Lc 19,28-38; Jn 12,12-16), como aquel que había establecido la nueva y definitiva Alianza entre Dios y la humanidad. El Arca recordaba que Dios caminaba en medio de su pueblo. Ahora bien, Jesús vivió con y para el pueblo, sobre todo, los empobrecidos y marginados de Galilea.

Este salmo recupera la religiosidad popular, el sentido de las romerías, de las procesiones. Lleva a pensar en la liturgia como celebración de la vida y expresión de la fe. Ayuda a superar el ritualismo y una religiosidad de apariencias.

Reflexión de La Segunda lectura: Heb 2,14-18: “De nuestra carne y sangre participó también Jesús”

El fragmento destaca que Jc, para traer la salvación a los hombres, ha asumido totalmente la condición humana. La salvación consiste en la liberación de la muerte (hasta aquel momento la muerte era un final inexorable: desde entonces es paso a la resurrección), que se ha producido porque JC, venciendo al pecado con su muerte, le ha quitado todo poder al diablo, que era dueño de la muerte (recuérdese el relato del Genesis: el diablo ha provocado el pecado, y la consecuencia del pecado ha sido la muerte).

Jesucristo, para poder liberar a los hombres del pecado (=para poder ser "pontífice"), tenía que ser totalmente como un hombre y presentar ante Dios la imagen de hombre perfecto, fiel a su voluntad hasta el final. De este modo, por una parte Dios puede contemplar su modelo de hombre libre del pecado, ruptura definitiva de la situación de pecado en que se hallaba la humanidad entera; y por otra, los hombres ven el camino al que están llamados realizado por uno que ha pasado por las mismas pruebas que ellos.

1. Jesús, el Salvador, es uno de los nuestros; ha compartido nuestra sangre y nuestra carne y no se avergüenza de llamarnos hermanos (2,11.14). Hb dice con palabras propias lo mismo que nosotros queremos expresar con el tono entrañable de Navidad.

Jesús ha asumido todo lo humano: alegría, amistad, familia, sencillez. Ha asumido esto clavado esencialmente en nuestra sangre y en nuestra carne: dolor, limitación, sufrimiento, muerte. Más aún, aceptó a los hombres tal como son, limitados, mediocres, pecadores, con sus odios pequeños e irracionales; Jesús asumió a los hombres como hermanos, hasta en la terrible y absurda mezquindad que los lleva a matar al justo precisamente porque les habla de paz, de sinceridad, de vida limpia, de Dios.

Ya desde Belén Jesús aprendió cuán difícil es acoger a los hombres reales. Hb subraya todavía un último paso: Jesús sufrió también la angustia de la muerte (2,14-15; 5,7), resumen de todos los miedos humanos; la angustia del hombre que siente un anhelo infinito de vida y felicidad y se encuentra diariamente con sus desesperantes limitaciones hasta acabar en la amenaza total de aquel anhelo en la oscuridad de la muerte. Todo este misterioso y complejo mundo humano está dicho entrañablemente en el niño débil, ignorado, alabado y perseguido de Belén.

2. En el núcleo del misterio de su sencillez, Navidad es una sorpresa inesperada. A través de la experiencia humana vivida por Jesús, con sus sufrimientos, incomprensiones y muerte, consiguió el propio Jesús la perfección (2,10), la gloria y el honor (2,9) de entrar en comunión total con Dios (9,11-12), por la muerte halló la vida y nos liberó de la angustia de la muerte (2,9-15). Jesús empieza ya en Belén su inesperada revelación. El hombre sólo encuentra la verdadera vida en Dios, el único absoluto; esto comporta asumirlo todo tal como es. No es rehusando su propia vida o engañándose, sino asumiéndola como limitada y mortal, como el hombre se entrega a Dios hallando en él la vida verdadera. Belén es la recuperación del hombre. El hombre que vive en Dios aprende a no rehusar su vida humana y a amarlo todo y a todos, tal como son, excepto el pecado.

3. María es la humanidad que concibe al Hijo de Dios y lo arraiga en la tierra humana. Por María, Jesús se ha hecho uno de los nuestros, convirtiendo la vida humana en el más sublime acto de culto a Dios como Hijo suyo. Ella ha sido la primera en seguirle, acogiendo a Dios en la sencillez y generosidad de su vida.

Reflexión primera del Santo Evangelio: Lc 2,22-40: Mis ojos han visto a tu Salvador

LA PROFECÍA DE SIMEÓN.

Cuando José y María presentaron al niño en el templo de Jerusalén, Simeón les bendijo y luego, bajo el impulso del espíritu profético, se dirigió a la Virgen con estas breves palabras: ''Este niño está destinado para ser caída y resurgimiento de muchos en Israel, será signo de contradicción, para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones. Y una espada traspasará tu alma" (Lc 2,34-35). La realidad es que Jesús no fue un conformista dispuesto a darles la razón a todos, sus palabras y sus gestos obligaban a opciones concretas. en favor o en contra de él: "Quien no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo desparrama" (LC 11,23).

a) Otras voces del NT sobre Jesús como signo de división. Antes de entrar en un examen inmediato de la profecía de Simeón, escuchemos algunos otros ecos de la tradición neotestamentaria acordes con LC 2,3435 a la hora de presentar a Jesús como uno que provoca la disensión que suscita la adhesión o la repulsa.

Pedro advierte que a Cristo se le podía aplicar lo que decía /Is/08/14: "Él (el Señor de los ejércitos) será una piedra de tropiezo, una roca de escándalo para las dos casas de Israel, un lazo y una trampa para los habitantes de Jerusalén" (cf I Pe 2,6-8; cf también ICor 1,23-24).

Mateo pone estas palabras en labios de Jesús: "No penséis que vine a traer paz sobre la tierra; no vine a traer paz, sino espada. Porque vine a separar al hombre de su padre, a la hija de su madre, a la nuera de su suegra. Enemigos del hombre, los de su casa" ( /Mt/10/34-36).

La predicación de Cristo —señala Juan en tres ocasiones (Jn 7,43; 9,16; 10,19)— era motivo de cisma entre la gente, ya que daba lugar a pareceres discordes sobre su persona. El mismo Jesús (según Jn 9,39) lo reconoce sin medias tintas, cuando afirma: "Yo vine a este mundo para un juicio: para que los que no ven vean y los que ven se queden ciegos". El elemento discriminante de este juicio es Cristo-luz, es su palabra que revela al Padre (Jn 12,44-50). Esa palabra escudriña los corazones: "En efecto, quien obra mal odia la luz y no va a la luz, para que no se descubran sus obras. Pero el que obra la verdad va a la luz, para que se vean sus obras, que están hechas en Dios" (Jn 3,20-21).

El autor de la carta a los Hebreos (12,3) define la muerte de Jesús como una contradicción que los pecadores arrojaron contra él. Israel —comenta Pablo citando a Is 65,2— fue "un pueblo desobediente y rebelde" ( Rom 10,21: antilégonta).

Del conjunto de estas citas se deduce que la tradición evangélica junto con la petrina y la paulina, aun con la diferencia de los términos empleados, está sustancialmente de acuerdo. El evangelio de Jesús, como soplo acariciador e impetuoso al mismo tiempo, sacude al hombre desde dentro, lo provoca a una actitud. ¡Sí, la fe es una inquietud saludable! Lc 2,34-35 recoge el tema que hemos esbozado en esta rápida panorámica sobre el NT. Lo acoge, anticipándolo en la infancia de Jesús, como si se tratara de un presagio que tendrá la contrapartida en su ministerio público y en el de la iglesia apostólica.

El oráculo de Simeón, el santo anciano del templo, tiene dos aspectos: uno se refiere al pueblo de Israel y el otro a María. Veámoslo más en concreto.

b) Israel frente a Cristo. Respecto a todos los miembros del pueblo elegido (tal es el sentido de muchos en el v. 34, según las normas de la filología), Jesús está destinado a ser causa de "caída y resurgimiento". Con este binomio antitético, Simeón profetiza cuál será el éxito en conjunto de la misión de Jesús. Para quienes lo rechacen, es decir, para los que crean que están en pie fiándose de sus propias seguridades (cf Lc 14,9), él será piedra de tropiezo; pensemos, por ejemplo, en los escribas y fariseos, orgullosos de su ciencia (Lc 11,52-54); en el fariseo de la parábola (Lc 14,9-13.14b), en los invitados a la boda que declinan la invitación por tener otros intereses (Lc 14,16-21ab.24)... Por el contrario, Cristo será ocasión de salvación para cuantos se encuentran en un estado de miseria, de pecado, pero acogen su palabra; pensemos en el publicano (Lc 14,13-14), en Zaqueo (Lc 19,2-10), en los pobres, los cojos, los ciegos y los lisiados que sustituyen a los que fueron invitados primero a la boda (Lc 14,21-23)... Así pues, además de la acogida, Jesús conocerá la amargura y la tragedia del rechazo, será un "signo de contradicción", dice el anciano profeta.

Signo, en primer lugar: en efecto, en su persona Dios se hace manifiesto y cercano a su pueblo (cf Lc 1,68; 7,16), especialmente en la gran revelación pascual: "Como Jonás fue un signo para los ninivitas, así el Hijo del hombre lo será para esta generación" (Lc 11,30). Pero de contradicción; es decir, objeto de repulsa por parte de Jerusalén y del judaísmo oficial, que no reconoció los tiempos de la visita de Dios (cf Lc 19,44b-47; 29,9-18...). Se trata, por consiguiente, de un sendero lleno de espinas el que se perfila para Jesús. "Para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones", añade Simeón (v. 35). La presencia de Cristo tendrá este efecto: revelar cuáles son las esperanzas de todos respecto a él: quién lo acoge y quién lo rechaza. El término pensamientos (gr. dialoguismói) es todavía genérico, sin ninguna cualificación positiva ni negativa. Se necesita un adjetivo, o bien el contexto, para determinar si se trata de intenciones rectas o condenables (cf Lc 1,29 [dieloguízeto]; 5,22; 6,8; 9,46.47; 24,38; además, Mc 7,21, Mt 15,19; Sant 2,4...).

En Lc 2,35 el sustantivo mencionado parece tener una función bivalente; es decir, designa las diversas actitudes, favorables u hostiles, frente a Cristo. Nos relacionamos entonces con el v. 34, en donde se dice que Jesús es motivo tanto de caída como de resurgimiento.

En versión eclesial, Lucas elabora además los mismos enunciados en el libro de los Hechos, donde entra en escena una iglesia que experimenta la contradicción que había padecido antes su Señor. En Iconio, por ejemplo, después de la predicación de Pablo y de Bernabé apoyada en signos y en prodigios (He 14,1-13), "la población de la ciudad se dividió: unos estaban con los judíos y otros con los apóstoles" (v. 4). Y hacia el final del libro

Lucas hace decir a los judíos convocados por Pablo: "Sabemos que esta secta (= cristianismo) encuentra oposición en todas partes (28,22: pantajou antiléguetai).

c) El alma de María traspasada por una espada. La persona y el mensaje de Jesús lleva a cabo un discernimiento dentro de Israel. Pero todo lo que ocurre en Israel como pueblo tiene una repercusión en María como persona: "... También a ti una espada te atravesará el alma" (Lc 2,35a).

Lo mismo que en el Magnificat, se observaba un paso de lo individual (María: Lc 1,46-49) a lo colectivo (Israel: Lc 1,54), así aquí se da una alternancia entre una comunidad (Israel) y una persona individual (María). Esto basta para concluir que también en este paso Lucas asocia a María a su pueblo; ella es hija de Sión.

Nos queda por preguntarnos ahora cuál es el significado más pertinente del término espada. Recorriendo la literatura judeo-bíblica, se ve que la espada es uno de los símbolos más frecuentes para designar la palabra de Dios. En el AT tenemos dos casos (Is 49,2 y Sab 18,15) Este mismo tipo de simbolismo aparece con frecuencia en los comentarios judíos a los textos bíblicos. También el NT, en siete ocasiones, recurre a este lenguaje: la palabra de Dios, que se identifica ahora con la palabra de Jesús, es comparada con una espada cortante de doble filo. Las referencias más abundantes nos las ofrece el Apocalipsis (1,16: "De su boca salía una espada aguda de dos filos": 2,12.16 19,15.21). Está asimismo la carta a los Efesios (Ef 6-17: "Tomad también... Ia espada del Espíritu, que es la palabra de Dios"). Hay que dedicar una especial atención a la carta a los Hebreos (/Hb/04/12): "La palabra de Dios es viva y eficaz; ella penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y es capaz de distinguir los sentimientos y pensamientos del corazón".

Se notará fácilmente la gran analogía que hay entre Lc 2,35 y Heb 4,12. En ambos trozos se habla de espada que "penetra en el alma" y "revela-escudriña los pensamientos del corazón". Esta relación no se le escapó, por ejemplo, a san Ambrosio.

Una vez asentada esta ecuación simbólica espada = palabra de Dios, se asoma la hipótesis de que la espada a la que alude Simeón es figura de la palabra de Dios, tal como se expresa en la enseñanza de Jesús.

Efectivamente, esta descodificación del símbolo espada se armoniza muy bien con el contexto anterior. Poco antes, Simeón había celebrado a Jesús como luz de las gentes y gloria de Israel (v. 32). Sus palabras hacen eco a los poemas del Siervo de Yavé (Is 42,6; 49,6). Pues bien, precisamente uno de esos poemas (49,2) presenta al Siervo de Yavé como un profeta de cuya boca Dios ha hecho una espada afilada. La imagen, como hemos visto, fue recogida varias veces en relación con Cristo en el Apocalipsis ( I,16; 2,12.16; 19, 15.21). Pero también Simeón, al preconizar en Jesús al Siervo de Yavé por excelencia, parece decir que su palabra es semejante a una espada.

Escogiendo esta orientación exegética (que, lejos de excluir a las demás, puede perfectamente integrarlas), la imagen de María seria la de una creyente que, lo mismo que todo Israel, su pueblo, tendrá que enfrentarse con la palabra del Hijo, simbolizada místicamente en la espada. Su alma se verá profundamente penetrada por ella. Efectivamente, siempre en el tercer evangelio vemos que ella acogía y guardaba los acontecimientos y las palabras de Jesús (Lc 2,19.51b; cf 8,19-21 y 11.27-28). Con una actitud sapiencial se esforzaba en sondear su alcance, incluso cuando le procuraban sufrimientos y no llegaba a comprender todo su sentido (L.c 2,48-51b).

Así pues, María hizo que sus pensamientos se aclarasen y se juzgasen a la luz de aquella palabra y se conformó a ella con un crecimiento constante. Esto suponía para ella gozo y dolor. (gozo, al ver los frutos copiosos que la semilla de la palabra evangélica producía en ella misma y en cuantos la acogían con un corazón "bueno y perfecto" (cf Lc 8,15). Dolor, cuando buscaba angustiada a Jesús en Jerusalén y no comprendió su respuesta: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que tengo que estar en la casa de mi Padre? Y ellos no comprendieron sus palabras" (Lc 2,49-50). Conservando en su corazón el enigma de esa frase, ella "avanzó en la peregrinación de la fe" (LG 58), no sin pruebas ni oscuridades. Pero el colmo de la aflicción inundó su espíritu cuando vio a su Hijo rechazado y crucificado. Obedecer a la voluntad del Padre (¡ella, la madre del ajusticiado!), permanecer fiel a las palabras del Hijo sobre todo en aquel momento de tiniebla (cf Redemptoris Mater 18): he aquí el punto crucial de la transfixión que esta palabra produjo en las fibras de María. Según esta exégesis, no seria lógico restringir solamente a la compasión de la Virgen al pie de la cruz la profecía de Simeón. Abarca más bien todo el arco de su misión de madre del Redentor y especialmente el drama del Calvario. ¿No decía acaso Jesús: "Si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese a si mismo, tome su cruz de cada día y sigan" (Lc 9,23)?.

CONCLUSIÓN. MARÍA-ABRAHAN: Abrahán, nuestro padre en la fe, "obedeciendo la llamada divina, partió para un país que recibiría en posesión, y partió sin saber a dónde iba" ( Hb 11-8). María, madre de los creyentes (cf Jn 19,2627a), aceptó que su vida se plantease según la palabra del Señor que le había sido revelada por el ángel (Lc 1,38). Con su fiat se dispuso a salir de si misma para seguir los caminos de Dios, que "es más grande que nuestra conciencia y lo sabe todo" (1Jn 3,20). La Virgen llevaba a su Hijo en los brazos, pero no se negaba a dejarse conducir por el Hijo por un camino incierto y difícil; también para ella se hizo realmente ejemplar la frase de Jesús: "El que pierda su propia vida por mi, la salvará" (Lc 9,24; cf Mc 8,35; Mt 16,25; Jn 12,25). Contemplada en esta dimensión, MarÍa, además de madre, es hermana nuestra a la hora de compartir la gozosa fatiga de creer.

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Lc 2,22-40. María y José cuidan de Jesús.

El evangelista nos presenta en este pasaje a la sagrada Familia cuarenta días después del nacimiento de Jesús. José y María llevan al niño al templo, donde es consagrado al Señor, Allí lo encuentran las dos personas ancianas, Simeón y Ana, que creen en las promesas de Dios y que, llenas de gozo, pueden experimentar que Dios cumple lo que promete. En las palabras dirigidas a María, Simeón tiende la mirada hacia delante, hacia el tiempo en que Jesús no vivirá ya con su madre, hacia el tiempo en que le toque llevar a cabo su misión. Al final, la sagrada Familia retorna a Nazaret, donde Jesús crece junto a María y José. La sagrada Familia se manifiesta aquí en sus más variadas relaciones y tareas. Lejos de ser una familia cerrada en sí misma, vive en medio del pueblo de Israel y bajo la Ley del Señor. En correspondencia con la edad y el desarrollo del niño, cambian las tareas de los padres y su relación con él.
María y José no se preocupan sólo del bien físico del hijo. Lo introducen en las santas normas que Dios ha dado a su pueblo. A los ocho días del nacimiento, el niño es circuncidado (cf. Lev 12,3) y acogido en la alianza estipulada por Dios con Abrahán. A los cuarenta días de su nacimiento, los padres lo llevan al templo. Este es el día en que una mujer que ha dado a luz un hijo varón debe presentar la ofrenda para la purificación (Lev 12,1-8). Como ofrendas, son previstas por la Ley una oveja o una paloma. María ofrece dos palomas, tal como estaba permitido a los pobres. Su ofrenda manifiesta que ella es madre de un hijo y que es una mujer pobre.

Puesto que es el primogénito (2,7), Jesús, según la Ley, pertenece a Dios (Ex 13,2.12-15). Esta disposición recuerda que todo pertenece realmente a Dios, puesto que él lo ha creado todo. El hombre puede reconocer este hecho restituyendo a Dios, en el sacrificio, algo que ha recibido de él. Según la Ley, los machos primogénitos de los animales debían ser sacrificados, mientras que los hijos primogénitos debían ser rescatados con dinero.

Lucas no dice que Jesús fuera rescatado, sino que fue presentado al Señor, que fue consagrado. Jesús pertenece a Dios de un modo singular, ya que María lo ha concebido por obra del Espíritu Santo. En conformidad con esto, el ángel había afirmado en el relato de la vocación de María: «Por eso, el niño será llamado santo e Hijo de Dios» (1,35). El templo es el lugar de la presencia particular de Dios en medio de su pueblo. María lleva a la casa de Dios a aquel que ella ha recibido por el poder de Dios y lo ha engendrado. Reconoce que este hijo no le pertenece a ella, sino que pertenece a Dios. En brazos de María, Jesús va por primera vez a la casa de su Padre. Volverá al templo a los doce años, también con María y José, pero esta vez por su propio pie. Cuando se quede en el templo sin enterarse sus padres y, después de haberlo buscado, les responda si no sabían que debía ocuparse en las cosas de su Padre (cf. 2,49), les hará comprender de un modo duro y doloroso que él no les pertenece, que él está sometido ante todo a la voluntad de Dios. Mucho es lo que los padres hacen por sus hijos a lo largo de los años. Pero no por eso han de pensar que tienen algún derecho sobre ellos y que pueden prescribir su vida. Los hijos, no obstante, tienen el deber de respetar al padre y a la madre (Ex 20,12).

Simeón y Ana personifican al pueblo de Israel y compendian la historia de este pueblo con Dios. Creen en las promesas de Dios y esperan ardientemente que lleguen a cumplimiento. Habitualmente son las personas ancianas las más vinculadas a las raíces de un pueblo; las que, desde esas raíces, le transmiten la sabia vital, impidiendo que se agoste en una superficialidad estéril. Habitualmente son también estas personas las que mejor conocen el valor de la vinculación a Dios, depositando en él toda su confianza y reservando tiempo para la oración. Su contribución es insustituible para las familias y para la formación de las jóvenes generaciones. Simeón, el anciano, puede tomar en brazos al niño y puede reconocer y proclamar cuál es su significado para Israel y para todos los pueblos. Puede experimentar con gozo que Dios mantiene su palabra y cumple sus promesas.

Simeón bendice a María y a José, Él, que por su larga experiencia conoce la bondad y la fidelidad de Dios, pone a María y a José bajo la bendición de Dios. Con esta bendición cumplirán todas las exigencias y responsabilidades contraídas frente al crecimiento de Jesús. Las palabras que Simeón dirige después a María apuntan, sobrepasando el momento presente, hacia el tiempo en que Jesús lleve cabo su misión. Simeón dice a María: «Mira, este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida. Así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti una espada te traspasará el alma» (2,34-35). Jesús no será el Mesías aclamado por todos. El hecho de que algunos lo reconozcan y otros lo rechacen tendrá consecuencias para María. La espada es el instrumento con el que se hiere y se mata. Tiene por naturaleza un carácter hostil a la vida. El alma es para el hombre la fuente y el centro de toda la vida. Lo que le sobrevenga a Jesús, que será odiado y amenazado, golpeará a María en su vida más íntima como una espada, hiriéndola y dañándola. En esta experiencia dolorosa se pone de manifiesto precisamente la unión total, íntima y cordial de María con Jesús: la vida de Jesús es su misma vida; las ofensas a Jesús son ofensas a ella; el destino de Jesús es su propio destino. Aunque para la sagrada Familia termine el tiempo de la cercanía y de la vida en común, María seguirá siempre junto a su hijo en lo más íntimo de su ser.

Este tiempo, sin embargo, no ha llegado todavía. María y José regresan con el niño a Nazaret. Por muchos años, esta es la patria y el lugar de comunión de la sagrada Familia, con una vida modesta, con los gozos y preocupaciones de cada día. De Jesús se dice: «El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba» (2,40). Bajo la protección y la bendición de Dios, y sostenido por el amor y los cuidados de María y de José, el niño puede crecer y progresar. Estos primeros años son el tiempo de la mayor cercanía y de la más estrecha vinculación. La familia es una comunión íntima, con una única vida, en cuyo centro está el niño y su bien.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Lc 2,22-40. Mis ojos han visto a tu Salvador.

Memoria conjunta de Cristo y de María. La fiesta de la Presentación del Señor se llamó anteriormente Purificación de María. “Para poder asimilar plenamente su amplísimo contenido, la fiesta del 2 de febrero, a la que se le ha restituido la denominación de la “Presentación del Señor”, debe ser considerada como memoria conjunta del Hijo y de la Madre. Esto es, celebración de un misterio de la salvación realizado por Cristo, al cual la Virgen estuvo íntimamente unida como madre del Siervo doliente de Yavé, como ejecutora de una misión referida al antiguo Israel, y como modelo del nuevo pueblo de Dios, constantemente probado en la fe y en la esperanza por el sufrimiento y la persecución” (MC 7).

Tomado del evangelio de la infancia de Jesús según Lucas, leemos hoy el relato de la presentación del Señor en el templo de Jerusalén. Los relatos de la infancia de Jesús, según Lucas y Mateo, siguen el género literario del midrash haggádico que enriquece e interpreta un hecho histórico-teológico con citas, tipos y referencias viejotestamentarias. En el pasaje de hoy subyace intencionalmente el parangón con la presentación del niño Samuel, después gran profeta, por su madre Ana al sacerdote Elí, según leemos en el primer libro de Samuel (1,24s).

María y José acuden con el niño Jesús al templo de Jerusalén para cumplir la doble prescripción de la ley mosaica: presentación del primogénito varón al Señor y purificación de la madre a los cuarenta días del parto.

Proclamación mesiánica en el templo. Las palabras del evangelio de hoy en boca del anciano Simeón constituyen el punto central y básico del relato, y contienen una proclamación en su primera parte, y una profecía en la segunda. Simeón, al igual que Ana la profetisa, encarna la expectativa mesiánica del pueblo israelita; y su intervención es un compendio de cristología, pues bajo la inspiración del Espíritu Santo llama a Jesús salvador, luz de las naciones y gloria de Israel. Ideas que recoge el Prefacio de esta fiesta y que dan el enfoque exacto del misterio que hoy celebramos.

La proclamación solemne, casi oficial, de Jesús en el mismo templo de Jerusalén, como el mesías esperado, se expresa a base de un conglomerado de citas del segundo Isaías, referentes al Siervo de Yavé.

Es la relectura mesiánica y pascual que del hecho de la presentación hacen la comunidad cristiana y el evangelista.

Propio de Lucas, cristiano de origen griego y que escribe preferentemente para no judíos, es el realce que da, en labios de Simeón, a la universalidad de la salvación de Dios: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”, Dichoso este anciano a quien el paso de los años, en vez de apagar su pupila, le dio una visión más aguda y penetrante para ver en aquella oblación, que parecía tan rutinaria como una de tantas, a una pareja distinta y a un niño sin par, el mesías de Dios.

A continuación entra en escena la profetisa Ana, que viene a sumarse a Simeón en la esperanza de cuantos aguardaban la liberación de Israel. Este es el grupo de los sencillos a quienes el Padre revela el misterio de Cristo y del reino de Dios; los que saben leer bajo signos tan pobres y corrientes la manifestación de Dios en la humanidad de su hijo, Cristo Jesús.

Profecía de Simeón: una bandera discutida. La segunda parte de la intervención del anciano se dirige a María, la madre de Jesús, que centra el hilo narrativo del evangelio de la infancia según Lucas. “Este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida; así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti una espada te traspasará el alma”. Después del mensaje de proclamación mesiánica se anuncia el drama paradójico de Cristo, como un contraluz hiriente a los ojos. En ese drama doloroso, la pasión del Señor, María tiene también su participación con Jesús, quien más tarde confirmaría las palabras de Simeón diciendo: No he venido a la tierra para sembrar paz sino espadas.

El paso del tiempo verificó y sigue verificando la profecía de Simeón: Jesús y su mensaje fueron y son signo de contradicción.

El conflicto de Cristo con las autoridades religiosas de su tiempo se resolvió, como tantas veces en la historia, en términos de violencia cuya primera víctima fue Jesús mismo.

Cristo y su evangelio siguen siendo contestados y dividen a los hombres; división que se traduce hoy con características propias. No se trata tanto de una opción a favor o en contra, cuanto de una actitud de fe o de increencia. Pero el tipo de increencia que hoy priva no suele ser el ateísmo militante y combativo, sino más bien el agnosticismo, la abstención, la indiferencia religiosa. Simplemente se pasa de Dios; o se intenta pasar. Porque no es tan fácil prescindir de él. La pregunta sobre Dios es la más constante en la historia del hombre, a pesar de todos los cambios, revoluciones y progreso técnico; pero varía en su formulación.

¿Qué “presentación de Dios” es la más apta para hoy? Los profundos cambios socioculturales que se vienen produciendo en nuestra sociedad lanzan un reto y propician una oportunidad para una nueva evangelización de la fe, que pasará necesariamente por una crisis de madurez y purificación. Misión de la Iglesia y del cristiano, misión nuestra, es saber presentar hoy a Cristo ante los hombres y ser testigos de la luz que es Cristo mismo, para iluminar a cuantos caminan en tinieblas y sombras de muerte.

Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Lc 2,22-40. Mis ojos han visto a tu Salvador.

Vida oculta de Cristo en Nazareth. La lección de estos dos versículos es importante: por muy Dios que sea, Cristo sigue las leyes naturales del crecimiento humano, tanto en el plano físico como en el plano de la sabiduría. Con la aceptación de comenzar su vida de hombre por el nacimiento, la infancia, la pubertad, la adolescencia, Cristo ha aceptado su misión divina en una Kenosis extraordinaria. Aceptando ese género de crecimiento, ha aceptado el no conocer sino progresivamente la orientación de su vida, las circunstancias de que estará tejida. Ha aceptado el no conocer la voluntad de su Padre, sino a través del medio familiar "de donde no podía salir nada bueno" (Jn 1, 46), los mil y un acontecimientos de la vida (Mt 26, 42). Y sobre las cosas y los hombres no ha aplicado más que los juicios habituales de una inteligencia en desarrollo. Se ha negado a conocer lo que un hombre medio no puede conocer (Mt 24, 36). Ha aceptado el no realizar su fidelidad al Padre, sino a través de una fidelidad absoluta a la fragilidad y a las limitaciones de la condición humana.

El evangelio de la infancia de san Lucas (cap 1-2) comenzaba con la escena del anciano Zacarías en el templo (1, 5-22). Desde el templo, lugar de la presencia de Dios en medio de los suyos, se ha escuchado la palabra que dirige la historia hacia su meta (anunciación de Juan). Hacia el templo, lugar de plenitud del pueblo de Israel, se ha dirigido la historia de la infancia. De la infancia de Jesús en ese templo trata nuestro texto (2, 22-38). Sus elementos fundamentales son los siguientes: a) Presentación (2,22-24); b)revelación de Simeón (2, 25-35); c) testimonio de Ana (2, 36-38) y d) vuelta a Nazaret (2, 39-40).

En el fondo de la escena de la presentación (2, 22-24) está la vieja ley judía según la cual todo primogénito es sagrado y, por lo tanto, ha de entregarse a Dios o ser sacrificado. Como el sacrificio humano estaba prohibido, la ley obligaba a realizar un cambio de manera que, en lugar del niño, se ofreciera un animal puro (cordero, palomas) (cfr. Ex 13 y Lev 12). Parece probable que al redactar la escena Lucas esté pensando que Jesús, primogénito de María, es primogénito de Dios. Por eso, junto a la sustitución del sacrificio (se ofrecen dos palomas) se resalta el hecho de que Jesús ha sido "presentado al Señor", es decir, ofrecido solemnemente al Padre. El sentido de esta ofrenda se comprenderá solamente a la luz de la escena del calvario, donde Jesús ya no podrá ser sustituido y morirá como el auténtico primogénito que se entrega al Padre para salvación de los hombres. Unido a todo esto Lucas ha citado sin entenderlo un dato de la vieja ley judía: la purificación de la mujer que ha dado a luz (cfr Lev 12). Para Israel, la mujer que daba a luz quedaba manchada y por eso tenía que realizar un rito de purificación antes de incorporarse a la vida externa de su pueblo. De esta concepción, de la que extrañamente han quedado vestigios en nuestro pueblo hasta tiempos muy recientes, parece que Lucas no ha tenido ya una idea clara; por eso en el texto original ha escrito "cuando llegó el tiempo de la purificación de ellos", refiriéndose también a José y a Jesús. La tradición litúrgica ha corregido el texto original de Lucas, refiriéndose sólo a la purificación de María, ajustándose de esa manera a la vieja ley judía.

El centro de nuestro pasaje lo constituye la revelación de Simeón (2, 25-35). Jesús ha sido ofrecido al Padre; el Padre responde enviando la fuerza de su Espíritu al anciano Simeón, que profetiza (2, 29-32.34-35). En sus palabras se descubre que el antiguo israel de la esperanza puede descansar tranquilo; su historia (representada en Simeón) no acaba en vano: ha visto al salvador y sabe que su meta es ahora el triunfo de la vida. En esa vida encuentran su sentido todos los que esperan porque Jesús no es sólo gloria del pueblo israelita, es el principio de luz y salvación para las gentes.

Tomadas en sí mismas, las palabras del himno del anciano (2. 29-32) son hermosas, sentimentalmente emotivas. Sin embargo, miradas en su hondura, son reflejo de un dolor y de una lucha. Por eso culminan en el destino de sufrimiento de María (2, 34-35).Desde el principio de su actividad, María aparece como signo de la Iglesia, que llevando en sí toda la gracia salvadora de Jesús se ha convertido en señal de división y enfrentamiento. La subida de Jesús al templo ha comenzado con un signo de sacrificio (2, 22-24); con signo de sacrificio continúan las palabras reveladoras de Simeón. Desde este comienzo de Jesús como signo de contradicción para Israel (u origen de dolor para María) se abre un arco de vida y experiencia que culminará sobre el Calvario y se extenderá después hacia la Iglesia. Todo el que escucha las palabras de consuelo en que Jesús se muestra como luz y como gloria (2, 29-32) tienen que seguir hacia adelante y aceptarle en el camino de dureza, decisión y muerte; en ese caminar no irá jamás en solitario, le acompaña la fe y el sufrimiento de María.

Con las palabras de alabanza de Ana, que presenta a Jesús como redentor de Jerusalén (2, 36-38) y con la anotación de que crecía en Nazaret lleno de gracia (2, 39-40) se ha cerrado nuestro texto.

Elevación Espiritual para este día.

Añadimos también el esplendor de los cirios, bien para mostrar el divino esplendor de Aquel que viene, por el que resplandecen todas las cosas y, expulsadas las horrendas tinieblas, quedan iluminadas de manera abundante por la luz eterna; bien para manifestar en grado máximo el esplendor del alma, con el que es necesario que nosotros vayamos al encuentro de Cristo. En efecto, del mismo modo que la integérrima Virgen y Madre de Dios llevó encerrada con los pañales a la verdadera luz y la mostró a los que yacían en las tinieblas, así también nosotros, iluminados por el esplendor de estos cirios y teniendo entre las manos la luz que se muestra a todos, apresurémonos a salir al encuentro de Aquel que es la verdadera luz (Sofronio de Jerusalén, + 638).

Reflexión Espiritual para el día.

¿Cómo se comporta Simeón ante la grandiosa perspectiva que ve abrirse para su pueblo, en el despuntar de los nuevos tiempos mesiánicos? Con pocas palabras, nos enseña el desprendimiento, la libertad de espíritu y la pureza de corazón. Nos enseña cómo afrontar con serenidad ese momento delicado de la vida que es la jubilación. Simeón mira su muerte con serenidad. No le importa tener una parte y un nombre en la incipiente era mesiánica; está contento de que se realice la obra de Dios; con él o sin él, es asunto que carece de importancia.

El Nunc dimittis no nos sirve sólo para la hora de nuestra muerte o de nuestra jubilación. Nos incita ahora a vivir y a trabajar con este espíritu, a liberar la casa que construimos, pequeña o grande, de modo que podamos dejarla con la serenidad y la paz de Simeón. A vivir con el espíritu de la pascua: con la cintura ceñida, el bastón en la mano, puestas las sandalias, preparados para abrir al mismo Señor cuando llame a la puerta. Para poder hacer esto, es necesario que también nosotros, como el anciano Simeón, «estrechemos al niño Jesús en nuestros brazos». Con él estrechado contra nuestro corazón, todo es más fácil. Simeón mira con tanta serenidad su propia muerte porque sabe que ahora también volverá a encontrar, más allá de la muerte, al mismo Señor y que será un estar todavía con él, de otro modo.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Santa Iglesia: Simeón

La modesta familia de Nazaret se presenta un poco desubicada en los patios del monumental templo erigido por el rey Herodes en Jerusalén, para el rito de la presentación a Dios del primogénito, el recién nacido Jesús. Según la ley bíblica se «consagraba al Señor a todos ios varones primogénitos de los israelitas» (Ex 13,2) y debía ser rescatado con una ofrenda de sacrificio, El evangelista Lucas del fondo de la escena donde hay sacerdotes, levitas, fieles, vendedores, cambistas y curiosos hace avanzar a una pareja de ancianos, Simeón y una viuda de ochenta y tres años llamada Ana.
Ahora pondremos nuestra atención en Simeón, nombre que significa «el Señor ha escuchado» y cuya variante es «Simón», nombre que llevó también Pedro y otro discípulo de Cristo, además de seis personajes neotestamentarios (Simón el «hermano» de Jesús, Simón de Cirene, Simón el fariseo, Simón el leproso, Simón el Mago, Simón el curtidor). Se trata de «un hombre justo y temeroso de Dios», es deçir, el representante de aquellos fieles auténticos que la Biblia llama anawím, los «pobres» del Señor, o saddiqím, los «justos», o también hasídím, los «devotos» que creen en Dios y esperan «el consuelo de Israel», es decir, que alimentan la esperanza de «ver al Mesías del Señor».
Lucas añade a su retrato de Simeón (2,25-35) dos declaraciones solemnes que pronuncia este anciano, llamado por la tradición griega el Theodóchos, es decir, el que acoge (y mantiene en sus brazos) a Jesús, La segunda es un oráculo severo sobre la historia futura que quedará marcada y desgarrada por la presencia de este niño que está «destinado en Israel para que unos caigan y otros se levanten; será signo de contradicción» (2,34). Y su madre se verá también implicada en este drama y «una espada le traspasará el corazón» por el sufrimiento.
Pero vamos a detenernos más sobre la primera declaración que en realidad es un dulce himno que se ha hecho popular en la oración litúrgica nocturna de Completas, con las primeras palabras de la versión latina: Nunc dimittis: «Ahora, Señor, puedes dejar morir en paz a tu siervo, porque tu promesa se ha cumplido: mis propios ojos han visto al Salvador que has preparado ante todos los pueblos, luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel» (2,29-32).
Douglas R. Jones, un estudioso, ha lanzado la hipótesis de que este sereno y breve salmo cristiano pudo ser, en realidad, un antiguo canto fúnebre por un fiel, puesto en boca de Simeón. En realidad es sabido que otros personajes del Evangelio de la infancia de Jesús según Lucas entonan cánticos que han sido reelaborados probablemente por la liturgia de los orígenes cristianos: pensemos en el Benedictus de Zacarías, padre de Juan Bautista, y en el mismo Magníficat de María. Pero hay que decir que el de Simeón no es un adiós crepuscular y melancólico a la vida, sino que es, por el contrario, un saludo festivo al alba mesiánica que empieza a despuntar y cuyo protagonista será ese niño al que Simeón estrecha entre sus brazos. +

Enviado el Viernes, 02 febrero a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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