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Nuestro Blog: La Mística

En Reflexiones Católicas estrenamos nuevo blog dedicado a La Mística y Los Místicos, donde encontrarás artículos, biografías, vídeos...
 
 
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Lecturas del día 10-02-2018

LITURGIA DE LA PALABRA.

1Re 12,26-32;13,33-34: ¡Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto!
Salmo 105: “Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo”
Mc 8,1-10: Multiplicación de los panes

La primera lectura tiene algunos elementos que nos pueden ayudar a entender mejor el evangelio de hoy. Jeroboam rey de Israel hace dos becerros (en el desierto habían hecho uno) y los coloca en dos montañas para confesar que ellos habían sido los dioses que sacaron al pueblo de Egipto. Este hecho es el comienzo del fin del Reino del Norte, el inicio de la desarticulación y la desunión. Jesús, al contrario, reúne al pueblo, no en Betel o Dan, sino en el desierto, comparte con ellos tres días (Dios acompañó a su pueblo en el desierto cuarenta años) y termina todo con una fiesta de comunión, un gran banquete en el que sobran siete canastas. Hubo dificultades y pocas ganas de colaborar por parte de los discípulos, pero Jesús deja a todos satisfechos. El encuentro con la Palabra culmina con el encuentro en la Mesa. Y Dios da pan a todos, vuelve a alimentar a su pueblo en el desierto.

Hoy también en nuestras comunidades debemos encontrar espacios de comunión y participación en torno a Jesús para llegar a adorar al verdadero y único Dios. Jesús nos llama, enseña, alimenta y une ¿por qué hay tantas divisiones? ¿Por qué no hay espacio para todos? (Eran unos cuatro mil los que se alimentaron)

PRIMERA LECTURA.
1Reyes 12,26-32;13,33-34
Jeroboán hizo dos becerros de oro

En aquellos días, Jeroboán pensó para sus adentros: "Todavía puede volver el reino a la casa de David. Si la gente sigue yendo a Jerusalén para hacer sacrificios en el templo del Señor, terminarán poniéndose de parte de su señor, Roboán, rey de Judá; me matarán y volverán a unirse a Roboán, rey de Judá." Después de aconsejarse, el rey hizo dos becerros de oro y dijo a la gente: "¡Ya está bien de subir a Jerusalén! ¡Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto!"

Luego colocó un becerro en Betel y el otro en Dan. Esto incitó a pecar a Israel, porque unos iban a Betel y otros a Dan. También edificó ermitas en los altozanos; puso de sacerdotes a gente de la plebe, que no pertenecía a la tribu de Leví. Instituyó también una fiesta el día quince del mes octavo, como la fiesta que se celebraba en Judá, y subió al altar que había levantado en Betel, a ofrecer sacrificios al becerro que había hecho. En Betel estableció a los sacerdotes de las ermitas que había construido.

Jeroboán no se convirtió de su mala conducta y volvió a nombrar sacerdotes de los altozanos a gente de la plebe; al que lo deseaba lo consagraba sacerdote de los altozanos. Este proceder llevó al pecado a la dinastía de Jeroboán y motivó su destrucción y exterminio de la tierra.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 105
R/.Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo.

Hemos pecado con nuestros padres, hemos cometido maldades e iniquidades. Nuestros padres en Egipto no comprendieron tus maravillas. R.

En Horeb se hicieron un becerro, adoraron un ídolo de fundición; cambiaron su gloria por la imagen de un toro que come hierba. R.

Se olvidaron de Dios, su salvador, que había hecho prodigios en Egipto, maravillas en el país de Cam, portentos junto al mar Rojo. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Marcos 8,1-10
La gente comió hasta quedar satisfecha

Uno de aquellos días, como había mucha gente y no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: "Me da lástima de esta gente; llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y, si los despido a sus casas en ayunas, se van a desmayar por el camino. Además, algunos han venido desde lejos." Le replicaron sus discípulos: "¿Y de dónde se puede sacar pan, aquí, en despoblado, para que se queden satisfechos?" Él les preguntó: "¿Cuántos panes tenéis?" Ellos contestaron: "Siete." Mandó que la gente se sentara en el suelo, tomó los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los sirvieran. Ellos los sirvieron a la gente. Tenían también unos cuantos peces; Jesús los bendijo, y mandó que los sirvieran también. La gente comió hasta quedar satisfecha, y de los trozos que sobraron llenaron siete canastas; eran unos cuatro mil. Jesús los despidió, luego se embarcó con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanuta.

Palabra del Señor.


Reflexión de la Primera Lectura: 1 Reyes 12, 26-32;13,33ss. Jerobohan hizo dos becerros de oro.

Siguió nombrando de entre el pueblo sacerdotes para los santuarios de los altozanos. A todo el que se lo pedía lo consagraba sacerdote de los altozanos. Este fue el pecado de la dinastía de Jeroboán, por el que fue destruida y borrada de la tierra.

El reino de Salomón está ahora dividido: Jeroboán guía a las diez tribus del norte, mientras que las tribus de Judá y Benjamín se quedan con Roboán. Al cisma político le sigue muy pronto el religioso. Su astuto inventor fue Jeroboán, que sabe muy bien el papel fundamental que desarrolla el factor religioso en la vida de Israel. Las visitas y las peregrinaciones al templo de Jerusalén habrían vuelto a llevar seguramente el corazón del pueblo —y, por consiguiente, el reino— a la casa de David, además de reforzar desde el punto de vista económico al reino del sur. Pensando así en su corazón y temiendo por su propia vida, actuó Jeroboán con un sorprendente ingenio político: reorganizó santuarios en su reino, dando nueva vida a los que ya eran estimados en la memoria del pueblo: Betel, donde Abrahán había levantado un altar al Señor —y también Jacob después del sueño de la escalera—, y Dan, ciudad-santuario desde los tiempos de los jueces.

Por otra parte, Dan y Betel, al delimitar el reino por el norte y por el sur, recogerían, respectivamente, las tribus aisladas del norte y atraerían, desviándolos, a los peregrinos que iban hacia el sur, hacia Jerusalén. Colocó en cada santuario un becerro de oro, conectando con la antigua tradición de tiempos de Moisés que atribuía al becerro la función de pedestal de la divinidad invisible, precisamente del mismo modo que el arca constituye el trono de Yavé en el templo de Jerusalén. Incitó el orgullo del pueblo escogiendo libremente a los sacerdotes al prescindir de la descendencia de Leví. Por último, previó la posible nostalgia de la «fiesta de la Chozas», que atraía al pueblo en peregrinación al templo de Salomón, e instituyó una fiesta análoga en sus santuarios.

Todo esto llevó a cabo Jeroboán por haber escuchado las razones de su corazón: un amor ciego en sí mismo, que vicia su reino desde el nacimiento, destinándolo a la destrucción.

-El cisma humano, político, pasa a ser un cisma religioso.

Anterior al período real, el único enlace entre las doce tribus era su fe religiosa en Yahvéh. A partir de Saúl y sobre todo, de David y de Salomón, el enlace fue político, pero siempre frágil. Bajo un solo rey, las tribus conservaron su peculiaridad. Las torpezas económicas de Salomón y de Roboan exasperan en extremo a las tribus del Norte: a la primera dificultad, cada grupo se encierra en sí mismo... ¡la unidad se ha roto!

Ahora bien, los habitantes del Norte habían tomado la costumbre de ir en peregrinación a Jerusalén, donde estaba el Arca de la Alianza. Que ese movimiento continúe no agrada a Jeroboam, rey de las tribus del Norte. Renovará pues para el culto dos antiguos santuarios, Betel y Dan. Al cisma humano se añade entonces el cisma religioso.

Todo está muy íntimamente relacionado. También HOY.

Sabemos muy bien que las situaciones económicas y políticas marcan profundamente la vida de los hombres.

La Fe es influenciada por el salario ganado: esto puede chocarnos pero es un hecho. Ayúdanos, Señor, a dilucidar todas las condiciones que requiere la evangelización: creer en Dios, ser misionero, debe conducirnos a todos a trabajar también para una mayor justicia, para una verdadera promoción del hombre. Los Papas y el Concilio nos lo repiten insistentemente.

Ruego para que el Señor me ilumine sobre lo que El espera de mí en ese punto.

Ruego también por todos aquellos que tienen mayores responsabilidades en la marcha del gobierno de los pueblos.

-Jeroboam se dijo en su interior: "Tal como van las cosas, el Reino volverá a la casa de David. Si este pueblo continúa subiendo a la Casa del Señor, en Jerusalén, el corazón de este pueblo volverá también a su señor, a Roboam, rey de Judá. Jeroboam erigió pues dos becerros de oro, uno en Betel y otro en Dan..."

Al principio no fue un culto idolátrico. En el pensamiento de Jeroboam, estas dos estatuas son una evocación del verdadero Dios, Yahvéh.

Pero el pueblo pronto se deslizará hacia la idolatría por contagio de los cultos de Baal, existentes en toda la región. Baal era también representado por estatuas de animales.

¿Cuál es mi «becerro de oro»?

¿Qué contaminación de los valores del mundo, contrarios a los valores evangélicos, dejo penetrar en mí?

La falta, el error de Jeroboam y el de las tribus del Norte, en el fondo consiste en usar la «religión» «para un fin político». Para conservar su reino, para salvaguardar sus intereses, instituye lugares de culto.

También ocurre esto entre nosotros, ponemos a Dios a nuestro servicio, en vez de ponernos nosotros al servicio de Dios. Nos forjamos una cierta concepción de Dios según nuestras necesidades. Señor, ayúdanos a aceptar tus exigencias, incluso cuando nos parece que van contra nuestros intereses inmediatos.

-Este proceder hizo caer en pecado a la casa de Jeroboam y fue causa de su ruina y su exterminio sobre la faz de la tierra.

Interpretación de la historia. El destino trágico de las tribus del norte está ahí para confirmar que no nos separamos impunemente de Dios. "Ruina" y "exterminio" son las secuelas del rechazo explícito de Dios. Los golpes de Estado para las sucesiones de los reyes serán continuos durante dos siglos, hasta la total destrucción del reino bajo las armas de Teglat-Falasar.

Señor, ten piedad. Sálvanos de nuestras culpas 

Reflexión del Salmo 105 Acuérdate de mi Señor por amor a tu pueblo.

Es un salmo histórico, pues cuenta parte de la historia del pueblo de Dios, El período que contempla este salmo abarca desde la salida d Egipto (7) hasta el exilio en Babilonia (46). Este salmo hace una lectura pesimista o negativa de la historia, pues se fija en la infidelidad del pueblo a la alianza.

Podemos distinguir en él una introducción (1-6), un cuerpo (7- 46) y una conclusión (47-48). La introducción (1-6) contiene diferentes elementos: el autor invita al pueblo a alabar al Señor por su bondad y por su amor (1); pregunta quién es capaz de contar las proezas del Señor (2) y él mismo se responde, asociando a la vida de tal o tales personas la observancia del derecho y la práctica de la justicia. Estas personas son felices (dichosas, y. 3). A continuación, el salmista suplica la salvación (4; compárese este versículo con el 47), lo que indica que tiene dos cosas en común con el pueblo con el que vive: el exilio de Babilonia y los pecados y maldades, a semejanza de los antepasados (6). El cuerpo del salmo (7-46) puede dividirse del siguiente modo: empezando por la salida de Egipto, el salmista recorre la historia del pueblo de Dios, insistiendo en las infidelidades o pecados que este pueblo ha cometido. El camino por el desierto (7-33) tiene esta característica: el pueblo siempre traicionó y violó la alianza con Dios. Fijémonos, en este largo período, en las siete ocasiones de infidelidad o de pecado. Incluso después de entrar en la Tierra

Prometida (34-46), el pueblo siguió siendo infiel, y esta infidelidad le valió el exilio en Babilonia, desde donde el salmista clama por sí mismo (4-5) y por el pueblo (47).

La primera infidelidad del pueblo tuvo lugar con motivo de la salida de Egipto, junto al mar Rojo (7-12). Al verse perseguido por el Faraón, el pueblo quiso dar marcha atrás y volver a la esclavitud. Este episodio se narra en Ex 14. Sin embargo, Dios se mostró compasivo, manifestó su poder y, al final, el pueblo creyó en él. La segunda infidelidad se refiere a la cuestión del hambre en el desierto (13-15; léase Ex 16), Dios aumentó a su pueblo. Pero este salmo presenta aquí el primer castigo: «Les mandó un cólico por su gula» (1 5b). La tercera infidelidad recuerda la rebelión del grupo de Datán y Abirán (16-18) que se describe en Núm 16. Tenemos aquí el segundo castigo: la tierra se tragó a los rebeldes y los malvados fueron consumidos por el fuego (17- 18). La cuarta infidelidad (19-23) se refiere al pecado de idolatría, al episodio del becerro de oro (Ex 32). Aparece aquí la amenaza principal: el Señor quiso exterminar al pueblo, pero se vuelve atrás gracias a la intercesión de Moisés. La quinta infidelidad consistió en la cobardía que nace del miedo a la conquista de la Tierra Prometida (24-27). Supone un desprecio del don de la tierra. Ante esta circunstancia, el Señor jura que dispersará al pueblo en medio de las naciones. Tenemos aquí la primera alusión al exilio en Babilonia (27). La sexta infidelidad (28-31) consiste en la adhesión y el culto a los dioses de los pueblos que ocupaban la Tierra Prometida. Este episodio viene descrito en Núm 25. Aparece una nueva amenaza de castigo, contenido, en esta ocasión, por la intervención de Fineés. La séptima infidelidad (32- 33) se refiere al episodio de la falta de agua (Ex 17; Núm 20). A causa de las quejas y murmuraciones del pueblo, Moisés se dejó llevar por la irritación, habló sin pensar en lo que decía y fue castigado por ello.

Después de describir las siete infidelidades del pueblo durante su caminar, el salmo sigue hablando de las infidelidades durante la conquista de la tierra y en la época Posterior (34-46). El punto de arranque de todo es la desobediencia a la orden de exterminar a los pueblos, tal como había mandado el Señor. El incumplimiento de esta orden tuvo distintas consecuencias, a cual mayor: el pueblo se mezcló con las naciones, aprendiendo sus costumbres; adoró a los ídolos y les ofreció a sus hijos en sacrificio. Del culto al Dios de la vida se pasó a la idolatría de los dioses de la muerte. El pueblo cometió toda una serie de maldades, volviéndose infiel a Dios. El salmo califica esta infidelidad de «prostitución» (39b).

El castigo no se hizo esperar. El Señor entregó a su pueblo a las naciones (41). Esto puede referirse tanto a la época de los Jueces, como al tiempo del exilio en Babilonia. Se insiste, por un lado, en la fidelidad de Dios, que libera en muchas ocasiones a su pueblo, y, por otro lado, en la infidelidad del pueblo que, al final, muere por culpa de su propia maldad (43b). No obstante, Dios es siempre fiel a su alianza e, incluso ante el exilio de Babilonia, se deja conmover por su inmenso amor (45b), conmoviendo también l corazón de los opresores, para que tengan compasión. De hecho, la conclusión del exilio vino por mediación de Ciro, rey de los persas.

La conclusión (47-48) contiene una súplica en favor de todo el pueblo exiliado y disperso por entre las naciones, para que vuelva a ser feliz (47; compárese 47b con 1.3), y un himno de alabanza (48), añadido ciertamente como conclusión del cuarto libro de los cinco que componen el Salterio, formado por los salmos 90 a 106.

El salmo 105 resume casi mil años de historia del pueblo de Dios. Con toda seguridad, habría surgido durante el exilio de los judíos en Babilonia. Es, por tanto, un intento de dar una respuesta a la siguiente pregunta: ¿Por qué nos encontramos aquí, en Babilonia? El exilio es resultado de una increíble sucesión de infidelidades al Dios de la alianza y Dios de la vida. El pueblo siempre anduvo dudando entre el Señor y los ídolos, entre la libertad y la esclavitud, entre la vida y la muerte. Mientras que el salmo 105 era una profesión de fe en el Dios fiel que camina con su pueblo, el 106 es una confesión de los pecados e infidelidades del pueblo, que abandona al Dios de la vida para caminar tras los ídolos de la esclavitud y de la muerte. Es, pues, una denuncia de la violación de la alianza y de sus exigencias: el derecho y la justicia (3.38). A pesar de su visión pesimista y negativa de la historia, este salmo apunta hacia una nueva salida (4-5.47). Se enciende una lucecita, la de la esperanza del regreso a la tierra (46).

Este salmo nos muestra a Dios caminando junto a su pueblo, a pesar de que este nunca guarde fidelidad a los compromisos de la alianza. Tenemos, por tanto, dos historias: la de la fidelidad de Dios a la alianza (45) y la de la infidelidad del pueblo. El incremento de la infidelidad no supone que Dios se aleje. Aunque castigue al pueblo, él sigue siendo fiel; aunque el pueblo no lo merezca, él lo hace entrar en la tierra; aunque el pueblo la pierda debido a su infidelidad, Dios se acuerda de su alianza, se conmueve por amor y mueve el corazón de los que oprimen a su pueblo. Cuanto más crece la infidelidad del pueblo, más aumenta la fidelidad de Dios, Si es cierto que equivocándose uno también aprende, también lo es que en los errores se conoce mejor quién es el Señor, el aliado del pueblo.

En este sentido, además de lo dicho a propósito de los demás salmos de este tipo, resulta interesante leer las parábolas de la misericordia (Lc 15) para ver y sentir c(mo actúa Jesús. La historia del pueblo de Dios se caracteriza por la infidelidad, sobre todo de sus líderes, y por la fidelidad de Dios y de Jesús (Mt 22,1- 10).

Hay que rezarlo comparándolo con las infidelidades que encontramos en nuestra historia personal, comunitaria, eclesial, nacional e internacional; también cuando creemos que podemos rezar partiendo de nuestros pecados personales y, sobre todo, sociales. (Véase lo que se ha dicho en este apartado a propósito de los salmos 78, 105, 78; 105.) 

Reflexión primera del Santo Evangelio: Marcos 8,1-10. Segunda multiplicación de los panes

En este pasaje evangélico nos refiere Marcos una segunda multiplicación de los panes. Sigue abierta la pregunta de si se trata de una segunda versión del único episodio ya narrado (Mc 6,30-44) o, bien, se trata, efectivamente, de un nuevo milagro. Con todo, es importante subrayar la particular tonalidad teológica conferida a cada una de ambas narraciones.

Aquí da la impresión de que Marcos quiere poner de manifiesto que la multiplicación de los panes, prefiguración de la eucaristía cristiana, ha tenido lugar en favor de los paganos. Lo hace suponer, entre otros elementos que aparecen en filigrana, esta anotación: «Algunos han venido de lejos». Por otra parte, la compasión que siente aquí Jesús está suscitada por la miseria física de esa gente que ya lleva tres días con él. Es precisamente esta íntima y entrañable coparticipación de Jesús en la incomodidad de la gente lo que provoca la multiplicación de los panes.

La lectura en paralelo de los dos textos orienta al pensamiento a detenerse en la diferente “mirada” que figura en la base del obrar de Jeroboán y de Jesús y a remontar desde aquí a su fuente: el corazón. De aquí brota esa fuerza que es el amor, motor y timón de toda acción.

Jeroboán se mira a sí mismo, teme la precariedad de su posición y orquesta toda una serie de intervenciones orientadas a inducir al pueblo, desde «detrás de los bastidores», para que siga su juego, sin preocuparse de atraerlo así a un pecado que le conducirá a la destrucción.

Una mirada de este tipo es la que está en la base de eso que llamamos «estructuras de pecado». La mirada de Jesús, en cambio, se dirige al hombre. Se posa y se une a su necesidad actual, material y espiritual. La mirada que nace de la compasión se convierte en gesto, y el gesto en don para la vida del otro. ¿No es acaso ésta la mirada que inaugura la «nueva civilización del amor», «la ciudad de Dios»?

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Mc 8,1-10. Segunda multiplicación de los panes.

Banquete para todos. Marcos relata dos multiplicaciones de los panes: una en territorio judío y otra en territorio pagano. Es probable que se trate de una única multiplicación que Marcos duplica con finalidad catequética. La del relato de hoy la sitúa en territorio pagano, para significar que todos están invitados a participar del banquete del Reino, no sólo los judíos, como expresa la parábola del banquete de bodas (Mt 22,1-14).

Esta versión de la multiplicación de los panes para los paganos tiene como característica que las canastas que sobraron son siete en contraposición a las doce de Mc 6,43 que sobraron en la multiplicación para los judíos. El número doce haría referencia a los doce apóstoles, mientras que el número siete lo harían a los siete diáconos helenistas, encargados de servir a las mesas. Frente a una cierta indiferencia fatalista de los apóstoles ante la necesidad de la pobre gente, el evangelista resalta la compasión de Jesús: “Esta pobre gente me da lástima”. Hace suyo el sufrimiento de los pobres; pero su compasión no es mero sentimentalismo, sino que busca soluciones: que la gente comparta, que ponga a disposición de los demás los bienes de su pobreza. Cuando se comparte, el pan se multiplica y hay para todos.

La multitud está en “despoblado”. Son el nuevo pueblo de Dios que peregrina por el desierto conducidos por el nuevo Moisés, Jesús, a la verdadera tierra prometida. Y el viático que les ofrece no es ya maná, sino el verdadero “pan del cielo”: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6,55).

La significación eucarística del relato queda bien manifiesta puesto que narra el milagro con las palabras textuales de la multiplicación del Pan eucarístico: “tomó los panes, pronunció la acción de gracias, los partió y los dio a sus discípulos”. Y para que resalte más el paralelismo, Jesús “entrega los panes a discípulos para que los sirvan”; es el ministerio sacerdotal que les ha conferido para seguir partiendo el pan en recuerdo suyo (Lc 22,19).

El relato hace referencia a una dimensión de la Eucaristía que no siempre se tiene en cuenta: su dimensión misionera. Jesús pide que se recojan los trozos que han sobrado, pero no para llevárselos, sino para compartirlos con los que no han venido, con los alejados. La Eucaristía es el sacramento de la misión. ¿No tenemos este aspecto demasiado olvidado? ¿No consideran muchos la participación en la Eucaristía como un privilegio personal y no como una misión?

Fiesta compartida. Hay otro dato que consignan los evangelistas y que parece intrascendente. Mateo (15,35) y Marcos apuntan: “Mandó que la gente se sentara en el suelo”; Lucas anota: “Decidles que se echen en grupos de cincuenta” (Lc 9,14). No se trata sólo de saciar el hambre; en ese caso hubiera mandado que se repartieran los alimentos y que cada uno los comiera de pie o yendo de camino. Quiere poner de relieve que se trata de un encuentro participativo en el que se comparte. Y se empieza por compartir los “siete panes y los peces”. Por eso en ninguna Eucaristía ha de faltar el ofertorio como gesto de donación de quienes celebran la gran entrega en cuerpo y alma del Maestro.

Las primeras comunidades cristianas no entendían la Eucaristía sin compartir. Lucas deja bien claro cómo compartían en la comunidad de Jerusalén: “Nadie consideraba suyo nada de lo que tenía” (Hch 4,32). Lo mismo hay que decir de las comunidades de Pablo (2 Co 8,10-11; 1 Ts 4,10). Los Santos Padres criticaban duramente a los que iban a la Eucaristía con las manos vacías. Las primeras comunidades cristianas compartían de una doble forma: con la cena de fraternidad cenando juntos. Lucas afirma de la comunidad de Jerusalén: “Partían el pan en las casas y comían alabando a Dios” (Hch 2,46-47); Pablo increpa a los corintios por comer cada uno su cena, sin compartir (1 Co 11,20-21). Y mediante la colecta. En los primeros siglos la colecta se hacía de víveres. Lo recogido se repartía haciendo tres partes iguales: para los pobres, para el ministro de la comunidad y para las necesidades de la comunidad.

El pan de la fraternidad. La Eucaristía es la culminación de la fraternidad eclesial. Es la cumbre a la que se llega siguiendo el proceso de hacerse cristiano en la Iglesia y para el mundo; al mismo tiempo es la fuente de donde mana la fuerza para la vida de la comunidad y de cada uno de sus miembros (cf. SC 10). Es el momento en que la comunidad cristiana es más ella misma y en el que, reconfortada con la fiesta compartida de la fe, es reenviada en cada uno de sus miembros a cumplir su misión de sal, fermento y luz.

Por desgracia, nuestras Eucaristías no pasan de ser una yuxtaposición de personas, no una reunión de amigos y hermanos que comparten las alegrías y las penas, la fe, la esperanza y las responsabilidades comunitarias. La gran mayoría son deficitarias de cercanía y afecto fraternos. Es triste constatar que hay más apertura, conocimiento e intimidad personales en muchos encuentros y convivencias de grupos humanos que en la gran mayoría de las Eucaristías. Las primeras comunidades oraban así: “Señor, que nos has congregado como fueron reunidos distintos granos de trigo que, molidos y amasados, forman este pan; concédenos que, agrupados para formar esta comunidad, seamos fortalecidos en el amor y la fraternidad por el sacramento que celebramos”.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Mc 8,1-10. Venidos de lejos para ser comensales.

Como es sabido, la “sección de los panes” (6,1—8,26) en Marcos incluye dos multiplicaciones de panes (6,35-44; 8,1-8), que simbolizan el don de la salvación hecho, respectivamente, a los judíos y a los paganos. A pesar de algunas afinidades —compasión por la muchedumbre, diálogo con los discípulos, comida del pan y de los peces en el desierto, saciedad, sobras, número de comensales—, se trata, en efecto, de dos episodios diferentes.

También aquí hay una gran muchedumbre reunida para escuchar al Maestro. Sin embargo, a diferencia del primer milagro de la multiplicación, si allí eran los discípulos quienes hacían caer en la cuenta de las necesidades de la muchedumbre, aquí es el mismo Jesús quien se toma a pecho la situación. En los vv. 2s, el evangelista refiere una extensa consideración del Maestro. En ella expresa toda la ternura que siente por una muchedumbre de la que «algunos han venido de lejos» y «llevan ya tres días conmigo». En vistoso contraste con la sensibilidad de Jesús encontramos la limitada perspectiva de los discípulos, que sólo son capaces de percibir las dificultades: ¿cómo van a sacar pan para tanta gente en un lugar desierto? Se manifiestan ajenos a todo tipo de interés por los necesitados. Jesús, con una paciencia divina, les implica partiendo de una recogida elemental de información sobre los panes disponibles. En la respuesta del número «siete» se oculta una forma embrionaria de participación. Los discípulos ya no son extraños al problema: la dificultad ajena les ha implicado e interesado un poco; esto ya es un primer paso.

Todo se concatena como para una celebración eucarística. Están presentes los cuatro gestos del rito que Jesús realizará durante la cena (cf. 14,22-24): toma los panes, da gracias a Dios por sus beneficios, los parte y los entrega a los discípulos para que los distribuyan. El pan recibido, bendecido y partido por todos, anticipa el valor de la celebración eucarística, cuando el cuerpo inmolado del Señor Jesús se ofrece y se entrega a todos. Todavía es pronto para comprenderlo en su significado pleno, pero ya se ha iniciado una primera comprensión.

Los discípulos deben aprender a interesarse por los otros, a salir al encuentro de sus necesidades, a entregarse. Su función de hoy se convertirá en la misión de mañana y de siempre, y será una característica de la Iglesia universal.

También los pocos peces de los que disponen, multiplicados por el poder de Jesús, se convierten en una cantidad suficiente para todos. Todos comen hasta saciarse. Lo deja ver el número de los cestos de alimento que sobraron. Sin embargo, los comensales eran muchos, porque se calculan en «unos cuatro mil», una multitud enorme (v. 9). Jesús despide a aquellas personas doblemente saciadas: de Palabra y de alimento.

El episodio ha tenido una conclusión positiva y limitada en el tiempo. Su valor simbólico atraviesa los siglos y llega a nosotros con la fragancia de su mensaje. Nosotros, comunidad cristiana, hemos aprendido del Maestro a tener una «pasión por el hombre», la sensibilidad que nos permite apasionarnos por las situaciones difíciles en las que se pueden encontrar los otros. Los problemas de los otros también son nuestros.

La atención mayor debe dirigirse, hoy como ayer, a los hermanos que vienen «de lejos», porque son más frágiles, tanto desde el punto de vista material como desde el espiritual. Son todos los que viven en ambientes y en situaciones de riesgo, los que están solos en el camino de la vida y en peligro de perderse porque carecen de una presencia amiga, capaz de indicarles la meta y el camino adecuados. Son los jóvenes que están buscando el verdadero alimento en el desierto de un mundo sin valores o de perfil bajo; son los esposos en crisis, que deben ser revigorizados en su amor; son los ancianos marginados porque ya no son «productivos»; son los que han perdido la alegría de vivir...

Nos damos cuenta de la enorme desproporción que existe entre sus necesidades y nuestra inadecuación para colmarlas, pero basta también con poco, ese poco que les impida, «en ayunas, desfallecer por el camino». Basta con poco, sí, porque ese poco, entregado al Señor, se multiplicará y podrá calmar el hambre y convertirse en salvación. Será don y salvación, con un «efecto dominó». Y seguirá avanzando aún. Es bello pensar que el alimento que quedó en aquellos siete cestos fue destinado a otros, como el agua de los ríos, que se recoge en una presa para convertirse, a continuación, en cascada y después se recoge de nuevo para formar otra cascada. Y mientras el agua llega al mar y acaba su carrera, el don de Dios no se agotará nunca, no desaparecerá, recordado por el siete, número de la completitud y de la perfección.

Nadie debe sentirse extranjero, nadie deber permanecer extraño. Nos corresponde a nosotros la tarea de dispensar un caluroso recibimiento a quien venga, dar el paso del acercamiento a quienes están alejados, para participar todos como comensales en el banquete de la vida.

Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Mc 8,1-10. Venidos de lejos para ser comensales.

Lo que impresiona ante todo en estos relatos es la gente: un gentío numeroso, que ha venido a pie de todas partes, que sigue y escucha a Jesús durante días y días. Según H. Montefiore, toda esa gente nos hace sospechar la formación de un movimiento mesiánico de tipo político que ve en Jesús a un posible jefe. Es verosímil; por lo demás, Juan, a propósito de este mismo episodio, indica que la gente buscaba a Jesús con la intención de hacerlo rey (Jn 6, 15). El clima de Galilea por aquel tiempo estaba efectivamente bastante recalentado y bastaba con cualquier cosa para suscitar fanatismos mesiánicos.

Flavio Josefo, por ejemplo, escribe: "Había individuos falaces e impostores que bajo la apariencia de una inspiración divina promovían revueltas y agitaciones, inducían a la gente a realizar actos de fanatismo religioso y la llevaban al desierto, como si Dios tuviera que mostrarles allí los signos de su inminente libertad" (De bello judaico 2, 259). Bajo esta luz adquiere especial importancia la indicación de que Jesús "obligó" a los discípulos a alejarse y de que él, después de haber despedido a la gente, se retiró a rezar a la montaña (6, 46).

Jesús no quiere fomentar las esperanzas de la gente (que expresan la misma tentación con que se enfrentó en el desierto), sino que se aleja de ellas, encontrando en la oración la claridad de su camino mesiánico hacia la cruz y el ánimo para recorrerlo.

"Me da lástima de esta gente", dice Dios. Hermanos, nuestro Dios es un Dios compasivo. ¡No nos engañemos! El amor que se hace piedad y compasión tiene una fuerza que no es la de nuestras compasiones humanas, ni tampoco la de esas compasiones impotentes que suscitan el sarcasmo de nuestros contemporáneos.

El amor no se define por la lástima, sino por la admiración.

Cuando Dios dice: "me da lástima", no hay en él ninguna condescendencia, ninguna afectación intolerable, sino, más bien, esta revelación inaudita: Dios es un enamorado. "¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré" (/Is/49/15). Dios está apasionado, Dios está loco. Como un enamorado, porque ama, lo deja todo: su tranquilidad, su reputación, su renombre.

¿Qué puede ver de bueno en nosotros? ¿Cómo puede hacer de nuestra tierra agotada, ingrata, pervertida o sublevada el objeto de semejante amor? ¿Qué pudo obligar al Hijo a tomar la cruz? "Me da lástima esta gente". Y Dios rompe su propio cuerpo, para saciar con él a esta tierra que ni siquiera conoce el hambre que padece.

Dios se tiende sobre el leño del Gólgota, para así levantar a una humanidad que aún no ha llegado a ver agotado su deseo. "Me da lástima de esta gente". Sólo Dios puede decir con verdad estas palabras, porque sólo él admira suficientemente a nuestra tierra.

Sólo él puede conocer lo que esa frase significa, porque sólo él conoce al hombre tal y como lo soñaba él al atardecer del día sexto. Sólo Dios puede repetirla sin condescendencia, porque sólo él puede hacer lo necesario para que se convierta en realidad aquel sueño olvidado. "Me da lástima de esta gente". Sólo Dios tiene derecho a pronunciar estas palabras, por haber pagado un alto precio para que la lástima se trocara en purificación.

"Tomad y comed: esto es mi cuerpo entregado por vosotros y por todos los hombres".

El evangelio de ayer era un anuncio del bautismo. El de hoy nos orienta hacia la Eucaristía. Jesús está siempre presente, con los mismos gestos.

-Por aquellos días, hallándose rodeado de una gran muchedumbre que no tenía qué comer, llamó a los discípulos...

La escena que se contará es una "segunda multiplicación de los panes". Pero aquí todos los detalles son empleados por Marcos para mostrarnos que la "mesa de Jesús" está abierta a todos, incluidos los paganos.

1ª multiplicación de los panes pp 2ª multiplicación de los panes
-En territorio judío para judíos.

-En pleno territorio de la Decápolis.

-Jesús "bendijo" los panes...:
término familiar a los judíos...
"eu-logein" en griego. -Jesús "da gracias":
Término familiar a los paganos... "eu-caristein" en griego
-Quedan "doce cestas"
palabra usada sobre todo por los judíos.

Quedan "siete canastas", palabra usada sobre todo por los griegos.

"Doce" es la cifra de las "doce tribus de Israel"... -La primera comunidad "judeo-cristiana" estaba organizada alrededor de los "doce", como los "doce patriarcas" del primer pueblo de Israel. "Siete" es la cifra de los "siete diáconos" que organizaron la primera comunidad helenística -suceso extremadamente importante para introducir a los paganos en la Iglesia y darles la impresión de estar a la misma mesa (Hch 6.)

Marcos tiene pues interés en anticipar la evangelización de los paganos, en el ministerio de Jesús: esto corresponde muy bien a la orientación misionera de su evangelio. Es necesario que los apóstoles amplíen su horizonte. ¡La Mesa ofrecida por Jesús está abierta a todos! ¿Siento yo también estas ansias?

-"Tengo compasión de esta muchedumbre... si les despido en ayunas desfallecerá en el camino, porque algunos vienen de lejos.

Todavía el mismo símbolo: los paganos, "los que vienen de lejos", expresión que se encuentra en el libro de Josué 9, 6 y en Isaías 60, 4.

Los primeros lectores de Marcos podían reconocerse: también ellos habían venido de lejos, algo más tarde, para ser introducidos en el festín mesiánico en el pueblo de Dios.

Gracias, Señor.

-El rol de los discípulos. El retrato del apóstol.

Asociados a Jesús para alimentar a las muchedumbres.

Lanzados por Jesús a la acción.

Ven muy bien lo que hay que hacer, pero no tienen los medios. Así sucede también hoy.

El misionero, invitado por Jesús, debe hacer lo que pueda con lo que tiene: y ¡Jesús terminará la obra! No quedarse ociosos ante las necesidades de nuestros hermanos.

-Recogieron siete canastas de los mendrugos sobrantes.

En las dos multiplicaciones de panes hay "residuos". Esto indica que el alimento distribuido es inagotable... es el símbolo de un "acto que tendrá que repetirse constantemente", un alimento que debe ponerse sin cesar a disposición de los demás...

-Dando gracias, los partió...

Es una comida "de acción de gracias" -eucaristía en griego- La alusión es muy clara. Esta relación no puede pasar desapercibida a un lector cristiano: allí también, los primeros oyentes de Marcos se reconocían... el rito esencial de su comunidad era la "cena del Señor".

¿Qué es la misa para mí, hoy?

Elevación Espiritual para este día.

Dos amores han construido dos ciudades: el amor de Dios, impulsado hasta el desprecio de uno mismo, ha construido la ciudad celeste; el amor a uno mismo, impulsado hasta despreciar a Dios, ha construido la ciudad terrena (Agustín de Hipona, La ciudad de Dios, XIV, 28).

De estos dos amores uno es puro e impuro el otro. Uno es social, el otro privado. Uno se muestra solícito en servir al bien común en vistas a la ciudad celeste, el otro está dispuesto a subordinar incluso el bien común a su propio poder en vistas a una dominación arrogante. Uno está sometido a Dios, el otro es enemigo de Dios. Tranquilo uno, turbulento el otro; pacífico uno, litigioso el otro; amistoso uno, envidioso el otro. Uno quiere para el prójimo lo que quiere para él, el otro quiere someter al otro a sí mismo. Uno gobierna al prójimo para utilidad del prójimo; el otro, por su propio interés.

Reflexión Espiritual para el día

En la ciudad se cruzan cada día hombres y mujeres que, cada vez más numerosos, piden ayuda... Lo que podemos hacer..., es comportarnos de tal modo que esa mujer, ese hombre, se den cuenta de que los veis... Un día me dijo uno de ellos: «Lo peor en esos momentos es su mirada. No distingue entre el ser humano que mendiga y el cartel que hay en la pared detrás de él»... Todo esto explota dentro de mí con la violencia de una bomba, dado que estoy herido por la herida del parado, por la herida de la muchacha de la calle... como una madre está enferma por la enfermedad de su hijo. Eso es la caridad..., estar herido por la herida del otro. Y unir también todas mis fuerzas a las fuerzas del otro para curar juntos su mal, que se ha vuelto mío.

El rostro de los personajes. pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Santa Iglesia. Cisma religioso.

Después del cisma político viene el religioso. Más aún, el segundo viene a reforzar el primero. Siempre el factor religioso ha jugado un papel importante en la vida de los pueblos especialmente de los antiguos, y de una manera muy singular en Israel, organizado en forma de teocracia.

Con el fin de consolidar el nuevo reino, Jeroboam decide reorganizar y potenciar los santuarios del norte para evitar que los israelitas continúen haciendo sus visitas y sus peregrinaciones al templo de Jerusalén. Además de seguir alimentando el apego al santuario del arca, estas visitas a Jerusalén contribuían a fortalecer el reino del sur desde todos los puntos de vista, incluso desde el económico, aunque no fuera más que por razón de las víctimas y ofrendas que los peregrinos llevaban consigo.

Jeroboam no solamente reorganiza los santuarios del norte, sino que además plantea esta reorganización con la máxima habilidad política, orientada a contrarrestar la fuerte atracción que ejercía sobre los israelitas la ciudad de David y el suntuoso santuario de Salomón. La primera medida política es revitalizar santuarios venerados por su antigüedad y por su solera en la historia del pueblo. De ahí, la elección de Betel, consagrado por la presencia de Abraham y centro de la vida de Jacob-Israel. Igualmente Dan se remonta al tiempo de los Jueces. Es bien posible que fueran restaurados otros santuarios más. El texto nombra solamente Dan y Betel, porque señalan los límites norte y sur del reino. La habilidad política de Jeroboam se demuestra también en la forma de representar la divinidad: adopta el símbolo de los toros, que era la costumbre cananea y podía ser más expresivo para el pueblo. El pueblo debía sentirse asimismo halagado al ver salir de entre sus filas a los sacerdotes que iban a servir en los santuarios: Puso sacerdotes a gente de la plebe, que no pertenecían a la tribu de Levi. Finalmente instituyó una gran fiesta en el otoño, para que los habitantes del norte no sintieran nostalgia por la fiesta de los Tabernáculos de Jerusalén.

Este proceder llevó al pecado a la dinastía de Jeroboam y motivó su destrucción y exterminio de la tierra. Según los autores deuteronomistas, el cisma de Jeroboam, sobre todo el religioso, es una especie de pecado original, que vicia de raíz el reino del norte, el cual está condenado a la ruina desde el día de su nacimiento.+

Enviado el Sábado, 10 febrero a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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