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Lecturas del día 09-02-2018

LITURGIA DE LA PALABRA.

1Re 11, 29-32; 12,19: "Se independizó Israel de la casa de David”
Salmo 80 : “Yo soy el Señor, Dios tuyo: escucha mi voz”
Mc 7,31-37: El secreto mesiánico

Las palabras con que termina el evangelio de hoy pueden ser las primeras de este comentario: "¡Todo lo hizo bien!". Las encontramos precisamente al inicio de toda la Biblia referidas a la obra de creación que hace Dios. El aplicárselas a Jesús es como decir que el Hijo continúa en la tierra la obra del Padre, Jesús es como un nuevo creador para la gente. Y es un creador que hace una labor de integración, lo deducimos de las características que se señalan al sujeto del milagro, sordera y tartamudez, que bien podrían ser los símbolos de una sociedad que ya no oye ni habla (¡ay si mi pueblo escuchase mi voz...! Salmo responsorial de hoy) y que por lo mismo va camino de la ruptura y desintegración que se producen cuando el mal y el pecado son los protagonistas.

Israel como pueblo también sufrió divisiones internas y desintegración política. Las doce tribus se dividieron en dos pueblos muchas veces antagónicos (primera lectura). Para la época de Jesús solo existían dos tribus y media: la tribu de Judá y de Benjamín, unidas, y lo que quedaba de la tribu de Leví. El contacto con Jesús, al contrario, abre oídos y suelta lenguas, libera para que se pueda hablar y oír a los demás y en definitiva construye comunidad.

PRIMERA LECTURA.
1Reyes 11, 29-32; 12,19
Se independizó Israel de la casa de David

Un día, salió Jeroboán de Jerusalén, y el profeta Ajías, de Siló, envuelto en un manto nuevo, se lo encontró en el camino; estaban los dos solos, en descampado. Ajías agarró su manto nuevo, lo rasgó en doce trozos y dijo a Jeroboán: "Coge diez trozos, porque así dice el Señor, Dios de Israel: "Voy a arrancarle el reino a Salomón y voy a darte a ti diez tribus; lo restante será para él, en consideración a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que elegí entre todas las tribus de Israel.""

Así fue como se independizó Israel de la casa de David hasta hoy.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 80
R/.Yo soy el Señor, Dios tuyo: escucha mi voz.

No tendrás un dios extraño, no adorarás un dios extranjero; yo soy el Señor, Dios tuyo, que te saqué del país de Egipto. R.

Pero mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no quiso obedecer: los entregué a su corazón obstinado, para que anduviesen según sus antojos. R.

¡Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino!: en un momento humillaría a sus enemigos y volvería mi mano contra sus adversarios. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Marcos 7, 31-37
Hace oír a los sordos y hablar a los mudos

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: "Effetá", esto es: "Ábrete". Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: "Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos."

Palabra del Señor.


Reflexión de la Primera lectura: 1 Reyes 11, 29-32; 12,19. "Se independizó Israel de la casa de David”

El desenlace final de la infidelidad a Dios por parte de Salomón es la división del reino. La causa del cisma se explica en el capítulo siguiente, aunque —no hace falta una gran fantasía para intuirlo—, como de costumbre, se trata de una cuestión de impuestos. Jeroboán, uno de los funcionarios de Salomón, a la muerte del rey, le pide a Roboán, hijo suyo y heredero del trono, que alivie la presión fiscal, pero la respuesta es desconcertante: «Mi padre puso sobre vosotros un yugo pesado, pero yo lo haré más pesado; mi padre os azotó con látigo, pero yo lo haré con escorpiones» (1 Re 12,11.14). Roboán rechaza la petición del pueblo y abre la puerta a la división política.

El episodio del profeta Ajías de Siló, que precede inmediatamente a estos hechos, tiene un doble significado: por una parte, el gesto profético de rasgar el manto en doce trozos es una advertencia y una denuncia, representada de una manera eficaz, de las consecuencias de la injusticia social que hereda Roboán de su padre junto con el reino; por otra, nos orienta para considerar la figura del profeta en cuanto tal. Este es signo de la presencia de Dios y anuncio de su intervención en la historia del pueblo. Se trata de una intervención salvífica: Dios no es alguien que se divierte estropeando los «mantos nuevos» de los profetas, sino alguien que quiere hacer nuevas todas las cosas.

-El cisma de las diez tribus del Norte.

Una vez más, la Biblia nos interpela. No podemos quedarnos simplemente con el relato de esos acontecimientos "antiguos"... interesantes para el historiador o el curioso de antigüedades. Es preciso escuchar lo que Dios quiere decimos HOY, a través de esos textos.

De nuevo, la aventura humana, vivida por el Pueblo de Israel, tiene un valor simbólico ejemplar: el cisma, la separación de los que estaban destinados a vivir unidos...

¿Quién de nosotros no vive, más o menos, en situaciones de ese género? Evoco situaciones parecidas en mi vida...

Evoco en mi medio de trabajo, en mi vida de familia, en la Iglesia, entre las Iglesias, en la vida del mundo de hoy, unos hechos, unos cismas, en el más hondo sentido: divisiones, rechazos de diálogo, oposiciones.

-Las causas del cisma.

La Biblia reflexiona e interpreta.

Son las faltas de Salomón que recogen sus frutos.

--Al casarse con mujeres extranjeras, por razones de prestigio político, introdujo cultos idolátricos: los profetas de Yahvéh reaccionan.

--Los fastos grandiosos y las construcciones de Salomón pesaron sobre la economía del país, en particular sobre los pobres. La rebelión está a punto.

--Las reformas administrativas favorecieron el feudo real -la tribu de Judá- en detrimento de las provincias del norte; que reclamarán la autonomía.

Tratando también de interpretar a la luz de la Fe, las "divisiones" que encuentro a mi alrededor y en el mundo, me pongo a reconsiderar mi conducta: no todo depende de mí, ciertamente, y no debo culpabilizarrne de manera excesiva... pero tampoco tengo derecho de cargar todas las culpas sobre los demás. ¿Cuál es mi parte de responsabilidad, en las «faltas de unión» entre los míos, o que yo mismo sufro? ¿Cuál es mi parte de pecado en las «faltas de comunicación» entre personas, o entre grupos?

-Así habla el Señor, Dios de Israel: «He ahí que voy a arrancar el Reino de la mano de Salomón...» y el profeta rasgó su manto nuevo en doce jirones.

Al pie de la cruz, los soldados no quisieron rasgar «la túnica de Jesús que era sin costura», y la echaron a suertes. Pero los cristianos han desgarrado la tela sin costura.

Están separados. Y ¡esto es un escándalo!

Jesús había rogado a su Padre para que «sean uno como nosotros, a fin de que el mundo crea». ¿No es ésta una de las grandes razones de su incredulidad, del rechazo a la Fe?: ¡entendeos primero entre vosotros, vivid lo que decís, vivid como hermanos! Repito la oración de Jesús. Ruego por la unidad...

-Dichosos los artesanos de paz. Serán llamados hijos de Dios.

¿Soy de los que se resignan a los cismas, a los racismos, a las opresiones? o, más modestamente, ¿de los que no se esfuerzan ya para reanudar los contactos perdidos?

Vivimos cerca, los unos al lado de los otros y nos ignoramos. ¿Se puede ser llamado «hijo de Dios», si uno se contenta con esto?

«Artesano de paz». Pienso en la lenta paciencia del artesano. En los medios modestos del artesano. En la tenacidad humilde del artesano. Para la paz.

Reflexión del Salmo 80. “Yo soy el Señor, Dios tuyo: escucha mi voz”

Se trata de un Salmo de denuncia profética. Un profeta anónimo se levanta en medio de la multitud reunida para celebrar (6b) y denuncia las conductas equivocadas,

Tiene una introducción (2-6a) y un cuerpo (6b- 17). La introducción se caracteriza por una serie de exhortaciones en imperativo, a semejanza de las introducciones de los himnos de alabanza. Supone la presencia del pueblo congregado para una celebración, probablemente en el templo de Jerusalén, Se invita a los presentes a que aclamen (2), acompañen (3a) y toquen (3a.4a). Se mencionan cuatro instrumentos musicales: los panderos, el arpa, la cítara (3) y la trompeta (4a). La trompeta consistía en un cuerno de carnero y se tocaba en ocasiones muy especiales. Su toque está relacionado con una fiesta nacional, aquí difícil de identificar. También se menciona el motivo; porque es una «ley», Un “precepto” (5) y una «norma» (6a) establecidos en el contrato entre Dios y su pueblo, al que se llama «Israel» (5), «Jacob» y “José” (6), con ocasión del éxodo (6h).

El cuerpo del salmo (6h- 17) comienza con la presentación de una voz inesperada (6h). Alguien de entre el pueblo hace la denuncia que se articula en tres momentos, marcados por el verbo escuchar (9. 12. 14), es decir, obedecer al Señor. Dios bahía liberado a su pueblo de la opresión y de la explotación del Faraón, poniéndolo a prueba en el desierto y revelándose en el monte Sinaí (7—8). El profeta pide que se le escuche (9) y denuncia la ruptura de la Alianza, todo ello se expone de forma muy rápida, quedando resumido en el primer mandamiento del decálogo: no tener otros dioses fuera del Señor, que sacó a los israelitas de la tierra de Egipto (10- 11). Pero el pueblo no escuchó la voz de Dios, siguió sus propios caminos (12-1 3) y se extravió. El profeta que habla expresa un deseo; que Israel vuelva a escuchar nuevamente la voz de Dios, es decir, que se convierta, para desembarazarse de los enemigos que le privan de libertad y de los medios necesarios para conservar su vida (14-17).

Las denuncias proféticas suponen la presencia de una asamblea reunida en una celebración y, al mismo tiempo, una trasgresión de la Alianza, Estas dos situaciones están presentes en este salmo. No se sabe qué fiesta se trata en esta ocasión. Podría ser la de la renovación de la Alianza, la fiesta de los Tabernáculos, la de Año Nuevo, la de la Luna Nueva o, incluso, la fiesta de la Pascua. La celebración parece animada, pero el profeta mira con ojos críticos y desenmascara un culto que encubre la ruptura del compromiso con el Dios de la vida. Además, este salmo habla de los enemigos y opresores del pueblo (15). Estos, al oprimir a Israel, están mostrando su odio por el Señor (16). En dos ocasiones, el salmo se refiere al alimento (11b. 17), símbolo de la bendición de Dios que acompaña el caminar. Todo apunta a que, en aquella época, el pueblo no tenía alimentos suficientes y esta circunstancia es debida a la violación de la Alianza. ¿Dónde están esos bienes? En las manos de los enemigos que oprimen a Israel política (15) y económicamente (17). ¿Y por qué Israel, a diferencia de lo que sucede en otros salmos, no se queja ahora de la opresión y de la explotación? Parece que no se trata, principalmente, de la intervención militar de un pueblo más fuerte, sino de una dominación de tipo religioso. Dicho de otro modo, el pueblo de Dios ha caído en la idolatría, ha aceptado a dioses extranjeros. Ha violado el primero de los mandamientos de la Alianza (10-11). Las consecuencias de este gesto no tardan en llegar: pérdida de la libertad y de los bienes que sostienen la vida. La situación es parecida a la de los tiempos del profeta Oseas en el reino del Norte (en torno al 740 a.C.). Este salmo recuerda la esclavitud en Egipto, de donde el Señor rescató a su pueblo, poniendo de manifiesto que ahora nos encontramos ante un nuevo «Egipto». Se trata, pues, de un conflicto internacional de carácter religioso, con consecuencias políticas (pérdida de libertad) y económicas (pérdida de los bienes que garantizan la vida). Y todo ello porque Israel no escuchó la voz de Dios. Este verbo —escuchar— es muy importante no sólo en este salmo, sirio también en todo el Antiguo Testamento. Basta recordar que, todavía hoy, todo judío reza diariamente «Escucha Israel...». Este verbo es clave en todo el libro del Deuteronomio (véase Dt 4,1; 9,1; 27,9 y, sobre todo, Dt 6,4, pasaje que retoma Jesús en (Mc 12, 29).

En este salmo está muy presente el Dios de la Alianza que libra a su pueblo de todas las esclavitudes, que camina junto a él en el desierto, que sostiene sus pasos y que lo alimenta constantemente. Pero, en estas circunstancias, Israel abandona a este Dios para caer en la idolatría, por no escuchar lo que le propone su compañero de alianza. Israel ha dejado de creer que existe un solo Dios capaz de engendrar la libertad y la vida. Los demás dioses no engendran más que la opresión y la explotación. La expresión «Yo soy el Señor, tu Dios» (11a) sólo se encuentra aquí y en las dos formulaciones del Decálogo (Ex 20, Dt 5). Este salmo, por tanto, viene a reforzar la idea de que no existe otro Dios fuera del Señor.

Como profeta del Padre, Jesús denunció la existencia de un culto vacío (Mt 15,8; Mc 7,6) y la idolatría que engendran el poder y las riquezas, venciendo las tentaciones al respecto (Le 4,1-12). Mostró que sólo hay un Dios, que quiere que todos tengan vida (Jn 10, 10), liberando a la gente de todas las formas de dominación (cf. los milagros). Sació al pueblo (Mc 6,30-44), convirtiéndose él mismo en pan (Jn 6,35) y en fuente de agua viva (Jn 4,14)

Conviene tomar conciencia de las formas de idolatría que le quitan al pueblo la libertad y la vida; podemos rezar este salmo cuando nuestras celebraciones litúrgicas sean frías y estén alejadas de la realidad, por muy bonitas que nos parezcan; cuando queramos aprender lo que significa escuchar la palabra de Dios; cuando tenemos hambre y sed de Dios,..

Reflexión primera del Santo Evangelio: Marcos 7, 31-37: El secreto mesiánico

Jesús cura aquí al hombre entero. La palabra aramea effatha no se dirige, en efecto, a los órganos enfermos sino al enfermo: «iÁbrete!» (v. 34). Es el segundo milagro obrado por Jesús en territorio pagano, y este texto, propio de Marcos, pretende continuar la descripción de la actividad misionera de la primera comunidad cristiana e indicar la apertura de los paganos a la fe en Jesucristo. Todo está descrito con sus mínimos detalles, y la acción simbólica de Jesús, que mete los dedos en los oídos del hombre y le toca la lengua, ha pasado después a formar parte del rito del bautismo.

En cuanto al grito de admiración sorprendida de los que habían llevado al sordomudo a Jesús, recuerda, por una parte, el estribillo de Gn 1: « Y vio Dios que era bueno», y, por otra, la profecía de Isaías: «La lengua del mudo cantará» (Is 35,6). Aunque en Marcos el hombre sanado habla sólo «correctamente» (v. 35), en realidad el anuncio contenido en el episodio es el cumplimiento de la promesa de salvación.

El milagro es la relación: una auténtica «noticia alegre» para nuestros días. No sólo porque todos intuyamos que la salvación tiene que ver con relaciones nuevas, por fin liberadas, sino sobre todo porque Jesús nos sale aquí al encuentro como alguien que puede llevar a cabo todo esto. Si lo ha hecho con un hombre sordo y mudo —y además extranjero—, es para dar a entender que puede hacerlo con cualquier hombre.

Si participamos en el dolor de la humanidad que padece, no nos resultará difícil darnos cuenta de que, hoy, las heridas más graves de la gente tienen que ver precisamente con las relaciones. Con los endurecimientos, con las atrofias, verdaderas y auténticas parálisis de la relación. De ahí procede el aislamiento, la sospecha y el miedo al otro, que nos hace encerrarnos en nosotros mismos y nos condena a la pérdida del sentido.

Ahora bien, Jesús busca, toca los sentidos del hombre —parece rebuscar en la vida—, para llegar finalmente al corazón y tocarlo. « ¡Effatha!»: es la condición para volver a lanzar puentes con la vida. Abrirse a Dios, a su Palabra, al encuentro con él, para ser devueltos —abiertos— al encuentro con el mundo, al diálogo con los hombres, a la relación verdadera con todos.

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Mc 7,31-37. Habilitados para oír y para hablar.

De regreso de Tiro, Jesús, pasando por Sidón, vuelve hacia el mar de Galilea. Sin detenerse en la región occidental (Galilea), prosigue por la zona oriental (la Decápolis), habitada también por gente que no era judía. Aquí le traen a un sordomudo para que le imponga la mano (v. 32). Aparte de la enfermedad, nada se dice del personaje ni de los que le llevan a Jesús; la imposición de las manos era un gesto con el que se invocaba la bendición divina sobre alguna persona.

Jesús se lleva al hombre lejos de la muchedumbre, mete los dedos en los oídos del sordomudo y le toca la lengua con la saliva; a continuación, mirando al cielo, emite un suspiro y pronuncia «Effatha». La palabra aramea parece horadar la corteza del griego (la lengua del Nuevo Testamento) y llegar al lector con toda la riqueza de sus timbres originarios. El evangelista se apresura a traducirla enseguida: «que significa: “Ábrete”». Jesús realiza el milagro en un lugar apartado, lo que puede indicar cierta reticencia debida al hecho de que se encuentra en un territorio no habitado por judíos. Tal vez sea ésta la causa por la que, por primera vez, realiza un milagro recurriendo a gestos muy semejantes a los usados por los sanadores de la época. Sin embargo, el elemento fundamental es el religioso, explicitado a través de dos signos (v. 34). El primero es el hecho de levantar los ojos al cielo, entendido como una oración dirigida al Padre. El segundo es el acto fundamental, el de la palabra eficaz, semejante a la orden divina de la creación (Gn 1,3).

El resultado es sorprendentemente positivo, porque los oídos del sordomudo se abren, se le suelta el nudo de la lengua y empieza a hablar correctamente. A la curación le sigue la orden de no hablar de ella a nadie: extraña obligación, aunque comprensible desde la lógica del mensaje cristiano, pues el conocimiento de Jesús tiene que ser fruto de una experiencia personal, de una adhesión amorosa a él, y no un conocimiento «de oficio», por aclamación o por persona interpuesta. Es difícil discernir a quién se le da la orden de callar, puesto que el milagro ha tenido lugar lejos de la muchedumbre, pero se dirige, a buen seguro, a un público formado por paganos que, todavía más que los judíos, corren el riesgo de entender mal su significado. El evangelista observa que éstos, contrariamente a la orden recibida, “lo pregonaban”. Al usar el verbo técnico kerysso, típico de la misión cristiana, el evangelista saca a la luz una paradoja: mientras que Jesús, fuera del territorio judío, calla y desea mantener oculto el milagro, los paganos se convierten en «anunciadores» de la salvación que él ha querido significar con su gesto.

Marcos observa al final que los presentes, «en el colmo de la admiración», comentaban lo sucedido con estas palabras: «Todo lo ha hecho bien. Hace oír a los sordos y hablar a los mudos». La frase se inspira, por una parte, en el primer relato de la creación (Gn 1, 1—2,4a), donde se subraya en más ocasiones la bondad de las cosas hechas por Dios, y, por otra, en un texto de Isaías en el que ya están presentes el estilo y el mensaje del Deuteroisaías: «Los oídos de los sordos se abrirán..., la lengua del mudo cantará» (Is 35,5s). La curación del sordomudo, como un día lo fue el retorno del exilio, representa para el evangelista una nueva creación.

Ya lo hemos señalado: el centro literario y teológico del fragmento se encuentra en las palabras de Jesús —un solo verbo en lengua aramea, traducido después (v. 34)—, a las que hacen eco otras palabras, el comentario admirado de la gente (v. 37).

Sin embargo, Jesús usa, en ciertos aspectos, una metodología nueva e insólita para la curación del sordomudo. El diálogo, instrumento habitual de conexión en los encuentros, ha sido sustituido por unos gestos un tanto extraños. Se trata de un modo delicado y fácil de crear un contacto con el otro, para hacerle comprender que desea instaurar una relación de entendimiento con él. Cuántas veces nos quedamos alejados de una sensibilidad de aproximación, de compartir aunque sea cosas pequeñas, porque estamos encerrados en un orgullo que no nos permite bajar, encuadrados en unos esquemas mentales rígidos, bloqueados por un frío prejuicio.

El pagano de antes se ha vuelto idóneo para escuchar la Palabra de Jesús. Podría suceder que algunas veces también nosotros, cristianos por nacimiento —y, en consecuencia, desde siempre—, invirtamos las posiciones y de personas aptas para escuchar nos encontremos cerrados y sordos a las llamadas de la Palabra. Dios nos ofrece el silencio y el tiempo necesarios para la escucha y pone a nuestra disposición medios de una gran riqueza (sacramentos, catequesis, libros, encuentros, experiencias parroquiales y de grupos...). Sería poco fructífero que escucháramos la Palabra sólo de manera ocasional o, peor aún, la plegáramos a nuestras interpretaciones interesadas, quedándonos sólo con los aspectos que nos agradan. Hemos de acoger la Palabra en su verdad desnuda, sine glossa, es decir, sin los ajustes ventajosos que la descarnan y la anulan. Podríamos ser también sordos porque, aun escuchando y aceptando, no vivimos la Palabra, no la ponemos en práctica, porque nos resulta demasiado incómoda. Entonces corremos el riesgo de volvernos mudos también, porque no gritamos la Palabra con nuestra vida, porque no alabamos al Señor y no animamos y apoyamos al hermano que se cruza en nuestra vida.

Corremos muchos riesgos de marchitar la Palabra. Sin embargo, nos alegra también ver a muchos cristianos, y querríamos ser contados entre ellos, que se muestran dóciles a la escucha de la Palabra, que se comprometen a ponerla en práctica, viviéndola al calor de una rica dimensión ferial. Debemos desear que nuestra palabra, como la de Jesús, sea capaz de actuar y de liberar, arrollando las fronteras del dolor y de la miseria, «abriéndolas» a la irrupción de la esperanza y de la alegría. Para ser idóneos, debemos ponernos siempre a la escucha de la Palabra de Dios, a fin de oírla y vivirla. Este compromiso se nos entregó en el momento del bautismo, en la fase final del rito, con este deseo: «El señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda escuchar su Palabra y proclamar la fe para alabanza de Dios Padre».

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Mc 7, 31-37. Curación de un sordomudo.

Éste es el segundo milagro realizado en tierra pagana: Jesús cura a un sordomudo. El relato es paralelo al del ciego de Betsaida: El mismo apartamiento, la insalivación, imposición de manos, prohibición de comunicarlo, la misma proclamación de los amigos que habían llevado al enfermo. Están perfectamente señalados los tres tiempos habituales en la narración de milagros: situación del enfermo, curación por Jesús y reacción de la gente.

Con esta sanación Jesús manifiesta que la salvación mesiánica sigue actuando más allá de las fronteras de Israel. El milagro confirma la llegada de los tiempos mesiánicos, ya que se cumple la profecía de Isaías en la que anunciaba que los mudos gritarían de alegría (Is 35,6); es uno de los signos que Jesús da al Bautista para que reconozca su identidad (Mt 11,5).

Del enfermo sólo se dice que era sordomudo. No se menciona, como otras veces, su fe mediante palabras o gestos, si bien es cierto que, tratándose de un sordomudo, se explica su pasividad. La fe la demuestran los que se lo presentan para que le imponga las manos. La curación comprende un ritual más minucioso que otras veces, con una atención muy personal de Jesús al enfermo: “Apartándolo de la gente, le metió los dedos en los oídos, y con la saliva le tocó la lengua”. A la saliva se le atribuían propiedades curativas.

Marcos ofrece en el relato una catequesis bautismal. El ritual de Jesús en la curación del sordomudo se trasladó al pie de la letra al ritual del bautismo, lo cual pone de manifiesto el contenido espiritual del relato que haya concreción simbólica en la curación de los órganos físicos. El sacerdote tocaba con el dedo los labios y los oídos del bautizando y se le repetía la misma palabra hebrea “effetá” (ábrete).

El sordomudo que cura Jesús simboliza al hombre psicológicamente sordo y mudo, que, en cierta medida, somos todos. Con ello se quería indicar que sólo con la acción del Espíritu derramado por Jesús uno es capaz de abrirse para acoger la palabra de Dios y anunciarla a los demás. Tanto en la curación del ciego (Mc 8,23) como del sordomudo, Jesús los lleva “fuera” para que vean y oigan, porque es necesaria la ruptura con el ambiente; la multitud, en cuanto tal, es incapaz de ver y oír.

De sordos a oyentes. El cristiano es oyente y testigo de la Palabra. Y para ser fieles a estos dos aspectos necesitamos la acción sanadora de Jesús, una acción que hemos de pedir unos para otros, como hicieron los que presentaron al sordomudo. “La fe viene por la escucha de la palabra de Dios” (Rm 10,17). La sordera supone un gran empobrecimiento. El sordo vive una vida limitada; está incomunicado; no puede comunicar su interioridad ni recibir la revelación de la interioridad de los demás. El sordo crea su propio mundo, interpreta todo a su manera sin poder recibir la aportación de los demás y sin poder dar a los demás su propia aportación.

La desventura del sordo psicológico es paralela a la del sordo físico. Está cerrado a Dios y a los hombres. Es un crustáceo. No admite más verdad que la suya. Puede leer o hablar con los demás, puede participar en reuniones o asistir a charlas y conferencias, pero en realidad no escucha. Al final concluye diciendo: “Esto me da la razón”. Ya puede escuchar todos los domingos la palabra de Dios, leer la Biblia o cualquier otro libro, que nada le hará sospechar de sus deficiencias y errores. Ya puede hablarle Dios de muchas formas, que él no se entera. Sólo un milagro le sacará de su aburguesamiento. Cuando recibe una llamada a la conversión por los caminos que sea, tergiversa el mensaje; tendrá a punto argumentos más que suficientes para no sentirse aludido. El mensaje es para los otros.

Para poder escuchar, se necesita liberarse del miedo a enfrentarse con la verdad. Lo dicho de las personas hay que afirmarlo de las familias, grupos y comunidades. En la antigüedad, a los que se preparaban para el bautismo se les llamaba “catecúmenos”, palabra griega que significa “los que escuchan”, o sea, los que tienen los oídos abiertos. Todos oímos con dificultad con los oídos del alma. Como el sordo del milagro, necesitamos de la comunidad que nos lleve a Cristo para ser curados. Muchas personas “necesitan” ser escuchadas y no tienen quien las escuche. Alguien decía que se necesitaría que alguien fundara la congregación de los “escuchadores”.

De oyentes a testigos. Necesitamos ser curados también de la mudez para proclamar valientemente nuestra fe. La persona muda está disminuida. Su silencio provoca otros silencios. El mutismo nace de la cobardía. Tenemos miedo a que la palabra provoque represalias. No deja de ser paradójico que en el siglo de los asombrosos medios de comunicación haya tanta incomunicación, incluso en los matrimonios y familias, en los que hay atroces soledades. Existe mucho mutismo a la hora de la confidencia. Las personas dicen “muchas cosas”, pero no “se” dicen. Existe también mucho mutismo al participar en los diversos ámbitos eclesiales y civiles. Con frecuencia se oye: “¡Cualquiera habla!”.

El sordomudo curado da testimonio de Jesús a pesar de habérsele prohibido. Una mayoría de “cristianos” están mudos o al menos afónicos a pesar de que el Señor nos manda evangelizar. ¿Hablas de la fe a los hijos? La casi totalidad de los padres responde negativamente. ¿Confesamos o narramos humildemente nuestra fe? Es claro: el que no proclama la Palabra, no la ha escuchado, porque “es imposible ser verdaderos oyentes sin ser testigos”. No obstante, Jesús repite su milagro cada día y está dispuesto a repetirlo en nosotros.

Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Mc 7, 31-37. Curación de un sordomudo.

Marcos presenta el relato de la curación del sordomudo ("mogilalos") de una manera bastante original. Establece, por ejemplo, un paralelo estrecho entre el episodio del sordomudo y el del ciego (Mc 8, 22-26), ya subrayado por estar ambos recogidos en el conjunto llamado la "sección de los panes" (Mc 6, 30-8, 26). En ambos casos encontramos sucesivamente un mismo "apartamiento" del enfermo (7, 33; 8, 23), una misma insalivación (7, 33; 8, 23), la misma insistencia de Cristo en recomendar silencio al beneficiario del milagro (7, 36ñ; 8, 26), una misma imposición de las manos (7, 32ñ; 8, 22, 23), una misma reacción de los amigos que "llevan" al enfermo (7, 32; 8, 22).

De ambos relatos se desprende, pues, una misma lección: no oír y no ver son signos de castigo (Mc 4, 10-12; 8, 22): la curación de la vista y la del oído son signos de salvación. Pero la salvación otorgada por Dios supone una ruptura respecto al mundo: si Cristo "lleva" al mudo y al ciego "fuera" para que vean y oigan, es porque la multitud, en cuanto tal, es incapaz de ver y de oir.

a) El relato de la curación del mudo se nos ofrece, en primer lugar, como una réplica de Is 35, 2-6. El profeta anunciaba al pueblo, exiliado en Babilonia, un destino en el que no se atrevía a soñar: sería investido con la "gloria del Líbano" y los mudos mismos gritarían de alegría.

Ahora bien: Jesús se encuentra en las fronteras del Líbano en un país pagano, y allí realiza un milagro en beneficio de un mudo cuya palabra no podrá ya contenerse. El pueblo va a volver del destierro, enriquecido con la fama de los países paganos y con una alegría incomparable. El milagro anuncia así la era inminente de la salvación. Esta salvación será también un juicio; los sordos oirán (cf. Is 29, 18-23), pero otros se volverán sordos a la Palabra.

b) Es casi seguro que Marcos ha incorporado este milagro dentro de un ritual de iniciación al bautismo ya existente. La actitud de Cristo levantando la vista al cielo antes de curar al mudo (v. 34) no aparece más que en el relato de la multiplicación de los panes (Mc 6, 41). ¿No es esto un indicio del carácter litúrgico de este episodio? Este pasaje parece ser, efectivamente, un eco del primer ritual de iniciación cristiana. Los más antiguos rituales bautismales preveían ya un rito para los sentidos (ojos, en Act 9, 18; nariz y oídos, en la Tradición de Hipólito, núm. 20, etc). Si se tiene en cuenta que, para la mentalidad judía, la saliva es una especie de soplo solidificado, podría significar el don del Espíritu característico de una nueva creación (Gén 2, 7; 7, 22; Sab 15, 15-16). Marcos conserva, sin duda, la palabra aramea pronunciada por Cristo, Ephpheta (v. 34), porque así la había conservado la tradición.

Los elementos de este ritual de iniciación podrían ser, pues, un exorcismo (Mc 7, 29, inmediatamente antes de este evangelio), un padrinazgo de "quienes les llevan", un rito de imposición de las manos (v. 32), un "apartamiento" (v. 33, sin ser el arcano, más tardío, refleja ya la toma de conciencia de la originalidad de la fe), un rito sobre los sentidos (v. 34), tres días de ayuno preparatorio (Mc 8, 3; Act 9, 9), y después la participación en la Eucaristía.

Para terminar, Marcos vuelve a la tradición sinóptica (vv. 36-37) cuando hace mención de las alabanzas de la multitud que reconoce en este milagro la llegada de la era mesiánica (Mt 15, 30-31), puesto que da cumplimiento a las profecías de Is 61, 1-2, ya interpretadas por Cristo en este sentido (Mt 11, 5).

Volveremos aquí, a propósito del aspecto particular de las curaciones de mudos en la Biblia, al tema de la fe, que es el punto principal de esta perícopa. La mayoría de los relatos que tratan de la vocación de profetas, es decir, de personajes que han de ser portadores de la Palabra de Dios, refieren al mismo tiempo curaciones de mudos o tartamudos (Ex 4, 10-17; Is 6; Jer 1). Se trata de un procedimiento literario cuya finalidad es dar a entender que el profeta es incapaz, apoyado tan solo en sus facultades naturales, de comenzar siquiera a hablar, sino que recibe de Otro una palabra que hay que transmitir. Por eso, la curación de un mudo, que proclama la Palabra, es considerada como un signo evidente de lo que es la fe: una virtud infusa que no depende de las cualidades humanas.

Hay otro elemento que interviene con frecuencia en las curaciones de mudos. En periodos de castigo divino, los profetas permanecían mudos: no se proclamaba la Palabra de Dios porque el pueblo se tapaba los oídos para no oírla (1 Sam 3, 1; Is 28, 7-13: Lam 2, 9-10: Ez 3, 22-27; Am 8, 11-12; Gén 11, 1-9). El mutismo está pues, ligado a la falta de fe: el mudo es muchas veces sordo con anterioridad. Pero si los profetas hablan, y hablan abundantemente, es señal de que han llegado los tiempos mesiánicos y de que Dios está presente y la fe ampliamente extendida (cf. Lc 1, 65; 2, 27-29).

Hay un texto profético muy significativo a este respecto: Jl 3, 1-2, que se verá precisamente cumplido con el milagro de Pentecostés (Act 2, 1-3). El crecido número de curaciones de sordos y mudos operadas por Cristo es signo de la inauguración de la era mesiánica (Lc 1, 64-67; 11, 14-28; Mt 9, 32-34; 12, 22-24; Mc 7, 31-37; 9, 16-28).

Al final de los Evangelios se presenta también en forma de una vocación profética el envío de los apóstoles a predicar, puesto que se les otorga una lengua nueva (Mt 10, 19-20; Rom 10, 14-18), como si también ellos tuvieran que salir del mutismo.

Este evangelio quiere darnos, pues, a entender que debemos tomar conciencia de que la fe es un bien mesiánico. Mas, al relatar esta curación, Marcos quiere hacer suyo el tema del Antiguo Testamento que relaciona mutismo y falta de fe. El evangelista subraya repetidas veces que la multitud tiene oídos y no oye, y tiene ojos y no ve (Mc 4, 10-12, repetido en 8, 18). Por otra parte, toda la "sección de los panes" (Mc 6, 30-8, 26) es la sección de la no inteligencia (Mc 6, 52; 7, 7, 18; 8, 17, 21).

Ahora bien: para curar al sordomudo, Cristo le lleva fuera de la multitud (Mc 7, 33), como para subrayar que el mutismo es característica de la multitud y que es necesario apartarse de su manera de juzgar las cosas para abrirse a la fe.

La característica de los últimos tiempos es la de situarnos en un clima de relaciones filiales con Dios, capacitarnos para oír su palabra, corresponderle y hablar de El a los demás. El cristiano que vive estos últimos tiempos se convierte así, en cierto modo, en profeta, especialista de la Palabra, familiar de Dios. Para ello debe poder escuchar esa Palabra y proclamarla: para hacerlo necesita los oídos y los labios de la fe.

Elevación Espiritual para este día.

¿Qué es este Verbo? Verbo sin tiempo, por medio del cual fueron hechos los tiempos; Verbo que no empezó cuando alguien abrió los labios, ni terminó cuando los cerró. Verbo que no tiene su comienzo en la boca de quien lo pronuncia y, sin embargo, abre la boca de los mudos; Verbo que no se produce en las lenguas locuaces de las gentes y, sin embargo, hace elocuentes las lenguas de los niños.

Reflexión Espiritual para el día.

¿Cree de verdad que uno de mis chicos de la montaña posee muchos menos conocimientos que otro de la ciudad de su misma edad? Estoy seguro de que la diferencia entre mi hijo y el suyo no está en la cantidad ni en la calidad del tesoro encerrado en la mente y en el corazón, sino en algo que está en el umbral entre dentro y fuera; más aún, es el mismo umbral: la Palabra. Los tesoros de sus hilos se difunden libremente desde la ventana abierta de par en par. Los tesoros de los míos están tapiados dentro para siempre y esterilizados.

Así pues, lo que les falta a los míos es sólo esto: el dominio de la palabra. De la palabra ajena para aferrar su esencia íntima y los límites precisos, de la palabra propia para que exprese sin esfuerzo y sin traición las infinitas riquezas que encierra la mente. Hace siete años que enseño a los campesinos y a los obreros, y he dejado ahora casi todas las otras materias. No enseño más que lengua e idiomas. Me retiro diez, veinte veces por noche a las etimologías. Me detengo en las palabras, se las secciono, se las hago vivir como personas que tienen un nacimiento, un desarrollo, una transformación, una deformación. En los primeros años, los jóvenes no querían saber nada de esto; después, poco a poco, experimentan las primeras alegrías.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Santa Iglesia. Cisma político.

Las diferencias culturales y tensiones políticas entre norte y sur han sido y siguen siendo frecuentes en el mundo a nivel nacional e internacional. Bastaría citar el caso de España e Italia y los ejemplos de Europa y América. A pesar de su pequeñez, en Palestina existió siempre el mismo problema. Aparte de otros muchos datos y manifestaciones, el hecho quizá más significativo en este sentido sea la diferencia que establecen siempre los textos entre reino de Judá y reino de Israel, o sea entre reino del sur y reino del norte, incluso cuando estuvieron unidos en las personas de David y Salomón. Hablando de David, por ejemplo, en 2Sam 5, 5 se dice que reinó siete años y medio en Hebrón sobre Judá y treinta y tres años sobre todo Israel y sobre Judá. Igualmente, cuando David designa a Salomón como sucesor suyo, lo establece jefe sobre Israel y sobre Judá (1Re 1, 35). Es decir, se nombra por separado, como entidades distintas, a los dos reinos, al de Israel, que corresponde a las tribus del norte; y al de Judá, que representa las tribus del sur.

El autor sagrado hace valer asimismo motivos de orden religioso y presenta la división como un castigo por la apostasía idolátrica de Salomón. El relato de la división está, además, construido sobre el esquema «promesa-cumplimiento». Tiene lugar la intervención del profeta Ajías de Silo, quien de una manera muy plástica, como era frecuente entre los profetas, que hablaban a base de gestos, anuncia la división del reino en doce porciones: diez para Jeroboam, que da comienzo al reino del norte y a una serie sucesiva de dinastías, y dos, que seguirán fieles a la dinastía davídica, La profecía de Ajías se cumplió fielmente: Así fue como se independizó Israel de la Casa de David hasta hoy.

La restauración de la unidad será una aspiración, que se dejará sentir, sobre todo, en tiempo del destierro (léase, por ejemplo, Ez 37, 15-28). Es un texto lleno de nostalgia ecuménica y, por tanto, de plena actualidad para nuestros días. La división del reino antiguo testamentario tiene cierto paralelismo con la división interna de la Iglesia cristiana.+

Enviado el Viernes, 09 febrero a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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