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En Reflexiones Católicas estrenamos nuevo blog dedicado a La Mística y Los Místicos, donde encontrarás artículos, biografías, vídeos...
 
 
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Lecturas del día 07-02-2018

LITURGIA DE LA PALABRA.

1Re 10,1-10: “En aquellos días, la reina de Sabá oyó la fama de Salomón”
Salmo: 36: “La boca del justo expone la sabiduría”
Mc 7,14-23: “Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre”

Los fariseos eran un grupo de personas muy piadosas, conocedoras y practicantes de la ley. Eran laicos que creían en la resurrección, aceptaban el Pentateuco y lo complementaban con las tradiciones rabínicas, sobre todo en las cosas puras o impuras, sagradas o profanas; condicionaban el encuentro con Dios a la práctica de la ley. Jesús polemizó mucho con ellos y los primeros cristianos debieron arreglárselas muy bien para sacar a flote lo mejor que les había enseñado Jesús; por eso los evangelios insisten en la polémica.

En la polémica que comenzábamos ayer, encontramos un Jesús que critica a los fariseos y defiende a sus discípulos, enseñándonos, de paso, lo que es la religión auténtica. Los fariseos se escandalizan inicialmente con los discípulos de Jesús porque estos no guardan las normas rituales, luego lo harán con Jesús porque su doctrina y conducta dan prioridad al corazón sobre las apariencias. Ya veremos en qué terminarán estas discusiones. Jesús será condenado a muerte por su postura tan libre y los primeros cristianos serán echados de la sinagoga.

El evangelio termina con una lista de trece maldades que salen todas ellas del corazón y que nos recuerdan la fragilidad humana enriquecida por la libertad que predica Jesús. Esa lista la debemos revisar porque también hoy podemos tener este peligro en la vivencia de nuestra religión.

PRIMERA LECTURA.
1Reyes 10,1-10
La reina de Sabá vio la sabiduría de Salomón

En aquellos días, la reina de Sabá oyó la fama de Salomón y fue a desafiarle con enigmas. Llegó a Jerusalén con una gran caravana de camellos cargados de perfumes y oro en gran cantidad y piedras preciosas. Entró en el palacio de Salomón y le propuso todo lo que pensaba. Salomón resolvió todas sus consultas; no hubo una cuestión tan oscura que el rey no pudiera resolver.

Cuando la reina de Sabá vio la sabiduría de Salomón, la casa que había construido, los manjares de su mesa, toda la corte sentada a la mesa, los camareros con sus uniformes sirviendo, las bebidas, los holocaustos que ofrecía en el templo del Señor, se quedó asombrada y dijo al rey: "¡Es verdad lo que me contaron en mi país de ti y tu sabiduría! Yo no quería creerlo; pero ahora que he venido y lo veo con mis propios ojos, resulta que no me habían dicho ni la mitad. En sabiduría y riquezas superas todo lo que yo había oído. ¡Dichosa tu gente, dichosos los cortesanos que están siempre en tu presencia, aprendiendo de tu sabiduría! ¡Bendito sea el Señor, tu Dios, que, por el amor eterno que tiene a Israel, te ha elegido para colocarte en el trono de Israel y te ha nombrado rey para que gobiernes con justicia!"

La reina regaló al rey cuatro mil quilos de oro, gran cantidad de perfumes y piedras preciosas; nunca llegaron tantos perfumes como los que la reina de Sabá regaló al rey Salomón.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 36
R/.La boca del justo expone la sabiduría.

Encomienda tu camino al Señor, confía en él, y él actuará: hará tu justicia como el amanecer, tu derecho como el mediodía. R.

La boca del justo expone la sabiduría, su lengua explica el derecho; porque lleva en el corazón la ley de su Dios, y sus pasos no vacilan. R.

El Señor es quien salva a los justos, él es su alcázar en el peligro; el Señor los protege y los libra, los libra de los malvados y los salva porque se acogen a él. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Marcos 7,14-23
Lo que sale de dentro es lo que hace impuro el hombre

En aquel tiempo, llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo: "Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. El que tenga oídos para oír, que oiga."

Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la parábola. El les dijo: "¿Tan torpes sois también vosotros? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón, sino en el vientre, y se echa en la letrina." Con esto declaraba puros todos los alimentos. Y siguió: "Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro."

Palabra del Señor.


Reflexión de la Primera lectura: 1 Reyes 10,1-10.“En aquellos días, la reina de Sabá oyó la fama de Salomón”

-La fama de Salomón llegó hasta la reina de Saba.

Salomón es pues un rey importante en el concierto de naciones del Próximo oriente.

Hasta aquí ha triunfado, gracias a la obra de su padre David, y gracias a su propia inteligencia política.

Hoy puedo pensar en los aciertos que he tenido en mi vida. En otros días, la Palabra de Dios me ayudará a meditar sobre mis fracasos. Pero hoy, ¿no es quizá el momento de "dar gracias" al Señor?

Jesús nos pide que hagamos fructificar nuestros "talentos". Recordemos cuán duramente condenó la «higuera estéril».

-«Tu sabiduría y tu prosperidad superan todo lo que oí decir.

»Bendito el Señor, tu Dios, que te ha mostrado su favor...»

Atribuir nuestros éxitos a Dios. Tener una actitud gozosa, que sabe alegrarse de lo que «marcha bien». Pero sin querer deslumbrar a los demás con nuestra dicha...

Un santo triste es un triste santo.

Aprender la «bendición»: Bendito seas, Señor, por...

¡Proclamar la bondad de Dios! Actitud «eucarística».

Una oración que deberíamos repetir a menudo -¿por qué no hoy?- es recitar la letanía de nuestras alegrías:

«¡Bendito seas por esto...! ¡Bendito seas por aquello...!»

-Salomón resolvió todas sus preguntas. Ninguna le resultó oscura.

La reina de Saba vio toda la sabiduría de Salomón.

¡Percatémonos bien de lo que significan esas frases para la época! El relato que leemos quiere hacer resaltar la "Sabiduría" de Salomón, su «Inteligencia».

El mundo moderno está ávido de «conocimiento», de «ciencia»: los secretos de la naturaleza, desde la época de Salomón, han ido retrocediendo siguiendo la orden de Dios al hombre: "¡Dominad la tierra y sometedla!"

Algunos cristianos miran la ciencia con cierto recelo. Y es verdad que puede apartar de Dios y desorientar al hombre. Pero la ciencia en sí no es mala; en sí más bien es buena.

Permite participar del conocimiento mismo de Dios. La inteligencia humana descubre las maravillas que la Inteligencia Primera ha creado.

Te ofrezco, Señor, las maravillas de la ciencia.

Ayuda a los hombres, como hiciste con Salomón, a seguir descubriendo, a penetrar los secretos restantes, a terminar el "dominio de la tierra" que nos has confiado... pero ayúdanos a hacerlo sin orgullo.

Esa sabiduría-prudencia de Salomón, es uno de los "valores humanos"... Ese encuentro entre el Rey de Israel y una Reina de un país lejano del sur de Egipto... tiene un gran significado en la Biblia. Salomón practica una política de apertura: hace alianza con el Faraón, (I Reyes 3, 1); llama a técnicos extranjeros para construir el templo de Dios (I Reyes 9, lO-24); concluye acuerdos comerciales con Tiro (I Reyes 9, lO-28). Y, por encima de todo, busca integrar el saber humano de su tiempo al pensamiento religioso de su pueblo.

La Iglesia ha intentado siempre lo mismo, a lo largo de las distintas épocas.

Hoy abre sus puertas al dialogo con todas las grandes corrientes de pensamiento de la humanidad actual.

La gracia «eleva» la naturaleza, no la «destruye».

Todo lo que es un «valor» en el mundo, todo lo que es «sabiduría» es ya obra de Dios.

Visión optimista.

Reflexión del Salmo: 36: “La boca del justo expone la sabiduría”

Es un salmo sapiencial. Reflexiona sobre uno de los grandes temas que aborda este tipo de salmos, a saber, el del sentido de la vida y la búsqueda de la felicidad. Ante la gente, se abren dos posibles caminos: el camino de la vida y el camino de la muerte, el de la justicia y el de la injusticia. ¿Cuál de los dos caminos hace feliz? Sin lugar a dudas, el camino de la justicia que conduce a la vida. Este salmo nació de la experiencia acumulada a lo largo de la vida por parte de una persona anciana; quiere transmitir una enseñanza, razón por la que este es un salmo sapiencial: «Fui joven y ya soy viejo, pero nunca he visto un justo abandonado, ni a su descendencia mendigando pan».

Es un salmo alfabético (cf Sal 9-10; 25; 34). En el texto original, cada una de sus estrofas comienza con una letra del alfabeto hebreo (las traducciones de que disponemos no conservan este detalle). Al margen de esto, podemos distinguir tres momentos importantes: 1-9; 10-33; 34-40. El sentido general del primero de ellos (1-9), compuesto principalmente por consejos, consiste en no irritarse a causa de la prosperidad de los malvados, pues se trata de algo pasajero. En lugar de irritarse, lo mejor es confiar en el Señor y hacer el bien. Los malvados desaparecerán. Tenemos aquí una imagen llena de energía: los injustos son tan frágiles como el césped: enseguida se secan.

El segundo momento (10-33) muestra, entre otras cosas, el conflicto que existe entre malvados e injustos. Los malvados desenvainan la espada y tensan el arco para matar al pobre y al indigente (14-15). El justo es fuente de bendición, mientras que el malvado no sobrevive. Todo lo contrario. Se marchita como la belleza de los prados verdes y se disipa como el humo (20). La belleza que se marchita y el humo que se deshace son dos vigorosas imágenes que caracterizan la fragilidad de los malvados.

En el tercer momento (34-40), el sabio que compuso este salmo presenta una nueva serie de consejos para disfrutar de una vida feliz. Vuelve el motivo de la confianza en el Señor, que libra a los justos de los malvados y los impíos, a los que se compara con un cedro frondoso que, de repente, deja de existir (35), mientras que la persona honrada, recta y pacífica (37) disfrutará de un futuro de felicidad.

El conflicto entre los malvados y los justos está constantemente presente. Vale la pena leer de corrido el salmo y tomar nota de cómo se les llama a los primeros: «malvados» e «injustos» (1), “los que triunfan” «el hombre que maneja intrigas» (7), «malvados» (9.10.12.13.l4.16.17.20.21.28.32.34.35.38.40), «asesinos» (14) y “enemigos del Señor” (20), malhechores (28), «impíos» (38). Por otro lado, tenemos a los justos: «los que esperan en el Señor” (9), «pobres» (11.14), «justos» (12.16.17.21.25.29.30.32.39.40.), «indigentes» y «hombres rectos» (14.37), «perfectos» (18), «fieles» (28), «honrados» y «hombres pacíficos» (37).

A cada paso encontramos una situación de tensión entre dos proyectos de sociedad: uno basado en la injusticia y en la desigualdad (la situación que se encuentra como trasfondo del salmo) y otro basado en la justicia y en la igualdad (presente en la lucha de los justos y del Señor su aliado).

El meollo de este conflicto es la cuestión de la tierra y de una descendencia que la cultive: “Porque los malvados serán excluidos, pero los que esperan en el Señor poseerán la tierra” (9) «Los que el Señor bendice poseerán la tierra, y los que maldice serán excluidos» (22); «Confía en el Señor y sigue su camino; te ensalzará para que poseas la tierra» (34).

Así pues, este salmo pone al descubierto la existencia de un conflicto a causa de la tierra y, con toda claridad, toma partido a favor de los que han sido desposeídos de ella. El enfrentamiento es terrible: «Los malvados desenvainan la espada y tensan el arco para matar al pobre y al indigente, para asesinar al hombre recto» (14). Todo lleva a pensar que este conflicto dura desde hace tiempo, pues desde el punto de vista económico, los sin tierra son pobres (11.14) e indigentes (14).

En su defensa de los que no tienen tierra, este salmo pone de manifiesto la debilidad de los asesinos. Emplea imágenes de gran fuerza tomadas de la vida en el campo: los malvados son como la hierba: se secan enseguida, se agostan como el césped (2); los enemigos del Señor se marchitarán como la belleza de los prados (20); aparentan ser fuertes como un cedro frondoso (35), pero desaparecen en un instante (36). Los sin tierra, en cambio, que tienen al Señor como aliado, dispondrán de la tierra (11.22.29.34), tendrán descendencia (26.27) y una herencia que permanece para siempre (18). No se avergonzarán en tiempos de sequía, y en tiempos de hambre quedarán saciados (19).

En la Tierra Prometida, que todos debían compartir, el latifundismo fue imponiéndose cada vez más. Unos pocos, por medio de una violencia brutal, matan y se adueñan de la tierra. El Señor, Dios de la Alianza, siente como propias las ofensas que se infligen a los sin tierra. Por eso asume su defensa, restableciendo la justicia y eliminando para siempre las injusticias. Si no hubiera tenido fe en el Dios amigo y aliado, este sabio no habría compuesto el salmo que nos ocupa. El Dios de este salmo es un Dios que toma claramente partido. Se pone del lado de los desposeídos y afligidos por la pérdida de la tierra. Establece con ellos una alianza y les garantiza que no perderán la herencia (la tierra).

En el Nuevo Testamento, Jesús también tomó una postura clara que no deja lugar a dudas. Dijo que el reino de los cielos es de los pobres en el espíritu que son perseguidos a causa de la justicia (Mt 5,3.10). Estas personas son el vivo retrato de cómo eran las comunidades de Mateo y del pueblo en general en tiempos de Jesús: la pérdida de la tierra los afligía. Jesús, en el Sermón de la Montaña, asegura que los tristes serán consolados y que los desposeídos (los mansos) poseerán la tierra (5,4-5). Los sin tierra de tiempos de Jesús vivían afligidos y doblegados (“amansados”) por las ambiciones de los latifundistas. Jesús afirma que el Reino, entre otras cosas, significa tierra para todos.

Leído en clave sapiencial, se nos invita a rezar este salmo cuando queremos recuperar el camino de la vida y de la felicidad. Desde la clave de la lucha por la tierra, este salmo invita a la solidaridad: no sólo con los desposeídos y afligidos por la pérdida de la tierra, sino con todos los que se encuentran, a causa de la ambición de los poderosos, por debajo del umbral mínimo en cuanto a la dignidad humana. Por medio de este salmo, podemos con vertimos en portavoces de estos grupos ante Dios y aumentar nuestro conocimiento de sus planes pata la humanidad.

Reflexión primera del Santo Evangelio: Mc 7,14-23: “Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre”

Estamos en plena discusión con los fariseos sobre «la tradición de los antiguos». La palabra y la atención se dirigen ahora de nuevo a la gente común, al pueblo: volvemos a encontrar, en efecto, a Jesús adoctrinando a la gente y, en un segundo momento, se dirige aparte a los discípulos. Toda la argumentación gira en torno a cuestiones legales muy delicadas para la mentalidad del piadoso judío observante. El tema está relacionado con la cuestión de lo puro y de lo impuro, con una referencia particular a los alimentos. Se trata de una cuestión central para la tradición judía, hasta el punto que constituye uno de los problemas más candentes por los que habían pasado las primeras comunidades de los creyentes. Podemos subdividir el texto en tres escenas: la enseñanza de Jesús a la gente (vv. 14-16); el dicho de Jesús (v. 15); la enseñanza a los discípulos (vv. 17-23): la verdadera impureza, el corazón, el catálogo de vicios.

El tema central de toda la perícopa es el comportamiento de los hombres respecto a las exigencias del Reino de Dios. Los fariseos reclaman la pureza a propósito de las abluciones, y Jesús responde tomando en consideración el problema más general de la impureza atribuida por la Ley a ciertos alimentos. Traslada el problema y lo sitúa en su centro: el corazón del hombre. Los últimos versículos, por último, constituyen un catálogo de vicios que podemos encontrar, ampliamente documentados, en toda la literatura paulina. Y es precisamente el eco de san Pablo lo que resuena entre líneas: «No os acomodéis a los criterios de este mundo; al contrario, transformaos, renovad vuestro interior» (Rom 12,2). «Renunciad a vuestra conducta anterior y al hombre viejo, corrompido por apetencias engañosas. De este modo, os renováis espiritualmente y os revestís del hombre nuevo creado a imagen de Dios, para llevar una vida verdaderamente recta y santa» (Ef. 4,22-24).

«Nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo. Lo que sale de dentro es lo que contamina al hombre.» Estamos frente a un nuevo principio de la moral cristiana: todo lo que hago es puro en la medida en que está en relación con la persona del Señor Jesús. San Pablo habría dicho: “Lo que hagáis, hacedlo con el mayor empeño, buscando agradar al Señor y no a los hombres” (Col 3,23ss). Se trata de una invitación explícita: «Escuchadme todos y entended esto».

El hombre, de una manera casi subversiva, queda puesto frente a sí mismo, frente a las actitudes y deseos de su corazón; en una palabra, frente a las intenciones profundas que motivan sus opciones y sus decisiones. Queda colocado de nuevo en la posición justa: bajo la mirada de Dios. Frente a su Señor no puede esconderse, aunque puede no conocerse a fondo.

Por eso hay aquí, ante todo, una invitación a «comprender», una invitación que tiene que ver, principalmente, con el conocimiento de nosotros mismos. Una invitación a recibir como don de Dios una comprensión más profunda de la realidad. Es la invitación a derribar la pretensión farisaica presente en nosotros y que nos lleva a intentar poseer y administrar el misterio de Dios; la invitación a dejarnos más bien investir y transformar por la desconcertante novedad que es Dios cuanto entra en nuestra vida.

La Palabra de Dios que nos alcanza nos sitúa en un principio nuevo de obediencia: «Escuchadme todos», poniendo así el principio de la escucha como criterio de juicio y de discernimiento. Escucha de la historia contemporánea y de la Iglesia; escucha de los más débiles e indefensos en la sociedad y en la comunidad; escucha de las verdaderas necesidades del hombre; escucha del grito de los que sufren y de los oprimidos; escucha de la Palabra de Dios que es Cristo, presencia resucitada y viva en medio de nosotros; escucha como raíz del seguimiento de Cristo-Verdad, que supera los esquemas que cada uno de nosotros es muy capaz de construir y justificar y que nos llama a ser sus verdaderos discípulos en la escuela de la Verdad por el camino de la interioridad.

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Mc 7,14-23. Escucha de la historia contemporánea y de la Iglesia;

En aquel tiempo, llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo:

- «Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. El que tenga oídos para oír que oiga.»

Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la comparación. Él les dijo:

- «¿Tan torpes sois también vosotros? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina».

(Con esto declaraba puros todos los alimentos). Y siguió:

- «Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.»

En aquel tiempo, Jesús llamó de nuevo a la gente y les dijo: “Escúchenme todos y entiéndanme. Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro”.

Cuando entró en una casa para alejarse de la muchedumbre, los discípulos le preguntaron qué quería decir aquella parábola. El les dijo: “¿Ustedes también son incapaces de comprender? ¿No entienden que nada de lo que entra en el hombre desde afuera puede contaminarlo, porque no entra en su corazón, sino en el vientre y después, sale del cuerpo?”. Con estas palabras declaraba limpios todos los alimentos.

Luego agregó: “Lo que sí mancha al hombre es lo que sale de dentro; porque del corazón del hombre salen las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre”.

-Nada hay en el exterior del hombre... que entrando en él pueda mancharle. Lo que sale del corazón... esto es lo que mancha al hombre.

El que tenga oídos para oír, que oiga.

Cuando se hubo retirado de la muchedumbre, y entrado en casa, los discípulos le preguntaron por el significado de la parábola.

Volvemos a encontrar pues el procedimiento ya usado por Jesús para la formación más intensiva de su grupito de discípulos.

¿Soy yo también de los que buscan comprender mejor? ¿Tengo "oídos para escuchar" la palabra secreta de Dios? ¿Sé ir más allá de la envoltura de las palabras del evangelio?

¿"Lejos de la muchedumbre", de corazón a corazón con Jesús, me pregunto sobre el "sentido" de sus palabras?

-¿Tan faltos estáis de inteligencia? Este será un tema cada vez más frecuente en san Marcos: la ininteligencia de los mismos discípulos. Ver ya en Mc 4, 13 ¿No comprendéis?".

Empezamos a entrever por algunas frases de ese estilo, de qué modo Jesús ha debido encontrarse aislado, incluso entre sus mejores amigos. Atacado por sus enemigos.

Incomprendido por sus amigos; Jesús, por la profundidad misma de su personalidad misteriosa, estaba solo.

Paso unos instantes contemplando este sufrimiento del corazón de Jesús.

-¿No comprendéis que...? Y Jesús, pacientemente, reemprende en la intimidad con sus discípulos, la explicación de lo que ya ha tratado de hacer comprender a la muchedumbre y a los fariseos.

No olvidemos que 40 años más tarde, cuando Marcos escribía este relato, la cuestión de los "alimentos prohibidos" no estaba aún completamente resuelta: los Hechos de los Apóstoles, el primer Concilio de Jerusalén, las Epístolas de san Pablo se hacen eco de las divergencias entre Pedro y Pablo en esas cuestiones. ¿Había que imponer a los paganos que entraban en la Iglesia las estrictas costumbres de la alimentación "pura e impura" que eran tradicionales entre los judíos?

-Así Jesús declaraba puros todos los alimentos.

Cuando se sabe la importancia que para cada nación, o para cada provincia tienen las costumbres culinarias... se adivina que Jesús tenía sobre ello una visión amplia, universal, liberadora. La fe y la verdadera religión hacia Dios no están ligadas a estas costumbres.

Jesús se retrotrae en relación a los hábitos culturales de su propio pueblo. Es una ley esencial de la misión, -como nos lo ha recordado el Decreto conciliar sobre "La actividad misionera en la Iglesia": "Los misioneros deben familiarizarse con las tradiciones nacionales y religiosas de los pueblos a evangelizar..., descubrir con alegría y respeto las simientes que el Verbo depositó y están escondidas en las diversas culturas..." Descubrir los valores de culturas que no son las nuestras. Al declarar que "todos los alimentos son puros, Jesús contravenía gravemente una tradición de su pueblo... pero lo hacía para abrir la Iglesia a todos los que no tenían esas tradiciones judías. Jesús pensaba en los paganos.

-De dentro del corazón del hombre proceden los pensamientos perversos: las fornicaciones, los hurtos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las maldades, el fraude, la impureza, la envidia, la blasfemia, el orgullo. Todas estas maldades proceden del interior del hombre y lo manchan.

Pero Jesús pensaba también en los judíos y en todos los hombres. Todos tenemos necesidad de re-descubrir lo esencial desde el interior. Y es la simple conciencia universal, la moral más natural, lo que Jesús revalora.

Ninguna costumbre nacional, ninguna tradición de los antiguos, de los antepasados, puede ir en contra de esas leyes esenciales que todo hombre recto reconoce en el fondo de su conciencia.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Mc 7,14-23. Lo que sale de dentro, del corazón.

v. 14a Y convocando esta vez a la multitud les dijo...

La multitud representa el segundo grupo de seguidores, los que no proceden del judaísmo (3,32; 5,24b); no han estado presentes en una dis­cusión que concernía a los usos judíos, pero ahora va a enunciar Jesús un principio válido para todos los hombres, y convoca a la multitud. Va a hablar así a los dos grupos de seguidores. Respecto a 4,10, los discípulos se identi­fican con «los Doce» de allí, y la multitud con «los que estaban en torno a él».

vv. 14b-15 ... «¡Escuchadme todos y entended! Nada de fuera que entre en el hombre puede hacerlo profano; no, lo que sale de dentro del hombre es lo que hace profano al hombre».

Exhorta a los dos grupos, la multitud y los discípulos (Escuchad todos): espera de ellos que, a diferencia de lo que sucedió con «los de fuera» (4,12), oigan y entiendan.

Les expone el principio válido para la humanidad judía y pagana: lo que separa al hombre de Dios no es lo que procede de fuera de él; por tanto, no se hace el hombre profano ni sale de la esfera de Dios por el contacto con el mundo exterior. Puede estar abierto sin miedo al uso de las cosas y a la comunicación con las personas.

Este criterio suprime toda discriminación entre los seres humanos basada en preceptos, ritos u observancias religiosas. En principio, todo hombre es sacro y todo lo creado por Dios es bueno en sí y puede ser beneficioso para el hombre. Es el hombre mismo y sólo él quien puede romper el vínculo con Dios.

(Algunos mss. añaden el v. 16: «Si uno tiene oídos para oír, que escu­che», cf. 4,9.23.)

El grupo de discípulos (seguidores procedentes del judaísmo), que no aceptan ya discriminaciones dentro del pueblo judío, se resisten, sin embargo, a entender el dicho de Jesús, que suprime la discriminación también respecto a los pueblos paganos.

v. 17 Cuando entró en casa, separándose de la multitud, le preguntaron sus discípulos el sentido de la parábola.

Para estar a solas con los discípulos, Jesús se separa del otro grupo de seguidores (la multitud); éstos no tienen que implicarse en lo que toca a la cultura y religión judía. La casa donde entra, la del nuevo Israel (3,20), es el lugar donde se encuentran los discípulos y solamente ellos. Estos no se explican el dicho de Jesús, que parece igualar al israelita con el pagano. Por eso le preguntan en privado. Su resistencia a admitir la igualdad entre los pueblos hace que vean el dicho como una parábola, es decir, como un enigma cuyo sentido no es el que aparece a primera vista, sin recordar que Jesús hablaba en parábolas solamente para «los de fuera» (4,11).

vv. 18-19 El les dijo: «¿Así que tampoco vosotros sois capaces de entender? ¿No caéis en la cuenta de que nada que entra de fuera puede hacer profano al hombre? Porque no entra en el corazón, sino en el vientre, y se echa en la letri­na». (Con esto declaraba puros todos los alimentos.)

Jesús expresa su decepción: están a la altura de «los de fuera» (¿Así que tampoco vosotros?, cf. 4,11s). Aceptaban que dentro del pueblo judío desapareciera la discriminación, pero la supresión total de la frontera de lo sacro les parece inadmisible. Si nada exterior hace profano, todos los hombres y pueblos son iguales. Se refieren implícitamente a la observan­cia de los preceptos alimentarios de la Ley que distinguían a Israel de los paganos.

Jesús les explica el dicho (cf. 4,34): el alimento, que entra de fuera, no afecta a la actitud del ser humano (el corazón); se integra en un proceso orgánico (vientre, letrina), no pertenece al terreno moral. Lo creado por Dios es bueno y tiene una determinada finalidad. Jesús invalida los ta­búes sobre el alimento característicos de Israel, marca de su separación del resto de la humanidad.

vv. 20-23 Y añadió: «Lo que sale de dentro del hombre, eso hace profano al hombre; porque de dentro, del corazón del hombre, salen las malas ideas: liberti­najes, robos, homicidios, adulterios, codicias, perversidades, fraudes, desenfreno, envidia, insultos, arrogancia, desatino. Todas esas maldades salen de dentro y hacen profano al hombre».

Es, en cambio, la conducta injusta con los demás y el egoísmo mani­festado por la ambición de dinero (codicia) o el desenfreno de las cos­tumbres lo que hace profano al ser humano. La relación con Dios no depende de la observancia de normas o de gestos religiosos, sino de la actitud con los demás hombres.

Este texto evangélico está ligado profundamente con el texto que la liturgia nos propuso ayer. El trabajo de Jesús consistió en formar la conciencia de los que habían aceptado seguirle y por lo tanto no podía permitir que los delegados del grupo de los fariseos y de los escribas, terminaran pisoteando todo lo que a él le había costado formar al grupo de sus discípulos.

Jesús ve agotado todos los caminos, y descubre la dureza de corazón y de conciencia de aquellos que encuentran en la ley el justificante más claro para sostener el sistema desequilibrado e inhumano que venía imperando en la sociedad judía.

Por eso, Jesús desenmascara la hipocresía de los escribas y de los fariseos y da una norma mayor. Declara que en el exterior no hay nada impuro, y con esta sentencia le quita el veto a tantos alimentos y a tantas relaciones interpersonales que, según la tradición, estaban cargados de impureza ritual. La sentencia de Jesús: que nada de lo que hay afuera puede volver impuro al ser humano, mientras lo que está en el fondo del corazón humano, si no se purifica, sí puede volver a una persona impura y degenerada, crea un gran conflicto en aquellos que fueron a sonsacarle. Jesús pone al descubierto, de esta forma, la injusta tradición que ellos venían sosteniendo, y desenmascara toda la cadena de muerte espiritual que el legalismo había impuesto en medio del pueblo.

Nosotros también tenemos hoy el compromiso de ir purificándonos en el interior de nuestra vida y de ir llenando de contenidos de justicia y de verdad todos los ritos externos que podamos hacer, y esto es válido también para nuestras celebraciones litúrgicas, muchas veces tan pegadas a la rúbrica y cargadas de tanta parafernalia, pero lejanas de la justicia y de la verdad y muchas veces alejadas de la vida del pueblo.

«Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle»

Hoy Jesús nos enseña que todo lo que Dios ha hecho es bueno. Es, más bien, nuestra intención no recta la que puede contaminar lo que hacemos. Por eso, Jesucristo dice: «Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre» (Mc 7,15). La experiencia de la ofensa a Dios es una realidad. Y con facilidad el cristiano descubre esa huella profunda del mal y ve un mundo esclavizado por el pecado. La misión que Jesús nos encarga es limpiar —con ayuda de su gracia— todas las contaminaciones que las malas intenciones de los hombres han introducido en este mundo.

El Señor nos pide que toda nuestra actividad humana esté bien realizada: espera que en ella pongamos intensidad, orden, ciencia, competencia, afán de perfección, no buscando otra mira sino restaurar el plan creador de Dios, que todo lo hizo bueno para provecho del hombre: «Pureza de intención. —La tendrás, si, siempre y en todo, sólo buscas agradar a Dios» (San Josemaría).

Sólo nuestra voluntad puede estropear el plan divino y hace falta vigilar para que no sea así. Muchas veces se meten la vanidad, el amor propio, los desánimos por falta de fe, la impaciencia por no conseguir los resultados esperados, etc. Por eso, nos advertía san Gregorio Magno: «No nos seduzca ninguna prosperidad halagüeña, porque es un viajero necio el que se para en el camino a contemplar los paisajes amenos y se olvida del punto al que se dirige».

Convendrá, por tanto, estar atentos en el ofrecimiento de obras, mantener la presencia de Dios y considerar frecuentemente la filiación divina, de manera que todo nuestro día —con oración y trabajo— tome su fuerza y empiece en el Señor, y que todo lo que hemos comenzado por Él llegue a su fin.

Podemos hacer grandes cosas si nos damos cuenta de que cada uno de nuestros actos humanos es corredentor cuando está unido a los actos de Cristo.

Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Mc 7,14-23. Lo que sale de dentro, del corazón.

En aquel tiempo, Jesús llamó de nuevo a la gente y les dijo: “Escúchenme todos y entiéndanme. Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro”.

Cuando entró en una casa para alejarse de la muchedumbre, los discípulos le preguntaron qué quería decir aquella parábola. El les dijo: “¿Ustedes también son incapaces de comprender? ¿No entienden que nada de lo que entra en el hombre desde afuera puede contaminarlo, porque no entra en su corazón, sino en el vientre y después, sale del cuerpo?”. Con estas palabras declaraba limpios todos los alimentos.

Luego agregó: “Lo que sí mancha al hombre es lo que sale de dentro; porque del corazón del hombre salen las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre”.

-Nada hay en el exterior del hombre... que entrando en él pueda mancharle. Lo que sale del corazón... esto es lo que mancha al hombre.

El que tenga oídos para oír, que oiga.

Cuando se hubo retirado de la muchedumbre, y entrado en casa, los discípulos le preguntaron por el significado de la parábola.

Volvemos a encontrar pues el procedimiento ya usado por Jesús para la formación más intensiva de su grupito de discípulos.

¿Soy yo también de los que buscan comprender mejor? ¿Tengo "oídos para escuchar" la palabra secreta de Dios? ¿Sé ir más allá de la envoltura de las palabras del evangelio?

¿"Lejos de la muchedumbre", de corazón a corazón con Jesús, me pregunto sobre el "sentido" de sus palabras?

-¿Tan faltos estáis de inteligencia? Este será un tema cada vez más frecuente en san Marcos: la ininteligencia de los mismos discípulos. Ver ya en Mc 4, 13 ¿No comprendéis?".

Empezamos a entrever por algunas frases de ese estilo, de qué modo Jesús ha debido encontrarse aislado, incluso entre sus mejores amigos. Atacado por sus enemigos.

Incomprendido por sus amigos; Jesús, por la profundidad misma de su personalidad misteriosa, estaba solo.

Paso unos instantes contemplando este sufrimiento del corazón de Jesús.

-¿No comprendéis que...? Y Jesús, pacientemente, reemprende en la intimidad con sus discípulos, la explicación de lo que ya ha tratado de hacer comprender a la muchedumbre y a los fariseos.

No olvidemos que 40 años más tarde, cuando Marcos escribía este relato, la cuestión de los "alimentos prohibidos" no estaba aún completamente resuelta: los Hechos de los Apóstoles, el primer Concilio de Jerusalén, las Epístolas de san Pablo se hacen eco de las divergencias entre Pedro y Pablo en esas cuestiones. ¿Había que imponer a los paganos que entraban en la Iglesia las estrictas costumbres de la alimentación "pura e impura" que eran tradicionales entre los judíos?

-Así Jesús declaraba puros todos los alimentos.

Cuando se sabe la importancia que para cada nación, o para cada provincia tienen las costumbres culinarias... se adivina que Jesús tenía sobre ello una visión amplia, universal, liberadora. La fe y la verdadera religión hacia Dios no están ligadas a estas costumbres.

Jesús se retrotrae en relación a los hábitos culturales de su propio pueblo. Es una ley esencial de la misión, -como nos lo ha recordado el Decreto conciliar sobre "La actividad misionera en la Iglesia": "Los misioneros deben familiarizarse con las tradiciones nacionales y religiosas de los pueblos a evangelizar..., descubrir con alegría y respeto las simientes que el Verbo depositó y están escondidas en las diversas culturas..." Descubrir los valores de culturas que no son las nuestras. Al declarar que "todos los alimentos son puros, Jesús contravenía gravemente una tradición de su pueblo... pero lo hacía para abrir la Iglesia a todos los que no tenían esas tradiciones judías. Jesús pensaba en los paganos.

-De dentro del corazón del hombre proceden los pensamientos perversos: las fornicaciones, los hurtos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las maldades, el fraude, la impureza, la envidia, la blasfemia, el orgullo. Todas estas maldades proceden del interior del hombre y lo manchan.

Pero Jesús pensaba también en los judíos y en todos los hombres. Todos tenemos necesidad de re-descubrir lo esencial desde el interior. Y es la simple conciencia universal, la moral más natural, lo que Jesús revalora.

Ninguna costumbre nacional, ninguna tradición de los antiguos, de los antepasados, puede ir en contra de esas leyes esenciales que todo hombre recto reconoce en el fondo de su conciencia.
Elevación Espiritual para este día.

No salgas fuera de ti, vuelve a ti mismo: la verdad habita en el hombre interior. Y si encontraras que tu naturaleza es mutable, pasa también por encima de ti mismo. Obremos de manera que nuestra religión no consista en vacías representaciones. Cualquier cosa, en efecto, con tal de que sea verdadera, es mejor que todo lo que pueda ser imaginado por el albedrío. Obremos de suerte que nuestra religión no consista en el culto a las obras humanas, que no consista en el culto a animales, que no consista en el culto a los muertos, ni a los demonios, ni a los cuerpos etéreos y celestes, ni siquiera a la misma perfecta y sabia alma racional.

La religión, por consiguiente, nos une al Dios único y omnipotente. El es el principio al que volvemos, la forma que seguimos y la gracia por la que somos reconciliados.

Reflexión Espiritual para el día.

Desde que el Señor insertó en el mundo como fermento «incomodador» el principio del amor fraterno, se ha introducido en las estructuras sociales una levadura de permanente revolución. Ahora, en ocasiones —incluso a menudo—, sucede esto: hasta los cristianos nos adherimos a ciertos valores relativos como si fueran absolutos y no nos damos cuenta de que esos valores, que eran considerados como absolutos antes de Cristo, no pueden ser considerados ya como tales después de la venida de Cristo. Bajo la acción fermentadora —aunque invisible— del amor, han sido purificados de una manera gradual; se ha resquebrajado la corteza que esconde su núcleo sustancial; de un modo lento, aunque indefectible, han sido colocados en su verdadero sitio en la jerarquía de los valores. Aparece aquel incómodo precepto del amor fraterno: esclavos y libres son iguales; el orden está subordinado al amor; la patria está ordenada a la amplia familia humana y sus intereses han de ser subordinados a los de la familia colectiva de las naciones; la potestad familiar ha de ser transformada en su raíz; la personalidad de cada uno —hombre y mujer, adulto o pequeño, esclavo o libre— ha de ser respetada como sagrada, como reflejo de la misma personalidad divina. Todo se desbarajusta, todo se revoluciona, todo se tambalea: los perezosos y los temerosos hacen sonar la alarma, pero el amor procede de manera inexorable en su obra «corrosiva»: donde es posible se corrige, donde no lo es se abate. ¡Qué extraño es este Cristo! ¿Cuáles son los límites de la autoridad? ¿Cuáles los del amor familiar y los del amor patrio? ¿Cuáles los del orden? ¿Cuál es la única dirección en la que es lícito decir que alguien puede inmolarse por un ideal? ¿Cuándo puede decirse de verdad que una acción es heroica y virtuosa? Entre qué límites tiene fundamento la propiedad? La respuesta de Cristo es inflexiblemente sencilla: todo define y califica el amor al otro: al otro en cuanto tal, prescindiendo de cualquier esquema en el que este pueda encontrarse encasillado. Libre o esclavo, bárbaro o escita, rico o pobre, etc.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Santa Iglesia. La reina de Saba visita a Salomón.

Las leyendas de Etiopía hacen descender a su emperador de la reina de Saba, que habría concebido del rey Salomón durante su visita a Jerusalén. De ahí que uno de sus títulos sea «León de Judá». Esta famosa visita ha sido muy fecunda en la tradición legendaria tanto judía como musulmana.

El relato mismo de la Biblia tiene no pocos motivos legendarios. En todo caso refleja realidades históricas: la fama de Salomón como rey sabio y la amplia red comercial que había logrado establecer en todo el Medio Oriente. La posición geográfica de Palestina en los confines de tres continentes y su situación estratégica entre Oriente y Occidente la habían convertido en nudo de comunicaciones comerciales. De ahí que la visita de la reina de Saba, si bien adornada por la imaginación popular, esté destinada sin duda a perpetuar el recuerdo de algunas de estas misiones comerciales venidas a Jerusalén.

Más que referencia a un país concreto, Saba tiene valor de símbolo. Simboliza los confines meridionales, lo mismo que Tarsis simbolizaba los extremos de Occidente. Por eso, cuando el Sal 72, 10 dice: «Los reyes de Tarsis y las islas traerán tributos; los reyes de Saba y de Seba pagarán impuestos», lo que se quiere indicar son las amplias fronteras del reino de Israel y luego del reino mesiánico. La sabiduría que Salomón exhibe en presencia de su ilustre huésped no es el arte de gobernar de 1Re 3 ni tampoco el saber enciclopédico de 1Re 5, sino más bien el ingenio y la maestría en la interpretación de oráculos y enigmas. +

Enviado el Miércoles, 07 febrero a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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