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Nuestro Blog: La Mística

En Reflexiones Católicas estrenamos nuevo blog dedicado a La Mística y Los Místicos, donde encontrarás artículos, biografías, vídeos...
 
 
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Lecturas del día 06-02-2018

LITURGIA DE LA PALABRA.

1Re 8, 22-23. 27-30: “Escucha la súplica de tu pueblo cuando rece en este sitio”
Salmo: 83: ¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos!
Mc 7, 1-13: Controversia con los fariseos

Hoy nos encontramos con dos clases de personas: Jesús, un hombre libre y liberador, y algunos fariseos y maestros de la ley que critican la conducta de los discípulos de Jesús. Estamos ante una polémica de la época de Jesús, pero también de nuestros días. En ese momento ellos consideran que “guardar las tradiciones de los mayores” acerca más a Dios. Jesús, en cambio, propone algo más importante y esencial

Jesús enseña que para estar más cerca de Dios es necesario convertirse y seguirlo de corazón. El mandamiento del amor a Dios está por encima de los afectos familiares y la economía del templo. Enfatiza el compromiso por la vida. Jesús propone una mirada más alta: Ir más allá del lavarse las manos y llegar a amar y comprometerse. Por eso denuncia la hipocresía y la falsedad de las prácticas farisaicas.

Jesús denuncia las prácticas religiosas enseñando cuál es el mandato claro de Dios y lo que El quiere, su voluntad. Podríamos decir que nos muestra un rostro nuevo de Dios. Jesús se nos revela libre, nos da la paz y la libertad. El Dios de Jesús y el Dios nuestro es un Dios de libertad, de vida, de justicia, de amor. Hoy Señor te damos gracias por tu palabra sincera y valiente. Gracias porque nos has dicho que prefieres una religión de amor y de libertad.

PRIMERA LECTURA.
1Reyes 8, 22-23. 27-30
Sobre este templo quisiste que residiera tu nombre. Escucha la súplica de tu pueblo, Israel

En aquellos días, Salomón, en pie ante el altar del Señor, en presencia de toda la asamblea de Israel, extendió las manos al cielo y dijo: "¡Señor, Dios de Israel! Ni arriba en el cielo ni abajo en la tierra hay un Dios como tú, fiel a la alianza con tus vasallos, si caminan de todo corazón en tu presencia. Aunque ¿es posible que Dios habite en la tierra? Si no cabes en el cielo y en lo más alto del cielo, ¡cuánto menos en este templo que he construido! Vuelve tu rostro a la oración y súplica de tu siervo, Señor, Dios mío, escucha el clamor y la oración que te dirige hoy tu siervo. Día y noche estén tus ojos abiertos sobre este templo, sobre el sitio donde quisiste que residiera tu nombre. ¡Escucha la oración que tu siervo te dirige en este sitio! Escucha la súplica de tu siervo y de tu pueblo, Israel, cuando recen en este sitio; escucha tú, desde tu morada del cielo, y perdona."

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 83
R/.¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos!

Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo. R.

Hasta el gorrión ha encontrado una casa; la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor de los ejércitos, Rey mío y Dios mío. R.

Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre. Fíjate, oh Dios, en nuestro Escudo, mira el rostro de tu Ungido. R.

Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa, y prefiero el umbral de la casa de Dios a vivir con los malvados.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Marcos 7, 1-13
Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.)

Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: "¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?" Él les contestó: "Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos." Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres."

Y añadió: "Anuláis el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición. Moisés dijo: "Honra a tu padre y a tu madre" y "el que maldiga a su padre o a su madre tiene pena de muerte"; en cambio, vosotros decís: Si uno le dice a su padre o a su madre: "Los bienes con que podría ayudarte los ofrezco al templo", ya no le permitís hacer nada por su padre o por su madre, invalidando la palabra de Dios con esa tradición que os trasmitís; y como éstas hacéis muchas."

Palabra del Señor.


Reflexión de la Primera lectura: 1 Reyes 8, 22-23. 27-30 “Escucha la súplica de tu pueblo cuando rece en este sitio”

El día de la consagración del Templo, Salomón se puso ante el altar del Señor, en presencia de todo el pueblo, extendió sus manos al cielo y pronunció esta oración...

Permanecer en la presencia de Dios.

Tú estás aquí, Señor. Y yo estoy ante Ti.

Que la postura del cuerpo me ayude en la oración: no se ora sólo con la mente.

-"Señor, no hay otro Dios como Tú en lo alto de los cielos, ni abajo sobre la tierra..."

Confesar la grandeza de Dios. ¡Su transcendencia! Soy muy pequeño ante Ti, Señor.

-Tú que guardas la Alianza y el amor a tus siervos...

La grandeza de Dios es ponerse a disposición de su Pueblo, es ligarse a él, hacer alianza con él. El Dios Transcendente se hace próximo. ¡Es a la vez el Altísimo y el muy Próximo!

Este es el gran misterio del Templo.

-¿Será verdad que Dios habita sobre la tierra? Los cielos y las alturas de los cielos no pueden contenerte: ¡cuánto menos este Templo que te he construido! En efecto, Salomón no se equivoca.

Dios está de veras «en el cielo», es decir, inaccesible, escondido, imposible de captar, está fuera de nuestro alcance y comprensión.

Pero el hombre tiene necesidad de «mediaciones» para alcanzar a Dios. Necesitamos «intermediarios» para encontrar a Dios.

El Templo es un medio de «significar», de «sensibilizar» la presencia de Dios. Sabemos que Dios está en todas partes. Pero que es difícil de alcanzar. Necesitamos lugares, espacios sagrados que nos ayuden a orar: que concreticen, que faciliten el encuentro. ¿Sé yo utilizar estos lugares?

Cristo, con su Cuerpo, es el verdadero y único mediador, que concretiza y facilita el encuentro con Dios. Es el único templo, reconstruido en tres días.

La Asamblea eucarística, los cristianos reunidos son también el Cuerpo visible de Cristo

Hoy. Y ciertamente es verdad que esta asamblea concretiza y facilita el encuentro con Dios.

En esta búsqueda de Dios hemos sido ayudados por nuestros hermanos y por la Iglesia.

¿Es así como participo yo en la misa, y es con esta convicción?

Dios no está solamente presente en la misa. Está presente por doquier en nuestra vida.

Pero en la Eucaristía, el fuerte signo de Presencia, nos es dado para que sepamos reconocerle en todas partes...

-Señor, presta atención a mi clamor, a mi súplica, a mi oración...

En el texto hebreo hay también tres palabras diferentes, para designar la oración de Salomón.

"Tefilá", es el grito de angustia que se lanza en el dolor...

«Tekinná», es la súplica confiada en la misericordia de Dios.

«Rinná», es la plegaria gozosa, y ya segura de ser atendida...

La plegaria toma en nuestros corazones toda clase de formas, según los diversos momentos.

-Que tus ojos, Señor, estén abiertos noche y día sobre este templo... Y Tú, desde el cielo donde habitas, escucha y perdona...

¡Un Dios que me mira sin cesar! En este momento mismo.

Tus ojos...

Reflexión del Salmo 83: ¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos!

Se trata de un canto dulcísimo, penetrado de un anhelo místico hacia el Señor de la vida, al que se celebra repetidamente (cf. Sal 83, 2. 4. 9. 13) con el título de "Señor de los ejércitos", es decir, Señor de las multitudes estelares y, por tanto, del cosmos. Por otra parte, este título estaba relacionado de modo especial con el arca conservada en el templo, llamada "el arca del Señor de los ejércitos, que está sobre los querubines" (1 S 4, 4; cf. Sal 79, 2). En efecto, se la consideraba como el signo de la tutela divina en los días de peligro y de guerra (cf. 1 S 4, 3-5; 2 S 11, 11).

El fondo de todo el Salmo está representado por el templo, hacia el que se dirige la peregrinación de los fieles. La estación parece ser el otoño, porque se habla de la "lluvia temprana" que aplaca el calor del verano (cf. Sal 83, 7). Por tanto, se podría pensar en la peregrinación a Sión con ocasión de la tercera fiesta principal del año judío, la de las Tiendas, memoria de la peregrinación de Israel a través del desierto.

2. El templo está presente con todo su encanto al inicio y al final del Salmo. En la apertura (cf. vv. 2-4) encontramos la admirable y delicada imagen de los pájaros que han hecho sus nidos en el santuario, privilegio envidiable.

Esta es una representación de la felicidad de cuantos, como los sacerdotes del templo, tienen una morada fija en la Casa de Dios, gozando de su intimidad y de su paz. En efecto, todo el ser del creyente tiende al Señor, impulsado por un deseo casi físico e instintivo: "Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo" (v. 3). El templo aparece nuevamente también al final del Salmo (cf. vv. 11-13). El peregrino expresa su gran felicidad por estar un tiempo en los atrios de la casa de Dios, y contrapone esta felicidad espiritual a la ilusión idolátrica, que impulsa hacia "las tiendas del impío", o sea, hacia los templos infames de la injusticia y la perversión.

3. Sólo en el santuario del Dios vivo hay luz, vida y alegría, y es "dichoso el que confía" en el Señor, eligiendo la senda de la rectitud (cf. vv. 12-13). La imagen del camino nos lleva al núcleo del Salmo (cf. vv. 5-9), donde se desarrolla otra peregrinación más significativa. Si es dichoso el que vive en el templo de modo estable, más dichoso aún es quien decide emprender una peregrinación de fe a Jerusalén.

También los Padres de la Iglesia, en sus comentarios al Salmo 83, dan particular relieve al versículo 6: "Dichosos los que encuentran en ti su fuerza al preparar su peregrinación". Las antiguas traducciones del Salterio hablaban de la decisión de realizar las "subidas" a la Ciudad santa. Por eso, para los Padres la peregrinación a Sión era el símbolo del avance continuo de los justos hacia las "eternas moradas", donde Dios acoge a sus amigos en la alegría plena (cf. Lc 16, 9).

Quisiéramos reflexionar un momento sobre esta "subida" mística, de la que la peregrinación terrena es imagen y signo. Y lo haremos con las palabras de un escritor cristiano del siglo VII, abad del monasterio del Sinaí.

4. Se trata de san Juan Clímaco, que dedicó un tratado entero --La escala del Paraíso-- a ilustrar los innumerables peldaños por los que asciende la vida espiritual. Al final de su obra, cede la palabra a la caridad, colocada en la cima de la escala del progreso espiritual.

Ella invita y exhorta, proponiendo sentimientos y actitudes ya sugeridos por nuestro Salmo: "Subid, hermanos, ascended. Cultivad, hermanos, en vuestro corazón el ardiente deseo de subir siempre (cf. Sal 83, 6). Escuchad la Escritura, que invita: "Venid, subamos al monte del Señor y a la casa de nuestro Dios" (Is 2, 3), que ha hecho nuestros pies ágiles como los del ciervo y nos ha dado como meta un lugar sublime, para que, siguiendo sus caminos, venciéramos (cf. Sal 17, 33). Así pues, apresurémonos, como está escrito, hasta que encontremos todos en la unidad de la fe el rostro de Dios y, reconociéndolo, lleguemos a ser el hombre perfecto en la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4, 13)" (La scala del Paradiso, Roma 1989, p. 355).

5. El salmista piensa, ante todo, en la peregrinación concreta que conduce a Sión desde las diferentes localidades de la Tierra Santa. La lluvia que está cayendo le parece una anticipación de las gozosas bendiciones que lo cubrirán como un manto (cf. Sal 83, 7) cuando esté delante del Señor en el templo (cf. v. 8). La cansada peregrinación a través de "áridos valles" (cf. v. 7) se transfigura por la certeza de que la meta es Dios, el que da vigor (cf. v. 8), escucha la súplica del fiel (cf. v. 9) y se convierte en su "escudo" protector (cf. v. 10).

Precisamente desde esta perspectiva la peregrinación concreta se transforma, como habían intuido los Padres, en una parábola de la vida entera, en tensión entre la lejanía y la intimidad con Dios, entre el misterio y la revelación. También en el desierto de la existencia diaria, los seis días laborables son fecundados, iluminados y santificados por el encuentro con Dios en el séptimo día, a través de la liturgia y la oración en el encuentro dominical.

Caminemos, pues, también cuando estemos en "áridos valles", manteniendo la mirada fija en esa meta luminosa de paz y comunión. También nosotros repetimos en nuestro corazón la bienaventuranza final, semejante a una antífona que concluye el Salmo: "¡Señor de los ejércitos, dichoso el hombre que confía en ti!" (v. 13).

Reflexión primera del Santo Evangelio:Mc 7, 1-13: Controversia con los fariseos

La progresiva revelación de la identidad de Jesús, en la que nos va introduciendo con su evangelio Marcos, incluye asimismo la revelación de una relación nueva entre los discípulos del Nazareno y las reglas que observan los hombres a fin de estar preparados para el encuentro con Dios (ser puros). «Por qué tus discípulos no proceden conforme a la tradición de los antepasados» (v. 5). Antes incluso de que Jesús pronuncie una respuesta, él mismo, su persona, se pone frente a nosotros como la respuesta.

El «porqué», en efecto, es precisamente él. Jesús, al revelarse como el Hijo de Dios, como el mediador entre Dios y los hombres, relativiza de un golpe todas las reglas y preceptos humanos. No los anula, sino que nos muestra que son válidos si están en relación con él; con él, que es la norma, la encarnación del mandamiento de Dios, la Palabra viva. Aquí está en juego el contenido de la tradición, a saber: lo que se ha de transmitir de la fe; lo que cuenta de verdad y resulta indispensable para entrar en comunión con Dios, y lo que puede ser también bueno, pero siempre es relativo. Los preceptos de los fariseos son «tradición de los antiguos», «tradición de los hombres», «tradición vuestra». Que es como decir: vosotros os transmitís a vosotros mismos.

Somos presa del estupor frente a algo que no nos esperamos, frente a algo mucho más bello y mucho más importante que lo que consideramos importante y bello. Y lo que mayor estupor puede despertar en la vida es darse cuenta de que Dios está con nosotros, reconocer que esta historia que estoy viviendo está toda ella dentro de la alianza: se desarrolla en su casa. Que el vínculo con Dios fundamenta el sentido y la dignidad de mi persona, incluso antes de que yo pueda hacer alguna cosa sensata y digna. La oración nace aquí: una mezcla entre el impacto que recibe quien se descubre amado antes, amado gratis, y la inconsciencia de quien por esto se encuentra libre, libre de darle largas a Dios. A quien se pregunte cómo se ha llevado a cabo este vínculo, cómo se vive la alianza, el evangelio de hoy le presenta la Palabra que va al corazón y desenmascara las poses de fachada. El tipo de relación que Dios nos ofrece en Jesucristo es vital: de vida a vida. Hasta tal punto que la acostumbrada pretensión humana de fijarla en rígidos esquemas se convierte en uno de los mayores obstáculos para que se lleve a cabo el encuentro. En tiempos de desorientación, como son los nuestros, puede sorprendernos la tentación de ir a la caza de seguridades y de adherirnos a prácticas, ceremonias y costumbres “antiguas”, a «los nuestros», a «lo nuestro». Estamos convencidos —a hurtadillas—, como los fariseos y los maestros de la Ley, de que la fidelidad a Dios consiste enteramente en eso. Ahora bien, la Palabra de Dios no secunda este tipo de necesidades; al contrario, nos llama a asumir el riesgo de entablar nuevas relaciones, totales: con Dios y entre nosotros.

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Mc 7, 1-13. Las tradiciones judías.

Contexto situacional. El pasaje evangélico tiene la finalidad de iluminar la situación de las comunidades judeo-cristianas, en las que hay tensiones y peligros porque muchos conversos no terminan de cortar el cordón umbilical con el judaísmo y se aferraban a sus tradiciones sin asimilar plenamente la novedad del Evangelio como religión en espíritu y verdad (Jn 4,23). Con ello cerraban las puertas a los no judíos y dificultaban la convivencia.

A Pedro le reprochan: “Has entrado en casa de los incircuncisos y has comido con ellos” (Hch 11,2-3). Y así mismo: “Unos que bajaron de Judea enseñaban a los hermanos que si no se circuncidaban conforme a la tradición de Moisés, no podían salvarse” (Hch 15,1). Marcos evoca las palabras y actitudes de Jesús para esclarecer la situación. La última parte de esta sección recoge una serie de enseñanzas concretas que ponen de manifiesto la postura de Jesús respecto de algunos preceptos o costumbres de la religiosidad judía. Los versículos que leemos hoy son un planteamiento general de la cuestión.

La enseñanza de Jesús es clara: la base de la religiosidad está en la limpieza del corazón, en el amor al Padre y en la expresión de este amor en la convivencia humana. La comunidad cristiana tuvo ya en sus orígenes el peligro de caer en la actitud que el Evangelio reprende (Hch 11,1-4; 15,1-35). La comunidad cristiana de hoy vive también en la misma tentación de valorar los preceptos de los hombres por encima del precepto único y radical de la religiosidad (cf. St 1,19-27).

Un grupo de fariseos con algunos letrados de Jerusalén, representantes de la más estricta ortodoxia, se acerca a Jesús para echarle en cara que habían visto a sus discípulos comer con las manos impuras, es decir, sin lavárselas. El lavatorio de las manos es para los judíos algo más que una cuestión de higiene. Con sólo tocar lo que había tocado un pagano, ya quedaban interiormente contaminados. Por eso era necesario lavarse. Es, pues, una ablución religiosa. Esta ley obligaba a los sacerdotes en el servicio del templo, pero los rabinos la habían hecho extensiva a todos. Habían promulgado leyes que contravenían directamente a los mandamientos divinos.

Evangelio a la medida. A Jesús, como a los profetas, le recome la adulteración de la ley de Moisés. Lo esencial lo convierten en accidental y lo accidental lo convierten en esencial. Se muestran “escandalizados”. Y se lo echan en cara a Jesús, que se enardece ante tanta hipocresía: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío”. “¡Pagáis el diezmo del comino y descuidáis lo más grave de la Ley: la honradez, la compasión y la sinceridad!” (Mt 23,23).

Están obsesionados por los ritos, pero no les importa nada el sufrimiento de los pobres. A veces las pequeñas fidelidades ocultan grandes traiciones. Es increíble la habilidad con que se manipula la palabra de Dios, para vivir caprichosamente y estar con la conciencia tranquiliza “con el deber cumplido”. Es evidente que el fariseísmo es una tentación incesante, porque todos tendemos a lo cómodo; así nos justificamos con ser fieles a lo que no nos cuesta, a lo accidental, dejando intacto el núcleo, lo esencial.

Jesús, que denunció el formalismo de los judíos, extraviados por sus guías, denunciaría hoy mucho formalismo en quienes se llaman “cristianos”. Un ejemplo lamentable: Mientras estalla la revolución rusa y corre la sangre al pie de la ventana del salón en que están reunidos los popes de la Iglesia Ortodoxa rusa, éstos siguen discutiendo sobre el color de los ornamentos sagrados. ¿Qué sentido tienen ciertas disputas intraeclesiales sobre cuestiones menores cuando mueren de hambre cada año 60 millones de seres humanos? ¿Qué sentido tiene estar obsesionados por pequeños ritos de la Eucaristía cuando estamos divididos, carecemos de espíritu misionero y estamos atrapados por el consumismo y la insolidaridad?

Lo esencial es lo que importa. Interpelémonos con respecto a las grandes cuestiones. Con respecto a la misma Eucaristía, corremos el peligro de colar el mosquito y tragar el camello (Mt 23,24), ser fieles a la rúbrica más insignificante y “pasar por alto lo esencial”: la actitud comunitaria, de ofrenda, de escucha. Cuando se da demasiada importancia a lo accidental, se le quita a lo esencial.

Interpelémonos, también, sobre las grandes cuestiones que nos afectan globalmente: ¿Qué hago para ayudar a los demás y hacerles felices? ¿Cómo empleo las enormes riquezas que Dios ha puesto en mi mano?

Esto mismo hemos de hacer con respecto a la Eucaristía: ¿La vivo como una experiencia de comunión fraterna, de disponibilidad ante Dios como Cristo? ¿Me alimento para compartir su entrega? Esto es lo que le preocupaba a Pablo y sobre esto interpelaba enérgicamente a los corintios (1 Co 11,17-34). Lo grandioso del rabí de Nazaret es que fue al grano: “El que ama tiene cumplida la ley” (Rm 13,8).

Reflexión tercera del Santo Evangelio:Mc 7, 1-13. Fascinados por la verdad.

Jesús pasa por ser un rabí diferente, tan diferente que preocupa no poco a las autoridades de Jerusalén, de ahí que envíen a sus emisarios para informarse de primera mano. Ya no basta con lo que se oye decir. Ya desde el principio se respira un aire de tormenta que no tarda en estallar, preparada por el ese acercaron a Jesús» (v. 1), que tiene toda la pinta de un control para cogerle en fallo. El drama judicial alienta ya en estas primeras escaramuzas y se desarrollará primero como acusación y después como defensa, que se transformará en una requisitoria y en una condena. El imputado se convierte en acusador y los acusadores se encuentran de improviso en el banquillo de los acusados sin posibilidad de apelación.

Para comprender la acusación que los fariseos lanzan contra los discípulos —un pretexto para golpear a la persona de Jesús— se debe mirar al mundo judío, que practicaba un ritual que a nosotros nos resulta casi incomprensible. La costumbre de lavarse las manos antes de sentarse a la mesa, algo que también nosotros enseñamos a los niños, representa, más que una norma de higiene, una consecuencia del concepto de pureza ritual que tanto espacio ocupaba también en el Antiguo Testamento. Se trataba de normas que, en su origen, sólo afectaban a los sacerdotes y a los que estaban en contacto con lo divino, y que los fariseos extendieron después a todos los demás. «Los fariseos y los judíos en general no comen sin antes haberse lavado las manos meticulosamente» (v. 3): lo importante, más que lavarse, era hacerlo de una manera meticulosa, llegando hasta el codo, porque sólo de este modo se cumplían las prescripciones. Se requerían dos enjuagues, cada uno de ellos con un cuarto de log de agua (0,137 litros, aproximadamente), cantidad que sólo en circunstancias particulares podía ser inferior. No todos los recipientes eran idóneos para el lavado: no debía ser un recipiente de barro, ni una tapadera, ni tampoco era lícito lavarle las manos a otro llevándole agua en el cuenco de las manos. He aquí, pues, la pregunta que suena como una acusación: « ¿Por qué tus discípulos no proceden conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?» (v. 5).

La respuesta de Jesús (la requisitoria) no se limita al casus belli y traslada la discusión, en nombre de la verdad, al valor de la enseñanza de los fariseos: al problema más general de la transgresión de la voluntad divina en nombre de la tradición. Jesús se ve obligado a quitar la pátina de bonhomía que la opinión pública había difundido sobre los fariseos. Empieza llamándoles «hipócritas», es decir, «actores».

Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Mc 7, 1-13. Fascinados por la verdad.

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los fariseos y algunos escribas, venidos de Jerusalén. Viendo que algunos de los discípulos de Jesús comían con las manos impuras, es decir, sin habérselas lavado, los fariseos y los escribas le preguntaron: "¿Por qué tus discípulos comen con manos impuras y no siguen la tradición de nuestros mayores?" (Los fariseos y los judíos, en general, no comen sin lavarse antes las manos hasta el codo, siguiendo la tradición de sus mayores; al volver del mercado, no comen sin haber primero las abluciones, y observan muchas otras cosas por tradición, como purificar los vasos, las jarras y las ollas).

Jesús les contestó: "¡Qué bien profetizó Isaías sobre ustedes, hipócritas, cuando escribió: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Es inútil el culto que me rinden, porque enseñan doctrinas que no son sino preceptos humanos. Ustedes dejan a un lado el mandamiento de Dios, para aferrarse a las tradiciones de los hombres!".

Después añadió: "De veras son ustedes muy hábiles para violar el mandamiento de Dios y conservar su tradición. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre. El que maldiga a su padre o a su madre, morirá. Pero ustedes dicen: 'Si uno dice a su padre o a su madre: Todo aquello con que yo te podría ayudar es corbán (es decir, ofrenda para el templo), ya no puede hacer nada por su padre o por su madre'. Así anulan la palabra de Dios con esa tradición que se han transmitido. Y hacen muchas cosas semejantes a ésta".

He aquí una primera afirmación importante: el mandamiento de Dios y las tradiciones de los hombres tienen que ser considerados como dos cosas distintas (versículos 8-9). No están en el mismo plano, sino que el primero es perenne y las segundas son provisionales. Además, las tradiciones (aunque hayan nacido como un esfuerzo de interpretación del mandamiento e incluso como un intento de veneración del mismo) no tienen que esconder a dicho mandamiento hasta el punto de distraernos de lo que es esencial.

Una segunda afirmación: Jesús rechaza la distinción judía entre lo puro y lo impuro, entre una esfera religiosa, separada, en la que Dios está presente, y otra esfera ordinaria, cotidiana, en la que Dios está ausente. No nos purificamos de la vida de cada día para encontrar a Dios fuera de ella; tenemos que purificarnos del pecado que llevamos dentro de nosotros. Según los fariseos, ir al mercado lleva consigo el peligro de caer en la impureza, por el contacto probable con pecadores y paganos. La afirmación de Jesús a propósito de este caso adquiere una significación ulterior: se trata no sólo de abolir la distinción entre sagrado y profano, sino incluso de superar toda división entre los hombres, entre los puros e impuros.

Finalmente, la absurda tradición del corbán (que permitía a los hijos desentenderse con la conciencia tranquila del deber de mantener a los padres ancianos e inválidos gracias a una pequeña ofrenda hecha al Templo) revela otra equivocación: la casuística elaborada e hipócrita que acaba inutilizando aquella misma ley a la que debería servir.

Hasta aquí hemos visto algunos casos concretos que esta página de Marcos considera como un pretexto para llegar al meollo de la cuestión.

El elemento esencial está constituido por la pequeña parábola de Jesús que, una vez más, los apóstoles son incapaces de comprender (versículos 15-19): no es lo que entra en el hombre lo que lo mancha, sino más bien lo que le sale de dentro.

Con esta pequeña parábola Jesús afirma la moral del corazón, no sólo la de las acciones. Es el hombre el que debe estar en forma; sólo de un hombre debidamente ordenado es de donde pueden proceder acciones morales. Es una llamada a la rectitud de intención. El corazón puede estar en desorden y entonces es ciega la conducta. Se necesita entonces un esfuerzo continuo de purificación. El primer deber de conciencia para Jesús es tener limpia la conciencia, incluso antes de seguirla. Por tanto, no se trata sólo de hacer las cosas de corazón (en contra del formulismo), sino de hacer cosas que procedan del corazón recto. Esa es la cuestión. Para Jesús el corazón tiene que estar limpio, porque tiene que estar en disposición de captar la voluntad de Dios, una voluntad que no es simplemente letra escrita, que no es repetitiva. No basta con superar la hipocresía y el formalismo; la interiorización pide algo más que sentimiento de sinceridad.

Sería igualmente empobrecer la enseñanza de Jesús, reducirla a una simple llamada al coraje, esto es, a la disponibilidad entendida como capacidad de poner en práctica las normas que se han dado, cueste lo que cueste. El corazón recto de que habla Jesús no está hecho solamente de coraje, de fidelidad y de buena memoria. Está hecho de disponibilidad, entendiendo con ello la libertad y la intuición. Se trata de crear una situación interior capaz de conocer a Dios, al verdadero Dios, capaz de leer de nuevo la voluntad de Dios. El corazón es el lugar donde Dios se revela, no simplemente el lugar donde se percibe la obligatoriedad de un esquema ya existente y donde se encuentra el coraje de repetirlo.

Así, pues, en la página que hemos leído se encierran diversos reproches contra el espíritu farisaico: la confusión entre el rigorismo minucioso en la observancia de la moral y la fidelidad a Dios (la minuciosidad no siempre es signo de la fidelidad), artimañas casuísticas en la interpretación de los deberes morales (un defecto que lleva a un doble desequilibrio: complicar la observancia de la ley especialmente a la gente sencilla y tranquilizar la conciencia de los astutos que intentan salvar el esquema de la ley descuidando su sustancia), y finalmente -como tercer peligro- la confianza en las propias obras por encima del amor de Dios que nos llega gratuitamente.

Para todo esto el evangelio asume una doble tarea: poner en evidencia cuál es el centro de la ley (la caridad) y considerar la obediencia del hombre a la ley como respuesta al gesto salvífico y gratuito de Dios.

Detrás de todo esto hay una advertencia fundamental, que sirve de hilo conductor a todo este capítulo de Marcos: todas estas formas de legalismo son siempre una forma de rechazar a Dios. El legalismo farisaico nace de una incomprensión de Dios y ofrece una razón para rechazarlo; de hecho fue un motivo para rechazar a Jesús.

Elevación Espiritual para este día.

No es demasiado pequeño el corazón del creyente para aquel a quien no le bastó el templo de Salomón. Nosotros, en efecto, somos el templo del Dios vivo. Como está escrito: «Habitaré en medio de ellos». Si un personaje importante te dijera: «Voy a habitar en tu casa», ¿qué harías? Si tu casa es pequeña, no hay duda de que te quedarías desconcertado, te espantarías, preferirías que el encuentro no tuviera lugar. Ahora bien, tú no temes la venida de Dios, no temes el deseo de tu Dios. Al venir, no te reduce el espacio; al contrario, cuando venga, será él quien te dilate.

Reflexión Espiritual para el día.

Estamos aún en los bajos fondos, en los sótanos de la vida espiritual: también nosotros, que algunas veces nos mostramos un tanto burócratas, debemos ascender a la planta superior. Subir a la planta superior significa en nuestro caso superar la frialdad de un derecho sin caridad, de un silogismo sin fantasía y sin inspiración, de un cálculo sin pasión. Significa superar la frialdad de un logos sin sophia, de un discurso sin sabiduría y sin corazón. Significa no contentarnos con el acopio de nuestras pequeñas virtudes humanas, como si éstas pudieran comprarnos el Reino de Dios, cuando sabemos que es el Señor quien nos da la fuerza para ser buenos y humildes. En efecto, el Señor no nos ama porque seamos buenos, sino que nos hace ser buenos porque nos ama... María, inquilina acostumbrada a la planta superior, nos alivia de un estilo pastoral «atareado», sin inspiración, de una experiencia de oración requerida sólo por el guión, sin sobresaltos de fantasía, sin emoción. Nos rescata del achatamiento de nuestra vida interior en el ámbito de las trivialidades, del afán de las cosas por hacer que nos impiden elevarnos a ti.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Santa Iglesia. Escucha desde el lugar de tu morada y perdona.

Tanto por su carácter sagrado, en virtud de la unción, como por su calidad de rey de un pueblo teocrático, Salomón es quien preside la ceremonia de la dedicación del templo.

En la oración, de cuño deuteronomista, se destacan los temas siguientes. En primer lugar, la fidelidad. La historia bíblica está construida, en buena parte, sobre el esquema «promesa-cumplimiento». Desde los comienzos mismos, la historia sagrada está jalonada de una cadena sucesiva de promesas, que se van cumpliendo a plazo más o menos largo. Este esquema pone de relieve dos ideas teológicas: por una parte, la fidelidad de Dios en cumplir su palabra, y, por otra, la eficacia de las palabras o promesas divinas, que vienen a ser como el principio dinámico y desencadenante de la historia de la salvación.

Los hechos que se describen en nuestro texto son el cumplimiento de la promesa hecha a David sobre la construcción del templo (2Sam 7, 13).

Sigue el tema de la trascendencia divina: ¿Es posible que Dios habite en la tierra? Si no cabes en el cielo y en lo más alto del cielo, ¡cuánto menos en este templo que te he construido! Es la eterna tensión entre trascendencia e inmanencia. Posiblemente estas palabras de Salomón, de origen deuteronomista, tienen un transfondo polémico contra ciertas tradiciones y autores, que subrayaban excesivamente la inmanencia de Dios y circunscribían su presencia a los recintos sagrados. Los deuteronomistas quieren dejar bien claro que Dios es inabarcable y que no solamente los santuarios sino ni siquiera los cielos lo pueden contener.

Finalmente, la oración apela de una manera general a la condescendencia y misericordia de Dios: Escucha la súplica de tu siervo y de tu pueblo Israel, cuando recen en este sitio; escucha tú desde tu morada del cielo y perdona.+

Enviado el Martes, 06 febrero a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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