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Lecturas del día 03-02-2018

LITURGIA DE LA PALABRA.

1R 3, 4-13: “Te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti”.
Salmo: 118: “Enséñame, Señor, tus leyes”
Mc 6, 30-34: “Sintió lástima, porque eran como ovejas sin pastor”

Todos los momentos son buenos para evangelizar, Jesús no los desaprovecha e incluso cambia lo programado para enseñar a la gente, todo porque se deja interpelar por la condición de las personas y porque sabe a qué ha venido. Nos sirve como modelo. El pastoreo era para el pueblo de Israel un tema muy importante. Desde Abraham hasta el rey David, muchos de los grandes personajes habían sido pastores. Y la imagen del pastor bueno estaba muy metida en la mentalidad del pueblo, Dios era considerado “el pastor de Israel”. Por el descuido de muchos sacerdotes del templo, de falsos profetas y de maestros que solo explotaban al pueblo y vivían a costa de los pobres, Dios promete enviar un pastor, como David, que apacentará al pueblo según el corazón de Dios. !Ese es Jesús! Como buen pastor, es todo ternura para con sus corderos y sus ovejas (no tiene tiempo ni para comer ni descansar), y va hasta el extremo cuando se trata de defender al rebaño, por el que entrega su vida. Tratar de ser como Jesús, tener su figura y actitudes ha hecho a muchas personas generosas y valientes, tanto que se han lanzado al mundo a trabajar por los hermanos que se encuentran solos, tristes y abandonados... y les pasa como a Jesús y los apóstoles: que no tienen tiempo ni para comer o descansar. ¿Somos nosotros así?

PRIMERA LECTURA.
1Reyes 3, 4-13
Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo

Abordamos hoy la vida de Salomón, hijo de David y de Betsabé.

Hoy leemos una «plegaria de Salomón»: Recibió el poder real en circunstancias bastante trágicas, después de intrigas sangrientas. Su corazón está lleno de inquietud: ¿sabrá estar a la altura de su tarea abrumadora?

-Pídeme lo que quieras, y te lo daré.

Como su padre, el nuevo rey está «delante de Dios».

-"Soy muy joven, incapaz de conducirme y estoy aquí en medio del pueblo que Tú has escogido...

Este reinado empieza bien: por la humildad.

Sabemos que ésta no durará mucho y que muy pronto Salomón quedará prendido en los sueños de poder.

-"Concede a tu siervo un corazón atento..." Un «corazón atento»...

Un «corazón que escucha»...

Para la mentalidad semítica, corazón es equivalente a inteligencia, es la sede del pensamiento.

En primer lugar Salomón pide pues la «sabiduría», «la agudeza de la inteligencia», la «comprensión»...

-«Para que sepa gobernar a tu pueblo y discernir el bien y el mal.»

Una «inteligencia práctica» aplicada a la acción y en particular a la justicia. Hoy diríamos «tener buen juicio», «ser un hombre de buen consejo». ¿Por qué no repetirla nosotros, por nuestra cuenta esta «plegaria de Salomón?»...

Aplicándola a nuestras situaciones y responsabilidades:

Señor, dame un corazón atento, dame la comprensión inteligente de las personas con las cuales convivo.

Señor, ayúdame a «ver», a "escuchar", a «interpretar», para que sepa discernir el bien del mal.

Señor, en medio de las evoluciones del mundo y de la Iglesia, dame «un buen criterio», lléname de «prudente sabiduría» para que no me deje llevar a ningún exceso de optimismo o de pesimismo.

Señor, soy tu servidor, ayúdame a «gobernar» la partecita de universo que me ha sido confiada, esa familia que me has dado, ese oficio que es el mío, esa responsabilidad que he aceptado.

Es tarea de cada uno repetir, recomponer, prolongar esa plegaria...

-Porque es esto lo que me has pedido, y no largos años de vida, ni la riqueza, ni la muerte de tus enemigos...

Porque has pedido el discernimiento, el arte de estar atento y de gobernar, hago lo que me has pedido: te doy un corazón inteligente y prudente... Y te concedo también lo que no me has pedido: la riqueza y la gloria.

«Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y el resto se os dará por añadidura.» Señor, no me des riquezas... dame la inteligencia y el discernimiento de tu Voluntad, dame... tu Espíritu, el Espíritu de Jesús...

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 118
R/.Enséñame, Señor, tus leyes.

¿Cómo podrá un joven andar honestamente? Cumpliendo tus palabras. R.

Te busco de todo corazón, no consientas que me desvíe de tus mandamientos. R.

En mi corazón escondo tus consignas, así no pecaré contra ti. R.

Bendito eres, Señor, enséñame tus leyes. R.

Mis labios van enumerando los mandamientos de tu boca. R.

Mi alegría es el camino de tus preceptos, más que todas las riquezas. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Marcos 6, 30-34
Andaban como ovejas sin pastor

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: "Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco." Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.

Palabra del Señor.



Reflexión de la Primera Lectura: 1R 3, 4-13. “Te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti”.

Abordamos hoy la vida de Salomón, hijo de David y de Betsabé.

Hoy leemos una «plegaria de Salomón»: Recibió el poder real en circunstancias bastante trágicas, después de intrigas sangrientas. Su corazón está lleno de inquietud: ¿sabrá estar a la altura de su tarea abrumadora?

-Pídeme lo que quieras, y te lo daré.

Como su padre, el nuevo rey está «delante de Dios».

-"Soy muy joven, incapaz de conducirme y estoy aquí en medio del pueblo que Tú has escogido...

Este reinado empieza bien: por la humildad.

Sabemos que ésta no durará mucho y que muy pronto Salomón quedará prendido en los sueños de poder.

-"Concede a tu siervo un corazón atento..." Un «corazón atento»...

Un «corazón que escucha»...

Para la mentalidad semítica, corazón es equivalente a inteligencia, es la sede del pensamiento.

En primer lugar Salomón pide pues la «sabiduría», «la agudeza de la inteligencia», la «comprensión»...

-«Para que sepa gobernar a tu pueblo y discernir el bien y el mal.»

Una «inteligencia práctica» aplicada a la acción y en particular a la justicia. Hoy diríamos «tener buen juicio», «ser un hombre de buen consejo». ¿Por qué no repetirla nosotros, por nuestra cuenta esta «plegaria de Salomón?»...

Aplicándola a nuestras situaciones y responsabilidades:

Señor, dame un corazón atento, dame la comprensión inteligente de las personas con las cuales convivo.

Señor, ayúdame a «ver», a "escuchar", a «interpretar», para que sepa discernir el bien del mal.

Señor, en medio de las evoluciones del mundo y de la Iglesia, dame «un buen criterio», lléname de «prudente sabiduría» para que no me deje llevar a ningún exceso de optimismo o de pesimismo.

Señor, soy tu servidor, ayúdame a «gobernar» la partecita de universo que me ha sido confiada, esa familia que me has dado, ese oficio que es el mío, esa responsabilidad que he aceptado.

Es tarea de cada uno repetir, recomponer, prolongar esa plegaria...

-Porque es esto lo que me has pedido, y no largos años de vida, ni la riqueza, ni la muerte de tus enemigos...

Porque has pedido el discernimiento, el arte de estar atento y de gobernar, hago lo que me has pedido: te doy un corazón inteligente y prudente... Y te concedo también lo que no me has pedido: la riqueza y la gloria.

«Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y el resto se os dará por añadidura.» Señor, no me des riquezas... dame la inteligencia y el discernimiento de tu Voluntad, dame... tu Espíritu, el Espíritu de Jesús...

Reflexión del Salmo 118 “Enséñame, Señor, tus leyes”

Aunque incluya muchas peticiones, este salmo -el más largo de todo el Salterio- es un salmo sapiencial. De hecho, comienza hablando de la felicidad («Dichosos...»), al igual que el salmo 1.

Es un salmo alfabético y está organizado en bloques de ocho versículos. Todos los versículos de cada bloque comienzan con la misma letra, hasta completar, por orden, el alfabeto hebreo (los demás salmos alfabéticos son: 9-10; 25; 34; 37; 111; 112; 145). En el que nos ocupa, tenemos un total de veintidós bloques (uno por cada letra). En todos ellos, el tema principal es la Ley. Todos y cada uno de los ciento setenta y seis versículos que lo componen, contiene alguna referencia a la Ley (en cada bloque hay siete u ocho de estas referencias). La Ley se designa con distintos nombres: palabra, promesa, normas, voluntad, decretos, preceptos, mandatos y mandamientos, verdad, sentencias, leyes. Resulta complicado exponer con claridad las características de cada bloque, pues los mismos temas aparecen y desaparecen con frecuencia. En muchos de estos bloques hay una súplica insistente; en otros se acentúa más la confianza. Vamos a intentar exponer, a grandes rasgos, el rasgo que caracteriza a cada uno de ellos.

1-8: Felicidad. El salmo comienza con la proclamación de una bienaventuranza: « ¡Dichosos los de camino intachable!… ¡Dichosos los que guardan sus preceptos!» (la.2a). Este es uno de los rasgos principales de los salmos sapienciales: que muestran dónde se encuentra la felicidad y en qué consiste.
9-16: Camino. Esta es la palabra que más se repite (9a.14a.15b). El ser humano alcanza la dicha y la felicidad cuando sigue el camino de los preceptos y los decretos del Señor. El autor del salmo pretende ofrecer una regla de oro a los jóvenes (9a).

17-24: «Haz bien a tu siervo» petición). Comienza la súplica propiamente dicha. El salmista expone los motivos por los que suplica: es un extranjero en la tierra 19a), está rodeado de «soberbios», «malditos» (21) y «príncipes» que se reúnen contra él para difamarlo (23a). El motivo de la calumnia o la difamación aparecerá en otras ocasiones.

25-32: «Reanímame» petición). Sigue el tema del bloque anterior. El siervo del Señor cuenta algo más de su situación: su garganta está pegada al polvo (25a) y su alma se deshace de tristeza (28a). Se menciona el «camino de la mentira» (29a), en oposición con respecto al segundo bloque (9-16), y se alude al conflicto de intereses que parece existir entre el salmista y los malvados que se dedican a calumniarlo.

33-40: «Muéstrame el camino» y «dame vida» (petición). Continúa la súplica y se repiten los temas de los bloques anteriores. Ha crecido la tensión social, pues ahora el salmista terne el «ultraje» de sus enemigos (39).

41-48: Petición y promesa. Sigue el tema del «ultraje» (42), pero el justo promete cumplir una serie de acciones si el Señor le envía su amor y su salvación, tal como había prometido (41). El salmista promete tres cosas: cumplir siempre la voluntad de Dios (44), andar por el camino de sus preceptos (45) y proclamarlos con valentía delante de los reyes (46).

49-56: Confianza y consuelo en el conflicto. El autor del salmo se siente consolado y lleno de confianza gracias a la promesa del Señor (50), Habla brevemente de su situación: está en la miseria (50a), se siente peregrino (54b) y se enfurece a causa de los malvados que abandonan la voluntad del Señor (53). Se hace mención de la noche (55a), momento para recordar el nombre del Señor.

57.64: Aplacar al Señor de todo corazón (58a). La persona que compuso este salmo cree en una nueva forma de aplacar al Señor, no ya con sacrificios, sino practicando su voluntad. Y esto en un contexto de conflicto, pues se mencionan los «lazos de los malvados» (61a). Esta persona asegura que se despierta a medianoche para dar gracias a Dios (62a).

65-72: Experiencia del sufrimiento. El sufrimiento, entendido como una prueba enviada por Dios, da resultados positivos en la vida de esta persona (67.7 1). De este modo, el Señor ha sido bueno con su siervo (65 a). El sufrimiento le ha hecho madurar y volverse sabio (71).

73-80: Confianza en el Dios creador. Las manos del Señor han modelado y formado la vida del salmista. Todo lo que le sucede va en este mismo sentido. El seguirá dejándose modelar cada vez más, a pesar de la presencia de los «soberbios» que levantan calumnias contra él (78); su vida, además, servirá de punto de ejemplo para los que temen al Señor (79a).

81-88: Aguardando la salvación. El salmista vuelve a hablar de su situación. Se compara a sí mismo con un odre que se va resecando a causa del humo (83 a) y teme que su vida se acabe enseguida (84a). La situación es grave. ¿Quién triunfará? Habla de sus «perseguidores» (84b) y de los «soberbios» que lo persiguen sin razón (86). Esto explica la súplica.

89-96: La palabra del Señor es Para siempre (89a). Los temas de la estabilidad de la palabra y de la fidelidad del Señor dominan en este bloque. El salmista habla de su miseria (92h) y de los malvados que esperan su ruina (95). Las cosas del Señor son para siempre, mientras que toda perfección es limitada (96a).

97-104: Amar la voluntad del Señor le vuelve a uno más sabio. La persona que compuso este salmo no es muy mayor (100a), pero sí que es más sabia (98a.99a) y sagaz (lO0a) que sus maestros y ancianos. El motivo es claro: es que él ama la voluntad del Señor (97a). Existe el peligro del «mal camino» (101 a. 104h), pero es un individuo juicioso, sabe discernir dónde se encuentra y rechazarlo.

105-112: La mediación de la palabra. Es significativa la imagen de la lámpara que ilumina el camino en medio de la oscuridad de la noche. Así es la palabra (105). El salmista explica en qué consisten las tinieblas»: son el «peligro» en que vive constantemente (1 09a), pues los malvados han tendido lazos para atraparlo (110a). Pero él confía en la palabra y formula sus promesas (l00a).

113-120: El conflicto. Este bloque insiste en el conflicto que ha tenido cine afrontar el siervo del Señor. Habla de «los de corazón dividido» (113a), de los «perversos» que lo rodean (1 15a), de la gente cine se desvía de las leyes del Señor (118a) y de los «malvados de la tierra» (119a).

121-128: «No me entregues...» (Petición). Abrumado por las tensiones, el salmista eleva su súplica a Dios para que no lo entregue a los «opresores» (121b) y «soberbios» (122b), pues han violado la voluntad del Señor (126b) y andan por el camino de la mentira (128b).

129-136: «Rescátame» (petición). Las sentencias del Señor son «maravillosas» (129a). Lo maravilloso, en e1 Antiguo Testamento, siempre está asociado a la liberación. Por eso el salmista hace siete peticiones (132-135). Habla de su situación: vive en la opresión (134a) y su llanto es abundante (136a).

137-144: «El Señor es justo» (una constatación) (137a.142a.144a). Pero la persona que está suplicando está rodeada de «adversarios» (139b), se siente pequeña y despreciable (14 la), angustiada y oprimida (143a).

145-152: « ¡Señor, respóndeme! (petición). Es de madrugada (147a); el salmista no ha podido conciliar el sueño y clama de todo corazón (145a) a causa de los «infames que le persiguen» (150a).

153.460: « ¡Dame vida!» (Petición) (154b, 156h, 159b). La petición es fuerte e insistente. Se hace mención de los «malvados» (155a), de sus numerosos perseguidores y opresores» (157a) y de los «traidores» (158a).

161-168: «Mi corazón teme tus palabras» (confianza) (161 h), Continúa el conflicto con la aparición de los «príncipes» perseguidores (161a); no obstante, el clima es de confianza y de alabanza. Ya es de día (164a).

169-176: ¡Que mi clamor llegue a tu presencia, Señor! (petición final) (169a.170a). El salmista se siente extraviado (176) y, aun así, eleva su súplica.

Este salmo surge y no se hace mención del templo ni se habla de sacrificios o de sacerdotes. Toda la atención se fija en la Ley como única norma de sabiduría y corno único criterio para la vida en medio de una sociedad conflictiva. La ley lo es todo, abarca toda la vida del salmista, que sin ser aún anciano, ya es sabio; le invade de noche (55,62.147) y le ocupa de día (164). Vive en tierra extraña (19a) y como peregrino (54b). Se siente pequeño y despreciable, oprimido y perseguido, extraviado, pero sigue confiando y, por eso, suplica a Dios.

La Faz de Dios. En todos y cada uno de los versículos de este salmo se habla de la Ley, resultado de la alianza entre Dios y su pueblo. Se menciona al Señor veinticuatro veces (12 más 12). En este salmo, la Ley es sinónimo de vida. En tiempos de Jesús, la Ley ya no era fuente de vida (Jn 19,7).

Reflexión primera del Santo Evangelio: Mc 6, 30-34: “Sintió lástima, porque eran como ovejas sin pastor”

Tras el paréntesis sobre el martirio del Bautista, el fragmento enlaza de nuevo con el envío en misión de los Doce (Mc 6,7-13). Se trata de un breve momento de intimidad entre Jesús y los suyos. A la vuelta de la misión, refieren los discípulos al Maestro cómo les ha ido. Este les invita a descansar con él en un lugar solitario (v. 31). Es raro que el grupo de Jesús consiga separarse de la multitud, e incluso esta vez la soledad dura poco de hecho: el espacio que ocupa un versículo (v. 32), el más breve, que, de manera significativa, se encuentra en el centro del pasaje. Inmediatamente después, la gente, que había hecho a pie el trayecto a lo largo de la orilla del lago, alcanza a Jesús. Este, compadecido de ella, la acoge.

La perícopa tiene una estructura en quiasmo, esto es, en forma de «X». Al v. 30, acción y enseñanza de los discípulos, le corresponde al v. 34, la enseñanza de Jesús; al v. 31, propuesta de alejarse de la multitud, le corresponde al v. 33, donde la multitud vuelve a ser protagonista con un movimiento de nueva aproximación a Jesús. La atención se concentra en el v. 32, puesto en el centro, cuando el grupo se dirige en barca hacia un lugar apartado: la comunidad de los Doce se reagrupa y reanima, en vistas a la nueva y magna sección de los milagros con la doble multiplicación de los panes.

El milagro de los panes, con su hondo significado, es anunciado previamente por la doble alusión a la necesidad insatisfecha de alimento, material y simbólico: los discípulos «no tenían ni tiempo para comer» (v. 31), las muchedumbres «eran como ovejas sin pastor» (v. 34).

Lo esencial en la vida no es lo que parece más importante a los ojos de los hombres. El poder y la gloria del más grande entre los reyes de Israel es nada frente a la Palabra del Señor: Salomón no es grande, en la historia de la salvación, por sus riquezas, por sus relaciones con los imperios del tiempo, ni siquiera por la sensatez de sus juicios. Salomón es grande porque supo dirigir al Señor la oración justa. No se consideró a sí mismo como sabio, sino que imploró, como un don de lo alto, la sabiduría, y la obtuvo gracias a esta humildad suya.

Cuando los discípulos vuelven con Jesús a contarle el éxito de su misión (expulsaban a los demonios y curaban a los enfermos»: Mc 6,13), el Maestro no hace caso a lo que cuentan, sino que los llama para algo más esencial aún que el éxito: «Venid vosotros solos a un lugar solitario, para descansar un poco» (6,31). En el mundo convulso en el que nos hemos acostumbrado a vivir, hemos perdido la dimensión del reposo; nos creemos generosos y buenos porque nos dispensamos sin reserva, sin conservar ya espacio alguno para nosotros, sin casi tener tiempo para «comer».

Jesús nos recuerda que no es posible vivir sin alimento. Nos recuerda la simple realidad de nuestra condición humana, donde mostrarse demasiado activo tal vez signifique presunción y orgullo. Pero nos recuerda, sobre todo, el alimento del que no podemos prescindir, so pena de la nulidad de todo lo demás: sin retirarnos aparte para la oración, sin acercarnos a la mesa de la Palabra y de la eucaristía, se seca nuestro corazón y se marchita nuestra fe.

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Mc 6, 30-34. La dimensión contemplativa de la vida.

Este fragmento, situado en la llamada “sección de los panes” (6,30—8,26), pertenece a la primera parte del ministerio público de Jesús, que le contempla comprometido en el anuncio del Reino de Dios y en dar testimonio de su presencia con signos prodigiosos. Al mismo tiempo, Jesús empieza a formar a un grupo que sea testigo directo de su obra, para convertirse, a continuación, en anunciador autorizado. Después de haber enviado a los discípulos en misión, Jesús los acoge a su vuelta y les invita a una pausa de reflexión y de reposo para que puedan fortalecerse de nuevo recuperando las energías físicas y espirituales. Les invita, en suma, a unas «vacaciones» programadas, entendidas como suspensión de las actividades habituales. El momento de aislamiento es la búsqueda del silencio que se convierte en reflexión, oración e intimidad.

Se trata de una soledad plena, pero que no dura mucho. El lugar, hasta ahora desierto, se puebla muy pronto de gente que, deseosa de escuchar al Maestro, se pone tras sus huellas y se somete a un considerable esfuerzo físico. La muchedumbre, hambrienta de la palabra de la que había hablado algunos siglos antes el profeta Amós (Am 8,11), no tiene en cuenta las dificultades prácticas que pueden surgir. Y, por eso, se pone a buscar a Jesús, siguiendo sus huellas, sin dejarse atraer o distraer por otra cosa: «Muchos los reconocieron y corrieron hacia allá, a pie, de todos los pueblos, llegando incluso antes que ellos» (v. 33).

Jesús no dejó insatisfecho el deseo de las muchedumbres y «sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor» (v. 34). Del grupo pequeño a la gran masa, el Maestro siempre está dispuesto a intervenir para saciar su hambre: la de la palabra y la del pan. Su conmoción es más que una instintiva reacción emotiva: el verbo griego expresa un profundo afecto de rasgos maternos. Jesús cuida de ellos como una madre de sus hijos. Jesús no permanece indiferente ante estos hombres y mujeres explotados por los políticos, despreciados por los intelectuales, abandonados por los sacerdotes. Sale a su encuentro y les hace escuchar una palabra que les conforta y un corazón que les ama. El texto, a decir verdad, desarrolla el símbolo análogo del pastor solícito, más que la imagen materna. Jesús resume en su persona la preocupación divina que los profetas habían anunciado: «Yo mismo conduciré a mis ovejas a los pastos y las hará reposar» (Ez 34,15). Jesús, que ha venido para una misión universal, no se muestra contrariado por el imprevisto cambio de programa y dirige su solicitud a un grupo más amplio que el de los discípulos. Del mismo modo que el rebaño sin pastor no está en condiciones de encontrar pastos para saciar su hambre, el pueblo sin guía tampoco tiene acceso a las fuentes de la vida.

Jesús satisface enseguida el deseo de la muchedumbre que quiere escucharle: “Se puso a enseñarles muchas cosas” (v. 34). Nótese que el hambre material será, en buena parte, consecuencia de esta escucha, que se prolonga sobremanera. Después de haber salido al encuentro de su deseo de escucha, Jesús satisface su necesidad de pan. Este orden debe hacernos reflexionar sobre la prioridad que debemos asignar a las necesidades del ser humano.

El hombre es una realidad compleja que presenta diversas exigencias. Junto a las necesidades primarias como el comer y el dormir, hay otras igualmente vitales. Si el cuerpo tiene hambre, también el espíritu y el intelecto necesitan alimento. La armonía y el equilibrio de nuestra persona dependerán en buena medida del correcto alimento que seamos capaces de dar a toda nuestra persona.

Entre las necesidades debemos incluir la de entrar en nosotros mismos. San Agustín lo había recomendado: «No salgas de ti mismo; vuelve a ti y encontrarás la verdad». Condición indispensable para ello es crear dentro de nosotros —y también fuera— islas de silencio. Esto adorna nuestra existencia y se revela verdaderamente como «oro». Así, podemos descubrir con sorpresa un modo nuevo de «tomar vacaciones», el de entrar en nuestro interior a fin de estar bien con nosotros mismos: con nuestro cuerpo, con nuestra opción de vida, con nuestros proyectos, incluso con nuestros límites, que aceptaremos e intentaremos superar.

Es éste un modo excelente de amarnos, sin caer en un egoísmo estéril e invasor. El amor justo respecto a nosotros mismos lo postula esta petición de Jesús: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». Si no nos queremos como es debido, nos falta la carga para activar el bien para los otros. Las vacaciones que Jesús regaló a los suyos tenían la función de evaluar la experiencia apostólica de la misión. Eran un entrar en ellos mismos, un intus-legere, es decir, un mirar dentro, de donde viene la palabra «inteligencia». Seremos verdaderamente sabios si somos capaces de mirar a fondo en nuestra vida y así nos encontraremos bien con nosotros mismos.

El bienestar personal no puede ocupar todo nuestro interés, porque de lo contrario se convierte en egoísmo. Estar bien con nosotros mismos se convierte en condición y premisa para una apertura a los otros. Cuando estamos en nosotros mismos sin lagunas, sin doble fondo, cuando tenemos el coraje de ver de manera lúcida, por íntima participación y no por moda, cuando vivimos el Evangelio en su tremenda sencillez, entonces estamos dispuestos para proponer a los otros una receta del «elixir de la larga vida». Como Jesús, seremos capaces de decir palabras fuertes, eficaces, sustanciosas, porque procederán de un corazón limpio y de una vida íntegra en grado sumo. Seremos, en cierto modo, «pastores» de los hermanos que caminan con nosotros; seremos, sin más, capaces de verdadera compasión. La tarea es ardua, pero no imposible si el Espíritu nos guía y nos ayuda.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Mc 6, 30-34. Como ovejas sin pastor.

“Venid a descansar” Con este pasaje inicia Marcos una nueva sección de su evangelio en la que presentará a Jesús como el nuevo Moisés que reúne a su pueblo, lo conduce y alimenta. El tema del rebaño sin pastor está tomado del Antiguo Testamento. Recordemos la preocupación de Moisés por encontrar un sucesor para no dejar al pueblo sin dirección. Cristo se presenta así como el sucesor de Moisés, capaz de conducir el rebaño, de alimentarlo con los mejores pastos y conducirlo a la Tierra Prometida.

Ofrece el verdadero maná, triunfa de las aguas del mar, libera al pueblo del legalismo asfixiante y abre a los paganos el acceso a la salvación (Mc 7,24-37).

Jesús es presentado como Pastor universal, no sólo del pueblo judío; es el pastor que alimenta a su pueblo con su palabra y con su cuerpo y sangre, el pan milagrosamente multiplicado que se encuentra simbolizado en la doble multiplicación de los panes. La sección está unificada en torno al tema del “pan”: dos multiplicaciones (Mc 6,30-44; 8,1-10), discusiones sobre las abluciones antes de comer el pan y sobre la falsa levadura (Mc 7,1-23; 8,11-20), discusión con una pagana a propósito de las migajas de pan que solicita (Mc 7,24-30)... Por ello se denomina a esta parte del evangelio la “sección de los panes”.

Comienza el pasaje con una llamada de Jesús a la oración, a la convivencia fraterna de sus discípulos, que vuelven cansados de la misión. Es hora de “recrearse”, de compartir fraternalmente las experiencias misioneras, de gozar del encuentro comunitario y con Dios.

Un psicólogo afirma: “Hacemos tanto bien que no tenemos tiempo de ser buenos”. Es el grave peligro del activismo, hasta convertir la vida en una autopista entre la cuna y el sepulcro. Los evangelistas ponen de relieve que Jesús, que tenía tanto que hacer, se retiraba largas horas, sobre todo de noche, a la oración (Mt 14,23). Laín Entralgo define la vida humana cabal como “un vaivén entre el ensimismamiento y la entrega”. Eso es lo que quería procurar el Maestro a sus discípulos, pero la gente ha descubierto su paradero y se le anticipa por tierra; le reclama; y él renuncia al sabroso sosiego para acoger, enseñar y alentar a la pobre gente.

Ovejas sin pastor. Los que reclaman a Jesús son pobres gentes disgregadas, “como ovejas sin pastor”, cada uno por su lado, sin el calor del rebaño, oprimidos por un legalismo inhumano. Los que no dejan al grupo de Jesús ni tiempo para comer son gentes sencillas de las aldeas, cargadas de pobreza y sufrimientos. Nunca han significado nada para nadie. Nadie se había detenido a decirles una palabra de aliento. Por eso, cuando han encontrado a Jesús que les trata con cariño y con respeto, no le dejan ni a sol ni a sombra. Están a gusto con él.

Se le acercan los pobres, los despreciados, los enfermos, los niños. Mientras los fariseos los atormentan con sus duras enseñanzas, con Jesús experimentan la ternura de Dios. Él no les riñe ni los despacha irritado por su inoportunidad. Siente compasión por ellos; por eso los llama: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré” (Mt 11,28). Es el Pastor que “congrega a los hijos de Dios dispersos” (Jn 11,52), que hace comunidad; por eso también sus discípulos, después de su resurrección, prosiguen su vida de comunidad (Hch 4,32).

Estamos en una situación similar a la de aquella pobre gente. Estamos disgregados; cada uno vive su fe por su cuenta, incluida la gran mayoría de los cristianos practicantes. También los cristianos son una “muchedumbre solitaria”, un rebaño de solitarios. Necesitamos pasar de la masa a la comunidad. El Señor nos invita a “congregarnos” y a ser congregadores. Para ello es necesario unirnos para conocer los sufrimientos y alegrías de los demás y poder compartirlos.

Enseñar con calma. Para llegar a ser discípulos de Jesús, lo primero es escuchar “con calma”; Jesús enseñó “con calma”. Esto supone dar a la Palabra, a la formación, el lugar primordial que le corresponde. Hay mucha sacramentalización y poca evangelización. Hay información periodística, sensacionalista, sesgada sobre el tema religioso, sobre la vida de la Iglesia, pero poca formación seria. Juan Pablo II diagnosticaba : “Es necesario un nuevo anuncio incluso a los bautizados”, incluso a los cristianos que practican. Es a ellos precisamente a los que se refiere cuando señala en el mismo documento: “Es preciso promover el paso de una fe sustentada por costumbres sociales a una fe más personal y madura, iluminada y convencida”. Y concretando más, señala como medios urgentes, el acercamiento a la Biblia, la lectura, contemplación y asimilación diaria de la palabra de Dios, y una catequesis sistemática que conduzca a una fe adulta. A los pastores les corresponde ofrecer estos medios y a los fieles buscarlos, reclamarlos y nutrirse con ellos.

Jesús, sólo después de repartirles el pan de la Palabra y de “enseñarles con calma”, multiplicará los panes, símbolo de la Eucaristía. La pobre gente oye con gusto a Jesús. Mientras los fariseos inculcan un temor pavoroso a Dios, el rabí de Nazaret dice que Dios los quiere, que son los preferidos, que tiene preparada para ellos una gran fiesta. Esto explica que la pobre gente siga a Jesús a todas partes, sin dejarle tiempo ni para comer. También nosotros escondemos muchas heridas y tenemos sed de un Dios que nos quiera, nos acaricie y nos diga; “¡Ánimo, cuenta conmigo!”; un Jesús que nos dé su mano para levantarnos y ayudarnos a recomponer nuestra vida un poco rota. Para eso hay que “escucharle con calma”; él nos sigue enseñando “con calma”, con toda la calma que queramos...

Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Mc 6, 30-34. Como ovejas sin pastor.

Muchas veces nuestra vida de trabajo y de preocupaciones nos impide ir al fondo de la realidad de las personas y de los acontecimientos. Es fácil quedar atrapados por las ocupaciones cotidianas.

Esto no quiere decir que debamos buscar el mensaje de Jesús fuera de nuestra vida diaria, pero sí que es preciso profundizar en los acontecimientos, saber descubrir su auténtico sentido, distinguir en ellos lo que es verdaderamente importante de lo que no lo es. Para ello es necesario que encontremos tiempo para el silencio interior, que nos ayude a ir más al fondo en el ver, juzgar y actuar de nuestra vida. En el texto que estamos comentando, y según los evangelios sinópticos, Jesús se retira con sus discípulos a un lugar apartado y tranquilo. En Marcos y Lucas, para hablar de los resultados de la misión que les había encomendado; en Mateo, al enterarse de la muerte de Juan Bautista.

Jesús se preocupa del descanso de sus discípulos. Porque el descanso no es un lujo, sino una necesidad del hombre. La actividad no puede esclavizarnos, y para lograrlo necesitamos momentos de reposo y de tranquilidad a fin de podernos reencontrar con lo esencial.

Busca un lugar tranquilo para hacer la evaluación y reflexión de la actividad que han realizado. Deben profundizar en los acontecimientos, ahondar en la reacción de la gente ante lo que hacen, en la aceptación que logra lo que proponen... para ver qué deben cambiar, qué aspectos deben continuar, ver si de verdad han respondido a las esperanzas del pueblo. A la vez, les anima a una profunda vida de reflexión, de silencio y de oración, de lo que él les da ejemplo. No quiere que caigan en el nefasto triunfalismo del activismo, y menos en esa tremenda burocracia eclesial que se nos presenta como imprescindible. Es lamentable que la costumbre cristiana de los retiros y ejercicios espirituales se haya convertido en una evasión sin sentido -cuando se hacen-, en lugar de ser un tiempo de profunda autocrítica de lo que somos y hacemos.

El silencio y la soledad son el tiempo necesario para vivir bajo el influjo directo de la palabra de Jesús, para contemplar y orar. Contemplar y orar implica pararse y saber mirar alrededor, colocarse en situación de poder ser interpelado por las cosas y por los acontecimientos, coger fuerzas para seguir buscando la verdad, reconocer la propia pobreza constitucional. Más que juzgar y decir muchas cosas, contemplar y orar significa situarse en actitud de coloquio, aceptar la presencia del otro, de su palabra y de su amor; significa siempre un esfuerzo de autodonación personal, esfuerzo de comprensión.

Contemplar y orar es también imaginar, crear, inventar... Jesús quiere que compaginemos la reflexión y la oración con la acción. Es lo que hacía él: con frecuencia se retiraba a lugares solitarios para orar; y en otras muchas ocasiones está rodeado por las masas que le siguen ansiosas de escuchar sus palabras y de recibir sus curaciones, y de las que se aparta para retirarse de nuevo a la soledad y a la plegaria. Jesús nos llama y nos envía a todos los cristianos a continuar su misión de evangelizar. Esta tarea no la podemos realizar lejos de él. Tenemos que volver siempre a Jesús, sentirle presente en nuestro intento de comunicar su evangelio, saber "contarle" lo que decimos, hacemos y queremos ser, lo que nos ilusiona o nos frena en nuestro camino... Sólo esta vinculación personal con él dará validez a lo que hagamos como seguidores suyos.

¿Qué hacemos? ¿Qué somos? ¿Hacia dónde caminamos? ¿Hay en nuestra vida verdadero amor? ¿Buscamos el reino de Dios y su justicia en nuestras actividades, o nos buscamos a nosotros mismos? ¿En qué ideas o valores estamos ahora apoyando nuestra vida?... Quizá descubramos que detrás de las ocupaciones cotidianas se esconde un vacío, o un desconcierto, o un miedo, o una huida, o una desesperanza..., o una vida llena de sentido.

2. No le dejan tranquilo mucho tiempo

La gente lo sigue al ver "los signos que hacía con los enfermos", nos dice Juan, que nunca llama "milagros" a estos signos. El ver que comunicaba la salud a los enfermos suscitaba en las multitudes la esperanza de lograr de él una vida más verdadera, una ayuda para verse libres de todos sus males. Los que acuden a él son personas económica y socialmente débiles que perciben que Jesús puede ayudarles a salir de sus miserias, porque sus signos van dirigidos siempre directamente al bien del pueblo. Por eso lo siguen, aunque no tengan necesidad de curación física ni acaben de saber quién es y qué pretende.

Lo que lleva a la gente a Jesús no es sólo el afecto, o el que fuera un gran orador, o la gratitud por los beneficios recibidos. Acuden a él porque intuyen que tiene la respuesta para sus anhelos más profundos, porque perciben en su actuación y en sus palabras la verdadera vida. El Dios de Jesús -único Dios verdadero- está presente en lo más profundo del hombre: en sus ilusiones, aspiraciones, ideales, proyectos de infinito... Y Dios está presente en Jesús. Por esta razón lo más profundo del hombre se identifica con el camino de Jesús. Lo superficial del ser humano no puede conectar con Jesús porque se lo impide el pecado: la comodidad, el egoísmo, el individualismo... Desde su ser profundo, cada hombre se identifica con el ser profundo de los demás y de Dios. Cuando hablamos desde nuestro ser auténtico, nos compenetramos inmediatamente con los que toman la misma actitud, y a ese nivel se desvela la imagen de Dios que somos cada uno de los hombres. A ese nivel profundo surge la comunicación y el diálogo verdaderos, la amistad; surge la comunidad, la comunión de unos con otros, cuyo signo más expresivo es la eucaristía.

Jesús no provoca una revolución superficial, como hacen tantos líderes facilones; busca la conversión del corazón. No pretende nada para sí mismo ni defender ningún sistema: busca únicamente el bien del pueblo, al que quiere servir, ayudar, promocionar. Marcos resume la postura de Jesús ante la "multitud" al decir: "Le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma`'. No condiciona su acción al éxito inmediato; sabe que lo auténtico no se logra en un instante, porque hay muchas defensas que lo impiden. De aquí que la constancia y la paciencia -"la calma"- sea una virtud clave en los que luchan por el reino de Dios. Jesús siente "lástima", compasión de ellos. Compasión que es la capacidad de sufrir por los problemas y sufrimientos de los demás como si fueran propios, y que en la práctica es muy difícil lograr.

La gente de Palestina le buscaba. Jesús no hubiera podido enseñarles si ellos no le hubieran buscado. Esperaban que él les diera respuesta a tantos anhelos a los que los pastores del pueblo no habían sabido responder. Quizá buscaran en él a un jefe al estilo de los zelotes que hiciera realidad los sueños de cambio que el pueblo humillado lleva siempre tan dentro del corazón.

"Le seguía mucha gente". Juan insiste en la condición previa para poder escuchar a Jesús. Quien no emprenda el camino, quien no esté dispuesto a salir de sí mismo y a dejarse cautivar por el seguimiento de Jesús, no tiene nada que hacer. El hombre seguro, el que cree saberlo todo y no tiene hambre y sed de más vida, de más verdad, de más amor..., no puede captar nada de la palabra de Jesús. Es un sordo y un ciego.

Pero no vale cualquier seguimiento. Los evangelistas lo repiten con frecuencia, quizá como advertencia de las primeras comunidades cristianas a aquellos que se contentaban con seguimientos aparentes. Como es fácil deducir de los textos evangélicos, la mayoría de la gente que seguía a Jesús no aceptó luego su palabra: le abandonó porque su seguimiento era superficial, no llegaba al corazón, se movía por motivos engañosos, estaba apoyado en la propia razón y conveniencia. Todos tenemos necesidad de conocer y de escuchar a Jesús personalmente. Juan sitúa a Jesús en la montaña, que representa el lugar donde reside Dios. En ella se sienta, para indicarnos que está en su lugar propio.

3. El pueblo vuelve a estar de moda

"Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos". De esta forma Juan nos precisa la época del año y la fiesta. Una fiesta de los dirigentes religiosos y en la que el pueblo nada tenía que celebrar, al estar marginado y explotado por los jefes. En esta fiesta la gente debería subir a Jerusalén, pero no lo hará; preferirá seguir a Jesús en lugar de ir en peregrinación a la capital. El pueblo comienza a liberarse del yugo de las instituciones. Jesús se convierte en el punto de afluencia de una multitud que pone en él su esperanza. Y es que Jesús representa la alternativa que están deseando, aunque después lo abandonen a causa del compromiso que les pide.

La historia nos muestra que el pueblo hace revoluciones, unas de derechas y otras de izquierdas, empujado por unos pocos. Acabado el esfuerzo, vuelve a quedar reducido a la ignorancia y al olvido. Hoy el pueblo vuelve a estar de moda. Entre la gente inquieta, entre los que pretenden cambios importantes en la sociedad, se ha puesto de moda volver al pueblo, contar con el pueblo, acercarse a él, promocionarlo... Es como un campo en el que se han sembrado todas las esperanzas, sin más cosecha que las frustraciones y la explotación.

También se le pide a la iglesia que ayude al movimiento liberador de los pueblos. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Se puede improvisar? El paternalismo ronda todo esfuerzo por promocionar al pueblo: gentes de "buenas familias" o viviendo una vida burguesa que pretenden ayudar sin dejar de ser lo que son. Están también personas muy honorables que hacen con el pueblo lo de siempre: explotarlo.

Sin embargo, el pueblo es la auténtica esperanza de la humanidad. En él está el futuro de la historia. Pero no debemos idealizarlo, porque está desorientado, sin cultura, sin conciencia, con muchos años -siglos- de manejo por los poderes. Solamente es del pueblo el que pertenece a él. Los que pertenecen a las clases altas, por el poder que ostentan o por la cultura, no son del pueblo. Si alguno de éstos quiere estar con el pueblo ha de hacerlo con humildad, silenciosamente, en un segundo plano Jesús de Nazaret sí es del pueblo: no poseía bienes de este mundo ni había adquirido la ciencia de las grandes escuelas y culturas. Era un simple trabajador manual. Por eso todos se admiran de que supiera sin haber estudiado (Lc 2,47; Mc 6,2).

La actitud de Jesús es fundamental para entender el verdadero espíritu de la transformación social y religiosa. Si la aceptáramos, haríamos al pueblo un servicio incalculable. Es necesario que lo oigamos a él por encima de tantas voces que nos hablan de oídas porque no contemplan, ni oran, ni se quieren renovar. Para poder transmitir la palabra de Dios necesitamos vivir con periodicidad un tiempo fuerte de sosiego, de paz, de encuentro íntimo con Jesús.

Mirándonos en la actitud de Jesús, deberíamos preguntarnos cada uno de nosotros y cada comunidad cristiana: ¿Somos capaces de ver más allá del pequeño círculo de nuestros intereses y de nuestro yo, o sufrimos de miopía? ¿Cómo resuenan en nosotros los problemas de los demás?: el paro, la marginación, la soledad, la enfermedad... Jesús ve la realidad y ve también sus causas. No ve sólo lo que es evidente a simple vista, sino que juzga las raíces más profundas de la situación que vive el pueblo, y las pone al descubierto.

El hombre moderno vive en una "cultura" visual, de imágenes, "teledirigida", en la que leer -cuando se lee- es sólo "juntar letras"; o sea, no es leer, porque si no vamos leyendo u oyendo "por dentro" no comprenderemos lo que leemos o lo que oímos, ni nos entenderemos a nosotros mismos al no servirnos para dar respuesta a nuestros interrogantes. Nuestra mente avanza únicamente en un diálogo, aunque sea en soledad, desdoblándonos en un "yo-que-me-hablo" y un "yo-que-me-escucho-y-me-respondo". Si no vamos a las raíces de los problemas para solucionarlos, nuestro cristianismo puede resultar estéril y nuestra compasión puro sentimentalismo. Es necesario que pongamos la misión de anunciar y realizar el reino de Dios en el centro de nuestra vida, que pongamos todo lo demás -profesión, posesiones, diversiones...- a su servicio. Jesús, después de hablar al pueblo, va a darnos un signo que haga patente su enseñanza. Con la multiplicación de los panes y de los peces nos está indicando que también se preocupa de nuestro alimento corporal.

4. Una situación sin salida aparente

No se cansan de oírle, y llega la tarde. La gente necesita comer. Le han seguido, prescindiendo de las seguridades que el mundo les ofrece; entra la noche y no tienen dónde refugiarse, sienten hambre y no disponen de comida... porque se encuentran lejos de las ciudades, a la intemperie, lugar ideal para poder escuchar las cosas de Dios. Aquí no se puede comprar comida: la sociedad de consumo no funciona en el desierto. Fuera de las ciudades en donde se refugian los hombres, en medio del desierto y a la llegada de la noche es donde Dios actúa.

Es difícil encontrar una imagen más evocadora del sentido y de la obra de Dios en Jesús. Los que le siguen tienen que arriesgarse, dejar atrás sus seguridades. Una vez que se han decidido a seguirle, no necesitan decir nada: Jesús sabe sus necesidades y les ayudará. El signo de la multiplicación de los panes y de los peces pretende indicarnos que han llegado los tiempos mesiánicos: el Mesías dará respuesta a todas las necesidades humanas, vivirá todas sus posibilidades. Por eso no bastaba con narrar relatos de curaciones. El signo consta de dos partes: la primera, dedicada a mostrarnos una situación sin salida aparente; la segunda, la actuación de Jesús y la reacción de los presentes.

Además, el signo admite perfectamente dos interpretaciones: una espiritual o teológica y otra más material. La primera quiere decirnos que Jesús es el pan verdadero, el único que puede saciar el hambre del ser humano: esa hambre de vivir en plenitud y para siempre que todos los hombres llevamos dentro; ese insaciable anhelo de felicidad que anida en lo más profundo del corazón. Solamente Jesús puede alimentar plenamente el amor y la esperanza que necesitamos para superar todas las dificultades y desengaños de la vida sin desfallecer. De esta forma la multiplicación de los panes es un signo que nos introduce en las palabras de Jesús en las que se presenta a sí mismo como el pan de vida (Jn 6,26-59). Penetrar ahora en el sentido de esta narración nos ayudará a captar mejor ese discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. La segunda interpretación nos presenta a Jesús dando de comer a la multitud en el sentido más material de la palabra.

Jesús sabe lo que quiere hacer, pero prueba a sus discípulos. Según Juan, plantea el problema a Felipe; lo enfrenta, y con él a los demás discípulos y a las comunidades cristianas, con la realidad que tienen delante: el alimento a una multitud que no puede bastarse a sí misma. Lo pone a prueba abordando directamente la cuestión del dinero: "¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?" Quiere ver si entiende -si entendemos- la liberación que él trae, si comprende su ley de amor y la ruptura con la sociedad que lleva unida su llamamiento: el culto al dinero había sido la causa del desplazamiento del culto a Dios en el templo y en el corazón de la mayoría de los israelitas. Felipe cree que Jesús es el Mesías, pero no capta su originalidad; para él es un continuador del pasado.

"Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo". La respuesta de Felipe revela su desaliento e impotencia. Ateniéndose a los principios que rigen la sociedad, es imposible a los discípulos solucionar el problema. Los Doce se sienten responsables de la multitud, pero la solución que ven es la clásica: que cada uno se preocupe de sí mismo. No se dan cuenta de que es precisamente ésa la causa de las injusticias y del hambre. "Comprar" significa volver a la sociedad de la que proceden y someterse de nuevo a las leyes económicas que los han mantenido en la miseria. Pero plantear el problema de otro modo es salirse de la realidad concreta, es no pisar en el suelo.

"Comprar" a cambio de dinero es un sistema que crea dependencia. Y Jesús no lo acepta, porque así la vida (=alimento) no está directamente al alcance del hombre, sino manipulada por los que tienen el poder. Y les propone otra solución: "Dadles vosotros de comer". Al "comprar" Jesús opone el "dar": son los discípulos los que tienen que dar de comer a la gente. Tan realista como parecía Jesús...

"Dadles vosotros de comer". El pueblo está pasando por una tremenda crisis económica, el paro se multiplica día a día, la necesidad es angustiosa en muchas familias. El pueblo no sólo experimenta el hambre de una vida más verdadera y feliz, sino también, como la multitud que acompañaba a Jesús, el hambre o la indigencia material. También tiene hoy, por eso, plena actualidad el mandato de Jesús. En todo lo que pueda emprenderse para solucionar esta situación angustiosa, los cristianos tenemos que estar presentes. Hemos de luchar contra las desigualdades y los egoísmos; contra las excesivas diferencias de sueldo, el pluriempleo, las horas extraordinarias, la fuga de capitales... Es verdad que los cristianos no tenemos la solución, pero ¿no deberemos infundir en nuestro mundo un nuevo estilo que renueve los sistemas económicos y haga posible el milagro de la multiplicación de los bienes mediante un reparto más fraternal? ¿Cómo puede compaginarse el ideal evangélico de la fraternidad universal con el principio de la libre competencia y el máximo lucro que rige en el sistema capitalista? Si no repartimos el pan material, ¿cómo pretender repartir el eucarístico? Los cuatro evangelistas nos presentan la imposibilidad en que el pueblo se encuentra de alimentarse a sí mismo. Jesús quiere sacar el hambre de los que le rodean, por muchos que sean y por desesperada que parezca la situación.

5. Compartieron y hubo para todos

Andrés vislumbra una solución distinta del comprar: repartir lo que tienen. En Juan, los panes y los peces los tiene un muchacho, un débil por su edad: es una forma de acrecentar la magnitud del problema. En los otros tres, los panes y los peces los tienen los discípulos. Es fácil suponer que el muchacho represente al grupo de los discípulos en cuanto servidores de la multitud y, en ellos, a las comunidades cristianas, que deben presentarse ante el mundo como un grupo humilde, sin pretensiones de dominio o poder, dedicadas al servicio de los hombres. El muchacho es pobre y su alimento de baja calidad (pan de cebada) y escaso (los panes de entonces eran tortas planas de poco espesor; para la comida de un adulto se requerían al menos tres).

Cinco panes y dos peces suman siete, el número que indica la totalidad. El alimento es poco, pero es todo lo que tienen. Y es lo que Jesús buscaba: compartir todo lo propio. Quizá resulte que hay más de lo que parece. Quizá en una sociedad concebida así sea posible el milagro... porque Dios actúa y pone su parte cuando los hombres hemos hecho lo nuestro. No importa que nuestros medios sean muy pobres; lo que importa es que sean todos: Jesús hará lo demás.

Sin hacer caso del pesimismo de sus discípulos, Jesús les dijo: "Decid a la gente que se siente en el suelo". Tomó las provisiones que tenía el grupo y pronunció la bendición, como solía hacer el padre de una familia judía antes de las comidas para dar gracias a Dios por sus dones. De esa forma desvincula los panes y los peces de sus poseedores humanos para considerarlos como dones de Dios, último origen de todos ellos, y hacerlos propiedad de todos. Los gestos que realiza nos recuerdan la última cena, por lo que la tradición los consideró siempre como eucarísticos. La oración-bendición manifiesta su deseo de que, a través de los panes y de los peces, se realice lo que es el reino de Dios. Sólo el compartir todo lo que se tiene y todo lo que se es, es propio del reino. "La acción de gracias" de Jesús crea la abundancia, pero sin sustituir al hombre; su colaboración es siempre necesaria.

Ha tomado los panes y los peces que posee el grupo, ya que éste debe aportar a la solución del problema todos sus medios. En la pobreza del grupo humano entra un elemento nuevo: el Padre. Sólo después de la entrada de Dios podrá ser alimentada la multitud. Sin él nada podemos hacer (Jn 15,5). La creación da alimentos para todos; basta liberarlos de los que se los apropian para que vuelvan a ser dones de Dios a toda la humanidad. El milagro lo obra el amor-acción de Dios unido al desprendimiento del hombre: dar todo sin reservarse nada. Con esa actitud nada de lo que nos propongamos será imposible. Según Juan, el mismo Jesús repartió los panes y los peces a la gente. En los sinópticos los discípulos actúan de intermediarios, con lo que parecen querer indicarnos la realidad del ministerio sacerdotal.

Hubo pan y pescado en abundancia para todos. Con el compartir sería desterrado de la tierra el mundo de los explotados y marginados y surgiría la verdad definitiva de la vida. El día en que se libere la creación del egoísmo humano sobrará para cubrir las necesidades de todos los hombres, se realizará la liberación de los oprimidos propia del reino de Dios. Es lo que quiere mostrarnos el relato: cuando ya ninguno de los presentes poseía alimento propio, por haberlo hecho de todos con la acción de gracias, se demostró que había más que suficiente. La solución no estaba únicamente en el prodigio de Jesús, sino en algo sencillo y elemental, al alcance de todos: en el compartir los bienes de la creación, esos bienes que Dios ha dado para todos. Porque el signo de Jesús alimentando abundantemente a la multitud que lo seguía es fundamentalmente un compartir lo que se tiene y lo que se es, aunque eso que se tiene y se es parezca muy poca cosa. Aquí sólo había cinco panes y dos peces, pero esa pobreza compartida se convirtió en alimento de miles de personas y sobró aún más de lo que había. Dios, en cada comunidad, multiplica lo que ésta posee al ponerlo a disposición de todos.

No es posible seguir a Jesús de verdad sin compartir con los demás lo que se tiene y lo que se es. No valen seguimientos egoístas, individualistas, cerrados, preocupados por uno mismo. Ni valen las excusas. Lo primero es compartir, aunque se tenga poco. ¡Qué difícil es compartir cuando hay mucho! Sólo el hombre abierto a los demás, dispuesto a compartir toda su vida, puede abrirse a la vida que aporta Jesús y participar de ella. ¿Qué pensarán de este pasaje los que defienden que Jesús sólo trajo buenas palabras, que nunca se metió en cuestiones materiales? Aquí da a los hombres su pan de cada día no en sentido metafórico, sino realmente. A pesar de todo lo que se diga en contra, el evangelio nunca se limita a buenas palabras, no es sólo una bella y original interpretación de la historia humana, sino que es fundamentalmente una fuerza vital que empuja a los creyentes a contribuir de forma positiva a la transformación de la historia.

Los discípulos recogen lo que ha sobrado: "doce cestos". El doce es símbolo de las tribus de Israel; nos indica que compartiendo puede saciarse el hambre de la nación entera. "Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños". Número simbólico que está en proporción y en desproporción con el número de panes. Designa al hombre realizado, llegado a la madurez; por eso no incluye el número de mujeres y niños, símbolo de los débiles. Designa a la comunidad mesiánica, profética; a la comunidad del Espíritu que Jesús quiere crear a su alrededor. Los miembros de la comunidad de Jesús serán llevados por el Espíritu al pleno desarrollo humano cuando compartan el "pan". Será así como se construya la nueva comunidad: poniendo en práctica la primera bienaventuranza (Mt 5,3): poner lo propio al servicio de los que lo necesiten sin reservarse nada para sí.

El signo provoca -en el texto de Juan- una confesión de fe en Jesús de la gente: "Este sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo". Quieren "proclamarlo rey", pero él "se retiró otra vez a la montaña, solo". No quiere que el signo sea mal interpretado: al darse cuenta de que ha provocado una reacción triunfalista, se va solo. La soledad humana de Jesús significa la deserción de los discípulos. Pretenden cambiar su programa mesiánico, conferirle el poder que él siempre rechazó.

6. La eucaristía es común-unión EUCARISTIA-EXIGENCIAS

El relato debe ayudarnos a reflexionar sobre la relación que existe entre el misterio eucarístico y nuestra vida. Relación profunda, ya que la eucaristía es, por definición, una comunión con Jesús; es decir, con la realidad que Jesús es y significa: comunión con Dios y con los hermanos. La comunión supone una relación interpersonal; no está en "comunión" el que ama y no es correspondido. Hay comunión cuando existe unión común entre varios.

La eucaristía es el sacramento -signo sensible- de un amor dado y respondido. Primero es comunión con Dios. No es eucaristía cristiana celebrar sólo la entrega que Jesús nos hace de sí mismo; necesita nuestra respuesta para ser amor interpersonal. Si no hay respuesta del hombre al amor de Jesús, no puede haber comunión. ¿No es esto demasiado frecuente en nuestras eucaristías del "cumplo y miento dominical"? En segundo lugar, la eucaristía es comunión entre hermanos. Quien entra en comunión verdadera con Jesús entra en comunión con Dios y con los hombres. Lleva a poner lo propio en común, porque sólo así puede surgir el amor: ama el que sale de sí mismo y pone su persona y sus bienes al servicio de los demás.

Estamos demasiado acostumbrados a celebrar la eucaristía sin amor, sin dar nada; más aún: sin darnos y usándola para caprichos y fiestas de sociedad. ¿No les importa el negocio que funciona en las primeras comuniones -en trajes, banquetes y regalos-? Nos debería dar vergüenza a los cristianos. ¿Vamos a la eucaristía a darnos en comunión? Se recibe la comunión cuando se encuentran varios que se dan en comunión; si nada damos, nada recibimos. La comunión es una amistad: amor compartido. Si nosotros no vamos a darnos en comunión, no esperemos que nos den la comunión que no tenemos como por un milagro. La eucaristía se engendra en la vida, surge de ella. Si Jesús no hubiera vivido entregándose, de poco hubiera servido que dijera que se entregaba. Cuando lo dice, responde tan claramente a la verdad que se nos entrega como pan partido y sangre derramada. Se hace sacramento. Cuando Jesús nos recomienda celebrar su gesto hasta que él vuelva no nos manda que hagamos un ritual perfecto, sino que sigamos el camino de su vida entregada... y lo celebremos.

Si no nos entregamos a la mutua comunión de lo que tenemos y somos, ¿a qué vamos a ella? ¿Nos mandó Jesús hacer comedias? No podemos celebrar la eucaristía más que entregados y entre una comunidad de entregados. Celebramos lo que vivimos, lo que somos, comunitariamente, porque la vida es comunidad de amor, como lo es Dios trino. Deberíamos revisar frecuentemente nuestras celebraciones eucarísticas. Jesús no muere de vejez, enfermedad o accidente, sino asesinado en una cruz como consecuencia de su vida: por haber actuado y hablado como lo hizo. ¿Cómo no vamos a sentirnos urgidos a examinar nuestras vidas a la luz de la vida y de la muerte de Jesús cada vez que celebramos la eucaristía? ¿Confrontamos constantemente con la palabra de Jesús los acontecimientos de la vida y las actuaciones de las personas?

En cada eucaristía renovamos la donación de Jesús, su lucha contra cualquier mal, explotación, injusticia, mentira...; su fidelidad a la verdad, su amor al Padre... ¿Por qué olvidamos tan frecuentemente que Jesús es un luchador hasta la muerte, un combatiente de la verdad y del amor, de la justicia y de la libertad? ¿Por qué pensamos tan poco que su lucha debemos continuarla nosotros cada día, en un esfuerzo decidido y comprometido de fidelidad a todo lo que sea verdad, amor, justicia, libertad..., venga de donde venga? Sin olvidar su aspecto festivo, alegre, porque la vida de Jesús fue feliz al estar llena de sentido, llena de plenitud, llena del Padre.

Elevación Espiritual para este día.

Si quisieres que te respondiese yo alguna palabra de consuelo, mira a mi Hijo, sujeto a mí y sujetado por mi amor y afligido y verás cuántas te responde. Si quisieres que te declare yo algunas cosas ocultas o casos, pon solos los ojos en él y hallarás ocultísimos misterios y sabiduría y maravillas de Di

Enviado el Sábado, 03 febrero a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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