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Lecturas del día 31-01-2018

LITURGIA DE LA PALABRA

2Sam24, 2.9-17: "Soy yo el que he pecado, haciendo el censo de la poblaación. ¿Qué han hecho estas obejas?"
Salmo: 31: “Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado”
Mc 6,1-6: "No desprecian a un profeta más que en su tierra"

Volvemos al tema de ayer: la humanidad de Jesús. Para los que escuchaban a Jesús, para los primeros tiempos de la comunidad e incluso para hoy, resulta inquietante o a veces incomprensible esta humanidad que hace presente la divinidad; lo es tanto que se necesita la fe.

Y sobre todo se necesita mucha más fe cuando uno es “de la casa”, “de la familia”, “de los suyos”, porque la familiaridad con lo sagrado, la familiaridad con Dios y con Jesús, el sentirnos “cristianos desde siempre” pone unas barreras enormes y no nos deja entender el verdadero mensaje. Que fue lo que le pasó a Jesús con los de su familia y los de su pueblo... vaya cantidad de prejuicios, preguntas y prevenciones que se tenían con él. Jesús era demasiado conocido por los de su pueblo para que viniera con cuentos nuevos ahora y lo peor era que no se sabía de dónde había sacado aquello.

Ese es el problema de la “familiaridad” con el evangelio y la Buena Nueva, lo conocemos tan bien que ya no nos dice nada, le hemos perdido la novedad o no la queremos ver que es peor; y por lo mismo no podemos pretender que desde nosotros el evangelio le diga algo a los otros... Nos cerramos a que se nos den buenas noticias: “¿Me va a enseñar usted a mí?, a mí, que soy un cristiano curtido... desde niño vengo a la iglesia... ya me sé todo lo que se necesita para salvarse” Y hasta ahí llegó la novedad del Evangelio.

PRIMERA LECTURA.
2Samuel 24,2.9-17
Soy yo el que ha pecado, haciendo el censo de la población. ¿Qué han hecho estas ovejas?

En aquellos días, el rey David ordenó a Joab y a los jefes del ejército que estaban con él: "Id por todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Berseba, a hacer el censo de la población, para que yo sepa cuánta gente tengo." Joab entregó al rey los resultados del censo: en Israel había ochocientos mil hombres aptos para el servicio militar, y en Judá quinientos mil. Pero, después de haber hecho el censo del pueblo, a David le remordió la conciencia y dijo al Señor: "He cometido un grave error. Ahora, Señor, perdona la culpa de tu siervo, porque ha hecho una locura."

Antes que David se levantase por la mañana, el profeta Gad, vidente de David, recibió la palabra del Señor: "Vete a decir a David: "Así dice el Señor: Te propongo tres castigos; elige uno, y yo lo ejecutaré."" Gad se presentó a David y le notificó: "¿Qué castigo escoges? Tres años de hambre en tu territorio, tres meses huyendo perseguido por tu enemigo, o tres días de peste en tu territorio. ¿Qué le respondo al Señor, que me ha enviado?" David contestó: "¡Estoy en un gran apuro! Mejor es caer en manos de Dios, que es compasivo, que caer en manos de hombres."

Y David escogió la peste. Eran los días de la recolección del trigo. El Señor mandó entonces la peste a Israel, desde la mañana hasta el tiempo señalado. Y desde Dan hasta Berseba, murieron setenta mil hombres del pueblo. El ángel extendió su mano hacia Jerusalén para asolarla. Entonces David, al ver al ángel que estaba hiriendo a la población, dijo al Señor: "¡Soy yo el que ha pecado! ¡Soy yo el culpable! ¿Qué han hecho estas ovejas? Carga la mano sobre mí y sobre mi familia." El Señor se arrepintió del castigo, y dijo al ángel, que estaba asolando a la población: "¡Basta! ¡Detén tu mano!"

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 31
R/.Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.

Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito. R.

Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: "Confesaré al Señor mi culpa", y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R.

Por eso, que todo fiel te suplique en el momento de la desgracia: la crecida de las aguas caudalosas no lo alcanzará. R.

Tú eres mi refugio, me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Marcos 6,1-6
No desprecian a un profeta más que en su tierra

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: "¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?" Y esto les resultaba escandaloso.

Jesús les decía: "No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa." No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Palabra del Señor



Reflexión de la Primera Lectura: 2Sam 24, 2. 9-17 Soy yo el que ha pecado, haciendo el censo de la población. ¿Qué han hecho estas ovejas?

-Haz el censo del pueblo para que yo sepa la cifra de la población.

Hacia el final de su reinado, el rey David se enorgullece ante la obra de unificación que acaba de realizar. El que había partido de cero está en la cumbre de su gloria: quiere saber el número de sus súbditos... se considera como un rey ordinario y cree poder contar con sus fuerzas humanas. Ese censo es considerado como un pecado, porque manifiesta que David no se apoya ya en Dios.

Señor, también nosotros sentimos a menudo esa necesidad de seguridad. Quisiéramos poder contar con nuestros medios humanos. Es muy natural. Y sin embargo sabemos muy bien que Jesús nos ha lanzado a una aventura.

«El que salve su vida, la perderá, y el que pierda su vida, la ganará.»

«El hijo del hombre no tiene donde reposar su cabeza.» «Si alguien quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo. »

Todas esas fórmulas son invitaciones a cortar las amarras y partir con una total confianza... ¡sin cálculo alguno!, ¡sin hacer el censo!

-«He cometido un gran pecado.» Efectivamente: "hizo cuentas", «calculó».

Una vez más la grandeza de David se manifiesta en el hecho de saber reconocer sus faltas. Pecador, como todos los hombres, pero lúcido y leal.

Concédenos, Señor, esa delicadeza de conciencia para que sepamos confesar enseguida nuestros errores.

¿Qué aspecto de la virtud de la penitencia es más habitual en mi vida: la virtud de la veracidad... de la transparencia ante Dios?

-El profeta Gad propuso entonces a David, en expiación, que eligiera entre tres castigos.

Nos concentramos ante una mentalidad bastante primitiva. La expiación compensa el pecado, restablece la balanza. Lo notable es el motivo que da David de su elección. "Estoy en grande angustia. Pero caigamos a manos del Señor, mejor que a manos de los hombres, porque es grande la misericordia del Señor".

-Yo fui quien pequé... Pero éstos ¿qué mal han hecho?

David implora al Señor para que el castigo recaiga sobre él y quede salvo el pueblo.

Aquí encontramos ya, una de las argumentaciones de san Pablo en la Epístola a los Romanos: la solidaridad... la falta de uno es causa de la desgracia de todos... Pero la oración o la obediencia de uno basta para detener la plaga.

A través de este episodio, contemplo, por adelantado, a Jesús que tomó nuestro lugar.

¡Cordero de Dios, que cargó sobre él el pecado del mundo! Mis pecados...

¿Tengo tendencia a "salir adelante" evitando las solidaridades que me llevarían demasiado lejos? o bien, con Cristo, ¿acepto toda mi parte de solidaridad? ¿Me aparto, quizá, de los males que afligen a mis hermanos, buscando, ante todo, mi seguridad? o bien, ¿acepto compartir los riesgos?

-David compró la era de Arauná el jebuseo y levantó allí un altar para el sacrificio.

Así termina el Libro de Samuel y la historia de David.

Dios ha perdonado. David es agradecido. Compra el terreno donde se levantará pronto el Templo de Jerusalén: una era para la trilla del trigo...

Reflexión del Salmo 31.“Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado”

El salmista inicia su oración con estas palabras: « ¡Dichoso el que está absuelto de su culpa, cuyo pecado ha sido sepultado! Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta ningún delito».

Nuestro hombre orante está pasando por una experiencia íntima de Dios. Sabe que es pecador, que muchas obras de sus manos, aun pareciendo justas, no dejan de ser tendenciosas y que el mal, de una forma o de otra, impregna sus buenos actos. Pero se siente absuelto y perdonado por Dios fundamentalmente por esta causa: «Te confesé mi pecado, no te encubrí mi delito. Yo dije: ¡confesaré mi culpa al Señor! Y me absolviste de mi delito, perdonaste mi pecado».

Esta experiencia del salmista es base fundamental en la espiritualidad cristiana. Dios juzga al hombre por medio de la palabra que es luz en el corazón, allí donde residen las últimas intenciones de todo obrar humano, allí donde el pecado original marca con su sello nuestro decidir y actuar. El hombre que se deja iluminar por la palabra en el fondo de su ser, puesto que esta es luz que alumbra las tinieblas, queda iluminado, curado, absuelto.

Hay muchos ejemplos de esta realidad en los Evangelios, y vamos a centrarnos en uno que parece muy significativo. Jesús hace una predicación asombrosa ante la muchedumbre en lo que llamamos el Sermón de la Montaña, que son los capítulos cinco, seis y siete de Mateo. En esa predicación, Jesús va arrojando luz sobre la religión farisaica y pietista del pueblo de Israel, iluminando el corazón de los oyentes. Veamos por ejemplo un texto: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener?, ¿no hacen eso mismo también los publicanos?” (Mt 5,43-46).

Terminado el Sermón de la Montaña, nos dice el Evangelio que un hombre leproso se acercó, se postró ante él y le dijo: «Señor, si quieres puedes limpiarme» (Mt 8,2). Este hombre, que era leproso, evidentemente no podía estar con la muchedumbre, puesto que las leyes rituales de Israel prohibían a los leprosos todo contacto humano, ya que se consideraba la lepra como impureza.

Es evidente que estamos ante un milagro simbólico. «El leproso», al escuchar el Sermón de la Montaña, dejó entrar la luz hasta su corazón y, por primera vez en su vida, se dio cuenta de que era impuro; por eso se acerca a Jesús para que limpie su impureza, que es lo mismo que hemos escuchado antes en el salmista: «Y me absolviste de mi delito, perdonaste mi pecado».

Vemos entonces el perdón de Dios como una consecuencia del amor del hombre por la verdad, de su búsqueda incansable de la luz para que sus obras sean hechas según Dios. De hecho, una denuncia que hace Jesús al pueblo de Israel es este rechazo de la luz para que sus obras no queden en evidencia. «El juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad va a la luz...» (Jn3, 19-21).

Jesucristo nos dirá el porqué las obras de los escribas y fariseos están viciadas en su raíz por más que aparentemente sean buenas: «Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias —pequeños estuches donde guardaban la Ley— y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes...» (Mt 23,5-7).

Juan nos cuenta la curación de un ciego de nacimiento, y nos dice que el rechazo a este milagro de los dirigentes religiosos de Jerusalén fue total; y ello porque Jesús le había curado en sábado, transgrediendo así la ley. Terminan expulsando al buen hombre de la sinagoga. Jesús le acoge y dice: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven vean; y los que ven se vuelvan ciegos. Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: ¿es que también nosotros somos ciegos? Jesús les respondió: si fuerais ciegos no tendríais pecado; pero como decís: vemos, vuestro pecado permanece» (Jn 9,39-4 1).

Reflexión primera del Santo Evangelio:Mc 6,1-6: No desprecian a un profeta más que en su tierra

Esta breve perícopa concluye la sección de los milagros e introduce una serie de peregrinaciones de Jesús dentro y fuera de Galilea. La expresión genérica “pueblo” (v. 1) era suficiente para indicar Nazaret; es más precisa la determinación del tiempo: es importante que la manifestación de Jesús tenga lugar el sábado (v. 2). En Israel, cualquier hombre adulto podía comenta la Escritura en la sinagoga: sin embargo, la enseñanza de Jesús es diferente a la de todos los rabinos de aquel tiempo. Aunque sin citar (entre los sinópticos sólo lo hace Lucas (4,17ss) los versículos de Isaías comentados en Nazaret, Marcos registra el estupor de los presentes. Tres son los motivos de admiración: el origen de las palabras pronunciadas por Jesús; la sabiduría que posee y los prodigios que realiza. Todo esto parece contrastar con la familiaridad que los nazarenos creían tener con él, dado que conocían a sus padres y hermanos.

La verdadera identidad de Jesús se revela aquí a través de su ser signo de contradicción, piedra de tropiezo, motivo de escándalo (v. 3). Esto mismo constituía ya una característica de los profetas, perseguidos con mayor frecuencia precisamente por aquellos que hubieran debido comprenderles mejor (v. 4). Por esa desconfianza, no pudo realizar Jesús milagros entre sus paisanos: él mismo se muestra sorprendido de esta falta de fe, del mismo modo que los suyos estaban admirados de su autoridad.

De este fragmento se desprende la ambigua relación que mantuvo Jesús con su ciudad: los nazarenos, asombrados por sus palabras, se escandalizan de él, y él se sorprende de su incredulidad. Entre líneas parece manifestarse el desconcierto del mismo evangelista: ¿cómo es que los suyos, aquellos que hubieran debido serles más próximos, no creen en él? ¿Cómo es que, precisamente en su ciudad, realiza poco prodigios?

Sin embargo, esto no debía sorprender a los israelitas, que conocían bien la historia de los profetas, perseguidos y despreciados a menudo precisamente por su mismo pueblo. Y tampoco debe sorprendernos a nosotros, que nos encontramos, por así decirlo, en la condición de los nazarenos: ¿por qué precisamente las comunidades cristianas se encuentran con frecuencia tan alejadas de la Palabra de Dios? ¿Por qué sucede que los no creyentes conocen mejor la Biblia? ¿Por qué tampoco en nuestros días son escuchadas las voces «proféticas» o, lo que es peor, son marginadas, ridiculizadas, acusadas de herejía?

En el segundo libro de Samuel es el Señor quien sugiere a David el censo (2 Sm 24,1), mientras que el primer libro de las Crónicas atribuye la idea a Satanás (1 Cr 21,1). En realidad, se trata de una lectura teológica especular: Satanás no es más que un instrumento en manos de Dios (cf. Job 1,6), que pone a prueba la fe de los suyos. David cree seguir una sugerencia exterior, pero no hace más que obedecer a su sed de dominio, que quiere hacerle controlar al pueblo; olvida que es sólo el administrador, no el dueño, del pueblo de Dios.

El problema, tanto en el caso de David como en el de los nazarenos, consiste en dejarse llevar por la Palabra de Dios sin pretender saber más que ella o juzgar si en el hijo de un carpintero puede manifestarse o no la sabiduría de Dios.

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Mc 6,1-6. Jesús es rechazado en Nazaret.

El carpintero. Cualquier judío con treinta años cumplidos podía leer y comentar un pasaje profético el sábado en la sinagoga. Jesús hace uso de esta potestad. En un primer momento su “homilía” provoca la admiración de sus convecinos. Pero, luego, la envidia aldeana no les permite admitir la superioridad de Jesús: ¿De dónde saca la sabiduría si es un hombre sin instrucción como nosotros, “un carpintero”? Lucas hace notar que lo que les escandaliza es que en la lectura del profeta Isaías, silencie la alusión a los días de venganza y de revancha a favor de su pueblo y contra sus enemigos por parte del Señor, como hacen los guías religiosos.

El pueblo judío, de la mano de sus dirigentes, ha leído selectivamente la Escritura. Han ignorado lo que en ella dicen los profetas del Mesías como Siervo sufriente; se han fabricado una imagen del Mesías a la medida de sus sueños y ambiciones de grandeza nacional. Tienen predeterminado lo que el Enviado de Dios va a decir y hacer. No están abiertos a las sorpresas. En vez de acomodarse ellos al actuar de Dios, pretenden que Dios se acomode al suyo. “¿Qué podemos esperar de este Jesús, un profeta sin relevancia, sin cultura?”. Además, le reconocen como el “hijo de María”, una expresión tendenciosa que deja suponer un nacimiento ilegítimo. Podría pensarse que esto obedecería a que José había muerto, pero aún en ese caso lo lógico sería que en aquella cultura tan “patriarcal” le siguieran reconociendo como “hijo de José”. Por otra parte, no será ésta la primera vez que sus enemigos echan mano de esta infamia para desautorizarlo (Jn 8,41). Por lo demás, ¿por qué no hace aquí los milagros que ha realizado en Cafarnaún? Quieren que haga magia natural más que milagros. Éstos suponen una actitud de fe, de la que ellos carecen; “por eso no pudo hacer milagros entre ellos”. Los evangelistas relatan el rechazo de su propio pueblo como profecía y símbolo del rechazo de todo el pueblo judío, sobre todo, de los dirigentes. En Nazaret tratan de despeñarlo; el resultado final será la ejecución ignominiosa en la cruz.

Profetas humildes y sencillos. El relato es para nosotros un grito de alerta para que no repitamos el mismo error gravísimo. Ciertamente, Jesús y el Espíritu han dicho su última palabra. Pero también los cristianos deformamos y adulteramos con frecuencia el Evangelio: nos saltamos páginas, las malinterpretamos o las leemos y no las vivimos, e incurrimos en formalismos y formulismos. Por eso, el Señor envía profetas, suscita movimientos eclesiales, inspira llamadas a la conversión por parte de los pastores.

El Concilio Vaticano II es uno de esos gritos proféticos, una llamada a releer correctamente el Nuevo Testamento Dios envía sucesivamente, a lo largo del tiempo y del espacio, mensajeros a la Iglesia. Con frecuencia son sencillos y humildes social y culturalmente.

Los profetas que Dios nos envía, a diferencia de Jesús, sufren limitaciones y defectos, a los que los destinatarios se aferran para justificar su rechazo. Afirmaba el H. Roger: “De los ancianos y humildes surgen con frecuencia grandes iluminaciones”. J. Vaniery H. Nouwen, que viven en comunidad con deficientes, afirman: “Es mucho lo que aprendo de ellos”. Puede hablarnos Dios, incluso, por un enemigo: “Del enemigo, el consejo”.

La tentación de resistir a los mensajes incómodos es terca. Todos pretendemos que nos dejen en paz y haciendo nuestra vida (2 Tm 4,3). También los colectivos reclaman que se les deje en paz, en sus errores y pecados. Sin embargo, necesitan profetas que se los denuncien para no deshumanizarse. A veces serán gente sencilla, pero que encarnan lo mejor y más humano de un pueblo. Ahogar su voz es condenarse a un futuro miserable. En muchos de nuestros “cumplidores” y colectivos “cristianos”, más que rechazo a los mensajeros y a los mensajes, lo que hay es una cómoda pasividad.

La verdad os hará libres. Para escuchar los mensajes de Dios y poder comprenderlos es necesaria la transparencia de corazón. Cuando la psicología está llena de prejuicios y no se quiere saber la verdad, porque hay muchos intereses por medio, entonces, como indica Jesús, “ni a un muerto que resucite le harán caso” (Lc 16,31). Por el contrario, “los sinceros de corazón verán a Dios” (Mt 5,8); “bendito seas, Padre, porque has revelado estas cosas a la gente sencilla” (Mt 11,25).

Quien tiene abierto el dial del espíritu a la verdad, escucha a Dios en las voces más diversas... Todo es mensaje para él. La apertura a la verdad es la fuente de una vida psicológicamente sana y en paz. Jugar con trampas impacienta, roba la paz. Sólo la verdad os hará libres (Jn 8,32). “Ensordecernos” a las llamadas de Dios es renunciar a una mayor calidad de vida humana y cristiana. Quizás el Señor nos invita por sus mensajeros a cambios importantes en la vida, a un cambio de perspectiva en el sentido de la vida, en las relaciones humanas, en las claves de la vivencia cristiana... ¡Lo que se perdieron los convecinos de Nazaret por sus prejuicios! Afirma R. Tagore: “No cierres la puerta al error, no sea que dejes fuera la verdad”.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Mc 6, 1-6. El profeta es despreciado en su tierra.

Después de un tiempo, Jesús volvió a Nazaret, su ciudad, con sus discípulos. Allí le esperaba su Madre con inmensa alegría. Quizá fue la primera vez que aquellos primeros seguidores del Maestro conocieron el lugar donde se había desarrollado la vida de Jesús; y en casa de María repondrían fuerzas. La Virgen tendría particulares atenciones con ellos; les serviría como nadie hasta entonces lo había hecho.

En Nazaret todos conocen a Jesús. Le conocen por su oficio y por la familia a la que pertenece, como a todo el mundo: es el artesano, el hijo de María. Como ocurre a tantos en la vida, el Señor siguió el oficio de quien hizo de padre suyo aquí en la tierra. Por eso también le llaman el hijo del artesano tuvo la profesión de José, que ya habría muerto, quizá hacía años. Su familia, que custodiaba el mayor de los tesoros, el Verbo de Dios hecho hombre, fue una más entre las del vecindario, querida y apreciada por todos. «El mismo Verbo encarnado quiso hacerse partícipe de esta humana solidaridad. Tomó parte en las bodas de Caná, se invitó a casa de Zaqueo, comió con publicanos y pecadores. Reveló el amor del Padre y la excelsa vocación del hombre, echando mano de las realidades más vulgares de la vida social y sirviéndose del lenguaje y de las imágenes de la existencia más corriente. Santificó las relaciones humanas, sobre todo las relaciones familiares, de las que brotan las relaciones sociales, siendo voluntariamente un súbdito más de las leyes de su patria. Llevó una vida idéntica a la de cualquier obrero de su tiempo y región».

Jesús debió de estar varios días en casa de su Madre, y visitar a otros parientes y conocidos... Y llegado el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. Las gentes de Nazaret quedaron sorprendidas. Uno que les ha construido muebles y aperos de labranza, que se los ha arreglado cuando se estropeaban, les habla con suma autoridad y sabiduría, como nadie lo había hecho hasta entonces. Solo ven en Él lo humano, lo que habían observado durante treinta años: la normalidad más completa. Les cuesta trabajo descubrir al Mesías detrás de esa «normalidad».

También la ocupación de la Virgen fue la de cualquier ama de casa de su tiempo, con su forma peculiar de hablar, propia de las mujeres galileas, con el modo de vestir sencillo y común de aquella región. Todo igual a las demás mujeres..., menos, claro está, su amor a Dios, que jamás podrá ser igualado.

El taller de José, que luego heredaría Jesús, era como los otros existentes en aquellos tiempos en Palestina. Quizá era el único de Nazaret. Olía a madera y a limpio. José cobraba lo habitual; quizá daba más facilidades a quien estaba con apuros económicos, pero cobraba lo justo. Los trabajos que se realizaban en aquel pequeño taller eran los propios de ese oficio, en el que se hacía un poco de todo: construir una viga, fabricar un armario sencillo, arreglar una mesa desajustada, pasarle la garlopa a una puerta que no encajaba bien... No se fabricaban allí cruces de madera, como nos presentan algunos grabados piadosos: ¿quién les iba a encargar un objeto semejante? Tampoco importaban del cielo las maderas, sino de los bosques vecinos.

Los habitantes de Nazaret se escandalizaron de Él. La Virgen, no. Ella sabe bien que su hijo es el Hijo de Dios. Le mira con inmenso amor y con una admiración sin límites. Ella le comprende bien.

La meditación de este pasaje, en el que indirectamente queda reflejada la vida anterior de Jesús en Nazaret, nos ayuda a examinar si nuestra vida corriente, llena de trabajo y de normalidad, es camino de santidad, como lo fue la de la Sagrada Familia. Así será si procuramos llevarla a cabo con perfección humana, con honradez y, a la vez, con fe y sentido sobrenatural.

No debemos olvidar que, permaneciendo en nuestro lugar, con nuestros quehaceres aquí en la tierra nos ganamos el Cielo y ayudamos a toda la Iglesia y a la humanidad entera.

El Señor manifestó conocer muy bien el mundo del trabajo. En su predicación utiliza frecuentemente imágenes, parábolas, comparaciones de la vida de trabajo que Él vivió o vivieron sus paisanos.

Quienes le oyen entienden bien el lenguaje que emplea. Jesús hizo su trabajo en Nazaret con perfección humana, acabándolo en sus detalles, con competencia profesional. Por eso ahora, cuando vuelve a su ciudad, es conocido precisamente como el artesano, por su oficio. A nosotros nos enseña hoy el valor de la vida corriente, del trabajo y de las tareas que debemos desempeñar cada día.

Si nuestras disposiciones son realmente sinceras, Dios nos concederá siempre la luz sobrenatural para imitar el ejemplo del Señor, buscando en la ocupación profesional no solo el cumplir, sino el sobreabundar en la abnegación y el sacrificio, en un empeño gustoso, con amor. Nuestro examen personal ante el Señor y nuestra conversación con Él versará frecuentemente sobre esas tareas que nos ocupan: debemos llegar al fondo, con valentía. Hemos de realizar el trabajo a conciencia, haciendo rendir el tiempo, sin dejarnos dominar por la pereza; mantener la ilusión por mejorar día a día la preparación profesional; cuidar los detalles en la tarea cotidiana; abrazar con amor la Cruz, la fatiga de la labor de cada día.

El trabajo, cualquier trabajo noble hecho a conciencia, nos hace partícipes de la Creación y corredentores con Cristo. «Esta verdad —enseña Juan Pablo II—, según la cual el hombre, a través del trabajo, participa en la obra de Dios mismo, su Creador, ha sido particularmente puesta de relieve por Jesucristo, aquel Jesús ante el que muchos de sus primeros oyentes en Nazaret permanecían estupefactos y decían: ¿De dónde sabe estas cosas? ¿ Y qué sabiduría es la que se le ha dado?... ¿No es este el artesano?»

Los años de Jesús en Nazaret son el libro abierto donde aprendemos a santificar lo de cada día. La misma ausencia forzosa de trabajo, la enfermedad... es una situación querida o permitida por Dios para ejercitar las virtudes sobrenaturales y las humanas. Todo cuanto hacéis de palabra o de obra, todo sea en el nombre del Señor dando gracias a Dios.

La extrañeza de los vecinos de Nazaret — ¿no es este el artesano...?— es para nosotros una luminosa enseñanza: nos revela que la mayor parte de la vida del Redentor fue de trabajo, como la de los demás hombres. Y esta tarea realizada día a día fue instrumento de redención, como todas las acciones de Cristo. Siendo una tarea humana sencilla (la propia de un carpintero que en un pueblo pequeño debía hacer otras muchas labores) se convierte en acciones de valor infinito y redentor por estar realizadas por la Segunda Persona de la Trinidad Beatísima hecha hombre.

El cristiano, al ser otro Cristo por el Bautismo, ha de convertir sus quehaceres humanos rectos en tarea de corredención. Nuestro trabajo, unido al de Jesús, aunque según el juicio de los hombres sea pequeño y parezca de poca importancia, adquiere un valor inconmensurable.

El mismo cansancio que todo trabajo lleva consigo, consecuencia del pecado original, adquiere un nuevo sentido. Lo que aparecía como castigo es redimido por Cristo y se convierte en mortificación gratísima a Dios, que sirve para purificar nuestros propios pecados y para corredimir con el Señor a la entera Humanidad. Aquí radica la diferencia profunda entre el trabajo humanamente bien realizado por un pagano y el de un cristiano que, además de estar bien acabado, es ofrecido en unión con Cristo.

La unión con el Señor, buscada en el trabajo diario, reforzará en nosotros el propósito de hacer todo solamente por la gloria de Dios y el bien de las almas. Nuestro prestigio, noblemente acrecentado, atraerá a nuestro lado a los mejores colegas y será abundante la ayuda del Cielo para empujar a otras muchas personas por el camino de una intensa vida cristiana. De ese modo irán a la par en nuestra vida la santificación del trabajo y el afán apostólico en nuestra labor profesional, índice claro de que trabajamos realmente con rectitud de intención.

San José enseñó a Jesús su oficio. Lo hizo poco a poco, según crecía aquel Niño que el mismo Dios le había encomendado. Un día le explicó cómo se manejaba la garlopa; otro, la sierra, la gubia, el formón... Jesús supo pronto distinguir las clases de maderas y las que debían utilizarse en cada caso; aprendió a fabricar la cola para ensamblar las juntas, el modo de encajar una cuña para ajustar dos piezas... Jesús seguía las indicaciones de José sobre el modo de cuidar los instrumentos, aprendió de él a recoger las virutas después de la jornada, a dejar las herramientas ordenadas en su sitio...

Acudamos hoy a San José para pedirle que nos enseñe a trabajar bien y a amar nuestro quehacer. José es Maestro excepcional del trabajo bien realizado, pues enseñó su oficio al Hijo de Dios; de él aprenderemos, si acudimos a su patrocinio mientras trabajamos. Y si amamos nuestros quehaceres, los realizaremos bien, con competencia profesional, y entonces podremos convertirlos en tarea redentora, al ofrecerlos a Dios.

Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Mc 6, 1-6. El profeta es despreciado en su tierra.

-El rechazo de Nazaret

Este trozo (6, 1-6) tiene, en la economía del evangelio de Marcos, una gran importancia cristológica: constituye una etapa fundamental en el camino de Jesús hacia el abandono y la cruz. Desde ahora en adelante Jesús abandona la enseñanza en las sinagogas; seguirá hablando, pero en medio de la gente, lejos de todo ambiente oficial.

Cuando se lee este episodio, no es posible dejar de pensar en aquella afirmación del prólogo de Juan: "Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron." Leído de esta manera, este episodio va mucho más allá de la repulsa de una oscura aldea de Galilea: figura la repulsa de todo Israel, una repulsa que por lo demás parece acompañar a toda la historia del pueblo de Dios. Incluso las motivaciones de esta repulsa van mucho más allá de la resistencia particular de los habitantes de Nazaret: son las resistencias de siempre, arraigadas en el corazón del hombre. Por este trozo de Marcos puede afectarnos también seriamente a nosotros.

Los habitantes de Nazaret no niegan la sabiduría de Jesús, sus milagros, la lucidez de su predicación; incluso se muestran sorprendidos por todo eso.

Pero discuten su origen (versículo 3). Ha trabajado de carpintero como cualquier otro, ha crecido entre nosotros, conocemos a su madre y a sus hermanos; ¿cómo es posible que venga de Dios? Esta es la primera y la fundamental razón de su repulsa: la invisibilidad de Dios, su manera de hacerse presente bajo las apariencias comunes. La grandeza de Dios parece contradecirse a sí misma, y esto constituye un escándalo. Nos parece oir la pregunta de los nazarenos: "De dónde le viene todo esto? ¿Qué pensar de su sabiduría?" En otras palabras, ¿cómo se explica su ciencia, la novedad y la eficacia de sus enseñanzas? La respuesta está ya en la misma pregunta: es una sabiduría que se le ha dado, que no viene de un hombre o de una escuela, sino de Dios.

Pero esta respuesta es del evangelista, no de los habitantes de Nazaret. A pesar de su admiración por una sabiduría que no se explica por sí misma, ellos no creen. Su desconcierto nace de la confrontación entre el esquema del sabio que viene de Dios al que están acostumbrados (su esplendor debería superar incluso al de Salomón) y la realidad concreta e histórica, fenoménica, de Cristo. Podemos concretar más todavía: el escándalo no viene tanto del hecho de que Jesús sea un carpintero, sino de que "es uno de nosotros, lo conocemos todos".

La repulsa por parte de los suyos no es ninguna sorpresa para Cristo. Que un profeta se vea rechazado por su pueblo no es ninguna novedad. La novedad sería precisamente lo contrario. Hay incluso un proverbio que lo afirma: un profeta es siempre despreciado en su país, entre sus parientes y en su propia casa (versículo 4). Se trata de un proverbio basado en una larga experiencia, que ha acompañado a toda la historia de Israel, que encuentra su más clara confirmación de la historia del Hijo de Dios y que se seguirá repitiendo puntualmente en la historia sucesiva. Dios está de parte de los profetas, pero los profetas se ven siempre rechazados: rechazados por su pueblo, por su comunidad, no por el mundo. Siempre se procura quitar de en medio a los hombres de Dios, aunque más tarde se les construya un monumento.

También por este motivo la fe se siente escandalizada y sometida continuamente a la prueba; pero esta vez el escándalo no está entre los escribas y los fariseos, ni entre el pueblo tranquilo y pretencioso (como los aldeanos de Nazaret), sino entre los discípulos, entre los pequeños que ven en el profeta una esperanza que ahora parece venirse abajo en medio de la indiferencia de Dios.

MIGROS-INCREDULIDAD: El episodio termina con una observación del propio evangelista: "No pudo hacer ningún milagro allí" (versículo 5). Jesús no puede hacer ningún milagro en donde tropieza con una incredulidad obstinada. ¿De qué iba a servir entonces un milagro? Los milagros de Cristo son la respuesta a la sinceridad del hombre que busca la verdad: no son un intento para forzar de algún modo el corazón del hombre. A diferencia de los hombres, Dios no utiliza la violencia para imponer sus propios derechos. Ni tampoco hace milagros en donde los hombres pretenden señalar que les permitan sustraerse al riesgo de la fe: las señales de Dios no son evidentes a toda costa. Ni hace milagros finalmente donde a los hombres les gustaría explotarlos en su propio provecho, para sostener sus propias pretensiones. Por todo ello, Jesús no hace milagros en Nazaret. Pero esta afirmación en términos tan absolutos es inexacta y Marcos la corrige: "Solamente sanó a unos pocos enfermos" (versículo 5). Así pues, también en Nazaret Jesús buscó a los enfermos y a los pobres. Dios los busca en todas partes. Pero no son éstos los milagros que les gustan a los hombres.

Una pequeña observación a propósito del "desconfiaban de él" de la traducción litúrgica. El original es más contundente: "se escandalizaban de él", es decir, Jesús era piedra de escándalo para sus paisanos, daba lugar a que éstos se escandalizaran.

Comentario. Lo esencial del texto de hoy es la falta de fe en Jesús. Los paisanos de Jesús parten de los conocimientos que tienen sobre él, pero se encierran en esos conocimientos, no salen de ellos y son incapaces de ver más allá.

Si por fe en Jesús entiende Marcos un comunicarse con él, un abrirse a él, por falta de fe entiende un encerrarse en los propios esquemas, un no ver más allá de ellos y un no dar el salto a ese más allá.

Jesús será siempre el más allá de nuestros esquemas y modos de pensar sobre él. Si no damos el salto a Jesús porque nos encerramos y empeñamos en nuestros modos y hábitos de ser religiosos, Jesús siempre será motivo de escándalo para nosotros. Lo malo no está en partir de unos esquemas religiosos. Lo malo está en encerrarse en ellos.

Si nos encerramos en nuestros esquemas y no nos abrimos al más allá que es Jesús, jamás acontecerá en nosotros lo asombroso, el milagro.

Elevación Espiritual para este día

Tiene albugo en el ojo aquel a quien la ceguera producto de su presunción de sabiduría y de justicia no le permite ver la luz de la verdad. En efecto, si la pupila del ojo está negra, ve, pero si tiene una mancha blanca, no ve nada. Está claro que si el hombre se reconoce necio y pecador en su meditación, llega a la experiencia de la claridad interior. Ahora bien, si se atribuye el cándido brillo de la sabiduría y de la justicia, se excluye por sí mismo de la luz divina; y tanto menos consigue penetrar en la claridad de la verdadera luz cuanto más exalta su presunción a sus propios ojos.

Reflexión Espiritual para el día.

Al cabo de una inmensa preparación, llena de sangre y de luces, una preparación que orienta toda la historia y tiene su propio eje en el destino de Israel, Dios se ha hecho hombre para cambiar el sentido de la muerte y abrir de nuevo a los hombres la plenitud de su vocación. En Cristo, el hombre ha sido restablecido en su dignidad de persona «a imagen de Dios» y por eso, aunque supera infinitamente al mundo, ha sido llamado a transformarlo en «cuerpo de Dios» a través de la difusión de la eucaristía. La meditación de la Iglesia antigua —que fue sintetizada por la regla de fe elaborada por los siete grandes concilios ecuménicos— ha hecho posible el desarrollo de la ciencia y de la técnica «occidentales». Esta meditación está sellada por la sangre de los mártires y por la luz de los transfigurados.

La historia y el cosmos fueron arrancados así a los dioses y entregados al hombre, aunque sólo en la medida en que el hombre se reconoce criatura y sólo mientras su técnica permanezca al servicio de la celebración. La rebelión moderna constata que «dios» se reduce a unas dimensiones muy determinadas de este mundo: proyección de la lucha de clases en Marx, de la debilidad y del resentimiento en Nietzsche, de una sexualidad reprimida en Freud. En la política, en la medicina o en la psicología se constituyen saberes y técnicas para sofocar la angustia fundamental: reducir las consecuencias destructoras del azar y de la necesidad. Si no hay nada fuera del mundo, el conocimiento de sus leyes, un conocimiento que se pretende total, justifica los regímenes totalitarios. Si no hay nada fuera del placer, es menester producir y consumir hasta la eutanasia final. No bromeaba Solzhenitsin cuando decía que la inflación no tiene otra causa que no sea el pecado.

El más grande entre todos los concilios ecuménicos fue, sin duda, el de Calcedonia, celebrado el año 453 en la orilla oriental del Bósforo, ese río marino en el que se encuentran Europa y Asia. El concilio de Calcedonia celebró la unión de lo divino y de lo humano, sin separación ni confusión, en Cristo. Pues bien, parece ser que, en el siglo XIX, un cristianismo ampliamente pietista y moralista, y esto puede decirse tanto de Oriente como de Occidente, se olvidó del dogma de Calcedonia. Feuerbach, que en este punto sería seguido por Marx, consideraba que «dios» era la parte mejor del hombre y que éste, a causa de su impotencia, lo proyectaba en un cielo imaginario. De este modo, anunciaba oficialmente la carencia de la vocación a la deificación en el cristianismo de su tiempo. Los dos términos del adagio patrístico, tan profundamente «calcedoniano», Dios hecho hombre, el hombre hecho Dios (es decir, plenamente hombre en la unión con Dios), están ahora el uno contra el otro. Es el duelo, descrito por Dostoievski, del hombre-Dios anticristiano contra el Dios-hombre crístico. Calcedonia ha caído en el olvido, Cristo vuelve a ser crucificado.

El rostro de los personajes y pasajes de la Sagrada Biblia:. He cometido un gran pecado.
¿Es un pecado el hacer el censo del pueblo? ¿Dónde está el pecado?

Para contestar estas preguntas tenemos que colocarnos en el contexto general de la institución monárquica. Sabemos, porque la Biblia así lo ha consignado, que el pueblo de Israel estaba dividido respecto de la monarquía: había una corriente a favor y otra en contra. La corriente antimonárquica se basaba en tres razones principales.

Primero, tenía miedo que la institución monárquica llevara consigo una secularización de la teocracia. «Yavé dijo a Samuel: haz caso a lo que el pueblo te dice; porque no te han rechazado a ti, me han rechazado a mí, para que no reine sobre ellos» (1Sam 8, 7-8). Por eso precisamente se negó Gedeón a reinar cuando los hombres de Israel quisieron hacerle rey «No seré yo el que reine sobre vosotros ni mi hijo; Yavé será vuestro rey» (Jue 8, 22).

Segundo, la monarquía favorecía el desequilibrio social. En este sentido es bien explícito el primer libro de Samuel (1Sam 8, 9-18) cuando enumera los inconvenientes de la monarquía, que son casi exclusivamente de orden social.

Tercero, la monarquía suponía romper con la tradición para adoptar la forma de gobierno de los pueblos vecinos, que eran politeístas y paganos. Así lo demuestra el grito que repetían los monárquicos: «Queremos un rey como los demás pueblos» (1Sam 8, 5. 19-20).

Con este cuadro ante la vista, ya podemos acercarnos a nuestro texto. El censo de David es un pecado contra la teocracia, porque el rey demuestra poner la fe y la confianza no tanto en Dios cuanto en los efectivos humanos. ¿No acecha este peligro a muchas actitudes y técnicas pastoralistas actuales? El censo de David parece una medida antisocial y antipolítica. Los censos y las fiscalizaciones siempre suelen terminar, por lo menos el pueblo así lo piensa, en nuevos impuestos y exacciones. Finalmente, el censo era una imitación de las prácticas paganas.
El relato de 2Sam 24, 9-17 implica asimismo una escenificación de la dialéctica de la historia salvífica: pecado-castigo, arrepentimiento, perdón. Pone también de relieve la doctrina de la retribución colectiva. Tanto para el bien como para el mal, la conducta de una persona puede repercutir en toda la comunidad. Aquí además esta doctrina viene reforzada por la llamada «personalidad corporativa», en virtud de la cual una persona tiene como dos dimensiones, la individual y la colectiva. Esta doble dimensión se da, sobre todo, en los reyes. Quien ha pecado es David, pero el castigo amenaza a todo el pueblo.+

Enviado el Miércoles, 31 enero a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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