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Nuestro Blog: La Mística

En Reflexiones Católicas estrenamos nuevo blog dedicado a La Mística y Los Místicos, donde encontrarás artículos, biografías, vídeos...
 
 
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Lecturas del día 30-01-2018

LITURGIA DE LA PALABRA.

2Sm 15,13-14.30; 16,5-13a:: “Quizás el Señor se fije en mi humillación”
Salmo: 3: “Levántate, Señor, sálvame”
Mc 5,1-20: La piara de cerdos de los gerasenos

Con las lecturas de hoy pasa algo particular: Una acción que para muchos es negativa y va contra los intereses y la dignidad del Rey David, el que se le maldiga, es interpretada por el mismo rey como algo querido por Dios y la deja pasar, la interpreta como voluntad divina; mientras que en el evangelio la acción de Jesús a favor del endemoniado, el haberlo liberado mandando los demonios a la piara de cerdos, es interpretado como un mal por los gerasenos y piden a Jesús que se marche de su territorio. El trasfondo de las dos situaciones tiene como elemento común la dignidad de las personas, en el caso del Antiguo Testamento la situación no se resuelve pero en el caso del Nuevo Testamento la dignidad se restituye.

La acción de Jesús resulta incómoda, fue un bien para alguien pero perjudica los intereses de otros. Se nos ocurre que hay que cerrar las puertas a la salvación que se le da a otro. Preferimos quedarnos como estamos y alejar lo que más se pueda esa presencia que nos incomoda, que nos hace cambiar, que nos propone salvar.

¿No será que tenemos miedo a la luz y a la libertad? ¿Es tan alto el precio que pagamos por la salvación que preferimos quedarnos como estamos?

De todas maneras en el evangelio conocemos una faceta interesante: Quien ha sido tocado por la libertad que trae Jesús está dispuesto a asumir su mismo estilo de vida, el “endemoniado curado” quería irse con Jesús, quien le propone que se quede con los suyos y allí proclame la Buena Nueva del Reino, las maravillas que hace la misericordia de Dios.

PRIMERA LECTURA.
2Samuel 15,13-14.30;16,5-13a
Huyamos de Absalón. Dejad a Semeí que me maldiga, porque se lo ha mandado el Señor

En aquellos días, uno llevó esta noticia a David: "Los israelitas se han puesto de parte de Absalón." Entonces David dijo a los cortesanos que estaban con él en Jerusalén: "¡Ea, huyamos! Que, si se presenta Absalón, no nos dejará escapar. Salgamos a toda prisa, no sea que él se adelante, nos alcance y precipite la ruina sobre nosotros, y pase a cuchillo la población." David subió la Cuesta de los Olivos; la subió llorando, la cabeza cubierta y los pies descalzos. Y todos sus compañeros llevaban cubierta la cabeza y subían llorando. Al llegar el rey David a Bajurín, salió de allí uno de la familia de Saúl, llamado Semeí, hijo de Guerá, insultándolo según venía. Y empezó a tirar piedras a David y a sus cortesanos -toda la gente y los militares iban a derecha e izquierda del rey-, y le maldecía: "¡Vete, vete, asesino, canalla! El Señor te paga la matanza de la familia de Saúl, cuyo trono has usurpado. El Señor ha entregado el reino a tu hijo Absalón, mientras tú has caído en desgracia, porque eres un asesino."

Abisay, hijo de Seruyá, dijo al rey: "Ese perro muerto, ¿se pone a maldecir a mi señor? ¡Déjame ir allá, y le corto la cabeza!" Pero el rey dijo: "¡No os metáis en mis asuntos, hijos de Seruyá! Déjale que maldiga, que, si el Señor le ha mandado que maldiga a David, ¿quién va a pedirle cuentas?" Luego dijo David a Abisay y a todos sus cortesanos: "Ya veis. Un hijo mío, salido de mis entrañas, intenta matarme, ¡y os extraña ese benjaminita! Dejadlo que me maldiga, porque se lo ha mandado el Señor. Quizás el Señor se fije en mi humillación y me pague con bendiciones estas maldiciones de hoy." David y los suyos siguieron su camino.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 3
R/.Levántate, Señor, sálvame.

Señor, cuántos son mis enemigos, cuántos se levantan contra mí; cuántos dicen de mí: "Ya no lo protege Dios." R.

Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza. Si grito, invocando al Señor, él me escucha desde su monte santo. R.

Puedo acostarme y dormir y despertar: el Señor me sostiene. No temeré al pueblo innumerable que acampa a mi alrededor. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Marcos 5,1-20
Espíritu inmundo, sal de este hombre

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a la orilla del lago, en la región de los gerasenos. Apenas desembarcó, le salió al encuentro, desde el cementerio, donde vivía en los sepulcros, un hombre poseído de espíritu inmundo; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo; muchas veces lo habían sujetado con cepos y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los cepos, y nadie tenía fuerza para domarlo. Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras. Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él y gritó a voz en cuello: "¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes." Porque Jesús le estaba diciendo: "Espíritu inmundo, sal de este hombre." Jesús le preguntó: "¿Cómo te llamas?" Él respondió: "Me llamo Legión, porque somos muchos." Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca.

Había cerca una gran piara de cerdos hozando en la falda del monte. Los espíritus le rogaron: "Déjanos ir y meternos en los cerdos." Él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al lago y se ahogó en el lago. Los porquerizos echaron a correr y dieron la noticia en el pueblo y en los cortijos. Y la gente fue a ver qué había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Se quedaron espantados. Los que lo habían visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los cerdos. Ellos le rogaban que se marchase de su país.

Mientras se embarcaba, el endemoniado le pidió que lo admitiese en su compañía. Pero no se lo permitió, sino que le dijo: "Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia." El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban.

Palabra del Señor.



Reflexión de la Primera lectura: 1 Juan 2,18-21. Estáis ungidos por el Santo, y todos vosotros lo conocéis.

"Todos me conocerán, desde el pequeño al grande". (Jr 31, 34). El autor sigue haciendo su llamamiento a la serenidad. Tampoco él sabe cuándo será la última hora de la historia, pero está convencido, con toda la Iglesia primitiva, de que esa hora decisiva llegará precedida de anticristos que se esforzarán por seducir a los fieles.

Pues bien, los anticristos ya están a la puerta: incluso formaban parte de la comunidad antes de ponerse a predicar doctrinas contrarias a la fe. Hay motivos para vacilar, sin duda; pero los que se mantengan fieles pueden seguir sintiéndose seguros. Ellos son los que han recibido la Buena Noticia y los que han sido marcados con la unción. Por eso también han de ser ellos los que perseveren.

Es la última hora. Con Cristo hemos llegado a la última hora: el tiempo de decisión que se extiende hasta la parusía -hasta la manifestación gloriosa de Jesús. En esta última hora ya están presentes los anticristos, todos los que niegan a Cristo, todos los que no le aceptan como Señor (2 Ts 2, 4).

"Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros". Es decir: lo mismo que por el cumplimiento de los mandamientos se conoce la comunión con Dios de los cristianos, así también por la negación de Cristo que tales personas hacen, se deduce que no vivieron realmente de la fuente de energía de la que vivía la comunidad.

Lo que quiera decir el evangelista es esto: alerta, cristianos, habéis de saber que dentro de la comunidad de los creyentes existe la terrible posibilidad de que sólo se pertenezca a ella de una manera puramente externa, i. e. no se vive del Espíritu de Cristo.

Nos ha tocado vivir -por la misericordia de Dios- tiempos de escándalos, de dolorosas pérdidas y de sorprendentes fallos, allí donde menos se podían esperar. Hay momentos en que uno, viendo irse a éste o a aquél, tan entero, tan limpio y tan seguro, comienza a dudar de uno mismo. ¿Estaremos en lo cierto? ¿Es posible que se vayan tan seguros y que crean que no pueden en conciencia, seguir trabajando a nuestro lado? ¿Quién se equivoca aquí y con quién está el Señor? ¿O estará el Señor por encima de ellos y de nosotros? Uno quisiera en más de una ocasión ver claro. Quisiera tener esa seguridad de Juan, desposado con la verdad, incapaz de aliarse con la mentira.

No queda otro camino que orar con humildad.

"En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo y todos vosotros lo sabéis".

Hijos míos, es la última hora. Habéis oído que iba a venir un anticristo. Pues bien, muchos anticristos han aparecido.

En este pasaje, san Juan pone en guardia a los cristianos contra los «falsos doctores».

Esta carta se dirige, evidentemente a unas comunidades que atraviesan una crisis grave.

En efecto, en el interior de esas comunidades se han levantado unos «cristianos» que pretenden anunciar a Cristo, pero que Juan califica de «anticristos» y dice que son muchos.

-Estaban entre nosotros, pero no eran de los nuestros. De haber sido de los nuestros, se hubieron quedado con nosotros.

En tiempo de crisis, las defecciones son inevitables.

Los «falsos doctores» han dejado la comunidad. Se les detecta por el hecho que: bautizados o sacerdotes, se separan de la Iglesia.

Jesús había anunciado esto con anterioridad, cuando dijo: «Si se os dice: "Mirad aquí está Cristo" o bien "Mirad, está allá", no lo creáis. Surgirán, en efecto, falsos-cristos y falsos-profetas, que harán signos y prodigios considerables, capaces de engañar, incluso, a los elegidos.» (Mateo 24, 24)

Sería peligroso que, partiendo de textos de esta clase, pretendiéramos, nosotros, hacer una separación entre los buenos y los malos, entre los fieles y los heréticos. Pero esas Palabras divinas nos colocan ante la realidad de la verdad, ante la realidad de nuestra pertenencia a la Iglesia.

«De haber sido de los nuestros, se hubieran quedado con nosotros.»

Roguemos por todos los que hoy, como en todo tiempo sienten la tentación de abandonar la Iglesia.

-En cuanto a vosotros estáis ungidos por el Santo, y todos vosotros lo sabéis.

Del hecho de estar en "comunión" con la Iglesia, se derivan otros dos signos.

-la vida sacramental, simbolizada por la «unción»...

-la rectitud doctrinal, el «conocimiento»...

1. El sacramento no es un rito mágico y mecánico de pertenencia a Dios es: el reconocimiento de que «Dios actúa en nosotros». Es un «acto de Dios en nosotros».

Por él, reconocemos que no podemos salvarnos a nosotros mismos: «el que es Santo os ha consagrado por la unción». No es el hombre quien se consagra. Es Dios el que le consagra.

¿Ee ésta mi actitud profunda de cara a los sacramentos? ¿Me pongo ante Dios como un pobre, humildemente?

Características del falso-doctor, del falso-cristo, son: el orgullo, la suficiencia.

2. La Fe -el «conocimiento» de Dios- es el segundo signo de pertenencia a la Iglesia. La "fe" y el «sacramento» están vinculados uno al otro.

-La fe da vigor y sentido al sacramento. El Espíritu es el que actúa y no el «gesto» externo: bautizar al que no tiene fe (salvo el caso de los niños en que la Iglesia exige la fe a los padres o padrinos) está prohibido y no tiene significado alguno... recibir la eucaristía sin tener fe sería un gesto vacío.

-El sacramento da vigor a la fe: el signo exterior y visible, repetido en muchos sacramentos refuerza y alimenta la fe.

En este último día del año me pregunto sobre mi actitud profunda respecto a la Iglesia... a los sacramentos... a la fe...

¡Señor, aumenta en nosotros la fe!

Reflexión del Salmo 95 Alégrese el cielo, goce la tierra.

Este salmo pertenece a la familia de los himnos: tiene muchas semejanzas con los himnos de alabanza, pero se considera un salmo de la realeza del Señor por incluir la expresión « ¡El Señor es Rey!». Esta constituye el eje de todo el salmo. Por eso tiene tantas invitaciones a la alabanza.

Este salmo está organizado en tres partes: 1-6; 7-10; 11-13. La primera (1-6) presenta una serie de invitaciones a cantar, bendecir, proclamar y anunciar. Se dirigen a la «tierra entera», pero esta expresión se refiere, sin duda, a la tierra de Israel. El destinatario de todas estas invitaciones es, pues, el pueblo de Dios. Este salmo invita a cantar al Señor un cántico nuevo. En qué ha de consistir esta «novedad» se nos indica en la segunda parte: se trata de la realeza universal de Dios. Después de las invitaciones a cantar, bendecir, proclamar y anunciar a todos los pueblos, se presenta el primero de los motivos, introducido por un «porque...». El Señor está por encima de todos los dioses. Se hace una crítica devastadora de las divinidades de las naciones: son pura apariencia, mientras que el Señor ha creado el cielo, y podrá celebrarlo. Aparece una especie de procesión simbólica en honor del Señor: precediéndolo, marchan Majestad y Esplendor y, en el templo de Jerusalén, Fuerza y Belleza están ya montando guardia. En la tercera parte se dice que el Señor viene para gobernar la tierra. El salino se limita a mostrar el inicio de esta solemne procesión de venida...

La segunda parte también presenta diversas invitaciones: a aclamar, a entrar en los atrios del templo llevando ofrendas para adorar. La tierra, a la que en la primera parte se invita a cantar, debe ahora temblar en la presencia del Señor. Estos imperativos se dirigen a las familias de los pueblos, esto es, se trata de una invitación internacional que tiene por objeto que las naciones proclamen en todas partes la gran novedad del salmo (el «porque...» de la segunda parte): «i El Señor es Rey!». Se indican las consecuencias del gobierno del Señor: el mundo no vacilará nunca; el salmo señala también la principal característica del gobierno de Dios: la rectitud con que rige a todos los pueblos.

En la tercera parte (11-13) aparecen nuevamente las invitaciones o deseos de que suceda algo. Ahora se invita a hacer fiesta, con alegría, al cielo, a la tierra, al mar (dimensión vertical), a los campos y los árboles del bosque (dimensión horizontal) con todo lo que contienen toda la creación está llamada a aclamar y celebrar: el cielo tiene que alegrarse; la tierra, que ya ha sido invitada a cantar y a temblar, ahora tiene que exultar; el mar tiene que retumbar, pero no con amenazas ni infundiendo terror, sino corno expresión de la fiesta, junto con todas sus criaturas; los campos, con todo lo que en ellos existe, están llamados a aclamar, y los bosques frondosos gritarán de alegría ante el Señor. A continuación viene el «porque...» de la tercera parte: el Señor viene para gobernar la tierra y el mundo. Se indican dos nuevas características del gobierno del Señor: la justicia y la fidelidad.

Este salmo expresa la superación de un conflicto religioso entre las naciones. El Señor se ha convertido en el Dios de los pueblos, en rey universal, creador de todas las cosas, es aquel que gobierna a los pueblos con rectitud, con justicia y fidelidad. La superación del conflicto se describe de este modo: «Porque el Señor es grande y digno de alabanza, más terrible que todos los dioses! Pues los dioses de los pueblos son apariencia, mientras que el Señor ha hecho el cielo».

El salmo no oculta la alegría que causa la realeza universal de Dios. Basta fijarse en el ambiente de fiesta y en los destinatarios de cada una de sus planes: Israel, las familias de los pueblos, toda la creación. Todo está orientado hacia el centro: la declaración de que el Señor es Rey de todo y de todos. Israel proclama, las naciones traen ofrendas, la naturaleza exulta. En el texto hebreo, la palabra «todos» aparece siete veces. Es un detalle más que viene a confirmar lo que estamos diciendo. El ambiente de este salmo es de pura alegría, fiesta, danza, canto. La razón es la siguiente: el Señor Rey viene para gobernar la tierra con rectitud, con justicia y con fidelidad. El mundo entero está invitado a celebrar este acontecimiento maravilloso.

Reflexión Primera del Santo Evangelio: Jn 1,1-18. La palabra se hizo carne.

En el evangelio de la tercera misa de navidad (Jn 1, 1-18) parece que todo lo que nos es amable y familiar del nacimiento de Jesucristo en el establo se ha alejado a la extraña dimensión del misterio. Aquí no se habla ya del niño ni de la madre, no se dice nada de pastores y de sus ovejas, nada del cántico de los ángeles, que anuncian al hombre la paz partiendo de la gloria de Dios.

Sin embargo, hay algo en común con todo eso: también el evangelio de hoy habla de una luz que ilumina en las tinieblas; habla de la gloria de Dios que nosotros podemos contemplar, como gracia, en la Palabra hecha carne, y habla del Señor que no fue aceptado en su propiedad o en los que eran los suyos. 1

Pero en medio de estas grandilocuentes palabras de misterio, aparece de repente el establo en el que el hijo de David debía nacer, puesto que no había lugar para él en la ciudad.

Así, si se examina con profundidad las cosas, se reconoce sin duda que el evangelio del día no habla de otra cosa que de lo que hablan los evangelios de las misas de la nochebuena. Sólo que parten de distintos puntos de vista.

Lucas y, de un modo semejante, Mateo cuentan la historia terrena y nos descubren, a partir de ahí, el acceso a la actuación misteriosa de Dios. Juan, el águila, contempla todo a partir del misterio de Dios y muestra cómo llega hasta el establo, hasta la carne y la sangre del hombre. Así, pues, ¿de qué se trata propiamente? ¿Qué es lo que pretende decirnos la iglesia para el día de navidad y, partiendo de ahí, para todo el año, y, en fin de cuentas, para nuestra vida, al presentarnos este texto tan solemne y serio donde nosotros deberíamos esperar las palabras cálidas del relato del nacimiento?

Este evangelio corresponde, desde los tiempos más antiguos, a la liturgia de la navidad, porque contiene la frase que nos ofrece la causa y el motivo de nuestra alegría, el contenido propio de la fiesta: el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 14).

En la navidad no celebramos el día natalicio de un hombre grande cualquiera, como los hay muchos. Tampoco celebramos simplemente el misterio de la infancia o de la condición de niño.

Ciertamente que lo puro y lo abierto del niño nos hace esperar, nos proporciona esperanza. Nos da ánimos para contar con nuevas posibilidades del hombre. Pero si nosotros nos aferramos demasiado a eso solo, al nuevo comienzo de la vida que se da en el niño, entonces lo único que podría quedar en definitiva sería la tristeza: porque también esto «nuevo» acaba por hacerse algo viejo y usado. También el niño entrará en el campo de concurrencia y de rivalidad de la vida, participará en sus compromisos y en sus humillaciones, y, como remate de todo, acabará siendo, igual que todos, presa y botín de la muerte.

Si nosotros no tuviéramos otra cosa que celebrar que sólo el idilio del nacimiento de un ser humano y de la infancia, entonces en último extremo no quedaría nada de tal idilio. Entonces nada tendríamos que contemplar más que el morir y el volver a ser; entonces cabría preguntarse si el nacer no es algo triste, puesto que sólo lleva a la muerte. Por eso es tan importante observar que aquí ha ocurrido algo más: el Verbo se hizo carne.

«Este niño es hijo de Dios», nos dice uno de nuestros villancicos navideños más antiguos. Aquí sucedió lo tremendo, lo impensable y, sin embargo, también lo siempre esperado: Dios vino a habitar entre nosotros. Él se unió tan inseparablemente con el hombre, que este hombre es efectivamente Dios de Dios, luz de luz y a la vez sigue siendo verdadero hombre.

Así vino a nosotros efectivamente el eterno sentido 2 del mundo de tal forma que se le puede contemplar e incluso tocar (cf. 1 Jn 1,1). Pues lo que Juan denomina «la Palabra» o «el Verbo», significa en griego al mismo tiempo algo así como el sentido. Según eso, podemos también traducir nosotros: el sentido se ha hecho carne.

Pero este sentido no es simplemente una idea corriente que penetra en el mundo. El sentido se ha aplicado a nosotros y ha vuelto a nosotros. El sentido es una palabra, una alocución que se nos dirige.

El sentido nos conoce, nos llama, nos conduce. El sentido no es una ley común, en la que nosotros desempeñamos algún papel. Está pensado para cada uno de una manera totalmente personal. Él mismo es una persona: el Hijo del Dios vivo, que nació en el establo de Belén.

A muchos hombres, tal vez nos parece esto demasiado hermoso para que sea verdadero. Aquí se nos dice: sí, existe un sentido. Y el sentido no es una protesta impotente contra lo que carece de sentido. El sentido tiene poder. Es Dios. Y Dios es bueno. Dios no es un ser sublime y alejado, al cual nunca se puede llegar. Se halla totalmente próximo, al alcance de la voz, y se le puede alcanzar siempre. Él tiene tiempo para mí, tanto tiempo que hubo de yacer en un portal y que permanece siempre como hombre.

Pero nos volvemos a preguntar: ¿puede ser esto verdad? ¿se amolda efectivamente a Dios el ser o hacerse niño? No queremos creer que la verdad es hermosa; según nuestra experiencia, la verdad es, en fin de cuentas, por lo general cruel y sucia: y cuando alguna vez parece que no lo es, entonces horadamos y cavamos en torno a ella hasta confirmar nuevamente nuestra sospecha.

Del arte se dijo una vez que servía a lo bello y que esta belleza era, a su vez, splendor veritatis, el esplendor o el brillo de la verdad, su resplandor interior. Pero hoy día, el arte cree que su misión o tarea más alta consiste en desenmascarar al hombre como algo sucio y repugnante.

Si nosotros pensamos en los dramas de B. Brecht, toda la genialidad del poeta se aplica también aquí al descubrimiento de la verdad, pero no ya para mostrar sus luces, sino para demostrar que la verdad es sucia y que la suciedad es la verdad. El encuentro con la verdad no ennoblece, sino que envilece. De ahí que surja la mofa contra la navidad y la burla contra nuestra alegría.

Pero, de hecho, si no hay Dios, entonces no hay ninguna luz, sino que sólo nos queda la sucia tierra. Ahí radica la realmente trágica verdad de tal «Poesía».

«Los suyos no le recibieron» (Jn 1, 11). En fin de cuentas, nosotros preferimos nuestra terca desesperación a la bondad de Dios, la cual, partiendo de Belén, podría tocar a nuestro corazón. En fin de cuentas, somos demasiado soberbios para dejarnos salvar y redimir.

«Los suyos no le recibieron»; el abismo de esta frase no se agota con la historia de la búsqueda de alojamiento, que nuestros nacimientos representan y actualizan con tanto amor. Tampoco se agota con el llamamiento moral a pensar en los que no tienen techo en todo lo ancho de la tierra y también aquí en nuestras ciudades, por muy importante que sea esa llamada. Esta frase apunta y afecta a algo más profundo de nosotros, a la causa más profunda de que la tierra no ofrezca a muchos ningún cobijo o techo: nuestra soberbia cierra las puertas a Dios y de esa manera también a los hombres.

Nosotros somos demasiado orgullosos para ver a Dios. Nos ocurre lo que a Herodes y a sus especialistas en teología: en esa categoría o en ese grado, no se escucha el canto de los ángeles. En esa categoría, uno no se siente ni amenazado ni molestado por Dios. En esa categoría, no se quiere ya ser «su propiedad» 3 -propiedad de Dios-, sino simplemente pertenecer cada uno a si mismo. Por eso no queremos recibir a Aquél que viene a su propiedad porque entonces tendríamos que transformarnos y reconocerle a él como nuestro dueño.

Él vino como niño para quebrar nuestra soberbia. Tal vez nosotros capitularíamos antes frente al poder o a la sabiduria. Pero él no busca nuestra capitulación, sino nuestro amor. Él quiere librarnos de nuestra soberbia y así hacernos efectivamente libres.

Dejemos, pues, que la alegría tranquila de este día penetre en nuestra alma. Ella no es una ilusión. Es la verdad. Pues la verdad, la última, la auténtica, es hermosa. Y, al mismo tiempo, es buena. El encontrarse con ella hace bueno al hombre. Ella habla a partir del niño, el cual, sin embargo, es el propio hijo de Dios.

Nuestro evangelio desemboca en la frase: «Y vimos su gloria...» (1,14). Estas podían ser las palabras de los pastores, al regresar del establo y resumir sus vivencias. Podrían ser las palabras con las que José y María trataran de describir los recuerdos de aquella noche de Belén. Pero no. Son como la mirada retrospectiva del discípulo que expresa lo que le ocurrió en su encuentro con Cristo.

Y así podríamos decir todos nosotros como cristianos: hemos visto su gloria. Sí, precisamente partiendo de eso, se podría explicar lo que es creer: ver o contemplar su gloria en medio de este mundo.

El que cree, ve. ¿Pero hemos visto nosotros? ¿No estamos todavía ciegos? ¿No vemos siempre únicamente a nosotros mismos y nuestra imagen que se refleja en un espejo? Cada uno puede ver fuera solamente algo que corresponde a lo que hay en él.

Dejemos que nuestros ojos sean abiertos por el misterio de este día y así podamos ver. Y así podremos vivir como «videntes» o como personas que ven. La colecta de Adveniat4 podría ser una pequeña respuesta a la llamada de la navidad. Un signo de que nosotros hemos oído y visto, de que nosotros reconocemos a Dios como el verdadero dueño de todo lo que nos es propio. Así podremos también nosotros ser portadores de la luz que procede de Belén y luego pedir, llenos de confianza: Adveniat regnum tuum. Que venga tu reino. Que venga tu luz. Que venga tu alegría. Amén.

Reflexió Segunda del Santo Evangelio: Jn 1, 1-18 (1, 1-5. 9-14. 16-18/1, 6-8. [19-28]), La eternidad, personalidad y divinidad del Logos.

El prólogo del evangelio de Juan es una pieza de valor único. Como los demás evangelistas lo antepone a su obra para presentarnos al protagonista de su narración. A diferencia de ellos no se queda en el Bautista y el bautismo de Jesús (como Marcos), ni en el nacimiento virginal (como hacen Mateo y Lucas). Él llega hasta los orígenes. Y estos orígenes se remontan a la eternidad misma de Dios. Sólo así la presentación es completa.

En la presentación de la Palabra se distinguen tres fases: su preexistencia (vv. 1-5). Preexistencia real y personal. Existencia en plena comunión con el Padre («estaba en, junto a Dios»). La eternidad, personalidad y divinidad del Logos son las tres afirmaciones esenciales del v. 1. Pero no pensemos que el evangelista hace especulación filosófica. Ha querido sencillamente poner la base sólida, dar la razón última de por qué esta Palabra puede hablarnos de Dios. El poder revelador y salvador de esta palabra tiene su fundamento en el origen y naturaleza de la misma.

El evangelista utiliza categorías «esencialistas» sólo en apariencia. En realidad son categorías existenciales. Porque la Palabra tiene como función esencial hablar, dirigirse a alguien esperando ser acogida y respondida. La Palabra supone unos destinatarios a quienes va dirigida. Y para ellos, para los hombres es vida y luz. Todo aquello que puede dar a la vida humana su plenitud y sentido. Incluso superando sus propias posibilidades y sueños.

En la segunda fase se destaca su entrada en el mundo de los hombres. La mención del Bautista, provocada por la palabra «luz», nos sitúa en el terreno histórico. La luz para el hombre no es una idea, algo abstracto, sino Alguien, y tan concreto como el Logos o la Palabra encarnada. Testigo de ello fue el Bautista, cuya figura, en este evangelio, no se centra en ser Precursor de Cristo —como hacen los evangelios sinópticos— sino en ser testigo de la luz verdadera, que puede aclarar el misterio humano.

Toda la razón de ser del Bautista está en función de su testimonio. La función iluminadora le compete al Logos por razón de su divinidad. Ahora se nos dice (v. 9) que esto ha ocurrido en el cuadro histórico de la presencia de Cristo. Y al entrar en la realidad humana, el Logos, la Palabra esencial de Dios, coloca al hombre ante una necesaria decisión. Esta Palabra es esencialmente interpelante. Decisión inevitable de aceptación o de repulsa. El evangelista habla primero de la repulsa, equivalente en su terminología a «no conocer», «no recibirlo». Son expresiones sinónimas de no creer en este evangelio de Juan. Con estas expresiones se acentúa la incredulidad judía y de todos aquéllos que se niegan a aceptar esta Palabra.

A continuación se nos habla de la aceptación. Recibirlo significa en este caso la acogida favorable del Revelador divino y de sus palabras. Es sinónimo de la fe. Y la consecuencia de esta aceptación favorable es la afiliación divina, que es presentada como partiendo de la iniciativa de Dios, no como posibilidad o decisión puramente humanas. El texto, originariamente, al excluir esta posibilidad humana lo había hecho al estilo semítico con la expresión «carne y sangre». Este nacimiento no procede ni de la carne ni de la sangre, es decir, de la posibilidad humana. Y una explicación añadida al texto, y que luego resultó no ser explicación sino complicación, introdujo «la sangre» en plural, y «la voluntad carnal», que sería sencillamente la carne, y «la voluntad de varón».

La tercera fase es la encarnación: El Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros y hemos visto su gloria... Es el punto culminante del prólogo. En sí se nos habla:

— De la paradoja increíble que el Logos eterno de Dios —recuérdense las afirmaciones del v. 1— haya entrado en la historia humana. Entrada en la historia humana como sujeto de esta historia; como mentor de la misma había entrado en su primera venida, en la creación, cuando Dios creó por la palabra. Acontecimiento único y casi increíble. Dios mismo entra en la historia como uno más de los que hacemos esta historia. Y al mismo tiempo es el rector o mentor de la historia.

— La afirmación de la encarnación obedece también —dentro de la intención del evangelista— a ofrecer la razón última de esa posibilidad que se le ofrece al hombre de llegar a ser hijo de Dios.

— Esta culminación del prólogo habla elocuentemente del amor infinito de Dios. Esta es la razón por la cual el evangelista afirma que el Verbo se hizo carne, no hombre, aunque en realidad lo que se quiere afirmar es que se hizo hombre. La «carne» indica lo débil, caduco, impotente. Y es que la distancia infinita entre el Logos y la carne, unidos en Cristo, pone de manifiesto el amor infinito de Dios. Distancia infinita salvada por el amor infinito de Dios.

— El evangelista prepara así el terreno para las afirmaciones eucarísticas, que hará posteriormente (cap. 6). El Logos se hizo «carne», es necesario comer «la carne» del Hijo del hombre.

— La afirmación pone de relieve la habitación de Dios entre los hombres, «plantó su tienda», que es la traducción del verbo griego correspondiente y que acostumbramos a traducir por «habitó» Estamos ante la culminación de todos los ensayos de esta habitación de Dios en medio de los hombres. Ensayos que recoge el Antiguo Testamento cuando habla de la tienda, el templo, el tabernáculo...

— Como consecuencia, en Cristo puede verse la gloria de Dios. Una visión muy próxima a la fe. De hecho esta visión de la gloria sólo es asequible a los creyentes… Hemos visto su gloria.

— Para poner más de relieve todo el acontecimiento se contrapone a Jesús, el Verbo hecho carne, con Moisés. Por Moisés vino la Ley, que era considerada como la garantía de la gracia y fidelidad de Dios para con su pueblo. Por Jesús vino la gracia, pero una gracia incalculable, «gracia sobre gracia».

— En oposición a las religiones paganas, que hablaban de «ver» a Dios, afirma Juan que esto es imposible, pero, a través de Jesús, tenemos su revelación. Jesús nos manifiesta a Dios, nos lo da a conocer.

Reflexión Tercera del Santo Evangelio: Jn 1,1-18, La Palabra de Dios se hizo carne. “Tanto amó Dios al mundo”

En la víspera de la octava de Navidad, la palabra de Dios nos invita a contemplar de nuevo el misterio de la humanización de Dios: “El Hijo de Dios se hizo hombre”. Ante Él, más que intentar explicarlo y comprenderlo, lo que hay que hacer es contemplarlo con asombro y adorarlo. “Tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo” (Jn 3,16).

Juan, en el prólogo de su evangelio, nos ha ofrecido una síntesis de la Buena Noticia: Toda la historia de la humanidad, reflejada y concienciada en la historia de Israel, es una historia de salvación, una revelación creciente, una sucesión ininterrumpida de mensajes y gestos liberadores de Dios. Con el envío de su Hijo, Dios hace el regalo supremo de su Palabra definitiva. Él es su “última Palabra”. Con ella, la historia de la salvación llega a su culmen. “En múltiples ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por su Hijo” (Hb 1,1-2). Por eso afirmaba san Juan de la Cruz: “Después de hablarnos por su Hijo, a Dios no le queda más que decir”.

“La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14). Puso su tienda entre nosotros, como un hermano-vecino más, como el hijo del rey que se hace un beduino más. No es una “tienda regia”, aparte. Se ha hecho enteramente solidario, en todo igual a nosotros, “menos en el pecado” (Hb 4,15). No viene de visita, sino para quedarse con nosotros y pronunciar su Palabra de vida.

Con frecuencia me viene al recuerdo la opción heroica de una familia adinerada. Los padres sugieren a su hija que se va a casar que se establezcan en un barrio de chabolas de Madrid en el que realizan tareas de promoción. Para cuando los padres se lo proponen, ya lo habían decidido la hija y el novio. Allí se establecen en la más dura pobreza hasta carecer de agua corriente y de calles asfaltadas, pero padres e hijos se sienten felices de palpar el cambio que rápidamente se va produciendo gracias a su acción.

“Por nosotros bajó del cielo” Ya hemos dicho que el Hijo de Dios no se ha “disfrazado” de hombre; se ha hecho hombre de verdad y para siempre. No resulta difícil creer que sea Dios o que sea hombre; lo que nos resulta difícil es creer que sea al mismo tiempo Dios-hombre... Recitamos en el credo: “Por nosotros los hombres..., se hizo hombre”. Cuando pronunciamos “por nosotros”, no hemos de entenderlo como referido a una humanidad abstracta, que no existe, sino a cada uno, como Pablo dice de su entrega a la muerte (Gá 2,20). Se hizo hombre por “mí”, para hacerse solidario “conmigo”, para hacerse “mi” hermano, “mi” amigo, “mi” compañero de viaje. “Plantó” su tienda entre nosotros, junto a la mía. Más todavía, me ha convertido a mí y a nosotros (Mt 18,20) en tiendas en las que habita: “Si alguno me ama, mi Padre lo amará; vendremos a él y pondremos nuestra morada en él” (Jn 14,23).

Frente a la incomprensible generosidad de Dios Padre-Madre, Hijo y Espíritu, el apóstol nos presenta el reverso del misterio: el rechazo por parte de los “suyos, que no lo recibieron”. Juan escribe su evangelio después de la pasión y muerte de Jesús, cuando la traición de su pueblo se ha consumado. “Vino a su casa, pero los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11). Sólo un puñado de “pobres de Yavé”, el pequeño resto, le escucha (Mt 11,25). También hoy muchos, incluso “cristianos”, ignoran su Palabra. Se “aceptan” dogmas como verdades indispensables, se “cumplen” normas y se “reciben” ritos, pero no se vive pendiente de su Palabra ni en realidad se la vive. De todo ello somos mucho más responsables que los judíos, porque tenemos mayor facilidad de acceso y comprensión.

Escuchar a Jesús, que recorre los caminos de Palestina, no era tan fácil. Hay que aceptar como algo normal que sus contemporáneos se preguntaran: ¿Quién es en realidad este rabí revolucionario de Nazaret? ¿Por qué se empeña en poner todo patas arriba? Las autoridades religiosas lo condenan. ¿No será verdad que actúa movido por Belcebú? Por otra parte, en aquel tiempo no tenían medios para recoger sus palabras; nosotros tenemos todas las facilidades. Sabemos que quien nos habla es el mismísimo Hijo de Dios. ¡Y es tan fácil escucharle! En un librito pequeño podemos llevar al Maestro con nosotros y escucharle en cualquiera de sus discursos cuando queramos. Nos duele que los hijos, nietos o sobrinos no nos escuchen ni aprovechen nuestra ciencia y nuestra experiencia. ¿No es mayor nuestra insensatez si no nos acercamos al mismísimo Hijo de Dios? Juan afirma: “A los que lo recibieron los hizo capaces de ser hijos de Dios” (Jn 1,12); son “su madre y sus hermanos” (Lc 8,21).

“Os ha nacido un Salvador” Dice Juan: “La ley fue dada por Moisés, pero la gracia vino por Jesús” (Jn 1,17).

Reflexión Cuarta del Santo Evangelio: Jn 1,1-18, La Palabra de Dios se hizo carne. “Tanto amó Dios al mundo”

San Lucas dejó a la humanidad dos libros: el Evangelio y los Hechos de los apóstoles. En la introducción del segundo se dice: «Escribí mi primer relato, oh Teófilo, acerca de todo lo que Jesús hizo y enseñó hasta el día en que fue arrebatado a lo alto, después de dar instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que se había elegido» (Hch 1,1s). Designa el Evangelio y los Hechos con el término logos. Lo que liga a ambos libros es la palabra de Dios. Es también lo que enlaza las dos épocas de que tratan los dos escritos: el tiempo de Jesús y el tiempo subsiguiente de la Iglesia. La obra histórica de Lucas quiere presentar la palabra de Dios que fue proferida por medio de Jesús y que sigue actuando en la predicación misionera cristiana. Esta idea está formulada en cierto modo en las siguientes palabras de los Hechos: «Nosotros, pues, os anunciamos que la promesa hecha a los padres, Dios la ha cumplido en favor de los hijos, que somos nosotros, suscitando a Jesús...» (Hch 1 3,32s).

El Evangelio es punto de partida y base para el acontecer que se desarrolla en los Hechos de los apóstoles. En efecto, la palabra que envió Dios es la acción salvadora de Jesucristo en Judea (Hch 10,36s). La historia de Jesucristo es, por tanto, la palabra de Dios. El hecho de Cristo es una palabra que habla en la predicación apostólica. Lucas presentó en los Hechos de los apóstoles el acontecimiento de Cristo como cumplimiento de la palabra profética que había sido dirigida a los padres, y como punto de partida de la predicación misionera. En Jesucristo está ya delineado todo lo que los Hechos refieren sobre la palabra de Dios. El evangelista diseñó una imagen de Cristo que presenta a Jesús como la palabra de Dios. La clave para la inteligencia del Evangelio nos la ofrecen los Hechos de los apóstoles.

Se describe a Jesús como profeta «poderoso en obras y en palabras». Es más que profeta; es el profeta de los últimos tiempos, el Santo de Dios, el Hijo de Dios. Su palabra es, por tanto, revelación final, palabra decisiva, definitiva. La fuerza de lo alto, el Espíritu Santo, es el que sugiere en los últimos tiempos el lenguaje de salvación que abre las bocas y los corazones de todos (Hch 1,8; 2,4). Con este Espíritu fue ungido Cristo desde el principio, este Espíritu recibieron los apóstoles de Cristo elevado a la diestra del Padre. Gracias a él actúan los testigos con gran fuerza y refuerzan la palabra mediante signos y prodigios que el Señor hace que se produzcan por su mano (Hch 4,33s; 14,8s), así como anteriormente Jesús, ungido por el Espíritu, había tenido poder sobre las enfermedades, los demonios, la muerte y el pecado.

La palabra del Señor se propaga por toda la región (Hch 13,49). Crece (Hch 6,7), «crece y se multiplica» (Hch 19,20) y se muestra poderosa. Los Hechos de los apóstoles no quieren exponer otra cosa que el cumplimiento de la promesa del Resucitado: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que sobre vosotros vendrá; y seréis testigos míos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8). El evangelio presenta ya el comienzo de esta expansión, de esta propagación de la palabra de Dios hasta los confines de la tierra. La palabra de Dios vino del cielo a una ciudad de Galilea, a Nazaret, allí comenzó a actuar después del bautismo y llenó toda la región de Palestina. San Lucas no se cansa de repetir cómo la palabra de Dios tiende a propagarse por todas partes. La voz de Jesús pasó de Palestina a las regiones limítrofes de los gentiles; las muchedumbres acuden a Jesús de todas partes.

Lucas presentó a Jesús como caminante. Es un caminante en la historia de la infancia, en su actividad en Galilea, en su gran «viaje», incluso como resucitado (24,13ss). Jesús camina de Galilea a Jerusalén, donde es elevado al cielo, para enviar la virtud del Espíritu Santo, que arma a los apóstoles como a testigos itinerantes.

La palabra anunciada por Dios por medio de Jesucristo, es la palabra de los apóstoles. Los servidores de Dios hablan palabra de Dios (Hch 4, 29). Atestiguan lo que han visto y oído (Hch 1,2.22). El Evangelio habla de estos testigos, refiere cómo fueron ganados y elegidos en Galilea y cómo acompañaron a Jesús hasta que fue elevado al cielo. Las secciones en que se habla de la actividad en Galilea se cierran cada vez con otros tantos llamamientos de discípulos (5,1ss; 5,27ss) y con actividades de los mismos (8,1ss; 9,1ss; 9,49ss). Todos los que han recibido la palabra de Dios se convierten a su vez en apóstoles y heraldos de la palabra. Así, al extenderse la palabra de Dios se multiplica también el número de los discípulos.

Según los Hechos de los apóstoles, la palabra de Dios es palabra de salvación (Hch 13,26) y de vida (Hch 14,3; 20,32). Así es también palabra de «conversión a Dios y de fe en nuestro Señor Jesucristo» (Hch 20, 21) y de perdón de los pecados (Hch 3, 19; 13,38; 26,18). La palabra es llamamiento de Dios, bajo la forma del hecho de Jesús; a este llamamiento se debe responder con fe y conversión. Este llamamiento debe oírlo, percibirlo, creerlo (Hch 4,4) cada uno en particular. Si lo hace, experimentará salvación, consolación, paz. La prehistoria y la cimentación de esta acción de la palabra en la predicación misionera de los Hechos de los apóstoles la ofrece el Evangelio, que nos habla del poder y fuerza salvífica de la palabra de Jesús.

Los cristianos de la primera generación estaban convencidos de que a la resurrección de Jesús no tardaría en seguir su segunda venida y la resurrección general de los muertos (Rom 13,11; lTes 4,15).

Esta esperanza de la próxima venida de Cristo no se realizó. Cuando escribía Lucas su Evangelio y los Hechos de los Apóstoles había ya hecho estragos la persecución de los cristianos por Nerón, los romanos habían tomado Jerusalén, el templo había sido destruido por las llamas, pero la segunda venida de Cristo no había tenido lugar. Los Hechos de los apóstoles dan que pensar: «No os corresponde a vosotros saber los tiempos o momentos que el Padre ha fijado por su propia autoridad» (Hch 1,7). Entre la ascensión de Jesús y su segunda venida se ha de intercalar un período de tiempo más largo de lo que se había creído en un principio, un período que ha de tener sentido en el transcurso de la historia de la salvación. Los cristianos no pueden sencillamente cruzarse de brazos y estarse mirando al cielo: «Hombres de Galilea, ¿qué hacéis ahí parados mirando al cielo? Este mismo Jesús que os ha sido arrebatado al cielo volverá de la misma manera que le habéis visto irse al cielo» (Hch 1,11). Hay que cumplir un gran encargo de Jesús: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que sobre vosotros vendrá, y seréis testigos míos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8). La historia de la salvación desde el principio del mundo hasta la segunda venida de Cristo transcurre, según esta concepción de Lucas, en tres épocas. La primera es el tiempo de la promesa, en el que Dios preparó a su pueblo, mediante la ley y los profetas, para la salvación venidera (16,16). Esta época terminó con Juan el Bautista. La segunda época es el tiempo de la realización, la del cumplimiento, el «año de gracia del Señor» (4,19), el tiempo de Cristo, que se extiende desde el comienzo de su vida en la tierra hasta el momento de su ascensión al cielo. Puede llamarse también la mitad o punto medio de los tiempos. En este período de tiempo se realizó, por lo menos incipientemente, en un pequeño espacio y por breve tiempo, el comprendido entre los emperadores romanos Augusto y Tiberio, lo que se había predicho en el tiempo de la promesa. Se cumplió con creces lo que Dios había realizado por medio de los profetas. Los demonios son vencidos, la enfermedad y la muerte superadas, se anuncia a los pobres la buena nueva, se perdonan los pecados, está presente el amor de Dios. A este punto medio de los tiempos sigue un tiempo para el que Jesús envió fuerzas e incluso el Espíritu Santo. En este tiempo se extiende la palabra de Dios hasta los confines de la tierra. Es el tiempo de la Iglesia, que fue fundada ya en el segundo período, en la mitad de los tiempos, y que ahora se va desarrollando.

Las tres épocas se hallan en relación mutua. La mitad de los tiempos es realización del tiempo de la espera; por eso se prepara y se interpreta mediante la Sagrada Escritura (24,44-47). Lucas cita raras veces la Sagrada Escritura, pero en los pasajes del Evangelio que son exclusivos de él es con frecuencia su exposición un tejido en el que están entrelazados numerosos hilos del Antiguo Testamento. Los acontecimientos del tiempo de Jesús se explican a la luz del Antiguo Testamento. De la palabra de Dios reciben el sentido que Dios mismo les había prefijado, se hace visible el plan de Dios que él realiza con la historia de la salvación. Mientras que el tiempo de la espera mira hacia adelante a la mitad de los tiempos, el tiempo de la Iglesia mira a la misma con una mirada retrospectiva. En este tiempo medio está contenido todo aquello de que vive el tiempo de la Iglesia. El Espíritu Santo, que es la fuerza de la Iglesia. era también la fuerza de Jesús, que con él fue ungido, por él oró, enseñó, obró; movido por él, caminó a través del país. La vida de Jesús es para la Iglesia el arquetipo de la vida. Sus sufrimientos son también los de los discípulos, sus experiencias son también las experiencias de la Iglesia. El Evangelio da la clave de la doctrina y de la vida de la Iglesia. Lucas escribe su Evangelio para que Teófilo pueda procurarse certeza histórica acerca de aquello sobre lo que ha sido instruido (1,4). Lo que Jesús vivió y enseñó, hay que realizarlo día tras día (9, 23).

3. Dios es el que actúa a través de todas las épocas de la historia. Lucas quiere narrar las grandes gestas de Dios en la historia, siendo así historiador y narrador. Jesús tiene que llevar a cabo el plan salvador de Dios. Lucas insiste más que los otros evangelistas en esta necesidad. El Resucitado habla así a los discípulos: «¡Oh, torpes y tardos de corazón para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Cristo padeciera esas cosas para entrar en su gloria?» (24,25s). Jesús obra con la autoridad de Dios. Su obra es manifestación de Dios. Esto fluye del coloquio del Hijo con el Padre, que se lo ha dado todo: poder y doctrina. De esta unión con Dios recibe Jesús sabiduría, decisión en la elección de los discípulos, la gloria de la filiación divina en el bautismo, en la transfiguración y en la resurrección.

Dios quiere mostrarse como el que actúa a través de todas las épocas de la historia de la salvación. Ésta no viene de los hombres, sino de Dios. «En la tierra paz entre los hombres, objeto del amor de Dios» (2,14). Lo que el hombre aporta, y debe aportar, es su pobreza. El programa de la acción salvífica de Jesús está contenido en el pasaje de la Escritura que se leyó en la sinagoga y del que dijo Jesús que se había cumplido cn aquella hora: «El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para anunciar el Evangelio a los pobres; me envió a proclamar libertad a los cautivos y recuperación de la vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar un año de gracia del Señor» (Is 61,1s; 58,6). De aquí viene el que el evangelio de Lucas sea el evangelio de los pobres que viven en pobreza social, de los pecadores, de los adeudados, de las mujeres que están humilladas y no gozan de plena consideración social, de los que lloran. Jesús mismo forma parte de los pobres. Viene de Nazaret, nace en un establo, no tiene dónde reclinar la cabeza... El magnificat de la humilde esclava (1.46-55) es indicación del tiempo de la salud que comienza con Jesús. Dios sale por los humildes, los desvalidos y los pobres. El que está pagado de su propio poder cierra su corazón para con Dios, y Dios se cierra al que se le cierra. A través de todas las épocas de la historia de la salvación exige Dios que sean pequeños los que quieren recibir su salud.

El hombre se hace pequeño con la conversión. El tiempo de salvación es tiempo de misericordia con todos. Ahora bien, el presupuesto para recibir la salvación es la conversión: «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan» (5.32) «Para que se conviertan» es un añadido de Lucas. El hombre se hace cargo de su situación mediante la palabra de Dios; ésta le informa sobre el juicio venidero y le descubre que es pecador. La preparación para la venida de Jesús, es conversión, arrepentimiento y paciencia.

Si Dios es el que obra en el tiempo de la salud, entonces le corresponde la alabanza. Los relatos de los prodigios realizados por Jesús acaban repetidas veces con la alabanza de Dios. Las alabanzas más extensas de Dios por sus obras salvíficas son el benedictus y el magnificat. Pero también el pueblo que se entera del nacimiento de Jesús (2,20), al igual que Isabel (1,41ss), alaba a Dios. A las obras de Jesús se responde con alabanzas de Dios (4,15; 13,13; 18,43). Después de la resurrección del hijo de la viuda de Naím, estalla el pueblo en un canto de alabanza que reza así: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros; Dios ha visitado a su pueblo» (7,16; cf. 1,68). Jesús juzga conveniente que los sanados alaben a Dios (17,15.18). Las obras salvíficas de Dios por medio de Jesús apuntan al reconocimiento de Jesús y en definitiva a la alabanza de Dios. «Cuando el centurión vio lo sucedido, glorificaba a Dios, diciendo: "Realmente, este hombre era un justo"» (23,47). También los Hechos de los apóstoles ponen de relieve la asociación entre obra salvadora de Dios por Cristo, conversión y alabanza: «Si, pues, Dios les otorgó el mismo don que a nosotros cuando creímos en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para poder impedírselo a Dios? Al oír esto, se tranquilizaron y glorificaron a Dios, diciendo: Según esto, Dios ha dado también a los gentiles la conversión que conduce a la vida» (Hch 11,17s). En el templo comienza el Evangelio de Lucas, y en el templo termina. La liturgia de la oblación del incienso es la introducción del gran hecho salvador, el culto sinagogal en Nazaret inaugura la actividad pública de Jesús, las asambleas de la Iglesia naciente se efectúan en el templo de Jerusalén. «Y estaban continuamente en el templo, bendiciendo a Dios» (24,53).

Elevación Espiritual para este día.

Señor Dios mío, hazme digna de conocer el altísimo misterio de tu ardiente caridad, el misterio profundísimo de tu encarnación. Tú te has hecho carne por nosotros. Por esta carne comienza la vida de nuestra eternidad (...). ¡Oh amor que se da entero! Te has alienado a ti mismo, te has anulado a ti mismo para hacerme, has tomado los despojos de siervo vilísimo para darme a mí un manto real y un vestido divino (...).

¡Por esto que entiendo, que comprendo con todo mi ser —que tú has nacido en mí—, seas bendito, Señor! ¡Oh abismo de luz! Toda la luz está en mí, si veo esto, si comprendo esto, si sé esto: que tú has nacido en mí. En verdad entender esto es una cumbre: la cumbre de la alegría ¡(...). ¡Oh Dios increado, hazme digna de profundizar en este abismo de amor, de mantener en mí el ardor de tu caridad ¡Hazme digna de comprender la inefable caridad que tú nos comunicaste cuando, por medio de la encarnación, nos manifestaste a Jesucristo como Hijo tuyo, cuando Jesús te nos reveló a ti como Padre.

¡Oh abismo de amor! El alma que te contempla se eleva admirablemente más allá de la tierra, se eleva más allá de sí misma y navega, pacificada, en el mar de la serenidad.

Reflexión Espiritual para el día.

Al ver más claro que fu vocación es la de ser testigo del amor de Dios al mundo, y al crecer tu determinación de vivir esta vocación, aumentarán los asaltos del enemigo. Oirás voces que te dirán: «No eres digno, no tienes nada que ofrecer, no tienes atractivo, no suscitas ni deseo ni amor». Cuanto más sientas lo llamada de Dios, más descubrirás en tu propia alma lo batalla cósmica entre Dios y Satán. No tengas miedo. Continúa profundizando en la convicción de que el amor de Dios te basta, que estés en manos seguras, y que eres guiado en cada paso de tu camino. No te dejes sorprender por los asaltos del demonio. Aumentarán pero, si los enfrentas sin miedo, descubrirás que son impotentes.

Lo que importa es aferrarse al verdadero, constante e inequívoco amor de Jesús. Cada vez que dudes de este amor, vuelve a tu morada interior y escucha allí la voz del amor. Solamente cuando sabes en tu ser más profundo que eres íntimamente amado, puedes afrontar las oscuras voces del enemigo sin ser seducido por ellas.

El amor de Jesús te dará una visión cada vez más clara de tu vocación, así como de las muchas tentativas de arrancarte de aquella llamada. Cuanto más sientas la llamada a hablar del amor de Dios, más necesidad tendrás de profundizar en el conocimiento de este amor en tu mismo corazón. Cuanto más lejos te lleve el camino exterior, más profundo debe ser tu camino interior. Sólo cuando tus raíces sean profundas, tus frutos podrán ser abundantes, pero tú puedes afrontar sin miedo al enemigo cuando te sabes seguro del amor de Jesús.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia. David subía la cuesta llorando y con los pies desnudos.

David se siente, sin duda, responsable de la indisciplina, la insolencia y la ambición de sus hijos, especialmente de Absalón. De ahí que sufre con una paciencia y una humildad ejemplares las afrentas a que se ve sometido. La estampa de David subiendo la cuesta del Monte de los Olivos, en medio de sollozos, con la cabeza cubierta y los pies desnudos, es realmente impresionante. Atrás queda la ciudad por él heroicamente conquistada; atrás queda la capital de las doce tribus y de los dos reinos, que solamente su talento fue capaz de unificar; atrás queda el palacio real; atrás quedan tantas cosas; atrás queda, sobre todo, Absalón, su hijo querido y cuyas ambiciones conoce bien David.

Las lágrimas de David sobre el Monte de los Olivos evocan las de Jesús cuando, encontrándose en el mismo sitio, tuvo a la ciudad santa frente a sí y sé sintió invadido por la pena y la tristeza, porque preveía su apostasía y su perdición (Le 19, 41-44).

No es menos impresionante la paciencia y la humildad de David ante los insultos y las maldiciones de Semei Maldiciones que reflejan, desde el punto de vista ético, las tensiones existentes entre la tribu de Benjamín y la de Judá y entre los defensores de la dinastía saulita y la davídica. Pero en el fondo lo que se destaca es la fortaleza de ánimo y la profunda religiosidad y humildad de David. Diríase que en este momento el rey de israel concentra en su persona toda la fe del pueblo elegido bien probado por Dios y bien acostumbrado al sufrimiento y a la humillación. +

Enviado el Martes, 30 enero a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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