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Lecturas del día 29-01-2018

LITURGIA DE LA PALABRA

2Sam 15, 13-14. 30; 16, 5-13a: “Quizás el Señor se fije en mi humillación”
Salmo: 3: “Levántate, Señor, sálvame”
Mc 5, 1-20: La piara de cerdos de los gerasenos

Con las lecturas de hoy pasa algo particular: Una acción que para muchos es negativa y va contra los intereses y la dignidad del Rey David, el que se le maldiga, es interpretada por el mismo rey como algo querido por Dios y la deja pasar, la interpreta como voluntad divina; mientras que en el evangelio la acción de Jesús a favor del endemoniado, el haberlo liberado mandando los demonios a la piara de cerdos, es interpretado como un mal por los gerasenos y piden a Jesús que se marche de su territorio. El trasfondo de las dos situaciones tiene como elemento común la dignidad de las personas, en el caso del Antiguo Testamento la situación no se resuelve pero en el caso del Nuevo Testamento la dignidad se restituye.

La acción de Jesús resulta incómoda, fue un bien para alguien pero perjudica los intereses de otros. Se nos ocurre que hay que cerrar las puertas a la salvación que se le da a otro. Preferimos quedarnos como estamos y alejar lo que más se pueda esa presencia que nos incomoda, que nos hace cambiar, que nos propone salvar.

¿No será que tenemos miedo a la luz y a la libertad? ¿Es tan alto el precio que pagamos por la salvación que preferimos quedarnos como estamos?

De todas maneras en el evangelio conocemos una faceta interesante: Quien ha sido tocado por la libertad que trae Jesús está dispuesto a asumir su mismo estilo de vida, el “endemoniado curado” quería irse con Jesús, quien le propone que se quede con los suyos y allí proclame la Buena Nueva del Reino, las maravillas que hace la misericordia de Dios.

PRIMERA LECTURA.
2Samuel 15, 13-14. 30; 16, 5-13a
Huyamos de Absalón. Dejad a Semeí que me maldiga, porque se lo ha mandado el Señor

En aquellos días, uno llevó esta noticia a David: "Los israelitas se han puesto de parte de Absalón." Entonces David dijo a los cortesanos que estaban con él en Jerusalén: "¡Ea, huyamos! Que, si se presenta Absalón, no nos dejará escapar. Salgamos a toda prisa, no sea que él se adelante, nos alcance y precipite la ruina sobre nosotros, y pase a cuchillo la población." David subió la Cuesta de los Olivos; la subió llorando, la cabeza cubierta y los pies descalzos. Y todos sus compañeros llevaban cubierta la cabeza y subían llorando. Al llegar el rey David a Bajurín, salió de allí uno de la familia de Saúl, llamado Semeí, hijo de Guerá, insultándolo según venía. Y empezó a tirar piedras a David y a sus cortesanos -toda la gente y los militares iban a derecha e izquierda del rey-, y le maldecía: "¡Vete, vete, asesino, canalla! El Señor te paga la matanza de la familia de Saúl, cuyo trono has usurpado. El Señor ha entregado el reino a tu hijo Absalón, mientras tú has caído en desgracia, porque eres un asesino."

Abisay, hijo de Seruyá, dijo al rey: "Ese perro muerto, ¿se pone a maldecir a mi señor? ¡Déjame ir allá, y le corto la cabeza!" Pero el rey dijo: "¡No os metáis en mis asuntos, hijos de Seruyá! Déjale que maldiga, que, si el Señor le ha mandado que maldiga a David, ¿quién va a pedirle cuentas?" Luego dijo David a Abisay y a todos sus cortesanos: "Ya veis. Un hijo mío, salido de mis entrañas, intenta matarme, ¡y os extraña ese benjaminita! Dejadlo que me maldiga, porque se lo ha mandado el Señor. Quizás el Señor se fije en mi humillación y me pague con bendiciones estas maldiciones de hoy." David y los suyos siguieron su camino.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 3
R/.Levántate, Señor, sálvame.

Señor, cuántos son mis enemigos, cuántos se levantan contra mí; cuántos dicen de mí: "Ya no lo protege Dios." R.

Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza. Si grito, invocando al Señor, él me escucha desde su monte santo. R.

Puedo acostarme y dormir y despertar: el Señor me sostiene. No temeré al pueblo innumerable que acampa a mi alrededor. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Marcos 5, 1-20
Espíritu inmundo, sal de este hombre

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a la orilla del lago, en la región de los gerasenos. Apenas desembarcó, le salió al encuentro, desde el cementerio, donde vivía en los sepulcros, un hombre poseído de espíritu inmundo; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo; muchas veces lo habían sujetado con cepos y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los cepos, y nadie tenía fuerza para domarlo. Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras. Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él y gritó a voz en cuello: "¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes." Porque Jesús le estaba diciendo: "Espíritu inmundo, sal de este hombre." Jesús le preguntó: "¿Cómo te llamas?" Él respondió: "Me llamo Legión, porque somos muchos." Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca.

Había cerca una gran piara de cerdos hozando en la falda del monte. Los espíritus le rogaron: "Déjanos ir y meternos en los cerdos." Él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al lago y se ahogó en el lago. Los porquerizos echaron a correr y dieron la noticia en el pueblo y en los cortijos. Y la gente fue a ver qué había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Se quedaron espantados. Los que lo habían visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los cerdos. Ellos le rogaban que se marchase de su país.

Mientras se embarcaba, el endemoniado le pidió que lo admitiese en su compañía. Pero no se lo permitió, sino que le dijo: "Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia." El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban.

Palabra del Señor.



Reflexión de la Primera Lectura: 2Sam 15, 13-14. 30; 16, 5-13a. Quizás el Señor se fije en mi humillación

La conjura de Absalón es uno de los dramáticos episodios que forman parte del atormentado declinar del reinado de David. Los vv. 13ss recogen la reacción de David al enterarse de la rebelión de su hijo. Absalón venía preparando con cuidado, desde hacía tiempo, la conjura y había sabido seducir con lisonjas a los israelitas (15,1ss), que se pusieron de su parte más por interés que por afecto (v. 13). David huye: su huida, más que una retirada estratégica, parece resignación, como si quisiera evitar un choque directo con su hijo. El rey parte al exilio, aunque el v. 30 describe más bien una peregrinación penitencial, la humilde aceptación de un castigo divino.

El oscuro episodio de la maldición de Semey (16,5-13a) acentúa la sensación de encontrarnos ante una derrota irreparable, atribuida a la voluntad del Señor. Semey pertenece a la familia de Saúl (v. 5), que, con la amenaza de una secesión del norte, constituía un permanente peligro para David.
La maldición del v. 8 da en el blanco: en cierto modo, David usurpó el reinado de Saúl y teme ahora que Absalón pueda hacer lo mismo. David teme que Dios le haya abandonado, del mismo modo que había abandonado a Saúl (v. 11): por eso rechaza la ayuda del que quiere matar a Semey y acepta la afrenta como una prueba. El rey se siente implicado, si no responsable, en la cadena de los delitos que ensangrientan su casa, desde la violencia cometida por Amnón sobre Tamar al fratricidio de Absalón. Su esperanza es que el sufrimiento de hoy pueda ser ocasión de bien para mañana (v. 12).

Reflexión del Salmo: 3: “Levántate, Señor, sálvame"

Es un salmo de confianza individual. Alguien está rodeado por sus enemigos pero, a pesar de ello, manifiesta una confianza inquebrantable en Dios. Esto se hace patente sobre todo en los versículos 4 al 7, en los que el Señor aparece como escudo protector que le permite al salmista mantener alta la cabeza; Dios responde desde su monte santo (Jerusalén y el templo), permitiendo que el justo se acueste sin temores, que duerma y despierte sin miedo, sin recelar de la multitud que lo cerca y lo oprime. El versículo 8 contiene una súplica, pero hecha desde la confianza o el convencimiento de que el Señor lucha como guerrero victorioso, golpeando en la mejilla a los injustos y rompiéndoles los dientes.

El salmo 3 tiene cuatro partes claramente definidas. En la primera (2-3), la persona le expone a Dios su situación: está rodeada de enemigos. En tres ocasiones expresa admirativamente que sus opresores son muy numerosos. Estos se levantan contra el justo y dudan que Dios vaya a salvarlo, señal de que se encuentra en una situación de peligro.
En la segunda (4-5), la persona que está atravesando esa situación manifiesta su total confianza en Dios. Aunque los opresores se levanten contra ella (corno un ejército), el Señor es presentado corno escudo que protege, la gloria, el que mantiene alta la cabeza del justo y que, desde el templo, responde a sus gritos.

En la tercera parte (6-7), el justo afirma su absoluta tranquilidad ante el enorme conflicto con que se enfrenta. Y el motivo es la confianza que tiene en el Señor. Por eso puede acostarse, dormir y despertarse rodeado por una multitud de opresores.

En la cuarta (8-9), el justo suplica con la confianza de que el Señor Dios se levantará y lo salvará, golpeando a los opresores en la mejilla y quebrándoles los dientes. El salmo termina con una ampliación: todo el pueblo de Dios recibe la salvación y la bendición de Dios, símbolo de la vida. En este salmo podemos encontrar unos cuantos términos tomados del ámbito militar que nos hacen pensar en el ejército: acampar (campamento), escudo, salvar, golpear, romper los dientes, etc. La expresión «rompes los dientes» (8) insinúa que los opresores son tan feroces como leones.

También vale la pena tener en cuenta lo siguiente: los opresores se levantan contra, el justo, acampan a su alrededor y le hacen agachar la cabeza. El, sin embargo, dama al Señor para que se levante y lo salve, confía en que lo defenderá como un escudo, que salvará su gloria y que le hará mantener bien alta la cabeza. Por eso el justo puede acostarse y dormir sereno, y despertarse (levantarse) tranquilo, porque es Dios quien lo sostiene,

El salmo 3 revela un conflicto abierto entre una persona (el justo) y una multitud (los injustos) que está en su contra. El justo le revela al Señor el conflicto entre la justicia y la injusticia. Da la impresión de que el justo está solo contra una multitud de injustos. Esto vuelve el salmo terriblemente dramático y de una extraordinaria confianza. Al repasar el texto, descubrirnos que estas personas son calificadas como «opresores», «los que se levantan contra el justo» y se burlan de él y de su confianza en Dios, como si Dios se mantuviera al margen de la lucha del justo contra la injusticia; se dice que son un «pueblo innumerable que acampa alrededor» del justo, que son «enemigos» y malhechores».

¿Qué es lo que habría pasado exactamente? En el versículo 4 tenemos un dato importante. El justo dice que el Señor es su escudo, su gloria (su honra), el que mantiene alta su cabeza. Se trata, por tanto, de un justo que ha sido calumniado y difamado. Y por eso anda cabizbajo. ¿Por qué ha llegado a esa situación? Sin duda a causa de su compromiso con la justicia. Algo ha hecho que ha importunado a los injustos y estos se vengan: se han levantado contra él, como un ejército en armas, y han acampado a su alrededor con intención de matarlo.

En los versículos 5-7 hay otro detalle significativo. Se menciona aquí el «monte santo», desde el que el Señor responde a los gritos del justo y donde el justo asegura poder acostarse, dormir y despertarse tranquilo, sin temer a la multitud que acampa a su alrededor. En el Antiguo Testamento, el templo de Jerusalén (el «monte santo») funcionaba como lugar de refugio para personas perseguidas. Este es ciertamente el caso del creador del salmo 3.

Lo persiguen y acechan para acabar con su vida, pero él se refugia en e1 templo, logrando escapar del acoso de sus enemigos. En el templo se siente seguro y confiado (a pesar de que los opresores están fuera esperándole). Pasaría la noche a la expectativa: por la mañana, el sacerdote echaría suertes y se le declararía inocente; podría llevar la cabeza bien alta y seguir luchando por la justicia.

Los enemigos opresores, comprometidos con la injusticia, quieren matarlo y, al mismo tiempo, desmoralizar al propio Dios. En su opinión, el Señor no se preocupa por la justicia: «Dios nunca va a salvarlo». Matando al justo que lucha por una sociedad sin injusticias, pretenden desmoralizar o, en cierto modo, «matar» al mismísimo Dios.

Indirectamente, los malhechores dicen que el Señor, el Dios de la justicia, no existe o que, si existe, no socorre al justo que lucha a solas. El justo, por su parte, tiene una confianza de hierro en Dios. En medio de esta lucha desigual, el justo ve y siente a Dios corno un escudo que lo protege, como quien le devuelve la honra (la gloria) al justo y le permite mantener bien alta la cabeza; corno aquel que escucha sus clamores, del mismo modo que escuchó el clamor de los israelitas en tiempos de la esclavitud en Egipto (Éxodo 3,7). Es seguridad para el justo que lucha contra un ejército de injustos, defendiendo su causa, colmándolo de arrojo y valentía, ¿Por qué ve y siente el justo a Dios de esta manera? Porque conoce el pasado del pueblo de Dios y sabe que el Señor es el Dios amigo y aliado, comprometido con la justicia. El Señor es el Dios de la Alianza, que escucha con atención el clamor que sube hasta él, tornando partido a favor de la justicia y en contra de la injusticia. La expresión «Levántate, Señor» (8) recuerda el libro de los Números (10,35). Esto es lo que se le decía a Dios, en tiempos de Moisés, cuando el pueblo levantaba el campamento para ponerse en camino, guiado por el arca de la alianza, rumbo a la conquista de la libertad y de la vida en la tierra prometida. El justo le recuerda cariñosamente a Dios este antiguo compromiso y se muestra confiado. A los injustos se les golpeará en la mejilla y se les romperán los dientes.

En el Nuevo Testamento, Jesús pide constantemente confianza, por ejemplo, en Mc 5,36; 6,50 y en Jn 16,33b. La causa de Jesús fue el Reino. Y, según Mateo, este Reino se va construyendo en la medida en que se implante la justicia.

La confianza expresada en este salmo no es la de quien atraviesa un camino de rosas. Todo lo contrario; se trata de alguien que se encuentra rodeado por una multitud de malhechores injustos que quiere verlo muerto. Es un salmo para cuando necesitamos de este tipo de confianza; cuando luchamos por la justicia y nuestros esfuerzos parecen inútiles; cuando tenemos la impresión de que va a triunfar la opresión; cuando dicen que a Dios poco le importa lo que sucede a nuestro alrededor...

Reflexión primera del Santo Evangelio:Mc 5, 1-20: La piara de cerdos de los gerasenos

El pasaje es una típica historia de exorcismo, enriquecida por numerosos detalles de no siempre fácil explicación que hacen pensar en el relato de un testigo ocular. El episodio está ambientado en el este del lago de Tiberíades, en territorio pagano: eso explica la presencia de la piara de cerdos, animales impuros para Israel. La descripción del endemoniado acentúa el carácter dramático de la situación: el caso se presenta de inmediato como grave, y las condiciones en que se encuentra el hombre, como desesperadas. El grito de los demonios irrumpe con fuerza, anticipado además con respecto a la orden de Jesús que lo provoca; como en Mc 1,24, los demonios reconocen a Jesús; más aún, proclaman su divinidad y le piden que los deje estar, porque temen su poder. La descompuesta reacción del desventurado y la furia de los demonios hacen resaltar, por contraste, la imperturbabilidad de Jesús, que les pregunta el nombre como para obligarles a entregarse a él, y les permite refugiarse en los cerdos porque sabe que no tendrán escapatoria. La imagen de la piara que se precipita en el lago es tal vez simbólica: indica el retorno de los demonios a Satanás, rey de los abismos. La reacción de los presentes, sin embargo, está dominada por el terror: los porquerizos huyen, los paisanos del que había recibido el milagro le ruegan a Jesús que se vaya.

Quizás era demasiado pronto para que la Palabra de Jesús fuera acogida en un territorio extranjero, no preparado para su venida. Es necesaria la mediación del testigo y del apóstol: en sentido contrario al silencio impuesto normalmente en el evangelio de Marcos, aquí el endemoniado curado recibe la orden de anunciar la noticia a los suyos y proclama en la Decápolis la obra de Jesús.

El drama que turba los últimos años de la vida de David se parece, trágicamente, al drama del endemoniado de Gerasa. Violencia, venganza y terror unen a David saliendo de Jerusalén con el infeliz geraseno que vaga entre los sepulcros. Romper grilletes y cadenas (Mc 5,4) no hace más que añadir violencia a la violencia, como cortarle la cabeza a Semey (2 Sm 16,9) no haría más que perpetuar la cadena de las venganzas.

La liberación que el hombre necesita es algo diferente: David la espera a través de la purificación por el sufrimiento; el geraseno la obtiene de la iniciativa gratuita de Jesús. Nadie le ha pedido que cure a este hombre, que no dispone ni siquiera de su propia voz para implorarlo, puesto que quien grita en él es la legión de demonios que quiere alejar a Jesús.

Sorprende la pasividad de los presentes, una pasividad que se transforma, a continuación, en hostilidad abierta respecto a Jesús, un extranjero venido a desbaratar una condición habitual y tranquila: los enfermos están excluidos del consorcio civil y rechazados a un lugar de muerte, los animales impuros son criados y guardados con cuidado. Arrojar la impureza a los abismos y restituir a la sociedad a quien había sido expulsado de ella es un gesto revolucionario, un gesto que rompe los esquemas mentales y da miedo. Es difícil convivir con la libertad: es mejor pedirle a Jesús que se vaya a otra parte (Mc 5,17).

Reflexión segunda del Santo Evangelio Mc 5, 1-20. Curación del loco furioso de Gerasa.

Salvador de todos. El relato de la curación del poseso geraseno es uno de los más sorprendentes de los evangelios. Los exegetas están de acuerdo en admitir un fondo histórico. Es un relato popular, legendario, del que las primeras comunidades cristianas se sirvieron para poner de relieve el poder liberador del “kerygma” de Jesús. Es inútil pretender deslindar lo que hay de histórico de lo que hay de legendario en el relato. Se trata de un epiléptico y, además, pagano, el colmo de la marginación. Era un ser incontrolable; por eso vivía en el campo, “entre sepulcros”.

Marcos quiere potenciar el impulso misionero de la comunidad para la que escribe recurriendo a las actitudes de apertura de Jesús a los paganos que presenta el relato. El encuentro de Cristo con el geraseno constituye su primer encuentro con el “mundo pagano”. De entrada, las fuerzas del mal paran a Jesús: “¿Qué hay entre tú y yo? ¿Por qué has de venir al territorio que no te pertenece?”. Los “demonios” son presentados en aquella zona pagana como si estuvieran en su casa; son muchísimos: “legión”. Empujan al enfermo a refugiarse entre los sepulcros, lugares “impuros” para los judíos. Pero Jesús ha sido enviado a liberar a todos los hombres y a todo el hombre.

La comunidad a la que se dirige Marcos está profundamente interesada en abrir de par en par las puertas de la Iglesia y hacer que todos participen del anuncio de la Palabra y de los efectos liberadores; que los paganos no sólo sean liberados y misionados, sino que se conviertan también en misioneros y liberadores. Es verdad que Jesús no admite al ex-endemoniado como discípulo, pero esto no significa que el Reino sea monopolio de los judíos; no es necesario que entre a formar parte del “grupo” para convertirse en un anunciador de la Palabra. Por eso le dice: “Vete a casa y anuncia todo lo que el Señor ha hecho por ti”. El evangelista señala la prontitud en obedecer al “envío”.

El Señor ha venido a expulsar también los demonios de los paganos y de su territorio, aunque sean “legión”; por eso los demonios piden, al menos, poder alojarse en los cerdos, animales impuros para los judíos; y los cerdos “endemoniados” precipitan consigo a los demonios a los infiernos, representados por el mar, morada de los monstruos malignos. Jesús es “el más fuerte” que ha venido a maniatar a Satán y su “legión”, y convertirse en el “Señor” que establece un Reino de libertad para sus “hermanos”. Esta actitud de Jesús es una consigna para su Iglesia, enviada a continuar su Causa (Mc 16,15-18).

En su sano juicio. El evangelista presenta al “endemoniado” como la encarnación de la degradación total, “maldito de Dios” (tiene una “legión” de demonios) y excluido de la convivencia humana. La Iglesia, a través de este relato evangélico, proclama la omnipotencia de Jesús para rehabilitar al ser humano. No importa que se encuentre en el supremo estado de miseria del hijo pródigo. El poder liberador de Jesús no tiene límites, ni durante su vida terrena, ni ahora, cuando, ya resucitado, actúa por medio del Espíritu. De esto deja constancia Pablo: “Eso erais algunos antes (ladrones, mujeriegos, pendencieros, borrachos...), pero habéis sido rehabilitados por la acción de Jesucristo y el Espíritu de nuestro Dios” (1 Co 6,9-11).

Marcos, al escribir su evangelio, quiere señalar todas las “resurrecciones” psicológicas de las que da testimonio la comunidad (Mc 16,20). He aquí el testimonio de un “resucitado” por Jesús: “Me has pedido que te explicase cómo y cuándo encontré al Dios del amor. He vivido durante años como un impío y he hecho muchísimo mal. Me sentía incapaz de amar. Todos me eran indiferentes. Sólo sentía emoción por la música. Me había convertido en una máquina de sensaciones egoístas, sin ocuparme de nada más. Era un muerto viviente. Mientras que ahora tengo la experiencia de haber comenzado a vivir por vez primera. He encontrado la paz y el sentido de mi vida”.

Si el Liberador ha sido capaz de romper cadenas tan gruesas de adicciones tan fuertes, ¿cómo no va a liberarnos de las frágiles cadenas de las debilidades cotidianas si ha resucitado muertos? ¿Cómo no va a curar enfermos de patologías comunes como las nuestras?

Empezó a proclamarlo. Como todos los rehabilitados, también el geraseno, se convierte en misionero: “Empezó a proclamar”. Quien ha sido liberado por Jesús siente la necesidad de gritarlo y convertirse, a su vez, en liberador. Éste es un síntoma de verdadera conversión. El testimonio debió tener una buena acogida, porque “todos se admiraban”. Pero el evangelista da a entender que ni Jesús ni sus discípulos tuvieron fácil la misión entre los paganos, porque los habitantes de la región demuestran un doble sentimiento: por una parte, Jesús es para ellos un ser superior, pero, por otra, es una ruina, Intuyen que el mensaje, por muy liberador que sea, les obligará a trastornar sus modos rutinarios de vida. Por eso, “suplicaron a Jesús que se fuera de aquella región”. Probablemente esto era un eco de las desilusiones de los primeros predicadores en tierra pagana. No siempre el hombre alienado quiere ser liberado de su alienación. Por eso, el Evangelio no puede ser impuesto a nadie, por muy liberador que se presente. El “loco furioso” da testimonio de su experiencia de liberación. Ser cristiano es haber vivido la experiencia de liberación y proclamarla a los cuatro vientos. Marcos insiste en presentar a Jesús como “liberador”, no como “legislador”.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Mc 5, 1-20. La piara de cerdos de los gerasenos

Nos dice San Marcos en el Evangelio de la Misa que llegó Jesús a la región de los gerásenos, una tierra de gentiles, al otro lado del lago de Genesaret. Allí, nada más dejar la barca, le salió al encuentro un endemoniado que, postrado ante El, gritaba: ¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, hijo de Dios Altísimo? Te pido por Dios que no me atormentes. Porque Jesús le estaba diciendo: Espíritu inmundo, sal de este hombre. Jesús le preguntó por su nombre, y él respondió: Me llamo Legión, porque somos muchos. Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella región. Cerca del lugar donde ellos se encontraban pacía una piara de cerdos.

La aparición del Mesías lleva consigo la derrota reino de Satanás, que por eso muestra su resistencia de modo tan acentuado en numerosos pasajes del Evangelio. Como en los demás milagros, cuando Jesús expulsa a los demonios pone de relieve su poder redentor. El Señor se presenta siempre en la vida de los hombres librándolos de los males que les oprimen: Pasó haciendo el bien y sanando a todos los que habían caído bajo el poder del diablo, dirá San Pedro en el discurso ante Cornelio y su familia, resumiendo esta y otras muchas expulsiones de demonios que hizo el Señor.

Aquí los demonios hablan por boca de este hombre y se quejan de que Jesús haya venido a destruir su reino en la tierra. Y le piden quedarse en aquel lugar. Por eso quieren entrar en los cerdos. Era también, quizá, una manera de perjudicar y de vengarse de aquellas gentes, y de alborotarlas contra Jesús. El Señor accede, con todo, a la petición de los demonios. Entonces, la piara corrió con ímpetu por la pendiente hacia el mar y pereció en el agua. Los porqueros huyeron y dieron la noticia en la ciudad y en el campo. Y la gente fue a ver lo que había pasado.

San Marcos nos indica expresamente que eran alrededor de dos mil los cerdos que se ahogaron. Debió de significar una gran pérdida para aquellos gentiles. Quizá sea el rescate pedido a este pueblo por librar a uno de los suyos del poder del demonio: han perdido unos cerdos, pero han recuperado a un hombre. Y este endemoniado, este hombre «rebelde y dividido, con dominio miserable de una multitud de espíritus impuros, ¿no ofrece por ventura algún parecido con un tipo humano que no es ajeno a nuestro tiempo? En todo caso, el alto costo pagado por la liberación de aquel hombre, la hecatombe de la piara de los dos mil cerdos ahogados en las aguas del mar de Galilea, tal vez sea el índice del elevado precio que tiene el rescate del hombre pagano contemporáneo. Un costo valorable también en riquezas que se pierden; un rescate cuyo precio es la pobreza del que generosamente intenta redimirle, La pobreza real de los cristianos quizá sea el valor que Dios haya fijado por el rescate del hombre de hoy. Y vale la pena pagarlo; un solo hombre vale mucho más que dos mil cerdos», vale más que todo el mundo creado con sus riquezas y sus maravillas.

Sin embargo, sobre estas gentes pesa más el daño temporal que la liberación del endemoniado. En el cambio de un hombre por unos cerdos se inclinan por estos, por los cerdos. Ellos, al ver lo que había pasado, rogaron a Jesús que se marchara de su país. Cosa que el Señor hizo enseguida.

La presencia de Jesús en nuestras vidas puede significar, alguna vez, perder la ocasión de un buen negocio, porque no era del todo limpio, o por no poder competir con los mismos medios ilícitos que nuestros colegas..., o, sencillamente, porque quiere que ganemos su corazón con nuestra pobreza. Y siempre nos pedirá el Señor, para permanecer junto a Él, un desprendimiento efectivo de los bienes, una pobreza cristiana real, que señale con claridad la primacía de lo espiritual sobre lo material, y del fin último —la salvación, la nuestra y la del prójimo— sobre los fines temporales del bienestar humano.

Le pidieron a Jesús que se alejase de su región. No incurramos nosotros jamás en la aberración de decir a Jesús que se aleje de nuestra vida, porque por manifestarnos como cristianos perdamos en alguna circunstancia un cargo público, un puesto de trabajo, o debamos sufrir un perjuicio material de cualquier clase. Al contrario, hemos de decirle muchas veces al Señor, con las palabras que el sacerdote pronuncia en secreto antes de la Comunión en la Santa Misa: haz que cumpla siempre tus mandatos y no permitas que me separe nunca de Ti. Es preferible estar con Cristo sin nada, que estar sin Él y tener todos los tesoros del mundo juntos. «Bien sabe la Iglesia que solo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano, el cual nunca se sacia plenamente con solo los elementos humanos».

Todas las cosas de la tierra son medios para acercarnos a Dios. Si no sirven para eso, no sirven ya para nada. Más vale Jesús que cualquier negocio, más que la vida misma. «Si destierras de ti a Jesús y lo pierdes, ¿a dónde irás?, ¿a quién buscarás por amigo? Sin amigo no puedes vivir mucho; y si no fuere Jesús tu especialísimo amigo, estarás triste y desconsolado». Perderás mucho en esta vida, y todo en la otra.

Los primeros cristianos, y muchos hombres y mujeres a lo largo de los siglos, han preferido el martirio antes que perder a Cristo. «Durante las persecuciones de los primeros siglos, las penas habituales eran la muerte, la deportación y el exilio.

“Hoy, a la prisión, a los campos de concentración o de trabajos forzados, a la expulsión de la propia patria, se han unido otras penas menos llamativas pero más sutiles: no es ya una muerte sangrienta, sino una especie de muerte civil; no solo la segregación en una prisión o en un campo, sino la restricción permanente de la libertad personal o la discriminación social”. ¿Seremos nosotros capaces de perder, si fuera necesario, la honra o la fortuna, a cambio de permanecer con Dios?.

Seguir a Jesús no es compatible con todo. Hay que elegir, y renunciar a todo lo que sea un impedimento para estar con Él. Para eso, debemos tener muy enraizada en el alma una clara disposición de horror al pecado, pidiendo al Señor y a su Madre que aparten de nosotros todo lo que nos separe de Él: «Madre, líbranos a tus hijos —a cada una, a cada uno— de toda mancha, de todo lo que nos aparte de Dios, aunque tengamos que sufrir, aunque nos cueste la vida». ¿Para qué queremos el mundo entero si perdiéramos a Jesús?.

«Y que entre los moradores de aquella región había gentes necias —comenta San Juan Crisóstomo— bien claro se ve por el desenlace de todo este episodio.

Porque cuando debían haberse postrado en adoración y admirar su poder, le mandaron recado suplicándole que se marchara de sus términos». Jesús fue a visitarles y no supieron comprender quién estaba allí, a pesar de los prodigios que había hecho. Esta fue la mayor necedad de estas gentes: no reconocer a Jesús.

El Señor pasa cerca de nuestra vida todos los días. Si tenemos el corazón apegado a las cosas materiales no le reconoceremos; y hay muchas formas, algunas muy sutiles, de decirle que se vaya de nuestros dominios, de nuestra vida, ya que nadie puede servir a dos señores, porque o tendrá aversión al uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas.

Conocemos por propia experiencia el peligro que corremos de servir a los bienes terrenos, en sus múltiples manifestaciones de deseo desordenado de mayores bienes, aburguesamiento, comodidad, lujo, caprichos, gastos innecesarios, etc.; y vemos también lo que ocurre a nuestro alrededor: “Muchos hombres parecen guiarse por la economía, de tal manera que casi toda su vida personal y social está como teñida de cierto espíritu materialista”. Piensan que su felicidad está en los bienes materiales y se llenan de ansiedad por conseguirlos.

Nosotros debemos estar desprendidos de todo cuanto tenemos. De este modo, sabremos utilizar todos los bienes de la tierra según lo dispuesto por Dios, y tendremos el corazón en Él y en los bienes que nunca se agotan. El desasimiento hace de la vida un sabroso camino de austeridad y eficacia. El cristiano ha de examinar con frecuencia si se mantiene vigilante para no caer en la comodidad, o en un aburguesamiento que no se compagina de ninguna forma con ser discípulo de Cristo; si procura no crearse necesidades superfluas; si las cosas de la tierra le acercan o le separan de Dios. Siempre podemos y debemos ser parcos en las necesidades personales, frenando los gastos superfluos, no cediendo a los caprichos, venciendo la tendencia a crearse falsas necesidades, siendo generosos en la limosna.

También podemos considerar hoy en nuestra oración si estamos dispuestos a tirar lejos de nosotros lo que nos estorbe para acercarnos a Cristo, como hizo Bartimeo, aquel ciego que pedía limosna en las afueras de Jericó.

El Señor vale infinitamente más que todos los bienes creados. No ocurrirá en nuestra vida como en la de aquellos gerasenos: toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verle, le rogaron que se alejara de su región. Nosotros, por el contrario, digámosle, con las palabras de la oración de San Buenaventura para después de la Comunión: que Tú seas siempre mi herencia, mi posesión, mi tesoro, en el cual esté siempre fija y firme e inconmoviblemente arraigada mi alma y mi corazón. Señor, ¿a dónde iría yo sin Ti?

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Mc 5, 1-20. La piara de cerdos de los gerasenos

El endemoniado de Gerasa (5, 1-20) Merece una atención particular por varios motivos.

No puede negarse que en esta narración se mezclan rasgos populares, pintorescos y no carentes de cierto humorismo; por ejemplo, ese detalle de los demonios que piden permiso para entrar en los puercos y precipitarse luego en el mar. Por otra parte, el análisis crítico no tendría muchas dificultades en encontrar en el relato varias incoherencias, repeticiones, lagunas, que dejan traslucir ciertas adaptaciones y algunos manejos redaccionales. Pero no es esto lo que aquí nos interesa. Si lo leemos con ojos penetrantes y con el deseo de descubrir allí un mensaje (y es ésta sin duda la intención del evangelista), entonces el relato nos revela ciertos detalles sorprendentes y ricas intuiciones teológicas.

Jesús llega a la región de los gerasenos, o sea, a un territorio pagano: la presencia del Reino no se limita a los confines de Israel. Vive por allí, lejos de los poblados, entre los sepulcros, un hombre poseído por el espíritu maligno. La sociedad, como siempre, lo ha marginado. Es la forma más rápida de resolver los problemas: se encierra al enfermo en su enfermedad y se le deja inmóvil en su situación, para que no moleste. Pero la vocación de Jesús es la de acercarse a los que ha apartado la sociedad. El desarrollo del relato mostrará -y no es ésta ciertamente la enseñanza menos importante- que son éstos precisamente los que le están esperando, abiertos a la curación y al perdón.

El endemoniado hace gestos insensatos y descompuestos: "andaba siempre, día y noche, entre los sepulcros y por los montes, gritando e hiriéndose con piedras" (5, 5). Es un pobre hombre desquiciado, privado de sus facultades mentales, que no es dueño de sí mismo y se ha convertido en su propio enemigo. Quizás sea éste el mal que ha venido Cristo a combatir, ese mal misterioso que hoy llamamos "alienación" (J/ALIENACION) que divide al hombre en lo más profundo de sí mismo y lo empuja contra sí mismo. Jesús no ha venido solamente a reparar una injuria cometida contra Dios. A no ser que por injuria contra Dios se entienda esa alienación que nos aparta de su amor y de nosotros mismos.El relato indica que el encuentro con Jesús (esto es, la llegada del Reino de Dios) no es únicamente una curación, sino una verdadera liberación, un encontrarse a sí mismo, una reconquista de la propia autenticidad. La gente que acude contempla sorprendida que el endemoniado estaba ahora "sentado, vestido y en su sano juicio". De un ser dividido e insociable Jesús ha hecho un hombre dueño de sí mismo, lo ha convertido en un hermano.

Los gerasenos se admiran de lo ocurrido, pero cuando se enteran de lo que ha pasado con los cerdos, que se habían precipitado en el lago le invitan a Jesús que se aleje de su territorio. Se asombran de la trasformación conseguida por Jesús y quizás incluso lo aprecian, pero creen que es demasiado el precio que han tenido que pagar por ello. La liberación de un hombre vale menos que una piara de puercos. Optan por la solución menos costosa (obligados por el bien común, ¡naturalmente!), mientras que para Jesús conducir a un hombre a su dimensión humana parece tener un valor mucho más alto que cualquier otra consideración.

El relato nos ofrece un último detalle, "mientras subía Jesús a la barca, el hombre que había tenido el espíritu malo le pidió que lo dejara ir con él" (5, 18). Pero Jesús no se lo permitió; ¿por qué? Quizás porque la hora de los paganos no había llegado todavía. O quizás también para que quedase claro que Cristo -expulsado por los hombres (que hablan muchas veces de liberación, pero que la rechazan apenas se dan cuenta de que tiene un precio que pagar)- deja, a pesar de todo, junto a ellos un testigo: "Vete a tu casa, con los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido compasión de ti" (5, 19).

Elevación Espiritual para este día.

Si estás tú, Señor, que irrumpan también nuestros adversarios: más que irrumpir sobre nosotros, serán derrotados por ellos mismos. Que acudan de todas partes, serán dispersados igualmente. Perderán toda la fuerza ante la majestad de Dios, como la cera al primer contacto con el fuego. ¿Y habré de temer a quien está destinado a una derrota semejante? Aunque camine en medio de las tinieblas más oscuras, no temeré mal alguno, siempre que tú, Señor, Dios mío, estés conmigo. A una simple orden del Salvador, toda una legión diabólica tuvo que abandonar el cuerpo de un hombre que durante mucho tiempo había estado infestado, y no se atrevieron a hacer mal ni siquiera a una piara de cerdos, antes de que Él lo permitiera.

Con cuánta mayor facilidad caerán a escuadras (los espíritus malignos) allí donde se encuentren, frente a la majestad de Cristo. Así pues, intrépido y libre de cualquier temor, alegrándote en la alabanza (de Dios), podrás ver todo esto con tus ojos.

Reflexión Espiritual para el día.

Afirma Dostoievski que basta con el sufrimiento ineluctable de un niño para hacer saltar todos los silogismos. Como decir: o se cree o no se cree. Así con la existencia del Mal. ¿Acaso no es necesaria la misma humildad para hacer frente a un problema tan desconcertante? Decías: tu designio no va adelante, los cálculos no salen. Tú entendías todo de manera diferente, querías precisamente lo contrario, sin embargo... ¡La infidelidad no querida, la traición consumada por el más querido de tus amigos, y la inocencia que sucumbe! Por no hablar de desventuras mayores, como el furor de la destrucción y de la muerte, la ferocidad que se desencadena a oleadas sobre la humanidad, y la invención de las torturas más refinadas para destruir a un hombre, para aniquilarlo sádicamente y ponerse, a continuación, a reír. Así ocurre tanto en lo grande como en lo pequeño.

Satanás: el contradictor, el adversario, el insidioso. Ahora vagabundo y viajante perpetuo. Diablo, es decir, el disgregador, el calumniador, e acusador. Hipóstasis del odio que divide y que separa. Satanás: muchedumbre, masa, el innúmero, el indeterminado. Cuántos nombres, cuántas tareas, cuántas mansiones. Y para cada mansión, una máscara nueva; un nuevo estilo y nuevos trucos.

Ahora bien, es posible que la forma y el espacio más secretos e insidiosos estén dentro, dentro de esta conciencia nuestra. Dentro de los «dobles pensamientos» que a todos nos asaltan. Este hacernos nosotros mismos pábulo de mal, aunque no lo queramos. Y más aún el oscuro goce del mal ajeno, también instintivo; o mejor: precisamente por ser instintivo, esto es, no deseado, signo de una presencia malvada. Un ser que no se da nunca por vencido y no perdona a nadie. ¿Y qué decir del pobre endemoniado de Gerasa que andaba entre los sepulcros dando alaridos bajo el dominio de todo un infierno? Y más tarde, liberado por fin, invaden los demonios toda una piara de cerdos que se lanzan enloquecidos al mar como para apagar el terrible fuego que los devora. Y es sabido que ni siquiera el mar basta para apagar semejante llama.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Santa Iglesia..David subía la cuesta llorando y con los pies desnudos.

David se siente, sin duda, responsable de la indisciplina, la insolencia y la ambición de sus hijos, especialmente de Absalón. De ahí que sufre con una paciencia y una humildad ejemplares las afrentas a que se ve sometido. La estampa de David subiendo la cuesta del Monte de los Olivos, en medio de sollozos, con la cabeza cubierta y los pies desnudos, es realmente impresionante. Atrás queda la ciudad por él heroicamente conquistada; atrás queda la capital de las doce tribus y de los dos reinos, que solamente su talento fue capaz de unificar; atrás queda el palacio real; atrás quedan tantas cosas; atrás queda, sobre todo, Absalón, su hijo querido y cuyas ambiciones conoce bien David.

Las lágrimas de David sobre el Monte de los Olivos evocan las de Jesús cuando, encontrándose en el mismo sitio, tuvo a la ciudad santa frente a sí y sé sintió invadido por la pena y la tristeza, porque preveía su apostasía y su perdición (Le 19, 41-44).

No es menos impresionante la paciencia y la humildad de David ante los insultos y las maldiciones de Semei Maldiciones que reflejan, desde el punto de vista ético, las tensiones existentes entre la tribu de Benjamín y la de Judá y entre los defensores de la dinastía saulita y la davídica. Pero en el fondo lo que se destaca es la fortaleza de ánimo y la profunda religiosidad y humildad de David. Diríase que en este momento el rey de israel concentra en su persona toda la fe del pueblo elegido bien probado por Dios y bien acostumbrado al sufrimiento y a la humillación.+

Enviado el Lunes, 29 enero a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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