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Nuestro Blog: La Mística

En Reflexiones Católicas estrenamos nuevo blog dedicado a La Mística y Los Místicos, donde encontrarás artículos, biografías, vídeos...
 
 
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Lecturas del día 28-01-2018

LITURGIA DE LA PALAGRA.

Dt 18, 15-20: “Pondré mis palabras en su boca”
Sal 94: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: "No endurezcáis vuestro corazón."
1Cor 7, 32-35: “Consagrados en cuerpo y Espíritu”
Mc 1, 21-28: Enseñaba con autoridad

La palabra Deuteronomio viene de Deuteros = segundo, y Nomos = ley. Es la segunda versión de la legislación mosaica. El Deuteronomio fue elaborado a partir de pequeños fragmentos que fueron compilados por el autor o los autores a lo largo de más de seiscientos años. El material que conocemos tuvo un origen muy diverso. Una parte pertenece a la gran tradición oral que la confederación de tribus empleó para regular la aplicación de la justicia al interior de la comunidad y entre las tribus durante el tiempo de los Jueces. Otra parte proviene de las tradiciones del reino del norte, elaborada por grupos que se oponían a la monarquía y proponían legislaciones alternativas para tratar de cambiar el despótico gobierno instalado en Samaría. Otra parte, es elaboración de tradiciones orales del reino del sur, vigentes en tiempos del rey Josías. Esta diversidad fue re-elaborada después del destierro por los sacerdotes y los sabios, hasta alcanzar al forma que hoy conocemos.

Este documento tuvo varias ediciones en las que fue sucesivamente ampliado. Insiste en la necesidad de vivir unas relaciones interhumanas justas. La ley no es, en este documento, un fárrago de decretos aislados. Cada precepto está en función de defender la vida y la dignidad de cada persona en la comunidad. La ley expresa la vida íntima de la comunidad, la necesidad de que cada persona tenga lo mínimo para sobrevivir y nadie viva en una situación oprobiosa y miserable. De este modo, la ley deja de ser una ominosa obligación y pasa a ser un «don» que otorga Dios a todo el pueblo. Este don o alianza se fundamenta en el derecho de cada familia a poseer lo mínimo necesario, esto es, un pedazo de tierra donde pueda cultivar y donde pueda vivir sin ser una carga para los demás: "Como Yavé ha hecho don de este país su pueblo, nadie puede apropiarse de la tierra (Dt 15, 4)".

Para este autor la alianza, la ley o «don» debe ser interiorizada. La convivencia en el país que Dios ha dado al Pueblo peregrino exige un cambio de mentalidad que se traduce en una organización social donde el derecho divino prevalece sobre todas las instituciones. Lo central de este derecho es la justicia interhumana entendida como fundamento de la convivencia social. “El rey debe ser hermano y recortar ventajas e intereses personales. Este abrirse generosamente a los otros es lo que demuestra la pertenencia a Yavé y lo que permite la pertenencia a este pueblo".

En esta misma línea, se ubica la promesa acerca del profeta venidero. Este profeta se compara con Moisés, por cuanto es portador de la palabra de Dios. No viene a recordar al pueblo una u otra cosa. Viene para indicar cuál es el rumbo que el pueblo debe seguir. El profeta se preocupará por mantener vivo el Espíritu de la ley, tema en el que insiste el Deuteronomio. De modo que no se convierta en una mera formalidad, sino que exprese las necesidades vitales de la comunidad y de cada ser humano.

El Deuteronomio da inicio a una tendencia que Jesús llevará adelante. Para Jesús, y en general para todos los profetas, lo fundamental de la ley es preservar la dignidad, la intimidad y el valor de cada ser humano, el derecho a vivir en una comunidad donde sea valorado por lo que es y no por lo que tiene. De este modo, la legislación deja de ser un precepto que rige alguna cosa en particular, y se convierte en expresión de las necesidades vitales del ser humano. A esto llama la Biblia “llevar la ley en el corazón”.

Esta nueva manera de ver la ley es la que aplica Pablo en la carta a los corintios. Él aconseja, sugiere, opina, exhorta y amonesta teniendo en cuenta la situación de la comunidad, en el marco social, y la situación de la persona, en el marco de la comunidad. No impone criterios rígidos que agobien la conciencia de las personas, sino que busca que cada persona esté a gusto con su situación.

La comunidad, preocupada por opiniones adversas al matrimonio, le pregunta al apóstol Pablo: ¿Sería preferible no casarse? Para Pablo lo importante es que cada persona de la comunidad cristiana se sienta a gusto y motivada para servir. Por eso su mensaje no orienta a los que están casados, sino que se preocupa por los judíos y por los esclavos. Los judíos para que no renieguen de su cultura y tradiciones, pero para que tampoco se la impongan a los demás. A los esclavos los anima a no desanimarse por su condición y a buscar una oportunidad para liberarse. De este modo, ninguno se puede sentir ni inferior ni superior a los otros. Todos son iguales porque al interior de la comunidad se respeta la diferencia. Este es el principio de igualdad.

En todos los casos, situaciones, estados civiles, posiciones sociales... Pablo insiste en la urgencia de buscarse un camino para vivir la libertad que nos dejó Cristo y, siendo libres, preparar la irrupción del Reino. El Señor vuelve cuando la comunidad, libre ya de trabas sociales, culturales o ideológicas, da testimonio de un modo de vivir alternativo y liberador.

Esta capacidad, para discernir cada situación en particular, fue una de las cosas que más admiró la multitud en Jesús. Mientras otros maestros y líderes respondían con exhaustivas explicaciones y citando códigos, preceptos y doctrinas, Jesús respondía con la verdad simple y llana.

Jesús estaba interesado en la situación particular de cada ser humano: en sus sufrimientos, en las ideas que lo atormentaban, en aquellas cosas que le impedían ser libre y espontáneo. Este interés no obedecía a un interés político encubierto, sino a una genuina valoración de cada persona que encontraba en el camino. Muchos movimientos y grupos muestran interés por los individuos mientras estos sirven a sus intereses proselitistas, mientras son sus adeptos, luego, si disienten, los ignoran o los marginan. Jesús se manifestó abiertamente contra este modo de actuar y lo declaró abiertamente: el sábado, o sea la ley, las costumbres, todo lo prescrito, está al servicio de cada ser humano y no al contrario.

Precisamente, su lucha contra los demonios fue una lucha contra las ideologías instaladas en las sinagogas que buscaban un mesías glorioso, un militar implacable, un reformador religioso. Jesús nunca se identificó con estos propósitos. Por esta razón, conmina a los “espíritus inmundos” o ideologías opresoras a guardar silencio y a no tratar de seducirlo con falsas aclamaciones y reconocimientos.

El pueblo sencillo reconocía esta lucha contra el formalismo de la ley la ideología que la sustentaba. La propuesta de Jesús los liberaba de la pesada carga moral, económica y cultural que suponía cumplir los más de seis mil preceptos que estaban vigentes para regular todos los aspectos de la vida personal y comunitaria. Mucha gente se preguntaba: ¿no será este hombre el nuevo legislador? ¿No será el hombre prometido como reemplazo del profeta Moisés? ¿No será la propuesta de Jesús, el Reinado de Dios, la “nueva ley?” ¿Por qué sus acciones liberadoras y su lucha contra el mal es tan eficaz?

Hoy debemos preguntarnos: ¿hemos seguido la propuesta de Jesús de que cada ser humano tenga un valor infinito? ¿Creemos que nuestra tarea, como anunciadores de la buena nueva, es ayudar a todos los seres humanos a liberarse de las trabas que nos les permiten crecer con libertad y espontaneidad? ¿Tiene carácter normativo la Buena Nueva de Jesús, o la tomamos a la ligera como las noticias de cada día?

PRIMERA LECTURA.
Deuteronomio 18, 15-20.
Suscitaré un profeta y pondré mis palabras en su boca.

Moisés habló al pueblo, diciendo: "Un profeta, de entre los tuyos, de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor, tu Dios. A él lo escucharéis. Es lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea: "No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio; no quiero morir." El Señor me respondió: "Tienen razón; suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, ese profeta morirá."

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 94
R/. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: "No endurezcáis vuestro corazón."

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos. R.

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. R.

Ojalá escuchéis hoy su voz: "No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras." R.

SEGUNDA LECTURA.
1Corintios 7, 32-35
La soltera se preocupa de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos.

Hermanos: Quiero que os ahorréis preocupaciones: el soltero se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido. Lo mismo, la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido. Os digo todo esto para vuestro bien, no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones.

Palabra de Dios.

SANTO EVANGELIO.
Marcos 1, 21-28.
Enseñaba con autoridad.

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios." Jesús le increpó: "Cállate y sal de él." El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: "¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen." Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Palabra del Señor.


Reflexión de La Primera lectura: Dt. 18, 15-20.“Pondré mis palabras en su boca”

-
Envió el Señor a Natán donde David.

Se trata del mismo profeta que había anunciado a David las maravillosas promesas divinas. Se atreve ahora a ir donde el rey para un mandado muy diferente. Los profetas son la conciencia viviente del pueblo de Dios.

Pero su habilidad como educador y su delicadeza son notorias. Natán no condena desde el exterior. Cuenta una parábola y conduce al rey a que tome conciencia por sí mismo y a que sea él mismo quien aporte un juicio sobre su pecado.

Gracias, Señor. Ayúdanos a respetar siempre el lento caminar de las conciencias.

-"Tú eres ese hombre".

Cuando la conciencia de David se hubo despertado, el profeta sólo tuvo que constatar y autentificar. "Es verdad lo que dices: tú eres ese hombre.» Y esa bonita historia del "pobre y del rico" nos recuerda al mismo tiempo, y una vez más, que Dios, sistemáticamente toma la defensa de los pobres, de los oprimidos, de las víctimas... Si esto nos irrita, es porque nos colocamos a nosotros mismos entre los «ricos». Del mismo modo, si nos escandalizamos de la parábola de la centésima oveja que el pastor busca, abandonando las restantes noventa y nueve, es porque nos situamos entre esas «noventa y nueve».

Peor para nosotros.

¡Gracias, Señor. por tomar la defensa de los pobres! ¡Del fondo de mi corazón te digo: "Gracias"!

Ayúdame a tomar conciencia de mis pobrezas y Iimitaciones. Ayúdame a no caer jamás en esa terrible pendiente que es la nuestra, que era la de David, que es la de todo hombre, de "aplastar a su hermano". El hombre, víctima del hombre. El fuerte aplastando al débil. El rico aplastando al pobre. Perdónanos. Señor.

¡Tú eres ese hombre!

¿Soy yo? ¿Cuál es mi forma de opresión sobre los demás? ¿De utilización de los otros en provecho propio? Resulta muy fácil condenar a David.

-He pecado contra el Señor.

-El Señor perdona tu falta.

La verdadera santidad de David es ¡haber sabido reconocer su falta! "Oh Dios, crea en mí un corazón puro. Devuélveme la alegría de tu salvación. Exímeme de la sangre".

Esto es ya como un avance del sacramento de la Penitencia, con el papel del penitente, y el del confesor que escucha la confesión y transmite el perdón divino.

Sólo Dios cambia el corazón del pecador: pero ha sido necesaria la mediación de un diálogo, de una conversación con Natán, para que David "se entienda" y haga un juicio más objetivo sobre sí mismo. «Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos.» Ese tema del perdón se encuentra a todo lo largo de la Biblia: ¡es una revelación tuya, Señor! «Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores.»

El verdadero sentido del pecado en la Biblia no es solamente un sentimiento de «culpabilidad» moral, no es tan solo la «transgresión de una ley». El pecado no se entiende de veras en su profundidad más que en el marco de las relaciones personales entre el pecador y Dios. Hay que ser un santo, hay que ser muy sensible a Dios, para «pecar» de veras. Muchos hombres, faltos de amor a Dios se quedan al nivel de la transgresión moral.

Señor, haz que comprendamos tu amor. Danos el sentido del pecado.

Reflexión del Salmo 94: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: "No endurezcáis vuestro corazón."

Este salmo mediante el cual frailes, monjes y sacerdotes, comienzan su jornada, era utilizado por los judíos en las ceremonias de renovación de la Alianza. Encontramos en este canto una especie de evocación del ritual utilizado. Mediante dos exhortaciones los levitas, organizadores del culto en el Templo, invitan a la asamblea a participar activamente en la celebración: "venid, aclamad, gritad... entrad, prosternaos"... A cada invitación, la muchedumbre responde mediante una fórmula ritual estereotipada de asentimiento, que comienza por "sí": "sí, el gran Dios, es el Señor"... (La creación) "Sí, él es nuestro Dios"... (la Alianza).

Entonces, se escucha una especie de oráculo: Dios toma la palabra, para recordar la seriedad de esta Alianza, su dimensión histórica y su actualidad "hoy" .

Jesús quiso revivir el tiempo del desierto, lugar de la prueba, lugar de la tentación y del desafío a Dios ("Meribá y Masá" Éxodo 17,1-7; Números 20,1 -13). Durante 40 días, evocando los 40 años de la larga peregrinación en el desierto, Jesús fue tentado. Y las tres formas concretas de esta tentación eran precisamente las mismas del pueblo de Israel: la tentación del hambre, la tentación de los ídolos, la tentación de los signos milagrosos. Un día u otro, son las tentaciones de cualquier hombre. "Durante 40 años esa generación me ha decepcionado". Esta palabra "generación", tomada en sentido peyorativo (como si se dijera "ralea"), la utilizó Jesús con el mismo sentido condenatorio de este salmo. "¿Por qué esta generación pide un signo? No se dará ningún signo a esta generación". (Marcos 8,12). "Generación mala y adúltera que pide un signo". (Mateo 12,39). "Generación incrédula, ¿hasta cuándo estaré con vosotros?" (Marcos 9,19).

"El rebaño guiado por su mano". Este tema del "pastor", Jesús lo utilizó también: "Yo soy el buen pastor"... (Juan 10). "Viendo las muchedumbres, se llenó de compasión hacia ellas porque las veía como ovejas sin pastor". (Mateo 9,36).

Queda aún la imagen de la "roca", de la roca sólida que Jesús utilizó varias veces. "El hombre que escucha la palabra de Dios se parece a quien construye su casa sobre la roca". (Mateo 7,24).

nvitación: venid, entrad, cantemos con alegría, aclamemos. "¡Nadie es una isla!" Después de largos siglos de individualismo, el mundo actual redescubre los valores comunitarios. El gran anonimato de las ciudades causa una soledad que por contraste, hace desear "estar con" los demás. La liturgia actual se esfuerza por valorizar la participación comunitaria. Nunca deberíamos olvidar que si la Iglesia nos convoca a la misma hora, en el mismo lugar, no es para hacer una oración individual (por indispensable que ella sea, pero en horas distintas), sino para una oración "juntos": ¡venid, entrad, cantad con alegría, aclamad, cantad! Esto explica, por qué los monjes de madrugada, se invitan unos a otros a la alabanza común. Dejémonos llevar por la oración de los demás. No seamos de aquellos que rechazan esta invitación y se encierran en su aislamiento piadoso.

Inclinaos, prosternaos. Nada más bello que las muchedumbres de La Meca prosternadas, con la frente hasta el suelo, en la misma dirección. ¿Hemos acaso olvidado en Occidente, este gesto casi universal de las religiones? Hay que hacerlo, para experimentar toda la carga afectiva: "Dime ante quién te inclinas"... "Dime a quién reconoces superior a ti"... Lo sabemos muy bien, un gesto es más verdadero y comprometedor que una palabra. Pero por desgracia, nuestra cultura occidental nos ha desencarnado... Pese a la célebre advertencia de Pascal: "Quien quiere hacer el ángel, hace la bestia".

La Alianza:... "El es nuestro Dios, nosotros somos su pueblo"... "¿Lo escucharemos?" "La Alianza", anillo recíproco que llevan los esposos, símbolo corporal de pertenencia mutua. Palabra clave de la Biblia. Audacia extraordinaria del hombre religioso que imagina su relación con Dios en términos de desposorio. Aventura extraordinaria de Dios, totalmente otro, que se une amorosamente a un pueblo, a pobres humanos. Esto garantiza vivir la fe como una relación de amor. Pero ilumina también el estado del matrimonio, haciendo de él un "sacramento" de fe. Los valores esenciales del amor humano son también valores fundamentales de la fe. "No me abandones, no me abandones" dice la canción, exigencia de fidelidad. "Escúchame, escúchame pues", forma concreta que toma el amor. "Tú me has defraudado, has cerrado tu corazón", el amor es también fuente de sufrimiento y decepciones .

El pecado como "infidelidad", negación a escuchar". El "tú" de reproche que aparece al final del salmo: es el signo de un amor herido. Tal es, efectivamente, la verdadera dimensión del pecado. Se reduce considerablemente el mal cuando se limita a la simple transgresión de una ley, cuando se sitúa en relación a un mandamiento. Cuando se queda al nivel de lo permitido y lo prohibido. Para el hombre religioso, la moral no es solamente la moral (es decir un sistema ético cerrado en sí mismo, de normas de funcionamiento de la sociedad humana), es uno de los elementos de la relación con Dios. El mal "alcanza" a Dios,"frustra" a Dios. En lugar de acusar a Dios, de lanzarle "un desafío", por el problema del mal existente en el mundo, debemos comprender que el mal es contrario al plan de Dios, que El es el primero que sufre, como un artesano que ve desbaratarse su obra, como un esposo ridiculizado.

Hoy. La Iglesia nos propone recitar este salmo cada mañana, esto no es mera casualidad. La invitación a la alegre alabanza del comienzo, es una invitación diaria. La advertencia severa de resistir a la tentación, es también una invitación positiva: Hoy... todo es posible. El pasado es pasado... El mal de ayer se acabó. Una nueva jornada comienza.

«No entrarán en mi descanso..

Esas son de las palabras más temibles que jamás te he escuchado, Señor. La maldición de las maldiciones. El rechazo definitivo. La prohibición de entrar en tu descanso. Pienso en la belleza y la profundidad de la palabra «descanso» cuando se aplica a ti, y comienzo a comprender la desgracia que será quedar excluido de él.

Tu descanso es tu divina satisfacción al acabar la creación de cielos y tierra con el hombre y la mujer en ellos, tu mandamiento del sábado de alegría y liturgia en medio de una vida de trabajo, tu eternidad en la gloria bendita de tu ser para siempre. Tu descanso es lo mejor que tienes, lo mejor que eres, el ocio de la existencia, la benevolencia de tu gracia, la celebración de tu esencia en medio de tu creación. Tu descanso es tu sonrisa, tu amistad, tu perdón. Tu descanso es esa cualidad divina en ti que te permite hacerlo todo pareciendo que no haces nada. Tu descanso es tu esencia sin cambio en medio de un mundo que vive en torno al cambio. Tu descanso eres tú.

Y ahora las puertas de tu descanso se me abren a mí. Me llaman a tomar parte en las vacaciones eternas. Me invitan al cielo. Me llevan a descansar para siempre. Esa palabra mágica, «descanso», se ha hecho mi favorita, con su tono bíblico y su riqueza teológica. Un descanso tan enorme que uno tiene que «entrar» en él. Me rodea, me posee, me llena con su dicha. Veo enseguida que ese descanso es lo que ha de ser mi destino foral, palabra casera y divina al mismo tiempo para expresar el fin último de mi vida: descansar contigo.

Ahora he de entrenarme en esta vida para el descanso que me espera en la siguiente. Quiero entrar ya, en promesa y en espíritu, en el divino descanso que un día ha de ser mío a tu lado. Quiero

aprender a descansar aquí, a relajarme, a encontrarme a gusto, a dominar las prisas, a evitar tensiones, a vivir en paz. Pido para mí todo eso como anticipo de tu bendición venidera, como fianza en la tierra de tu descanso eterno en el cielo. Quiero ir ya reflejando ahora en mi conducta, mi lenguaje, mi rostro, la esperanza de ese descanso esencial que le traerá a mi alma y a mi cuerpo la felicidad definitiva en la paz perpetua.

¿Qué es lo que no me deja entrar ya en ese descanso? ¿Qué es lo que te hizo jurar en tu cólera: «No entrarán en mi descanso?

«No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto: cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras».

Esos incidentes quedaron tan grabados en tu memoria que los citas incluso con los nombres de los lugares en que sucedieron, etapas desgraciadas en la geografia espiritual por la que pasó tu pueblo y por la que nosotros volvemos a pasar en nuestras vidas. Tu pueblo te tentó, desconfió de ti aun después de haber visto tus maravillas, fueron tozudos en sus quejas y en su falta de fe. Eso hizo arder tu ira, y cerraste la puerta a aquellos que durante tanto tiempo se habían negado a entrar.

«Durante cuarenta años, aquella generación me asqueó, y dije: Es un pueblo de corazón extraviado, que no reconoce mi camino; por eso he jurado en mi cólera que no entrarán en mi descanso».

¿Cuántos años me quedan a mí, Señor? ¿Cuántas oportunidades aún, cuántas dudas, cuántas Masás y Meribás en mi vida? Tú conoces bien los nombres de mi geografia privada; tú recuerdas mis infidelidades y te resientes por mi tozudez. Hazme dócil, Señor. Hazme entender, hazme aceptar, hazme creer. Hazme ver que la manera de llegar a tu descanso es confiar en ti, fiarme en todo de ti, poner mi vida entera en tus manos con despreocupación y alegría. Entonces podré vivir sin ansiedad y morir tranquilo en tus brazos para entrar en tu paz para siempre. Que así sea, Señor.

«¡Ojalá escuchéis hoy su vozl».

Reflexión Segunda lectura: 1Cor 7, 32-35: “Consagrados en cuerpo y Espíritu”

MATRIMONIO-VIRGINIDAD: AMBOS NECESARIOS EL UNO PARA EL OTRO COMO LA VIDA LO ES PARA EL RITO Y EL RITO PARA LA VIDA.

Este capítulo está dedicado todo él a los estados de vida del cristiano. Pablo ha hablado sucesivamente de los esposos que, viviendo juntos (1 Co 7, 3-5. 10), se preguntan qué representa para ellos la continencia de los esposos que viven separados (v. 11), de los que viven juntos, pero no comparten la misma fe (vv. 12-16). Estudia después el caso de los cristianos que no están casados y, entre ellos, las "vírgenes", de uno y otro sexo (vv. 25-35), de los prometidos que reflexionan sobre su próxima cohabitación (vv. 36-38). Considera finalmente la situación de los célibes y de las viudas (vv. 39-40).

Mas en todo este esquema simple y lógico, el mismo Pablo introduce el desorden: habla de la continencia (y de la suya propia) en pleno discurso a las personas casadas (vv. 6-7) y de matrimonio en el corazón mismo del discurso a las personas todavía disponibles (vv. 27a, 29b, 33). Esta mescolanza en la exposición refleja, sin duda, la tensión que reina en la comunidad de Corinto, en donde se propugna a la vez la continencia encratita (1 Co 7, 1-5) y la libertad sexual más desvergonzada (cf. 1 Co 5, 1013; 6, 12-20). Pablo trata de que se mantenga al mismo tiempo la indisolubilidad del matrimonio y por el carisma de la continencia, y expone cómo lo uno y lo otro tiene al Señor como fuente.

A veces da la impresión de que Pablo infravalora el matrimonio; en realidad lo que hace es otorgar derecho de ciudadanía complementario a un estado nuevo, el de la continencia, a la vera de un estado conocido ya y considerado hasta entonces como la única posibilidad.

Los abundantes consejos a las personas casadas (las "vírgenes" del v. 25 designan tanto a los jóvenes como a las jóvenes) en favor de la continencia se apoyan en una motivación esencial: la "miseria de los tiempos presentes" (v. 26) o "las pruebas en la carne" (v. 27). No se trata tan solo del tráfago de la vida ordinaria, especialmente de la vida conyugal: el sentido de la palabra "thlipsis" es esencialmente escatológico y cabe interpretarla como de una especie de contrastación del significado del tiempo. En efecto, el tiempo no tiene ya el mismo sentido que antes de JC, cuando, generación tras generación, avanza hacia su término final. Hoy ese término se ha alcanzado ya prácticamente, puesto que Dios está presente en todos. Por consiguiente, el matrimonio no es ya un estado tan absoluto como antes y los esposos se deben a la vez a Dios presente en ellos y a su cónyuge respectivo. Puesto que Dios está ahora presente con su eternidad, el tiempo se hace más precario (vv. 29, 31), y una institución como el matrimonio, intensamente anclada en la temporalidad, queda relativizada en virtud de la aparición de los últimos tiempos (vv. 33-34).

A partir de JC, cada individuo vive la presencia de Dios en él y el cristiano deposita su vida entera en ella. Pero no puede vivir sino en relación con los acontecimientos y con los demás hombres.

El estado de matrimonio, aun cuando llegue a perder su papel exclusivo de perpetuar la raza, sigue siendo el punto por excelencia en que se vive la presencia de Dios en la relación interpersonal. De todas formas, esa presencia es implícita; no se hará explícita sino en el Reino, cuando Dios sea todo en todos. Y el caso es que no se puede vivir de implícito. Por eso las personas casadas necesitan encontrarse a veces solas ante Dios, y por eso San Pablo manifiesta sus preferencias por la virginidad.

Este intercambio entre implícito y explícito es fundamental en la vida cristiana. Cristo está presente en la vida del cristiano que le ofrece el sacrificio espiritual previsto en Rm 12, 1-2. Pero ese culto debe fundamentarse en el que Cristo ha tributado y esa referencia de lo implícito a lo explícito se realiza en el culto eucarístico. La vida de la Iglesia se encuentra repartida entre el culto en lo profano y culto en la Eucaristía, entre implícito y explícito. Y lo está también entre matrimonio y celibato, ya que para San Pablo las dos funciones no se excluyen mutuamente, sino que se complementan, puesto que la segunda trata de vivir en lo explícito lo que la primera vive en lo implícito. Ambos estados son tan necesarios el uno para el otro como la vida lo es para el rito y el rito para la vida.

Expresiones como "tener el corazón dividido" o "ser una cosa más noble" pueden sugerir que el esposo (o la esposa) reclaman un pedazo de nuestro corazón que podríamos dar al Señor, o que la soltería es más digna que el matrimonio. Algunos hablan de "vocaciones de especial consagración", a veces para justificar la ley del celibato sacerdotal, vocabulario que también tendríamos que revisar. No olvidemos cómo inicia Pablo este apartado ("No tengo ningún precepto del Señor, pero doy mi opinión") y cómo lo acaba ("He hablado según mi criterio. Y creo tener también el espíritu de Dios"). Parece, pues, claro que se trata de una opinión de Pablo y no de una palabra de Dios. Hay cuestiones de las que no se puede hablar a la ligera, ni por alusiones.

A la luz de la inminente venida del Señor, Pablo quiere iluminar las diferentes situaciones humanas y los estados de la vida. Se ha referido ya a los viudos y a los solteros (v. 8) y les ha recomendado que sigan su propio ejemplo y no se casen; pero no les ha impuesto ningún precepto y ha respetado su libertad. Desde la misma perspectiva escatológica, dirige su palabra a las "vírgenes", esto es, a las mujeres que todavía no han contraído matrimonio. Pablo confiesa abiertamente que "respecto a la virginidad" no tiene precepto del Señor" (v. 25a.); pero se atreve a dar un consejo personal, consciente de que él es "digno de crédito por la misericordia de Dios" (v. 25b.): Teniendo en cuenta la premura del tiempo (v. 29) y la venida del Señor que está al caer, sabiendo que "la figura de este mundo pasa" (v. 31) y "a causa de la inminente necesidad" (v. 26a), aconseja "que cada uno se quede como está" (v. 26b); es decir, que los casados no busquen la separación y los solteros el matrimonio. Porque lo importante en esta situación es que todos se mantengan alejados de preocupaciones e inviertan su tiempo y su libertad en promover el asunto del Señor que viene.

Pablo reconoce que los célibes tienen una ventaja respecto a los casados. Mientras éstos se complican la vida y están atados a su cónyuge y andan divididos entre muchas preocupaciones, se puede suponer que los célibes están más disponibles para ocuparse exclusivamente de los asuntos del Señor.

Pablo secunda la opinión de aquellos que prefieren la virginidad al matrimonio. Pero sólo en atención a la venida del Señor, que cree inminente, y para estar más disponibles al servicio del Evangelio. Por supuesto que no estima en nada una soltería fundada en el egoísmo. Recordemos también que la virginidad es para Pablo un carisma, un don de Dios que ha de acreditarse en la plena dedicación a Cristo y a la comunidad. Si tal estado llegara a ser una preocupación que absorbiera casi todas las energías espirituales para mantenerse a sí mismo, ya no tendría razón alguna y habría que escuchar el otro consejo de Pablo: es preferible casarse que abrasarse (v. 9). Tampoco tiene sentido librarse de las ataduras del matrimonio para casarse después con los poderes de este mundo y las estructuras que pasan.

Reflexión primera del Santo Evangelio: Mc 1, 21-28: Enseñaba con autoridad

Después de la serie de parábolas, Marcos aborda una serie de milagros. Los cuatro milagros citados aquí por san Marcos no fueron hechos en presencia de la muchedumbre, sino sólo ante los discípulos... para ellos, para su educación. Es algo así como con las parábolas, de las que Marcos cuida varias veces de advertirnos de "que Jesús lo explicaba todo, en particular, a sus discípulos". (Mc 4, 10; 4, 34).

-Jesús había hablado a la muchedumbre. Llegada ya la tarde dijo a sus discípulos: "Pasemos al otro lado. Y despidiendo a la muchedumbre, le llevaron según estaba en la barca...

Imagino esos instantes de intimidad más tranquilos, en los que Jesús está solo con su grupito.

El es quien ha previsto y preparado esos instantes: "pasemos al otro lado". Deja la Galilea, donde desde ahora las gentes están y le acosan. Va a la región pagana, de los Gerasenos, país nuevo donde la Palabra de Dios no ha sonado todavía, país de misión... donde viven nuevos creyentes en potencia y donde hay nuevas conversiones posibles.

Va allá "con sus discípulos". Tendrán algo más de tiempo para hablar, con la mente reposada, tranquilamente, lejos de la gente.

Señor, si lo quieres, sube a menudo a mi barca, salgamos juntos.

-Se levantó un fuerte vendaval. Las olas se echaban sobre la barca, de suerte que se llenaba de agua.

¡Sorpresa! ¡No, evidentemente, no habían dejado la Galilea para esto! Lo imprevisto de Dios. La ráfaga que empuja la vela y, de repente, sin esperarlo, tumba la barca. El lago Tiberíades parece estar habituado a estos bruscos asaltos inesperados. Dios que confunde. Dios desconcertante.

¿Acepto yo dejarme conducir por Dios, hasta no saber adónde me va a llevar?

-El estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal.

¡Es realmente desconcertante! Humanamente, para llegar a esto, para dormir tranquilamente en lo profundo de la tempestad, se necesita:

--Sea un equilibrio natural excepcional...

--Sea una fatiga inmensa...

Contemplo a Jesús durmiendo, su cabeza sobre el cabezal, en la popa del barco.

-Sus compañeros le despiertan y le gritan: "Maestro, ¿no te importa? Estamos perdidos.

Admirable escena.

Plegaria para ser repetida: un grito... una audaz familiaridad... una pregunta... ¡Cuántas veces tenemos también nosotros esta impresión! Señor, ¿Tú duermes? ¡Despiértate!

-Y despertando, mandó al viento y dijo al mar: "Calla, sosiégate". Y se aquietó el viento y se hizo completa calma.

Sueño, Señor, con esa completa calma que siguió...

Contigo, ¿cómo temeré?

-Jesús les dijo: "¿Por que teméis? ¿Aún no tenéis fe?" Y sobrecogidos de gran temor se decían unos a otros: "¿Quién será éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?".

Es la primera vez que Marcos anota esta cuestión, en el grupo de los discípulos.

Cuestión esencial sobre la persona profunda de ese joven rabí con quien se han embarcado: ¿quién es? ¿Para qué clase de aventura? ¿Dónde nos conducirá? Por de pronto no hay respuesta... tienen miedo. Es natural.

a) Después de las parábolas, empieza aquí una serie de cuatro milagros de Jesús, para demostrar que de veras el Reino de Dios ya ha llegado en medio de nosotros y está actuando.

El primero es el de la tempestad calmada, que pone de manifiesto el poder de Jesús incluso sobre la naturaleza cósmica, ante el asombro de todos. Es un relato muy vivo: las aguas encrespadas, el susto pintado en el rostro de los discípulos, la serenidad en el de Jesús. El único tranquilamente dormido, en medio de la borrasca, es Jesús. Lo que es señal de una buena salud y también de lo cansado que quedaba tras las densas jornadas de trabajo predicando y atendiendo a la gente.

El diálogo es interesante: los discípulos que riñen a Jesús por su poco interés, y la lección que les da él: «¿por qué sois tan cobardes? ¿aún no tenéis fe?».

b) Una tempestad es un buen símbolo de otras muchas crisis humanas, personales y sociales. El mar es sinónimo, en la Biblia, del peligro y del lugar del maligno. También nosotros experimentamos en nuestra vida borrascas pequeñas o no tan pequeñas. Tanto en la vida personal como en la comunitaria y eclesial, a veces nos toca remar contra fuertes corrientes y todo da la impresión de que la barca se va a hundir. Mientras Dios parece que duerme.

El aviso va también para nosotros, por nuestra poca fe y nuestra cobardía. No acabamos de fiarnos de que Cristo Jesús esté presente en nuestra vida todos los días, como nos prometió, hasta el fin del mundo. No acabamos de creer que su Espíritu sea el animador de la Iglesia y de la historia.

A los cristianos no se nos ha prometido una travesía apacible del mar de esta vida. Nuestra historia, como la de los demás, es muchas veces una historia de tempestades.

Cuando Marcos escribe su evangelio, la comunidad cristiana sabe mucho de persecuciones y de fatigas. A veces son dudas, otras miedo, o dificultades de fuera, crisis y tempestades que nos zarandean.

Pero a ese Jesús que parece dormir, sí le importa la suerte de la barca, sí le importa que cada uno de nosotros se hunda o no. No tendríamos que ceder a la tentación del miedo o del pesimismo. Cristo aparece como el vencedor del mal. Con él nos ha llegado la salvación de Dios. El pánico o el miedo no deberían tener cabida en nuestra vida. Como Pedro, en una situación similar, tendríamos que alargar nuestra mano asustada pero confiada hacia Cristo y decirle: «Sálvame, que me hundo».

Reflexión segunda del Santo Evangelio Mc 1, 21-28.Enseñaba con autoridad

v. 35 Aquel día, caída la tarde, les dijo: «Crucemos al otro lado».

Después de exponer el mensaje universalista de Jesús, Mc saca sus consecuencias y anticipa al tiempo de la vida histórica de Jesús la misión entre los paganos, que comenzó en realidad después de su muerte (aquel día, como en 2,20, indica el de la muerte de Jesús).

v. 36 Dejando a la multitud, se lo llevaron mientras estaba en la barca, aun­que otras barcas estaban con él.

Pero la misión tropieza con dificultades provocadas por el grupo judaizante, representado por los discípulos (38: Maestro). De hecho, este grupo quiere monopolizarla (se llevaron a Jesús mientras estaba en la barca), para conducirla según las categorías del judaísmo (superioridad de Is­rael, salvación de los paganos a través y por subordinación a Israel), e impide que el grupo no israelita tome parte en ella (aunque otras barcas estaban con él).

v. 37 Entonces sobrevino un fuerte torbellino de viento; las olas se abalanza­ban contra la barca, y la barca se iba llenando.

El torbellino de viento es figura del mal espíritu de los discípulos: las tesis judaizantes exasperan a los paganos (las olas se abalanzaban) y corre peligro la misión y la existencia misma del grupo (la barca).

v. 38 El se había puesto en la popa, sobre el cabezal, a dormir. Lo despertaron y le dijeron: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?»

Jesús se echa a dormir (= no se deja sentir su presencia). Los discípu­los están, sin embargo, tan convencidos de su ideología que se extrañan del fracaso y reprochan a Jesús su falta de apoyo, sin reconocer que son ellos los culpables.

v. 39 Una vez despierto, conminó al viento (y se lo dijo al mar): «¡Silencio, estáte callado!» Cesó el viento y sobrevino una gran calma.

Jesús conmina al viento como a un espíritu inmundo (cf. 1,25; «silen­cio»: alusión al espíritu fariseo, cf. 3,4) y cesa la tempestad. Es decir, al hacer callar las pretensiones judías (el viento) y proponerse a los paganos (y se lo dijo al mar) el auténtico mensaje, el de la igualdad de todos los pueblos, cesa toda hostilidad (y sobrevino una gran calma): la aceptación es tan grande e inmediata que hace patente la fuerza divina del mensaje de Jesús.

v. 40 El les dijo: «¿Por qué sois cobardes? ¿Aún no tenéis fe?»

Reprocha a los discípulos su cobardía, que nace de su falta de adhe­sión (¿Aún no tenéis fe?). Temen que ese proceder con el mundo pagano signifique perder para siempre la posibilidad de llevar adelante los idea­les judíos, lo que ven como su fracaso como individuos y como pueblo.

v. 41 Les entró un miedo atroz y se decían unos a otros: «Pero entonces, ¿quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?»

Temen ahora por sí mismos (les entró un miedo atroz). Dominar el mar era propio de Dios (Sal 107,29s); no entienden al Hombre-Dios (¿Quién es éste?), pero sienten miedo del poder de Jesús y de posibles represalias por su conducta anterior.

La perícopa encierra un mensaje permanente para la comunidad cris­tiana. Enseña que no se puede discriminar entre los pueblos ni se puede mezclar el mensaje de Jesús con elementos culturales ajenos a él, por entrañables que sean. Los que pretenden monopolizar a Jesús o manipu­lar su mensaje muestran carecer de verdadera adhesión: no se adhieren ellos al mensaje de Jesús; quieren, por el contrario, que éste se adapte a su ideología.

Cuando la comunidad actúa sin contar con Jesús, él queda inactivo. No se le puede ignorar en la misión: ésta no predica una estructura ni un sistema religioso, sino la persona y el mensaje de Jesús: el del amor de Dios a todos los hombres y pueblos por igual, con el propósito de comu­nicarles vida.

Para adentrarnos en el pasaje evangélico de Marcos que nos presenta hoy la liturgia, es necesario comprender el problema de la persecución que vivía la comunidad seguidora del resucitado alrededor de los años 60 y 70, tiempo en el cual se puso por escrito la Buena Noticia según Marcos.

Durante esas dos décadas los cristianos vivían tiempos de persecución, de caos y de muerte, y el miedo estaba apoderándose de los creyentes. El miedo en la comunidad imposibilitaba el comprender, aceptar y confesar a Jesús como el Señor de la vida y de la historia, aquel que triunfa sobre los poderes de la muerte y sobre la muerte misma.

Frente a la realidad de persecución y de miedo que vivía la comunidad seguidora del Cristo Resucitado, el evangelista se sirve del testimonio que tienen los creyentes: que Jesús durante su vida histórica, en algún momento, se enfrentó con las fuerzas de la naturaleza cuando ellas eran incontrolables. Las fuerzas del mar fueron increpadas por Jesús de Nazaret y este acontecimiento se quedó grabado en la conciencia de los seguidores del Resucitado y lo proclamaron a lo largo de sus ministerios apostólicos.

Para el pueblo de Israel y para la teología israelita el mar era el lugar de los poderes de la muerte, donde la vida de cualquier ser humano estaba en peligro y frente a este grave problema el único que podía enfrentar dicha realidad era el mismo Dios. Jesús entra a calmar la tempestad, y por lo tanto el evangelista le coloca a Jesús los mismos atributos que en el Antiguo Testamento se le daban a Yahveh.

Los discípulos estaban en un grave problema. La tempestad, es decir las fuerzas del mal, no había dejado que la travesía hubiera sido lo más placentera posible. La vida se encontraba amenazada y era necesario que Dios mismo entrara a defenderla. Jesús por lo tanto se enfrenta a los poderes del mal, los increpa y los desautoriza, haciendo de esta forma prevalecer la vida allí donde la muerte quería imponer su dominio y su imperio.

Con este trozo evangélico Jesús es declarado verdadero Señor de la historia y sus seguidores se comprometen a seguirle con confianza y con fe.

También nosotros hoy como Iglesia, estamos llamados a superar los temores que pueden aparecer en nuestra práctica eclesial. Temores que no nos dejan anunciar y construir desde nuestra propia experiencia de vida el Reinado de Dios, experiencia alternativa de soberanía de Dios en esta historia humana llena de injusticia, de violencia y muerte.

Véase Mat. 8, 23 ss.; Luc. 8, 22 ss. La barca abandonada a las olas es una imagen de la Iglesia, que sin cesar tiene que luchar contra toda clase de tormentas; más Cristo está en la barca para conducirla a través del "tiempo de nuestra peregrinación" (I Pedr. 1, 17) "en este siglo malo" (Gál. 1, 4). Tengamos, pues, confianza.

¿Quién es entonces?: Vemos por esta expresión la incertidumbre en que aun estaban estos discípulos respecto de Jesús, no obstante la admirable confesión de Natanael en Juan 1, 49: Natanael le dijo: "Rabí, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel".

Reflexión tercera del Santo Evangelio:Mc 1, 21-28. Enseñaba con autoridad

Se levantó una fuerte borrasca...

La fe nos exige creer en la presencia de Dios, incluso cuando no lo sentimos.

La vida es como una ensalada bien variada: hay momentos de tranquilidad y de turbación. A veces nos sentimos con tanta fuerza como para mover el mundo con un dedo y otras veces nos sentimos caídos en el fondo de un pozo, abandonados, sin esperanza.

Los apóstoles tuvieron la experiencia de un gran peligro: las aguas les iban a tragar y lo peor era que el único Hombre que podía ayudarles estaba durmiendo tranquilamente.

La experiencia de la tempestad o adversidades es común a todos los hombres, de todas las razas, culturas, lugares y tiempos. La cruz nos persigue como nuestra sombra. ¿Qué hay que hacer? Hay que despertar al Cristo que está durmiendo dentro de nosotros.

Para algunos hombres, Cristo está ausente de sus vidas, pues no tienen ningún contacto personal con Él. No le hablan en la oración y no lo experimentan en los sacramentos.

Para otros, Cristo murió dentro de ellos. Hubo un tiempo, tal vez cuando eran jóvenes, en que caminaban mano a mano con Él. Lo veían en todas partes: en la belleza de la naturaleza y en las maravillas del firmamento. Como dijo un poeta irlandés, Joseph Mary Plunket: "Dios ha hecho tres cosas muy bellas: las estrellas del cielo, las flores del campo y los ojos de los niños".

Pero para muchos el pecado ya ha obstaculizado esta experiencia de Dios. Él es sólo un eco arcano del momento de su Primera Comunión o de su boda.

Para otros más, Cristo está dentro de ellos, pero durmiendo. Tratan de despertarlo por medio de su fe. A veces la fe se hace auténtica. Es la fe de los mártires que no ven nada que no sea la punta de un fusil. La fe no es un sentir, sino un aceptar voluntariamente la presencia de un Dios que no vemos con los ojos, pero estamos seguros que está ahí.

La experiencia del Cristo durmiendo en la barca de nuestra vida es bastante común. Muchas veces uno escucha: "Padre, he perdido mi fe". Y uno le pregunta: "Pero, ¿es que ya no cree en Dios?" La persona responde que sí cree en Él, pero que no lo siente.

Pero a Dios no se lo siente como si fuese un caramelo.

El relato de la tempestad calmada nos ha impresionado siempre. Contrastan la serenidad de Jesús y su dominio sobre los elementos, con la angustia de los discípulos y su perplejidad ante los poderes divinos desplegados por Jesús. Él es el señor de las tormentas, el creador de los vientos y las aguas, el dueño del cosmos. Ellos son apenas unos pobres mortales que pueden ser arrebatados en un segundo por las olas y precipitados a lo más profundo del mar.

Esta parábola, nos recuerda el libro de Jonás, el profeta fugitivo de Dios, que también debió enfrentar una tormenta en alta mar, sus compañeros lo arrojaron al agua pensando que el peligro en que se encontraban era por culpa suya. Aquí los discípulos no culpan a Jesús, pero no acaban de entender el misterio profundo de su persona.

Como Jesús, en compañía de la comunidad de discípulos, atraviesa el lago y los lleva a un puerto seguro; de la misma manera conduce la iglesia a través de los mares y las tormentas de los siglos. A veces nos parece que el Señor se duerme y que las olas amenazan con hundirnos. Pero Él va con nosotros y nada tenemos que temer. No podemos ser hombres y mujeres de poca fe, no podemos ser cobardes. Al desembarcar, iremos por los caminos y las aldeas a proclamar el Reinado de Dios que ya viene, y Jesús seguirá estando siempre con nosotros, seguirá saliéndonos al paso, no ya en los elementos dominados, sino en los pobres y oprimidos del mundo a quienes anunciaremos el Evangelio, la buena noticia, y con quienes construiremos la Iglesia.

Elevación Espiritual para este día.

Es bueno no caer, o bien caer y volver a levantarse. Y si llegamos a caer, es bueno no desesperar y no volvernos extraños al amor que tiene el Soberano por el hombre. Si lo quiere, puede tener, en efecto, misericordia de nuestra debilidad. Tan solo hemos de limitarnos a no alejarnos de él, a no sentirnos angustiados si nos sentimos forzados por los mandamientos, y no hemos de sentirnos abatidos si no llegamos a nada. [...] No debemos tener prisa ni replegarnos, sino volver a empezar siempre de nuevo. [...] Espéralo, y él tendrá misericordia de ti, bien con la conversión, bien con pruebas, bien con cualquier otra providencia que ignoras.

Reflexión Espiritual para el día.

[
La historia de David] llena de sensatez, no es lejana para nosotros, porque David es un gran modelo para todos los tiempos. Nos enseña cómo a partir de pequeñas desatenciones puede entrar el hombre en graves dificultades, y si no mantiene la mirada fija en Dios cae en errores cada vez más grandes para cubrir los precedentes. Dios, sin embargo, es rico en misericordia e interviene para ayudarnos a volver a encontrar lo mejor de nosotros, a volver a encontrar lo que el Espíritu ha puesto como don en nuestro corazón: el amor a la verdad, a la justicia, a la lealtad.
Nos reconocemos en David porque en cada uno de nosotros está el corazón malvado del que procede el desorden. Por eso nos invitan el salmo 50 y el relato [del segundo libro de Samuel] a reflexionar en serio: no podemos presumir de estar exentos de la culpa sólo porque no seamos reyes o no tengamos el poder de David. Es nuestra condición humana la que se encuentra en un destino de desorden y, por eso, corre el riesgo de convertirnos, al menos en las pequeñas circunstancias, en prisioneros de nosotros mismos, incapaces de reconocernos y de confesarnos pecadores. Sólo la gracia de Dios, continuamente invocada y acogida, vuelve a ponernos cada día en la verdad.
[Reflexionemos] sobre todo el contexto de la historia de Betsabé y de Urías, preguntándonos en la oración por qué los libros sagrados han querido contar tales acontecimientos y otorgar tanto espacio a la descripción de este pecado de David y tanta importancia a la sucesión (cf. 1 Reyes). Sólo así nos será posible comprender la figura de David en todo su significado y, en consecuencia, comprender la historia de la salvación, comprender que en el rostro de Cristo resplandecen la luz de Dios y la esperanza de los hombres.

El rostro de los Personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Iglesia.Depuración del sacerdocio levítico.

Su principio nos hace pensar casi instintivamente en Juan el Bautista, el que vino a preparar los caminos del Señor. Sobre todo cuando la Liturgia une este pasaje al relacionado con el redivivo Elías. Pero el profeta del s. V iba por caninos muy distintos, ya que sus preocupaciones no coincidían con las nuestras.
Si hubiera pensado en un personaje concreto, nos lo habría manifestado de algún modo. De hecho no es así, Yavé, Rey grande, tiene sus mensajeros. Al pensar en el día del juicio y la justicia realizada por Yavé, éste enviará por delante su mensajero. En principio, cualquiera que con su predicación prepara a los hombres para la llegada del Juez, Yavé. Cuando Yavé venga a los hombres hecho hombre en la persona de Jesús de Nazaret y juzgue al mundo muriendo en la Cruz, sólo entonces sabremos que Juan el Bautista ha sido el principal mensajero que preparara su camino.

Lo importante, pues, no era el mensajero, era la certeza de la venida de Dios para juzgar al mundo. En ese día hasta los justos se sentirán sucios; cuando ya juzgue no según criterios humanos, sino según su propia justicia, la misma que, acrisolando, justifica. Las imágenes del fuego y la lejía son tan expresivas por sí mismas, que cualquier valoración resultaría insulsa.

No así lo que se echa en esta refinería, «los hijos de Leví», el sacerdocio levítico. La purificación comienza por donde más pecado hay. Y no es que estas palabras del profeta sean una contradicción de lo dicho en 1, 11; 2, 2. 8-9. El cambio radical que allí se anuncia queda en firme. Pero mientras llega, Yavé habilitará un culto tradicional, «como en los días pasados». No perfecto, como el ya anunciado, pero sí apto, en la pedagogía divina, hasta tanto llegue el verdadero.

La purificación iniciada en el clero se hace extensiva «pronto» a todas las clases sociales. La enumeración de abusos y pecados no es exhaustiva sino inclusiva. El autor ha escogido los más significativos de aquel momento. Los «hechiceros» y cultores de artes ocultas y mágicas, cuya pena es la muerte (Ex 22, 17); el «adulterio», situación que pretendía normalizarse (Mal 2, 14) y expresamente prohibida en el decálogo (Ex 20, 14); la ausencia de seriedad en los juicios; los «opresores», se incluyen las múltiples formas de injusticia y violencia social contra el obrero, aparte las tipificadas en la expresión «viuda, huérfano y forastero», como símbolo de las clases sociales más débiles e indefensas.

Era la respuesta profética a las impacientes quejas de los «buenos» contra los que a sus ojos y a los de Yavé aparecían como auténticos «sinvergüenzas». «Yo; él Señor, no he cambiado». Dios permanece justo y fiel, aunque lo suficientemente por encima del hombre como para tomarse su tiempo y actuar en el momento oportuno de sus inescrutables designios, que no suele coincidir con el pretendido por los cálculos humanos.

Tampoco ellos han cambiado. «No cesan de ser hijos de Jacob», de «apartarse de él», de ser un pueblo de dura cerviz. Aunque sigan siendo, a pesar de los pesares, herederos de la Promesa y Alianza. Pecado, castigo y fidelidad divina para salvar, en su justicia, el «Resto» mediador.

La profecía termina con la misma promesa con que concluye la profecía de Malaquías: «Os enviaré al profeta Elías». Algo completamente inesperado. Un detalle del amor divino en su revelación. Malaquías, el último de los profetas, finaliza su libro con el anuncio del primero de los profetas del Nuevo Testamento y que es, a la vez, el último del Antiguo, el profeta Elías.

Sobre Elías corrían no pocas leyendas motivadas por su repentina desaparición (2Re 2, 11). La más importante esperaba su reaparición. De ella se hace eco Malaquías, el Eclesiástico (48, 10-12), los apócrifos y los contemporáneos de Jesús. Jesús terminará con ella al afirmar que Juan era Elías y más que Elías. El judaísmo había confundido la esperanza en la efusión del espíritu, en el profeta, con lo pintoresco del personaje Elías. Con sus palabras Jesús puso las cosas en su sitio. Lucas (3, 16; 4, 23-27), en desacuerdo con Mt 11, 14; 17, 10-20, prefiere ver en Jesús y no en el Bautista el cumplimiento de las esperanzas puestas en él redivivo Elías. Ello es un signo del valor relativo de los detalles frente al mensaje central.

Este nuevo Elías, Jesús, realiza la verdadera conversión, el juicio del amor, evitando así que la justicia divina “destruya la tierra”

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Enviado el Domingo, 28 enero a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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