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Lecturas del día 27-01-2018

LITURGIA DE LA PALABRA.

2Sam 11, 1-4a. 5-10a. 13-17: Me has despreciado, quedándote con la mujer de Urías
Salmo 50: Misericordia, Señor: hemos pecado.
Mc 4, 26-34: Como una semilla de mostaza

Las religiones suelen sentirse plenipotenciarias y autosuficientes, creyendo que la tarea de la salvación está en ellas y peor aún, seguras que fuera de ellas no hay salvación. Pero Dios actúa con otros parámetros. Lo que nos recuerda la parábola de hoy, es que las plantas crecen por la fuerza de la tierra y no por el poder del sembrador. Esta gran comparación, Jesús la aplica al Reino. Es decir, el Reino es obra de Dios.

Para lograr entender esta gran lección que sale del alma de Jesús, primero hay que percibir que Dios al asumir la dimensión humana, no tiene miedo de impulsar desde esta dimensión su gran obra de divinización de la humanidad. El Evangelio deja claro que: es Dios y no los instrumentos de ninguna institución, quien hace posible que el Reino crezca. De la pequeñez, Dios hace que una realidad tan majestuosa como el Reino acontezca. El Reino es la sencillez, la humildad, el rescate del hermano, la inclusión de los que son diferentes, la dignificación del pobre. Por eso el Evangelio lo expresa con el hermoso símbolo de un grano de mostaza.

La Iglesia será cada vez más parecida al Reino si volvemos a las pequeñas comunidades, semillas de una nueva manera de ser Iglesia y de ser cristiano.

PRIMERA LECTURA.
2Samuel 11, 1-4a. 5-10a. 13-17
Me has despreciado, quedándote con la mujer de Urías

Al año siguiente, en la época en que los reyes van a la guerra, David envió a Joab con sus oficiales y todo Israel, a devastar la región de los amonitas y sitiar a Rabá. David, mientras tanto, se quedó en Jerusalén; y un día, a eso del atardecer, se levantó de la cama y se puso a pasear por la azotea del palacio, y desde la azotea vio a una mujer bañándose, una mujer muy bella. David mandó a preguntar por la mujer, y le dijeron: "Es Betsabé, hija de Alián, esposa de Urías, el hitita." David mandó a unos para que se la trajesen. Después Betsabé volvió a su casa, quedó encinta y mandó este aviso a David: "Estoy encinta." Entonces David mandó esta orden a Joab: "Mándame a Urías, el hitita." Joab se lo mandó. Cuando llegó Urías, David le preguntó por Joab, el ejército y la guerra. Luego le dijo: "Anda a casa a lavarte los pies." Urías salió del palacio, y detrás de él le llevaron un regalo del rey. Pero Urías durmió a la puerta del palacio, con los guardias de su señor; no fue a su casa.

Avisaron a David que Urías no había ido a su casa. Al día siguiente, David lo convidó a un banquete y lo emborrachó. Al atardecer, Urías salió para acostarse con los guardias de su señor, y no fue a su casa. A la mañana siguiente, David escribió una carta a Joab y se la mandó por medio de Urías. El texto de la carta era: "Pon a Urías en primera línea, donde sea más recia la lucha, y retiraos dejándolo solo, para que lo hieran y muera." Joab, que tenía cercada la ciudad, puso a Urías donde sabía que estaban los defensores más aguerridos. Los de la ciudad hicieron una salida, trabaron combate con Joab y hubo bajas en el ejército entre los oficiales de David; murió también Urías, el hitita.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 50
R/.Misericordia, Señor: hemos pecado.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. R.

Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces. R.

En la sentencia tendrás razón, en el juicio resultarás inocente. Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre. R.

Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí la culpa. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Marcos 4, 26-34
Echa simiente, duerme, y la semilla va creciendo sin que él sepa cómo

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: "El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega."

Dijo también: "¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas." Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Palabra del Señor.


Reflexión de la Primera lectura: 2 Samuel 11, 1-4a. 5-10a. 13-17 Me has despreciado, quedándote con la mujer de Urías

Hemos visto la fe de David y la calidad de su oración. Eso no impide que sea un pobre hombre, y un gran pecador, en sus horas malas. La Biblia nos relata la historia de un pueblo de pecadores, de pecadores-salvados. Y ésta es una de las páginas más bellas. Una vez más y por adelantado, oímos en ella "la buena nueva" del evangelio anunciado a los pobres. Es ya la página de la samaritana, de la pecadora en casa de Simón el fariseo, de la mujer adúltera. "No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores" .

-El pecado de David.

David ve a una mujer que se estaba bañando. "Era una mujer muy hermosa" añade el texto sagrado. La desea y la seduce. Pero es la mujer de otro. Es pues un adulterio: a la falta de dominio propio en su sexualidad se añade una injusticia hacia esa mujer y su legítimo marido.

Betsabé, la mujer de Urías, será la madre de Salomón. La citará Mateo en su genealogía, entre los antepasados de Jesús. Por ella está inserto Jesús en la dinastía de David. "Hosanna al hijo de David" gritarán las muchedumbres... y por ella se inserta en un linaje de pecadores, a los que viene a salvar.

Señor, a través de ese pecado, pienso en mis propios pecados. ¡Qué misterio, Señor, que nos hayas creado con una libertad capaz de pecar! Cuando se piensa en la inmensa marea del mal que irrumpe sobre la humanidad, pensamos que si la has permitido, Señor, debe de ser porque esperas de ella un mayor bien.

-Un pecado no viene solo jamás.

Hemos apuntado ya "la falta de dominio propio"... y "la injusticia". Veremos ahora todo lo que de ellos se sigue.

"La hipocresía". David quisiera quizá descargarse de su responsabilidad y endosar el embarazo al marido legítimo. ¡Cuán humano y cuán repugnante a la vez es esto! Pero no lo logra. El tosco hitita Urías, tiene sus principios y los respeta: existía entonces la norma de la abstención sexual durante una guerra. Incluso estando borracho, Urías la recuerda. Y David que lo ha instigado a beber en demasía para hacerle perder la cabeza se siente libre para proseguir en su crimen.

«El homicidio" premeditado. Sombría y lamentable historia, en verdad. «Poned a Urías en lo más recio del combate... que caiga herido y muera.»

El pecado es un ataque a la Ley de Dios. Es una infidelidad a ese Dios que ha favorecido tanto a David, y ¡a quien ha hecho tan hermosas promesas! Pero la cara innoble del pecado aparece muy especialmente, cuando, como en este caso, ¡todo el cálculo de un hombre inteligente se ha puesto en el provecho personal aplastando a los demás! Para la Biblia, con el pecado de Adán, será éste el pecado-tipo.

-«Ten piedad de mí, Señor, según tu bondad. En tu ternura borra mi pecado. Lávame de toda malicia y de mi culpa, Señor, purifícame. Pues mi pecado yo lo reconozco. Mi delito está ante mí sin cesar. Contra Ti, contra Ti sólo he pecado, lo que está mal a tus ojos, eso cometí. »

El famoso salmo «miserere» expresa bien el arrepentimiento de David.

El envés del pecado, es la misericordia de Dios.

Dios saca el bien del mal. ·Péguy-CH cantó ese misterio en términos inolvidables: «de aguas sucias, Dios hace aguas puras; de almas turbias, hace almas transparentes...»

Reflexión del Salmo 50 Misericordia, Señor: hemos pecado.

Es un salmo de súplica individual. El salmista está viviendo un drama que consiste en la profunda toma de conciencia de la propia miseria y de los propios pecados; es plenamente consciente de la gravedad de su culpa, con la que ha roto la Alianza con Dios. Por eso suplica. Son muchas las peticiones que presenta, pero todas giran en torno a la primera de ellas: “¡Ten piedad de mí, OH Dios, por tu amor!” (3a).

Tal como se encuentra en la actualidad, este salmo está fuertemente unido al anterior (Sal 50). Funciona corno respuesta a la acusación que el Señor hace contra su pueblo. En el salmo 50, Dios acusaba pero, en lugar de dictar la sentencia, quedaba aguardando la conversión del pueblo. El salmo 51 es la respuesta que esperaba el Señor: «Un corazón contrito y humillado tú no lo desprecias» (19h). Pero con anterioridad, este salmo existió de forma independiente, como oración de una persona.

Tiene tres partes: 3-11; 12-19; 20-21. En la primera tenemos una riada de términos o expresiones relacionados con el pecado y la transgresión. Estos son algunos ejemplos: «culpa» (3), «injusticia» y «pecado» (4), «culpa» y «pecado» (5), «lo que es malo» (6), «culpa» y «pecador» (7), «pecados» y «culpa» (11). La persona que compuso esta oración compara su pecado con dos cosas: con una mancha que Dios tiene que lavar (9); y con una culpa (una deuda o una cuenta pendiente) que tiene que cancelar (11). En el caso de que Dios escuche estas súplicas, el resultado será el siguiente: la persona «lavada» quedará más blanca que la nieve (9) y libre de cualquier deuda u obligación de pago (parece que el autor no está pensando en sacrificios de acción de gracias). En esta primera parte, el pecado es una especie de obsesión: el pecador lo tiene siempre presente (5), impide que sus oídos escuchen el gozo y la alegría (10a); el pecador se siente aplastado, como si tuviera los huesos triturados a causa de su pecado (10b). En el salmista no se aprecia el menor atisbo de respuesta declarándose inocente, no intenta justificar nada de lo que ha hecho mal. Es plenamente consciente de su error, y por eso implora misericordia. El centro de la primera parte es la declaración de la justicia e inocencia de Dios:» Pero tú eres justo cuando hablas, y en el juicio, resultarás inocente» (6b). Para el pecador no hay nada más que la conciencia de su compromiso radical con el pecado: «Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre» (7).

Si en la primera parte nos encontrábamos en el reino del pecado, en la segunda (12-19) entramos en el del perdón y de la gracia. En la primera, el salmista exponía su miseria; en la segunda, cree en la riqueza de la misericordia divina. Pide una especie de «nueva creación» (12), a partir de la gracia. ¿En qué consiste esta renovación total? En un corazón puro y un espíritu firme (12). Para el pueblo de la Biblia, el «corazón» se identifica con la conciencia misma de la persona. Y el “espíritu firme” consiste en la predisposición para iniciar un nuevo camino.

Creada nuevamente por Dios, esta persona empieza a anunciar buenas noticias: «Enseñaré a los culpables tus caminos, y los pecadores volverán a ti» (15). ¿Por qué? Porque sólo puede hablar adecuadamente del perdón de Dios quien, de hecho, se siente perdonado por él. Hacia el final de esta parte, el salmista invoca la protección divina contra la violencia (16) y se abre a una alabanza incesante (17). En ocasiones, las personas que habían sido perdonadas se dirigían al templo para ofrecer sacrificios. Este salmista reconoce que el verdadero sacrificio agradable a Dios es un espíritu contrito (18-19).

La tercera parte (20-21) es, ciertamente, un añadido posterior. Después del exilio en Babilonia, hubo gente a quien resultó chocante la libertad con que se expresaba este salmista. Entonces se añadió este final, alterando la belleza del salmo. Aquí se pide que se reconstruyan las murallas de Sión (Jerusalén) y que el Señor vuelva nuevamente a aceptar los sacrificios rituales, ofrendas perfectas y holocaustos, y que sobre su altar se inmolen novillos. En esta época, debe de haber sido cuando el salmo 51 empezó a entenderse como repuesta a las acusaciones que Dios dirige a su pueblo en el salmo 50.

Este salmo es fruto de un conflicto o drama vivido por la persona que había pecado. Esta llega a lo más hondo de la miseria humana a causa de la culpa, toma conciencia de la gravedad de lo que ha hecho, rompiendo su compromiso con el Dios de la Alianza (6) y, por ello, pide perdón. En las dos primeras partes, esboza dos retratos: el del pecador (3-11) y el del Dios misericordioso, capaz de volver a crear al ser humano desde el perdón (12-19). También aparece, en segundo plano, un conflicto a propósito de las ceremonias del templo. Si se quiere ser riguroso, esta persona tenía que pedir perdón mediante el sacrificio de un animal. Sin embargo, descubre la profundidad de la gracia de Dios, que no quiere sacrificios, sino que acepta un corazón contrito y humillado (19).

Se trata, una vez más, del Dios de la Alianza, La expresión «contra ti, contra ti solo pequé» (6a) no quiere decir que esta persona no haya ofendido al prójimo. Su pecado consiste en haber cometido una injusticia (4a). Esta expresión quiere decir que la injusticia cometida contra un semejante es un pecado contra Dios y una violación de la Alianza. El salmista, pues, tiene una aguda conciencia (le la transgresión que ha cometido. Pero mayor que su pecado es la confianza en el Dios que perdona. Mayor que su injusticia es la gracia de su compañero fiel en la Alianza. Lo que el ser humano no es capaz de hacer (saldar la deuda que tiene con Dios), Dios lo concede gratuitamente cuando perdona.

El tema de la súplica está presente en la vida de Jesús (ya hemos tenido ocasión de comprobarlo a propósito de otros salmos de súplica individual). La cuestión del perdón ilimitado de Dios aparece con intensidad, por ejemplo, en el capítulo 18 de Mateo, en las parábolas de la misericordia (Lc 15) y en los episodios en los que Jesús perdona y «recrea» a las personas (por ejemplo, Jn 8,1-11; Lc 7,36-50, etc.).

El motivo «lavar» resuena en la curación del ciego de nacimiento (Jn 9,7); el «purifícame» indica hacia toda la actividad de Jesús, que cura leprosos, enfermos, etc.

La cuestión de la «conciencia de los pecados» aparece de diversas maneras. Aquí, tal vez, convenga recordar lo que Jesús les dijo a los fariseos que creían ver: «Si fueseis ciegos, no tendríais culpa; pero como decís que veis, seguís en pecado» (Jn 9,41). En este mismo sentido, se puede recordar lo que Jesús dijo a los líderes religiosos de su tiempo: «Si no creyereis que “yo soy el que soy”, moriréis en vuestros pecados» (Jn 8,24).

Este salmo es una súplica individual y se presta para ello. Conviene rezarlo cuando nos sentimos abrumados por nuestras culpas o «manchados» ante Dios y la gente o “en deuda” con ellos; cuando queremos que el perdón divino nos cree de nuevo, ilumine nuestra conciencia y nos dé nuevas fuerzas para el camino,..

Reflexión primera del Santo Evangelio Mc 4, 26-34: Como una semilla de mostaza

El pasaje incluye dos comparaciones destinadas a ilustrar la idea del Reino. La primera (vv. 26-29), que recuerda la parábola del sembrador, compara el Reino con el campesino que, tras la siembra, espera inactivo el crecimiento de la semilla hasta el momento de la siega. Dos son al menos los niveles de lectura de esta breve parábola. La siembra puede representar la predicación del Evangelio, una predicación confiada a los discípulos: Jesús les invita a que tengan paciencia, porque la semilla de la Palabra actúa por su propia virtud y da fruto según modos y tiempos que el hombre no puede conocer ni acelerar a su gusto.

La semilla se desarrolla sin que el campesino sepa cómo, y la tierra produce por sí misma el grano: sólo «cuando el fruto está a punto» (v. 29), esto es, cuando el Reino se haya manifestado en su gloria, será necesario volver a ponerse a la obra. Ahora bien, podemos ver también en el sembrador la acción de Dios: ha enviado al mundo su Palabra, ahora espera que dé fruto (cf. Is 55,10ss), y, en el tiempo de la siega, metáfora del juicio final, empuñará la hoz.

La segunda comparación (vv. 30-32) representa el Reino como el grano de mostaza del que nace un gran árbol. También aquí se trata de un mensaje de confianza, un mensaje importante para la comunidad primitiva, que hubiera podido caer en el desánimo. No importa que sus miembros sean pocos y pequeños; es más, la Palabra de Dios dará frutos inconmensurables, aunque no por nuestros méritos, sino por la gracia.

La conclusión (vv. 33ss) retorna el tema del doble lenguaje de Jesús: parábolas para el gran público, explicación en privado sólo para los discípulos.

El Señor realiza su designio de salvación, y los hombres son simples instrumentos en sus manos. No nos corresponde a nosotros decidir cuándo y en qué medida dará fruto la semilla: el crecimiento tiene lugar en secreto, mientras nosotros nos ocuparnos de otras cosas, y es un crecimiento desproporcionado en comparación con nuestras expectativas. No podemos influir de ninguna manera: ni de modo positivo, acelerando los tiempos; ni de modo negativo, frenando con nuestro pecado la eficacia de la Palabra.

Sin embargo, esto no debe desanimarnos, ni disminuir nuestro compromiso. En realidad, las lecturas de hoy nos envían un gran mensaje de esperanza y de confianza: nos ha sido confiada una tarea para la que somos inadecuados, aunque, a pesar de todo, nuestra colaboración es importante. Sólo debemos abstenemos de sentirnos atosigados por la expectativa del resultado: éste no se encuentra en nuestras manos, no nos corresponde a nosotros medir el efecto, y, tal vez, no veamos nunca los resultados. Sólo al final empuñaremos la hoz: al final de nuestra vida recogeremos el fruto de nuestro trabajo, y la siega será una fiesta alegre si hemos sabido esperar con serenidad, confiados en la obra del Padre.

Confiar en Él, ése es el secreto: sin huir de las responsabilidades y sin maquinar engaños para encubrir nuestras culpas. David creyó haber obrado con astucia y haber enmascarado la traición, pero el Señor ve en lo secreto de los corazones y sabrá intervenir.

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Mc 4, 26-34. La semilla y el grano de mostaza.

El crecimiento silencioso. Con el pasaje de hoy concluye el discurso parabólico de Marcos. Las primeras comunidades cristianas esperaban como inminente la llegada triunfal del Señor. Por otra parte, palpan las grandes dificultades del crecimiento de la Iglesia. Reina un cierto desánimo. Con todo, pueden ver que la parábola del grano de mostaza se ha cumplido; anidan en el árbol de la Iglesia miembros venidos de diversos pueblos y naciones. Hay comunidades cristianas extendidas por muchas partes del Imperio. Con estas parábolas, Jesús revela la naturaleza del Reino. Afirman que el Reino viene con toda seguridad, porque ya ha irrumpido en el mundo a través de la persona y el mensaje de Jesús. Lo mismo que la semilla sembrada y el grano de mostaza, el Reino llegará a plenitud irresistiblemente, a pesar de su lentitud inicial.

No obstante, cada una de las dos grandes parábolas tiene su matiz propio. La de la semilla que crece por sí sola acentúa la gratuidad del Reino; y la del grano de mostaza, el crecimiento del mismo. Las dos parábolas, junto con la del sembrador (Mc 4,3-8) y la de la levadura (Mt 13,33) forman un grupo de relatos orientados hacia la misma conclusión: la justificación del Mesías frente a los fracasos de su predicación. Es muy posible que hayan sido expuestas pensando especialmente en los discípulos zelotas, como eran Simón y Judas Iscariote (“sicario”). Los zelotas propiciaban la guerra santa contra Roma para establecer el Reino mesiánico. Con la parábola del grano de mostaza, Jesús justifica el aparente fracaso de su misión y la lentitud en la llegada del Reino mesiánico, que los impacientes atribuían a la pobreza de medios que emplea en contra de las expectativas de los jefes y el pueblo. La semilla va creciendo por sí sola hasta la siega de la mies, referencia inequívoca al juicio de Dios, según la tradición bíblico-profética.

La grandeza de lo pequeño. Jesús, siguiendo el estilo oriental, no da una definición del Reino, sino que lo presenta con parábolas, a través de las cuales ofrece sus distintos aspectos; en la de los obreros de la viña y de los talentos, por ejemplo, la necesidad de la colaboración humana. El Reino de Dios es el proyecto divino hecho realidad en la historia: que convivamos como una comunidad de hermanos, que se reconocen hijos de Dios.

En las parábolas de hoy Jesús quiere poner de relieve que el Espíritu actúa calladamente y hace que ese proyecto se vaya realizando. La parábola de la semilla va dirigida contra los que quieren forzar la venida del Reino o incluso construirlo con la revolución nacional, como los zelotas, con la obediencia a una disciplina legal absoluta, como los fariseos, con precisos cálculos sobre el tiempo final, como los apocalípticos. A todo esto el evangelista contrapone la apertura al futuro en la espera de lo que Dios mismo hará. No es pasividad, sino dejarle la iniciativa y la dirección, ya que es el gran protagonista de la historia. Algo muy vigente en estos tiempos de eficacia es fiarnos sobre todo de las técnicas de difusión, de los grandes organigramas; sin embargo, lo que necesitamos por encima de todo es el fuego de Pentecostés y la confianza en el Señor de las cosechas.

Con la parábola del grano de mostaza, Jesús pone de relieve que las realizaciones del Reino empiezan siendo semillas casi ridículas como la de la mostaza. La he tenido en la mano y es como la cabecita de un alfiler. Pero luego crece hasta los tres metros y en ella anidan los pájaros. Hoy palpamos cómo aquella diminuta semilla, un puñado de incultos y asustadizos discípulos, ha llegado a ser un árbol copudo cuyas ramas cubren la tierra entera. Y es que no se trata de sembrar semillas aparatosas y llenas de orgullo, sino las que están a nuestro alcance; no es cuestión de recurrir a la propaganda tramposa ni a las estadísticas amañadas como hacen muchas organizaciones mundanas. El Evangelio es suficientemente bello, está hecho a la medida del hombre, es respuesta a sus anhelos más profundos y no necesita añagazas. Saber que tenemos la verdad garantizada por el mismo Hijo de Dios da una gran confianza.

Es Dios el que hace crecer. El labrador esparce la semilla, y ella primero germina, luego crece y más tarde da fruto. A veces el proceso es lento. Hemos de liberarnos de la impaciencia de querer ver brotada la semilla al día siguiente de sembrarla. La pastoral, sobre todo la educativa, es de mucha paciencia. A veces la semilla está dormida decenas de años. El Reino no crece como las instituciones de la tierra: con inauguraciones masivas y con la presencia de la prensa.

Hay que valorar las pequeñas semillas, los pequeños grupos que, unidos, desencadenan una gran revolución, como aconteció con las pequeñas comunidades de la Iglesia primitiva, que derribaron al omnipotente Imperio Romano. Todo lo que no se asiente bien termina derrumbándose. Todo lo que se fundamente en un mesianismo personal está condenado a hundirse con el cambio de líder. La nueva humanidad y la nueva Iglesia han de surgir de pequeños grupos. “Más vale prender un fósforo que gritar contra la oscuridad”. Es más, cuando se prenden muchos fósforos juntos, nace el día. Decía Gamaliel: “Si el plan es de Dios, nada logrará destruirlo” (Hch 5,38-39). Lo que hace una persona, animada por el amor, nunca es poco. Quien actúa por amor, nunca fracasa, aunque no pueda contabilizar resultados palpables. El fruto supremo es la bondad que acumula; con ella se eleva; y cuando uno se eleva, eleva con él a toda la humanidad.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Mc 4, 26-34. Dejémonos sorprender y asombrar.

Jesús quiere hablar del Reino, que es la realidad divina, y de nuestra relación con Dios. Usa el lenguaje sencillo e inmediato de dos ejemplos «agrícolas»: dos parábolas que, transparentes como un vaso de agua, provocan un examen de conciencia. En su significado profundo, nos invitan a asombrarnos por algo sorprendente: si bien los comienzos y las manifestaciones de la acción de Jesús son, aparentemente, modestos, casi insignificantes, el resultado final será, a buen seguro, excelente.

La primera parábola presenta una sucesión articulada que, a partir del sembrador (“el grano que un hombre echa en la tierra”: vv. 26s), pasa a considerar después el trabajo de la tierra (v. 28), para volver, por último, a la actividad humana. En su brevedad esencial, abarca un horizonte cósmico en el que pasan el día y la noche, y asistimos al festival de todas las estaciones: el otoño, que es cuando se siembra, el reposo del invierno, el germinar de la primavera y el verano o tiempo de la cosecha.

El labrador, una vez confiada la semilla a la tierra, se va: ha terminado su trabajo. El sembrador participa al comienzo con la semilla y al final con la cosecha. Todo lo que se sitúa entre estos dos momentos acontece sin su concurso: «Duerma o vele, de noche o de día, el grano germina y crece, sin que él sepa cómo» (v. 27). El no sabe cómo, pero sabe que Dios trabaja a través de sus elementos. El secreto, por tanto, está en la tierra. Es el maravilloso misterio de la disponibilidad de la tierra, de la fecundidad de la semilla, que, extinguiéndose en la oscuridad de la tierra, se vuelve a encender de una manera milagrosa a la vida: «Primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga» (v. 28). El sembrador reconoce con su inactividad que hay un ámbito en el que no puede actuar. Debe limitarse únicamente a esperar confiado. Al final, vendrá la alegre ceremonia de la siega, que es el misterio transformado en milagro, en alegría y triunfo (cf. Is 9,2), en pan. Vuelve así a la escena el labrador: «Y cuando el fruto está a punto, en seguida se mete la hoz, porque ha llegado la siega» (v. 29).

La segunda parábola omite la figura del labrador —presente de una manera alusiva en la semilla echada en tierra— y se concentra en un tipo de semilla, el grano de mostaza, tan minúsculo (v. 31) que casi se pierde cuando lo ponemos en la palma de la mano. Ahora bien, una vez que ha crecido se convierte en una planta que alcanza a veces cuatro metros de altura y pasa a ser un cómodo refugio para los pájaros (v. 32). Esta parábola, como la precedente, también es una mirada complacida y extasiada al poema de la naturaleza que, de manera estacional, vuelve a proponernos el ciclo de la vida. El proceso del crecimiento era para los antiguos, más aún que para nosotros, un secreto confiado y custodiado por la tierra (la cual «da fruto por sí misma»: v. 28). Dios ha puesto en la semilla una fuerza vital. Y él sigue siendo, en último extremo, el verdadero responsable del crecimiento (como bien nos recuerda 1 Cor 3,7: «Ni el que planta ni el que riega son nada; Dios, que hace crecer, es el que cuenta»; cf. también Sal 1o4, 14s).

El Reino de los Cielos fue anunciado con la predicación del Evangelio: es la semilla plantada. Los discípulos, al verlo empezar de un modo tan pobre, podían preguntarse con inquietud cuál habría de ser su destino. Puesto que los efectos de esa predicación podían parecer lentos y no responder a las expectativas de unos frutos inmediatos o espectaculares, Jesús les tranquiliza exhortándoles a considerar la naturaleza y sus leyes. La semilla que crece y da frutos, a pesar de la inactividad del labrador, la semilla pequeña que se convierte en un árbol lozano, constituyen la lección continua que se debe oponer a las inquietas y subjetivas aceleraciones que el hombre quiere imprimir a la historia y al proyecto de Dios. El momento presente debemos considerarlo en función de un futuro que pertenece a Dios: una idea que será recogida en el discurso escatológico (cf. 13,32).

Es norma nuestra la programación rápida, el culto a la eficiencia y la intolerancia frente a toda lentitud: se vuelve obligatorio el método fuerte y eficaz, se invoca el autoritarismo para la consecución segura y rápida del fin. La paciencia se encuentra incómoda en la casa de la educación actual. En nuestra sociedad se combinan los plazos fulminantes a ritmos acuciantes, casi obsesivos. Sin embargo, nosotros hemos comprendido: la impaciencia no es de Dios, no es de Cristo y no debe ser del cristiano, porque la prisa mortifica y destruye la espera.

En la realización del Reino no hacen falta golpes de efecto, ni inquietud, porque el crecimiento ha sido confiado a una fuerza secreta e infalible. No queda más que esperar con confianza, sin presunción y sin desánimos. Ciertamente, debemos pedir la venida del Reino de una manera humilde y tenaz (“Venga a nosotros tu Reino”), porque su crecimiento es un don que el hombre debe implorar y recibir del Padre. La mies, o el gran crecimiento, acontecerá en el tiempo que él ha fijado. Lo importante es saber que vendrá. La promesa de Dios es como la semilla plantada en el surco de la historia: es Cristo muerto y resucitado que actúa ya desde ahora en este mundo. El es la semilla que brota por sí sola y que garantiza una rica cosecha, es el árbol frondoso que alberga a los pájaros; él es la fuerza vital y misteriosa que transforma al individuo y la sociedad. Gracias a Jesús, todo tiempo es tiempo de crecimiento y de maduración que prepara la venida de la salvación. Es un tiempo que exige fe y esperanza.

Las dos parábolas valen asimismo para la historia espiritual de cada persona. El crecimiento de cada uno y cada una supone la acción invisible, pero constante, de Dios. Se trata de una obra sobrenatural que no se lleva a cabo con recetas o con programas preestablecidos, que no se realiza con medios aparatosos, en medio del tumulto y la agitación. El saber estar tranquilos, en una aparente inactividad, es, en realidad, lo más importante que podemos hacer, porque expresa nuestra confianza en la intervención de Dios, que es fuerza de amor.

Al fanatismo de los que persiguen signos espectaculares, las parábolas les oponen el ritmo cotidiano del crecimiento, que, sin estar afectado por un carácter de excepcionalidad, esconde lo sensacional que nace del cruce de la próvida presencia de Dios con el empeño humilde y constante del hombre. El Padre, en su designio de salvación, ha querido la participación viva y cotidiana del hombre en la construcción de una humanidad libre y verdadera. Ahora bien, al estilo de Jesús: humilde, débil, orante...

Por eso se nos pide a nosotros el abandono de la protervia de actuar solos, convenciéndonos de que lo principal en la construcción del Reino es la obra divina. Cuando dejamos florecer una serena confianza, ya estamos ejerciendo una primera, y no desdeñable, forma de colaboración inteligente.

Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Mc 4, 26-34. Dejémonos sorprender y asombrar.

Las dos parábolas de hoy tienen en común el "símbolo" de la germinación, de la potencia de la "vida naciente". Jesús ve así su obra.

-El "Reino de Dios" es como un hombre que arroja la semilla en la tierra.

Contemplo a Jesús sembrando.

Es un gesto absolutamente natural, apasionante, misterioso.

Un gesto de esperanza y de aventura. ¿Crecerá? ¿Habrá buena cosecha, o no habrá nada? ¿Helará en invierno y destruirá las tiernas plantas? o bien, ¿quemará el sol lo que estoy sembrando? No lo sé. Pero lo que sí sé es que hay que sembrar y arriesgarse. Gracias, Jesús.

Tú eras de aquella raza, campesina, que estaba en contacto con la naturaleza, en contacto con la vida... tú eras de los que creen en la vida, que tienen confianza en el porvenir, de los que siembran a manos llenas ¡para que la "vida" se multiplique! Pero esta imagen es válida para cualquier vida humana: para los empresarios, médicos, profesores, programadores, artesanos, madres de familia, asistentas, artistas, sacerdotes, etc... hay que sembrar, hay que invertir sobre el porvenir.

Jesús es consciente de estar haciendo esto: siembra. Emprende una gran obra que tiene porvenir. El "Reino de Dios" comienza; como un gran tiempo de siembra.

-De noche y de día, duerma o vele, la semilla germina y crece sin que él sepa cómo. Por sí misma la tierra da fruto, primero la hierba, luego la espiga, enseguida el fruto que llena la espiga, y cuando el fruto está maduro, se mete allí la hoz, porque la mies está en sazón. Marcos es el único que nos relata esta maravillosa, corta y optimista parábola del "grano-que-crece-solo" ¡Releedla! Dejaos llevar por su alegre movimiento.

Sí, todo reside en la vitalidad de la semilla: el germen es una potencia concentrada, formidable, invencible... pero menuda, escondida y aparentemente frágil. Desde que la semilla ha sido arrojada a la tierra, comienzan en lo secreto, una serie de maravillas. Poco importa que el campesino se preocupe o no, por ello; en último término, la cosa no depende ya de él.

De esa manera, dijo Jesús, el Reino de Dios es como una semilla viva. Sembrada en un alma, sembrada en el mundo, crece con un lento, imperceptible, pero continuo crecimiento. Incluso inapercibida, y no verificable aún, la vida progresa y no abdica jamás.

¿Qué quieres decirme, Señor, a mí, hoy, a través de estas palabras de esperanza? ¿A qué me invitas?

-¿A qué podemos comparar el "Reino de Dios"? A un "grano de mostaza ... que cuando se siembra en la tierra es la más pequeña de todas las semillas del mundo. Pero sembrado, crece y se hace más grande que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden abrigarse a su sombra.

Basta releer y repetir estas palabras y estas imágenes para hacer una auténtica oración. Imaginar que salen de la mente, del corazón, de los labios de Jesús. Aplicarlo a la Historia: en ese momento, Jesús estaba solo, a orillas del lago, con doce hombres y algunos oyentes galileos... y la "pequeña semilla" de ese día ha llegado a ser un árbol grande, ha llegado hasta los extremos de la tierra. Pienso en la Iglesia, en su pequeñez y fragilidad. Pienso en mi propia vida espiritual, tan débil y "pequeña". ¡Releo tu promesa, Señor! Aplico eso también a mis empresas humanas o apostólicas, a mis desalientos, a mis riesgos de abandono. Y vuelvo a leer su parábola de esperanza. ¡Gracias, Señor! Gracias Marcos, por habérnosla relatado.

Elevación Espiritual para este día.

“Plantar” significa evangelizar y atraer a la fe; «irrigar» significa bautizar con palabras solemnes. Si Dios da efecto a la salvación, no hay en ello gloria alguna para el hombre.

«Ahora bien, ni el que planta ni el que riega son nada; Dios, que hace crecer, es el que cuenta» (1 Cor 3,7). 0 bien lo plantado puede morir, o bien lo regado acostumbra (a veces) a no llegar a la fecundidad si Dios no le otorga una vida sana. En consecuencia, por lo que respecta al honor divino, nada corresponde al hombre. Sin embargo, en lo que respecta al ministerio, es preciso que reciba el honor como siervo, no como si se esperara algo de él, produciendo ofensa a Dios.

Reflexión Espiritual para el día.

Era el tiempo en el que se procedía a una violenta persecución contra todas las religiones en China. Tuve noticias de que muchos obispos, sacerdotes, hermanas y simples fieles estaban en la cárcel o en campos de trabajos forzados. Habían sido condenados por su fe en Cristo. Recuerdo las santas misas que celebré en la habitación de mi albergue. Sólo el jefe de la delegación de la que formaba parte conocía mi identidad sacerdotal. ¡Ay de mí si los chinos la hubieran descubierto!

Sin embargo, me había traído de Hong Kong una botellita de vino, hostias y algunas hojas de papel con las partes móviles de la misa. Me levantaba a las dos o a las tres de la noche y celebraba la misa en la habitación del albergue, con el mínimo de luz, para no levantar sospechas. Ofrecía yo el divino sacrificio por todos los hermanos cristianos chinos que sabía que estaban en la cárcel, en campos de trabajos forzados o en la clandestinidad. Aquellas misas nocturnas me conmovían. Estaba llevando a cabo un gesto misionero en China. Dice el Concilio que la eucaristía es «la fuente y la cima de la evangelización» (PO 5). Es Dios, en efecto, quien evangeliza y convierte los corazones, a través de la obra del misionero, aunque también de modos misteriosos que sólo él conoce. ¿Qué gesto misionero más auténtico puede haber, por consiguiente, que celebrar la misa en la China de la «revolución cultural», cuando estaba prohibido cualquier gesto público de culto? P Gheddo, Vangelo delle 7.19, Bolonia 1.991, pp 162ss).

El rostro de los personajes ,pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Santa Iglesia: Doble crimen de David.

El pecado pasional de David con Betsabé, con ser grave, diríamos que no se sale de lo normal, sobre todo si se enjuicia no a la luz de criterios evangélicos, sino dentro del contexto moral del s. X a J. C. De haber conseguido la solución, que pudiéramos llamar clásica, intentada por el rey, el hecho no hubiera tenido mayores consecuencias.

Pero el marido de Betsabé no se deja envolver en la trampa. ¿Obedece su actitud a posibles sospechas o realmente le mueven los motivos caballerescos que señala la Biblia? Lo cierto es que todas las facilidades y presiones ejercidas sobre Urías son inútiles. Aquí llega el momento más grave del pecado de David. Al adulterio viene a sumarse el asesinato. El asesinato de uno de sus soldados más fieles y leales, perpetrado además de una manera vil y traidora.

¡A dónde ha venido a caer el ungido del Señor, el rey de Judá y de Israel, el mimado de Dios, el beneficiario de las promesas divinas, el hombre de la alianza!

No nos escandalicemos. El pecado nos da la justa medida del hombre. Es una realidad constante y universal en la que se halla sumergida la existencia del hombre. Es un hecho constatado por la Biblia: la pecaminosidad universal de todos los hombres; más aún, esta pecaminosidad es fruto de una tendencia que nos arrastra al mal de una manera irresistible: «Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre» (Sal 51, 7).

El episodio de David y Betsabé forma parte de la llamada «Historia de la sucesión al trono», y, dentro de este contexto, la finalidad de nuestro relato es introducir en escena a Salomón, que será, después de muchas incidencias, quien suceda a su padre David sobre el trono de Jerusalén. En efecto, el punto local de la «Historia de la sucesión al trono» es: quién va a ser el sucesor de David. Hay varios candidatos: queda todavía Meribaal, nieto de Saúl, que seguía haciendo valer sus títulos dinásticos; están luego los hijos de David por orden de antigüedad e incluso algún pretendiente más, como el benjaminita Seba en 2Sam 20, A lo largo de los catorce capítulos de esta Historia de la Sucesión (2Sam 9—20, más 1Re 1—2), que constituyen un auténtico suspense, van siendo descartados todos los aspirantes y al final quedan solos frente a frente en dramático duelo Adonias y Salomón. Gracias a la intervención de Betsabé triunfa la candidatura de Salomón, que es coronado rey (1Re 1, 11-53). Es un cuadro muy similar al triunfo de Jacob sobre su hermano Esaú gracias a la iniciativa de Rebeca (Gén 27).

Resumiendo, la historia de David y Betsabé, rica en lecciones por sí misma, adquiere nuevas dimensiones cuando se lee a la luz más amplia del contexto en el que se inserta como parte importante.+

Enviado el Sábado, 27 enero a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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