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Nuestro Blog: La Mística

En Reflexiones Católicas estrenamos nuevo blog dedicado a La Mística y Los Místicos, donde encontrarás artículos, biografías, vídeos...
 
 
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Lecturas del día 26-01-2018

LITURGIA DE LA PALABRA.

2Tim 1, 1-8: “Refrescando la memoria de tu fe sincera”
Sal 95: Contad las maravillas del Señor a todas las naciones.
Lc 10,1-9: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores, pocos”

La cosecha proporciona a Jesús la ocasión de su discurso. El trasforma a los cosechadores de trigo en cosechadores de hombres, como ya lo hizo con los pescadores. Pero la siega reviste una significación teológica importante en las Escrituras (Am 9,13-15). Y confiere una densidad particular a la misión de los discípulos: ésta es ya el compromiso de la humanidad con el reino que viene; preludia al juicio de Dios, porque su Palabra comporta su juicio y su discernimiento de los corazones. No es desde entonces extraño que la misión acabe muchas veces en persecución (v.3).

Mientras que la versión de Mateo nos muestra una visión de estas persecuciones en tono muy apocalíptico, Lucas prefiere atenerse a la enumeración de los consejos prácticos dados por Jesús a sus discípulos. Proyectado hacia la esperanza mesiánica y la proximidad de su objeto (v.9), el discípulo no puede ya atribuir valor a los medios y a las técnicas del mundo presente. La proximidad del reino le dispensa de preocuparse además por seguridades para su futuro; su pobreza tiene, pues, una significación profética. La pobreza del misionero es anunciadora del reino que viene.

El segundo consejo dado a los misioneros concierne a sus relaciones con sus anfitriones. Hace falta que expresen el carácter de peregrinos y nómades de los discípulos de Jesús, nunca instalados, siempre en camino hacia el reino.

PRIMERA LECTURA.
2Timoteo 1, 1-8.
Refrescando la memoria de tu fe sincera.

Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús, a Timoteo, hijo querido; te deseo la gracia, misericordia y paz de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro. Doy gracias a Dios, a quien sirvo con pura conciencia, como mis antepasados, porque tengo siempre tu nombre en mis labios cuando rezo, de noche y de día. Al acordarme de tus lágrimas, ansío verte, para llenarme de alegría, refrescando la memoria de tu fe sincera, esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice, y que estoy seguro que tienes también tú. Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio. No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor y de mí, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 95
R/. Contad las maravillas del Señor a todas las naciones.

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre. R.

Proclamad día tras día su victoria. Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones. R.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor. R.

Decid a los pueblos: "El Señor es rey, él afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente." R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Marcos 4,1-20.
Salió el sembrador a sembrar.

En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al lago. Acudió un gentío tan enorme que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y el gentío se quedó en la orilla. Les enseñó mucho rato con parábolas, como él solía enseñar: "Escuchad: Salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otro poco cayó entre zarzas; las zarzas crecieron, lo ahogaron, y no dio grano. El resto cayó en tierra buena: nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno." Y añadió: "El que tenga oídos para oír, que oiga."

Cuando se quedó solo, los que estaban alrededor y los Doce le preguntaban el sentido de las parábolas. Él les dijo: "A vosotros se os han comunicado los secretos del reino de Dios; en cambio, a los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que "por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y los perdonen.""

Y añadió: "¿No entendéis esta parábola? ¿Pues, cómo vais a entender las demás? El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero, en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la simiente como terreno pedregoso; al escucharla, la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes y, cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, en seguida sucumben. Hay otros que reciben la simiente entre zarzas; éstos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la simiente en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno."

Palabra del Señor.


Reflexión de la Primera Lectura: 2Tim 1, 1-8.“Refrescando la memoria de tu fe sincera”

La segunda Carta a Timoteo, que puede ser fechada a finales del siglo I y pertenece a la escuela paulina, se presenta como el testamento espiritual del apóstol en vísperas del martirio. El autor conoce bien tanto las cartas auténticas de Pablo como las llamadas «deuteropaulinas», y sentimos el eco de las mismas desde el saludo inicial (v. 1) hasta la repetición de motivos entrañables al apóstol: el «espíritu de temor» (v. 7) recuerda el «espíritu de esclavos» de Rom 8,15; se exhorta a Timoteo a no avergonzarse de dar testimonio del Señor (v. 8), del mismo modo que Pablo no se avergüenza del Evangelio (Rom 1,16).

La carta se abre con expresiones de afecto y de estima, pero, sobre todo, de gratitud al Señor. Pablo reivindica para sí el título de «apóstol», que es consciente de merecer porque se ha hecho anunciador del Evangelio y porque ha sido fiel desde siempre al servicio de Dios «según me enseñaron mis mayores» (v. 3), subrayando la continuidad entre el seguimiento de Jesús y la fidelidad a la Ley judía. Es la misma continuidad señalada y aprobada con vigor en la experiencia de Timoteo, encaminado a la fe por su abuela y su madre judías, antes de ser cristiano.

También es característico de las cartas pastorales poner el acento en el carisma del pastor de almas, personificado idealmente por Timoteo y transmitido por el apóstol a través de la imposición de las manos (v. 6). Domina sobre el conjunto el tema del testimonio, dado por Pablo en las tribulaciones y en la cárcel, hasta el martirio, y confiado al discípulo Timoteo para que continúe el servicio «con la confianza puesta en el poder de Dios» (v. 8).

-Cuando David se enteró por Nathán de las promesas divinas, fue a presentarse "ante el Señor" y le dijo...

De nuevo el tema "ante el Señor". David es un hombre de Fe. Se mantiene "delante de Dios". El profeta acaba de cumplir su promesa; rechazo del Templo, anuncio de un descendiente «que será un Hijo para Dios». Inmediatamente David estalla de alegría, y de su corazón, brota una oración de acción de gracias -eucaristía = dar gracias.

Ayúdanos, Señor, a nosotros también, a saber interpretar los acontecimientos... ayúdanos a orar partiendo de las alegrías que nos llegan... Te alabo, Señor, por... (evocar las alegrías del día de hoy).

-¿Quién soy yo, Señor, y qué es mi "casa", para que me hayas hecho llegar hasta aquí?

Humildad.

David repite, en el fondo, la Palabra que Dios le había dirigido. Le ha recordado la pobreza de su origen de pastorcillo. David, a su vez, incorpora a la oración esa Palabra de Dios.

-Ahora, Señor, guarda siempre la promesa que has hecho a tu servidor y a su casa, y obra tal como has dicho.

Repetir la Palabra de Dios.

Pero en sumisión profunda a la voluntad divina.

Ciertamente, en esto, David podía equivocarse gravemente si imaginaba que su dinastía conservaría, humanamente, siempre el poder, y que las herencias y las transmisiones de poder se llevarían a cabo sin problemas.

De hecho, la promesa de Dios no se cumplió materialmente: tres hijos de David. Ammón, Absalón y Adonías, morirán por la espada. desgarrándose los unos a los otros. Y a partir de la segunda generación, con los hijos de Salomón la dinastía davídica se dividirá en dos reinos rivales antes de desaparecer.

A través de las promesas humanas era pues preciso entender una promesa divina: el verdadero descendiente de David no es Salomón, sino Jesús... ¡Pero después de cuántos fracasos humanos! y de una realeza sin gloria humana.

-Luego, ¿tú eres rey? dijo Pilato.--Tú lo dices soy rey...

Pero mi reino no es de este mundo... (Juan 18, 36-37)

Dios trastorna nuestras concepciones demasiado estrechas.

Su reino no es como cabría esperarlo.

Hay que contemplar en silencio, y dejarse llevar: "Hágase tu voluntad, venga a nosotros tu Reino".

Creo, Señor, que tu Reino está «ya aquí», que tu reino está cerca.

Confío en Ti, Señor, a pesar de todas las apariencias contrarias.

-Señor mío, Tú eres Dios, tus palabras son verdad...

La oración debería terminar siempre con esa confesión.

El rey David reconoce la soberanía de Dios. No busca imponer a Dios «sus» propias voluntades. Después de haber expuesto «sus» deseos, se somete a lo contrario.

-Vuestro Padre sabe de qué tenéis necesidad. (Mateo 6, 8)

Así hablaba Jesús... siguiendo a David, su antepasado.

Nos es conveniente haber meditado, hoy, sobre la «oración de David» y haber admirado su alma, porque mañana meditaremos sobre el pecado de David: el justo que llegará a ser criminal.

Reflexión del Salmo 95: Contad las maravillas del Señor a todas las naciones.

Este salmo pertenece a la familia de los himnos: tiene muchas semejanzas con los himnos de alabanza, pero se considera un salmo de la realeza del Señor por incluir la expresión « ¡El Señor es Rey!». Esta constituye el eje de todo el salmo. Por eso tiene tantas invitaciones a la alabanza.

Este salmo está organizado en tres partes: 1-6; 7-10; 11-13. La primera (1-6) presenta una serie de invitaciones a cantar, bendecir, proclamar y anunciar. Se dirigen a la «tierra entera», pero esta expresión se refiere, sin duda, a la tierra de Israel. El destinatario de todas estas invitaciones es, pues, el pueblo de Dios. Este salmo invita a cantar al Señor un cántico nuevo. En qué ha de consistir esta «novedad» se nos indica en la segunda parte: se trata de la realeza universal de Dios. Después de las invitaciones a cantar, bendecir, proclamar y anunciar a todos los pueblos, se presenta el primero de los motivos, introducido por un «porque...». El Señor está por encima de todos los dioses. Se hace una crítica devastadora de las divinidades de las naciones: son pura apariencia, mientras que el Señor ha creado el cielo, y podrá celebrarlo. Aparece una especie de procesión simbólica en honor del Señor: precediéndolo, marchan Majestad y Esplendor y, en el templo de Jerusalén, Fuerza y Belleza están ya montando guardia. En la tercera parte se dice que el Señor viene para gobernar la tierra. El salino se limita a mostrar el inicio de esta solemne procesión de venida...

La segunda parte también presenta diversas invitaciones: a aclamar, a entrar en los atrios del templo llevando ofrendas para adorar. La tierra, a la que en la primera parte se invita a cantar, debe ahora temblar en la presencia del Señor. Estos imperativos se dirigen a las familias de los pueblos, esto es, se trata de una invitación internacional que tiene por objeto que las naciones proclamen en todas partes la gran novedad del salmo (el «porque...» de la segunda parte): « ¡El Señor es Rey!». Se indican las consecuencias del gobierno del Señor: el mundo no vacilará nunca; el salmo señala también la principal característica del gobierno de Dios: la rectitud con que rige a todos los pueblos.

En la tercera parte (11-13) aparecen nuevamente las invitaciones o deseos de que suceda algo. Ahora se invita a hacer fiesta, con alegría, al cielo, a la tierra, al mar (dimensión vertical), a los campos y los árboles del bosque (dimensión horizontal) con todo lo que contienen toda la creación está llamada a aclamar y celebrar: el cielo tiene que alegrarse; la tierra, que ya ha sido invitada a cantar y a temblar, ahora tiene que exultar; el mar tiene que retumbar, pero no con amenazas ni infundiendo terror, sino corno expresión de la fiesta, junto con todas sus criaturas; los campos, con todo lo que en ellos existe, están llamados a aclamar, y los bosques frondosos gritarán de alegría ante el Señor. A continuación viene el «porque...» de la tercera parte: el Señor viene para gobernar la tierra y el mundo. Se indican dos nuevas características del gobierno del Señor: la justicia y la fidelidad.

Este salmo expresa la superación de un conflicto religioso entre las naciones. El Señor se ha convertido en el Dios de los pueblos, en rey universal, creador de todas las cosas, es aquel que gobierna a los pueblos con rectitud, con justicia y fidelidad. La superación del conflicto se describe de este modo: “¡Porque el Señor es grande y digno de alabanza, más terrible que todos los dioses!” Pues los dioses de los pueblos son apariencia, mientras que el Señor ha hecho el cielo».

El salmo no oculta la alegría que causa la realeza universal de Dios. Basta fijarse en el ambiente de fiesta y en los destinatarios de cada una de sus planes: Israel, las familias de los pueblos, toda la creación. Todo está orientado hacia el centro: la declaración de que el Señor es Rey de todo y de todos. Israel proclama, las naciones traen ofrendas, la naturaleza exulta. En el texto hebreo, la palabra «todos» aparece siete veces. Es un detalle más que viene a confirmar lo que estamos diciendo. El ambiente de este salmo es de pura alegría, fiesta, danza, canto. La razón es la siguiente: el Señor Rey viene para gobernar la tierra con rectitud, con justicia y con fidelidad. El mundo entero está invitado a celebrar este acontecimiento maravilloso.

El tema de la realeza universal del Señor es propio del período posexílico (a partir del 538 a.C.), cuando ya no había reyes que gobernaran al pueblo de Dios, Podemos, pues, percibir aquí una ligera crítica al sistema de los reyes, causante de la desgracia del pueblo (exilio en Babilonia).

El salmo insiste en el nombre del Señor, que merece un cántico nuevo, ¿Por qué? Porque es el creador, el liberador (las «maravillas» del v. 3b recuerdan la salida de Egipto) y, sobre todo, porque es el Rey universal. En tres ocasiones se habla de su gobierno, y tres son las características de su administración universal: la rectitud, la justicia y la fidelidad. Podemos afirmar que se trata del Dios aliado de la humanidad, soberano del universo y de la historia. Esto es lo que debe proclamar Israel, poniendo al descubierto a cuantos pretendan ocupar el lugar de Dios; se invita a las naciones a adorarlo y dar testimonio de él; la creación entera está invitada a celebrar una gran fiesta (11-12).

Como ya hemos visto a propósito de otros salmos de este mismo tipo, el tema de la realeza de Jesús está presente en todos los evangelios. Mateo nos muestra cómo Jesús practica una nueva justicia para todos; esta nueva justicia inaugura el reinado de Dios en la historia, Los contactos de Jesús con los no judíos ponen de manifiesto que su Reino no tiene fronteras y que su proyecto consiste en un mundo lleno de justicia y de vida para todos (Jn 10,10).

Reflexión primera del Santo Evangelio: Mc 4, 21-25. «¿Acaso se trae la lámpara para meterla debajo del perol o debajo de la cama?

vv. 21-22. Y siguió diciéndoles: «¿Acaso se trae la lámpara para meterla debajo del perol o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelero? Porque si algo está escondido es sólo para que se manifieste, y si algo se ha ocultado es solamente para que salga a la luz».

El secreto que ellos conocen deberá ser publicado en la futura misión.

vv. 23-25. «¡Si alguno tiene oídos para oír, que escuche!» Y siguió diciéndo­les: «¡Atención a lo que vais a escuchar! La medida que llenéis la llenarán para vosotros, y con creces, pues al que produce se le dará, pero al que no produce le quitarán hasta lo que había recibido».

El fruto que uno produce, su maduración personal, se verá multipli­cado más allá de toda expectativa (4,20). El desarrollo humano no debe quedar frustrado: quien no produce, lo pierde todo.

El secreto del reino de Dios hay que difundirlo: nadie está excluido de sentarse a la mesa de la comu­nidad o Reino de Dios; ya no puede haber excluidos del pueblo ni pueblos excluidos.

Este secreto revelado del amor universal de Dios se compara con una lámpara que debe servir para poner­la sobre el candelero de modo que ilumine toda la casa y no para meterla debajo de la cama, donde no hay nada que iluminar. Ese secreto del amor universal de Dios estuvo escondido cuando Israel era niño y se creía que Dios era propiedad exclusiva del pueblo, in­capaz de comprender que Dios lo era de todos y que nadie lo tenía en monopolio. El Dios de Jesús, en el evangelio de Marcos, da dos veces de comer a la gen­te, una a judíos, otra a cristianos, y anuncia la buena nueva a uno y otro lado del mar. Su liberación alcanza a quienes la desean y sus curaciones no hacen acep­ción de personas.

Este mensaje del amor universal de Dios no es fácil de aceptar por los discípulos que participan de la mentalidad exclusivista del pueblo de Israel, ha­bituados a un mundo de privilegios. A los discípulos, les da clases particulares intensivas para que, cuando tengan que continuar la tarea de Jesús, la hayan apren­dido bien y la divulguen a los cuatro vientos: Dios es Padre de todos, y todos somos hijos/as de Dios, y si somos hijas/as, somos hermanas/as, y si hermanos y hermanas, somos iguales en derechos y en deberes, Solidarios/as en el amor que hará del mundo un ho­gar. He ahí, de nuevo, el Proyecto, la Utopía, el Sue­ño de Dios (él/ella...).

Jesús insiste en que su predicación no tiene nada de secreto ni de esotérico. El grado de penetración de su luminosa doctrina depende del grado de atención que prestamos a sus palabras, como lo dice en el v. 24, en el cual promete a los que las oyen bien, una recompensa sobreabundante. Cf. Luc. 12, 1 ss.

Véase en Mateo 7, 2 y nota la explicación de este pasaje: " Porque el juicio que vosotros hacéis, se aplicará a vosotros, y la medida que usáis, se usará para vosotros.

Es la regla del Padre Nuestro. Importa mucho comprender que Cristo, al pagar por pura misericordia lo que no debía en justicia, hizo de la misericordia su ley fundamental y la condición indispensable para poder aprovechar del don gratuito que la Redención significa; esa Redención, sin la cual todos estamos irremisiblemente perdidos para siempre. Dedúcese de aquí, con carácter rigurosamente jurídico, una gravísima consecuencia, y es que Dios tratará sin misericordia a aquellos que se hayan creído con derecho a exigir del prójimo la estricta justicia. Bastará que el divino Juez les aplique la misma ley de justicia sin misericordia, para que todos queden condenados, ya que "nadie puede aparecer justo en su presencia". Véase la "regla de oro" y la Parábola del siervo deudor S. Marcos (4, 24) añade a este respecto una nueva prueba de la generosidad de Dios.

San Marcos añade aquí, en las palabras finales, un nuevo rasgo de esa divina misericordia que se excede siempre en darnos más de lo que merecemos. El Papa San Pío V condenó, entre los errores de Miguel Bayo, la proposición según la cual en el día del juicio las buenas obras de los justos, no recibirán mayor recompensa que la que merezcan según la mera justicia (Denz. 1014).

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Mc 4,21-25. Jesús nos habla hoy de ocultar y descubrir, de esconder y encontrar

Tenemos de nuevo, en este pasaje de la carta a los Hebreos, las imágenes del templo de los judíos en Jerusalén y de su amueblamiento, empleadas para hablarnos -en contraste- de la obra de Jesucristo. El está ya en la presencia misma de Dios, sin necesidad de estar en un lugar determinado por santo o importante que sea. Y en él y por él tenemos libre entrada a Dios; no como los judíos a quienes estaba vedado entrar en el santuario, debiendo quedarse en los atrios exteriores, a no ser que fueran sacerdotes. Estemos donde estemos los cristianos sabemos que, por Jesucristo, nos encontramos en la presencia de Dios. Incluso lo podemos encontrar donde menos pensamos: en los lugares sórdidos donde sufren sus hijos, las cárceles, las calles de nuestras ciudades, los campos de la codicia y de la guerra, los lugares del trabajo inhumano, los hospitales, las barriadas, los cinturones de miseria de nuestras grandes capitales. Allí está Cristo, entre sus hermanos, y podemos ver en ellos el rostro de Dios, sin que haya cortinas suntuosas, como la del Santo de los santos en el templo de Jerusalén, que nos lo oculte. Es más, dicen los evangelistas que en el momento de la muerte de Jesús la cortina o velo del templo se rasgó de arriba abajo, dando a entender que quedaba libre, expedito, abierto el camino hacia Dios; desde ahora en adelante sólo pasará a través de la "carne" de Cristo, es decir, a través de aquellos que con Cristo están crucificados. Esta certidumbre de la cercanía de Dios debe ser para nosotros motivo de esperanza y de solidaridad de los unos por los otros, como nos exhorta hoy la lectura; y motivo de constancia en nuestra participación comunitaria, que es lo que Hebreos nos quiere decir al insistirnos en "no desertar de las asambleas". Al final de la lectura una voz de aliento: "el día", el del Señor, de su venida, de nuestro encuentro con él, está cerca.

El evangelista Marcos nos ha conservado algunas palabras de la predicación de Jesús, como las que escuchamos hoy. Jesús, a veces, hablaba enigmáticamente, para que lo que decía se quedará grabado más firmemente en la memoria de sus oyentes, que tenían que hacer entonces un esfuerzo de comprensión. ¿Qué significa por ejemplo eso de "quien tenga oídos para oír que oiga"? ¿Acaso no es lo normal? Pero es que no se trata sólo de oír con los oídos; hay que estar disponibles para comprender y asimilar lo que se escucha.

Los enigmáticos dichos de Jesús nos hablan hoy de ocultar y descubrir, de esconder y encontrar. Como la lámpara que no se mete debajo de la cama sino que se pone en un lugar donde pueda esparcir su luz. Hay muchas cosas malas ocultas, en nuestro mundo, que deben ser descubiertas, denunciadas: injusticias, atropellos, desapariciones, torturas, acaparamientos... Nuestra voz de cristianos debe revelarlas, la comunidad, la Iglesia, debe denunciarlas. También hay muchas cosas buenas ocultas, que brillarán por sí mismas como una lámpara sobre el candelabro: la solidaridad entre los pobres, las luchas por la liberación, el cuidado de los más débiles: los niños, los enfermos, los ancianos; la ternura y la fidelidad de los esposos, la abnegación de los padres, la educación de los que no saben... Tantas cosas buenas ocultas que brillarán en medio de las tinieblas de nuestro mundo. Es fácil aceptar y comprender el dicho de Jesús: "la medida que ustedes usen la usarán con ustedes"; así funciona a veces nuestra sociedad. Es como decir: "ojo por ojo y diente por diente" o "el que la hace, la paga". Pero lo que enseguida añade Jesús es desconcertante. ¿Cómo es eso de que "al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará aún lo que tiene"? ¿No es eso injusto? Pero es que hay formas de tener: si uno tiene, por ejemplo, esperanza y solidaridad, capacidad de compartir, sentido comunitario, anhelo de justicia y de paz, misericordia y capacidad de perdonar, todo eso mismo Dios le dará con creces. Pero si uno está lleno de egoísmo y de codicia, de malignidad y de orgullo, de indiferencia y dureza de corazón, cosechará en su vida de esa maldad acumulada y de sus consecuencias. Por eso a todos nos llama Jesús a la conversión: "¡atención a lo que están oyendo!".

En la preciosa oración que David dirige a Yavé se combinan a partes iguales la alabanza sincera ("Que tu nombre sea glorificado por siempre") con la súplica interesada ("Que la dinastía de tu siervo David se mantenga estable ante ti"). Al final, da la impresión de que lo que verdaderamente le interesa a David es que Dios le prometa que dinastía va a perdurar en el tiempo. Quizá es una interpretación un poco desfigurada, pero no puedo evitar pensar de este modo cuando contemplo la actitud del actual Israel. Su conciencia de pueblo escogido lo ha convertido en un pueblo intolerante. ¿Es posible que la elección de Dios signifique la exclusión de todos los demás?

La gran novedad de Jesús es que él nos anuncia, con su vida y con su palabra, que la elección de Dios no es patrimonio de unos pocos, de un grupo de "puros". Se extiende a todos los hombres y mujeres: "Dios quiere que todos los hombres se salven (sean salvados, dice el texto original) y lleguen al conocimiento de la verdad".

Esta es una verdad tan liberadora que no puede esconderse debajo de la cama. Se proclama para que ilumine a todos. Es una medida amplia. Quien sigue prisionero de las medidas estrechas ("Aquí sólo cabemos unos pocos") será víctima de su propia estrechez.

Las palabras de Jesús tienen que ver con la voluntad salvífica universal del Dios Abbá, pero me parece que tienen fuerza profética para denunciar todos los fenómenos particularistas que nos atenazan. Desde este lado americano del Atlántico, ¡qué estrechas y ridículas se me antojan muchas "identidades" de nuestra vieja Europa¡ En fin, cada verdad tiene su ciclo histórico.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Mc 4, 21-25. ¿Acaso podemos imaginarnos la estupidez humana que sería colocar la vela encendida debajo de la cama?

«¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho?»

Hoy, Jesús nos explica el secreto del Reino. Incluso utiliza una cierta ironía para mostrarnos que la “energía” interna que tiene la Palabra de Dios —la propia de Él—, la fuerza expansiva que debe extenderse por todo el mundo, es como una luz, y que esta luz no puede ponerse «debajo del celemín o debajo del lecho» (Mc 4,21).

¿Acaso podemos imaginarnos la estupidez humana que sería colocar la vela encendida debajo de la cama? ¡Cristianos con la luz apagada o con la luz encendida con la prohibición de iluminar! Esto sucede cuando no ponemos al servicio de la fe la plenitud de nuestros conocimientos y de nuestro amor. ¡Cuán antinatural resulta el repliegue egoísta sobre nosotros mismos, reduciendo nuestra vida al marco de nuestros intereses personales! ¡Vivir bajo la cama! Ridícula y trágicamente inmóviles: “autistas” del espíritu.

El Evangelio —todo lo contrario— es un santo arrebato de Amor apasionado que quiere comunicarse, que necesita “decirse”, que lleva en sí una exigencia de crecimiento personal, de madurez interior, y de servicio a los otros. «Si dices: ¡Basta!, estás muerto», dice san Agustín. Y san Josemaría: «Señor: que tenga peso y medida en todo..., menos en el Amor».

«‘Quien tenga oídos para oír, que oiga’. Les decía también: ‘Atended a lo que escucháis’» (Mc 4,23-24). Pero, ¿qué quiere decir escuchar?; ¿qué hemos de escuchar? Es la gran pregunta que nos hemos de hacer. Es el acto de sinceridad hacia Dios que nos exige saber realmente qué queremos hacer. Y para saberlo hay que escuchar: es necesario estar atento a las insinuaciones de Dios. Hay que introducirse en el diálogo con Él. Y la conversación pone fin a las “matemáticas de la medida”: «Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará» (Mc 4,24-25). Los intereses acumulados de Dios nuestro Señor son imprevisibles y extraordinarios. Ésta es una manera de excitar nuestra generosidad.

Creer en Cristo, es aceptar en nosotros su luz y a la vez transmitirla con nuestras obras a toda la humanidad.

Podríamos adaptar aquella frase de santa Catalina de Siena y que el Papa Juan Pablo II comunicó a los jóvenes en la jornada para la juventud en Roma: “si sois lo que debéis ser prenderéis fuego al mundo entero”. Nosotros podríamos decir que si somos lo que debemos ser irradiaremos al mundo entero con la luz de Cristo.

Cabría preguntarnos si somos nosotros luz que ilumina a los demás?

El Hijo de Dios hecho hombre es la luz que el Padre Dios encendió para que iluminara nuestras tinieblas. Y esa Luz Divina ha brillado entre nosotros mediante sus buenas obras. Por medio del anuncio del Evangelio, por medio del perdón de nuestros pecados, por medio de los milagros, de las curaciones, de la expulsión del Demonio, pero sobre todo por medio de su Misterio Pascual, Dios ha venido como una luz ante la cual no puede resistir el dominio del mal, ni la oscuridad del pecado, ni el dominio de los injustos. La luz que brilla es porque en verdad disipa las tinieblas; una luz que no alumbra, sino que se oculta debajo de las cobardías será cómplice de las maldades que han dominado muchos corazones. Dios nos quiere como luz; como luz brillante, como luz fuerte que no se apaga ante las amenazas, ni ante los vientos contrarios, ni ante la entrega de la propia vida por creer en Cristo y, desde Él, amar al prójimo. Dios nos llama para que colaboremos en la disipación de todo aquello que ha oscurecido el camino de los hombres; vivamos fieles a la vocación que de Dios hemos recibido. Si lo damos todo con tal de hacer llegar la vida, el amor, la paz y la misericordia de Dios a los demás, esa misma medida la utilizará Dios cuando, al final de nuestra existencia en este mundo, nos llame para que estemos con Él eternamente.

¿Y cuál es la medida de amor que Dios ha usado para nosotros? Contemplemos a Cristo muerto y resucitado por nosotros. En Él conocemos el amor que Dios nos ha tenido. Al reunirnos para celebrar el Memorial de su Pascua Cristo nos ilumina intensamente con su Palabra y convierte a su Iglesia en luz para todas las naciones; y para que siempre brillemos con la Luz que nos viene de Él, nos alimenta constantemente con su Cuerpo entregado por nosotros y con su Sangre derramada para el perdón de nuestros pecados para que nos seamos una luz débil ni opacada por nuestros pecados. Siendo portadores de Cristo debemos ser un signo claro de su amor para todos los hombres. Por eso, al celebrar la Eucaristía, hacemos nuestro el compromiso de dejar que el Señor nos convierta en un signo claro, nítido, brillante de su amor en el mundo.

Quienes participamos de la Eucaristía no podemos pasarnos la vida como destructores de nuestro prójimo. No podemos vivir una fe intimista, de santidad personalista. Dios nos ha llenado de su propia vida haciéndonos hijos suyos para que nos manifestemos sin cobardías, sino con la fuerza y valentía que nos vienen del mismo Dios. Por eso, quienes formamos la Iglesia debemos ser los primeros en luchar por la paz; los que estemos dispuestos a dar voz a los desvalidos y que son injustamente tratados; los primeros en trabajar por una auténtica justicia social. Si sólo profesamos nuestra fe en los templos y después vivimos como ateos no tenemos derecho a volver a Dios para escucharlo sólo por costumbre y para volver, malamente, a vivir hipócritamente un fe que, aparentemente decimos tener en los templos y en la vida privada, pero que nos da miedo hacerla patente en los diversos ambientes en que se desarrolla nuestra vida. Los cristianos somos los responsables de que el mundo sea cada vez más justo, más recto, más fraterno. ¿Seremos capaces de permitirle al Espíritu de Dios que realice su obra de salvación en el mundo por medio nuestro?

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de vivir como un signo vivo, creíble y valiente del Reino de Dios entre nosotros. Amén.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Mc 4, 21-25. ¿Acaso podemos imaginarnos la estupidez humana que sería colocar la vela encendida debajo de la cama?

Después de la parábola del sembrador, y su explicación al grupito de los íntimos, escucharemos otras parábolas. Ahora sabemos muy bien que no se trata de historietas infantiles sino que por el contrario, son "palabras misteriosas" que solo se dejan penetrar por los que tienen un corazón verdaderamente disponible.

Señor, abre nuestros corazones a tu misterio.

-¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo de un celemín o bajo la cama? ¿No es para ponerla sobre un candelero?

Jesús, observador de lo real.

Ha visto, mil veces a su madre en la casa encendiendo la lámpara al anochecer, para colocarla, no bajo la cama, donde resultaría inútil, sino en el centro de la sala, sobre un candelero a fin de que ilumine lo más posible.

A través de este simple gesto familiar, ya bello humanamente, Jesús ha visto un "símbolo". Cada realidad material evoca para El lo invisible.

La Palabra de Dios no está hecha para ser guardada "para sí; no se la recibe verdaderamente si no se está decidido a comunicarla.

Y he aquí todavía un sumergirse en la profundidad de la persona de Jesús: a través de esta rápida imagen se sugiere toda una orientación del pensamiento... Replegarse en sí mismo es impensable para Jesús. El egoísmo, incluso el por así decirlo espiritual, que consistiría en "cuidar de la propia almita", es condenado formalmente: toda vida cristiana que se repliega en sí misma en lugar de irradiar no es la querida por Jesús. ¡Señor, ten piedad de nosotros!

-Porque nada hay oculto sino para ser descubierto, y no hay nada escondido sino para que venga a la luz.

Hay que dejarse captar por el Dios "escondido", descubrir su "secreto" ... y luego hacerse servidor de ese Dios, trabajando para que "se le descubra".

¡Ah no! Jesús no se ha propuesto ser de antemano oscuro.

Las explicaciones de la parábola del sembrador podrían dejarlo entender cuando decía: "¡mirando, miran y no ven!" Jesús sin embargo parece decirnos: no tengo que tomarme por un hombre absurdo, como el que enciende la lámpara para ponerla bajo el celemín. ¡No! dice: vengo a comunicaros el amor que Dios siente por los hombres, y lo digo en vuestra lengua, y no en "no sé qué lengua incomprensible".

Se trata ciertamente de un gran secreto, pero de un secreto para ser desvelado a plena luz.

Y vosotros, no guardéis tampoco para vosotros mismos vuestros descubrimientos, ¡compartidlos! ¡Es una exigencia esencial hablar la lengua de los demás, y ser lo más claro posible para hablar de lo Indecible!

-Prestad atención a lo que oís: Con la medida con que midiereis se os medirá y se os dará por añadidura. Pues al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.

Jesús, ha observado también en eso a los comerciantes de su tiempo cuando están midiendo el trigo, o la sal, con un celemín o un recipiente: se tasa más o menos... se llena hasta el borde o se procura dejar un pequeño margen a fin de mejorar la economía.

Y Jesús nos revela su temperamento: "lanzaos plenamente, tasad, colmad". Y aplica este símbolo al hecho de escuchar la Palabra de Dios. No olvidemos que estamos al principio del evangelio. Jesús desea que sus oyentes se llenen de esta Palabra, sin perder nada de ella. ¿Qué avidez siento? ¿Soy de los que enseguida dicen: "basta"... o de los que dicen: "¡más!"... La medida de amar, es amar sin medida...

Elevación Espiritual para el día.

Ha comenzado el reino de la vida y se ha disuelto el imperio de la muerte. Han aparecido otro nacimiento, otra vida, otro modo de vivir, la transformación de nuestra misma naturaleza. ¿De qué nacimiento se habla? Del de aquellos que no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

¿Preguntas que cómo es esto posible? Lo explicaré en pocas palabras. Este nuevo ser lo engendra la fe; la regeneración del bautismo lo da a luz; la Iglesia, cual nodriza, lo amamanta con su doctrina e instituciones y con su pan celestial lo alimenta; llega a la edad madura con la santidad de vida; su matrimonio es la unión con la sabiduría; sus hijos, la esperanza; su casa, el reino; su herencia y sus riquezas, las delicias del paraíso; su desenlace no es la muerte, sino la vida eterna y feliz en la mansión de los santos.

Éste es el día en que actuó el Señor, día totalmente distinto de aquellos otros establecidos desde el comienzo de los siglos y que son medidos por el paso del tiempo. Este día es el principio de una nueva creación, porque, como dice el profeta, en este día Dios ha creado un cielo nuevo y una tierra nueva. ¿Qué cielo? El firmamento de la fe en Cristo. ¿Y qué tierra? El corazón bueno que, como dijo el Señor, es semejante a aquella tierra que se impregna con la lluvia que desciende sobre ella y produce abundantes espigas.

En esta nueva creación, el sol es la vida pura; las estrellas son las virtudes; el aire, una conducta sin tacha; el mar, el abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento de Dios; las hierbas y semillas, la buena doctrina y las enseñanzas divinas en las que el rebaño, es decir, el pueblo de Dios, encuentra su pasto; los árboles que llevan fruto son la observancia de los preceptos divinos.

En este día es creado el verdadero hombre, ese que fue hecho a imagen y semejanza de Dios. ¿No es, por ventura, un nuevo mundo el que empieza para ti en este día en que actuó el Señor? ¿No habla de este día el profeta al decir que será un día y una noche que no tienen semejante?

Pero aún no hemos hablado del mayor de los privilegios de este día de gracia: lo más importante de este día es que él destruyó el dolor de la muerte y dio a luz al primogénito de entre los muertos, a aquel que hizo este admirable anuncio: Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro (Jn 20,17).

Reflexión Espiritual para este día.

La alegría no es un estado espontáneo del hombre, sino el resultado de una concepción de la vida y una fatigosa conquista hecha posible por la gracia de Dios. Los enemigos de la alegría son más numerosos de lo que a primera vista podría parecer. El camino hacia la alegría requiere con frecuencia que abdiquemos de nuestros propios derechos, con la firme certeza de que arriba hay alguien que se preocupa de ellos y que los hará valer, pero del modo y en el momento que considere más oportuno. La fe no elimina los obstáculos que el hombre encuentra en su camino, pero ayuda a superarlos a la luz de la paternidad de Dios. No se trata tanto de tener una simple visión superior de la realidad como de conseguir una profunda comunión con Dios, dejándonos iluminar por la fuerza penetrante de su Espíritu. La alegría cristiana es siempre una participación en la alegría de Dios. En medio de las sombras y de las oscuridades de la vida presente, el ánimo se eleva sobre las alas de la alegría para superarlas. El don de la vida, la alianza, la promesa, las bendiciones, la salvación, son «acontecimientos» que inundan el ánimo del creyente.

La seguridad de la alegría cristiana se fundamenta en el abandono en Dios-Padre, en la certeza de que Dios nos ama. Si cualquier «buena noticia vigoriza el cuerpo» (Prov 15,30), el Evangelio hace estremecerse al ánimo con una alegría inefable e inenarrable, porque anuncia no una simple doctrina consoladora, sino un acontecimiento real de salvación, que tiene su inicio en la alianza y concluye en la encarnación, en la resurrección y, finalmente, en el Reino de los Cielos. La alegría no es, para un cristiano, un simple sentimiento, sino una persona: Jesucristo. Él ha muerto y resucitado por todos los hombres. Jesús, al remover la piedra del sepulcro, disipaba para siempre las tinieblas del mal y de la muerte y abría a todos las puertas de la bienaventuranza eterna.

Los rostros de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterioo de la Iglesia de los pasajes de La Sagrada Biblia. Orar por el César, no al César.

La actitud orante de la comunidad reunida no reconoce más superior absoluto que el mismo Dios. Y precisamente por ello se recomienda a los cristianos que «oren por todos los hombres». Esto era una novedad peligrosa en el seno de los «mores et instituta» del Imperio romano.

Efectivamente, había una expresa «liturgia imperial», a través de la cual no se oraba por el César, sino al César. Por el contrario, orar por aquéllos que entre los hombres se encuentran en una posición elevada equivale a situarlos bajo la autoridad y la dependencia de Aquél que es el único «elevado» por encima de los hombres, y, por consiguiente, negarles toda pretensión a divinizarse. Así, pues, al orar por las autoridades de este mundo, la Iglesia, sin dejar de reconocer el legítimo ejercicio de sus funciones y la necesidad de su institución, recuerda los que detienen el poder que no deben atribuirse ningún prestigio o gloria personal, ya que no hacen más que ejercer la autoridad como un servicio, cuyos límites están fijados por el mismo Dios y dentro del cuadro de su proyecto salvífico del mundo. Se trata, pues, de una oración crítica, que introduce en las conciencias de los orantes el parámetro superior y último del proyecto de Dios, sea: la autoridad en tanto lo es, en cuanto sirve a los proyectos de Dios. Por lo tanto, un orante cristiano, si lo es como aquí requiere san Pablo, debe adquirir en su oración una actitud crítica y relativizadora frente a toda autoridad y «elevación» («hyperojé», v. 2). Ahora bien, la comunidad, al orar así por las autoridades, no se sale de
su propio círculo vital: «...para que podamos llevar una vida tranquila y pacífica con toda religiosidad y dignidad. Se trata de la supervivencia física de la misma Iglesia, ya que, a diferencia de Israel, ella no es —no debe ser— una nación teocrática con sus reyes, sus jefes y sus leyes; sino que su condición humana, histórica, consiste en estar dispersa en el mundo entero, entre todas las «naciones». Por eso, no tiene que reivindicar ninguna nacionalidad, ninguna territorialidad, ninguna legislación o realeza de este mundo. La Iglesia no habla una lengua particular, sino «toda lengua». A través de la diversidad y de los particularismos de las comunidades humanas, atestigua la universalidad de la salvación para todos.

Ahora bien, esta condición peregrinante, en lugar de garantizarle seguridad humana, la despoja de ella y deja sin defensa, sin armas, sin estatuto.

Ella no puede literalmente sobrevivir y, por lo tanto, cumplir su misión apostólica, si la sociedad «civil» y sus poderes no le aseguran su mínimo vital. Cuando, a lo largo de los siglos, la Iglesia pretenda ser ella misma un poder determinado, un pueblo determinado, una cultura determinada, perderá la posibilidad de la evangelización universal.

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Enviado el Viernes, 26 enero a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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