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Nuestro Blog: La Mística

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Lecturas del día 25-01-2018

LITURGIA DE LA PALABRA

Hch 9, 1-22: Te dirán lo que tienes que hacer
Salmo 116: Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio.
Mc 16, 15-18: Final del Evangelio de Marcos, envío misionero universal

Celebrar la Fiesta de la Conversión del Apóstol Pablo, es hacer memoria de la originalidad del cristianismo, cuando aún toda la Iglesia era una institución carismática que vivía profundamente el gozo del Resucitado, y donde cada cristiano, siendo miembro vivo del Cuerpo Místico, ofrecía sus dones y carismas al robustecimiento de la comunidad.

Pablo es sin duda, uno de los grandes protagonistas del cristianismo. Asumió la fe en Cristo, con valentía, sin temer la persecución y la muerte. Fue fundador de innumerables comunidades cristianas. Con él se inicia el camino del Evangelio hacia el mundo gentil. La guía de Dios y de su Espíritu, harán posible que por medio del antiguo perseguidor, el mundo no judío conozca la Buena Noticia de Jesús el Cristo. Pablo es el mejor testimonio, para asumir en nuestra conciencia y en nuestra existencia “que Dios siempre puede hacer nueva nuestra vida, haya pasado, lo que haya pasado”.

Tener una experiencia profunda del Señor Jesucristo, tiene que llevar al creyente a testificar con su vida y con su palabra, el amor de Dios que ha sido derramado en su vida. Pablo asumió con seriedad, el mandato de Jesús: “vayan por todo el mundo proclamando la Buena Noticia a la humanidad”.¡Dios tiene más imaginación que nosotros! Y él tendrá múltiples caminos para revelarse a la humanidad y para salvarla.

PRIMERA LECTURA.
Hechos de los apóstoles 9, 1-22
Levántate, recibe el bautismo que, por la invocación del nombre de Jesús, lavará tus pecados

En aquellos días, Saulo seguía echando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor. Fue a ver al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse presos a Jerusalén a todos los que seguían el nuevo camino, hombres y mujeres. En el viaje, cerca ya de Damasco, de repente, una luz celeste lo envolvió con su resplandor. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" Preguntó él: "¿Quién eres, Señor?" Respondió la voz: "Soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate, entra en la ciudad, y allí te dirán lo que tienes que hacer." Sus compañeros de viaje se quedaron mudos de estupor, porque oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía. Lo llevaron de la mano hasta Damasco. Allí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber.

Había en Damasco un discípulo, que se llamaba Ananías. El Señor lo llamó en una visión: "Ananías." Respondió él: "Aquí estoy, Señor." El Señor le dijo: "Ve a la calle Mayor, a casa de Judas, y pregunta por un tal Saulo de Tarso. Está orando, y ha visto a un cierto Ananías que entra y le impone las manos para que recobre la vista." Ananías contestó: "Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus santos en Jerusalén. Además, trae autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre." El Señor le dijo: "Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para dar a conocer mi nombre a pueblos y reyes, y a los israelitas. Yo le enseñaré lo que tiene que sufrir por mi nombre." Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo: "Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y te llenes de Espíritu Santo." Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó, y lo bautizaron. Comió, y le volvieron las fuerzas.

Se quedó unos días con los discípulos de Damasco, y luego se puso a predicar en las sinagogas, afirmando que Jesús es el Hijo de Dios. Los oyentes quedaban pasmados y comentaban: "¿No es éste el que se ensañaba en Jerusalén contra los que invocan ese nombre? Y, ¿no había venido aquí precisamente para llevárselos detenidos a los sumos sacerdotes?" Pero Pablo se crecía y tenía confundidos a los judíos de Damasco, demostrando que Jesús es el Mesías.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 116
R/.Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.

Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos. R.

Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre. R.

SEGUNADA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Marcos 16, 15-18
Id al mundo entero y proclamad el Evangelio

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: "Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos."

Palabra del Señor.


Reflexión de La Primera lectura: Hechos de los apóstoles 9, 1-22. Te dirán lo que tienes que hacer.

La conversión de Pablo es, después de la resurrección de Cristo, el acontecimiento al cual el Nuevo Testamento hace alusión más a menudo (Act 9, 1-20; 22, 6, 21; Gál 1, 11-17; 1 Cor 15, 3-8). Los relatos de los Hechos concuerdan en ciertos elementos, como la ocasión del viaje del perseguidor a Damasco, el tema de la luz que le rodea, su breve conversación con Cristo, su bautismo y su vocación misionera, pero acusan también algunas diferencias, de las que la principal se centra sobre la presencia de Ananías en Act 9 y 22 y su ausencia en Gál 1 y Act 26. ¿Pablo recibió su Evangelio directamente de Cristo o bien de Ananías? De hecho, la omisión o mención del papel de Ananías en uno u otro relato pueden explicarse sin que sea necesario recurrir a la hipótesis de dos fuentes contradictorias. De todas maneras, la misión de este discípulo no se opone al origen divino de la vocación de Pablo.

Por otra parte, ninguno de los relatos de la conversión de Pablo afirma claramente que él haya visto al Señor en persona. Este detalle ha sido suministrado por tradiciones ulteriores (Act 9, 27; 1 Cor 9, 1).

Las diferencias entre los relatos son de tal manera insignificantes que no se sabe por qué San Lucas, generalmente conciso, ha repetido tres veces la conversión de San Pablo. Sin duda quería justificar la vocación apostólica de éste. Debía, en efecto explicar a sus lectores cómo Pablo era verdaderamente apóstol, aunque no pertenecía al colegio de los Doce y no había conocido a Jesús (cf. Act 1, 21-22). El relato del cap. 9 prueba que Pablo vio al Resucitado como los Doce, y que el Señor le envió a predicar como envió a los Doce. Leno del Espíritu como los apóstoles lo estuvieron en Pentecostés (Act 2, 4), Pablo se afana como ellos en predicar la palabra (v. 20; cf. Act 2, 4). Y el sufrimiento que encuentra en el curso de su apostolado (v. 16) autentifica su misión (cf. Act 5, 11).

Las otras dos narraciones, que relatan los discursos de Pablo a las autoridades imperiales (Act 22; Act 26), reivindican para la religión cristiana un estatuto legal: ésta merece ser reconocida como religión autorizada, ya que sus jefes proceden del judaísmo, religión aprobada, y que las autoridades han aprobado, por dos veces, la actitud de Pablo.

a) Sin ser el elemento esencial del relato, la conversión de Pablo no merece menos, por ello, alguna atención.

Los móviles de esta conversión son dobles: en primer lugar, la certidumbre de la glorificación de Cristo (tema de la claridad: v. 3) y después el de la presencia de Cristo en los fieles perseguidos por Pablo (v. 4).

El tema de la gloria de Dios es importante. Saulo, como se sabe, vociferaba con la muchedumbre contra Esteban, que pretendía ver esta gloria rodeando a Jesús (/Hch/07/54-57). Para un fariseo, en efecto, la gloria era propia de un Dios único, y era una blasfemia afirmar que Jesús se beneficiaba de ella. Pero más tarde, rodeado de una luz cegadora de la que surgía una voz, Pablo comprendió que se beneficiaba de una teofanía en la más pura tradición del monoteísmo bíblico (Ex 24, 7: Dt 4, 123; Ez 1, 4, 27-28, etc.). Sin embargo, la voz que se dirigía a él no era la de Yahvé, sino la de Jesús (v. 5). Pablo se unía así a la experiencia de Esteban.

Pero este nuevo apóstol no podía ver la gloria de Jesús, porque ¿cómo ver a Dios sin estar cegado? (Ex 3, 6; 1 Re 19, 13; Ex 33, 18-22). Su ceguera le confirma en su fe, ¡siendo el no ver a Cristo un argumento mucho más fuerte en favor de su divinidad que pretender reconocerlo! Pero Pablo da un paso más en el descubrimiento del Señor: no puede verle en su misma persona, pero puede descubrirle en su hermanos: la dimensión horizontal suplida al misterio de la dimensión vertical (v. 3b; cf. 1 Jn 3, 18-23).

Pablo no es hombre que se oculta: desde que ha comprendido el misterio de Cristo resucitado, se ocupa de la fe y sigue las reglas fijadas en la época por el catecumenado. Después de haberse planteado la pregunta casi ritual "¿qué debo hacer?" (v. 6; cf. Act 22, 10; 2, 37; 16, 30; Lc 3, 10), el convertido es puesto bajo el cargo de la comunidad que "apadrina" su esfuerzo.

Ananías ejerce aquí este padrinazgo. La iniciación dura al menos tres días (cf. Mc 8, 2; Act 10, 30; 9, 9); lleva consigo una imposición de las manos (v. 12; cf. Mc 7, 32) y una cura de los sentidos (Ephpheta) para introducirlos en el régimen de la fe (v.17; cf. Act 22, 14-16); termina con el bautismo propiamente dicho (v. 18).

b) Pero al narrar la conversión de Saulo, Lucas quiere sobre todo describir su vocación apostólica. El evangelista ve en Pablo el responsable de la propagación del Evangelio de Jerusalén a Roma.

Los tres relatos de la conversión se sitúan además en los tres momentos decisivos de esta extensión: cuando la comunidad de Jerusalén empieza a emigrar (Act 9), cuando el cristianismo se separa del judaísmo (Act 22) y, por fin, cuando llega a los confines de la tierra, esta Roma hacia la cual tiende todo el ministerio de Pablo, e incluso la narración de los Hechos (Act 26).

La visión luminosa del camino de Damasco ha influenciado la misión de Pablo y el contenido de su mensaje. Yendo a revelar esta luz a las naciones (Act 26, 17-18; 13, 47), el apóstol une mística y misión, revelación y apostolado.

La primera consecuencia de la conversión de Pablo sobre su mensaje es el aspecto de "revelación" de este último (Gál 1, 11-12). Esta conversión pudo producirse al término de una larga reflexión o de una crisis psicológica: no por eso dejaría de ser un encuentro con un Dios desoído y el descubrimiento de una verdad insospechada.

La segunda consecuencia está en el aspecto histórico: el Dios que se aparece a Saulo se revela dentro de todo el aparato del monoteísmo judío. Pablo no tiene que renegar del pasado: está profundamente convencido de la unidad de la acción de Dios y de la continuidad de la historia de la salvación. Esto explica esa parte considerable del Antiguo Testamento en sus escritos.

La tercera consecuencia es la doctrina paulina de la resurrección y del valor salvador de la cruz. En tanto que él era fariseo, Pablo no podía considerar la cruz más que como una maldición (Dt 21, 23; cf. Gál 3, 13). El haber descubierto que el maldito había resucitado entraña para él la obligación de reconocer en la cruz un instrumento de salvación y sustituirla a la antigua ley.

Lanzada más allá de las fronteras del judaísmo, nada podrá ya detener la Iglesia: la conversión de Saulo, futuro apóstol de los paganos constituye una etapa capital. Dios prepara el porvenir y dirige el movimiento de su Iglesia: el que es hoy perseguidor, en el plan de Dios, será mañana el gran apóstol de la buena nueva.

La perícopa narra la conversión de Saulo, su vocación al apostolado (1-19a) y el comienzo de su labor misionera en Damasco (19b-22). Como de costumbre, la redacción de Lucas ya nos había presentado de antemano la figura de Saulo en su papel de perseguidor de los discípulos de Jesús (7,58.60; 8,3). Pero a partir de este momento pasa al primer plano de las narraciones del libro de los Hechos y será el principal protagonista de las gestas misioneras de la segunda parte del libro. De hecho, la conversión y vocación de Saulo fueron un acontecimiento trascendental para el cristianismo naciente: imprimieron un nuevo giro a la misión cristiana abriéndola decididamente a los gentiles. Lucas subraya esto enfáticamente con el triple relato que nos ha dejado en los Hechos (9,1-19; 22, 3-21; 26,9-20). El momento elegido para presentar al futuro apóstol de los gentiles es muy adecuado: tras el relato de la conversión del eunuco de la reina Candaces por Felipe, que ha insinuado el paso de la misión a los gentiles (8,26-40), y antes de la conversión de Cornelio por Pedro, que sella oficialmente esa misión (10,1-11.18).

Los paralelos de este texto en las epístolas auténticas de Pablo (Gál 1,13-17; 1 Cor 15,8-9...) permiten valorar o entrever al mismo tiempo la historicidad de fondo y las libertades del género literario de las narraciones de los Hechos. Ambas fuentes testimonian claramente tanto el papel de perseguidor de la comunidad cristiana desempeñado por Pablo antes de su conversión como su visión del Señor, que es el origen de su conversión y vocación al apostolado, y su primer trabajo misionero en Damasco. Pero no se ha de excluir la presencia de una intensa e imaginada dramatización literario-teológica en el relato de la visión de Pablo, como parece ocurrir en las narraciones de las apariciones del Resucitado en los evangelios y como inclina a pensar la sobriedad con que Pablo alude a estos acontecimientos en sus escritos. Las notables diferencias que la crítica bíblica descubre en la triple versión de los Hechos no parece que deban explicarse por las diferentes fuentes que use Lucas, y avalarían las conclusiones apuntadas antes. El generoso recurso a lo maravilloso que hace el relato de los Hechos tanto en el caso de la visión de Pablo camino de Damasco como en el de la visión de Ananías puede ser una manera muy bíblica y plástica de contar cómo Dios está presente en los grandes acontecimientos de la historia de salvación. Y la vocación de Pablo al apostolado es uno de estos hechos trascendentales. Una lectura indiscriminadamente historicista de la Biblia puede estar llena de inconvenientes para los lectores de hoy: hace surgir innecesarios malentendidos en lo que respecta a los relatos bíblicos e incapacita para ver la misteriosa mano de Dios en el desarrollo de nuestro mundo secular. También la nuestra es de alguna manera una historia de salvación.

Reflexión del Salmo 116 Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio.

El más breve de todos los salmos es un himno de alabanza. Los salmos de este tipo celebran alguna acción significativa para la vida y la historia del pueblo de Dios. Los himnos de alabanza tienen un horizonte más amplio que los salmos de acción de gracias individual. Son de carácter más universal, mientras que la acción de gracias individual parte, por lo general, de un motivo que se limita a la vida de la persona.

Este breve salmo tiene dos de los elementos fundamentales de los himnos de alabanza: la introducción y el cuerpo. Normalmente, la introducción está compuesta por la invitación a la alabanza. Esta invitación puede dirigirse a uno mismo (por lo general, al «alma» del que compuso el salmo), a los demás, al pueblo o al mundo entero. Tras la invitación, se expone el motivo. En muchos salmos, como sucede en este, el motivo comienza con una conjunción («pues...», «porque...»). A continuación se enumeran las acciones del Señor que merecen alabanza, sus intervenciones en la vida y en la historia del pueblo.

Teniendo en cuenta lo dicho, en el salmo 116 podemos distinguir una introducción (1) y un cuerpo (2), que comienza con la conjunción «pues». Si así se quiere, el aleluya final puede hacer las veces de conclusión. De este modo, tendríamos un himno de alabanza con todos los elementos propios de este tipo de salmos.

Hay algún detalle interesante en el modo en que está organizado este salmo. Si nos fijamos en las dos frases que componen el primer versículo, podemos darnos cuenta de que son muy parecidas en cuanto al contenido. Se trata de un recurso característico de la poesía hebrea, conocido como paralelismo. La figura del paralelismo puede aparecer con diversas variaciones: en algunos casos, las dos líneas son muy parecidas; en ocasiones, una completa la otra; y, a veces, una niega o contradice lo que afirma la otra. En los dos casos del salmo 116, la segunda idea es muy semejante a la primera. Dicho de otro modo, en el versículo 1 tenemos las siguientes parejas: «alaben», «glorifiquen», «todas las naciones» y «todos los pueblos»; en la primera frase, se trata de alabar al Señor y en la segunda, de glorificarlo.

También en el cuerpo (2) encontramos elementos relacionados por parejas: «amor», «fidelidad», «firme», «por siempre». El Señor es mencionado explícitamente al principio (1a) y al final del salmo (2b).

En la introducción (1) se invita a la alabanza. Todos los pueblos y naciones están invitados a alabar y glorificar al Señor. El motivo (2), sin embargo, no es universal, sino que está restringido al pueblo de Dios: el amor y la fidelidad del Señor por Israel son firmes y duran por siempre. No se dice que el Señor ame también a otros pueblos.

Este salmo nació de la experiencia de Israel como aliado del Señor. Dios, su compañero de alianza, siempre se ha mostrado igual a lo largo de la historia del pueblo. Selló con Israel un compromiso de amor y fidelidad. El salmista reconoce que Dios nunca ha faltado a su palabra.

La historia del pueblo aliado del Señor está marcada por la infidelidad a la alianza. Sin embargo, Dios permanece siempre fiel. Esto es lo que este salmo pretende alabar. Y, para hacerlo, invita a los pueblos y a las naciones, Puede sonar un tanto raro, pero no lo es. En el comienzo de su historia, Israel creía en los dioses de otras naciones. Sin embargo, poco a poco fue descubriendo que sólo existe un único Dios, y que todos los pueblos y naciones están llamados a encontrarse con él. Israel, en este caso, cumple la misión de mediador: un pueblo que conduce a los demás pueblos hasta el encuentro con el único Dios. Un encuentro de amor y de vida para todos los pueblos y naciones. De este modo, se supera un conflicto religioso. De todo esto nos hablan muchos textos del Antiguo Testamento, sobre todo los que surgieron poco antes, durante o inmediatamente después del exilio babilónico. Vale la pena recordar, por ejemplo, Is 25,6-8, el banquete universal que el Señor preparará para todos los pueblos en el monte Sión (es decir, en Jerusalén; véase, también, Sal 87). Hay dos textos de Zacarías (que vivió después del exilio) que merecen ser recordados: «Canta y alégrate, hija de Sión, porque yo vengo a habitar en medio de ti, palabra del Señor. En aquel día muchos pueblos se unirán al Señor.

Ellos serán también mi propio pueblo... Esto dice el Señor todopoderoso: “En aquellos días, diez hombres de todas las lenguas del mundo agarrarán a un judío de la orla de su vestido y le dirán: Dejadnos ir con vosotros, pues hemos oído que Dios está con vosotros”» (Zac 2,14-15a; 8,23).

Se menciona al Señor al principio (la) y al final del salmo (2b) y se le presenta como aliado de Israel. Dios hizo su compromiso con el pueblo con un amor fiel, firme y perpetuo. Al aceptar la invitación de Israel a la alabanza, los pueblos y las naciones descubren el rostro de Dios y también podrán experimentar a un Dios que ama fielmente y para siempre. No llegarán a ello porque la alabanza de Israel sea perfecta o porque el pueblo de Dios sea mejor que los demás. Descubrirán a Dios gracias a lo que confiesa Israel como fruto de su experiencia histórica, esto es, que Dios camina con su pueblo, que es su aliado y quien los ama con una fidelidad extrema.

Jesús, en el evangelio de Juan, se presenta exactamente con las mismas características del Dios de este salmo: «Porque la ley fue dada por Moisés, pero el amor y la fidelidad vinieron por Cristo Jesús» (Jn 1,17); «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su hijo único, para que quien crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16); «Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo que le había llegado la hora... Jesús, que había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). Además, llama la atención el modo en que actuó Jesús con respecto a los que no eran judíos (Jn 4,4-42; 12,20-22; Mt 8,5- 13; 15,2 1-28), y la forma en que los no judíos respondieron a la llamada de Jesús.

Este salmo se presta para los momentos que ya hemos indicado a propósito de otros himnos de alabanza. Aquí podemos destacar la dimensión ecuménica. Es importante rezarlo tomando conciencia del modo en que se manifiestan, en nuestra historia, el amor y la fidelidad de Dios...

Reflexión primera del Santo Evangelio: Mc 16, 15-18: Final del Evangelio de Marcos, envío misionero universal

La liturgia aplica también a Pablo el mandato misionero que Jesús resucitado dirigió a los Once. Aunque Pablo no pertenece a los Doce, es verdadero y auténtico apóstol de Jesús: estas palabras también se dirigen a él. El Jesús resucitado enuncia, en primer lugar, un mandato: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda criatura» (v. 15). La orden no deja sitio a ninguna tergiversación. Pide sumisión y espera obediencia. Dios ha querido salvar a la humanidad por medio de unos colaboradores y Jesús tiene necesidad de misioneros- testigos.

El acontecimiento de la salvación —éste es el segundo dato— es fruto de la predicación y se lleva a cabo mediante el acto de fe del que escucha: «El que crea y se bautice se salvará» (v. 16a). Sin la escucha de la fe no hay ninguna posibilidad de salvarse (v. 16b). Dios, que nos ha creado sin nuestro consentimiento, no quiere salvarnos sin nosotros. Las últimas palabras del Resucitado contienen, por último, una promesa, formulada en futuro (vv. 17ss): los beneficios que recibirán los creyentes, múltiples y extraordinarios, serán los signos a través de los cuales cada ser humano podrá reconocer la presencia consoladora de Dios en medio de nosotros.

No acabamos nunca de ahondar en el conocimiento de Saulo-Paulo, incluso después de haber meditado una y otra vez sobre las páginas que hablan de él y las que escribió él mismo. Sin embargo, hay algo que aparece de inmediato con una gran evidencia: su itinerario de fe es símbolo del nuestro.

Creer implica, ante todo, encontrar personalmente a una persona, al Dios hecho hombre, Jesús de Nazaret. No se cree en una doctrina, en una fórmula, en un sistema, sino en una persona, la única digna de ser creída. La fe es un encuentro que no se agota en un momento determinado de nuestra propia vida, sino que continúa siempre, hasta la muerte. Quien encuentra a Jesús se da cuenta de que ya no puede vivir sin él y debe profundizar en su conocimiento personal.

Del encuentro se pasa al diálogo: la fe es, precisamente, un encuentro entre personas inteligentes y libres. Por un lado, Dios se da a conocer en lo que es, revela su voluntad, da a conocer sus proyectos. De este modo, entabla el diálogo con todo el que está dispuesto a escuchar y a reaccionar. Por otro, el creyente, en la medida en que presta una escucha sincera y auténtica a la Palabra de Dios, se siente implicado en un diálogo que no se desarrolla sólo en torno a conceptos y verdades, sino que se entrelaza con experiencias, confidencias, comunión de vida. Se trata de un diálogo vital que implica a dos seres vivos y llega a una forma de vida cada vez más elevada.

Ahora bien, la fe cristiana es también obediencia, sumisión, abandono total de la criatura al Creador, del hombre a Dios, del pecador al Justo. Para el creyente, obedecer no significa en absoluto abdicar de su propia libertad, ni siquiera de sus propios derechos; significa captar la infinita distancia que media entre él y su propio interlocutor y, al mismo tiempo, intuir que la adhesión a la voluntad de éste conduce a la plena y más satisfactoria realización de sí mismo. Semejante acto de abandono está sostenido por una promesa que no deja ningún espacio a la duda: cuando Dios promete, se compromete por completo en beneficio de su interlocutor, le llena el corazón de certezas sobrenaturales y abre ante él unos horizontes ilimitados.

Por último, la fe cristiana se traduce en misión: el ejemplo de Pablo es claro y decisivo. No puede privatizarse un bien que, por su propia naturaleza, es comunitario. Quien ha recibido el don de la salvación en Cristo se siente impulsado íntimamente a darlo a los otros.

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Mc 16,15-20. Yo estoy siempre con vosotros.

El evangelio de Marcos llega a sus últimos compases. Jesús envía a los misioneros cristianos (v. 20) y asegura la eficacia de su obra (w 17s); él concluye su experiencia terrena (v. 19), pero su obra y su presencia están aseguradas por la obra de los que ha enviado (v. 20).

A partir de esta página conclusiva del evangelio resulta claro que el anuncio de la salvación constituye un deber primario, algo que incumbe a toda persona a la que Cristo haya llamado. Los destinatarios de ese anuncio son todos los seres humanos; la universalidad está bien subrayada por expresiones como «por todo el mundo» y «a toda criatura». La predicación del mensaje cristiano es condición para que se pueda creer, entendiendo por «creer” la adhesión a Cristo. El encuentro con su persona tiene lugar en el bautismo, principio y causa de salvación (cf. Tit 3,5; 1 Pe 3,21). La adhesión o no a la persona de Cristo determina la vida del hombre. Las dos posibles soluciones, salvación o condena, indican la urgencia de la tarea misionera por parte de los anunciadores y la necesidad de la decisión por parte de los destinatarios. En términos simplificados: Cristo no es algo opcional.

Lo importante y transformador que es el encuentro con Cristo en la fe lo manifiestan de una manera figurada cinco ejemplos de milagros enumerados por Jesús. Son los signos de la presencia del Señor (cf. v. 20). Así como el Resucitado había intervenido antes para hacer crecer la incierta fe de sus apóstoles (cf. v. 14), así también los signos, testimonio de su obra, constituyen la ayuda ofrecida para decidirse en su favor. Los milagros no fundamentan ni, mucho menos, crean la fe; son en todo caso dones del Señor destinados a favorecer el camino de los hombres abriendo sus corazones.

El 19 es el versículo central que refiere el misterio de la ascensión, presentándolo, primero, de un modo más fotográfico, siguiendo el modelo de Elías (cf. 2 Re 2,4), y, después, de un modo más teológico, con la ayuda del Sal 110, el más citado en el Nuevo Testamento. El Jesús terreno encontrado y conocido por los apóstoles se presenta ahora como el «Señor Jesús», expresión que le adecua al Resucitado y que sólo aparece aquí en el evangelio, mientras que está muy presente en Pablo. El significado, más que a la tosca interpretación de un alejamiento, por lo general espacial, de Cristo —y, por consiguiente, a una distinción entre quién se va y quién se queda—, remite a una nueva presencia de Jesús y a una comunión real entre él y su Iglesia. Una mayor concentración cristológica del hecho favorece la nueva comprensión que la comunidad tiene de sí misma, de su relación con su cabeza y de su apertura misionera. Cristología y eclesiología abren el camino a una visión más madura y completa del hombre, con lo que también la antropología resulta beneficiada.

La ascensión constituye un artículo del Credo: «Resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso». No es correcto sostener que el que estaba antes con sus discípulos ya no lo está. También nosotros, hoy, estaríamos privados de Cristo. La ascensión no celebra la separación de Jesús de los suyos, porque constituiría un contrasentido: si Jesús es la vida del creyente, ¿cómo puede vivir éste sin él? Por otra parte, ¿puede estar ausente Jesús? No, Jesús está siempre presente, aunque de formas diferentes.

Los discípulos experimentaron al menos tres presencias distintas de Jesús: una que llamaríamos ordinaria, otra excepcional y otra invisible. La presencia ordinaria es la experiencia del Jesús histórico: cuando, estando con él, tenían la posibilidad de verle, escucharle, comer con él, captar de una manera directa o indirecta algunos de sus sentimientos. Esta experiencia se prolongó cerca de tres años. A continuación, la presencia excepcional: es la experiencia del Resucitado que se deja ver algunas veces y ofrece los signos para reconocerle; a pesar de todo, la duda envuelve todavía a los discípulos. Es una presencia extraña, fuera de lo normal, decididamente excepcional: basta pensar que aparece y desaparece, se presenta sólo a alguien para reprochar, impartir órdenes, comunicar poderes. Esta experiencia dura poco, unos cincuenta días, según la cronología lucana. Por último, está la presencia invisible: es la experiencia de la comunidad tras la ascensión. Jesús sigue actuando con los suyos, que forman la comunidad fundada por él, o sea, la Iglesia. Esta no puede sostenerse ni tiene valor sin él. Los discípulos ya no le ven, no le sienten; sin embargo, le experimentan tan cerca que están convencidos de que ahora está incluso más presente. Esta experiencia durará hasta el fin del mundo.

La ascensión representa para Jesús la conclusión de su jornada terrena, su colocación a la diestra del Padre. A los cristianos se nos ofrece vivir ahora, al mismo tiempo, la triple presencia de Cristo: la presencia ordinaria está en los hermanos con los que cada uno se encuentra y a los que lleva su propio amor; la excepcional está en la gracia sacramental; la invisible, en la comunión de los santos. Podemos y debemos gozar de la eterna presencia del Señor en medio de nosotros. Con su ascensión nos ha responsabilizado, pidiéndonos un mayor compromiso de cara a una apertura al mundo. Se trata de una fase de gran progreso y de madurez. La comunidad cristiana, ayudada por el Espíritu, que es la perenne presencia del Resucitado, se hace adulta.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Mc 16, 15-20. Yo estoy siempre con vosotros.

El evangelio de Marcos llega a sus últimos compases. Jesús envía a los misioneros cristianos (v. 20) y asegura la eficacia de su obra (vv. 17s); él concluye su experiencia terrena (v. 19), pero su obra y su presencia están asegurada por la obra de los que ha enviado (v. 20).

A partir de esta página conclusiva del evangelio resulta claro que el anuncio de la salvación constituye un deber primario, algo que incumbe a toda persona a la que Cristo haya llamado. Los destinatarios de ese anuncio son todos los seres humanos; la universalidad está bien subrayada por expresiones como «por todo el mundo» y «a toda criatura». La predicación del mensaje cristiano es condición para que se pueda creer, entendiendo por «creer» la adhesión a Cristo. El encuentro con su persona tiene lugar en el bautismo, principio y causa de salvación (cf. Tit 3,5; 1 Pe 3,21). La adhesión o no a la persona de Cristo determina la vida del hombre. Las dos posibles soluciones, salvación o condena, indican la urgencia de la tarea misionera por parte de los anunciadores y la necesidad de la decisión por parte de los destinatarios. En términos simplificados: Cristo no es algo opcional.

Lo importante y transformador que es el encuentro con Cristo en la fe lo manifiestan de una manera figurada cinco ejemplos de milagros enumerados por Jesús. Son los signos de la presencia del Señor (cf. v. 20). Así como el Resucitado había intervenido antes para hacer crecer la incierta fe de sus apóstoles (cf. v. 14), así también los signos, testimonio de su obra, constituyen la ayuda ofrecida para decidirse en su favor. Los milagros no fundamentan ni, mucho menos, crean la fe; son en todo caso dones del Señor destinados a favorecer el camino de los hombres abriendo sus corazones.

El 19 es el versículo central que refiere el misterio de la ascensión, presentándolo, primero, de un modo más fotográfico, siguiendo el modelo de Elías (cf. 2 Re 2,4), y, después, de un modo más teológico, con la ayuda del Sal 110, el más citado en el Nuevo Testamento. El Jesús terreno encontrado y conocido por los apóstoles se presenta ahora como el «Señor Jesús», expresión que le adecua al Resucitado y que sólo aparece aquí en el evangelio, mientras que está muy presente en Pablo. El significado, más que a la tosca interpretación de un alejamiento, por lo general espacial, de Cristo —y, por consiguiente, a una distinción entre quién se va y quién se queda—, remite a una nueva presencia de Jesús y a una comunión real entre él y su Iglesia. Un mayor conocimiento cristológico del hecho favorece la nueva comprensión que la comunidad tiene de sí misma, de su relación con su cabeza y de su apertura misionera. Cristología y eclesiología abren el camino a una visión más madura y completa del hombre, con lo que también la antropología resulta beneficiada.

La ascensión constituye un artículo del Credo: «Resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso». No es correcto sostener que el que estaba antes con sus discípulos ya no lo está. También nosotros, hoy, estaríamos privados de Cristo. La ascensión no celebra la separación de Jesús de los suyos, porque constituiría un contrasentido: si Jesús es la vida del creyente, ¿cómo puede vivir éste sin él? Por otra parte, ¿puede estar ausente Jesús? No, Jesús está siempre presente, aunque de formas diferentes.

Los discípulos experimentaron al menos tres presencias distintas de Jesús: una que llamaríamos ordinaria, otra excepcional y otra invisible. La presencia ordinaria es la experiencia del Jesús histórico: cuando, estando con él, tenían la posibilidad de verle, escucharle, comer con él, captar de una manera directa o indirecta algunos de sus sentimientos. Esta experiencia se prolongó cerca de tres años. A continuación, la presencia excepcional: es la experiencia del Resucitado que se deja ver algunas veces y ofrece los signos para reconocerle; a pesar de todo, la duda envuelve todavía a los discípulos. Es una presencia extraña, fuera de lo normal, decididamente excepcional: basta pensar que aparece y desaparece, se presenta sólo a alguien para reprochar, impartir órdenes, comunicar poderes. Esta experiencia dura poco, unos cincuenta días, según la cronología lucana. Por último, está la presencia invisible: es la experiencia de la comunidad tras la ascensión. Jesús sigue actuando con los suyos, que forman la comunidad fundada por él, o sea, la Iglesia. Esta no puede sostenerse ni tiene valor sin él. Los discípulos ya no le ven, no le sienten; sin embargo, le experimentan tan cerca que están convencidos de que ahora está incluso más presente. Esta experiencia durará hasta el fin del mundo.

La ascensión representa para Jesús la conclusión de su jornada terrena, su colocación a la diestra del Padre. A los cristianos se nos ofrece vivir ahora, al mismo tiempo, la triple presencia de Cristo: la presencia ordinaria está en los hermanos con los que cada uno se encuentra y a los que lleva su propio amor; la excepcional está en la gracia sacramental; la invisible, en la comunión de los santos. Podemos y debemos gozar de la eterna presencia del Señor en medio de nosotros. Con su ascensión nos ha responsabilizado, pidiéndonos un mayor compromiso de cara a una apertura al mundo. Se trata de una fase de gran progreso y de madurez. La comunidad cristiana, ayudada por el Espíritu, que es la perenne presencia del Resucitado, se hace adulta.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Mc 16, 15-20. Yo estoy siempre con vosotros.






Elevación Espiritual para este día.

«Y me llamó por su gracia» (Gal 1,15). Dios, quiere decir, le llamó por su virtud. Decía (el Señor) a Ananías: «Este es un instrumento elegido para llevar mi nombre a todas las naciones, a sus gobernantes» (Hch 9,15), es decir, es idóneo para ejercer el ministerio y para manifestar una obra tan grande. (El Señor) indica este motivo para la llamada, mientras que el apóstol afirma por doquier que todo deriva de la gracia y de la inefable bondad divina, expresándose en estos términos: «Y si encontré misericordia —no porque fuera digno de ella y la mereciera— fue para que en mí, el primero, manifestase Jesucristo toda su paciencia y sirviera de ejemplo a los que habían de creer en él para obtener vida eterna» (1 Tim 1,16). ¡Fíjate en su inmensa humildad! Por eso, dice, obtuvo misericordia, a fin de que nadie desesperara, dado que el peor entre todos los hombres había obtenido beneficio de la bondad divina (Juan Crisóstomo).

Reflexión Espiritual para el día.

El edificio espiritual construido por san Pablo, con su profundidad profética y sus escarpadas ascensiones, emerge alto sobre el plano de nuestra apacible piedad cristiana. ¿Quién fue este grande, que obró a la sombra de Uno inmensamente más grande que él? ¿Quién fue este atrevido pionero, este «errante entre dos mundos»?

Dos ciudades ejercieron una influencia decisiva en el ciclo de su formación: Tarso y Jerusalén. «Soy un judío de Tarso de Cilicia...»: así se calificó Pablo ante el comandante romano cuando fue encarcelado. Dos corrientes de antigua civilización afluían, pues, y se fundían en él: la educación judía en familia y la formación griega que absorbía en la capital de su provincia natal, dotada de universidad. Está escrito, ciertamente, en los designios de la Providencia que este hombre, destinado a que en su vida actuara como misionero en medio de los paganos, debería recibir su primera educación en un centro mundial del paganismo. Aquel para quien ya no debería existir diferencia alguna entre judíos y paganos, entre griegos y bárbaros, entre libres y esclavos (cf. Col 3,11; 1 Cor 12,13), no debía nacer entre las idílicas colinas de Galilea, sino en el tumulto de un rico emporio comercial donde afluían y se mezclaban gentes de todas las naciones sometidas al Imperio romano.

«Soy de Tarso, una ciudad no oscura de Cilicio». Parece que se refleja en esta respuesta un sentimiento de genuino orgullo griego por su propia ciudad de nacimiento. Tarso competía, en efecto, con Alejandría y Atenas por la conquista del primado en el campo de la cultura; en ella se elegían los maestros para los príncipes imperiales de Roma, y es natural que un centro de cultura tan eminente influyera en la formación de la personalidad del futuro apóstol... En Tarso dominaban la espiritualidad y la lengua griega junto a las leyes romanas y a la austeridad de la sinagoga judía (J. Holzner, L’Apostolo Paolo, Brescia 1.987 [edición española: San Pablo, Editorial Herder, Barcelona 1.989]).

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Santa Iglesia. Conversión de Pablo.

Lucas narra tres veces la conversión de Pablo (9, 1-2 2; 22, 3-16; 26, 9-18). La triple repetición quiere significar la importancia extraordinaria del acontecimiento. Lucas consideró como un verdadero problema la misión de Pablo a los gentiles. ¿Por qué los misioneros cristianos no continuaron evangelizando a los judíos? Ello les hubiese ahorrado los conflictos con Israel y con Roma. Hubiese sido, por tanto, más cómodo. Lucas sabe muy bien y lo afirma terminantemente que este cambio radical de los destinatarios de la evangelización fue introducido por expresa voluntad de Cristo. Pablo no quería ser cristiano, mucho menos misionero. ¡Tuvo que serlo!

Los tres relatos de la conversión de Pablo difieren notablemente entre sí y de lo que el mismo Apóstol dice sobre el particular. Pablo nunca describe el acontecimiento, simplemente lo afirma (1Cor 9, 1; 15, 8; Gál 1, 15) y dice con orgullo que ha visto al Señor. Lucas nunca habla de esta visión. Según Pablo, su vocación-misión fue inmediata (Gál 1, 1. 11-12); según Lucas su vocación-misión fue mediata, interviene Ananías... Basten estas diferencias para concluir que la información que tiene Lucas sobre el particular no le ha llegado a través de Pablo.

Las variantes en las tres versiones deben ser explicadas desde la naturaleza peculiar de los discursos de los Hechos. Nos fijaremos a continuación en los rasgos más salientes de los relatos en orden a descubrir su enseñanza. El diálogo de aparición (9, 4-6; 22, 7-10; 26, 14-16) está estructurado en forma tripartita con gran elaboración literaria por parte de Lucas. Cristo llama al hombre; éste responde; Cristo tiene la última palabra: se manifiesta y comunica su misión. Entonces el hombre, sin más, la recibe.

El discurso de misión (9, 6; 22, 10; 26, 10-18, por la simple comparación del espacio que ocupa en cada uno de los relatos es fácil adivinar que este discurso de misión ha progresado de ser un simple mandato hasta tener la forma de discurso). Todo este discurso de misión está construido con material de acarreo, sirviéndose de las palabras utilizadas para describir la vocación y misión de los grandes profetas de Israel (Ez 1—2; Jer 1; Is 6). Lucas afirma de este modo que Jesús se dirige a Pablo como Yavé lo hacía a los antiguos profetas. Y, como medio de expresión, emplea las mismas palabras que se habían hecho clásicas en el campo vocacional.

La doble visión (9, 10-16) o el engranaje de una visión en otra, interferencia de la visión de Ananías y la de Pablo, es frecuente en la literatura helenista y pretende afirmar que es Dios quien tiene en sus manos todos los hilos de la historia y un plan bien concreto, que se cumplirá a pesar de que los instrumentos que utilice para ello los desconozcan (ni Ananías ni Pablo saben uno de otro más que referencias genéricas y, por supuesto, no saben qué tienen que hacer ni para qué).

Cocear contra el aguijón (26, 24) es un proverbio griego. La imagen subyacente al proverbio es clara en cuanto a su significado: sería contraproducente para un animal de carga cocear contra el que lo conduce. Aquí es utilizado para expresar la inutilidad de resistir a un poder superior. ¿Debemos pensar que Jesús resucitado empleó este proverbio griego en su encuentro con Pablo? Más bien debe decirse que fue Lucas quien puso en labios de Cristo este proverbio griego para dar a entender que no hubo resistencia, por parte de Pablo, a lo que Cristo le pedía. El sentido, por tanto, sería el siguiente: lo que Pablo hizo contra la Iglesia y, por lo mismo, contra Cristo, carecía por completo de sentido. Seguir haciéndolo sería igualmente insensato, porque Cristo es más fuerte que él.

Para describir los efectos de la aparición existe ya —procedente de la literatura judía helenista— un cuché que recoge una serie de elementos: se abre el cielo, brilla una gran luz, se oye una voz potente, los que tienen la aparición caen derribados por tierra (Dn 10, 5-19). Desde este punto de vista carecen por completo de importancia las diferencias en los distintos relatos del acontecimiento de Damasco. Que en un relato sea mencionada la luz, en otro la voz, que unos oigan pero no vean o viceversa... son distintos modos de decir lo mismo: que se trata de una aparición en la que está implicado directamente Pablo. Que caigan derribados a tierra o queden aterrados será lo mismo: se pretende describir con ello el poder y la fascinación que la aparición de Cristo produce.

Cuanto hemos dicho hasta aquí podía inducirnos a creer que Lucas ha falsificado la historia, La conclusión sería falsa. Lucas ha utilizado la tradición que encontró en la Iglesia sobre la conversión de Pablo. Naturalmente que ha adaptado esta tradición a su propia finalidad… ¿Qué contenía aquella tradición? Probablemente figuraban en ella los nombres de Ananías, Judas, Damasco... Después de su encuentro con Cristo, Pablo fue bautizado en Antioquía. ¿Por qué no puede llamarse Ananías el que protagonizó todo lo referente a lo ocurrido con Pablo en sus primeros momentos después del encuentro que había tenido con Cristo?

¿De dónde proceden la ceguera y la curación? Sin duda que también de una tradición anterior a Lucas. Pero es importante caer en la cuenta que la conversión de Pablo podía ser narrada sin la ceguera y la consiguiente curación. Tal vez podríamos ir más lejos. Ante la ceguera aparece con toda la naturalidad del mundo el fenómeno de una luz potente, una luz «cegadora» (había que buscar una causa que explicase aquella ceguera y ninguna causa mejor que una luz deslumbradora). Junto a la luz aparece también la voz. ¿Qué dijo aquella voz? Entraríamos en el terreno de constantes e incontrolables suposiciones. ¿Cómo era esta tradición pre-lucana? No podemos reconstruirla en sus detalles.

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Enviado el Jueves, 25 enero a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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