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Lecturas del día 24-01-2018

LITURGIA DE LA PALABRA.

2Sm 7, 4-5a. 12-14a. 16: “El Señor Dios le dará el trono de David su padre”
Sal 88: “Su linaje será perpetuo”.
Rm 4,13.16-18.22: “Apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza”
Lc 2,41-51a: Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados

El evangelio de hoy presenta a la familia de Jesús en su condición de judíos practicantes de las costumbres y mandamientos que habían aprendido de generación en generación. La participación en la fiesta de pascua es vivida de manera diferente por Jesús con relación a la forma como la viven sus padres, José y María.

La situación de pérdida de Jesús representa para éstos angustia y disgusto; mientras que para él es la oportunidad de conocer los pensamientos de los maestros de la Ley que desde Jerusalén querían controlar la vida de todo el pueblo. El reencuentro del joven Jesús con sus padres define un conflicto familiar en el que ellos, por su parte, manifiestan el disgusto y la preocupación. Ante ello la respuesta de Jesús no es comprendida por sus padres; sin embargo todos se regresan a continuar la vida en Nazaret.

El texto termina con una expresión muy profunda: “María guardaba todas esas cosas en su corazón”. Guardar así es una muestra afectiva de radicalidad; la misma con que María va a acompañar como discípula a Jesús hasta el final del camino. Esa actitud muestra la profundidad del misterio cristiano, que ha de ser albergado en el corazón para que sea auténtico.

PRIMERA LECTURA.
2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16
El Señor Dios le dará el trono de David, su padre

En aquellos días, recibió Natán la siguiente palabra del Señor: "Ve y dile a mi siervo David: "Esto dice el Señor: Cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Él construirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre.""

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 88
R/.Su linaje será perpetuo.

Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dije: "Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad." R.

Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo: "Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades." R.

Él me invocará: "Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora." Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable. R.

SEGUNDA LECTURA.
Romanos 4,13.16-18.22
Apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza

Hermanos: No fue la observancia de la Ley, sino la justificación obtenida por la fe, la que obtuvo para Abrahán y su descendencia la promesa de heredar el mundo. Por eso, como todo depende de la fe, todo es gracia; así, la promesa está asegurada para toda la descendencia, no solamente para la descendencia legal, sino también para la que nace de la fe de Abrahán, que es padre de todos nosotros. Así, dice la Escritura: "Te hago padre de muchos pueblos." Al encontrarse con el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe, Abrahán creyó. Apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: "Así será tu descendencia." Por lo cual le valió la justificación.

Palabra de Dios,

SANTO EVANGELIO.
Lucas 2,41-51a
Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca.

A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: "Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados." Él les contestó: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?" Pero ellos no comprendieron lo que quería decir. Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad.

Palabra del Señor.


José, descendiente de David, era, probablemente, de Belén. Por motivos familiares o de trabajo, se trasladó más tarde a Nazaret, y allí se convirtió en esposo de María. El ángel de Dios le comunicó el misterio de la encarnación del Mesías en el seno de María, y José, hombre justo, aceptó, aunque no sin haber padecido una dura crisis interior.
Se fue después a Belén, para el nacimiento del niño, y tuvo que huir a Egipto, de donde volvió para ir de nuevo a Nazaret. Cuando Jesús tiene doce años, vemos a José y a María en Jerusalén, donde encontraron a su hijo entre los doctores del templo. A continuación, el evangelio calla. Es posible que muriera antes del comienzo de la vida pública de Jesús.

Reflexión de la Primera lectura: 2 Samuel 7,4-5a. 12-1 4a. 16. El Señor Dios le dará el trono de David su padre

Esta primera lectura nos habla, con acentos históricos y teológicos, de la descendencia de David, que reinará para siempre. Seguramente, la profecía de Natán alude a Salomón, hijo de David y constructor del templo. Sin embargo, las palabras «consolidaré su reino» (v. 12) indican una larga descendencia sobre el trono de Judá. Esta descendencia tuvo un final histórico, y entonces el oráculo recibió fuerza profética con una velada alusión referente al Mesías, descendiente de David. El reinará para siempre en su reino, un reino que no será de este mundo, sino espiritual, según el designio de Dios para la salvación de la humanidad. La tradición cristiana ha releído siempre este fragmento como profético y mesiánico, aplicándolo a Jesús, Mesías descendiente de David, y, de modo indirecto, también a José, último eslabón de la genealogía davídica y transmisor de la herencia histórica de la promesa divina hecha a Israel.

Los libros de Samuel narran el origen del reino de Israel. En la formación del reino han tenido un papel preponderante Samuel, Saúl, David. El momento clave de la tradición sobre David es la profecía de Natán que anuncia la perennidad de la casa real de David. Desde esta promesa los acontecimientos de la casa de David son interpretados como integrados en el plan de Dios. Los planes del rey coinciden con los de Dios y tienen su aprobación a través de la persona del profeta.

Hay un cambio violento en el v. 4. No es David quien va a hacer grande a Yahvé sino al contrario. Yahvé dará descendencia a la casa de David. Una referencia al NT nos muestra que la profecía se cumple en el Mesías. Él es el hijo de David y de la casa de David; sólo en el Mesías la casa de David ha recibido consistencia eterna.

En este texto Dios se manifiesta como el que quiere habitar en una tienda y no en una casa. Esto nos puede decir algo de cómo quiere ser considerado y comprendido Yahvé. La tienda es la habitación del hombre que está de viaje. Hoy se planta aquí y mañana en otro lugar y aunque no es nunca una cosa fija, la tienda es habitación, refugio y patria. La casa es habitación del hombre sedentario. En la casa todo queda fijo y determinado. Los hombres estamos en camino en una historia llena de cambios. En esta historia, Dios está con nosotros porque él no se ha encerrado en ninguna casa hecha de conceptos, imágenes, símbolos, reglas fijas de una vez para siempre. Dios se acomoda al hombre, que es tiempo. Por ello, Dios prefiere habitar en una tienda para poder encontrar a todos los hombres y llegar a ser la patria de todos.

Reflexión del Salmo 88 Su linaje será perpetuo

El salterio nos ofrece hoy un salmo en el que la angustia de su autor alcanza la más despiadada de las aflicciones: «Mi alma está llena de desgracias, y mi vida está al borde de la tumba. Me ven como a los que bajan a la fosa, me he quedado como un hombre in fuerzas, tengo mi cama entre los muertos, como las víctimas que yacen en el sepulcro, de las que ya no te acuerdas, porque fueron arrancadas de tu mano».

Al salmista le fluye el dolor de lo más profundo de sus entrañas. Parece que no hay nada ni nadie, ni siquiera Dios, que abra una puerta de esperanza a su hundimiento. Nos recuerda la figura de Job, un hombre sobre quien se abate el mal en toda su crudeza a pesar de que, según él, ha caminado siempre en la inocencia y rectitud. Escuchémosle: «Asco tiene mi alma de mi vida: derramaré mis quejas sobre mí, hablaré en la amargura de mi alma. Diré a Dios: “¡no me condenes, hazme saber por qué me enjuicias... aunque sabes muy bien que no soy culpable!” (Job 10,1-6).
Hay un aspecto que nos sobrecoge: Ni Job ni el salmista tienen respuesta de parte ele Dios que pueda iluminarles acerca del mal que ceba en ellos. Su situación no puede ser más aplastante. Su tragedia consiste en que el mal ha sobrevenido sobre ellos como si fuera un buitre voraz que les arranca y descuartiza el alma.

Oímos al salmista invocar a Dios casi como advirtiéndole de que, en el lugar de la muerte y tinieblas, donde cree que esta a punto de yacer, no podrá alabarle ni cantar su misericordia y su lealtad: «Yo te invoco todo el día, extiendo mis manos hacia ti: ¿Harás maravillas por los muertos? ¿Se levantarán la» sombras para alabarte? ¿Hablarán de tu amor en la sepultura, y de tu fidelidad en el reino de la muerte?».

Más expresiva, si cabe, es la lamentación de Job. Su esperanza en Dios ha sido barrida de su alma hasta el punto de pensar que ya no es él su Padre, sino la misma muerte: «Mi casa es el abismo, en las tinieblas extendí mi lecho. Y grito a la fosa: ¡Tú, mi padre! Y a los gusanos: ¡mi madre y mis hermanos! ¿Dónde está, pues, mi esperanza..,? ¿Van a bajar conmigo hasta el abismo? ¿Nos hundiremos juntos en el polvo?» (Job 17,13-16).

Todo, absolutamente todo se ha cerrado para nuestros dos personajes. Nos ponemos en su piel y les podemos oír musitar en su interior: ¡Quién sabe si Dios no es más que una quimera, un simple deseo del hombre que le impulsa a proyectar un Ser supremo capaz de hacerle sobrevivir a la muerte!

Sabemos cómo Dios acompañó a Job en su terrible prueba, cómo le fue enseñando en su corazón a fin de limpiar la imagen deformada que tenía de El. Es así como pudo plasmar en su espíritu su verdadero rostro, muy lejos, o mejor dicho, totalmente otro, del que había formado con su limitada mente. De un modo u otro, todos partimos de una imagen deformada de Dios que, tarde o temprano, se convierte en un simple espejismo. Por eso nos es muy importante ver la evolución de Job.

Efectivamente, al final del libro que lleva su nombre, vemos cómo distingue entre el Dios en el que creía antes y el que conoce una vez pasado por el crisol de la prueba. Oigamos su confesión: « Si, he hablado de grandezas que no entiendo, de maravillas, que me superan y que ignoro... Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos» (Job 42,3-5).

En cuanto a nuestro salmista, no hay en él un final feliz como en Job. Sin embargo, sabemos que este hombre orante, como los de todos los salmos, es imagen de
Jesucristo. Si todo queda cerrado y opaco para el hombre orante, no es así para el Hijo de Dios. Es cierto que en su muerte se dieron cita todas las tinieblas de la tierra: «Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona» -—es decir desde las doce hasta las tres de la tarde, hora de su muerte— (Lc 23,44).

Si es cierto que sobre el crucificado se cernieron todas las tinieblas de las que hemos oído hablar al salmista, más cierto aún es que, en su muerte, su Padre abrió los cielos para recogerle resucitándole. El Señor Jesús vivió las mismas angustias del salmista, pero su fe de que volvía al Padre, como así lo proclamó a lo largo de su vida, actuó como una espada que, al mismo tiempo que abría los cielos, golpeó mortalmente a las tinieblas.

Que el Hijo de Dios penetró los cielos dejándolos abiertos para siempre y para nosotros, nos lo cuenta san Marcos presentando unos testigos de primera mano, los mismos apóstoles: «Estando a la mesa con los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón por no haber creído a quienes le habían visto resucitado. Y les dijo: Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda la creación... Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16,14-19).

Reflexión de la Segunda lectura: Romanos 4,13.16-18.22. Apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza

En su intento de desarrollar la lección que deriva del acontecimiento de Abrahán, el apóstol establece un fuerte contraste entre la ley y la justicia que viene de la fe. En primer lugar, Pablo pone de relieve el hecho de que la promesa de Dios a Abrahán no depende de la ley, y por eso establece, de modo inequívoco, que la promesa de Dios es absoluta, preveniente e incondicionada. En segundo lugar, el apóstol ratifica que la fe es la única vía que lleva a la justicia, esto es, a la acogida del don de la salvación. En este aspecto, la lectura se aplica espléndidamente a José, hombre justo. Los verdaderos descendientes de Abrahán son no tanto lo que viven según las exigencias y las pretensiones de la ley, sino más bien los que acogen el don de la fe y viven de él con ánimo agradecido. Desde esta perspectiva, Pablo define como «herederos» de Abrahán a los que han aprendido de él la lección de la fe y no sólo la obediencia a la ley. Se trata de una herencia extremadamente preciosa y delicada, porque reclama y unifica diferentes actitudes de vida, todas ellas reducibles a la escucha de Dios, que habla y manda, que invita y promete.

La fe de Abrahán, precisamente porque está íntimamente ligada a la promesa divina, puede ser llamada también «esperanza»: «Contra toda esperanza creyó Abrahán» (v. 18). De este modo, Abrahán entra por completo en la perspectiva de Dios, «que da vida a los muertos y llama a la existencia a las cosas que no existen» (v. 17b). Y así, mediante la fe, todo creyente puede convertirse en destinatario y no sólo en espectador de acontecimientos tan extraordinarios que sólo pueden ser atribuidos a Dios. Este fue el caso de José. -La promesa de Dios... Dios prometió a Abraham y a su descendencia ser herederos del mundo.

La historia de Abraham está llena de promesas de Dios cuyo cumplimiento no depende del hombre, sino de la fidelidad de Dios a sus promesas.

También Abraham era un pecador, pero creyó en esas promesa. Creyó en lo imposible.

¡Era anciano y sin hijos y Dios le prometió «el mundo en herencia» ! Y él creyó esto, y esto se realizó: cristianos, judíos, árabes... multitudes inmensas se llaman «hijos de Abraham».

«Recibir el mundo en herencia». La fe da la posesión del mundo.

-Por la fe se pasa a ser heredero. Por esto es un don gratuito.

Y la promesa permanece válida.

Quisiera, Señor, llegar a ser «total acogida» de Ti.

Quisiera encontrarte más y no apoyarme sino en Ti. Ahora sé -tu apóstol me lo ha repetido- que mi salvación depende de tu promesa, más que de mis obras y que Tú haces lo que prometes.

Señor, tengo confianza en Ti. Estoy seguro de Ti.

Yo, que sufro tanto de mis limitaciones, de mis pobrezas, quisiera, de una vez, aceptarlas y luego olvidarlas para no sufrir más por ellas y contar sólo contigo y no en mis propias fuerzas.

¡ «Don gratuito»! ¡«Don gratuito»!

-Te hice padre de muchos pueblos. Abraham es nuestro padre ante Dios «en quien creyó».

FE-FECUNDIDAD: La fe da una fecundidad extraordinaria.

Porque creyó en Dios, Abraham es el "padre" de todos los hombres. Por su fe, verdaderamente, "dio la vida". No pueden saberse todas las ramificaciones vitales de un acto de Fe. Un hombre que cree en Dios desencadena en la humanidad una onda de «vida». Todo hombre que se eleva, eleva el mundo.

-Dios que da la «vida" a los muertos y llama a la existencia a lo que no existía.

ABRAHAN-FE: Abraham y Sara cuyo seno estaba muerto, hicieron de ello la experiencia. Dios es aquel que llama «de la nada al ser»... aquel que da «vida».

¡Tal fue la experiencia de Abraham!

Tal fue sobre todo la experiencia de Jesús. La resurrección ocupa el centro del pensamiento de san Pablo. La fuerza de Dios que devuelve la vida a los muertos. Esta fuerza actúa todavía en el mundo. Es ella la que nos eleva en todos nuestros desalientos.

Ella nos saca del pecado.

Ella nos resucitará un día.

-Esperando contra toda esperanza, creyó... FE/FUERZA

La vida de Abraham, la fe de Abraham no fue cosa fácil.

Todo parecía contrario a las promesas de Dios. Todo parecía ir en el sentido opuesto... pero creyó, a pesar de todo, contra toda esperanza.

La fe «para transportar las montañas», decía Jesús. La Fe, fuerza de lo imposible. Se comprende que Pablo diga que esa «Fe da posesión del mundo». En efecto, nada puede ir en contra de ello. No se apoya sobre nada humano: toda su fuerza está en Dios. ¡Danos esta Fe, Señor!

Reflexión primera del Santo Evangelio: Lc 2,41-51a: Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados

En el evangelio de Lucas se encuentra el anuncio del ángel a María; en el de Mateo, en cambio, encontramos el anuncio a José. En este anuncio, el ángel manifiesta a José su misión de padre «davídico» del hijo que, concebido por María, «por acción del Espíritu Santo», será el Mesías de Israel, el Salvador (significado del nombre hebreo «Jesús»).

Es probable que José conociera ya el misterio de la concepción, porque la misma María se lo podía haber revelado. Su dificultad o crisis interior no era tanto la aceptación del misterio como aceptar la paternidad y la misión de ser el padre legal ante la sociedad, guía y educador del que debía ser el Maestro de Israel. Su humildad (su justicia), iluminada por las palabras del ángel, le hace aceptar después, plenamente, el designio de Dios.

En la parte del fragmento evangélico omitida por la liturgia (vv. 22-23.24b-25) se alude al cumplimiento de la Escritura en la célebre profecía de Isaías sobre la Madre del Mesías, al significado del nombre «Enmanuel» («Dios-con-nosotros») y al nacimiento de Jesús, al que José impuso, efectivamente, este nombre, recibido del ángel. Estos versículos enriquecen desde el punto de vista teológico el fragmento y proporcionan al conjunto una hermosa unidad.

Los fragmentos de la Escritura nos ofrecen un marco histórico y profético, es decir, nos hablan de una historia verdadera, en la que, sin embargo, ha subintrado la acción de Dios según un designio que recorre todo el mensaje bíblico.

En el fondo de la primera lectura y en el centro del evangelio aparece la figura de José, llamado «hombre justo» (Mt 1,19). Esta justicia debe verse, como sugiere la segunda lectura, en la acogida con ánimo agradecido y conmovido del don de la fe, en la rectitud interior y en el respeto a Dios y a los hombres, a la Ley y a los acontecimientos.

A José le resulta difícil aceptar esa paternidad que no es suya y, después, la enorme responsabilidad que supone ser el maestro y el guía de quien habría de ser un día el Pastor de Israel. Respeto, obediencia y humildad figuran en la base de la «justicia» de José, y esta actitud interior suya —junto a su misión, única y maravillosa— le han situado en la cima de la santidad cristiana, junto a María, su esposa.

José brilla sobre todo por estas actitudes radicalmente bíblicas, propias de los grandes hombres elegidos por Dios para misiones importantes, que siempre se consideraban indignos e incapaces de las tareas que Dios les había confiado (baste con pensar en Abrahán, Moisés, Isaías, Jeremías...). Dios sale, después, al encuentro de estos amigos suyos otorgándoles fortaleza y fidelidad.

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Lc, 2 41-51a para nuestros Mayores. El nacimiento de Jesús.

Para comprender el sufrimiento del justo José, debemos considerar el hecho de que en aquella época el contrato matrimonial judío exigía a los prometidos un verdadero acto de repudio en caso de ruptura del noviazgo. Es probable que María le hubiera contado a José el origen divino de aquel niño, pero como José no era el padre, no podía reconocer al niño según la ley. La prometida quedaba expuesta así a la acusación de adulterio y a la consiguiente lapidación. ¿Cómo habría podido obedecer José, simultáneamente, a la ley divina y a la conciencia? El ángel le hace intuir su papel insustituible en el designio de Dios: es él quien deberá introducir en la vida humana a aquel que procede del Espíritu Santo, asumiendo su paternidad legal. Le impondrá al niño, insertado en la descendencia de David, un nombre que encierra toda su misión: Jesús, «Dios salva». Mateo interpreta con su primera cita de cumplimiento un acontecimiento absolutamente nuevo a la luz de las profecías, para afirmar que Jesús es el cumplimiento de las promesas de Dios y que su origen es, al mismo tiempo, humano y divino. Por otra parte, la traducción de Emmanuel, Dios-con-nosotros, indica que se cumple en él la nueva y eterna Alianza; en efecto, la fórmula de la Alianza se compendiaba así: «Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (cf. Jr 31,33). El nombre de Jesús, con el que se abría el evangelio, cierra el capítulo: el hijo de David, hijo de Abrahán, es, en realidad el Hijo de Dios. Se abre así una nueva inclusión que abarca todo el evangelio de Mateo: Jesús es el Dios-con-nosotros desde su concepción, y su ascensión al cielo no cortará este vínculo con nuestra humanidad: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de este mundo» (28,20).

El evangelio según Mateo nos sitúa de inmediato frente a nuestra dignidad y nuestra responsabilidad como creyentes. La historia de la humanidad, el segmento de tiempo que ocupa nuestra vida y el proyecto del Señor no son realidades separadas e incomunicadas, como vemos claramente en el relato del nacimiento de Jesús. El Dios-con-nosotros ha entrado en la historia a través de la intervención de tres factores diferentes por su importancia, aunque igualmente necesarios: el poder del Espíritu Santo, el consentimiento de la virgen María y la paternidad legal de José. Este acontecimiento ha cambiado de una manera irrevocable el destino de la humanidad, además de la existencia de quien lo ha acogido en la fe. Jesús sigue siendo para siempre el Emmanuel, está con nosotros hasta el fin de los tiempos y nosotros estamos con él desde ahora, «sentados a la diestra del Padre» (Col 3,1), de una manera misteriosa, pero real. Debemos volver a considerar a menudo los inmensos horizontes de la vida cristiana: sólo así podremos sostener sin temor los acontecimientos que no comprendemos o la agobiante falta de sentido de los días y el afán de una existencia probada de modo variado.

Lo que nos es dado vivir forma parte de un proyecto divino que nos supera y busca la salvación de todos. De aquí podemos tomar la fuerza y la alegría para afrontar el presente con pasión y responsabilidad: el hoy está cargado de Cristo, y nuestra tarea consiste en velar amorosamente la presencia del Dios-con-nosotros, a fin de dejarla manifestarse a los hermanos. Soy yo quien, como José, debo introducir al Hijo de Dios en los tiempos y en los ámbitos del hombre: en mi ambiente de trabajo o de apostolado, en mi familia, en las mínimas ocupaciones. Cada uno de nosotros debe pronunciar, como José, el nombre de Jesús sobre todo y sobre todos, para legitimar su presencia o bien para que ésta sea puesta como fundamento de opciones tomadas según la voluntad de Dios. Será el Señor quien mida el caudal de gracia de nuestra fe obediente a la Palabra. A nosotros nos basta ofrecer con confianza nuestra vida como espacio en donde el Dios-con-nosotros pueda fijar su morada hasta el final de los tiempos.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Lc 2, 41-51a. Genealogía y nacimiento de Jesús.

Hemos dividido el capítulo primero del evangelio de Mateo en las dos partes indicadas en el título. La primera recoge una genealogía fatigosa y, aparentemente al menos, innecesario. A primera vista parece ser simplemente una lista de nombres de los ancestrales de Cristo sin ningún contenido teológico ni poder alguno de interpelación. ¿Por qué la antepone Mateo a su evangelio?

Sabemos, y nos lo ha recordado el Vaticano II, que Cristo es la plenitud de la revelación. El hecho de ser la plenitud de la revelación lo coloca inevitablemente en relación con la preparación de la misma, con todo el Antiguo Testamento. Mateo presenta su árbol genealógico para demostrarlo. Por eso, inmediatamente después de mencionar su nombre —nótese que es mencionado el nombre completo, “Jesucristo”, que equivale a una fórmula de fe, Jesús es el Cristo, el Ungido, el Mesías— añade «hijo de David, hijo de Abraham». La genealogía nos introduce así tanto en el terreno de la historia como en el de la teología. Mateo quiere presentarnos al protagonista de su evangelio y, una vez que nos ha dicho su nombre, Jesucristo, con todo lo que significa —Jesús es el Cristo— se apresura a demostrar su afirmación.

El Mesías debería descender de David. Pues bien, Jesús desciende de David. Precisamente por eso divide la genealogía en tres partes compuestas cada una de catorce nombres. El centro de la misma lo ocupa David, por la razón que hemos apuntado. La genealogía, por otra parte, tiene mucho de artificial. Lo demuestra el simple hecho de colocar catorce nombres en cada una de las fases en que divide la prehistoria de Cristo. El número catorce, por ser el doble del siete, indica perfección y plenitud. Aquí significaría la perfección y providencia especial de Dios en la disposición de toda la historia salvífica anterior, que culmina en Cristo.

La razón apuntada anteriormente explica también la mención de Abraham. El origen de Cristo coincide y se remonta al principio mismo de Israel. Por la misma razón son mencionados, en la primera parte de la genealogía, Judá y sus hermanos, es decir, todo Israel. En la tercera parte se resume la historia de Israel, a partir del destierro babilónico, por idéntica razón: quiere abarcarse toda la historia de Israel: su origen, los momentos más importantes y la coronación o plenitud, que es Jesús.

El fin teológico de la genealogía permite a nuestro autor jugar con alguno de los nombres. Nosotros debemos descubrir su juego. Al mencionar al rey Asa, Mateo escribe Asaf, que, según el Salterio (Sal 73, 1; 7, 1...), compuso varios Salmos, y, en lugar de Amón, otro de los reyes de Israel, nuestro evangelista escribe Amós, que fue uno de los célebres profetas del pueblo de Israel. ¿No querrá decirnos Mateo, con este pequeño juego, que también los Salmos y profetas alcanzan su plenitud en Cristo?

La segunda parte del capítulo presenta el nacimiento de Cristo como algo absolutamente milagroso. María concibió a Jesús sin concurso de varón, por obra del Espíritu Santo. Y al mencionar al Espíritu Santo o al Espíritu de Dios, Mateo —como cualquier escritor judío— piensa en el poder creador de Dios. Afirmado el hecho —concepción milagrosa de Jesús—, Mateo se detiene con cierta amplitud en exponer las consecuencias del mismo. La primera es el natural desconcierto de José. María y José estaban desposados. Según la ley judía, esto quería decir que el contrato de matrimonio había sido sellado seria y firmemente. Únicamente faltaba la ceremonia de la boda, que culminaba llevando a la novia a vivir en la misma casa del novio. La ley judía no consideraba pecado serio la relación sexual habida entre los novios-desposados en el tiempo intermedio entre desposorios y casamiento. Más aún, en caso de que naciese un hijo en ese tiempo intermedio, era considerado por la ley como hijo legítimo.

Teniendo en cuenta la ley y costumbres judías, el estado de María únicamente creaba problema a José ¿Por qué? Creemos que él estaba al corriente de lo ocurrido. No vemos ninguna razón para que María, su esposa, no le hubiese informado de todo. Entonces, ¿por qué la duda? La duda de José no fue, acerca de la culpabilidad o inocencia de María sino sobre el papel que él personalmente tenía que jugar en todo aquello. Una intervención sobrenatural —aparece el motivo del ángel— se lo aclara: deberá poner el nombre al niño, es decir, deberá ser su padre legal (era el padre quien imponía el nombre) y entonces, conocido su papel en aquel matrimonio, cesa su turbación, desconcierto o duda.

El anuncio del ángel a José es un resumen completo del Nuevo Testamento: Jesús salvará al pueblo de sus pecados. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento la expresión “perdón de los pecados” no significa el perdón de una falta concreta sino que es el resumen de toda la acción salvadora de Dios. Quiere decir esto que, con la aparición de Jesús, ha sido superada la separación entre Dios y el hombre. Porque él es «el Dios con nosotros», para nuestra salvación. Decir Jesús o salvador es exactamente lo mismo. El nacimiento de Jesús, su vida y actividad fue —y es— Dios con nosotros. Como lo había anunciado el profe

Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Lc 2, 41-51a. Genealogía y nacimiento de Jesús.

Este pasaje ha sido interpretado frecuentemente a expensas de la personalidad religiosa de S. José. De ahí la importancia de captar exactamente el pensamiento de Mateo, en especial partiendo de los matices propios que porta el texto paralelo de Lucas. Sin embargo, estaremos en mejores condiciones para interpretar este pasaje difícil si tenemos en cuenta su género literario muy particular. Existe, en efecto, un género literario particular en la Biblia respecto a anuncios de nacimientos. Este género literario supone siempre la aparición de un ángel, la designación del personaje interesado con un nombre que recuerda su función (aquí: José, Hijo de David, título que el ángel no utilizará en sus demás apariciones a José), una dificultad que hay que vencer (en general, la esterilidad del seno materno; aquí, para José, recibir a María en su casa), un signo dado como prenda (en Lc 1. 36, el embarazo de Isabel; aquí el alumbramiento virginal de María), finalmente, detalles concretos sobre el nombre del niño (aquí: Jesús).

Este género literario de los "anuncios de nacimiento" no es más que la forma de expresión de un acontecimiento muy real, pero hay que saber despojar a este acontecimiento de ciertos detalles del relato.

Cuando el ángel se apareció a la Virgen (Lc 1. 26-38) le anunció de entrada que su Hijo sería Hijo de David (Lc 1. 32); después, partiendo de ahí, formuló la pregunta de la concepción virginal (Lc 1. 34-35). Ante José, el ángel procede de distinta manera: la concepción virginal queda aclarada desde el principio (Mt 1. 20), pero se trata de asegurar que el Niño sea Hijo de David (Mt 1. 20-23).

María tiene una dificultad que vencer: qué será de sus desposorios (Lc 1. 34); José también la tiene: cuál será su papel respecto a un Niño que no será suyo.

Evidentemente, María ha sido la primera en saber que pariría en virginidad. Pero ¿puede admitirse que no haya dicho nada sobre el particular a su prometido? Cierto que los evangelistas no nos dicen nada a este respecto, pero ¿quién puede deducir del silencio de los evangelistas el silencio de María y, "a fortiori", el silencio de Dios, y admitir que María dejó a José en la duda y la inquietud? ¿Puede admitirse que una desposada que, ante el ángel, se preocupa de sus relaciones de desposorios, no ponga al corriente a su vez a su prometido de las nuevas condiciones impuestas a su futuro? ¡No! Y José está perfectamente al corriente del alumbramiento virginal de su prometida. José no está, pues, inquieto ni presa de la duda respecto a la virtud de su esposa, y el ángel no se le aparece para tranquilizarle.

Pero José es "justo" (Mt 1. 19), no con esa justicia legalista que quiere poner la ley de su parte y repudiar a su mujer, ni tampoco con esa justicia, sobre la que insiste el padre Spicq, que respeta al prójimo y se niega a causarle el mínimo perjuicio, sino con esa justicia religiosa que le prohíbe hacerse pasar por el padre de un Hijo que no es suyo (tanto si comprendió o no de entrada que ese Niño milagroso sería también un Niño divino).

Entonces es cuando interviene el ángel para comunicar a José que Dios le necesita, porque si bien no tiene nada que hacer al nivel del alumbramiento, tiene una misión que cumplir al nivel de la paternidad legal. El mensaje del ángel podría interpretarse así: "Es cierto que lo que se ha engendrado en María ha sido por obra del Espíritu Santo, pero Dios te necesita para hacer que ese Niño entre en el linaje de David y darle un nombre".

José no es, pues, "justo", porque sea un modelo de resignación, capaz de una actitud bonachona respecto a su esposa, sino porque respeta a Dios en su obra y se limita a cumplir el papel que Dios le asigna: introducir a Jesús en la estirpe real.

La salvación del hombre no depende, por tanto, exclusivamente de una iniciativa soberana de Dios que basta esperar pasivamente.

Dios no salva al hombre sin la cooperación y sin la fidelidad del hombre.

Elevación Espiritual para el día.

El sacrificio total que José hizo de toda su existencia a las exigencias de la venida del Mesías a su propia casa encuentra una razón adecuada en su insondable vida interior, de la que le llegan mandatos y consuelos singularísimos, y de donde surge para él la lógica y la fuerza —propia de las almas sencillas y limpias— para las grandes decisiones, como la de poner enseguida a disposición de los designios divinos su libertad, su legítima vocación humana, su fidelidad conyugal, aceptando de la familia su condición propia, su responsabilidad y peso, y renunciando, por un amor virginal incomparable, al natural amor conyugal que la constituye y alimenta.

Esta sumisión a Dios, que es disponibilidad de ánimo para dedicarse a las cosas que se refieren a su servicio, no es otra cosa que el ejercicio de la devoción, la cual constituye una de las expresiones de la virtud de la religión.

Reflexión Espiritual para este día.

Al sur de Nazaret se encuentra una caverna llamada Cafisa. Es un lugar escarpado; para llegar a él, casi hay que trepar. Una mañana, antes de la salida del sol, fui allí. No me di cuenta del paisaje, muy bello, ni de las fieras, ni del canto de mil pájaros... Estaba yo fuertemente abatido; sin embargo, experimentaba en el fondo del corazón que habría de saber algo de parte del Señor.

Entré en la gruta; había un gran vano formado por rocas negras con diferentes ángulos y corredores. Había muchas palomas y murciélagos, pero no hice ningún caso. Solo en aquel recinto severo no exento de majestad, me senté sobre una esterilla que llevaba conmigo. Puse, como Elías, mi cara entre las rodillas y oré intensamente. Tal vez por la fatiga o la tristeza, en cierto momento me adormecí. No sé cuánto tiempo estuve en oración y cuánto tiempo adormecido. Pero allí, en aquella gruta que nunca podré olvidar, durante aquellos momentos de silencio, me pareció ver un ángel del Señor, maravilloso, envuelto en luz y sonriente.

«José, hijo de David —me dijo—, no tengas miedo de acoger a María, tu esposa, y quedarte con ella. Lo que ha sucedido en ella es realmente obra del Espíritu Santo: tú lo sabes. Y debes imponer al niño el nombre de Jesús. Tu tarea, José, es ser el padre legal ante los hombres, el padre davídico que da testimonio de su estirpe... Y has de saber, José, que también tú has encontrado gracia a los ojos del Señor... Dios está contigo». El ángel desapareció. La gruta siguió como siempre, pero todo me parecía diferente, más luminoso, más bello.

«Gracias, Dios mío. Gracias infinitas por esta liberación. Gracias por tu bondad con tu siervo. Has vuelto a darme la paz, la alegría, la vida. Así pues, Jesús, María y yo estaremos siempre unidos, fundidos en un solo y gran amor..., en un solo corazón». La tempestad había desaparecido, había vuelto el sol, la paz, la esperanza... Todo había cambiado.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciomes de la Sagrada Biblia. Yo seré para él padre y él será para m hijo.

La profecía de Natán está construida sobre la doble significación que tiene la palabra «casa». En boca de David tiene un sentido material, o sea, se refiere a la casa de Dios. Una vez que ha establecido la capitalidad de la monarquía en Jerusalén y ha construido su propia casa, es decir, el palacio real, David manifiesta el deseo de construir la casa de Dios, a saber, el templo.

A través de las palabras de Natán parece dejarse traslucir una corriente poco favorable al templo de Jerusalén, por lo menos, según era interpretado en algunos ambientes del pueblo: Desde el día en que saqué a los israelitas de Egipto hasta hoy no he habitado en una casa, sino que he viajado de acá para allá con los israelitas, ¿encargué acaso a algún juez de Israel, a los que mandé pastorear a mi pueblo Israel, que me construyese una casa de cedro? En ciertos ambientes proféticos la construcción del templo de Jerusalén y su vida cultural, bastante calcados sobre los módulos de los templos y cultos cananeos, debieron ser interpretados con mucha prevención. Amós, por ejemplo, dice: « ¿Es que durante los cuarenta años del desierto me ofrecisteis sacrificios y oblaciones?» (5, 25). De manera similar se expresa Jeremías: «Que cuando yo saqué a vuestros padres del país de Egipto, no les hablé ni les mandé nada tocante a holocausto y sacrificio» (7, 22). Esta indiferencia hacia el templo, un templo excesivamente ritualizado, vuelve a aparecer en la adición de iRe 8, 27, en Is 66, 1-2 y culmina en las palabras de Cristo a la samaritana (Jn 4, 2 1-24) y en el discurso de Esteban (He 7, 48).

En boca de Dios la palabra «casa» tiene un sentido metafórico: significa «dinastía»: Te haré grande y te daré una dinastía. Cuando hayas llegado al término de tu vida y descanses con tus padres, estableceré después de ti a un descendiente tuyo, un hijo de tus entrañas, y consolidaré su reino... Yo seré para él padre y él, será para mí hijo. Directamente estas palabras se refieren a Salomón, el hijo de David. Pero ya desde un principio, y más todavía con el pasar del tiempo, el alcance de la profecía de Natán desborda al inmediato sucesor de David y orienta al lector hacia un descendiente de la dinastía davídica, en el que se cumplan todas las esperanzas que se habían formado en torno al rey ideal. Dicho con otras palabras, la profecía de Natán constituye el punto de arranque del llamado mesianismo real o monárquico, contra distinto del mesianismo profético del Segundo Isaías (Poemas del Siervo de Yavé) y del mesianismo apocalíptico de Daniel (c. 7) y de la literatura apocalíptica inter testamentaria en general.

El mesianismo real presenta al futuro mesías con rasgos tomados de la figura del rey. Los principales textos se encuentran en Isaías (7, 14-25; 9, 1-6; 11, 1-9), en Miqueas (5, 1-5) y en los salmos 2 y 110. +

Enviado el Miércoles, 24 enero a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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