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Lecturas del día 11-12-2017

LITURGIA DE LA PALABRA.

Isaías 35,1-10 Dios viene en persona y os salvará
Salmo responsorial: 84 R/.Nuestro Señor viene y nos salvará.
Lucas 5,17-26.Hoy hemos visto cosas admirables

La Palabra de Dios hoy nos invita directamente al seguimiento de Jesús, a cargar con él su yugo para que resulte más liviano. Parece una paradoja que Jesús invite a los que están cansados a seguir cargando otros yugos, pero esto se puede comprender reconociendo que las cargas impuestas al pueblo por las clases poderosas eran prácticamente insoportables, sometían a las personas bajo el peso de las leyes, quitándoles su libertad y su dignidad.

Jesús llama a los que están cansados, a los afligidos, que han sido oprimidos por el peso de las estructuras sociales, económicas, políticas y religiosas del Imperio Romano y de la monarquía de turno; los está invitando a construir un proyecto en el que ser generoso, humano, solidario, acogedor, no represente una gran carga, sino una posibilidad de liberación.

Hoy nuestros pueblos están oprimidos bajo estructuras de muerte e injusticia que los poderosos han montado sobre la sangre y el hambre de muchos inocentes. La guerra, el desempleo, los altos costos de la vida, el endeudamiento, siguen siendo pesadas cargas que se oponen al proyecto de Dios, que atentan contra la justicia y la igualdad.

PRIMERA LECTURA.
Isaías 35,1-10
Dios viene en persona y os salvará

El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarión. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: "Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará."

Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa; el páramo será un estanque, lo reseco, un manantial. En el cubil donde se tumbaban los chacales brotarán cañas y juncos. Lo cruzará una calzada que llamarán Vía Sacra: no pasará por ella el impuro y los inexpertos no se extraviarán. No habrá por allí leones, ni se acercarán las bestias feroces; sino que caminarán los redimidos y volverán por ella los rescatados del Señor. Vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 84
R/.Nuestro Señor viene y nos salvará.

Voy a escuchar lo que dice el Señor: "Dios anuncia la paz a su pueblo y sus amigos." La salvación está ya cerca de sus fieles, y la gloria habitará en nuestra tierra. R.

La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo. R.

El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO
Lucas 5,17-26
Hoy hemos visto cosas admirables

Un día estaba Jesús enseñando, y estaban sentados unos fariseos y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén. Y el poder del Señor lo impulsaba a curar.

Llegaron unos hombres que traían en una camilla a un paralítico y trataban de introducirlo para colocarlo delante de él. No encontrando por donde introducirlo, a causa del gentío, subieron a la azotea y, separando las losetas, lo descolgaron con la camilla hasta el centro, delante de Jesús. Él, viendo la fe que tenían, dijo: "Hombre, tus pecados están perdonados."

Los escribas y los fariseos se pusieron a pensar: "¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados más que Dios?" Pero Jesús, leyendo sus pensamientos, les replicó: "¿Qué pensáis en vuestro interior? ¿Qué es más fácil: decir "tus pecados quedan perdonados", o decir "levántate y anda"? Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados -dijo al paralítico-: A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa." Él, levantándose al punto, a la vista de ellos, tomó la camilla donde estaba tendido y se marchó a su casa dando gloria a Dios.

Todos quedaron asombrados, y daban gloria a Dios, diciendo llenos de temor: "Hoy hemos visto cosas admirables."

Palabra del Señor.


Reflexión de la Primera lectura: Isaías 35,1-10. “Dios viene y nos salvará”

Introducido en la primera parte del libro de Isaías, este poema pertenece, sin embargo, a un discípulo del profeta que, por lo demás, podría ser el Segundo Isaías. El tema de este poema es la vuelta al Paraíso. La venida del Salvador transformará el desierto en Paraíso (vv. 1-2, 6-7; cf Is 41. 17-20; 43. 20; 48. 21); todas las enfermedades serán curadas (vv. 5-6) porque el nuevo Reino no conocerá ya el mal: hasta la misma fatiga desaparecerá (v. 3).

El poema anuncia la abolición próxima de las maldiciones que acompañaron la caída de Adán: la fatiga del trabajo (Gn 3. 19), el sufrimiento (Gn 3. 16), las zarzas y las espinas del desierto (Gn 3. 18) no serán ya más que un mal recuerdo.

Esta vuelta al Paraíso, incrustada en los relatos de la conquista de la Tierra Prometida (Dt 8. 7-10), y, sobre todo, en los de la restauración del país después del destierro (Is 43. 18-21, etc.), perderá su carácter maravilloso a partir del N.T. No por ello deja de ser una realidad la vuelta al Paraíso, pero el nuevo Adán no pudo penetrar en él el primero, sino después de haber abolido la maldición mediante su obediencia absoluta a su condición de hombre, comprendida la muerte, acompañada de una fidelidad total a su Padre. ¡El cristiano cree todavía en la vuelta al Paraíso, pero sabe que su vuelta no se efectúa sino en la fidelidad a los múltiples paraísos que el hombre quiere reconstruir triunfando de la guerra, del hambre, del trabajo, y que no tiene, pues, aparentemente, ya nada de lo maravilloso que describe Isaías! Y, sin embargo, incluso con esa condición, todo sigue siendo maravilloso, porque todo sigue siendo don de Dios, un don que se traduce en el amor del cristiano hacia sus hermanos.

El hombre tiene que empezar por reconocer su desierto. Desde el Sahel al Nordeste, desde nuestros suburbios de chabolas a los hospitales psiquiátricos, la tierra es árida, la gente enloquece, las rodillas se doblan y la muerte impera como reina y señora. ¿Por qué es el desierto el lugar de cita preferido por Dios, sino porque él viene siempre como un manantial de vida y de renovación? Además, es preciso que el hombre se avenga a reconocer que necesita ser salvado, y que su pecado, hoy, ha convertido el mundo en un desierto abandonado a demasiadas ferocidades...

"Decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis, mirad a vuestro Dios". Viene y mira con ternura a un miserable paralítico; pone en su rostro una felicidad sin fin. El hombre salta de alegría y da gracias a Dios. Vía sacra que Dios traza en nuestras tierras resecas cuando aparece el Hijo del Hombre. Su rostro es un manantial de vida para los pobres que él ama.

Hermano, ¿no crees que el desierto puede florecer tan pronto como el hombre mire al hombre con amor? ¿Van al fin la justicia y la paz a abrazarse "para alegría de todos los pobres"?

Is/35/01-10

La manifestación salvadora de Dios, pobremente definida en nuestras lenguas como «gloria», constituye la base para invitar al cosmos y a los hombres a una alegría total. Los exiliados necesitan consuelo, hace años que sufren el cautiverio de Babilonia, y el tiempo ha ahogado su coraje y apagado sus ilusiones. Este capítulo anticipa los grandes temas del llamado «Libro de la Consolación de Israel» (cc. 40-55). La salvación adquiere una fisonomía concreta: «Entonces se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa» (v 5-6).

Los evangelistas describen las obras de Jesús de acuerdo con estas imágenes isaianas (Mt 11,5; Lc 4,16-22, que cita Is 61,1s). Nuestro texto tiene como trasfondo el éxodo: Israel ha sido liberado de la esclavitud como lo fueron sus padres y, como ellos, tendrá que atravesar el desierto antes de entrar en la tierra de las promesas. El retorno del pueblo cautivo en Babilonia se transforma en símbolo de la felicidad de los últimos tiempos. La proximidad inmediata y última del Señor es fuente de alegría.

De esta alegría participa la creación reconciliada. En la visión isaiana, el cosmos y el hombre forman un todo inseparable. El universo no sólo manifiesta el dolor y la alegría, sino que también los comparte. La comunión del universo con el destino de sus habitantes se expresa con claridad de conceptos y eficacia literaria en Rm 8,19-22: «La creación otea impaciente aguardando a que se revele lo que es ser hijos de Dios; porque, aun sometida al fracaso (no por su gusto, sino por aquel que la sometió), esta misma creación abriga una esperanza: que se verá libertada de la esclavitud a la decadencia, para participar en la libertad y la gloria de los hijos de Dios. Sabemos que hasta el presente la creación entera sigue lanzando un gemido universal con los dolores de su parto». Los pueblos dejan en su suelo huellas de su destino; el suelo de Palestina llevará durante siglos el sello del drama de Israel. En esta tierra se concreta la continuidad de la historia. En esta tierra reposará la doxa del Padre, presentada a los pastores de Belén como la gran alegría para todo el pueblo (Lc 2,10).

En los momentos en que sintamos tristeza y depresión o cuando nos veamos en situaciones desesperadas, nos vendrá muy bien leer esta página de Isaías, profeta consolador. ¡Cómo necesitamos a los profetas!

Se anuncia un espléndido movimiento de restauración, como un maravilloso renacer, empezando por la naturaleza: el desierto será un vergel, todo lleno de flores bellas, dará gusto pasearse por el desierto y la estepa. Se pasa después a las personas y los pueblos: los apocados y abatidos, de rodillas vacilantes y espaldas curvadas, se levantarán firmes, decididos a las mayores empresas; los deprimidos rebosarán de santo orgullo y esperanza; los ciegos, sordos, mudos, cojos, se llenarán de salud y vida.

Esto no es un sueño. Es el anuncio de una realidad transformadora. "Dios v¿ene en persona". Y Dios es bendición y es gracia, lo deja todo lleno de hermosura y de vida. Dios es alegría. Al paso de Dios todo se renueva. Se acabaron los males y las tristezas. ¿No lo acabamos de creer? Si Dios viene, si Dios ha venido, ¿hay algo que temer?

Reflexión del Salmo 84 Nuestro Señor viene y nos salvará.

Este es un salmo de súplica colectiva. El pueblo está reunido y clama pidiendo que el Señor lo restaure y le dé la salvación (5-8).

Tiene tres partes: 2-4; 5-8; 9-14. En la primera (2-4), el pueblo recuerda el pasado reciente. Reconoce que el Señor ha sido bueno. Seis son las acciones de Dios en favor de Israel de las que se hace memoria: «has favorecido», «has restaurado» (2), “has perdonado”, «has sepultado» (3), «has reprimido» y «has frenado» (4). Estas acciones se refieren al final del exilio en Babilonia (año 538 a.C.). En cambio, en la segunda parte (5-8), el pueblo tiene la sensación de que el Señor se ha olvidado de todos estos favores, pues Israel necesita ser restaurado nuevamente. Surge, así, la súplica, caracterizada por cuatro peticiones: «restáuranos», «renuncia» (5), «muéstranos» y «concédenos» (8). Comparando la primera parte con la segunda, nos damos cuenta de lo siguiente: en la primera, el Señor había restaurado a los cautivos de Jacob (2b); ahora, en la segunda, estas mismas personas necesitan nuevamente ser restauradas. Antes, Dios había reprimido su cólera y había refrenado el incendio de su ira contra el pueblo (4); ahora, Israel tiene la sensación de que Dios ha desatado su ira y ha dado rienda suelta a su cólera, y el pueblo no sabe cuándo terminará esta situación (6). En la primera parte, el pueblo tenía vida y se alegraba; ahora, la vida y la alegría sólo son objeto de esperanza y mera expectativa (7). Antes, el pueblo sintió el amor del Señor y experimentó su salvación; ahora, se ve en la necesidad de pedir estas mismas cosas (8).

De en medio del pueblo surge una voz, que habla en nombre de Dios. Es la tercera parte (9-14). Este profeta anónimo afirma que el Señor anuncia la paz para quienes le son fieles (9). La paz, para el pueblo de la Biblia, significa plenitud de vida y de bienes. La salvación está próxima y la gloria de Dios volverá nuevamente a habitar en la tierra (10). El universo en su totalidad va a participar en una inmensa coreografía, Se trata de la danza de la vida, que está a punto de comenzar. Ya están formándose las parejas: el Amor con la Fidelidad, la Justicia con la Paz. (11- 12). Es una danza universal, pues de la tierra brota la Fidelidad y desde el cielo baja la Justicia. La coreografía del universo comienza con una inmensa procesión que recorre la tierra. Al frente va la Justicia, detrás le sigue el Señor y, después de él, la Salvación (14). ¿Cómo se va a concretar todo esto? Por medio de un intercambio de dones. El Señor envía la lluvia a la tierra, y la tierra da su fruto (13) para que el pueblo viva y celebre su fe, alegrándose con el Señor (7).

Este salmo da por supuesto que el pueblo está reunido y, además, vive una situación de catástrofe nacional. Estamos en el período posterior a la vuelta del exilio en Babilonia (2b). El texto menciona cuatro veces la tierra (2a. Todo parece indicar que estamos en un tiempo de sequía (13a), de hambre. El pueblo clama al Señor pidiéndole que le restaure, que le perdone y, sobre todo, que le dé vida. Cuando la tierra no da su fruto, el pueblo carece de vida (7a) y no tiene motivos para hacer fiesta (7b). No se habla de enemigos, pero ya sabemos cómo vivía el pueblo a su regreso de Babilonia. Políticamente, depende del imperio persa, económicamente, está bajo su explotación. Tenía que aumentar la producción para satisfacer el tributo a los persas. Si la tierra produjera, podrían vender los productos y comprar plata para enviarla en pago por el tributo a que les había sometido el imperio persa. En caso de que no lloviera, la situación empeoraba notablemente. A esto hay que añadir la corrupción interna. El libro de Nehemías (capítulo 5) muestra con toda claridad a qué situación llegó el pueblo a causa de todo esto. Sin ser los dueños de la tierra y sin que esta produjera sus frutos, el pueblo carecía de vida.

Se trata, por tanto, de una súplica por la vida que brota de la tierra. Se le pide a Dios que responda con la salvación, que envíe la lluvia a la tierra, para que dé su fruto y produzca vida que le permita al pueblo celebrar y hacer fiesta. Entonces, tendrá lugar una gran celebración, la fiesta de la vida, que abarcará todo el universo: una danza a la que se verán arrastrados Dios y el pueblo, el cielo y la tierra, dando así comienzo a la procesión de la vida. Dios camina con su pueblo, precedido por la Justicia y seguido por la Salvación.

La primera parte (2-4) nos hace ver que Dios sigue liberando a su compañero de alianza. La segunda (5-8) habla de la ausencia de este compañero liberador. Su ausencia representa la falta de vida. La tercera (9-14) apunta a la esperanza en el Señor, aliado y liberador, capaz de devolver la vida Amor, Fidelidad, Justicia, Paz y Salvación son los rasgos característicos de este Dios que camina con su pueblo. Es un Dios que habita en el cielo, pero que hace brotar la Fidelidad de la tierra (12).

Además de lo dicho, este salmo pone de manifiesto que el Dios de Israel está vinculado a la tierra, símbolo de vida. Entre el Señor y la tierra hay un diálogo abierto y un intercambio de bienes. Dios envía la lluvia y la tierra le proporciona alimento al pueblo; el pueblo, por su parte, lo celebra con Dios, ofreciéndole las primicias. Conviene recordar, también, que el Señor camina con su pueblo precedido por la Justicia y seguido por la Salvación (14).

Al margen de lo que ya se ha dicho a propósito de los salmos de súplica colectiva, no está de más establecer algunas relaciones con Jesús. El es el amor y la fidelidad de Dios con respecto a la humanidad (Jn 1,17), el verdadero Camino hacia la Vida (Jn 14,6). El anciano Simeón, al tomar al niño Jesús en sus brazos, afirma estar viendo la gloria divina que habita en medio del pueblo (Lc 2,32). Jesús perdonó los pecados y, en lugar de airado, se mostró misericordioso, manso y humilde de corazón con los sencillos y los pobres, restaurando la vida de cuantos estaban oprimidos...

Es bueno rezar este salmo a partir de los clamores del pueblo que implora la libertad, la vida, la tierra (lluvia), la salud, la justicia; podemos rezarlo cuando tenemos la impresión de que Dios no nos escucha; cuando sentimos que camina con nosotros. La liturgia propone este salmo para el tiempo de Adviento, abriéndonos a todo tipo de espera y esperanza, preparándonos para la venida de Dios...

Reflexión Primera del Santo Evangelio: Lucas 5,17-26. “Hoy hemos visto cosas increíbles”

Los espectadores del presente episodio evangélico se quedan sorprendidos por el hecho de que Jesús, ante este enfermo, que le presentaron de un modo un tanto rocambolesco, no lo curara inmediatamente, sino que le dirigiera unas palabras de perdón: «Hombre, tus pecados quedan perdonados» (v. 20). Sin embargo, el mismo texto evangélico proporciona un indicio que ayuda a superar el asombro: «Jesús, viendo la fe que tenían, dijo...». El evangelista nos indica con este detalle que es a la «fe» de estos camilleros que no se detienen ante ningún obstáculo a los que Jesús puede decir algo semejante. Sólo quien tiene fe sabe reconocer que el problema más grave del hombre es el pecado.

Para eliminar de los hombres esta ceguera Jesús está como obligado a hacer el milagro (v. 22). Ciertamente la objeción secreta de los escribas parece oportuna, pero enmascara su indiferencia, su sentirse superiores a los demás. A juicio de los escribas, Jesús es un blasfemo porque se arroga un poder que compite sólo a Dios (v. 21). Pero tales pensamientos y su reto interior a Jesús les impiden ver dos cosas: cuál es el verdadero mal que aflige al enfermo y el hecho de que Dios no es celoso de su poder de perdón. Con la venida de su Reino desea provocar una práctica profunda y universal de perdón, teniendo como modelo y fuente el perdón que el Hijo del hombre ha venido a traer (v. 24). Esto es lo que debe suscitar la alabanza, indicada puntualmente por Lucas, el evangelista de la oración.

El hecho de que Jesús responda con palabras de perdón a la búsqueda de los camilleros que llevan confiados al paralítico, quizás me resulte también a mí un tanto decepcionante. Y, sin embargo, si tuviese de verdad fe en Jesús, aprendería a compartir su modo de enfocar los “problemas” de la humanidad y comprendería que el perdón es más urgente que cualquier otra cosa, porque el pecado es la mayor de las desgracias que atenazan a la humanidad. Su Reino se manifiesta sobre todo como reconciliación de mí ser con Dios, como nueva posibilidad, dándome la gracia de volver a emprender el camino después de la parálisis de mi libertad causada por mi culpa.

«¿Qué es más fácil?» (v. 23). Los que no tienen fe en Jesús quizás siguen pensando que son otros y más serios los problemas humanos: la defensa de la salud, la economía, la gestión del poder, el subdesarrollo, los desequilibrios ecológicos, etc. La Palabra de Dios resuena como condena de mi ceguera espiritual, que vuelve mi corazón incapaz de descubrir los auténticos signos del actuar divino en nuestra historia. La Palabra no se limita a denunciar mi pecado, sino que me brinda a la vez la gran noticia del perdón. Por esta razón mi desierto florece y la estepa árida pulula con nueva vida.

Reflexión Segunda del Santo Evangelio Lc 5, 17-26. Tus pecados están perdonados. La curación del paralitico.

Comienza aquí una serie de discusiones de Jesús con sus adversarios que Mc sitúa en "Cafarnaún (2, 1-3, 6). Lo que se quiere resaltar es el sentido de la misión del mismo Jesús que es una misión de perdón y reconstrucción (2, 10, 17; 19, 28). Jesús ha hecho del hombre el centro de su mensaje.

v. 2: Lit.: "les anunciaba la Palabra". Anunciar la palabra es una expresión consagrada por la predicación cristiana primitiva (Hech 4, 29, 31; 8, 25), que Mc subraya aquí también. Todo mensaje de perdón se propone, no se impone. Nada más lejano a la fe que imponer un perdón no querido. Caer en este agobio es esterilizar la fe.

v. 5: La fe está expresada aquí por el camino hacia Jesús seguido por el enfermo y los que le llevaban. En los relatos de milagros, sucede que Jesús pide la fe antes de intervenir (5, 36; 9, 23) o el narrador la une a la inmediata curación del enfermo (5, 34; 10, 52). De cualquier manera, nadie puede acercarse al perdón más que con la conciencia clara de que solamente Dios nos puede dar aquello de lo que nosotros estamos necesitados.

v. 7: La pregunta es literaria y encierra en ella misma la respuesta afirmativa que se quiere dar al hecho del perdón que Jesús trae. Jesús no es perdonador solamente por su humanismo, por su respeto a la persona y por altruismo radical. Jesús perdona lo que Dios perdona. Así el perdón se asoma a la salvación, al designio amoroso de Dios, que quiere que se salven todos los hombres. Tener esta fe en Jesús salvador es posible si no ponemos obstáculos al actuar de Dios en el hombre.

v. 8: Jesús no se extraña de su pensamiento, sino de que, implícitamente están negando el que el perdón de Dios se derrame en favor del hombre pobre. Una actitud así, verdadero pecado contra el espíritu, puede dar al traste con la más santa de las instituciones, llámese ley judía o iglesia de los creyentes.

v. 12: Aun sabiendo que Mc emplea muchas veces esta terminación admirativa (1, 28; 1, 45; 5, 20), lo que la convierte en una expresión estereotipada, vemos ciertamente la actitud de la gente sencilla que acepta la maravilla del perdón.

La casa en la que Jesús se aloja en Cafarnaún debía ser la de Pedro. Debemos pensar en una casa típica de Palestina: con una sola habitación, cubierta con una terraza a base de vigas de madera, ramaje y barro, y con una escalera exterior para subir a ella. La actividad de Jesús sigue siendo la de predicar o anunciar la Palabra.

Los que traen al paralítico ante Jesús tienen una confianza absoluta en él y en su poder curador: esto es lo que indica aquí la fe, una fe que queda plásticamente expresada -y Jesús así lo reconoce- en el hecho de bajar al paralítico por la terraza y colocarlo ante Jesús.

Las palabras sobre el perdón de los pecados nos llegan completamente de improviso: parece que lo más lógico sería que Jesús, viendo su fe, concediese la salud al paralítico. Pero para él no puede haber curación o salvación radical del hombre sin ese perdón y, a pesar de que Jesús no creía que el pecado fuese siempre la causa de los males del hombre (cfr. Jn 9, 2-3), es posible que en este caso atribuyera al pecado la situación del paralítico. En todo caso, es el hombre entero quien queda curado y salvado.

-Entrando de nuevo en Cafarnaúm, se supo que estaba en casa, y se juntaron tantos que ni aun en el patio cabían.

Por más que Jesús se esfuerza en restablecer la calma y recomendar la discreción, la muchedumbre le acosa. No hay nada que hacer. Esto subraya toda la ambigüedad de la espera mesiánica. No olvidemos que de vez en cuando surgían iluminados que decían ser el Mesías esperado y que unían a algunos partidarios. Esto nos ayuda a comprender mejor el por qué Jesús no quería que se hablase de El antes de tiempo. Se hubiera buscado presentarle como un libertador temporal.

Contemplo a Jesús empujado, apretado, en una casa de Cafarnaúm.

-Jesús les predicaba la palabra de Dios.

Esto era lo esencial para El. Incluso si las gentes iban a El para ver "el milagro", "lo sensacional", "lo sorprendente"...

Jesús permanece imperturbable en su papel, que es ante todo religioso: proclamar ¡la Palabra de Dios!

-Vinieron y le trajeron a un paralítico que llevaban entre cuatro. No pudiendo presentárselo a causa de la muchedumbre, descubrieron el terrado por donde El estaba, y hecha una abertura, descolgaron la camilla en que yacía el paralítico.

Los tres evangelistas, Marco, Mateo, Lucas relatan esta escena. Es de las que no se olvidan. Esto, por lo menos pone de manifiesto, ¡que las gentes se empeñaban en acercarse a Jesús por cualquier medio! ¿Tengo yo este empeño y tenacidad? o bien, ¿lo abandono todo ante el primer obstáculo?

-Viendo Jesús la fe de ellos, dijo: "Hijo, tus pecados te son perdonados".

De nuevo, lo que es esencial para Jesús.

En lugar de dejarse llevar por el papel del Mesías taumaturgo, del "Mesías-milagrero", Jesús valora la Fe y realiza una obra mesiánica completamente interna: perdona.

¿Qué pido yo, en primer lugar a Cristo? ¿A la Iglesia? Quiero contemplar lo que pasa en el corazón de Jesús:

--Ve la Fe... admira a esos hombres que se han afanado tanto. Jesús, un hombre que sabe maravillarse, un hombre que descubre lo esencial en un alma, más allá de las apariencias ambiguas. Iban a El en busca de una curación material y Jesús, en el corazón de esos hombres contempla su Fe.

--Perdona... es bueno. Jesús es este Dios que ve el pecado, pero que no condena, podría decirse que no juzga... pero que perdona.

Nos encontramos tan sólo en el segundo capítulo de la "Buena nueva", según san Marcos, pero todo lo esencial ha sido dicho ya.

-Estaban allí algunos escribas que pensaban entre sí: ¿Cómo habla así; este blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?

Es la Pasión que se está perfilando desde el comienzo del evangelio: Jesús será condenado por esos mismos escribas, especialistas de la religión, y por la misma razón de "blasfemo" (Mc 14, 64). A Jesús le rodean los adversarios desde el principio: el contexto de su vida cotidiana será dramática, cada día. Una razón de más para mostrarse lo más discreto posible.

-Para que sepáis que el "Hijo del hombre" tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, Yo te lo ordeno: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa Es la primera vez que Marcos utiliza ese título de "Hijo del hombre". Jesús usará a menudo esta expresión, sacada de Daniel (7, 13-14).

Reflexión Tercera del Santo Evangelio: Lc 5, 17-26. El poder de perdonar.

Hombre, tus pecados quedan perdonados. En esta sencilla frase, que hoy damos por descontada, hay dos términos con un significado complejo: «pecado» y «perdón».

La palabra pecado tiene hoy un sentido principalmente religioso. En la vida «profana» hablamos más bien de defectos, errores y crímenes. Las equivocaciones involuntarias no son verdaderos defectos, y nos sirven para aprender a comportarnos en el futuro.

Los «crímenes» son «actos malvados» contra la persona o las cosas y, por ello, deben ser castigados, de otro modo no habría justicia en el mundo. En este contexto no hay lugar para el «perdón» que, en cambio, forma parte del contexto personal. Cuando alguien hace algo contra nosotros, nos ofende, nos hace sufrir, el primer impulso sería restituirle el mal que nos ha hecho, vengarnos, castigar. Pero enseguida surge en nosotros otro pensamiento: ¿no podríamos perdonar? Es la voz de Dios en nuestro corazón, que nos invita a ser semejantes a Él y a tratar a los hombres como lo hace.

¿Quién puede perdonar los pecados sino Dios? Si también nosotros somos capaces de perdonar, ¿por qué los judíos decían que sólo Dios puede perdonar los pecados? Es lógico que perdone sólo el que ha sido ofendido, y no otro que no tiene nada que ver. Pero los pecados ofenden a Dios aunque sea difícil imaginarse cómo. El sol no se ofende por el hecho de que le demos la espalda, está demasiado alto como para que le afecte nuestro pequeño acto. Se sabe que el que tira una piedra al cielo está en peligro: la piedra caerá sobre su cabeza. No puede suceder otra cosa. Por mucho que se esfuerce, el pensamiento humano no consigue explicar la expresión de que el pecado constituye una «ofensa a Dios», a menos que no se interprete en sentido figurado. Pero la Biblia habla exactamente de ofensa a Dios. En efecto, Dios no es sólo un ideal altísimo, «baja» hasta hacerse padre nuestro. El padre siente como una ofensa toda injusticia cometida contra alguien de su familia. Entonces toda ofensa hecha a cada uno de los hombres es una ofensa a Dios mismo, que se identifica con los hombres. Por eso, el pecado es castigado pero también perdonado.

Ahora, para que veáis que el Hijo del hombre tiene el poder en la tierra para perdonar los pecados: yo te digo ¡levántate! El pecado ofende a Dios que se ha identificado con el hombre. La identificación comporta lo que los Padres de la Iglesia llaman el «sagrado cambio»: el hombre se identifica con Dios. Sabemos que en la confesión el sacerdote perdona los pecados en lugar de Dios y de los apóstoles, que han recibido este poder de Cristo antes de ser enviados por todo el mundo a predicar el evangelio (Jn 20,22ss). Por tanto, el hombre ejerce un poder sacramental que no puede darse a sí mismo. Para ser perdonado, todo cristiano debe primero perdonar. En un tiempo, durante el rito fúnebre, antes de que el ataúd fuera depositado en la tierra, el sacerdote preguntaba a los presentes: « ¿Perdonáis a este hombre el mal que os haya podido hacer?». Todos contestaban: «Perdonamos». El rito servía para tomar conciencia de la función divina, de la alta misión encargada a cada uno de nosotros. De este modo, ¿no se perdona más de buena gana?

Reflexión Cuarta del Santo Evangelio: Lc 5, 17-26. El poder de perdonar.

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Entrando de nuevo en Cafarnaúm, se supo que estaba en casa, y se juntaron tantos que ni aun en el patio cabían.

Por más que Jesús se esfuerza en restablecer la calma y recomendar la discreción, la muchedumbre le acosa. No hay nada que hacer. Esto subraya toda la ambigüedad de la espera mesiánica. No olvidemos que de vez en cuando surgían iluminados que decían ser el Mesías esperado y que unían a algunos partidarios. Esto nos ayuda a comprender mejor el por qué Jesús no quería que se hablase de El antes de tiempo. Se hubiera buscado presentarle como un libertador temporal.

Contemplo a Jesús empujado, apretado, en una casa de Cafarnaúm.

-Jesús les predicaba la palabra de Dios.

Esto era lo esencial para El. Incluso si las gentes iban a El para ver "el milagro", "lo sensacional", "lo sorprendente"...

Jesús permanece imperturbable en su papel, que es ante todo religioso: proclamar ¡la Palabra de Dios!

-Vinieron y le trajeron a un paralítico que llevaban entre cuatro. No pudiendo presentárselo a causa de la muchedumbre, descubrieron el terrado por donde El estaba, y hecha una abertura, descolgaron la camilla en que yacía el paralítico.

Los tres evangelistas, Marco, Mateo, Lucas relatan esta escena. Es de las que no se olvidan. Esto, por lo menos pone de manifiesto, ¡que las gentes se empeñaban en acercarse a Jesús por cualquier medio! ¿Tengo yo este empeño y tenacidad? o bien, ¿lo abandono todo ante el primer obstáculo?

-Viendo Jesús la fe de ellos, dijo: "Hijo, tus pecados te son perdonados".

De nuevo, lo que es esencial para Jesús.

En lugar de dejarse llevar por el papel del Mesías taumaturgo, del "Mesías-milagrero", Jesús valora la Fe y realiza una obra mesiánica completamente interna: perdona.

¿Qué pido yo, en primer lugar a Cristo? ¿A la Iglesia? Quiero contemplar lo que pasa en el corazón de Jesús:

--Ve la Fe... admira a esos hombres que se han afanado tanto. Jesús, un hombre que sabe maravillarse, un hombre que descubre lo esencial en un alma, más allá de las apariencias ambiguas. Iban a El en busca de una curación material y Jesús, en el corazón de esos hombres contempla su Fe.

--Perdona... es bueno. Jesús es este Dios que ve el pecado, pero que no condena, podría decirse que no juzga... pero que perdona.

Nos encontramos tan sólo en el segundo capítulo de la "Buena nueva", según san Marcos, pero todo lo esencial ha sido dicho ya.

-Estaban allí algunos escribas que pensaban entre sí: ¿Cómo habla así; este blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?

Es la Pasión que se está perfilando desde el comienzo del evangelio: Jesús será condenado por esos mismos escribas, especialistas de la religión, y por la misma razón de "blasfemo" (Mc 14, 64). A Jesús le rodean los adversarios desde el principio: el contexto de su vida cotidiana será dramática, cada día. Una razón de más para mostrarse lo más discreto posible.

-Para que sepáis que el "Hijo del hombre" tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, Yo te lo ordeno: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa Es la primera vez que Marcos utiliza ese título de "Hijo del hombre". Jesús usará a menudo esta expresión, sacada de Daniel (7, 13-14).

Elevación Espiritual para este día.

Tú, el más pequeño de los humanos, ¿quieres encontrar la vida? Mantén la fe y la humildad y (...) ahí encontrarás al que te custodia y vive secretamente junto a ti (...). Cuando te presentas a Dios en la oración, sea tu pensamiento como la hormiga, como uno que se arrastra por tierra, como un niño que balbucea. Y no digas nada ante él que pretendas saber. Acércate a Dios con corazón de niño.

Ponte ante él para recibir los cuidados de padres que velan por sus niñitos. Se ha dicho: «El Señor guarda a los sencillos» (...). Cuando Dios vea que te fías más de él que de ti mismo (...), una fuerza desconocida te penetrará interiormente. Y sentirás en todo tu ser el poder del que está contigo.

Reflexión Espiritual para el día.

El Señor Jesús no vendrá rápidamente más que si lo esperamos con ardor. Lo que hará estallar la Parusía es una acumulación de deseos. Cristianos, encargados tras Israel de conservar viva sobre la tierra la llama del deseo, tan sólo veinte siglos después de la Ascensión, ¿qué hemos hecho de la espera?

¿Cuál es el cristiano en el que la nostalgia impaciente por Cristo llega no a hundir (como debiera ser), sino tan siquiera a equilibrar sus cuidados de amor y sus humanos intereses? ¿Dónde está el católico tan apasionadamente vertido (por convicción y no por convención) a la esperanza de la Encarnación, que ha de extenderse, como lo están muchos humanistas a los sueños de una Ciudad nueva? Seguimos diciendo que velamos en expectación del Señor. Pero en realidad, si queremos ser sinceros, hemos de confesar que ya no esperamos nada.

Hay que reavivar ¡a llama a cualquier precio. A toda costa hay que renovar en nosotros el deseo y la esperanza del gran Advenimiento.

El rostro de los personajes y pasajes de la Sagrada Biblia: Israel, vergel de felicidad humana.

Si viéramos en este capítulo el punto final de todas las profecías de Isaías relacionadas con los tiempos mesiánicos, no seríamos los primeros en hacerlo. Nos precedió en el intento el redactor último del actual libro de Isaías al colocar este vaticinio mesiánico de los tiempos exílicos entre los escritos genuinos del profeta. Históricamente refleja otra época; literariamente está fuera de todo contexto; ideológicamente, en cambio, es la más preciosa continuación y culminación de cuanto el maestro había predicho de la futura teocracia mesiánica.

En perfecto contraste con el capítulo 34, en que aparece Edom bajo el efecto de la maldición divina por haber oprimido a Judá, el autor pinta con los más vivos colores naturales la tierra d Judá e Israel convertida en el más bello de los vergeles, en el mejor de los paraísos. Imágenes, metáforas e hipérboles son manejadas por esta cálida fantasía oriental hasta extremos insospechados. Es la expresión plástica de la ilusión y confianza totales en Dios de un pueblo en el destierro, carente de todo aquello que había constituido las delicias de su corazón.

Si contemplan la tierra, sus ojos verán reverdecer las proverbiales estepas, de Palestina con lo mejor del Líbano, del Carmelo y del Sarón: cedros, pastos y policromías de flores.

Si se fijan en los habitantes, en ellos descubrirán la gloria de Yavé, la transparencia de su acción salvífica abriendo los ojos de los ciegos, los oídos de los que no oyen; robusteciendo los pies de los cojos y guiando a los peregrinos vacilantes convirtiendo el desierto en estanque de aguas y la estepa en torrentes; abriéndoles un camino de retorno limpio y puro donde nada manchado encontrarán.

Será un camino «Santo», porque los llevará hasta la Ciudad Santa a ellos, los «redimidos», los liberados de la servidumbre y esclavitud. Será un Nuevo Éxodo del que nacerá un Pueblo Nuevo morador de la Nueva Jerusalén.

Cuando el Bautista llegue a dudar de Jesús como Mesías o quiera, al menos, confirmar a sus discípulos, que lo visitan encarcelado, Jesús responderá a los enviados: «Id y decidle lo que habéis visto; los cojos andan, los sordos oyen, los ciegos ven.., y a todos se les anuncia el reino de Dios.» Jesús no dudó en hacer signos, los signos predichos por los profetas, para enseñar a su pueblo que había llegado Su Hora, el mediodía de la salvación del mundo. Aún queda por pasar el «post meridiem» de la historia, cuyo atardecer escatológico ni siquiera podemos imaginar. Sólo nos queda intentar leer los signos de los tiempos para descubrir en ellos la enseñanza salvífica que contienen. +

Enviado el Lunes, 11 diciembre a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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