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Lecturas del día 15-12-2017

LITURGIA DE LA PALABRA.

Is 48,17-19: Si hubieras atendido a mis mandatos, sería tu paz como un río
Salmo responsorial 1: Quien te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida
Mt 11,16-19: La sabiduría de Dios se conoce por sus obras

Jesús compara a su generación con niños que no se escuchan, ni se comprenden entre sí. Esta falta de entendimiento puede considerarse como la confluencia de múltiples egoísmos, que lo único que genera es choque de intereses, sordera y ceguera ante los designios de Dios.

Sin duda, Jesús lanza una crítica profética a la gente que ha escuchado el mensaje y que ha terminado asesinando a los profetas. Se trata del inconformismo social, que no entiende fácilmente el papel de los enviados de Dios. A Juan y a Jesús les criticaron la radicalidad y la coherencia en sus estilos de vida. Ahora bien, ¿quiénes son los que taponan sus oídos y cierran sus ojos ante el anuncio?: Los poderosos; sólo a ellos les conviene la falta de conciencia del pueblo, y no les duele la suerte del mismo pueblo.

Hoy las grandes causas a favor de la Justicia, de la paz, del cuidado de la creación, parecen estrellarse contra la ceguera y la sordera generada por las estructuras de poder dominante.

PRIMERA LECTURA.
Isaías 48,17-19
Si hubieras atendido a mis mandatos

Así dice el Señor, tu redentor, el Santo de Israel: "Yo, el Señor, tu Dios, te enseño para tu bien, te guío por el camino que sigues. Si hubieras atendido a mis mandatos, sería tu paz como un río, tu justicia como las olas del mar; tu progenie sería como arena, como sus granos, los vástagos de tus entrañas; tu nombre no sería aniquilado ni destruido ante mí."

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 1
R/.El que te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida.

Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche. R.

Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin. R.

No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Mateo 11,16-19
No escuchan ni a Juan ni al Hijo del hombre

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: "¿A quién se parece esta generación? Se parece a los niños sentados en la plaza, que gritan a otros: "Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones, y no habéis llorado." Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: "Tiene un demonio." Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: "Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores." Pero los hechos dan razón a la sabiduría de Dios."

Palabra del Señor.


Reflexión de la Primera Lectura. Is 48, 17-19.Si hubieras atendido a mis mandatos, sería tu paz como un río

-El destierro es para el pueblo una prueba de Dios, para que conozca sus caminos, para que vea a dónde le lleva su infidelidad. Todo pecado priva de la bendición divina. Por eso toda infidelidad exige el destierro, símbolo de la lejanía de Dios.

El mayor pecado del pueblo no fue quebrantar los mandamientos de Dios sino considerarlos inútiles en su vida. Prescindir de Dios y de su voluntad para convertirse en seres autónomos sin otra ley que su propio arbitrio. Por eso Dios se presenta, dolorido, ante ellos para hacerles comprender el verdadero sentido de los mandamientos que les dio. No fue para imponerles un yugo, para oprimirlos con carga pesada. Se los dio como señales de tráfico para que no se equivocaran en el camino que habían de seguir, para enseñarles y marcarles el verdadero camino, el camino de la paz, la justicia y la felicidad.

Preciosa concepción de la ley antigua, tan olvidada no sólo por los israelitas sino incluso por muchos cristianos de nuestros días.

El hombre, ciego por su autosuficiencia egoísta, sigue caminando al azar, haciendo su camino, despreciando las indicaciones de tráfico, sin percatar del gran peligro que corre de no llegar a la única meta a la que está destinado.

REDENTOR-GOEL

-Así habla el Señor, tu Redentor.

En nuestro lenguaje corriente, ese término «redención» evoca la idea de «rescate»: pagar en lugar de otro para rescatarlo.

Ciertamente, Jesús se puso en nuestro lugar y pagó duramente, nuestra justificación.

Pero de hecho, el término, de origen hebreo, tiene otro matiz «Yo, el Señor, soy tu redentor, tu 'goel'». En el derecho tribal primitivo había un «goel»: era el hombre encargado de «vengar la sangre», el responsable del honor de la tribu. De hecho la idea es pues la de «un amor de Dios que se ha comprometido en el destino de los hombres».

La idea principal no es la de un Dios que requiere sangre para aplacarse. Es la idea de un Dios que ama «apasionadamente la humanidad y se compromete totalmente para salvarla».

«¡Yo, el Señor, vengo a auxiliarte!» «Yo, el Señor, soy tu «goel», tu redentor!»

¡Qué misterio! Contemplo en Belén a Jesús encarnado, compartiendo totalmente nuestra condición humana, y muriendo en la cruz.

-Yo, el Señor tu Dios, te instruyo en lo que es provechoso y te marco el camino por donde debes ir.

Dios se ha comprometido en nuestra salvación.

Pero no nos reemplaza. Nos invita a "caminar", a aceptar la instrucción "provechosa", la que salva.

La enseñanza de Jesús, el Evangelio.

"Te doy una instrucción, una enseñanza" dice Jesús también.

¿Cómo es mi fidelidad en recibir y meditar esa enseñanza? ¿Cómo me esfuerzo en aumentar mi cultura religiosa? ¿Y en ser fiel a la oración?

-Si hubieras estado atento a mis mandatos...

«Atento»...

Es una cualidad esencial a la oración... y a toda la vida del hombre. Haznos atentos, Señor.

Jesús hablaba a menudo de vigilancia: «velad y orad» ¡Tan a menudo vivo como adormilado, dejándome llevar!

«Os doy un mandamiento nuevo: ¡que os améis los unos a los otros!»

¡Estar atentos a amar! ¡No dejar pasar las ocasiones de amar!

-...Tu paz sería como un río.

El que se deja "guiar" por Dios, el que escucha la «enseñanza provechosa», el que está «atento a amar», ¡está lleno de paz! ¡Un río!

Evoco esa imagen...

-...Tu dicha y tu justicia serían como las olas del mar. ...Tu posteridad sería como la arena del mar, y tus hijos tantos como los granos de arena.

Repetición de la promesa hecha a Abraham.

A pesar de todos nuestros rechazos, de todas nuestras faltas de amor, Dios quiere nuestra felicidad, nuestra «justicia» nuestra «rectitud», nuestra «santidad»... ¡vasta y potente como las olas del mar! Y Dios quiere que nuestra vida sea fecunda, que «nuestros talentos rindan el céntuplo»... ¡como los granos de arena de las riberas! Una sola condición: estar atento a tus mandatos, Señor.

Reflexión del Salmo responsorial 1: Quien te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida

El salmo 1 es de tipo sapiencial. De hecho, ya desde la primera palabra (dichoso) nos está mostrando que su preocupación es la felicidad del ser humano, su dicha. Con otras palabras, trata de aquello que más buscamos en la vida: la felicidad. ¿Dónde está? ¿Es posible alcanzarla? ¿En qué consiste?... Se trata, por tanto, de un salmo que habla del sentido de la vida, capaz de proporcionar felicidad a la gente. Otros temas propios de los salmos sapienciales son la fragilidad de la vida, la falsedad de las riquezas, la justicia como plena realización del ser humano, etc. Como los libros sapienciales, este tipo de salmo es un fruto que ha venido madurando lentamente en la historia del pueblo de Dios, De hecho, los salmos sapienciales son como determinadas frutas que absorben todo el calor del verano y que sólo alcanzan su punto de madurez en otoño o a comienzos del invierno. Sí, porque, en la Biblia, los textos sapienciales son los últimos que produjo el pueblo de Dios, Y por ser los últimos libros que aparecen en la línea del tiempo del Antiguo Testamento, es lógico que vengan cargados de siglos de experiencias, de siglos de vida. Y, al igual que la fruta que madura en otoño, que suele ser muy dulce, también los salmos sapienciales vienen cargados de dulzura, es decir, del sentido de la vida. Por eso este salmo se sitúa como puerta que da acceso a todo el libro. Al abrir el Libro de los Salmos, ¿con qué vamos a encontrarnos? Pues nada más y nada menos que con una propuesta de felicidad.

Este salmo tiene dos partes (1-3; 4) y una conclusión (5-6). La primera parte (1-3) habla de la felicidad del justo. Empieza diciendo lo que no hace el justo (1). A continuación, lo que hace (2) y lo compara con un árbol permanentemente lleno de vida (3). La segunda parte (4) es mucho más breve que la primera y habla de los injustos. Niega que sean como el justo y los compara con la paja que se lleva el viento.

En la conclusión (5-6) tenemos una especie de sentencia inapelable contra los injustos-pecadores en el momento del Juicio. Sólo al final se nos revela el porqué, y aquí es donde entra Dios en escena: él es el aliado de los justos, mientras que el camino de los injustos acaba mal.

Tenemos, al menos, dos imágenes poderosas, una en cada parte. En la primera, el justo es comparado con un árbol sorprendente por su vitalidad y fecundidad. Ciertamente, esta imagen está tomada de Jeremías 17,8, donde se desarrolla con mayor amplitud. El justo se compara con un árbol al que no afecta la sequía, cuyas hojas se mantienen siempre verdes y que da frutos en sazón. Para el pueblo de la Biblia, acostumbrado a convivir casi siempre con el desierto y con lugares semiáridos, esta era una imagen paradisíaca que recordaba el jardín de Edén. Así es el justo.

La otra imagen es exactamente la contraria: la paja que arrebata el viento. Aquí hay que recordar cómo trabajaban los agricultores de aquella época -y cómo se sigue trabajando todavía en algunos lugares-: se trilla la mies en la era batiéndola con el mayal. Hecho lo cual, se retira la paja más gruesa y se aventa el grano. La paja de la que habla el salmo 1 es el polvillo que, al arrojar al aire la parva, el viento se lleva lejos de la era. Así son los injustos. Estas dos imágenes, a pesar de estar tomadas de la vida del campo, muestran un contraste increíble: el justo está lozano como un árbol; el injusto desaparece como la paja.

El salmo 1 muestra el conflicto entre el justo y los injustos. Afirma que el justo es feliz porque no participa en la vida de los injustos. Si nos fijamos con más atención, nos daremos cuenta de que los injustos están más organizados, pues se reúnen en consejo. Leyendo con detenimiento, nos da la impresión de que el justo está solo. De hecho, hasta el final no se dice que hay una asamblea de los justos. Y esto aumenta, para quien lee el salmo desde el principio, el dramatismo del texto: el justo padece el hostigamiento, el asedio y las burlas de los injustos. Pero se mantiene firme en la escucha y en la meditación de la ley del Señor.

El comienzo de este salmo se parece mucho a lo que podemos leer en Sal 73,1-17. El justo sufre constantemente la tentación de pasarse al otro bando, esto es, se ve sometido a la tentación de asumir la ideología y adoptar las prácticas de los que están implicados en la injusticia. Así lo demuestra el primer versículo. Tres son los verbos que caracterizan lo que no debe hacer el justo. Estos verbos están en progresión: no acude al consejo, no anda por el camino, no se sienta en la reunión. Los adversarios del justo son calificados como «injustos», «pecadores», «cínicos» (1). ¿Por qué cínicos? ¿Ante quién muestran su cinismo, sino ante quien se mantiene firme en su opción por la justicia? ¿Y de dónde vienen su cinismo y sus burlas, sino del supuesto convencimiento de que a Dios no le preocupa la justicia?

¿Qué es lo que estaría sucediendo en la época en que surgió el salmo 1? Probablemente estaría teniendo lugar un conflicto a causa de la tierra, lo que solemos llamar el enfrentamiento de la ciudad contra el campo. De hecho, las dos imágenes empleadas están tomadas del mundo rural; el árbol plantado junto a la acequia y que da fruto, y la paja que el viento arrebata y arroja fuera de la era. Quien compuso el salmo 1 era, con toda probabilidad, alguien relacionado con la lucha de los campesinos contra la explotación de los poderosos. O bien, este salmo habría nacido en un ambiente campesino en tiempos de terratenientes ambiciosos.

Dios prácticamente no aparece en este salmo. Se habla indirectamente de él (2), y sólo al final queda claro de parte de quién está: es el aliado del justo contra los que mantienen una sociedad fundada en la injusticia (6). Así pues, es el Dios de la Alianza, el Dios comprometido con la justicia. De hecho, todos los salmos muestran esa imagen de Dios, Si les quitáramos al Dios de la Alianza, ninguno de ellos sería capaz de mantenerse en pie. El justo medita la ley del Señor día y noche (2) y el Señor es su aliado contra los injustos. No obstante, este salmo sugiere que Dios hace justicia en la historia por medio del esfuerzo y la organización de los justos.

En el Nuevo Testamento, Jesús asume este compromiso. El es aquel que ha venido a cumplir toda justicia (Mt 345), de modo y manera que manifieste el reino de Dios. En este mismo Evangelio les pide a los suyos que sean capaces de practicar una nueva justicia (5,20) y que busquen primero «el reino de Dios y su justicia» (6,33). Jesús se presenta también como la sabiduría de Dios (Jn 1,1ss; Col 1,15ss), depositario de una sabiduría nueva que libera (Mc 6,2; Mt 11,25-30; véase también Lc 12,16-21).

¿Cuándo podemos o debernos rezarlo? Cuando andamos en busca de la felicidad, cuando tenemos que revisar el rumbo de nuestra vida o queremos recuperar el sentido de nuestra existencia; cuando soñamos con una sociedad justa, o tenemos la sensación de que ha desaparecido la justicia; cuando experimentarnos con fuerza la tentación de la corrupción o cuando los poderosos no mueven un dedo en la lucha por un inundo más justo; cuando necesitamos sentir que Dios no nos ha abandonado, sino que, por el contrario, es nuestro compañero fiel en la lucha por la justicia.

Reflexión Primera del Santo Evangelio. Mt 11,16-19: La sabiduría de Dios se conoce por sus obras

El evangelista nos transmite un dicho de Jesús acerca de la radical incapacidad de sus contemporáneos a aceptar la bondad del tiempo presente, porque no están dispuestos a desear nada que sea realmente diverso. Son como niños que no entran en el juego, que ni saben lamentarse ni divertirse. La parábola presenta dos grupos de niños en conflicto entre ellos, porque el segundo grupo ha perdido interés en el juego, incluso antes de haberlo comenzado (vv 16-17). La doble reacción de los contemporáneos con el Bautista y con Jesús (v. 18), su mala voluntad manifiesta, les asemeja a los niños caprichosos de la parábola.

En Mateo la sentencia final ofrece una respuesta a esa reacción contrapuesta de los estilos de devoción: el estilo sabio de Dios ha sido reconocido justamente por los que se toman seriamente en consideración su modo de actuar. Jesús es la sabiduría de Dios, la cual se manifiesta en sus obras (v. 19). En definitiva, pretende sacudir las conciencias de sus oyentes para disponerlos a acoger la “hora desconocida de Dios”. Sus palabras sobre el Bautista concluyen con una llamada a la comprensión de fe, equivalente a una decisión del proyecto salvífico de Dios, en sintonía con su modo de actuar y de revelarse en la historia.

Reconocer la hora de Dios, el tiempo oportuno, es un signo de sabiduría (cf. Ecl 3,1ss). Como a los contemporáneos de Jesús, también a mí me invita la figura de Juan a hacer sinceras obras de penitencia. Reconocer la hora de Dios es para mí, ante todo, renunciar a atrincherarme en mis diversas escusas, que enmascaran mi desinterés y mi resistencia a la invitación a la conversión que la Palabra de Dios incesantemente me dirige. Las reiteradas admoniciones proféticas me exhortan a caminar por la justicia y por la fe operativa y sincera.

Pero la hora de Dios no es sólo la de la penitencia y cambio de vida, es también la del gozo que nos trae el evangelio de Jesús. El gozo evangélico nacerá en mí al reconocer que él no se avergonzó de ser llamado «amigo de publicanos y pecadores». El perdón que me anuncia no se reduce a una mera palabra o una noticia genérica de Dios en mis confrontaciones, sino que es acontecimiento desconcertante de venir a celebrar una fiesta conmigo que soy pecador. No se trata de una fiesta que puedo dejar para mañana (como quisieran los niños caprichosos de la parábola evangélica); ¡para mí es hoy!

Reflexión Segunda del Santo Evangelio Mt 11. 16-19, Niños caprichosos.

-Jesús declara a las gentes: "¿a quién compararé esta raza de hombres? es semejante a los muchachos sentados en la plaza que interpelando a otros..."

Escena llena de vivacidad, observada por Jesús y hoy también observable por nosotros.

Seguramente Jesús alguna vez debió pararse a mirar.

Grupos de muchachos jugando en la calle.

-Os hemos entonado cantares alegres y no habéis bailado; cantares lúgubres y no habéis llorado.

Sí, he ahí cómo ve Jesús a las gentes de su tiempo. Esta "generación caprichosa e inestable que no sabe lo que quiere: son niños que juegan a "la boda"... y luego al "entierro".

Una de las bandas debuta con un canto alegre, pero a los otros no les hace gracia.

Entonces comienza un canto triste, ¡pero la cosa tampoco marcha! Entre los niños, esto suele ser sólo un capricho pasajero, que no tiene consecuencias. Pero para los adultos del tiempo de Jesús -¿y del nuestro?-, no se trata ya de un juego... sino de su vida eterna!

"Esto no es serio" parece decir Jesús ¿No somos quizá también nosotros gente caprichosa? ¿Tenemos el sentido de nuestras responsabilidades? ¿Somos adultos? ¿capaces de perseverar? En este tiempo de Adviento ¿"mantenemos" las resoluciones tomadas? o bien ¿nos dejamos llevar por deseos caprichosos del momento? ¿Hemos conseguido una cierta firmeza en nuestras decisiones? o bien ¿capitulamos dando paso a posturas infantiles, pasajeras?

-Porque vino Juan que casi no come, ni bebe, y dicen: Es un loco. Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen " ¡Es un glotón y un bebedor, amigo de publicanos y de pecadores!

Sí, los contemporáneos de Jesús no han sabido leer los signos de los tiempos. Juan Bautista vivía como un asceta, llevando una vida rigurosa y penitente, con ayuno y abstención de alcohol: predicaba así la conversión: "haced penitencia"... En general, no se le escuchó. Su actitud no gustaba. Jesús en cambio, vive como un hombre corriente; come normalmente, bebe vino: predica el "festín mesiánico"... la era nueva del gozo con Dios. . . ¡y se le acusa de ser "un glotón y un bebedor"! ¡Se le acusa de ser "un amigo de los pecadores"! Gracias, Señor Jesús, por permitir que te hicieran esta acusación. Gracias de haber venido a inaugurar el tiempo de la alegría, de habernos venido a ofrecer tu amistad a nosotros, que somos pecadores. Amigo de los pecadores... Amigo de los pecadores... Gracias.

Juan Bautista es un hombre de penitencia y se lo reprochan.

Jesús es hombre de apertura, se lo reprochan también.

¡Cuán hábil es la humanidad para rehusar las llamadas de Dios! Encontramos siempre buenas razones para quedarnos con nuestra testarudez infantil. Sánanos, Señor, de nuestras ligerezas. Haz que tomemos en serio lo que Tú nos propones.

-Pero, la sabiduría de Dios se revela "justa" a través de lo que hace.

Señor, enséñanos a juzgar "justo", juzgando "según tu sabiduría divina". Finalmente, Juan Bautista y Jesús eran ambos igualmente necesarios a la humanidad: a uno encargó Dios el invitar a la austeridad y a la penitencia... al otro encargó Dios el aportarnos la alegría da Reino... El tiempo de Adviento y de Navidad comporta esos dos aspectos.

Jesús echará en cara a su generación que no reciben a los enviados de Dios, ni al Bautista ni a Jesús mismo.

Ya en la primera lectura el profeta se lamenta con tristeza de que el pueblo era rebelde y no había querido obedecer a Dios. No eligió el camino del bien, sino el del propio capricho.

Y así le fue. Si hubiera sido fiel a Dios, hubiera gozado de bienes abundantes, que el profeta describe con un lenguaje cósmico lleno de poesía: la paz sería como un río, la justicia rebosante como las olas del mar, los hijos abundantes como la arena. Si Israel hubiera seguido los caminos de Dios, no habría tenido que experimentar las calamidades del destierro.

El tono de lamento se convierte en el salmo en una reflexión sapiencial: «el que te sigue, Señor, tendrá la vida de la vida». «Dichoso el hombre para el que su gozo es la ley del Señor. Será como árbol plantado al borde de la acequia», lleno de frutos. «Porque el camino de los impíos acaba mal».

Tampoco hicieron caso al Bautista muchos de sus contemporáneos, ni al mismo Jesús, que acreditaba sobradamente que era el Enviado de Dios.

«Vino al mundo y los suyos no le recibieron».

Esta vez la queja está en labios de Jesús, con la gráfica comparación de los juegos y la música en la plaza. Un grupo de niños invita a otro a bailar con música alegre, y los otros no quieren. Les cambian entonces la música, y ponen una triste, pero tampoco. En el fondo, es que no aceptan al otro grupo, por el motivo que fuera. Tal vez por mero capricho o tozudez.

La aplicación de Jesús es clara. El Bautista, con su estilo austero de vida, es rechazado por muchos: tiene un demonio, es demasiado exigente, debe ser un fanático. Viene Jesús, que es mucho más humano, que come y bebe, que es capaz de amistad, pero también le rechazan: «es un comilón y un borracho». En el fondo, no quieren cambiar. Se encuentran bien como están, y hay que desprestigiar como sea al profeta de turno, para no tener que hacer caso a su mensaje. De Jesús, lo que sabe mal a los fariseos es que es «amigo de publicanos y pecadores», que ha hecho una clara opción preferencial por los pobres y los débiles, los llamados pecadores, que han sido marginados por la sociedad. La queja la repetirá Jesús más tarde: Jerusalén, Jerusalén, cuántas veces quise reunir a tus hijos como la gallina a sus polluelos, y no quisiste.

¿Cuál será la excusa de nuestra negativa. si no nos decidimos a entrar en el Adviento Y a vivir la Navidad?

El retrato de muchos cristianos que no se toman en serio a Cristo Jesús en sus vidas puede ser en parte el mismo que el de las clases dirigentes de Israel, al no aceptar a Juan ni a Jesús: terquedad, obstinación y seguramente también infantilismo e inmadurez.

Hay personas insatisfechas crónicas, que se refugian en su crítica, o ven sólo lo malo en la historia y en las personas, y siempre se están quejando. Esta actitud les resulta, tal vez sin pensarlo explícitamente, la mejor excusa para su voluntad de no cambiar. Este papa no les convence porque es polaco. El anterior, porque era italiano. A aquél porque dudaba, a éste porque no duda.

Y así con muchas otras personas o campañas o tareas. Nos cuesta comprometernos. Y es que si tomamos en serio a Cristo, y a su Iglesia, y los dones de su gracia, eso cambia nuestra vida, y se ponen en juicio nuestros criterios, y se nos coloca ante la alternativa del seguimiento del Evangelio de Cristo o del de este mundo.

¿Cuántos Advientos hemos vivido ya en nuestra historia? ¿De veras acogemos al Señor que viene? Cada año se nos invita a una opción: dejar entrar a Dios en nuestra vida, con todas las consecuencias. Pero nos resulta más cómodo disimular y dejar pasar el tiempo.

En vez de decir o cantar tantas veces el «ven, Señor Jesús», podríamos decir con sinceridad este año: «voy, Señor Jesús».

Reflexión Tercera del Santo Evangelio Mt 11,16-19, Todo por la gloria de Dios.

Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado.
Parece que aquí es Jesús quien hace alusión a un juego de niños. San Cirilo de Jerusalén recuerda cómo jugaban los niños en Palestina: «a boda» o «a funeral». A los niños les gusta imitar lo que ven hacer a los adultos, especialmente las ceremonias, y se toman muy en serio su juego, a diferencia de los adultos.

La salvación que Dios trae a los hombres se comunica mediante testimonios divinos. Algunos los creen, otros se oponen a ellos, pero la mayoría de la gente no los toma en serio. ¿Por qué? La denominada axiología, enseñanza de los valores, nos ayuda a entender por qué el hombre se toma en serio una cosa y otra, en cambio, no. Los motivos son muchos, pero para algunos filósofos, entre ellos Heidegger, en su base está la cuestión de la elección fundamental, En la vida, el hombre hace una opción fundamental: «Quisiera ser...». A continuación, valorará las cosas según sean coherentes o no con su primer proyecto.

Para la vida moral y religiosa es de gran importancia la decisión de «hacer el bien». A partir de esta elección vital, el hombre valorará como «serio» todo lo que conduce al bien. Ha venido Juan, que no come y no bebe, y dicen: Tiene un demonio. En la historia de los pueblos el ayuno tiene un simbolismo especial. El hombre que deja de comer es como si rompiera con su vida anterior. Los profetas ayunan antes de comenzar su misión. En algunos países, las esposas ayunaban antes de la boda porque pasaban a pertenecer a otra casa, a otra familia. En los primeros tiempos cristianos se prescribía el ayuno antes del bautismo.

El ayuno de san Juan Bautista está en esta línea. En su persona el pueblo hebreo pasa del Antiguo al Nuevo Testamento. Los fariseos, observantes de antiguas prescripciones y costumbres, no quieren comprender este símbolo. Precisamente porque era un testimonio fuerte, los fariseos lo interpretan negativamente.

También hoy, en la vida cotidiana, nos tropezamos con esta actitud. El que insiste con testarudez en su propia posición interpreta negativamente todo lo que le contradice, aunque sea un signo evidente de bien.

Ha llegado el Hijo del hombre, que come y bebe. En el espíritu de la tradición antigua Jesús empieza su actividad pública con un ayuno de cuarenta días. Pero, a continuación, vive como un hombre «normal» de su ambiente. Algunos se maravillaban de ello. ¿No habría sido su predicación más eficaz si hubiera presentado como Juan Bautista? Quizás sí. Pero Jesús tenía un válido motivo para elegir una «vida normal». En él Dios que ha hecho hombre y todo lo humano se ha hecho divino. Por eso no se eleva a Dios sólo lo que es extraordinario, insólito, extremo, sino toda la vida humana, en todas sus manifestaciones, en su banal cotidianidad. Por esto san Pablo escribe más tarde a los cristianos: «Ya comáis, ya bebáis, cualquier cosa que hagáis, hacedla para la gloria de Dios» (1Co 10,31).

¿Y hoy? En la vida de la Iglesia también ocurren cosas extraordinarias, hay santos, se ven milagros, de vez en cuando se tienen revelaciones. Pero todos estos fenómenos no constituyen más que un mínimo porcentaje de la vida eclesial. En ella prevalece la vida cotidiana «normal». En el desarrollo de una vida cualquiera, en su normalidad, se reconoce la fe.

Reflexión Cuarta del Santo Evangelio Mt 11,16-19, Todo por la gloria de Dios.

"¿A quién se parece... y no habéis llorado?"

Así ve Jesús a la gente de su tiempo y a nosotros. NIños que no saben lo que quieren. Que nos dejamos llevar solamente de nuestro capricho, de nuestra voluntad propia, sin dar importancia a lo que en realidad vale para la vida eterna.

Cristo es el "camino, la verdad y la vida". Quien le sigue no andará en tinieblas. Que sea su ley, su voluntad, nuestro gozo y nos asemejaremos al "árbol plantado al borde de la acequia", "nuestra paz será como un río y nuestro fruto, abundante como la arena del mar".

El profeta echa en cara al pueblo su infidelidad y le dice bien claro lo que se ha perdido por no ser fiel al amor de Dios.

En este texto de Mateo, es Cristo mismo quien como el profeta en la anterior lectura de Isaías, echa en cara a los de su generación que no tienen la suficiente madurez para creer y ser de verdad fieles: sois como críos, les dice. Viene el Bautista con su austeridad y le acusan de extraño endemoniado; viene Cristo con su sencillez, se sienta a compartir la vida y la comida de los hombres, y le dicen que es un pinta y un comilón cualquiera. Venga quien venga, haga lo que haga, diga lo que diga, donde no hay sensibilidad, ni honradez, ni capacidad de creer y amar, habrá siempre salidas infantiles y excusas para no creer.

Sufrimos hoy en el mundo y en la Iglesia una de esas crisis de inmadurez que nos hace hablar y obrar en todo como críos; la ingenuidad infantil en unos, la pataleta en otros... y en todo y para todos la crítica, la acusación y el insulto.

MADUREZ-ADULTO: JUICIO-CRITICA: ¿De quién hablamos bien hoy? ¿Quién nos merece respeto y admiración? ¿Quién nos mueve a creer y a obrar, a echar una mano, a colaborar? El papa mal, los obispos mal, los curas mal, los seglares mal... ¿y el mal que está dentro de nosotros? La madurez se manifiesta en la sencillez, en el respeto a los demás, a quienes se les toma en serio. Ser capaces de admirar más que de despreciar. Ser más adultos y menos críos. Y sentirse plenamente responsable.

-"Madrecita mía ¿es verdad que todos ante todos, por todos, somos culpables?

-No saben las criaturas eso, que si lo supieran, desde ahora empezaría el Paraíso". (Dostoievski)

¿De qué sirve acusar a los individuos?

-Jesús declara a las gentes: "¿a quién compararé esta raza de hombres? es semejante a los muchachos sentados en la plaza que interpelando a otros..."

Escena llena de vivacidad, observada por Jesús y hoy también observable por nosotros.

Seguramente Jesús alguna vez debió pararse a mirar.

Grupos de muchachos jugando en la calle.

-Os hemos entonado cantares alegres y no habéis bailado; cantares lúgubres y no habéis llorado.

Sí, he ahí cómo ve Jesús a las gentes de su tiempo. Esta "generación caprichosa e inestable que no sabe lo que quiere: son niños que juegan a "la boda"... y luego al "entierro".

Una de las bandas debuta con un canto alegre, pero a los otros no les hace gracia.

Entonces comienza un canto triste, ¡pero la cosa tampoco marcha! Entre los niños, esto suele ser sólo un capricho pasajero, que no tiene consecuencias. Pero para los adultos del tiempo de Jesús -¿y del nuestro?-, no se trata ya de un juego... sino de su vida eterna!

"Esto no es serio" parece decir Jesús ¿No somos quizá también nosotros gente caprichosa? ¿Tenemos el sentido de nuestras responsabilidades? ¿Somos adultos? ¿capaces de perseverar? En este tiempo de Adviento ¿"mantenemos" las resoluciones tomadas? o bien ¿nos dejamos llevar por deseos caprichosos del momento? ¿Hemos conseguido una cierta firmeza en nuestras decisiones? o bien ¿capitulamos dando paso a posturas infantiles, pasajeras?

-Porque vino Juan que casi no come, ni bebe, y dicen: Es un loco. Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen " ¡Es un glotón y un bebedor, amigo de publicanos y de pecadores!

Sí, los contemporáneos de Jesús no han sabido leer los signos de los tiempos. Juan Bautista vivía como un asceta, llevando una vida rigurosa y penitente, con ayuno y abstención de alcohol: predicaba así la conversión: "haced penitencia"... En general, no se le escuchó. Su actitud no gustaba. Jesús en cambio, vive como un hombre corriente; come normalmente, bebe vino: predica el "festín mesiánico"... la era nueva del gozo con Dios. . . ¡y se le acusa de ser "un glotón y un bebedor"! ¡Se le acusa de ser "un amigo de los pecadores"! Gracias, Señor Jesús, por permitir que te hicieran esta acusación. Gracias de haber venido a inaugurar el tiempo de la alegría, de habernos venido a ofrecer tu amistad a nosotros, que somos pecadores. Amigo de los pecadores... Amigo de los pecadores... Gracias.

Juan Bautista es un hombre de penitencia y se lo reprochan.

Jesús es hombre de apertura, se lo reprochan también.

¡Cuán hábil es la humanidad para rehusar las llamadas de Dios! Encontramos siempre buenas razones para quedarnos con nuestra testarudez infantil. Sánanos, Señor, de nuestras ligerezas. Haz que tomemos en serio lo que Tú nos propones.

-Pero, la sabiduría de Dios se revela "justa" a través de lo que hace.

Señor, enséñanos a juzgar "justo", juzgando "según tu sabiduría divina". Finalmente, Juan Bautista y Jesús eran ambos igualmente necesarios a la humanidad: a uno encargó Dios el invitar a la austeridad y a la penitencia... al otro encargó Dios el aportarnos la alegría da Reino... El tiempo de Adviento y de Navidad comporta esos dos aspectos.

Elevación Espiritual para este día.

El alma que ha perdido la paz debe arrepentirse, y el Señor le perdonará los pecados, y entonces encontrará el gozo y la paz. ¿Qué más debemos esperar? ¿Pedir que alguien cante músicas celestiales? En el cielo todo vive por obra del Espíritu Santo y a nosotros en la tierra se nos ha dado el mismo Espíritu Santo, y silo conservamos, se nos liberará de toda tiniebla y permanecerá en nosotros la vida eterna.

El Señor ama al hombre y se le manifiesta como le place. Y el alma, cuando ve al Señor, se regocija humildemente de la misericordia de Dios. Para conocer al Señor, no se necesita ser rico o sabio, sino obediente, sobrio, tener un espíritu humilde y amar al prójimo. El Señor amará a esa alma, y él mismo se le manifestará y enseñará el amor divino y la humildad, y le dará todo lo necesario para encontrar reposo en Dios.

Reflexión Espiritual para el día.

Soy un traidor, si tú no me ayudas, Jesús mío misericordioso. Tú me conoces, Señor; no te fíes de tu siervo: porque si tú no lo guardas, huirá, engañado por otro: una bestia dorada será su dios, pero, si tú le ayudas, Señor, si no le privas de la luz de tu rostro adorable, s además él no huye de tu mirada, temerá y temblará y se quedará contigo.

Jesús, sobre mi cabeza está la impronta de tu sangre y, si el mundo intenta encantarme, esa sangre resplandezca a lo lejos y el mundo se apartará, sin haber extendido su mano.

El rostro y los pasajes, personajes y narraciones de l Sagrada Biblia y del Magisterio de la Santa Iglesia. Si me hubieras hecho caso...

Resulta extraño este breve oráculo pesimista en medio de tantas profecías de dicha y felicidad como constituyen la obra del Segundo Isaías, No han faltado críticos con pretensiones de negar su autenticidad. Es innecesario Los profetas son hombres tienen como todo mortal momentos de pesadumbre y de tristeza ante la prolongada opresión que el pueblo padece.

Si Israel no hubiera pecado..., si hubiera escuchado la palabra de su Dios, los mandamientos, la Torah,… esa expresión de su voluntad salvífica iniciada en Abraham, concretizada en Moisés Y revalorizada por los profetas; esa palabra creadora y redentora a la vez que realizó la Alianza y se pormenorizó en las estipulaciones llamadas mandamientos...

En vuelo poético contempla la Palestina repleta de moradores, como de arenas las orillas del mar, cumpliendo la Promesa de Abrahán. Sus arroyuelos de escaso e intermitente caudal, convertidos en torrentes de paz y justicia, sinónimo de santidad, cubriendo a todos sus habitantes cual oleaje potente que desborda todos los diques.

Todo habría sido así si hubieran sido fieles. Pero pecaron. Y su mayor pecado no fue quebrantar los mandamientos sino considerarlos inútiles en su vida. Prescindir de Dios y su voluntad en ellos manifestada para convertirse en seres autóctonos sin otra ley o torah que su propio arbitrio. Este fue su gran pecado. Esta su defección.

De ahí que Yavé se presente ante ellos con toda su autoridad. Él es su Dios, el Santo, el Redentor. Quiere, dolorido y desilusionado, tratar de hacer valer sus derechos, de hacerles comprender el verdadero sentido de los mandamientos que les dio. No fue para imponerles un yugo, para oprimirlos con carga pesada. Se les dio para que no se equivocaran en el camino que habían de seguir, para enseñarles y marcarles el verdadero camino, el camino de la paz, la justicia y la felicidad.

Preciosa concepción de la ley antigua tan olvidada no sólo por los israelitas sino incluso por muchos cristianos de nuestros días. El hombre, ciego por su egoísmo, sigue caminando al azar, haciendo su camino, despreciando las indicaciones de la ley, sin percatarse del gran peligro que corre de no llegar a la única meta a la que, consciente o inconsciente de ella, está destinado. «Nos hiciste, Señor, para ti —exclamará san Agustín— y nuestro corazón está inquieto hasta descansar en ti».+

Enviado el Viernes, 15 diciembre a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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