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Lecturas del día 14-12-2017

LITURGIA DE LA PALABRA.

Is 41,13-20: Yo soy tu redentor.
Salmo responsorial 144: El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad.
Mt 11, 11-15: Juan Bautista, el más grande.

Jesús testificó la grandeza de Juan. En esa época los profetas eran más grandes que los reyes. Pero Juan el Bautista fue más que un rey y más que un profeta; fue más que todos los profetas del Antiguo Testamento.

Los profetas eran hombre de Dios, del pueblo, de oración, que tomaban postura ante los conflictos. Fueron así señal de contradicción, de lucha personal y del pueblo, e invitaban al reencuentro con Dios.

Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.

Juan el Bautista fue un hombre de profunda oración contemplativa y unión con Dios. Preparado en la lectura de la Palabra y pronto a cumplir la voluntad de Dios, supo reconocer los signos de los tiempos; un predicador profético que no vaciló en anunciar y señalar, con humildad, a Jesús como único camino de salvación; no tuvo temor de denunciar con valentía las injusticias e impiedades del pueblo y de los líderes civiles y religiosos.

La credibilidad del Evangelio exige que nuestra predicación sea fiel a lo anunciado por el Señor mismo. Jesús, como Juan el Bautista y otros, vivían lo que anunciaron y anunciaron lo que creían y vivían.

PRIMERA LECTURA.
Isaías 41,13-20.
Yo soy tu redentor, el Santo de Israel.

Yo, el Señor, tu Dios, te agarro de la diestra y te digo: "No temas, yo mismo te auxilio." No temas, gusanito de Jacob, oruga de Israel, yo mismo te auxilio -oráculo del Señor-, tu redentor es el Santo de Israel. Mira, te convierto en trillo aguzado, nuevo, dentado: trillarás los montes y los triturarás; harás paja de las colinas; los aventarás, y el viento los arrebatará, el vendaval los dispersará; y tú te alegrarás con el Señor, te gloriarás del Santo de Israel.

Los pobres y los indigentes buscan agua, y no la hay; su lengua está reseca de sed. Yo, el Señor, les responderé; yo, el Dios de Israel, no los abandonaré. Alumbraré ríos en cumbres peladas; en medio de las vaguadas, manantiales; transformaré el desierto en estanque y el yermo en fuentes de agua; pondré en el desierto cedros, y acacias, y mirtos, y olivos; plantaré en la estepa cipreses, y olmos y alerces, juntos. Para que vean y conozcan, reflexionen y aprendan de una vez, que la mano del Señor lo ha hecho, que el Santo de Israel lo ha creado.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 144
R/. El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. R.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas; R.

explicando tus hazañas a los hombres, la gloria y majestad de tu reinado. Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Mateo 11,11-15.
No ha nacido uno más grande que Juan, el Bautista.

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: "Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. Desde los días de Juan, el Bautista, hasta ahora se hace violencia contra el reino de Dios, y gente violenta quiere arrebatárselo. Los profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan; él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo. El que tenga oídos que escuche."

Palabra del Señor.



Reflexión de la Primera Lectura: Isaías 41, 13-20. Yo soy tu redentor, el Santo de Israel.

El libro de la Consolación (Is 40-55) ha sido elaborado en torno a tres ejes de reflexión: una apologética del monoteísmo frente a los falsos dioses extranjeros, una teología de la redención por el Servidor paciente y una presentación del futuro escatológico dentro del marco de una tipología del Éxodo. Nuestra lectura pertenece a este último grupo.

El carácter maravilloso consignado en los vv. 18-19 no debe sorprendernos: el período del Éxodo ha sido para Israel la era por excelencia de los milagros; algo así como la vida de Jesús para el cristiano. Así, el Segundo Isaías se preocupa de mostrar a sus contemporáneos que el Éxodo es un gesto permanente de Dios: las prisas de la huida (Is 52. 11-12), la nube protectora (Is 52. 12b), el paso del mar (Is 43. 16), el agua que brota de la roca (Is 48. 21), la transformación del desierto en paraíso (Is 43. 19-21), cruzando por un camino que no es sólo geográfico, sino también el camino de la alianza y de la santidad (Is 35. 8).

Estas maravillas operadas en el Éxodo sirven por lo demás, para proclamar la realidad del Dios único (v.20). A lo largo de toda su obra el autor está preocupado, en efecto, por una apologética del moneteísmo frente a los falsos dioses. A los ojos de la religión dualista de los medos, los elementos del Bien y del Mal se enfrentan sin que se pueda adivinar el resultado final de su lucha. A los ojos del monoteísmo judío Dios dirige todas las evoluciones del mundo conforme a su designio, sin que ninguna otra fuerza pueda oponerse: basta con conocer a Dios y su plan para comprender la historia del mundo y saber que camina hacia su felicidad.

La educación del sentido de la historia, que era ya el tema de la lectura primera del segundo domingo de Adviento (ciclo B), da aquí un paso más: la historia tiene un sentido porque Alguien sabe adónde va: un Dios que comunica su conocimiento a los hombres jalonando su historia de maravillas marcadas con su huella. Cierto que el hombre moderno tiene la pretensión de saber adónde va su historia y de conducirla a su término. El cristiano también lo sabe, y esa es la razón de que su trabajo y sus compromisos se asemejen tanto al trabajo y a los compromisos del ateo. Pero su conocimiento viene de un Dios del que se fía, que jalona su historia con las "maravillas" de la alianza nueva y del que es un testigo en el mundo.

"No temas gusanito de Yavhé".

Israel en el destierrro ha sido como un gusano pisoteado por las naciones. Dios le asegura su protección cariñosa: lo lleva de la mano, "Te agarro de la diestra". Es preciso saborear durante el día esta maravillosa expresión de amor de Dios. "Yo te llevo de la mano".

"Los pobres buscan.." Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia. Fórmula que expresa le espera, el deseo.

Yo, el señor, les responderé.

No temas, Yo te ayudo. No temas, Jacob, débil gusanillo; Israel, miserable mortal.

Esta es ya una bienaventuranza: la de los pobres. Medito sobre la debilidad, la pequeñez.

La pequeñez de ese pueblo de deportados, despreciados, explotados, perdidos en la gran Babilonia pagana. La pequeñez de María, portadora, sin embargo, del Misterio de Dios. María, «débil criatura» vivía en una pobre aldea, casi desconocida. ¡No en Roma, la triunfante... No en Atenas, la sabia... Ni en Babilonia, la soberbia... Ni siquiera en Jerusalén, la santa... Ni en ninguna de las grandes capitales de la época! Sino en Nazaret poblado desconocido, en medio de gente humilde y sencilla.

El verdadero valor no procede de la situación humana sino de la mirada de Dios. ¿Qué es lo que esto cuestiona mi vida?

Yo soy el Señor, tu Dios. Te tengo asido por la diestra.

Es preciso saborear, en el silencio, esas declaraciones de amor... Basta con dejarse llevar por esa imagen: ¡Toma mi diestra, Señor! ¡Quédate de veras «conmigo»! Escucho... Escucho esas palabras que me diriges.

¿Qué podría dañarme, en mi pequeñez, si, de verdad, conservo tu mano en la mía?

Triturarás los montes...
Y tú te regocijarás en el Señor.

Es una réplica contra los opresores babilonios.

Es, ante todo, el anuncio de un gran gozo después de la pena.

Los pequeños y los pobres buscan agua... pero no hay nada.

Su lengua se les secó de sed.

La boca de Dios lo testifica.

«Los pobres buscan...» Esa fórmula expresa la espera, el deseo. La imagen es la de «tener sed»... una necesidad biológica concreta, que no puede satisfacerse con hermosas palabras.

«Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia.» Pero, que el término bíblico no nos oculte el verdadero sentido.

¡No es «agua» lo que los pobres de HOY andan buscando! ¿Cuál es su deseo? Ser amados y considerados... ganar regularmente un salario justo... ir adquiriendo algo más de responsabilidad, de confort... ser como todo el mundo, no ser humillados... ser atendidos en las necesidades, con una visita oportuna... y que los sufrimientos y la mala suerte no sea algo normal en sus vidas...

Ante esos deseos tan humanos, ante esa «sed», debemos también, como Dios, testificar «y no hay nada» ¿Es una espera frustrada, un deseo inútil, la Nada?

Yo, el Señor, los atenderé... No los abandonaré...

Señor, realiza tu promesa.

Señor, ayúdanos también a atender a los pobres en todo lo que esté de nuestra parte.

Abriré en los montes, ríos y fuentes... Convertiré el desierto en lagunas... Y la tierra árida en hontanar de aguas... Pondré en el desierto cedros, acacias, mirtos, olivos, cipreses, pinos y enebros... De modo que todos vean y sepan que la mano del Señor ha hecho eso. Imágenes de lozanía, de fecundidad y de abundancia.

En nuestro mundo tan «árido», tan duro... ¡haz que mane el «agua viva»!

Reflexión del Salmo 144. El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad.

Es un "himno" del reino de Dios. A partir del salmo 145, hasta el último, el 150, tenemos una serie que se llama el "último Hallel", porque cada uno de estos seis salmos comienza y termina por "aleluia". En esta forma el salterio termina en una especie de ramillete de alabanza. Recordemos que la palabra "hallélouia" significa, en hebreo "alabad a Yavé", "alabad a Dios".

El salmista canta el amor de Dios en una especie de carillón festivo, más sensible en hebreo por la repetición, nueve veces, de una misma construcción gramatical que se llama el "participio hímnico":

Dios Que ha creado los cielos Que mantiene su fidelidad Que hace justicia a los oprimidos...Que da el pan a los hambrientos... Yavé Que libera a los prisioneros... Yavé Que abre los ojos a los ciegos...Que endereza a los encorvados... Yavé Que ama a los justos... Yavé Que guarda a los peregrinos...Que protege al huérfano y a la viuda...

Podemos imaginar dos coros que se contestan, haciéndose eco.

Observad la especie de letanía de desgraciados a los cuales ayuda Dios: los "oprimidos", los "hambrientos", los
"prisioneros", los "ciegos", los "abatidos", los "extranjeros", las "viudas", los "huérfanos"...

¡Toda la desgracia del mundo que conmueve a Dios!

Observad la triple afirmación de pertenencia: "Mi Dios"... "Su Dios"... "Tu Dios"...

¡Admirable familiaridad!

Jesús, lejos de contar en los poderes mundanos, deliberadamente se pone de lado de los pobres, desde el pesebre hasta la cruz, apoyándose únicamente en su Padre.

Muchos milagros de Jesús fueron el cumplimiento de esta palabra: la multiplicación de los panes para los hambrientos, la devolución de la vista a los ciegos, la liberación de los prisioneros del pecado...

A la sala del festín mesiánico, los pobres, los lisiados, los encorvados, los ciegos, son los primeros invitados.
Igual que el salmo, Jesús pronunció también "bienaventuranzas": "bienaventurado aquel cuyo auxilio es Dios... Bienaventurado el que escucha la palabra de Dios..." Y a estas Bienaventuranzas, corresponde una "maldición" igual que en el salmo: "deja extraviar a los malvados"... "Ay de vosotros los ricos, porque habéis recibido vuestro consuelo". (Lucas 6,24). Jesús repitió a menudo, con este salmo, que la vida materialista conduce a la nada. Recordemos lo del rico que quería ampliar sus ¡graneros! "No confiéis en los poderosos, ellos vuelven a la tierra, y ese día sus proyectos se desploman".

Es obvio que la liturgia relacione este salmo 145 con el Evangelio de San Marcos 12, 38-44 por la alusión a la "viuda pobre" que Jesús exalta... Y por la alusión a los escribas, los poderosos de la época, "que devoran los bienes de la viudas", mientras Dios "¡sustenta a la viuda y al huérfano!"

"No confiéis en los poderosos, incapaces de salvar..." Sí, como apoyarse en el hombre, "hijo del polvo", hijo de Adán sacado del barro. Por alto que esté, por grande e inteligente que sea, un día tiene que volver al polvo. No hay en esto ninguna exageración... ¡Ningún pesimismo! Es simple y evidente ¡verdad! Sólo Dios puede "salvarnos". "No hay salvación en ningún otro". (Hechos 4,12).

Señor, concédenos esta felicidad profunda. Haz que creamos que allí, y únicamente allí está la felicidad estable, que nada, absolutamente nada, puede lastimar ni empañar.

"El hizo el cielo, la tierra, el mar y cuanto en ellos hay..." De tiempo en tiempo, hay que cerrar los ojos, y evocar este gran universo creado. Decid al menos, ¡que es fantástico y bello! En una hermosa noche sin nubes, mirad las estrellas, imaginad las galaxias. Pensad en la vida que bulle, en millares y millares de seres sobre la tierra y en el fondo del mar.

"El, que guarda fidelidad eternamente..." Seguidamente, luego de evocar el poder creador, el salmista pasa sin previa advertencia, como la cosa más natural, a la "fidelidad amorosa y eterna" de Dios. Podría uno imaginar lejano, este gran Dios del universo. Esto hacen muchos filósofos. Pero escuchad: El se ocupa con predilección de los pequeños, de los maltrechos, de los despreciados, de los desgraciados. Para ellos reserva todas sus bendiciones: "hace justicia"..., "da...", "libera...", "abre...", "levanta...", "desata...", "protege...", "sostiene...". Sólo los orgullosos, los autosuficientes reciben una maldición: basta abandonarlos a su propia suerte, "dejar que se extravíen"... Van hacia el polvo, ya que rechazan el destino divino, eterno, que se les ofrece.

"Si Dios se interesa por los desgraciados... ¿Tú qué? ¿Qué haces?... Proteger, guardar, curar, levantar, sostener. Dios ha confiado al hombre sus propias tareas. Si el hombre es "este humilde polvo inconsistente, tiene la admirable dignidad de poder imitar a Dios. "Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto", decía Jesús. He ahí, en las palabras de este salmo, todo el compromiso del cristiano por la promoción, por el desarrollo, por el "servicio", personal y colectivo de la sociedad. "El Señor reinará de generación en generación... ". ¡Venga tu reino, hágase tu voluntad sobre la tierra, en los grupos humanos a los que pertenezco!

«Dichoso aquel a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios».

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Mt 11, 11-15, . Violencia del Reino.

Cuando Jesús terminó de dar estas instrucciones a sus doce discípulos, se fue de allí, para enseñar y predicar en sus ciudades.

De nuevo el evangelista concluye como en el sermón de la montaña, es decir con una frase formularia. La palabra «instrucciones» es sorprendente y sólo se encuentra aquí. San Mateo quiere insistir una vez más en que este discurso es una enseñanza oficial y pública del Señor. Es el documento fundamental de la misión y de la vida apostólica para todos los tiempos futuros.

Entre la fe y la incredulidad Mt, 11, 2-12,45.

Al discurso dirigido a los discípulos le sigue una sección bastante extensa sobre la actividad de Jesús. En esta sección se cuentan pocos milagros. Ante todo debe exponerse la polémica con los adversarios. Todos los fragmentos contribuyen algo a este tema: el pro y el contra de Jesús, la crisis en que incurre su obra, la enemistad enconada del judaísmo oficial. La primera parte de considerable extensión trata de Juan el Bautista (11, 2-19). El segundo fragmento refiere dos sentencias bastante largas de Jesús, que dilucidan las oposiciones (11, 20-30). La tercera sección contiene renovadas acusaciones de los adversarios con motivo de distintos acontecimientos (12, 1-45).

Jesús y el Bautista. Mt, 11,2-19.

Pregunta del Bautista Mt 11,02-06.

Cuando Juan oyó en la cárcel las obras de Cristo, mandó unos discípulos suyos 3 para preguntarle. ¿Eres tú el que tiene que venir o hemos de esperar a otro? 4 Y Jesús les respondió: Id a contar a Juan lo que estáis oyendo y viendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia el Evangelio a los pobres; 6 y bienaventurado aquel que en mí no encuentre ocasión de tropiezo.

Desde 4,12 no hemos leído nada más de Juan. Está en la cárcel. Más tarde se informa sobre los pormenores más circunstanciados que le llevaron a la cárcel (14,3-12). La primera frase en el fondo ya anticipa la respuesta, cuando habla de las obras de Cristo. «El que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y ni siquiera soy digno de llevarle las sandalias» (3,11). Ahora le vienen dudas de si Jesús realmente es quien «tiene el bieldo en la mano» (3,12) y no otro alguno. La pregunta que el Bautista hace por medio de sus discípulos es una auténtica pregunta y está tomada en serio. San Mateo la explica por el hecho de que Juan en la prisión y aislado del ambiente. Ha oído hablar de las obras, pero no puede interpretarlas. ¿Ha esperado Juan obras muy distintas?, ¿un movimiento espontáneo del pueblo?, ¿el juicio tremendo contra los enemigos de Dios? No había llegado el fragor de la tempestad del juicio, cuyas primeras ráfagas habían sacudido a Juan. Jesús no contesta directamente confesando quién es. Hubiese podido contestar como ante el sumo sacerdote con una clara respuesta afirmativa. Pero en este tiempo aún evita esta contestación, y también muestra a Juan el camino por el que los discípulos y todos nosotros tenemos que andar: ver señales e interpretarlas debidamente, concebir las obras que hace Jesús como obras del Mesías. Es el camino de la fe, que arranca de los resultados visibles y conduce al conocimiento de Jesús. Es el camino que va de la obscuridad a la luz, del signo a la realidad. No puede incurrir en dudas quien comprende bien las obras y sobre todo las ve en conjunto. Jesús construye el puente que conduce a la fe, porque la enumeración «los ciegos ven...» se enlaza estrechamente con la promesa del profeta Isaías (Is 35,5s; 61,1).

El Espíritu que ungió al elegido, le hizo apto para todas estas acciones gloriosas. No es posible detenerse en una sola cosa, no se pueden ver solamente ciertos milagros y dejar de ver otros, solamente escuchar las palabras y no atender a las obras. Todo junto forma el debido cuadro. Jesús no solamente es un predicador del pueblo o un taumaturgo. Y no solamente ha curado como un médico, sino que también ha resucitado muertos. Todo junto deja reconocer que aquí está actuando el ungido de Dios, que vio Isaías. También la Iglesia sólo es conocida como signo de Dios, si se ven juntos todos sus distintivos: la Iglesia es una, santa, universal (católica) y conserva su primitiva historicidad (es apostólica).

Testimonio de Jesús sobre el Bautista Mt 11, 07-15.

Jesús no ha hablado tan detenidamente de ningún hombre como del Bautista. El discurso emocionado con sus preguntas breves, que siguen unas a otras como por sacudidas, nos muestra de nuevo a Jesús como gran orador profético. Estas palabras no solamente revelan la importancia de Juan en la historia de la salvación, sino que al mismo tiempo son un testimonio de la profunda impresión que el Bautista incluso como hombre ha causado en Jesús.

Al irse ellos, comenzó Jesús a hablar de Juan a la gente: ¿Qué salisteis a ver al desierto: una caña agitada por el viento? Si no, ¿qué salisteis a ver: un hombre vestido con refinamiento? Bien sabéis que los que visten con refinamiento están en los palacios de los reyes. Entonces, ¿a qué salisteis: a ver a un profeta? Pues sí, ciertamente, y mucho más que un profeta.

Jesús con sus preguntas hace reflexionar al pueblo sobre lo que buscaban, cuando acudían en masa al Jordán. Aquella gran peregrinación parece haber cesado. Con todo, el recuerdo se había grabado profundamente en todos. Jesús con sus preguntas señala una vez más la figura de aquel hombre adusto: no era como una caña, que el viento mueve de un lado a otro. Un hombre que se mueve al compás del viento, hoy defiende esta opinión, mañana defenderá otra. Sin hipocresía y con franqueza ha dado a conocer Juan su mensaje, y ha apelado a la conciencia de cada uno, de la condición social que sea, incluso a la conciencia del rey. No era un hombre con vestidos suntuosos y refinados, como los que se encuentran en los palacios de los grandes, de los poderosos y de los ricos. Juan está ante ellos como un robusto árbol silvestre. Los israelitas han buscado un profeta y también lo han encontrado. La cadena rota de los profetas se soldó de nuevo con Juan.

En último término esto es lo que atraía a los hombres hacia él: Dios volvía a hablar con las palabras proféticas que habían conmovido a Israel a través de los siglos. Todo eso lo sabe la gente, y las palabras de Jesús habrán encontrado un fuerte eco en sus corazones. Sin embargo, Jesús dice todavía más. Juan es más que un profeta. No sólo es el portavoz de Dios, el medianero del mensaje de Dios para el pueblo. Es, además, portador y figura de la salvación. No por sí mismo ni por razón de su vida ascética, sino porque su actuación desde un principio es mayor que la de los otros profetas. Su actuación le otorga una importancia única. Él solo fue llamado para conducir y preparar al pueblo para aquel que es más fuerte que él y ha de venir después de él (3,11).

Este es aquel de quien está escrito: Mira que envío ante ti mi mensajero, el cual preparará tu camino delante de ti.

La proclamación mesiánica del Bautista y su proximidad inmediata a Jesús le convierten en el precursor. Isaías ya había hablado de la preparación del camino: Dios hace volver jubilosamente del cautiverio a su pueblo, que debe recorrer para ello un camino llano y recto. El pueblo va de la servidumbre a la libertad (Is 40,4s; Mt 3,3). Todavía más dice el profeta Malaquías. Trata del camino de Dios a su pueblo. Pero no ya para liberarlo del cautiverio de Babilonia, sino para redimirlo al fin del tiempo. Vendrá el mismo Dios. Le precede un heraldo: «Mira que envío ante ti mi mensajero, el cual preparará tu camino delante de ti» (Mal 3,1). Estas palabras proféticas dan la luz, con que hay que ver la figura del Bautista desde el punto de vista del plan salvífico de Dios. Aquí lo hace el mismo Jesús. Indirectamente atestigua que él es el Mesías del tiempo final, para el que Juan ha desbrozado el camino.

Os lo aseguro: entre los nacidos de mujer, no ha surgido uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él.

«Más que un profeta» todavía significa otra cosa. Juan no solamente es un gran personaje como precursor en el ejercicio de su cargo, sino también como ser humano: entre los nacidos de mujer no hay uno mayor. Es una frase asombrosa. Parece como si hubiese sido formada en un delirio y sin embargo está concebida como una alabanza personal a este hombre. Realza a Juan entre sus contemporáneos, más aún entre la gran multitud de hombres de Dios del tiempo pasado. «Entre los nacidos de mujer», esta frase es en primer lugar una perífrasis al gusto de los orientales, pero, cuando Jesús la usa, también resuena el misterio de su propia procedencia. También él ha nacido de mujer, pero sólo «según la carne» (Rom 1,3). Su origen como hombre-Dios está más allá de la procreación humana, ha sido engendrado por Dios (Cf. Hb 1,5;5,5).

La frase siguiente vuelve a delimitar lo que se acaba de decir. Muy grande es Juan el Bautista, y sin embargo es muy pequeño, si se le mide en la nueva edad, en el reino de los cielos. El más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él. Ya ha empezado la nueva época. El reino de Dios se abre paso. El que se encuentra en esta nueva edad, aún es mayor que cualquiera que haya vivido antes, incluso que el Bautista. Éste es un nuevo pensamiento: Junto a la alta categoría asignada a Juan se coloca la valoración del tiempo nuevo, la época del reino de Dios. Está en una etapa superior el hombre de esta edad, el hombre en gracia, el hombre redimido. Lo antiguo y lo nuevo se relacionan mutuamente como la imagen con la realidad misma...

Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. 13 Porque todos los profetas y la ley cumplieron su misión profética hasta Juan.

Se formula la pregunta: ¿En qué parte precisa de la historia de la salvación se encuentra el Bautista? Es una figura de transición, medio en la sombra y medio en la luz, profeta del tiempo futuro y, al mismo tiempo, precursor. ¿Está más allá o más acá de la linde que separa los dos períodos? Hasta ahora hemos oído palabras en que podían suponerse las dos cosas: Juan se halla en la parte de allá, ya que el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él. Pero también podría estar en la de acá, ya que es más que un profeta, a saber, es el precursor del Mesías. El evangelista aquí no prosigue el pensamiento de que Juan sea menor que cualquiera en el reino de los cielos, sino que prosigue el otro pensamiento que incluye a Juan en la nueva era.

Desde los días de Juan el Bautista en adelante, es decir empezando con Juan, con su actuación y sus sermones; desde esta hora, el reino de los cielos está presente, porque es acosado (Mt 11,12 = Lc 16, 16 es uno de los versículos más difíciles del Evangelio y es objeto de controversia en la interpretación. Puede ser una queja («el reino de los cielos es acosado») o un grito de júbilo («el reino de los cielos se abre paso victoriosamente»). Aquí se toma por base el primer modo de ver, sin que por ello se rechace el segundo. Hasta hoy día no hay una interpretación plenamente satisfactoria). Aquí llegamos a conocer el otro aspecto, el aspecto sombrío de la venida del reino. Hasta ahora casi sólo hemos oído hablar del aspecto brillante, del avance victorioso, de la virtud vital y curativa. Con todo las muchas impugnaciones de los adversarios (la peor de las cuales es el reproche de que Jesús trabaja aliado con el demonio) mostraron el otro aspecto. Al reino se oponen duras resistencias. Su avance es obstaculizado, más aún, detenido violentamente. Y esta oposición significa en último término que se ponen impedimentos al paso de Dios, que se frustra su actuación. Eso lo ve Jesús tan perspicazmente que habla de los violentos que quieren arrebatar el reino. Según esto, el reino no solamente es debilitado y frenado en su curso, sino que se intenta privarle directamente de su fuerza. Es un pasaje oscuro. La historia de las tentaciones quizás ayude un poco a comprender este difícil versículo. Satán lucha por conseguirlo todo, quiere usurpar el dominio y arrebatarlo. En la continuación de la obra de Jesús, se escuda detrás de todos los adversarios e intenta de diversos modos disputar a Dios el dominio y establecer el suyo propio en su lugar. Una nueva ojeada a los abismos del acontecer, que siempre estará impulsado por estos poderes, mientras dure el tiempo final... Puede aplicarse a Juan que desde él en adelante el reino de los cielos está de algún modo presente, principalmente por medio de todo lo que Jesús hace y predica. La ley y los profetas tienen un alcance que se extiende hasta él. Su tarea fue la conducción, la indicación previa de lo venidero. Con el Bautista ya ha empezado lo venidero. Ha pasado el tiempo del vaticinio, ha llegado el tiempo de la realización.

Y si queréis aceptarlo, éste es Elías, el que tenía que venir: El que tenga oídos, que oiga.

Hemos oído decir que Juan era el precursor, como dijo Malaquías (11,10). En el mismo profeta, algunos versículos después, se anuncia otro mensaje: «Mirad, os envío al profeta Elías antes que llegue el gran y temible día del Señor» Ml 03-23. Según la fe de aquel tiempo debía venir Elías antes que el Mesías, debía preparar la venida de éste. Aquí se reúnen las dos predicciones: el (anónimo) mensajero de Mal 3,1 es el Elías de 3,23. Y ambos son Juan el Bautista. No se puede creer que Elías apareciera corporalmente en Juan, que el Bautista sea, en algún modo, un Elías encarnado, sino que Juan «irá delante de él con el espíritu y poder de Elías» (Lc 1,17). Si Juan fuese el verdadero Mesías, entonces se tendría que poder comprobar quién es el precursor. A los judíos que decían: Jesús no puede ser el Mesías, porque Elías aún no ha aparecido, a éstos se tuvo que poder decir: Elías ya estaba presente en Juan, pero vosotros no lo habéis conocido. El último breve versículo: El que tenga oídos, que oiga, quiere decir que solamente se puede comprender con la fe esta presencia de Elías en Juan. Sólo quien abre su oído y está dispuesto a entender bien y aceptar en su corazón lo que ha oído, conoce lo que aquí se dice: Así pasa con todos los misterios de la fe: hay indicaciones auxiliares, puentes que Dios construye. Pero la aceptación es de la incumbencia de nuestra fe diligente.
Acusación contra «esta generación» Mt 11,16-19.

¿A quién compararé esta generación? Se parece a los niños sentados en las plazas, que gritan a sus compañeros: Os tocamos la flauta y no habéis bailado; entonamos cantos lúgubres y no os habéis lamentado.

Aún continúa el tema: Juan el Bautista y su rango en los sucesos de la salvación. Con todo ahora el tema prosigue con una invectiva contra esta generación. Es caprichosa y versátil, más aún, directamente irresponsable, como niños que juegan en el mercado a «bodas» y «entierro». Uno de los grupos tiene aspecto jovial, pero el otro grupo está descontento. Hacen un ensayo con un canto triste y fúnebre, pero tampoco les satisface el ensayo. Nada les sienta bien, son caprichosos aguafiestas. ¿Cómo os va a vosotros, a esta generación, los contemporáneos de Juan y de Jesús? Como a estos niños, con la única diferencia de que aquí no se trata de un juego, sino de la vida...

Porque llegó Juan, que ni come ni bebe, y dicen: Está endemoniado. Llegó el Hijo del hombre, que come y que bebe, y dicen: Éste es un comilón y un bebedor, amigo de publicanos y pecadores.

Para ellos Juan no lo ha hecho bien, vivió una vida rigurosa de penitencia. Entonces dijeron: Está endemoniado. No se acomodaba a ellos, y no podía hacerlo bien para ellos, no bailaba según su antojo y sin más ni más le dieron la culpa de su fracaso: es un desatinado. Algo semejante se ha dicho también de Jesús (9, 32-34; 12,22-24). Es el medio más sencillo de rehuir el llamamiento: atribuir al demonio lo que Dios hace. Entonces vino Jesús. que no vivía como un áspero asceta. Trae el tiempo de la alegría, el tiempo de la plenitud, en que no debe haber ayunos (9,14s). Jesús se compadece de los desechados, se sienta voluntariamente en la mesa con publicanos y pecadores (9,10-12). Esta conducta de Jesús les parece demasiado mundana. Por esta causa le hacen reproches espantosos y ofensivos, que en ningún pasaje de los Evangelios se expresan con palabras tan ásperas como aquí. ¿Quién procederá bien para vosotros? ¿En quién queréis creer?

Pero la sabiduría fue reconocida por sus obras.

El juicio de los hombres no acierta, sino que pasa sin hacer caso de ninguno de los dos. En cada uno de ellos actuaba la sabiduría de Dios, la cual a uno le ha constituido riguroso predicador de la penitencia, a otro portador de alegría y esposo celestial. Lo que han hecho los dos, son obras de la sabiduría de Dios, ideadas en las profundidades divinas y hechas en el Espíritu Santo. Reconoce el carácter divino el que tiene oídos para oir y ojos para ver, el que tiene afición a lo sobrenatural y lo sabe percibir. Por tanto, se justifica la sabiduría, cuando hay hombres que creen en las obras. Todas las falsas interpretaciones humanas enmudecen ante esta justificación. Todo lo que Dios obra, en último término sólo es asequible al ojo de la fe. Pero el que ve con este ojo, reconoce en todas partes la sabiduría de Dios, incluso en la figura visible de la Iglesia. Tenemos que esforzarnos -como los contemporáneos del Bautista y de Jesús-, a ver con una mirada sobrenatural, a reconocer en las señales patentes del Dios invisible las obras de su sabiduría.

Juicio y salvación. Mt 11,20-30.

Amenaza a las ciudades de Galilea Mt 11, 20-24.

Entonces comenzó a increpar a las ciudades en que se habían realizado la mayoría de sus milagros, por no haberse convertido.

El discurso de Jesús se va elevando hasta convertirse en palabra conminatoria. No es un juego como en el caso de los niños en el mercado, sino que se trata de la muerte y de la vida. La veleidad caprichosa de los habitantes de dichas ciudades en último término es incredulidad, la recusación de Dios. Si no creyeron ya en las palabras de Jesús, las obras hubiesen tenido que convencerles. Estas ciudades, en las que Jesús había hecho muchos milagros, no se han convertido. Las ciudades que aquí nombra el Señor: Corazaín, Betsaida, Cafarnaúm, todas ellas son ciudades de Galilea, situadas alrededor del lago de Genesaret.

¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque, si en Tiro y Sidón se hubieran realizado los mismos milagros que en vosotras, ya hace tiempo que, cubiertas de saco y ceniza, se habrían convertido. Por eso, os digo: en el día del juicio, habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Cafarnaúm, ¿es que te van a encumbrar hasta el cielo? ¡Hasta el infierno bajarás! Porque, si en Sodoma se hubieran realizado los mismos milagros que en ti, todavía hoy estaría en pie. Por eso os digo: en el día del juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma que para ti.

¡Ay de ti! es el llamamiento de la desventura, la contraparte de la exclamación profética «bienaventurados» (Cf. 5,3ss; 23, 13ss.). La interjección «¡ay!» amenaza con la desventura y la llama eficazmente, así como también la bienaventuranza llama la salvación. En la Escritura hay ejemplos típicos de ciudades impenitentes: es proverbial que los profetas nombren las ciudades paganas de Tiro y de Sidón en el norte de Palestina como ejemplos de altiva arrogancia y copiosa riqueza (Cf. Is 23, 4; Ez 26-28). Sodoma (y Gomorra), las ciudades del libertinaje y del vicio, fueron destruidas (Cf. Gn 18,16-19, 29 y el comentario a Mt 10, 15). Así como el centurión pagano encontró el camino que conduce a la fe, así también las ciudades paganas se hubieran convertido, si hubiesen visto los milagros de Jesús. Y Sodoma actualmente aún estaría en pie, si hubiese llegado a ser testigo de las gloriosas pruebas de su poder. Todo eso lo hará ostensible el día del juicio. Entonces estas ciudades quedarán en mejores condiciones que los lugares cercanos, que han rehusado el ofrecimiento de la gracia y han pasado jugando el tiempo de la decisión. La oferta se hizo a todos, a toda la población de una ciudad. Jesús los ve a todos implicados en un destino común. En el encuentro personal Jesús siempre llama al individuo, y éste adquiere la fe. Pero todos concurren y son responsables unos de otros. La llegada del reino de Dios es un acontecimiento público, más aún, político, que a todos atañe. Dios puede dar una señal a una comunidad, a una ciudad, a un pueblo, y hacer una oferta que obligue a todos. Así sucedió siempre hasta nuestros días. Eso significa que debemos estar atentos al llamamiento que exhorta a la conversión...

Se revela la salvación Mt 11,25-27.

A continuación siguen tres versículos de gran alcance sobre la gloria de Dios. El evangelista los hace resaltar con la frase introductoria «en aquel tiempo». Los dos primeros versículos son una alabanza al gran Dios, que se ha revelado a los pequeños y a la gente sencilla (11,25s). El tercer versículo da una profunda visión del íntimo misterio de Jesús (11,27).

En aquel tiempo tomó Jesús la palabra y exclamó: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra; porque has ocultado estas cosas a sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre; así lo has querido tú.

En el evangelio solamente aquí encontramos el solemne tratamiento: Padre, Señor del cielo y de la tierra. Antes Jesús hablaba del Padre, de su Padre o de nuestro Padre, con el íntimo acento familiar que tiene este tratamiento. Aquí ahora se dice expresamente que el Padre también es el Creador omnipotente y el Señor del mundo. Es el Dios que «al principio creó» (Gén 1,1) el mundo, el cielo y la tierra, y ahora los conserva en su subsistencia. Fuera de él no hay otro Dios. Todo lo que todavía existe en el mundo universo, está subordinado a él, como a Señor supremo. El solemne tratamiento aquí muy significativo, porque nos hace apreciar en lo justo las siguientes palabras. En efecto, este Dios grande, que todo lo conserva, ha ofrecido su revelación a la gente sencilla. Dios no ha elegido la gente entendida y prudente. Jesús no dice lo que Dios ha dado a conocer, sino solamente «estas cosas». Por el Evangelio que hemos leído hasta ahora, sabemos que refiere todo el mensaje de Jesús anunciado con palabras y con milagros. Jesús ha dedicado la primera bienaventuranza a los pobres en el espíritu (5,3), ha buscado a los pequeños, a los desechados y despreciados, sobre todo a los incultos. A éstos ha llamado para ser sus discípulos, éstos han creído en él y le han rogado que hiciera milagros, como la mujer que padecía flujo de sangre, o los dos ciegos. Parece casi como una predilección de Dios, como una debilidad por los que no valen nada en el mundo.

Los sabios y entendidos se marchan vacíos. Ante ellos se oculta el misterio de Dios, de tal forma que no lo ven ni conocen, no lo oyen ni creen. Como en el Antiguo Testamento, así también aquí la aceptación o repudio se adjudica solamente a Dios. Él es quien abre el corazón o bien lo endurece, como el caso del faraón. Pero eso no sucede sin la propia decisión del hombre, sino que en cierto modo es tan sólo la respuesta de Dios a su alma, ya cerrada, que se ha vuelto impenetrable para la palabra de Dios. Aunque por razón de sus dones espirituales, de sus conocimientos y de su inteligencia tendrían que ser especialmente adecuados para entender el lenguaje de Dios, se cierran ante este lenguaje, que permanece oculto para ellos. Jesús sobre todo ha de pensar en los escribas. Han utilizado su entendimiento para formarse una idea cerrada de Dios y del mundo, y no están dispuestos a oir y aprender de nuevo. Creen que conocen bien a Dios y que poseen la verdadera doctrina. Esta es la eterna tentación del espíritu humano desde el momento en que el tentador insinuó a Eva que se les abrirían los ojos y serían semejantes a Dios, si comieren del árbol del conocimiento... Así pues, Dios sólo puede contar con los sencillos que se descubren y creen con llaneza. ¡Qué singular trastorno del orden! Y sin embargo Dios elige este camino, porque es el único por el que puede llegar su mensaje. Este camino corresponde a su voluntad, le es muy agradable. ¡Cuántas cosas se entienden en el mundo, si se tienen en cuenta estas palabras!

Todo me lo ha confiado mi Padre. Y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo.

Aquí se habla del conocimiento. No es una ciencia del entendimiento, una comprensión con sus ideas y consecuencias. Conocer en la Biblia tiene un significado mucho más extenso. La imagen del «árbol de la ciencia del bien y del mal» en el paraíso del Edén designaba unos conocimientos amplios, una inteligencia inmediata de las razones y causas de las cosas. Además el verbo conocer indica que se está familiarizado con otra cosa, designa la aceptación juiciosa y la apropiación amante de una cosa. Participan por igual en la acción de conocer la voluntad, los sentimientos y la inteligencia. Por eso la Escritura puede designar con el verbo «conocer» el encuentro más íntimo del hombre y de la mujer en el matrimonio. Si Dios conoce al hombre, lo penetra por completo con su espíritu y al mismo tiempo le abraza con amorosa propensión. Conocer y amar son entonces una misma cosa.

El yugo llevadero Mt 11,28-30.

28 Venid a mí todos los que estáis rendidos y agobiados por el trabajo, que yo os daré descanso. 29 Cargad con mi yugo y aprended de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vosotros; 30 porque mi yugo

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Mt 11, 11-15,. De los nacidos de mujer no hay ninguno más grande que Juan el Bautista.

En los iconos del bautismo de Jesús en el Jordán, san Juan Bautista se representa como un hombre de estatura alta, con un pie sobre el Jordán y el otro detrás. Se quiere expresar así que está entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Los grandes personajes del Antiguo Testamento se distinguen por el don de profecía. Su misión es señalar hacia dónde va la historia de Israel, y recordar que todo lo que ocurre adquiere sentido de cara a la venida del Mesías.

San Juan es el último profeta y ya no señala al Mesías con signos, sino directamente, en persona: «He aquí el cordero de Dios» (Jn 1, 36) Su predicación es la última antes de las palabras de Jesús. Por tanto, la historia del pueblo elegido empieza y acaba con dos grandes personajes: Abrahán y Juan Bautista. Abrahán es “padre de todos los creyentes” (Ga 3,6; Rm 4). La salvación empieza con la fe y la esperanza. La fe está destinada a crecer y a convertirse en visión, y Juan ve al Mesías.

Continuamente se repite una historia parecida, simbólicamente, en nuestra vida. Cuando creemos en Dios y le damos plena confianza, llega el momento en que vemos y experimentamos que hemos hecho bien, que Dios está con nosotros.

Sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.

Este texto bíblico no es fácil de comprender de hecho, ha sido interpretado de distintas formas. La exégesis moderna ofrece incluso una explicación que lleva a cambiar la traducción. En lugar de decir «el más pequeño» tendría que decirse «el más joven». En tal caso, Jesús estaría hablando de sí mismo y, entonces, el significado del texto es sencillo: «Juan Bautista es el más grande de los profetas pero yo, que soy más joven, soy el mayor, conmigo el reino de los cielos ya ha venido».

La interpretación del pasado era distinta. Se comparaban los dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo, y su valor. Los hebreos recibieron de Dios la Ley y los profetas, y fue un gran don de la gracia de Dios. Pero un don aún más grande es recibir a un hombre en la Iglesia: el bautismo le hace hijo de Dios y, en la eucaristía, se une con Cristo mismo.

Esta interpretación nos ayuda a darnos cuenta del privilegio que tenemos y de los medios de salvación que se nos ofrecen como miembros de la Iglesia.

Desde los días de Juan Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia y los violentos se adueñan de él.

También este versículo ha sido explicado de dos maneras por los autores espirituales. La primera explicación es sencilla, viene dictada por la experiencia. Desde los comienzos hasta hoy, la Iglesia siempre ha estado más o menos perseguida. Tenemos que tenerlo en cuenta, esta es su historia. Nosotros mismos somos la Iglesia, y por eso también en nuestra vida personal toda decisión por el bien encontrará una resistencia. San Ignacio de Loyola decía que es precisamente la adversidad la que asegura al cristiano el haber hecho la elección adecuada.

En la literatura monástica se atribuía otro significado a este versículo del evangelio. El reino de Dios, la Iglesia, los dones del Espíritu Santo y: están aquí, entre nosotros, a nuestra disposición. Sin embargo, nos cuesta convertirnos y seguir verdaderamente a Cristo. El hombre debe obligarse, hacerse violencia. Son los “violentos” en el sentido positivo del término los que se apoderarán del reino de Dios. Es la misma conclusión de La imitación de Cristo: «Progresarás en la medida en la que te hagas violencia».

Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Mt 11, 11-15,."En verdad os digo: entre los hijos de los hombres no ha habido otro mayor que Juan Bautista".


Una de las grandes figuras del Adviento, es Juan Bautista, el que prepar_ la venida del Mesías. Durante varios días todos los evangelios nos hablarán de este precursor.

-Jesús declaraba a las multitudes.. "En verdad os digo: entre los hijos de los hombres no ha habido otro mayor que Juan Bautista".

La fórmula es solemne en boca de Jesús: "Sí, en verdad os digo." La fórmula bíblica es aún más contundente: "entre los nacidos de mujer." No se habla pues de un elogio restringido, como si la comparación sólo se refiriera a los contemporáneos de Juan. Jesús lo eleva por encima de todos los hombres, a través de toda la historia.

-Y sin embargo el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él.

¡He aquí algo casi inverosímil! El menor de los cristianos, el menor de los bautizados es "mayor" que Juan.

Comienza un nuevo tiempo. Una nueva era para la humanidad.

La venida de Jesús divide la humanidad en dos: antes... y después...

Uno no se atrevería a decir semejantes cosas, Señor, si no las hubieras dicho antes Tú mismo. ¡Qué dignidad la nuestra! Juan Bautista ha sido el hombre "bisagra" que ha hecho dar el gran giro a la humanidad: ha mostrado a Jesús y ha desaparecido ante El. Le ha dado todos los discípulos que primero fueron suyos. Fue el mayor del "Antiguo Testamento"; pero, el más pequeño del "Nuevo Testamento" es mayor que él.

¿Puede decirse esto de "mí"? ¡Cómo debería yo respetar mi dignidad de bautizado, lleno de la gracia de Dios! Esto vale para todos los bautizados. ¿Qué conclusión debería yo sacar?

-Desde el tiempo de Juan Bautista hasta el presente, el reino de los cielos se alcanza con violencia, y son los violentos, los que se esfuerzan por conquistarlo.

Misteriosa palabra que prueba, por lo menos una cosa: que el Reino de Dios no se instaura fácilmente. Resistencias muy fuertes se oponen a que Dios reine verdaderamente.

¿Se trata solamente de Satán que quiere detener el trabajo mesiánico de Cristo? -El relato de la tentación sería una prueba-. ¿Se trata también de los Zelotes, quienes, en tiempo de Jesús, querían imponer el Reino de Dios por las armas y por la violencia? Siendo así que Jesús se presenta como el mesías de los pobres, que rehúsa valerse de la fuerza.

De todos modos, lo cierto es que las potencias del mal están activas hasta el final de los tiempos. Y que Juan Bautista ha invitado a sus discípulos al combate, dándoles ejemplo de una vida dura y asceta. No se construye el Reino en la facilidad, la molicie, o el dejar-hacer.

Señor, despiértanos de nuestras indolencias.

El tiempo de Adviento es un tiempo de vigilancia y de esfuerzo.

¿Qué evoca en mí la palabra "ascesis"? ¿Sobre qué punto de mi vida el Señor me pide que me haga violencia? Antes de buscarla, en prácticas excepcionales ¿no debo primero descubrir la "ascesis" que está ahí, presente en mi vida, y que tan a menudo rehúso? El combate para "amar mejor".

El combate para "rezar mejor". El combate para "servir mejor y comprometerme más".

Elevación Espiritual para este día

No temas, hijo, quédate a mi lado
Señor, hazme escuchar hoy, con devoción, palabras de tu boca.
Enciende en mi alma intensa luz de fe y da fuerza a mi esperanza.
Agarra mi mano y condúceme por la senda ardiente de la verdad.
Cambia mi corazón y hazme sensible a tu ternura y a la ternura de todos los hijos de tu amor.
No permitas que mis pensamientos vaguen lejos de ti y demasiado cerca de mí mismo y de mis intereses.
Carga mis ojos con ansias de ver reinando en el mundo la justicia y la paz, el trabajo y la honradez, la verdad y el amor.
Hunde mi interioridad en el misterio de tu vida en mí, y haz que salga de ella con manos colmadas de generosidad para con los demás.
Teje en torno a mí una trama hermosa de caridad, solicitud, oración, hospitalidad, amistad, esperanza.

Reflexión Espiritual para el día.

La felicidad se basa en lo verdad (...). Es imposible fabricar lo verdad o someterla a los propios caprichos; se nos da y hay que inclinarse ante ella. El hambre no puede conquistarla; frente a la verdad es sólo un mendigo que debe servirla.

Aunque María ha acogido el anuncio y ha pronunciado su sí, no ha hecho más que entrar en una verdad que se le comunicaba. No fue ella quien la descubre, ni se ha adueñado de lo verdad. María entra en algo que le acontece. Con temor y confianza. No habla, escucha. Es toda oídos. Aunque tenga labios y lengua. Dios y el niño que va a llegar determinan totalmente su existencia. La vida es para ella espera y esperanza y ninguna actitud es tan respetuosa del tiempo como esta actitud de adviento, todo espera. En toda la narración de la anunciación se presta muy poca atención al corazón de María, a su yo, a su psicología. Aprendemos mucho más de que acontece en Dios que en María. Este amor a la verdad hunde sus raíces en una profunda humildad de creatura (“Aquí está la esclava del Señor”). María tiene fe. Por eso da crédito ilimitado a lo que viene de Dios: “Hágase en mí según tu palabra”.

El único camino hacia lo felicidad consiste en ser hombre, mujer de adviento: uno que escucha más que habla, sobre todo uno que es consciente de que «nada es imposible para Dios». Si Dios nos da poco, significa que hemos esperado poco: y de hecho, es imposible alimentar a alguien que no tenga hambre.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y el Magisterio de la Santa Iglesia:«No temas, Yo estoy contigo, gusanillo de Jacob»

Con toda naturalidad y elegancia estilística, el Isaías del destierro presenta lo anodino, lo que no es pueblo, un grupo de exilados en tierra extranjera, como el foco de irradiación salvífica, de mediación universal en medio de las grandes potencias humanas.

Cuando más tarde se escriba la historia sacerdotal, su autor se cuidará muy bien de no incluir a Israel entre los setenta simbólicos pueblos de la tierra (Gén l0, 1-32).

Es que nunca el Israel histórico debería haber olvidado que era abierto, ecuménico, católico. Que era pueblo por y con vocación divina y no por generación humano-política. Sus descuidos en esta fe fueron la causa de sus desventuras nacionales. Para recordárselo Yavé les ha aniquilado humanamente. Ahí están esclavos en Babilonia sin patria ni templo, sin autonomía política ni religiosa.

Desde su nada internacional deberán “creer”, saberse instrumentos humanos del verdadero artífice de la historia, del único Dios de los pueblos, de Yavé. En Él y sólo en Él volverán a encontrar la razón de su ser y existir, su verdadero «sitz im Lebem», con la fuerza del «no temas, Yo estoy contigo»: ser signo visible de la acción liberadora y redentora de Dios. Y esto mediante esa intimidad de dialogo, constitutivo de la verdadera personalidad a todos los niveles, «Yo te elegí... Yo te así... Yo te llamé».

Yavé sigue buscando el lenguaje más humano y expresivo para hacérselo comprender. Además del histórico, el literario. Quiere que entiendan el vuelco que va a dar la historia en manos de su Dios y el verdadero puesto que les corresponde en medio de todos los pueblos. Que recuerden esa constante del actuar divino a lo largo de su vida como pueblo de su propiedad, desde Abrahán hasta el momento presente. Yavé siempre escogió lo instrumentos de liberación más marginados para hacer, de ellos auténticos héroes nacionales.

Por eso les susurra ahora con ternura inigualable “no temas, gusanillo de Jacob, coquito de Israel” Eso es Israel y así debe reconocerlo. Su fuerza no está en ellos sino en Dios, en Yavé, que acepta desde este momento ser su «goel», su redentor.

Esto sí que lo entendía el pueblo. El goelato era una de las instituciones familiares más sagradas. Nacida como exigencia de la vida nómada era garantía de unidad familiar, evitaba la evasión de los capitales o propiedades aseguraba la libertad o venganza de sus miembros de acuerdo con la ley del talión. Goel era siempre el pariente más cercano, que debía dar descendencia a la viuda, comprar sus propiedades o renunciar a su derecho en favor del siguiente familiar o goel, vengar la sangre derramada de cualquier miembro del clan o tribu y rescatar al precio que sea un familiar esclavo. El goel era el auténtico liberador y salvador dentro del grupo.

Por vez primera se apropia Yavé esta denominación de Goel o Redentor, que llegará a convertirse en nombre propio de Jesús, nuestro Redentor. El Éxodo fue el primer acto de goelato por parte de Dios. La cruz será inicialmente el último con proyección escatológica.+

Enviado el Jueves, 14 diciembre a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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