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Lecturas del día 13-12-2017

LITURGIA DE LA PALABRA.

Is 40,25-31: Dios da fuerza al cansado
Salmo responsorial 102: Bendice, alma mía, al Señor
Mt 11,28-30: Vengan a mí todos los que están los que están cansados

La Palabra de Dios hoy nos invita directamente al seguimiento de Jesús, a cargar con él su yugo para que resulte más liviano. Parece una paradoja que Jesús invite a los que están cansados a seguir cargando otros yugos, pero esto se puede comprender reconociendo que las cargas impuestas al pueblo por las clases poderosas eran prácticamente insoportables, sometían a las personas bajo el peso de las leyes, quitándoles su libertad y su dignidad.

Jesús llama a los que están cansados, a los afligidos, que han sido oprimidos por el peso de las estructuras sociales, económicas, políticas y religiosas del Imperio Romano y de la monarquía de turno; los está invitando a construir un proyecto en el que ser generoso, humano, solidario, acogedor, no represente una gran carga, sino una posibilidad de liberación.

Hoy nuestros pueblos están oprimidos bajo estructuras de muerte e injusticia que los poderosos han montado sobre la sangre y el hambre de muchos inocentes. La guerra, el desempleo, los altos costos de la vida, el endeudamiento, siguen siendo pesadas cargas que se oponen al proyecto de Dios, que atentan contra la justicia y la igualdad.

PRIMERA LECTURA.
Isaías 40,25-31
El Señor todopoderoso da fuerza al cansado

"¿A quién podéis compararme, que me asemeje?", dice el Santo. Alzad los ojos a lo alto y mirad: ¿Quién creó aquello? El que cuenta y despliega su ejército y a cada uno lo llama por su nombre; tan grande es su poder, tan robusta su fuerza, que no falta ninguno.

¿Por qué andas hablando, Jacob, y diciendo, Israel: "Mi suerte está oculta al Señor, mi Dios ignora mi causa"? ¿Acaso no lo sabes, es que no lo has oído? El Señor es un Dios eterno y creó los confines del orbe. No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia. Él da fuerza al cansado, acrecienta el vigor del inválido; se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 102
R/.Bendice, alma mía, al Señor.

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. R.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura. R.

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestro pecados ni nos paga según nuestras culpas. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Mateo 11,28-30
Venid a mí todos los que estáis cansados

En aquel tiempo, exclamó Jesús: "Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera."

Palabra del Señor.


Reflexión Primera de la Primera Lectura: Isaías 40, 25-30.Dios da fuerza al cansado

Una población sin coraje: eso parece muchas veces Israel en su destierro. No deja de repetir que ya no hay futuro ni salvación posible. Discute, lo pone todo en tela de juicio, acusa a Dios de haberle olvidado...

Entonces se alza el profeta, pues no puede tolerar semejantes reproches. El sentimiento de la fidelidad divina tiene que seguir siendo la piedra angular de la fe de Israel. Así pues, el profeta invita al pueblo a poner la vista más allá: Dios es el único, el incomparable, el santo. No tiene que rendir cuentas a nadie y prosigue, incansable, su obra de salvación. Él es el dueño del mundo. Entonces, ¿por qué adorar astros y consultar horóscopos, como hacen los babilonios?

-Quien ha hecho lo más, porque lo ha hecho todo, con mucha mayor razón hará lo más sencillo, aunque para los desterrados fuera lo más increíble; dar nuevo vigor y fuerza a sus pies cansados y alas de águila a sus brazos caídos, para que caminen y vuelvan sin fatiga ni cansancio hasta la tierra prometida, la tierra que Yahvé diera a sus padres en herencia. El único requisito es la fe, la confianza en Yahvé: que es el reconocimiento del propio desamparo y la aceptación del poder salvador de Dios. Israel no tiene razón alguna para desesperar. Ni siquiera para pensar que Dios se ha olvidado de ellos.

Su poder no se agotó en la creación.

-"¿Por qué andas hablando...?"

¿No tengo yo también la impresión de que Dios no se ocupa de mí, ni del mundo, que se desentiende de muchas cosas?

-Este gran Dios -dice el profeta- es un Dios sorprendente. Se preocupa tanto más por los seres cuanto más pequeños y débiles son.

El Dios grande y trascendente, creador de los astros y del cosmos, es también el Dios cercano, que comunica su fuerza a los que se abren a El... a "los que ponen en El su confianza".

Oh Señor, cumple tu promesa, dame "nuevas fuerzas". Devuelve cada mañana, a los hombres, a los más pobres, la ilusión y el vigor de existir, de emprender y de empezar de nuevo, de vencer siempre la desesperación.

-«¿Con quién me compararéis? ¿Quién podría igualarme?», dice el Dios santo.

Los exilados podían dejarse impresionar por el despliegue de lujo deslumbrante del culto a los dioses de Babilonia.

El profeta les recuerda que Yavé no es inferior a Marduk.

HOY, el «poder del hombre» y sus realizaciones grandiosas podría deslumbramos o hacernos perder la cabeza.

-Alzad a lo alto los ojos y ved: ¿Quién ha creado todo esto? El que despliega el ejército celeste y llama cada estrella por su nombre.

Si somos capaces de admirar el poder y la inteligencia del hombre, ¿por qué seríamos ciegos ante la obra de Dios?

Si se ha empleado tanta inteligencia y trabajo para enviar cosmonautas a la luna y naves espaciales tripuladas, ¿por qué no seríamos capaces de admirar la grandiosidad del cosmos con sus galaxias y billones de estrellas?

-Dios, desde siempre, es creador de los confines de la tierra... Su inteligencia es insondable.

Las leyendas de Marduk celebraban con entusiasmo el triunfo del dios sobre el caos, sobre las fuerzas del mal.

Me detengo a contemplar la «inteligencia» de Dios. En este momento billones de astros se están moviendo y girando en sus órbitas respectivas. La tierra gira en este momento y siempre. El sol se levanta en algún lugar, y suscita la vida. Y todo eso, ¿ya no nos maravillaría?

-¿Por qué afirmas tú, Israel: «Mi camino está oculto para mi Dios; al Señor se le pasa mi derecho?».

Desarrollando la «grandeza» de Dios, el profeta corre el riesgo de cortar los puentes entre Dios y su pueblo. Ante un Dios tan grande, los hombres aparecen entonces como hormigas. ¿De qué modo pues, sus pequeñas o grandes preocupaciones podrían interesar a un Dios tan grande y tan lejano? Isaías recoge ante todo esa pregunta, pregunta de todos los tiempos.

¿No la he formulado yo también alguna vez? ¿No tengo a menudo la impresión de que Dios no se ocupa de mí, ni del mundo; que se desentiende de muchas cosas?

-¿Es que no lo sabes? Dios da vigor al cansado y al que no tiene fuerzas, le acrecienta la energía.

Este gran Dios, dice el profeta, tiene un hacer sorprendente: ¡tanto más se interesa por los seres, cuanto más pequeños y débiles son!

Revelación de la paternidad de Dios, de la maternidad de Dios. ¿No sucede también así en una familia que el amor la lleva a cuidar más del «más débil»?

-Los jóvenes se cansan, se fatigan... Los atletas vacilan abatidos... Mientras que los que ponen su esperanza en el Señor, El les renueva el vigor y corren ya, sin cansarse.

El Dios grande y trascendente, creador de los astros y del cosmos, es también el Dios-cercano, que comunica su fuerza a los que se abren a El... a "los que ponen en El su confianza".

A los exilados, llenos de lasitud, Isaías les revela una fuente de vigor. ¡Oh, Señor, cumple tu promesa, dame «nuevas fuerzas»! Devuelve, cada mañana, a la humanidad, a los más pobres, la ilusión y el vigor de existir; de emprender y de empezar de nuevo; así como la posibilidad de vencer siempre la desesperación.

Reflexión Salmo 102: Bendice, alma mía, al Señor

Este salmo es un himno de alabanza. Se alaba al Señor con todas las fuerzas y se le da gracias por todos los beneficios que ha concedido a una persona (1b-2) y a todo el pueblo (7-19). El salmista bendice a Dios e invita a todas las realidades creadas a que hagan lo mismo.

Existen diferentes propuestas, pero nos limitamos a presentar sólo una de ellas. Este salmo comienza y termina (20-22) invitando a bendecir, Al principio y al final del salmo se encuentra la misma expresión: “Bendice alma mía, al Señor” Además de estas dos invitaciones al principio y al final, se pueden distinguir dos partes: 3-6 y 7-19.

El salmista se dirige a sí mismo, esto es, a su propia alma, la primera de las invitaciones: se anima a sí mismo a bendecir al Señor con todas sus fuerzas y sin olvidar ninguno de sus beneficios. ¿De qué beneficios se trata?, Se enumeran en la primera parte (3-6) y se refieren a acciones de Dios, a sus gestos de liberación: perdona sus culpas, cura sus enfermedades (3), arranca su vida de las garras de la muerte, coronándola de amor y de compasión (4), sacia de bienes los años que vive el salmista (5), hace justicia y defiende a los oprimidos (6). Tenemos, en total, siete acciones liberadoras que tienen como sujeto al Señor. El centro de estas acciones consiste en coronar la vida del salmista de amor y de compasión (4b).

Dejando a un lado el enfoque personal, el salmista pasa ahora a contemplar, sin olvidarse de nada, todos los beneficios que el Señor ha llevado a cabo en la historia del pueblo. Estamos en la segunda parte. Hemos pasado, por tanto, de la dimensión personal al ámbito colectivo y social. La síntesis de la segunda parte podría sonar así: a lo largo de la historia del pueblo, Dios se ha mostrado lleno de «amor y misericordia» (el eje de las siete acciones anteriores). El término «amor» aparece en tres ocasiones y este amor es para «cuantos lo temen» (expresión que también aparece tres veces, (11b.17a). ¿Cómo se manifiestan el amor y la compasión del Señor en el camino del pueblo? El salmo lo desarrolla con detenimiento: revelando sus caminos (7), con su lentitud para la cólera y su riqueza en amor (8), sin acusar perpetuamente ni guardar rencor por siempre (9), no tratando al pueblo conforme a sus errores (10), manifestando su amor (11), alejando las transgresiones (12) y mostrándose un padre compasivo (13). La razón de todo ello es la siguiente: él ha sido quien nos ha creado y sabe que somos frágiles (14).

El tema de la fragilidad humana (que ya se ha tratado en el salmo anterior) aparece de manera destacada. La vida de la gente se compara con la hierba del campo: hermosa, pero frágil y pasajera (15-16). Todo lo contrario, el amor del Señor, sin principio ni fin para cuantos lo temen y cumplen sus mandamientos (17-18).

La exhortación final (20-22) es de amplias dimensiones y de ámbito cósmico. Incluye cuatro invitaciones. Todas las criaturas están invitadas a bendecir al Señor, su amor y su compasión: los ángeles, que obedecen sus órdenes (20), los astros, que cumplen su voluntad (21), todas las cosas creadas y el mismo salmista (22b) .

Este salmo es una alabanza por la superación de un conflicto. La alabanza se prolonga con la contemplación de la historia del pueblo de Dios, al que el Señor ha revelado su amor y su compasión, y se abre al infinito. De hecho, partiendo de la alabanza personal se llega a la alabanza cósmica (20-22).

¿Qué es lo que habría provocado esta alabanza? Existen diversas posibilidades. El salmista siente que sus pecados son perdonados (3a) y, más adelante, contempla el perdón del Señor para cuantos lo temen (10.12). Puede que se haya curado de una enfermedad y, después, hace una sutil mención de las debilidades y enfermedades del pueblo (14-16). Tal vez haya estado en peligro de muerte (4a); una vez curado, siente que el amor y la compasión del Señor representan la cima de su vida (4b). Una vez recuperado de su enfermedad, vive rebosante de salud y colmado de bienes (5). El versículo 5, puede dar la impresión de que este salmo fue compuesto por un «viejo enjuto», lleno de fuerza juvenil (el águila es símbolo de fuerza y de vitalidad). Tal vez haya padecido la injusticia y la opresión. Ha clamado al Señor y él lo ha escuchado, haciéndole justicia (6).

En la invitación inicial (2), el salmista le pide a su alma que no olvide ninguno de los beneficios del Señor. Tal vez este individuo haya recibido de Dios todas estas cosas. De ahí la gran magnitud y la dimensión universal de esta invitación a la alabanza.

Las siete acciones del Señor que se mencionan en la primera parte (3-6), con su eje central (el «amor» y la «compasión»), nos ofrecen un magnífico retrato del Señor: se trata de un Dios que perdona, cura, rescata de la fosa, llena la vida de amor y de compasión, sacia, hace justicia y defiende a todos los oprimidos. Una vez más, se trata del Dios aliado y fiel. Es más, aunque las personas (o el pueblo) no le guarden fidelidad y pequen, él permanece fiel y perdona. Este salmo muestra, por tanto, la fidelidad radical del Señor para con su aliado, el pueblo.

La segunda parte (7-19) insiste en que el Señor es compasivo (8a) y está lleno de amor (8b). Y muestra en qué se traduce todo esto, por ejemplo, durante el camino de Israel. Es un Dios que construye la historia junto a su pueblo (7), perdonando y mostrándose compasivo. Es muy interesante la imagen del padre: «Como un padre es compasivo con sus hijos, el Señor es compasivo con los que lo temen» (13). La compasión es la cualidad más preciada de un padre. También es la característica principal de Dios. El es el aliado compasivo que camina junto a su pueblo, perdonándolo, pues él es su creador. ¿Y quién, mejor que él, para conocer cómo estamos hechos o para acordarse de que no somos más que polvo? (14).

De Jesús se dice que «amó hasta el fin», es decir, hasta las últimas consecuencias (Jn 13,1.). La compasión es su principal característica ante el sufrimiento o el clamor de la gente (Mt 9,36; 14,14; 15,32; 20,34; Mc 6,34; 8,2; Le 7,13), Jesús también perdonó los pecados, curó a enfermos, resucitó a muertos, sació a hambrientos, hizo justicia y defendió a todos los oprimidos.

Además, reveló a todo el mundo que la mayor e insuperable de las características de Dios es su paternidad. Nos enseñó a llamarlo Abba, «Papá». Las parábolas de la misericordia (Lc 15) ilustran perfectamente quién es el Dios de Jesucristo y Padre de toda la humanidad.

Jesús bendijo al Padre (Mt 11,25) y mostró cómo también es compasivo y misericordioso con los malvados e injustos (Mt 5,43-48).

Por tratarse de un himno de alabanza, este salmo se presta para los momentos en que deseamos, con todas nuestras fuerzas, bendecir a Dios, sin olvidar ninguno de sus beneficios en nuestro favor y en favor de toda la humanidad (el perdón, las curaciones, la salud recobrada, la victoria sobre la justicia, etc.); podemos rezarlo cuando, con el deseo de abrazar a todo el universo, queremos alabar a Dios en sintonía con todo la creación; cuando nos sentimos hijos de Dios Padre, lleno de amor y compasión; cuando queremos confiarle nuestra frágil vida y nuestra existencia pasajera...

Reflexión Primera del Santo Evangelio: Mt 11,28-30: Vengan a mí todos los que están los que están cansados

En el pasaje precedente, estrechamente vinculado con nuestro texto evangélico (Mt 11,25-27), Jesús aclara que el verdadero conocimiento de Dios como Padre es posible porque el Hijo es quien introduce en esta familiaridad a sus propios discípulos. Pero éstos, para acoger de verdad esta paternidad divina y la amistad del Hijo, deben hacerse “pequeños”.

Y Jesús nos indica quién es el verdaderamente “pequeño”: sólo el que crea que el estilo de Jesús, «sencillo y humilde de corazón», es el único camino para introducirnos en los secretos de Dios, y que para aprender este estilo se acerque a él iniciando un camino de seguimiento (Venite a me...»). Como la Sabiduría en el Antiguo Testamento (cf. Eclo 5 1,26-27; 6,24ss) invita a su escuela prometiendo «descanso», es decir, esa plenitud capaz de sosegar el corazón inquieto de la humanidad, así Jesús, capaz de sosegar el corazón inquieto de la humanidad, invita a su apasionante escuela en la que descubrimos que somos hijos de Dios.

Por consiguiente, es necesario entrar en su escuela, acercándonos a él que habla del Padre a los propios amigos y descubrir que la familiaridad con Jesús es una escuela exigente y continua, pero también capaz de sanar, de dar paz al corazón. Ciertamente Jesús no exime al discípulo del compromiso pleno y perseverante en la observación de la ley de Dios, como aparece cuando nos habla de «yugo» y de «carga. Pero promete que será un peso proporcionado, adecuado, a quien lo debe llevar y que a la postre se manifestará como una experiencia de libertad.

Siento la necesidad de repetir a mi corazón la verdad de mi filiación porque me queda la sospecha del amor de Dios. Es la sospecha que la serpiente envidiosa de nuestra dignidad sembró en nuestros corazones humanos desde el comienzo. Se trata de una sospecha que se alimenta continuamente al presentarme un rostro de Dios enemigo de nuestra libertad, celoso de nuestra felicidad, juez duro y severo, incapaz de comprender nuestra flaqueza.

Escuchando la invitación de Jesús de ir a él, se me exhorta a volver al gran amor con que Dios me ha amado para poder considerarme tal y como soy en realidad, es decir, su amigo e hijo del Padre. Para comprender mi filiación y la paternidad de Dios en mis relaciones, debo acercarme al corazón de Jesús. Así podré escuchar esas palabras suyas que desbordan la plenitud de su corazón (cf. Mt 12,34). De lo contrario, mi religiosidad será mercenaria, un cansancio ímprobo y estéril de prácticas y observancias incapaces de pacificar mi corazón.

En la contemplación y escucha de Jesús “sencillo y humilde de corazón” es donde me libero del peso de una religión tejida únicamente de méritos, obras, deberes, porque en Jesús se manifiesta el rostro amable de Dios, capaz de saciar mis más profundos deseos. La fe se convierte entonces en experiencia de ser revestido de la fuerza de lo alto, de un correr sin fatigarse, porque soy como aupado sobre las alas de un águila al encuentro de un amor preexistente y, precediéndome, me enseña a desear tu promesa.

Reflexión Segunda del Santo Evangelio Mt 11, 25-30.La revelación del Padre.

Meteoro procedente del cielo joánico. Así ha sido llamada esta sección de Mateo. Y no faltan razones muy serias que justifican el que se la haya bautizado así. En ella es descrito el misterio de la filiación de Jesús, Hijo de Dios, de su relación con el Padre, con la terminología y profundidad que son peculiares del cuarto evangelio. Incluso se ha dicho que esta perícopa, originariamente, no perteneció al evangelio de Mateo sino al de Juan. Estas afirmaciones solo en parte son aceptables.

La revelación de la paternidad divina, de que Dios es Padre, sobre todo de Jesús y, a través de él, de los creyentes, constituye el centro de gravedad más acusado de la predicación de Jesús (ver el comentario a 6, 7-15). En la paternidad divina se halla resumido cuanto puede decirse de la relación de Dios con los hombres En la filiación divina se halla resumido cuanto puede decirse de la relación del hombre con Dios, Es el mejor resumen del evangelio. Desde este punto de vista no era necesario que Mateo recurriese a Juan. Ambas tradiciones —la sinóptica y la joánica— dependen, en este punto de la tradición y predicación más original.

La perícopa se halla, estructurada en tres partes: a) acción de gracias al Padre por la revelación recibida; b) contenido de dicha revelación; c) invitación y llamada. Un esquema que no es nuevo. Se halla calcado en el mismo en que nos es presentada la Sabiduría (Eclo 51) La primera parte del esquema la acción de gracias tiene como punto de referencia el rechazo que los escribas y fariseos habían hecho de la palabra de Jesús. Eran los doctos de la época, particularmente los escribas, los profesionales de la Ley El misterio del Reino no es accesible a esta clase de sabiduría humana. La acción de gracias significa en este caso concreto la aceptación del plan o designio de Dios. Y este plan no puede ser aceptado más que por aquéllos que se presentan ante Dios conscientes de su vaciedad y pequeñez, con la pobreza sustantiva que caracteriza al ser humano, con la actitud de humilde y «desesperada» búsqueda de algo o alguien que sea capaz de llenar la propia vida. Características que, por lo demás, pueden darse en la gente docta, en los doctores de la Ley, como lo demuestra el caso de Nicodemo (Jn, 3, 1ss). Dios no admite que el hombre entre en petulante competencia con él. La autosuficiencia será el obstáculo, mayor para que el misterio de Dios se abra a ellos. El plan de Dios puede ser aceptado o rechazado por el hombre, pero no puede ser discutido.

La segunda parte del esquema habla de Jesús como el único revelador del Padre. Y lo hace utilizando las categorías de «conocimiento» y «revelación». La revelación de Dios, incluso en el grado del misticismo, era descrita en las religiones de la época —particularmente en aquéllas que habían sido influenciadas por la corriente de la gnosis— con estas categorías. Se hablaba de un conocimiento superior de Dios que, mediante determinados ritos, introducía al hombre en el mundo de lo divino. En el judaísmo se hablaba también de este conocimiento de Dios. Pero se afirmaba que Dios únicamente podía ser conocido por aquéllos que él había elegido. En definitiva, era el pueblo elegido el único conocedor de Dios. Dios le había entregado su propia revelación.

Jesús se presenta a sí mismo como el revelador del Padre, la plenitud de la revelación. Y esto es posible y se justifica desde su peculiar relación con el Padre, por su vida de intimidad con él desde toda la eternidad. El evangelio de Juan lo dice con mayor claridad: “Hablamos de lo que sabemos, y de lo que hemos visto damos testimonio”, «lo que ha visto y oído (el que viene de arriba) eso testifica», «el que Dios ha enviado habla las palabras de Dios», «el Padre ama al Hijo y ha puesto en sus manos todas las cosas» (Jn 3, 11. 3Oss).

La invitación-llamada está contenida en la tercera parte del esquema apuntado más arriba. La imagen del “yugo” perteneció, en primer lugar, a la relación «esclavo-señor».

Después se aplicó a la relación «discípulo-maestro» Las alianzas humanas, y también la divina, se expresaban con las categorías de sumisión y obediencia. Cada maestro tenía un «yugo» que imponer a sus discípulos. Pero el yugo de Cristo es más suave que el que imponen otros maestros. El texto hace referencia, en primer lugar, al yugo de la ley de Moisés, particularmente duro en su aplicación por los escribas. Este yugo se imponía a todo judío piadoso. San Pedro lo calificará de «yugo insoportable» (He 12, 10) y Jesús lanza duras invectivas contra los escribas por haber impuesto un fardo tan pesado a los hombres (23, 4).

Mateo ha hablado ya ampliamente de las tremendas exigencias de Jesús. ¿Cómo puede afirmarse que su yugo es suave y su carga ligera? Jesús inculca al hombre el espíritu de la Ley, liberándolo de la esclavitud de la misma; manda que pidamos al Padre y nos da la garantía de ser escuchados por él; promete el Espíritu que viene en ayuda de nuestra flaqueza. Finalmente él mismo se presenta como manso y humilde de corazón. Su yugo nada tiene que ver con la opresión, precisamente porque él viene al hombre con humildad (21, 5), por el camino de la suprema humillación para hacerse uno de nosotros (Fil 2, 5ss) revolucionando las estructuras, sobre todo, de la autoridad.

Reflexión Tercera del Santo Evangelio Mt 11, 28-30, Venid a mí todos los que estáis cansados.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré. Hoy no hay reyes que funden imperios. Sin embargo, tenemos jefes de partidos políticos. Su éxito depende del consenso que obtienen. Por eso intentan proponer un programa que guste, haciendo muchas promesas; a menudo buscan el apoyo de las masas y de quien no tiene nada que perder y por eso se deja atraer por cualquier promesa.

En el Antiguo Testamento, cuando David huye del Santo a las montañas, invita a los prófugos de su país a hacer lo mismo. A primera vista, la invitación de Cristo a quien está fatigado y oprimido se parece a esa invitación. En cambio hay una gran diferencia entre el Mesías y un jefe político. Este último tiene que apoyarse en los que le sostienen, de otro modo no sería nada. Jesús se dirige a los oprimidos para aliviarlos, para hacer su vida más soportable. Esto supone, sin embargo, la confianza, la fe en Él. En efecto, era la fe la que sanaba a los enfermos que le traían, y era la fe la que procuraba el perdón de los pecados a los que se convertían a Él. La misma fe, pues, hará más leve la vida de los cansados de hoy y en todo momento se dirigirán a Jesús.

Soy manso y humilde de corazón y encontraréis el alivio para vuestras almas. Los jefes políticos tratan de conquistar el consenso de los electores prometiendo grandes cambios. Un gran movimiento no se consigue con alguna gratificación y un poco de limosna.

Todo verdadero movimiento es revolucionario. La palabra latina revolutio significa poner del revés. En la historia de la humanidad han existido muchísimas revoluciones y algunas han producido cambios radicales en el orden mundial. Sin embargo, ningún cambio ha sido nunca definitivo. Por lo general, en una primera etapa el nuevo orden parece positivo pero, con el paso del tiempo, surgen los lados negativos y los abusos.

¿Puede decirse que el cristianismo sea un movimiento revolucionario? Este va dirigido a los pobres y a los perseguidos prometiéndoles consuelo, pero de un modo diferente a como lo hacen las revoluciones «del mundo». No dice que todo cambiará cuando cambie el orden externo. El cristianismo aspira a una revolución interior, a la conversión del corazón y del pensamiento.

El mundo cambiará cuándo lo veamos a través de unos ojos nuevos. Sabremos encontrar la paz en medio de la confusión y en las tempestades del mundo cuando se pacifiquen las olas del corazón, cuando este se haga manso, como el corazón de Jesús.

Mi yugo es dulce. Ahora el término «yugo» es puramente simbólico porque el yugo ya no se usa para arar. El término «yugo» se ha mantenido para indicar un deber impuesto, un deber que pesa. Pero no todos los deberes son igualmente pesados; de hecho, hablamos de trabajo pesado y de trabajo ligero. Se dice que un trabajo manual es pesado, porque es necesario emplear la fuerza de los músculos, Pero un trabajo no es pesado sólo porque sea físico; su peso depende de la actitud con la que se afronta.

Un cirujano se preparaba para volver a casa cuando acabó su turno de trabajo. Pero justamente cuando estaba para salir del hospital, oye el grito de una mujer. Su hijo había tenido un grave accidente, su moto había chocado contra un camión. En Urgencias la madre estaba junto a su hijo con el rostro desfigurado y los médicos le decían que ya no se podía hacer nada por él. Entonces el cirujano decidió volver a entrar en el quirófano, donde permaneció toda la noche. La operación salió bien. Hoy el rostro del muchacho tiene las marcas del accidente, pero hace una vida normal. «Nunca he trabajado con tanta satisfacción como aquella noche», recuerda ahora el cirujano. El amor aligera incluso un trabajo pesado; el amor de Dios aligera incluso los grandes pesos y nos ayuda a llevarlos con una sonrisa en los labios.

Reflexión Cuarta del Santo Evangelio Mt 11, 28-30, Venid a mí todos los que estáis cansados.

-
Venid a Mí todos los que andáis agobiados con trabajos y cargas...

Es una invitación.

En este tiempo de Adviento recibimos una invitación "¡Venid a mi!" ¿Acepto yo esta llamada? ¿Me dirijo hacia El? En las frases precedentes a este pasaje, en San Mateo, Jesús nos ha dicho que el Padre se revelaba prioritariamente a los "pequeñuelos" más que a los sabios y prudentes. "Los que andan agobiados con cargas" son los pobres, los humildes.

Me pregunto: ¿Acepto yo francamente esta predilección de Dios, que se repite por doquier? Y ¿qué pasa con esos "pequeñuelos"... y con esos "agobiados" ... en nuestras comunidades que se dicen cristianas? Y ¿en nuestros propios corazones? ¿Les testimoniamos la misma estima y la misma predilección que Dios les tiene?

-Que yo os aliviaré.

¡Señor, ayúdame a ver las "cargas" que pesan sobre los hombros de mis hermanos!

Señor, haznos lúcidos: que sepamos ver "lo que aplasta" a los demás, lo que aplasta a categorías enteras de hombres y de mujeres.

¿Qué carga, qué sobrecarga podría yo aliviar en el día de hoy? Este es el trabajo de Dios: "Yo os aliviaré." ¿Cómo participo yo en ello? ¿Cómo colaboro con Dios en el alivio, la promoción, la felicidad... de mis hermanos?

-Tomad mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.

La "misericordia" de Dios, sobre la que meditábamos ayer... ¡de ningún modo es insípida, sosa! Nos invita a comprometernos a nuestra vez en el ejercicio de esa bondad que es la de Dios. Hay que tomar el yugo de Dios, ponerse bajo su mismo yugo, para trabajar con El.

Evoco aquí la imagen de dos "bueyes atados al mismo yugo y tirando del mismo arado". Las dos gruesas cabezas, juntas una a la otra, que humilde y tenazmente tiran en la misma dirección.

"Tomad mi yugo, dice Dios."

-Manso y humilde.

Así se caracteriza Jesús. "Soy manso y humilde." Mi imaginación se entretiene en lo que esto significaba para Jesús: ¿qué actitudes, qué comportamientos, se seguían de ello?

-Sí, mi yugo es suave y mi carga ligera

En los tiempos de Jesús algunos yugos eran rasposos y mal escuadrados y por lo tanto lastimaban el cuello de los animales.

El yugo de Jesús es agradable, no lastima.

Cuando Jesús anuncia un yugo ligero, quiere introducir a los hombres en un nuevo tipo de religión. Una religión en la que no exista "el miedo". ¡Una religión "fácil de vivir"! ¿Quizá estas palabras me escandalizan? ¿No seré yo una de estas personas que todavía hoy atan cargas muy pesadas sobre los hombros de los demás? ¿Qué lugar le doy al amor, en mi religión? Cuando se ama, resultan fáciles multitud de cosas que serían difíciles o insoportables sin el amor.

1. En nuestra vida las dificultades nos vienen a veces de fuera. Y otras muchas veces, de dentro: el cansancio, la desilusión, la desorientación.

Las dos lecturas de hoy nos hablan de los que están cansados, y tanto el profeta como Jesús nos aseguran que Dios quiere ayudar a los desfallecidos comunicándoles su fuerza. Podría haber una duda: Dios es todopoderoso, eterno y creador de los confines del orbe.

¿A quién le podemos comparar? Por tanto, podríamos pensar que, perfecto en su omnipotencia, seguramente estará muy lejano. El pueblo de Israel tiene la tentación de pensar: «mi suerte está oculta al Señor, mi Dios ignora mi causa».

Pero el profeta nos dice lo contrario: Dios está cerca, nos conoce, no ignora nuestros problemas. Está siempre dispuesto a dar fuerza a los débiles y a los cansados. Incluso los jóvenes quedan a veces rendidos, y los guerreros tropiezan y caen: pero el que se fía de Dios renueva sus fuerzas, le nacen alas como de águila, y podrá correr sin cansarse, y marchar sin fatigarse.

Esta imagen la completa poéticamente el salmo: Dios se preocupa de los suyos, perdona, cura, rescata de la fosa, está lleno de gracia y ternura. En este salmo encontramos una de las mejores definiciones de Dios que se repite en el A.T.: «el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia».

2. Pero la cercanía de Dios ha quedado todavía más manifiesta en Cristo Jesús: una cercanía llena de misericordia y comprensión, como en el anuncio del profeta.

Las palabras de Jesús son un pregón de esperanza: «venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré». Es el aspecto principal de la figura de Jesús. Hace milagros, predica maravillosamente, anuncia el Reino: pero sobre todo atiende a los que sufren, a los desorientados, a los que buscan, a los pobres y débiles, a los pecadores y marginados de la sociedad. Tiene buen corazón. Quiere liberar a todos de sus males. Nunca pasa al lado de una persona que sufre sin atenderla. «Venid a mí, yo os aliviaré». Es lo suyo: libera de angustias y da confianza para vivir. Ofrece paz y serenidad a los que han sido zarandeados de cualquier manera por la vida. A él le tuvo que ayudar un día el Cireneo a llevar la cruz. Pero él había ayudado y sigue ayudando a otros muchos a cargar con la cruz que les ha tocado llevar.

3. a) Quién más quién menos, todos andamos un poco agobiados por la vida. Somos débiles y sentimos el cansancio de tantas cosas como llevamos entre manos. La enfermedad del «estrés» es la que más caracteriza al hombre moderno, juntamente con la soledad y la desorientación. Y además nos sentimos muchas veces bloqueados por el pesimismo, el materialismo, la búsqueda de la comodidad, la intransigencia, los rencores, las pasiones, la sensualidad.

El Adviento nos invita a no dudar nunca de Dios. Nos hace el anuncio cargado de confianza: Cristo Jesús vino y sigue viniendo a nuestra historia para curarnos y fortalecernos, para liberarnos de miedos y esclavitudes, de agobios y angustias. No nos sucederán milagros. Pero si de veras acudimos a él, siguiendo su invitación, encontraremos paz interior y serenidad, y fuerza para seguir caminando.

El Adviento es escuela de esperanza y espacio de paz interior. Porque Dios es un Dios que siempre viene, en Cristo Jesús, y está cerca de nosotros y conoce nuestra debilidad.

b) Esta imagen acogedora de Cristo debería ser también la que ofreciera a todos la Iglesia, su comunidad, o sea, cada uno de nosotros. Este tiempo de Adviento nos invita a que seamos personas que acogen, que al dolor o a la búsqueda de las personas no responden con legalismos y exigencias, sino con comprensión; personas que infunden paz y regalan ánimos a tantos y tantos que están desfallecidos por el camino; testigos y heraldos de esperanza, que es lo que más falta hace a este mundo.

En los tiempos actuales, tal vez más que nunca, existe vacío de Dios, poca unidad y armonía en la propia existencia, huida hacia las soluciones más inmediatas y fáciles, olvido de la Buena Noticia de que en Cristo Jesús tenemos la verdadera alegría y la respuesta de Dios a todas nuestras preguntas. Nosotros, los cristianos, deberíamos ser los instrumentos de los que Dios se sirve hoy para infundir más armonía y paz a las personas, recordando nosotros mismos y siendo luego pregoneros para los demás del gran acontecimiento que celebramos, la presencia de Dios en nuestra vida.

El Adviento no es sólo poesía. Es compromiso de colaboración con el Dios liberador que no quiere esclavitud ni ceguera ni sufrimiento en el mundo.

Elevación Espiritual para el día.

«¡Venid!» Jesús, invitando, sabe que el verdadero padecimiento tiende a encerrarse en soledad y a recomerse en muda desolación. En su invitación, Jesús no puede esperar que los infelices oprimidos por el peso de sus males vayan a él; los llama amorosamente. De hecho, diciendo: «Venid a mí» es él quien va a ellos.

¡Oh si aceptases su invitación! Supone que los desgraciados estén tan fatigados, desalentados, agotados, que olvidan hasta la existencia de un consuelo. Jesús lo sabe muy bien: no existe consuelo ni ayuda fuera de él. Por eso nos dirige su invitación: «¡Venid!»

No importa que estés exhausto de andar el camino, tan largo y tan vano, que has recorrido hasta ahora buscando ayuda. Aunque te parezca que no puedes ya más, ni siquiera sostenerte ya por un solo instante sin desmayar: da un pasito más y lograrás el descanso. «¡Venid!» Y si alguno se encontrase tan fastidiado que ni siquiera pueda moverse, bastaría un suspiro, pues si suspiras por Él, significa ya venir a Él.

Reflexión Espiritual para el día.

Guíame, luz benigna, en medio de las tinieblas: guíame hacia delante. La noche está oscura y estoy lejos de casa. Por favor, te ruego: guíame. Vela mi camino. No te pido que pueda ver un horizonte lejano, un solo paso me basta.

No siempre fue así, ni rogaba que me guiases. Me gustaba ele guiases por mí mismo y recorrer por mi cuenta la vida. Pero ahora, te ruego: guíame.

Me asustaba el sol radiante y, a pesar de los temores, me guiaba el orgullo. No recuerdes los días pasados.

Tu poder me ha bendecido ampliamente, y estoy seguro de que me seguirás guiando por páramos y cenagales, rocas y torrentes hasta que vuelva el día. Reaparecerán en la mañana los rostros de los ángeles, tan amado pero que aún no veo.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Santa Iglesia.Yavé está ajeno a nuestra vida.

A pesar del anuncio liberador de la perícopa precedente los exilados seguían escépticos y se limitaban a escuchar a sus profetas con una sonrisa irónica. Si Yavé fuera como les decían que era, se percataría de cuál era la situación de su pueblo, de las desproporcionadas injusticias que un pueblo pagano sin escrúpulos ni conciencia cometía contra ellos, el pueblo de Dios, del Dios tres veces santo.

Yavé les hace saber por su profeta que está perfectamente al corriente de todo. La dificultad está en cómo decírselo. Cómo hablarles para que ellos puedan comprender dialogalmente la postura divina.

Ante todo, presentándose con el nombre que desde Isaías ya le es propio, el «Santo», el separado de cuanto es debilidad terrena, el trascendente. Después de esto ya pueden alzar sus ojos y contemplar las estrellas, ese cúmulo de innumerables lucecitas pendientes del firmamento y venidas a la existencia sencillamente porque él las llamó por su nombre. No son divinidades. El culto astral babilónico era una religión en pañales, donde se confundía la obra con su hacedor. Tan sólo bastaba abrir los ojos y mirar.

«Yavé es Dios eterno, creador de los confines de la tierra».
Con esto estaba dicho todo. Lo admirable es que era esta la primera vez que se formulaban conjuntamente las atribuciones de «creador» y «Dios eterno». No en nuestro sentido actual de un Dios atemporal, sin principio ni fin, como pura simultaneidad opuesta a cualquier duración. No era éste el sentido del profeta. Sencillamente presentó a Yavé como superior, como quien está «por encima de» toda limitación en el tiempo y en el espacio. Por eso su acción creadora adquiere aquí un sentido de poder transformador del caos primitivo superior a cualquier acción humana o de los dioses.

Consecuencia de esta grandiosa concepción de Yavé, simultáneamente creador y eterno, única en todo el Antiguo Testamento y firme roca sobre la que puede apoyarse la fe de su pueblo, son los versículos siguientes. Quien ha hecho lo más, porque lo ha hecho todo, con mucha mayor razón hará lo más sencillo, aunque para los desterrados fuera lo más increíble: dar nuevo vigor y fuerza a sus pies cansados y alas de águila a sus brazos caídos para que caminen y vuelvan sin fatiga ni cansancio hasta la tierra prometida, la tierra que Yavé diera a sus padres en herencia.

El único requisito es la fe, la confianza en Yavé, que no es presunción vacía sino actitud humana de reconocimiento del propio desamparo frente a una profunda aceptación del poder salvífico y redentor de Yavé. Israel no tiene razón alguna para desesperar. Ni siquiera para pensar que Yavé se hubiera olvidado de ellos. Su poder no se agotó en la creación. Eterno como es, su acción perenne es fuente de fortaleza liberadora y salvífica para cuantos «confían» en Él.+

Enviado el Miércoles, 13 diciembre a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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