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Lecturas del día 10-12-2017

LITURGIA DE LA PALABRA.

Is 40,1-5.9-11: Aquí esta su Dios
Salmo responsorial 84:Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación
2 Pe 3,8-14: Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva
Mc 1,1-8: Detrás de mí viene uno con más autoridad

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

El deber de la esperanza
Llegan días —oráculo del Señor—, en que cumpliré la promesa que hice...» (Jer 33,14-16).
Hermanos, por Cristo Jesús os rogamos y exhortamos: habéis aprendido de nosotros cómo proceder para agradar a Dios... (1 Tes 3,12-4,2).
.Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación... (Lc 21,25-28.34-36).
En este primer domingo de adviento (que además, no lo olvidemos, es el primer día del calendario de la Iglesia), la existencia del cristiano se coloca bajo el signo de la espera. Espera de un doble evento, de una doble venida de Cristo:
—en la carne (navidad)
—en la gloria (juicio final).
Ambos acontecimientos se viven en una dimensión de esperanza. Me atrevería a decir de esperanza como deber.
La cosa puede aparecer obvia para la encarnación: la gruta de Belén, los ángeles, los pastores, el niño envuelto en pañales, vigilado por María y José.
Pero la esperanza es legítima y «obligatoria» también para el día en que veremos al «Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria».
Así pues, espera-esperanza, centradas en la misma persona: Cristo. Las dos manifestaciones —en la debilidad la primera, en el poder fulgurante la segunda— están a favor del hombre, para su salvación. Es el mismo Señor que se hace encontradizo con el hombre.
En la primera lectura, Jeremías que hasta ahora se ha visto obligado — haciendo acallar sus mismos sentimientos — a anunciar catástrofes y desventuras, desolación y muerte, habla de días en que Dios cumplirá la «promesa» y suscitará «a David un vástago legítimo, que hará justicia...» (Profecía del Mesías futuro). Jerusalén, que ahora conoce la devastación y el abandono, será llamada entonces «Señor-nuestra-justicia».
He ahí, pues, en qué consiste la justicia de Dios. Dios justo, en este lenguaje, es el Dios que mantiene las promesas a favor de su pueblo. Es un Dios que no falta a la palabra dada. En el fondo, la justicia es el mismo rostro de su misericordia.
Tengamos presente que Jeremías se dirige a gente que hasta ahora ha vivido de ilusiones, se ha obstinado en ignorar el peligro amenazador, ha buscado la seguridad no apoyándose en Yahvé, sino estableciendo alianzas con el poderoso de turno.
El hombre de Dios, después de tantas desilusiones desgarradoras, invita a poner la esperanza únicamente en Dios. Que se hace realidad, si se confía exclusivamente en él; porque si no la esperanza queda vacía, es peligrosa, está amenazada por todas partes, es continuamente desmentida.
También para nosotros es válida esta advertencia: se trata de purificar nuestra esperanza. No apoyarla en cosas, hombres, cálculos, pequeñas astucias, compromisos, amiguismos, objetivos y valores inconsistentes. Sólo una esperanza purificada de todos los ídolos, de apariencias, de productos en venta envenenados aunque con reclamos llamativos, puede ser una esperanza cristiana, o sea, dirigida únicamente a Cristo.
El cristiano, cuando conjuga el verbo «esperar», no lo hace con el tono y la mentalidad de quien espera, por ejemplo, ganar las quinielas. Y ni siquiera su esperanza es una esperanza vaga, modesta, como cuando, durante jornadas interminables de lluvia tediosa, se espera que «vuelva el buen tiempo».
La esperanza cristiana es una esperanza audaz, bien definida, que tiene como objeto preciso el don que, en Cristo, nos viene del Dios que acostumbra a mantener las promesas.
El evangelio, tomado del texto de Lucas, nos proyecta hacia el final de los tiempos. También aquí, los acontecimientos espectaculares
y pavorosos («las potencias del cielo temblarán») no son más que el marco. El centro de la escena está ocupado por el Hijo del hombre.
Y hacia él se orienta nuestra mirada.
«Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación». El cristiano, incluso catapultado en un cuadro decididamente apocalíptico, no pierde la cabeza. Al contrario, está autorizado a levantar la cabeza. Para él eso no es «el fin del mundo». Es la «liberación».
Naturalmente esta postura de espera confiada, que exorciza el miedo, no se improvisa. Para que aquel día «no se os eche encima de repente» y no os estrangule «como un lazo», es necesario vivir cada día en la espera vigilante, lúcida, consciente, no perdiendo de vista el objetivo último. Se trata de impedir que los corazones se emboten «con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero». En una palabra, comprometidos totalmente en la vida de aquí abajo, pero sin perder el sentido de la orientación final.

El pensamiento del último día no debe impedir vivir, ni tampoco puede aguar el gozo de vivir.
Espera vigilante no significa fuga de la existencia cotidiana. Significa, simplemente, atención para no dejarse pillar desprevenidos o distraídos.
«Estad siempre despiertos, pidiendo...». Prácticamente es la misma recomendación que hace Jesús a sus discípulos, en Getsemaní, para inmunizarlos contra el peligro de «caer en la tentación» (Lc 22, 40-46).
La vida puede convertirse en una gran tentación, en el sentido de que el hombre puede ser inducido a «separarse», a apartarse del camino que le han señalado para «comparecer ante el Hijo del hombre». La oración y la vigilancia representan el «servicio de la orientación», la pedagogía de la indispensable lucidez frente a las innumerables seducciones desviacionistas.
La esperanza, así, se acompaña con el necesario sentido del camino.
En la segunda lectura, Pablo, dirigiéndose a los cristianos de la comunidad de Tesalónica, une la esperanza con el amor.
«Hermanos: que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos .. para que os presentéis santos e irreprensibles ante Dios nuestro Padre».
Así pues, la santidad para el cristiano consiste en la realización de un programa de amor.
A través del amor al prójimo, no sólo nos preparamos para «mantenemos en pie ante el Hijo del hombre», sin vemos obligados a bajar la cabeza, sino que llenamos de su presencia, por decirlo de alguna manera, el intervalo entre las dos venidas de Cristo.
Entre la encarnación y la venida final de Jesús, corre el tiempo de la Iglesia. Este no es el tiempo de la ausencia. El cristiano, viviendo la dinámica del amor, hace presente, visible, palpable, aquí y ahora, a su Señor.
Así pues,
—una esperanza purificada
— una esperanza orientada
—una esperanza creadora de amor.
No se puede decir que nuestra espera sea precisamente una espera vacía.
Al contrario, es una espera en la que tenemos mucho que hacer.
De un Dios justo, que mantiene las promesas, se deriva para el cristiano el deber de la esperanza.
Por ambas partes, un único compromiso: no defraudar las esperas.

PRIMERA LECTURA.
Isaías 40,1-5.9-11.
Preparadle un camino al Señor.

"Consolad, consolad a mi pueblo, -dice vuestro Dios-; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su servicio, y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por su pecados." Una voz grita: "En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escraboso se iguale. Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres juntos -ha hablado la boca del Señor-." Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén; álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: "Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor Dios llega con poder, y su brazo manda. Mirad, viene con él su salario, y su recompensa lo precede. Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres."

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 84.
Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Voy a escuchar lo que dice el Señor: "Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos." La salvación está ya cerca de sus fieles, y la gloria habitará en nuestra tierra. R.

La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo. R.

El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos. R.

SEGUNDA LECTURA.
2Pedro 3,8-14.
Esperemos un cielo nuevo y una tierra nueva.

Queridos hermanos: No perdáis de vista una cosa: para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan. El día del Señor llegará como un ladrón. Entonces el cielo desaparecerá con gran estrépito; los elementos se desintegrarán abrasados, y la tierra con todas sus obras se consumirá. Si todo este mundo se va a desintegrar de este modo,¡qué santa y piadosa ha de ser vuestra vida! Esperad y apresurad la venida del Señor, cuando desaparecerán los cielos, consumidos por el fuego, y se derretirán los elementos. Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia. Por tanto, queridos hermanos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, inmaculados e irreprochables.

Palabra de Dios.

SANTO EVANGELIO.
Marcos 1,1-8.
Allanad los senderos del Señor.

Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Está escrito en el profeta Isaías: "Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: "Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos."" Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaba sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: "Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo."

Palabra del Señor


Reflexión de la Primera Lectura: Isaías 40, 1-5. 9-11.Aquí esta su Dios

Contexto.

* Empieza el gran poema de la vuelta del destierro (Is II). El uso abundante de imperativos en Is 40. 1-11 prólogo del poema, nos sugiere una orden de partida. Es el comienzo de un nuevo éxodo o liberación que llegará a su "climax" con el "salid" de 52. 11 (cf. 55. 12: "saldréis"). Nos encontramos en los últimos años del destierro de Babilonia.

* Los cuatro gritos (vv. 2/3/6/9) dan unidad al relato y la repetición del "consolad" (v. 1; es un rasgo estilístico de Is II, cf 51. 9/17...) denota prisa, casi urgencia. Dios insiste en consolar a un pueblo que se halla al borde de la desesperación. Ante la inminencia de una pérdida de fe se requiere un "SOS" de aliento; un momento después puede ser demasiado tarde.

-Texto.

vv. 1-2: Consolar es compadecerse del desamparado (59. 13), es hacer que el gozo y la alegría triunfen sobre la tristeza (51. 3/12). Dios ordena consolar a su pueblo, hablarle tiernamente como lo hace el amado con su amada y reconquistarla si ésta ha sido infiel (Gn 34. 3; 50. 21; Os 2. 16...). Israel, esposa de Dios, debe alegrarse porque su fortuna ha cambiado, su servicio o esclavitud a extraños ha terminado. El crimen que la llevó al destierro ha sido saldado con creces.

Y estas palabras de consuelo no son baldías. Con la preparación del camino en el desierto (vv. 3-5) se pone en marcha la orden de partida del v. 1. Camino, desierto... son términos más teológicos que geográficos e indican el final del sufrimiento y el retorno gozoso a la tierra (Éxodo).

En Babilonia, sus dioses y reyes eran llevados en procesión por el camino o calzada preparada para tal acontecimiento.

Estas procesiones constituían y eran manifestación visible del poder de sus dioses y reyes sobre dioses y reyes de los pueblos sometidos. También el Dios de Israel con su pueblo (aunque de éste nada se diga) van a recorrer procesionalmente el camino que lleva hacia la libertad. El Dios vencido va a cumplir su palabra de dar la tierra prometida; liberando a su pueblo, revela su gloria y todos los demás pueblos se dan cuenta de ese actuar suyo en la historia. En la ruta hacia la libertad surgirán obstáculos, pero todos ellos deben ser superados. El desaliento no debe cundir porque la palabra de Dios, por contraposición a las humanas siempre se cumple (vv. 6-8; cf. 55. 10ss).

El poeta habla como si la liberación ya hubiera acaecido. El pueblo debe ser consolado porque la salvación es ya una realidad (vv. 9-11). El heraldo es el vigía o evangelista que comunica la buena nueva de lo que ve: llega el Señor con su salario, con su pueblo rescatado. Este Señor es poderoso, pero a la vez es el pastor condescendiente con su rebaño. Cada uno recibe el cuidado que necesita y todos comparten el gozo del retorno.

-Reflexiones.

* Muchas páginas proféticas son mensaje de denuncia, pero el texto de hoy es un mensaje de consuelo que debe llegar al corazón humano dándole coraje y ánimo. El predicador debe conocer la psicología humana y no ser un mero agorero de denuncias y desgracias. El hombre necesita, y frecuente- mente, consuelo en este valle de lágrimas. Desdichas, desgracias... acaecen a todas las horas, angustias recorren nuestras entrañas... ¡Dejemos respirar a la humanidad! Necesitamos apertura, aire libre... Un momento después puede ser demasiado tarde.

* Toda la vida humana es un destierro. Jesús es el consuelo que esperamos (Adviento). Él es la vía a través de la cual nuestro Padre viene a nuestro encuentro, y nosotros nos acercamos a Él. Jesús es nuestro Salvador, liberador, nuestro mensajero de consuelo, Él es el Buen Pastor que, con solícito amor, cuida de cada uno de nosotros.

Is/40/01-11: DIOS-TERNURA:

"Consolad a mi pueblo, dice Dios..." Sí, Dios consuela a su pueblo. ¿Os habéis parado ya a pensar en la ternura de Dios? No quiere que uno solo de los humildes se pierda; como un pastor apacienta su rebaño. Nunca dejó de expresar la Escritura lo inexpresable, la ternura de Dios, maravillosamente unida a su poder. Sí, el Dios que viene y que alza arrogante su brazo victorioso, es también el Pastor que lleva en sus brazos los corderos y cuida de las ovejas.

En aquel tiempo, cuando el destierro de Babilonia había arrebatado al pueblo el último resto de valor, era necesario que Dios le consolara, que se pusiera al frente del gran cortejo que iba a atravesar el desierto para regresar al país. Valles que levantar, montes que abajar, escarpaduras que salvar y caminos tortuosos que enderezar: no faltaban trabajos. Pero Dios, con una palabra que no podía fallar, prometía que él mismo se pondría al frente de la caravana y caminaría a su paso.

En nuestros días quedan muchas murallas por derribar y muchos obstáculos por superar para que el pueblo de Dios pueda vivir tranquilamente en su casa, en medio de un mundo pacífico, unido y fraterno. Un mundo en el que los más pequeños sean los más queridos, y las relaciones humanas pasen por el corazón más que por las armas. Muchas veces, la tarea parece imposible y vivimos como exiliados, lejos de un Evangelio que ha perdido su sabor de Buena Noticia...

"¡Consolad a mi pueblo!, dice Dios otra vez. ¡Alza la voz, tú que llevas la Buena Noticia!". Necesitamos, ante todo, descubrir de nuevo la ternura de Dios, su amor, su paciencia, su dulzura.

Dejar que nos tome en sus brazos, reconocernos todos heridos por un mundo desviado. Porque he aquí que viene Dios y va a cambiar nuestra tierra. ¡Dichosos los que lo acojan con corazón sencillo y bueno! Ellos serán, con Dios, los artífices de la nueva paz.

Reflexión del Salmo 84. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación

Este es un salmo de súplica colectiva. El pueblo está reunido y clama pidiendo que el Señor lo restaure y le dé la salvación (5-8).

Tiene tres partes: 2-4; 5-8; 9-14. En la primera (2-4), el pueblo recuerda el pasado reciente. Reconoce que el Señor ha sido bueno. Seis son las acciones de Dios en favor de Israel de las que se hace memoria: «has favorecido», «has restaurado» (2), “has perdonado”, «has sepultado» (3), «has reprimido» y «has frenado» (4). Estas acciones se refieren al final del exilio en Babilonia (año 538 a.C.). En cambio, en la segunda parte (5-8), el pueblo tiene la sensación de que el Señor se ha olvidado de todos estos favores, pues Israel necesita ser restaurado nuevamente. Surge, así, la súplica, caracterizada por cuatro peticiones: «restáuranos», «renuncia» (5), «muéstranos» y «concédenos» (8). Comparando la primera parte con la segunda, nos damos cuenta de lo siguiente: en la primera, el Señor había restaurado a los cautivos de Jacob (2b); ahora, en la segunda, estas mismas personas necesitan nuevamente ser restauradas (5ª). Antes, Dios había reprimido su cólera y había refrenado el incendio de su ira contra el pueblo (4); ahora, Israel tiene la sensación de que Dios ha desatado su ira y ha dado rienda suelta a su cólera, y el pueblo no sabe cuándo terminará esta situación (6). En la primera parte, el pueblo tenía vida y se alegraba; ahora, la vida y la alegría sólo son objeto de esperanza y mera expectativa (7). Antes, el pueblo sintió el amor del Señor y experimentó su salvación; ahora, se ve en la necesidad de pedir estas mismas cosas (8).

De en medio del pueblo surge una voz, que habla en nombre de Dios. Es la tercera parte (9-14). Este profeta anónimo afirma que el Señor anuncia la paz para quienes le son fieles (9). La paz, para el pueblo de la Biblia, significa plenitud de vida y de bienes. La salvación está próxima y la gloria de Dios volverá nuevamente a habitar en la tierra (10). El universo en su totalidad va a participar en una inmensa coreografía, Se trata de la danza de la vida, que está a punto de comenzar. Ya están formándose las parejas: el Amor con la Fidelidad, la Justicia con la Paz. (11- 12). Es una danza universal, pues de la tierra brota la Fidelidad y desde el cielo baja la Justicia. La coreografía del universo comienza con una inmensa procesión que recorre la tierra. Al frente va la Justicia, detrás le sigue el Señor y, después de él, la Salvación (14). ¿Cómo se va a concretar todo esto? Por medio de un intercambio de dones. El Señor envía la lluvia a la tierra, y la tierra da su fruto (13) para que el pueblo viva y celebre su fe, alegrándose con el Señor (7).

Este salmo da por supuesto que el pueblo está reunido y, además, vive una situación de catástrofe nacional. Estamos en el período posterior a la vuelta del exilio en Babilonia (2b). El texto menciona cuatro veces la tierra (2a. Todo parece indicar que estamos en un tiempo de sequía (13a), de hambre. El pueblo clama al Señor pidiéndole que le restaure, que le perdone y, sobre todo, que le dé vida. Cuando la tierra no da su fruto, el pueblo carece de vida (7a) y no tiene motivos para hacer fiesta (7b). No se habla de enemigos, pero ya sabemos cómo vivía el pueblo a su regreso de Babilonia. Políticamente, depende del imperio persa, económicamente, está bajo su explotación. Tenía que aumentar la producción para satisfacer el tributo a los persas. Si la tierra produjera, podrían vender los productos y comprar plata para enviarla en pago por el tributo a que les había sometido el imperio persa. En caso de que no lloviera, la situación empeoraba notablemente. A esto hay que añadir la corrupción interna. El libro de Nehemías (capítulo 5) muestra con toda claridad a qué situación llegó el pueblo a causa de todo esto. Sin ser los dueños de la tierra y sin que esta produjera sus frutos, el pueblo carecía de vida.

Se trata, por tanto, de una súplica por la vida que brota de la tierra. Se le pide a Dios que responda con la salvación, que envíe la lluvia a la tierra, para que dé su fruto y produzca vida que le permita al pueblo celebrar y hacer fiesta. Entonces, tendrá lugar una gran celebración, la fiesta de la vida, que abarcará todo el universo: una danza a la que se verán arrastrados Dios y el pueblo, el cielo y la tierra, dando así comienzo a la procesión de la vida. Dios camina con su pueblo, precedido por la Justicia y seguido por la Salvación.

La primera parte (2-4) nos hace ver que Dios sigue liberando a su compañero de alianza. La segunda (5-8) habla de la ausencia de este compañero liberador. Su ausencia representa la falta de vida. La tercera (9-14) apunta a la esperanza en el Señor, aliado y liberador, capaz de devolver la vida Amor, Fidelidad, Justicia, Paz y Salvación son los rasgos característicos de este Dios que camina con su pueblo. Es un Dios que habita en el cielo, pero que hace brotar la Fidelidad de la tierra (12).

Además de lo dicho, este salmo pone de manifiesto que el Dios de Israel está vinculado a la tierra, símbolo de vida. Entre el Señor y la tierra hay un diálogo abierto y un intercambio de bienes. Dios envía la lluvia y la tierra le proporciona alimento al pueblo; el pueblo, por su parte, lo celebra con Dios, ofreciéndole las primicias. Conviene recordar, también, que el Señor camina con su pueblo precedido por la Justicia y seguido por la Salvación (14).

Al margen de lo que ya se ha dicho a propósito de los salmos de súplica colectiva, no está de más establecer algunas relaciones con Jesús. El es el amor y la fidelidad de Dios con respecto a la humanidad (Jn 1,17), el verdadero Camino hacia la Vida (Jn 14,6). El anciano Simeón, al tomar al niño Jesús en sus brazos, afirma estar viendo la gloria divina que habita en medio del pueblo (Lc 2,32). Jesús perdonó los pecados y, en lugar de airado, se mostró misericordioso, manso y humilde de corazón con los sencillos y los pobres, restaurando la vida de cuantos estaban oprimidos...

Es bueno rezar este salmo a partir de los clamores del pueblo que implora la libertad, la vida, la tierra (lluvia), la salud, la justicia; podemos rezarlo cuando tenemos la impresión de que Dios no nos escucha; cuando sentimos que camina con nosotros. La liturgia propone este salmo para el tiempo de Adviento, abriéndonos a todo tipo de espera y esperanza, preparándonos para la venida de Dios...

Reflexión de la Segunda lectura: 2 Pe 3,8-14: Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva

MUNDO/NUEVO. ESCATOLOGÍA. ESTA ES LA PROMESA ESCATOLÓGICA FUNDAMENTAL: HE AQUÍ QUE YO HAGO NUEVAS TODAS LAS COSAS:Ap 21.5.
MUNDO/FIN: EL FIN NO SERA LA DESTRUCCIÓN SINO UNA REALIDAD NUEVA. ESA REALIDAD SORPRENDENTE EN LA QUE SUEÑAN TODOS LOS QUE VIGILAN.

v. 9:El autor responde a los incrédulos que se burlan de la venida del Señor, tantas veces anunciada y que no acaba de llegar; pero esa demora es también un problema para los fieles. No debemos olvidar que Dios es eterno y que su grandeza trasciende todas las medidas humanas, que para él un día es como mil años, y mil años como un solo día; esto es, que Dios no siente la premura, él, que puede hacerlo todo en un instante. Si Dios tarda, no es porque le cueste mucho cumplir lo que promete.

Es porque tiene misericordia y da tiempo a los que necesitan tiempo para convertirse. Así que Dios es grande y su misericordia infinita, su amor a los hombres inagotable (cf. Ex 34. 6). Lo que a nosotros nos parece tardanza no es otra cosa que paciencia y misericordia con los pecadores, pues "Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva".

v. 10: Sin embargo, los hombres no debemos abusar de tanta misericordia y perder el tiempo que Dios nos da para convertirnos. Pues lo cierto es que el día del Señor llegará cuando menos se piense, repentinamente, como llega un ladrón sin pasar aviso. Hay que vigilar en todo momento.

v. 12a:No sólo debemos esperar vigilantes el día del Señor, podemos también y debemos anticiparlo; pues, si Dios tarda para que nosotros nos convirtamos, nuestra conversión acelera su venida. Claro que esa conversión debe acreditarse como una profunda transformación del mundo, en que vivimos.

v. 13:El fin no será la destrucción y la nada, sino una realidad nueva. Porque está más allá de cuanto nosotros podemos hacer e incluso pensar, porque es la realidad sorprendente en la que sueñan todos los que vigilan. La promesa escatológica fundamental es ésta: "He aquí que yo hago nuevas todas las cosas" (/Ap/21/05). En la plenitud final del banquete de la vida, de la "nueva vida", habrá un "vino nuevo" (Mc 15. 25), y un "nombre nuevo" para los vencedores (Ap 2. 17; 3. 12), y un "canto nuevo" (Ap 5. 9; 14, 3) para celebrar la victoria, y una "nueva Jerusalén" (Ap 21. 2)...; habrá "una nueva tierra y un nuevo cielo".

Y la gran novedad será que, al fin habitará la justicia sobre la tierra. Los profetas llamaron "justo" al Mesías prometido, pues de él se esperaba la justicia (23. 5ss; Jr 23. 5; Za 9. 9; Sb 2. 18). En el NT se dice que Jesús es el "Santo" y el "Justo" (Hch 3. 13ss; 7. 52). Este Jesús, que con su primera venida hizo posible la justicia (Mt 5. 6; Rm 3. 21), la establecerá definitivamente cuando vuelva con poder y majestad (Hch 17. 21; Ap 19. 11). Entonces todo será como Dios quiere: "un cielo nuevo y una tierra nueva en la que habite la justicia".

v. 12a:No se puede esperar el amanecer del Reino con realismo cuando no se colabora en la construcción del presente. Por eso el hombre de fe pide a Dios no anclarse en el presente, trabajando con ahínco en él para llegar al futuro pleno para todo hombre. v. 13:Los cielos nuevos han comenzado ya a existir con el triunfo de Jesús resucitado y la tierra nueva también empieza a nacer con el triunfo de Jesús y la obra del creyente unido a él (cf. Ap 21. 1). Son maneras muy peculiares de describir la existencia cristiana que constituyen lo básico del programa de los que siguen a Jesús. El trabajo cristiano, cuando se realiza en esta línea, viene a demostrar que esto es algo más que una utopía cualquiera.

Reflexión Primera del Santo Evangelio.Mc 1,1-8: Detrás de mí viene uno con más autoridad

Para Marcos el evangelio de Jesús, que es Cristo el Hijo (v. 1), no comienza de repente con la venida de Jesús, sino con un tiempo de preparación. En este tiempo de preparación se subrayan por lo menos tres elementos, el primero de los cuales es la Sagrada Escritura (vv. 2-3), ya que el evangelio de Jesús les dará una realización concreta y el evangelio solo se podrá comprender auténticamente meditando incesantemente las páginas de las que Dios ya había hablado. Las palabras que relata san Marcos citando a Isaías, aluden a un camino que hay que preparar: el camino de Dios hacia su pueblo y el camino del pueblo hacia Dios.

Pasa a continuación al segundo elemento: el envío de un profeta, el Bautista, capaz de indicar a la humanidad el camino del desierto, el lugar donde Dios ofrece la posibilidad de una auténtica conversión (vv. 4,7-8). Según san Marcos, el Bautista no insiste tanto en la predicación moral como, sobre todo, en la necesidad de esperar a “otro”, uno que debe venir de parte de Dios.

El tercer elemento es el mismo pueblo que, por la predicación de san Juan, camina penitente hacia el desierto, como el pueblo del éxodo (v. 5). Por consiguiente, está naciendo un pueblo nuevo, aunque se requiere una condición: que el hombre se ponga en camino, salga y se dirija al Bautista para acoger su mensaje de conversión. Y caminando juntos hacia el lugar donde resuena la Palabra de Dios es como el pueblo podrá reconstruirse.

Una metáfora domina las lecturas de hoy: es la del “camino”. Correlativa a la del camino, aparece la idea de Iglesia como nuestro ser pueblo que se forma poniéndose en camino. Isaías se dirige a un pueblo desconfiado, con necesidad de consuelo y ayuda para ponerse en marcha; necesitamos profetas capaces de hablar al corazón, profetas de confianza, no de desventuras. Ante la devastación de nuestras conciencias, bombardeadas por mensajes negativos y nihilistas, es importante para cada uno de nosotros el aliento que nos llega del mensaje profético.

También las palabras del Bautista apuntan en esta dirección, preparando nuestro corazón a la venida del que bautizará con Espíritu. Ciertamente su figura austera y penitente no deja de ir contra nuestro estilo de vida cuando ya no sentimos necesidad de conversión: una consolación “barata” no nos enriquecería con frutos duraderos.

Es indispensable sobre todo nuestro testimonio inspirado en una fe profunda en la salvación que nos ofrece Dios, nuestro querer ser pueblo de Dios atraídos por la promesa del Bautista, para después convencer a los demás de la salvación inminente. Por otra parte, siempre nos acuciará la pregunta de los escépticos: ¿es que vale la pena? La Palabra de Dios nos responde que sí vale la pena. La carta de Pedro nos recuerda que éste es un tiempo lleno de la presencia de Dios y sólo podemos verlo así creyendo de verdad y adquiriendo un compromiso con nuestra existencia: la promesa de «cielos nuevos y tierra nueva» genera en el que cree una vida de auténtica santidad, y ella misma es anuncio y signo tangible de aquel mundo nuevo.

Reflexión Segunda del Santo Evangelio:Mc 1,1-8: Detrás de mí viene uno con más autoridad

La palabra “evangelio” no significa libro que contiene la predicación y los hechos de Jesús. Este significado aparece la primera vez en el año 150 en san Justino mártir. Teniendo en cuenta el ambiente griego de la comunidad, en cuyo seno surgió el segundo evangelio, hay que recordar que esta palabra se usaba para indicar la noticia de una victoria, llevada a cabo precisamente por el Emperador. El uso de la palabra «evangelio» en el culto imperial es revelador para entender la expresión en boca de nuestro autor. El Emperador lo reunía todo en su persona, y esto confiere al «evangelio» su significado y su fuerza. El «señor» era algo divino y extendía su poder sobre hombres y animales. Así, pues, cuando el autor habla del «evangelio de Jesucristo, hijo de Dios», dice algo muy concreto para unos lectores que estaban fuertemente impregnados de aquella terminología. Jesús es presentado al mismo nivel que el Emperador y se le atribuyen los mismos honores. Si él tiene «su evangelio», quiere decir que es una encarnación de Dios, que lleva consigo la salvación del mundo y que ofrece a los hombres la superación de sus penas y el itinerario válido para el reino. Y, en efecto, notamos cómo muy frecuentemente se habla del «evangelio del reino de Dios» (Mc 1, 14; cfr Mt 4, 23; 9, 35; 24, 14). Por eso, Jesús es presentado con designaciones que no dejan ningún lugar a la duda. Jesús es el «Mesías», el «hijo del hombre» pero también el «hijo de Dios». Un «evangelio» estaba vinculado a una persona de categoría divina. Jesús no es solamente el Mesías esperado por los judíos: es el hijo de Dios. Esta confesión explícita se pone, al final, en boca del capitán romano que asiste a la crucifixión: «Realmente este hombre era hijo de Dios» (15, 39).

Ahora bien, dado el riguroso monoteísmo del autor y de su comunidad —totalmente judíos—, esta asignación de la «categoría divina» a Jesús no podría entenderse sino dentro de una comprensión trinitaria, por rudimentaria que fuera en su planteamiento y en su expresión.

El autor, a continuación, presenta a san Juan Bautista como el «mensajero» que precede inmediatamente al “Señor”, o sea a Dios. He aquí una nueva alusión a la divinidad de Jesús.

El bautismo de san Juan tiene una característica peculiar, representada por su tendencia claramente moral totalmente extraña a la política y al ritualismo, y caracterizada además por su estrecha correlación con la escatología.

El bautismo de san Juan pretende ser un rito de iniciación de la comunidad mesiánica que se va reuniendo. Era algo sustancialmente nuevo. Aún más, ya era sorprendente el hecho de que Juan administrara el bautismo en virtud de un poder profético.

La tradición cristiana partirá de aquí: el bautismo debe dejar de ser un rito sin sentido, para convertirse en la integración de los nuevos creyentes en una comunidad que espera el reino de Dios y que toma una actitud determinada frente a esta utopía final de la historia.

Reflexión Tercera del Santo Evangelio: Mc 1, 1-8, de Joven para Detrás de mí viene uno con más autoridad

El adviento es un tiempo de espera ferviente. Se prepara la venida del Señor, que puede asumir diferentes formas: esperamos la venida de Jesús en la fiesta de Navidad, que nos recuerda su nacimiento; esperamos la venida de Jesús a nuestra vida cotidiana; y esperamos la venida gloriosa de Jesús al final de los tiempos.

El retraso de la venida del Señor provoca en los discípulos, por el contrario, tristeza y desánimo, además de perplejidad y dudas. Pedro responde en su segunda carta a los cristianos que piensan que el Señor retrasa el cumplimiento de su promesa. Les explica que el Señor no calcula el tiempo como lo hacemos nosotros. De ahí que no debamos tener ninguna duda. Para el Señor, un día es como mil años, y mil años como un solo día.
La intención que tiene el Señor al hacerse esperar es positiva, se debe a su bondad y su misericordia. Afirma Pedro: «El Señor no se retrasa en cumplir su promesa, como algunos piensan, sino que tiene paciencia con vosotros, pues no quiere que se pierda nadie, sino que todos se arrepientan».

Por otra parte, Pedro nos invita a preparar la venida del Señor, incluso a apresurarla, con una vida buena y santa: «Y si todo se ha de deshacer de ese modo, ¿cómo debéis ser vosotros?. En la conducta de santos y religiosos, esperando y apresurando la venida del día de Dios cuando el cielo se deshará en el fuego y los elementos se derretirán abrasados”

La venida del Señor es un día tremendo, pero es también el comienzo de una esperanza maravillosa: «De acuerdo con su promesa, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en los que habitará la justicia».

Pedro nos exhorta a mostrarnos «inmaculados e irreprochables» ante Dios, mientras esperamos la venida del Señor. Así, la segunda lectura está plenamente de acuerdo con la primera lectura y con el evangelio de hoy.

Se compara a Dios con un pastor; Jacob fue un pastor muy rico. Dios tiene cuidado de sus fieles, como Jacob tuvo cuidado de sus rebaños. Dice Isaías «Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres». La delicadeza de Dios en la conducción de su pueblo es verdaderamente conmovedora.

Juan el Bautista realiza de un modo nuevo en el evangelio lo que ya había anunciado Isaías. Él es la voz que grita en el desierto: «Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos».

“Que los valles se levanten”. El valle representa aquí todos los vacíos en nuestro comportamiento ante Dios, todos nuestros pecados de omisión. El hecho de que no oremos, o de que oremos poco, representa un vacío en nuestra vida. Ahora es el momento de reparar esa omisión, el momento de orar con intensidad, de reservar a la vida espiritual el puesto importante que le corresponde.

El hecho de que no seamos bastante caritativos con el prójimo, sobre todo con las personas más necesitadas, representa también otro vacío. En consecuencia, debemos intentar ser más generosos.

El hecho de que descuidemos algunos de nuestros deberes... puede representar asimismo otros vacíos.

«Que montes y colinas se abajen» Los montes y colinas que se deben abajar son nuestro orgullo, nuestra soberbia y nuestra prepotencia. En consecuencia, debemos adoptar actitudes de mansedumbre y de humildad, a fin de preparar la venida de nuestro Salvador, que es tolerante y humilde de corazón (cf. Mt 11,29).

Se nos pide que eliminemos todos los obstáculos que ponemos a nuestra unión con el Señor. Afirma el profeta: «Que lo torcido se enderece y lo escabroso se nivele; y se revelará la gloria del Señor y la verán todos los hombres juntos».

Ahora bien, debemos realizar todos estos esfuerzos con alegría, porque se trata de preparar la venida del Señor. Cuando esperamos en nuestra casa la visita de una persona querida, lo preparamos todo con esmero y con alegría. Del mismo modo debemos preparar la venida del Señor, esperarlo cada día con alegría, para colmarnos de sus gracias cuando él venga.

Juan el Bautista afirma: “Yo os bautizo con agua, él os bautizará con Espíritu Santo”. El Salvador que esperarnos es un salvador poderoso, capaz de transformar toda nuestra vida con la fuerza del Espíritu Santo, con la fuerza del amor. El Espíritu Santo derrama, efectivamente, en nuestros corazones el amor de Dios, y lo derramará cada vez más.

Reflexión Cuarta del Santo Evangelio: Mc 1, 1-8, Detrás de mí viene uno con más autoridad

Leemos el principio del evangelio de Marcos, que es el único de los cuatro que empieza directamente por la presentación de aquel que abre el camino a Jesús: Juan Bautista. Marcos es también el único que utiliza la palabra "evangelio" para iniciar su escrito. "Evangelio" (=buena nueva, gran noticia) no quiere decir tan sólo unos relatos sobre Jesús, sino más bien una proclamación de lo que Jesús es y significa. Por eso indica el evangelista los tres títulos que resumen quién es el personaje que será proclamado a lo largo de las páginas siguientes: Jesús (persona concreta), Cristo (realizador de las promesas), Hijo de Dios (punto de referencia universal, presencia de Dios para todo hombre, como se verá en la profesión de fe del centurión al pie de la cruz).

Juan Bautista es quien invita a mirar hacia este Jesús. La primitiva tradición cristiana aplicó a él el texto de Isaías que hoy leemos en la primera lectura: aquella presencia del Señor que el profeta veía realizada en el retorno del exilio, ahora se realizará plenamente en Jesús (el texto, sin embargo, no es solamente de Isaías: se le ha añadido un versículo de Mal 3,1).

Juan es un profeta probablemente relacionado con los monjes ascetas de Qumrán, que presiente cercana la irrupci6n de Dios para transformar el mundo, y llama a la conversión y a prepararse. Lo hace con tonos duros y su misma imagen ascética personal tiene también este tono. Es posible que este personaje "más poderoso" que anuncia, lo imaginase él como una reaparición de Elías (sin embargo, Jesús dirá que Elías es Juan: Mt 11,14; cfr. todo 11,1-19).

Lo importante es el anuncio final: Juan invita a prepararse, y el agua es la señal de la conversión-preparación; Jesús, en cambio, vendrá a transformarlo todo y a todos con la fuerza del Espíritu de Dios.

Resulta sorprendente que el «evangelio de Jesucristo» comience con las obras y palabras del Precursor. La razón es que en el Bautista han ido a parar todas las palabras y promesas del AT, que ahora alcanzarán en Jesucristo su última expresión y su cumplimiento. Hay una coherencia entre lo que dice Juan y lo que hace, entre su mensaje y su vida. Aparece en el desierto llevando una vida nada convencional; aparece solo frente a todo el pueblo. Así es el profeta. Y los que le escuchan deberán abandonar antes las ciudades y la tierra cultivada. Juan llama a penitencia, que quiere decir cambio de la mente y del corazón, del hombre y de su contorno cultural. El que hace penitencia se sumerge en el futuro de Dios, que esta viniendo, y deja atrás un hombre viejo y un mundo viejo. Esto es lo que simbolizaba el bautismo de Juan.

La traducción del primer versículo y la articulación del mismo con el segundo distan mucho de gozar de unanimidad entre los traductores y los exegetas. Las ofrecidas en el texto litúrgico no me parecen las más adecuadas.

Propongo el siguiente texto: Comienzo de la buena noticia traída por Jesús, Mesías e Hijo de Dios, según está escrito...

La buena noticia a la que aquí se refiere Marcos no es la obra o evangelio que él se dispone a escribir, sino el breve mensaje proclamado solemnemente por Jesús en Mc. 1,15. La buena noticia es la llegada del Reino de Dios. Jesús no forma parte del contenido de la buena noticia, sino que es portador o comunicador de la misma, el portador o comunicador autorizado por cuanto que es el Mesías y el Hijo de Dios.

El comienzo de la buena noticia es Juan, presentado o releído por Marcos a la luz de un texto del profeta Malaquías y de otro del profeta Isaías. Dos viejos textos proféticos agrupados por Marcos bajo el único nombre de Isaías.

Basándose en estos textos Marcos presenta a Juan como mensajero y voz preparatoria de Jesús. Esta función la realiza a través de su actividad bautismal, pero sobre todo a través de su actividad oral de los dos últimos versículos del texto, con referencia explícita a Jesús.

Jesús es anunciado como más poderoso que Juan, a quien Juan no merece desatar las sandalias. Esta imagen gráfica no está tomada del mundo de la esclavitud, como habitualmente se dice, sino que pertenece al ámbito del derecho.

Desatar las sandalias tenía alcance jurídico y designaba el reconocimiento de la primacía o del derecho del desatante sobre el desatado. Con su afirmación de que no merece desatar a Jesús las sandalias, Juan está reconociendo el poderío, la primacía, el derecho de Jesús sobre él. Un poderío que el propio Juan aclara por la diferencia existente entre el agua y el Espíritu Santo. Es bastante probable que el verbo bautizar del último versículo haya que entenderlo en su sentido básico y primario de sumergir. Yo os sumerjo en agua, pero El os sumergirá en Espíritu Santo.

Si le preguntáramos al mensajero Juan qué entiende él por conversión, su probable respuesta sería la siguiente: la transformación moral por medio del arrepentimiento, una revolución espiritual mediante la renuncia, el abandono de la sociedad y el exilio al desierto.

Juan mismo, en calidad de convertido, daba ejemplo de lo que pedía, viviendo fuera de la sociedad y reeditando el antiguo inconformista que fue Elías, a quien imitaba en reciedumbre y forma de vestir.

En Juan y en Elías, los dos modelos convertidos que el texto de hoy nos propone, hay un denominador común, un mismo arquetipo: salida.

¿Será hoy necesario realizar esa salida, entendida como abandono de la sociedad y marcha al desierto? Todos los fines de semana se produce algo de esto, aunque no por conversión.

Sí, la salida es necesaria. Entendida, sin embargo, como arquetipo de conversión, la salida no implica necesariamente un cambio de lugar geográfico. Basta con estar en la sociedad sin vivir como vive la sociedad.

Elevación Espiritual para este día.

Si la paciencia es la madre de la espera, es la misma espera la que produce nuevo gozo en nuestras vidas. Jesús nos ha hecho entrever no sólo nuestros sufrimientos sino también lo que está más allá de ellos. «También vosotros ahora estáis tristes, pero os veré de nuevo y vuestro corazón se llenará de gozo». Un hombre, una mujer que no alimentan su esperanza en el futuro, no están en disposición de vivir el presente con creatividad.
La paradoja de la espera está precisamente en el hecho de que los que creen en el mañana están en disposición de vivir mejor el hoy; que los que esperan que de la tristeza brote el gozo están en disposición de descubrir los rasgos inaugurales de una vida nueva ya en la vejez; que los que esperan con impaciencia la vuelta del Señor pueden descubrir que él ya está aquí y ahora en medio de ellos (...).
Precisamente en la espera confiada y fiel del amado es donde comprendemos cómo ya ha llenado nuestras vidas. Como el amor de una madre por su propio hijo puede crecer mientras espera su regreso, como los que se aman pueden descubrirse cada vez más durante un largo período de ausencia, así nuestra relación interior con Dios puede ser cada vez más honda, más madura mientras esperamos pacientemente su retorno.

Reflexión Espiritual para este día.

Si la paciencia es la madre de la espera, es la misma espera la que produce nuevo gozo en nuestras vidas. Jesús nos ha hecho entrever no sólo nuestros sufrimientos sino también lo que está más allá de ellos. «También vosotros ahora estáis tristes, pero os veré de nuevo y vuestro corazón se llenará de gozo». Un hombre, una mujer que no alimentan su esperanza en el futuro, no están en disposición de vivir el presente con creatividad.

La paradoja de la espera está precisamente en el hecho de que los que creen en el mañana están en disposición de vivir mejor el hoy; que los que esperan que de la tristeza brote el gozo están en disposición de descubrir los rasgos inaugurales de una vida nueva ya en la vejez; que los que esperan con impaciencia la vuelta del Señor pueden descubrir que él ya está aquí y ahora en medio de ellos (...).

Precisamente en la espera confiada y fiel del amado es donde comprendemos cómo ya ha llenado nuestras vidas. Como el amor de una madre por su propio hijo puede crecer mientras espera su regreso, como los que se aman pueden descubrir cada vez más su amor durante un largo período de ausencia, así nuestra relación interior con Dios puede ser cada vez más profunda, más madura mientras esperamos pacientemente su retorno.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Santa Iglesia. La segunda venida del Señor.

Los cristianos esperaron la segunda venida de Cristo como algo inminente. Un gran acontecimiento del que ellos serían testigos. A veces nos es descrito como una magna procesión o peregrinación, integrada por todos los miembros de la comunidad cristiana, que saldrían gozosamente al encuentro del Señor (1Tes 4, l4ss). Pero el acontecimiento se retrasaba, no se veían signos anunciadores de esta venida solemne y gloriosa. Y el retraso produjo, como todo retraso, primero desasosiego y después crisis de fe. Era necesario afrontar la crisis y resolverla. La solución al problema que el retraso de la parusía había planteado se dio desde distintos ángulos o puntos de vista. Aquí nos ofrece san Pedro una de estas soluciones ensayadas. ¿Solución teológica? Consiste sencillamente en afirmar que el módulo del tiempo aplicable a Dios —para poder hablar de retraso en el tiempo— es distinto del manejado por los hombres: un día suyo equivale a mil años nuestros y viceversa. ¿Para qué perderse entonces en cálculos necesariamente abocados al fracaso?.

Hay más. En lugar de calcular el tiempo divino, que se rige por una escala distinta a la utilizada por nosotros, debiera pensarse, más bien, en la finalidad del tiempo que Dios concede. Este tiempo demuestra el gran amor de Dios, que quiere conceder a todos la posibilidad de convertirse, aprovechando la oportunidad de la gracia que él concede (1Tim 2, 4). No es, por tanto, la previsión humana, sino la intencionalidad divina la que debe tomarse como punto de referencia para emitir juicios en este terreno.

Hay que reconocer que, en todo caso, la solución propuesta por el autor de nuestra carta no resulta convincente. Fue una salida de emergencia válida —y puede seguir siéndolo a nivel individual— mientras no hubo otra o mientras otra no fuese conocida. Porque ya entonces circulaba la solución propuesta por san Lucas (que tiene en cuenta los dos volúmenes de su obra: Evangelio y Hechos de los Apóstoles), que introduce el tercer tiempo en su consideración de la historia salvífica, el tiempo de la Iglesia en la que el Señor está ya presente (y por tanto pierde importancia la urgencia de su segunda venida). Pero sería el cuarto evangelio quien diese la solución definitiva a este problema, presentando una escatología «realizada», aunque no consumada, una escatología en trance de realización y en la que la parusía pierde igualmente importancia y urgencia. Constituiría un objeto de esperanza, pero, en modo alguno, de preocupación.

El autor de nuestra carta añade, además, que los cálculos sobre la parusía son antievangélicos. El Señor vendrá como ladrón (es la misma imagen que había utilizado Jesús para describir la repentinidad e imprevisibilidad de esta segunda venida). Al fin y al cabo esta repentinidad e imprevisibilidad son el presupuesto esencial de las múltiples exhortaciones a la vigilancia. No se sabe a qué hora de la noche vendrá el esposo y el ladrón no pasa tarjeta para anunciar su visita.

Las categorías utilizadas para describir el fin del mundo —que según la mentalidad judía debía coincidir con el juicio último de Dios— son las de la época. Tanto para las religiones orientales como para las filosofías occidentales, el mundo sería destruido por el agua y por el fuego. Uno de estos elementos ya había intervenido con ocasión del diluvio. Faltaba el otro, el fuego, como elemento destructor del mundo.

Pero en todo caso, la intención de nuestro autor no es científica —no pretende reseñar cómo sería causado el fin del mundo, aunque esto no quiere decir que él no lo pensase así— sino catequética. Ante los acontecimientos próximos el cristiano debe deducir las consecuencias prácticas y oportunas para la regulación de su vida. La vida debe enfocarse desde la luz de lo que va a venir. La devoción, confianza y entrega a Dios deben aumentar por la inminencia y la responsabilidad ante el juicio. Más aún, siguiendo en el contexto de la mentalidad judía, una conducta moral digna, adecuada con su dignidad de cristianos, podía adelantar ese día esperado por ellos (citamos una expresión del Talmud: si los judíos hiciesen verdadera penitencia un solo día, ese día vendría el Mesías).

Si Dios destruye el mundo viejo o envejecido, es para crear uno nuevo (los nuevos cielos y la tierra nueva) donde reine la justicia (Mt 19, 28; Ap 20, 11; 21, 1). De esta forma describe la nueva creación de Dios; recurre a los elementos visibles para el hombre (los cielos y la tierra) para inculcar la acción invisible de Dios. Ya se ve que el autor está recurriendo a imágenes, de cuyo contenido él mismo nos ofrece la pauta: la belleza de los cielos nuevos y de la tierra nueva está en la justicia que habrá en ellos, es decir, el cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios.+

Enviado el Domingo, 10 diciembre a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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