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Nuestro Blog: La Mística

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Lecturas del día 08-12-2017

LITURGIA DE LA PALABRA.

Gn 3,9-15.20: La mujer te pisará la cabeza.
Salmo responsorial 97: Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas.
Ef 1,3–6.11–12: Dios dispone todas las cosas.
Lc 1,26-38: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.

Las obras más grandes de Dios se realizan en silencio. Ha llegado la plenitud de los tiempos, el tiempo mesiánico. Y sus signos son: sencillez, alegría, humildad y entrega. En la Anunciación, María tiene un rol relevante, y responde conmovida, pero sin miedo, “yo soy la servidora del Señor”. Así, con la fe de María, comienza la nueva alianza. Ella es elegida para ser signo de la presencia de Dios. Llevará en su ser al Salvador. Ante la propuesta del ángel María sólo obedece, con una entrega y abandono absolutos.

Sólo le preocupa una cosa: “yo soy virgen”. Entonces el ángel le despeja todas las dudas, a ella y a nosotros: “para Dios nada es imposible”. Dios no necesitaba una servidora para dar a su Hijo un cuerpo humano, sino que, en su inmenso amor a la humanidad, le buscó una madre, y para que María fuera esa madre, necesariamente Dios la tuvo que mirar con amor, antes que a cualquier otra criatura. Por eso se le dijo y se le dirá siempre “llena de gracia”.

María, la primera discípula y misionera, estuvo acompañando a Jesús en todo momento, incluso hasta su muerte. Por eso la veneramos, la respetamos y la queremos

PRIMERA LECTURA.
Génesis 3,9-15.20.
Establezco hostilidades entre tu estirpe y la de la mujer.

Después que Adán comió del árbol, el Señor llamó al hombre: "¿Dónde estás?" Él contestó: "Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí." El Señor le replicó: "¿Quién te informó de que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol del que te prohibí comer?" Adán respondió: "La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto, y comí." El Señor dijo a la mujer: "¿Qué es lo que has hecho?" Ella respondió: "La serpiente me engañó, y comí." El Señor Dios dijo a la serpiente: "Por haber hecho eso, serás maldita entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón."

El hombre llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 97
R/. Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas.

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. R.

El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel. R.

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad. R.

SEGUNDA LECTURA.
Efesios 1,3-6.11-12.
Nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo.

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya.

Por su medio hemos heredado también nosotros. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria.

Palabra de Dios.

SANTO EVANGELIO.
Lucas 1,26-38.
Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo." Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: "No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin." Y María dijo al ángel: "¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?" El ángel le contestó: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible." María contestó: "Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra." Y la dejó el ángel.

Palabra del Señor.



Reflexión de la Primera lectura: Génesis 3,9-15.20. La mujer te pisará la cabeza.

En el capítulo tercero del Génesis se describe el drama más profundo de la humanidad: la caída original que introduce la muerte en la creación. Tras la consumación del pecado por Adán y Eva, hay un momento de silencio en el que se oye sólo a Dios acercarse por el jardín. No es precisamente motivo de fiesta y encuentro. Ahora Adán se oculta. Pero la voz le interpela: “¿Dónde estás?” (v. 9b). Adán sale de su escondite, pero no responde a la pregunta, mostrando que no está a la altura, no está ya con Dios. Sus palabras dan testimonio de esta triste realidad. En primer lugar declara abiertamente que le domina el miedo y la vergüenza: la criatura hasta hace bien poco libre se siente ahora esclava. Luego, indirectamente, manifiesta el estado de soledad en el que vive: la relación con la mujer y la creación, antes fundada en la amistad y la ayuda recíproca, ahora está sujeta al engaño, la sospecha, la oposición. Frente al Creador, que había gozado con la belleza de la creación, aparece un universo hecho trizas, radicalmente afectado por el mal.

Después de escuchar a los tres culpables, Dios pronuncia la sentencia. Lógicamente esperaría la condena a muerte (de acuerdo con Gn 2,17). Por el contrario, se propone un castigo que aparece como un camino de purificación con vistas a una salvación prometida (v. 15). Dios, que comienza a revelarse como el Misericordioso, se ha puesto de parte del hombre contra la serpiente —símbolo del mal— que recibe la maldición. La humanidad será ciertamente herida, pero sólo en el calcañar, es decir, en una parte no vital y fácil de curar; la serpiente, por el contrario, será herida en la cabeza, derrotada definitivamente. Por eso se ha definido al v. 15 como “protoevangelio”, primer anuncio de la victoria del hombre sobre el pecado y la muerte.

La victoria se atribuye al «linaje de la mujer». La versión griega de los Setenta comprendió “linaje” en sentido individual y el primitivo cristianismo legó el texto en clave mesiánica, como profecía de la encarnación de Cristo. La Vulgata atribuye directamente la victoria a la mujer; de ahí la difundida representación de María aplastando con el pie la cabeza de la serpiente.

Notemos, finalmente, el nombre nuevo que el hoy— hombre da a la mujer: Eva, madre de los vivientes (no de los mortales). Podemos ver aquí la prefiguración de María, la nueva Eva que cooperará en la obra de la restauración de la humanidad pecadora y Jesús la consignara como madre de la Iglesia naciente, justo en el momento de su muerte en la cruz.

Reflexión del Salmo 97. Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas.

No olvidemos nunca que el sentido original de los salmos es aquel querido y orado por el pueblo de Israel. Este es un "salmo del reino": una vez al año, en la fiesta de las Tiendas (que recordaban los 40 años del Éxodo de Israel, de peregrinación por el desierto), Jerusalén, en una gran fiesta popular que se notaba no solamente en el Templo, lugar de culto, sino en toda la ciudad, ya que se construían "tiendas" con ramajes por todas partes... Jerusalén festejaba a "su rey". Y la originalidad admirable de este pueblo, es que este "rey" no era un hombre (ya que la dinastía Davídica había desaparecido hacía largo tiempo), sino Dios en persona. Este salmo es una invitación a la fiesta que culminaba en una enorme "ovación" real: "¡Dios reina!", "¡aclamad a vuestro rey, el Señor!" Imaginemos este "Terouah", palabra intraducible, que significa: "grito"... "ovación"... "aclamación".

Originalmente, grito de guerra del tiempo en que Yahveh, al frente de los ejércitos de Israel, los conducía a la victoria... Ahora, regocijo general, gritos de alegría, mientras resonaban las trompetas, los roncos sonidos de los cuernos, y los aplausos de la muchedumbre exaltada.

¿Por qué tanta alegría? Seis verbos lo indican: ¡seis "acciones" de Dios! Cinco de ellas están en "pasado" (o más exactamente en "acabado": porque el hebreo no tiene sino dos tiempos de conjugación para los verbos, "el acabado", y el "no acabado"). "El ha hecho maravillas"... "Ha salvado con su mano derecha"... "Ha hecho conocer y revelado su justicia"... "Se acordó de su Hessed"... (Amor-fidelidad que llega a lo más profundo del ser); "El vino-el viene"... Y para terminar, un verbo en tiempo, "no acabado", que se traduce en futuro a falta de un tiempo mejor (ya que esta última acción de Dios está solamente sin terminar aunque comenzada): "El regirá el orbe con Justicia y los pueblos con rectitud"...

Observemos la audaz "universalidad" de este pensamiento de Israel. La salvación (justicia-fidelidad-amor) de que ha sido objeto la Casa de Israel... está, efectivamente destinada a "todas las naciones": ¡El Dios que aclama como su único Rey, será un día el rey que gobernará la humanidad entera. Entonces será poca la potencia de nuestros gritos! ¡Será poca toda la naturaleza, el mar, los ríos, las montañas, para "cantar su alegría y aplaudir"!

Habiendo leído el salmo en su sentido "literal", tal como Israel lo leía, es necesario en un segundo tiempo, leerlo a la luz del "acontecimiento Jesucristo"... Decirlo en nombre de Jesucristo y con sus sentimientos, y la oración que encontraba en él para luego aplicarlos a su misión en los designios del Padre.

No es mera coincidencia que la Iglesia proponga este salmo de "Dios-Rey que viene", en la fiesta de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre, en pleno Adviento: la "Concepción" de María, es el comienzo del proceso que culminará en la Navidad... El Dios "¡Salvador"! El tercer Domingo de Adviento, se canta un canto de Isaías, que proclama los mismos temas y que pudo inspirar este salmo 97: "Dios es quien me salva, tengo confianza, no temo. El Señor es mi refugio y mi fuerza. El es mi salvador. Dad gracias al Señor e invocad su nombre, anunciad a los pueblos las maravillas que El ha hecho: Recordadles que su nombre es sublime. Cantad al Señor. Porque ha hecho maravillas conocidas en toda la tierra. Exultad, dad gritos de alegría: Dios está en medio de vosotros" (Isaías 12).

¡La "venida" de Dios! Israel no podía ni mucho menos adivinar hasta qué punto esto sería cierto. Lo que celebra este canto, es realmente la Navidad, la venida del Hijo de Dios en persona: este salmo 97 se utiliza en la Misa del día de Navidad... Y en la Misa de media noche, encontramos un salmo que tiene exactamente el mismo sentido (salmo 95).

¡La revelación del amor-fiel de Dios! La Encarnación del Verbo es el acontecimiento histórico que hace visible, que "levanta el velo" (significado de la palabra revelar) del amor que Dios tiene a Israel, y que extiende a todos los pueblos, en Jesús.

¡La "Nueva Alianza", la "Nueva Liberación"! Hay que cantar un "canto nuevo, porque Dios renueva su Alianza: la celebración de la "venida" de Dios es un "signo", un "sacramento" que realiza lo que significa. Cuando se aclama a Dios como Rey, no se le confiere la realeza (El lo es desde siempre), sin embargo se "actualiza" esta "realeza" se "urge la venida del reino escatológico". Festejar la Navidad, es en un sentido real, sacramental, "hacer que Dios venga hoy". "¡La salvación que tú preparaste ante todos los pueblos!" Así se expresa Simeón en su canto de alabanza (Lucas 2,30) "Atraeré hacia mí a todos los hombres" (Grita Jesús en proximidad de la Pascua). (Juan 12,32). "¡Jesús había de morir por el pueblo de Israel, y no solamente por él, sino para reunir en uno todos los hijos de Dios que están dispersos!" En expresión de San Juan (11,52). Y esta visión universal, realizada en Cristo, era anunciada en la esperanza de todo un pueblo, que se atrevía a convidar a "toda la tierra", "todas las naciones", "todos los habitantes del mundo" a su propio "Terouah". ¡Una fiesta mundial! ¡Vamos hacia una fiesta en que todos los hombres estarán felices y cantarán todos juntos, el mismo día, el mismo Dios, el mismo amor que los habrá salvado ¡Salvado!

¡Vamos, no lo dudemos. Dejémonos "invitar" a la fiesta! ¡Vamos! Saquemos todos los instrumentos, trompetas, bocinas, guitarras, panderetas, flautas... Y nuestras voces y aplausos. ¿Hay personas que se escandalizan por la "alegría" y el "ruido" que hacen los muchachos de hoy en sus fiestas? Hay un tiempo para la oración silenciosa. Sí. Hay un tiempo para la meditación y la oración íntima. ¡Sí. Pero hay también un tiempo para la oración de aclamación!

Escuchemos a Paul Claudel, que vive a su manera este salmo: "¿Qué canto, oh Dios mío, podemos inventar al compás de nuestro asombro? El ha roto todos los velos. Se ha mostrado. Se ha manifestado tal como es a todo el mundo. La misma caridad, la misma verdad, todo semejante, a lo que quiso con Israel, ¡helo aquí, doquier, brillando a los ojos de todo el mundo! ¡Tierra, estremécete! ¡Que oiga en tus profundidades el grito de todo un pueblo que canta y que llora y que patalea! ¡Adelante, todos los instrumentos! ¡Adelante la cítara y el salmo! ¡Adelante, la trompeta en pleno día con sonido claro, y esta trompeta, la otra, muy bajo, como un hormigueo de trompetas que yo creía escuchar durante la noche! ¡Adelante el mar, para sumirme! ¡Adelante, la redondez de la tierra como un canasto que se sacude! ¡Ríos, aplaudid, y que se alisten las montañas, porque ha llegado el momento en que Dios va a "juzgar" a la tierra! ¡Ha llegado el día del rayo del sol, y de la radiante nivelación de la justicia!".

¡La "justicia"! ¡Un mundo gobernado "según Dios"! ¡Está por venir! ¡Un mundo gobernado según el amor! Está por venir, Dios viene. El Reino de Dios ha comenzado...

Reflexión de la Segunda lectura: Efesios 1,3-6.11-12. Nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo.

La carta a los Efesios se abre con lo que se ha definido como el Magníficat de Pablo. El que está viviendo sus duros años de prisión por la fe, en cuanto tiene ocasión de escribir a otros cristianos, deja brotar de su corazón un canto de bendición y alabanza a Dios, invocado no como «Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob», si no como «Padre de nuestro Señor Jesucristo». Cristo es el único mediador, Cristo es el Mesías, plenitud de la espera de Israel. En el himno se exalta el plan de salvación, contemplado no siguiendo una exposición ordenada y doctrinal, sino cantado y admirado en sus múltiples facetas por quien experimenta su actuación a partir de la propia historia personal.

Cuanto Pablo refiere de sí mismo, vale para cualquier cristiano y de modo preeminente para María. En ella se realiza en plenitud el plan divino de hacernos «santos e irreprochables ante él por el amor» , es decir consagrados exclusivamente a su servicio («santos»), separados de todo lo que es mundano y pecaminoso («irreprochables»). Todo esto no por la capacidad humana, sino por puro don. Ningún mérito, esfuerzo o ascesis podrían jamás reparar el mal que corrompe la humanidad desde sus raíces. La reparación sólo puede recibirse como “herencia” o sea, como un bien recibido gratuitamente, pero que nos hace responsables.

María, la Virgen Inmaculada, no es un ser suprahumano, es la elegida para ser morada del Verbo, ha sido preservada del pecado original «en previsión a los méritos de Cristo Redentor» —como reza la definición del dogma— en razón de su propia vocación. Por María llega a cumplimiento el plan del que nos ha «predestinado a ser sus hijos adoptivos». Se trata de una expresión de san Pablo, que recoge una buena noticia: la vida del hombre no ha sido abandonada a su suerte, ni está destinada a la nada; tiene un sentido: es vida de comunión con Dios, vida de plena libertad, en el amor, en la alabanza, en la gloria.

Reflexión primera del Santo Evangelio: Lucas 1,26-38. Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.

Leyendo la perícopa de la anunciación en la solemnidad de la Inmaculada concepción, merecen particular atención dos expresiones del saludo del ángel Gabriel a María. Entrando en su presencia, la llama: «Llena de gracia». El término griego, kecharitoméne, explica bien el significado de la palabra: literalmente significa “la agraciada”, que ha sido colmada de gracia. María es la criatura humana redimida por Dios de modo radical, perfecto. Su inmaculada concepción es obra de la gracia del Redentor, que en ella ofrece a todos los hombres la imagen y modelo de la vocación de la humanidad.

Luego el ángel dice a María: «El Señor está contigo», usando la expresión tan frecuente en el Antiguo Testamento y que ha acompañado el caminar del pueblo elegido a lo largo de los siglos. El Señor siempre ha estado con su pueblo, aunque el pueblo no siempre ha estado con su Dios. Frecuentemente se alejó, dudó, se sintió abandonado, como en la ocasión emblemática de la rebelión en el desierto, llegando a su culmen en aquella pregunta: « ¿Está Dios con nosotros, o no?» (Ex 17,7b). Aquí estas palabras asumen un sentido pleno, como si el ángel dijera: “Tú estás siempre con el Señor; tú estas un ida a él en la medida en que es posible a una criatura”. No se trata de un momento de gracia particular, que lentamente se debilita; al contrario, es una unión que se va haciendo más y más íntima.

A las palabras del ángel —indica el evangelista— María «se turbo» (v. 29). No es el temor que tuvo Adán, consciente de su pecado; aquí se trata del sagrado temor ante la misteriosa realidad de Dios; es el sentimiento que invade tanto más a la criatura cuanto más pura es. En su perfecta humildad, María comprende la grandeza de la misión recibida, la gratuidad del don, la desproporción entre la propia debilidad y la omnipotencia divina.

El sí que María da como respuesta resuena como la alabanza perfecta de la criatura, eco fiel del «aquí estoy, Señor para hacer tu voluntad» (Sal 39,8) con el que el mismo Jesús se adhiere a la voluntad salvífica de Dios. En el encuentro de estas dos obediencias se cumple el plan de salvación.

En la fiesta de la Inmaculada, más que hablar de María, sentimos el deseo de acercamos a ella para que nos introduzca en el misterio de su virginidad, que es un misterio de silencio; en el misterio de su inocencia absoluta, que es un misterio de gozo.

María ya está revestida con vestiduras de salvación, tiene su vestido blanqueado en la sangre del cordero antes de su nacimiento. El Padre, de algún modo, la ha bautizado de antemano en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo para presentarla al mundo tota pulchra, toda hermosa. La fascinación de María está en ignorar su propia belleza: su humildad, su transparencia que la hacen vivir mirando fuera de sí misma, toda donación.

María, virgen y madre, imprime al misterio cristiano su aspecto más sugestivo y fascinante; es un nostálgico reclamo a la pureza, a la inocencia, incluso el hombre más experimentado en el mal difícilmente puede sustraerse a la fascinante atracción de la inocencia y la virginidad.

Nuestro amor a María esencialmente debe traducirse en el deseo de vivir profundamente, sinceramente, su misterio, deseo siempre más vivo, más profundo, de sumergirnos en su pureza, como un bautismo en su inocencia para salir purificados, revestidos con vestiduras de salvación.

Para cualquier alma, el contacto con la Virgen santa es un contacto que purifica y salva. De algún modo, es ya un contacto con la humanidad del Señor que tomó carne en ella. Nosotros, que nos sentimos tan pobrecillos y frágiles, debemos lograr por la fe, descubrir cada vez más el milagro de la presencia de María entre nosotros.

Inmaculada es tanto como decir fulgor de aurora. Preservada inmune de la contaminación original, María fue llena de gracia desde el primer instante de su concepción. Ya desde el seno materno, el alma de María estuvo penetrada de luz divina; tras la noche de largos siglos transcurridos desde la culpa de los progenitores, se alza esta estrella matutina, límpida y pura, transparente e inviolada, mientras en el cielo apunta la promesa del inminente día.

Inmaculada significa visión del paraíso. Aquella gracia, que a ella le fue concedida en grado perfecto y sobre eminente desde el primer instante de su existencia terrena y que a nosotros también nos es dada, si bien en medida ciertamente inferior, es solamente en prenda de la beatitud eterna; para el día en que caerán los velos de la fe, que esconden la visión de Dios, y contemplaremos cara a cara al Señor. La Inmaculada preanuncia el alba de aquel día eterno, y nos guía y sostiene en el camino que todavía nos separa de Él.

A este último fin, coronación de la vida de gracia, deben tender los anhelos de nuestro corazón y los más generosos esfuerzos de fidelidad cristiana

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Lucas 1,26-38. La Inmaculada Concepción de María es, al mismo tiempo, un privilegio y un ideal.

MARÍA,VIRGINIDAD JESÚS ES EL PRIMERO QUE DESCUBRE EL VALOR DE UNA VIRGINIDAD VOLUNTARIA ACEPTADA COMO SIGNO DE UN SERVICIO EFICAZ AL REINO.

vv. 30-33:Estas palabras del ángel se inspiran en otras del AT, especialmente en la profecía de Natán que tenemos en nuestra primera lectura. Confróntese también Is 9. y Dn 14. 7. v. 34: Implícitamente se afirma la ausencia de relaciones conyugales como un hecho, quizás incluso como una resolución conscientemente tomada por María. Ahora bien, en ningún lugar de todo el AT se valora la virginidad consagrada a Dios por encima de la maternidad fecunda. Jesús es el primero que descubre el valor de una virginidad voluntaria aceptada como signo de un servicio eficaz al Reino, por amor al Reino Mt 19-20. Por otra parte, en el contexto religioso-cultural de María era deshonroso para una mujer el no tener hijos, lo cual se explica sin más si tenemos en cuenta las promesas que Dios hizo a Abrahán; abstenerse de los hijos equivalía hasta cierto punto a quedar al margen de las bendiciones de Israel. Además, los esponsales con san José parecen indicar que no existía por parte de María una previa consagración de su virginidad.

Desde un punto de vista meramente exegético, la pregunta de la Virgen María debería interpretarse como expresión de su virginidad actual y, consiguientemente, de su perplejidad: las palabras del ángel se refieren a una concepción cuando ella "no conoce varón". El ángel le responde que no es preciso el que haya conocido varón, ya que ella concebirá por obra del Esp. Sto.

La resolución de permanecer virgen debió ser más bien motivada y fundada en el hecho de que Dios había puesto su mano sobre ella, santificándola como un templo para su Hijo. Su virginidad -como la de san José- estuvo especialmente relacionada con la Encarnación. Por supuesto que nadie como María realizó tan perfectamente la esencia de la virginidad cristiana: la entrega indivisa a Dios por una obediencia radical y un amor totalizante. v. 35:Esta expresión bíblica significa lo mismo que "la nube luminosa" y "la gloria de Yahvé" en todo el AT, es decir, la señal de la presencia de Dios que protege a su pueblo (cf. Ex 13. 21-22; 24. 15-18; Is 4. 5-6). La Virgen es ahora como el santuario en el que se manifiesta la "gloria de Yahvé".

v. 38:María está en su lugar, el nuestro: "Aquí", en el mundo, que es el lugar de la obediencia a la Palabra de Dios y de la esperanza de los hombres, el lugar en donde el Verbo se hace carne. María está consciente- mente "aquí", y lo está porque es interrogada por Dios y llamada a su presencia. María está "aquí" para servir, con una actitud activa; aunque toda su actividad, como la nuestra, sea siempre provocada por la acción de Dios y la palabra que la anuncia. La respuesta de María: "Hágase en mí según tu palabra", es la manifestación de la más alta actividad del hombre, que es la acogida de Dios por la fe. Por eso lo que nazca de ella nacerá de Dios, no de la carne y de la sangre y por obra de varón, será el Hijo del Altísimo.

EL ARCANGEL GABRIEL-ESPECIALISTA DE LA MEDIDA DE LAS 70 SEMANAS. MARÍA, ESPOSA. DIOS BUSCA DESDE HACE TIEMPO -REPUDIADA ISRAEL- UNA ESPOSA QUE LE SEA FIEL.

La forma peculiar de este pasaje, especie de midrash, en el que cada palabra y cada expresión están llenas de sentido y cargadas de evocación, obliga a proceder a un comentario, versículo por versículo, con el fin de precisar los ejes principales. Este evangelio, que aparece repetidamente en el año litúrgico, bien merece un comentario más amplio.

El marco y el contexto histórico (vv. 26-27): La aparición de Gabriel da el tono a la escena de la Anunciación y la sitúa dentro del contexto profético y escatológico. Desde /Dn/08/16 y /Dn/09/21, Gabriel era considerado como el ángel especialista de la medida de las 70/semanas (SEMANAS/70) anunciadas antes del establecimiento del reino definitivo (Dn 9, 24-26).

Efectivamente, conforme al procedimiento midráshico de Lc 1-2, Gabriel aparece primero en Lc 1, 19 en el templo; después, al cabo de seis meses (180 días), a María, Lc 1, 26; nueve meses después (270 días) nace Cristo, y 40 días más tarde hace su entrada en el templo. Pues bien, estas cifras hacen un total de 490 días, es decir, ¡SETENTA SEMANAS! Cada una de esas etapas es señalada, además, con la expresión "Cuando se cumplieron los días..." (Lc 1, 23; 2, 6; 2, 22).

Cristo es, pues, el Mesías previsto en Dn 9, a la vez Mesías humano y también misterioso Hijo del hombre, de origen cuasidivino (Dn 7, 13). Los acontecimientos que anuncian su nacimiento no son más que los preparativos de la entrada de la gloria de Yahvé, personificada en Jesús, en su templo definitivo.

Los títulos de María (vv. 27-28): La escena se desarrolla dentro de una casita de Galilea, esa región despreciada (Jn 1, 46; 7, 41), por oposición a la escena grandiosa de la anunciación del Bautista en el templo (Lc 1, 5-25): ya se dibuja la oposición entre María y Jerusalén, una oposición que se perfila desde el momento de la salutación del ángel. Este toma, en efecto, su saludo de So 3, 16 y Za 9, 9, que dirigían a Jerusalén una salutación mesiánica destinada a anunciarle la próxima venida del Señor "en su seno" (sentido literal de la fórmula de So 3, 16). El ángel traslada, pues, a la Virgen los privilegios atribuidos hasta entonces a Jerusalén.

Además, la influencia de Sofonías se siente a lo largo de todo el relato de la Anunciación (Lc 1, 28 y So 3, 15; Lc 1, 30 y So 3, 16; Lc 1, 28 y So 3, 14).

La expresión "llena de gracia" ha recibido de la teología posterior una explicación que no estaba probablemente implícita en el pensamiento de S. Lucas. En la pluma de Lc significa que la Virgen es "graciosa" como en el vocabulario de los esponsales. Al estilo de Ruth ante Booz (Rt 2, 2; 10, 13), Ester ante Asuero (Est 2, 9; 15, 17; 5, 2. 8; 7, 3; 8, 5), toda mujer ante los ojos de su esposo (Pr 5, 19; 7, 5; 18, 22; Ct 8, 10). Este contexto matrimonial está, pues, cargado de evocaciones: Dios busca desde hace tiempo una ESPOSA que le sea fiel. Ha repudiado a Israel, la esposa anterior (Os 1-3), pero está dispuesto a "prometerse" de nuevo. Interpelada con una expresión frecuente en las relaciones entre esposos, María comprende que Dios va a realizar con ella el misterio de los esponsales prometidos por el A.T. Este misterio alcanzará incluso un realismo inaudito, merced a que las dos naturalezas -divina y humana- se unirán en la persona del Hijo de María con un lazo mucho más fuerte que el de los cuerpos y las almas en el abrazo conyugal.

El evangelio del día añade a estas palabras un miembro de frase que figura únicamente en la Vulgata: "Bendita Tú eres". Esta palabra es atribuida, efectivamente, a Isabel, en el momento de la Visitación; pero testigos tardíos la han reproducido aquí, sin duda, por influjo de oraciones como el Ave María. Pero la yuxtaposición de esta frase al versículo anterior tiene su importancia en el plano de la mariología. Al hacer este elogio, Isabel se inspiraba en un elogio dirigido antiguamente a Jael, la mujer victoriosa del enemigo (Jc 5, 24-27). Esta mujer había matado al enemigo machacándole la cabeza, como había sido prometido a la descendencia de Eva (Gn 3, 15). Un elogio similar será dirigido más tarde a otra mujer victoriosa: Judit (Jdt 14, 7). Tenemos, pues, derecho a ver en esta aclamación el tema de la mujer victoriosa del mal y del enemigo.

Los títulos del Mesías (vv. 31-33): El primer grupo de títulos atribuidos al Hijo de María evoca las promesas mesiánicas del profeta Natán (2 S 7, 11-16). En este texto antiguo encontramos el vocabulario real que inspira a Lc 1, 32-33. Jesús será "grande" (cf. 2 S 7, 11); será Hijo del Altísimo, título reservado a los grandes personajes (Sal 2, 7; 28/29, 1; 81/82, 6; 88/89, 7) y previsto para el Mesías en 2 S 7, 14. Se sentará sobre el trono de David como quieren también 2 S 7, 16 e Is 9, 6, pero el ángel supera las previsiones de Natán, puesto que ve a Cristo extender su reino a la casa de Jacob (las diez tribus del Norte). Realizará, pues, la unidad de Judá y de Israel (Ez 37, 15-28; Dn 7, 14; Mi 4, 4-47), en espera de poder realizar la de los judíos y de las naciones.

El ángel no exige a la Virgen que imponga a su Hijo el nombre de Emmanuel, previsto en Is 7, 14. No hay nada de extraordinario en ello, puesto que ya de antemano se habían aplicado al Mesías una decena de nombres en los medios del judaísmo; pero ninguna tradición había pensado en "Jesús", que significa "Yahvé, nuestro Salvador". Este nombre recuerda a dos personajes del A.T., los cuales han señalado circunstancias importantes de la salvación en la historia del pueblo: Josué, "salvador" del desierto (Si 46, 1-2), y Josué, sacerdote cuando el "salvamento" de Babilonia (Za 3, 1-10; Ag 2, 1-9). Jesús realizará una salvación mucho más decisiva cuando pase, como cabeza de fila, a través del sufrimiento y de la muerte para lograr la salvación de toda la humanidad.

Las circunstancias de la concepción (vv. 34-38): El ángel predice la concepción del niño en términos tomados del Ex 40, 35, en donde la aparición de la nube manifiesta la presencia de Dios. El niño que va a nacer será el fruto de una intervención muy especial de Dios; pertenecerá a ese mundo divino y celestial que la nube simboliza generalmente (v. 35).

Esta intervención divina supone, sin embargo, una colaboración libre (v. 37); pero ésta pretendía, al parecer, permanecer virgen. Las jóvenes podían obtener esta autorización de sus esposos especialmente en el contexto esenio. Sin embargo, parece que la afirmación de María de no conocer en modo alguno varón (siendo así que estaba comprometida con José) debe entenderse a la manera simbólica de todo este "midrash". María representa a Jerusalén, objeto de promesa de fecundidad. No conocer varón, para Jerusalén, es vivir al marasmo de su situación de repudiada, de abandonada, de desamparada (cf Is 60, 15; 62, 1-4). María lleva sobre sí la desolación de la ciudad repudiada, cuando oye que le dicen que serán celebradas nuevas bodas en las que Dios recuperará, en ella, a su antigua prometida. La anunciación realiza el misterio de las bodas de Dios y de su pueblo.

Lucas habla de María y de su virginidad, pero lo hace en el marco preciso de su comunión nupcial con Dios y a fin de poder hablar mejor del fruto de esta comunión: el Mesías.

En cualquier caso, creer en esta virginidad de María en sus bodas espirituales con Dios es afirmar algo sobre JC. La óptica sigue siendo fundamentalmente cristológica.

¿Ha querido san Lucas proponer, utilizando un género literario tan particular, una doctrina de la divinidad de Cristo, o no ha visto en Él más que el cumplimiento de las Escrituras? Epítetos como "grande" o "santo" (Lc 1, 32. 35) son títulos divinos (Tb 13, 4; Sal 47/48, 2; 75/76, 2; 85/86, 10, etc.), sobre todo cuando son utilizados de manera absoluta. Sin embargo, a veces, son atribuidos de manera relativa a personajes humanos (Lc 1, 15, por ejemplo). Por otra parte, la palabra "Salvador" que aparece aplicada a Jesús, pero claramente designada en Lc 2, 11; 1, 47, es un nombre casi exclusivamente divino en el A.T. Nos orienta hacia la trascendencia.

Finalmente, a pesar de su dudosa interpretación, el v. 35 (cf. la repetición del tema en Lc 2, 49) evoca muy discretamente la divinidad de Jesús, pero los iniciados pueden encontrar en esas alusiones veladas el fundamento de su fe. La misma ambigüedad de los temas utilizados por el evangelista obliga a no separar la humanidad y la divinidad de Cristo. Un Mesías que no fuera hombre no podría tomar la humanidad como asociada a la obra de la salvación; un Mesías que no fuera Hijo de Dios no podría enseñarnos la única vía posible de la salvación: el afecto filial al Padre. De todas formas, los dos primeros capítulos del evangelio de san Lucas, como los del primer evangelio, no pertenecen al "kerygma" (predicación, intimación) apostólico fundamental, como los restantes capítulos de los evangelios, que van del bautismo en el Jordán a la resurrección. Quiere decir que esos capítulos interpelan a la fe del cristiano de modo distinto al resto del Evangelio.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Lucas 1,26-38.
La definición dogmática fue la culminación de un largo proceso en el sentir del pueblo de Dios.

Santa María del adviento. En el contexto litúrgico del adviento celebramos esta fiesta de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen. El adviento es sin duda el lugar litúrgico de lo mariano, pues en él se entiende mejor el significado de María. Ella misma es adviento, es decir, expectativa anhelante del nacimiento del Hijo de Dios que se ha encarnado en su seno, conforme a las palabras del ángel en la anunciación, que leemos en el evangelio de hoy.

El 8 de diciembre de 1854 el papa Pío IX definía en la bula Ineffábilis Deus: “Es doctrina revelada por Dios, y por tanto ha de creerse firme y constantemente por todos los fieles, que la Virgen María por gracia y privilegio de Dios todopoderoso, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción” (DS 2803).

La definición dogmática fue la culminación de un largo proceso en el sentir del pueblo de Dios. Como recuerda el concilio Vaticano II “entre los Padres prevaleció la costumbre de llamar a la Madre de Dios totalmente santa e inmune de toda mancha de pecado, como plasmada y hecha nueva criatura en el Espíritu Santo”. María fue “enriquecida desde el primer instante de su concepción con el resplandor de una santidad enteramente singular”; debido a eso, “por orden de Dios es saludada por el ángel de la anunciación como llena de gracia 56).

Eva y María: Dos mujeres en el proyecto de Dios. Podemos decir que la primera y tercera lecturas de este día abren respectivamente el antiguo y el nuevo testamento. No hacemos hincapié en la desmitificación de ambas páginas bíblicas. El contenido o mensaje revelado que ambos pasajes encierran importa más que el decorado y escenificación (género literario) que reviste y encuadra la verdad teológica en cada caso.

La existencia del pecado y del mal en la humanidad es un hecho de experiencia, sobre el que la primera lectura nos brinda una reflexión explicativa. El pecado, es decir, el abuso de la libertad humana, introdujo el desorden en el mundo y trastornó los planes de Dios sobre el hombre y la creación. Adán: hombre, en hebreo; varón y mujer, se comportó como un niño caprichoso que rompe el juguete recién estrenado. Pero Dios, como un padre comprensivo, rehace su proyecto. Por eso, después de la sentencia que sigue al pecado del hombre, abre el futuro a la esperanza. Es el “protoevangelio”, la primera buena nueva: la descendencia de la mujer vencerá a la serpiente, al demonio, al mal, al pecado.

En Cristo Jesús, el nuevo Adán e hijo de María, se realiza esa profecía mesiánica. En él, vencedor del mal, de la muerte y del pecado, la tradición eclesial ha visto realizado este primer anuncio mesiánico de la salvación del hombre por Dios.

Las lecturas bíblicas de hoy nos muestran, pues, el papel divergente de dos mujeres en el proyecto salvador de Dios; papel negativo el de la primera, Eva; y positivo el de la segunda, María. Esta última fue asumida por Dios como instrumento privilegiado, y no meramente pasivo, en su designio sobre la humanidad nueva. El papel maternal de María —función propia y exclusivamente femenina— es la gestación del hombre nuevo, Cristo.

María, inmune de la culpa original. La definición dogmática de la Inmaculada Concepción de María la declara inmune de toda mancha de la culpa original desde el primer instante de su concepción, en atención a los méritos de Cristo, salvador del género humano. ¿Por qué este modo preventivo y privilegiado de redención para María? Entre otros motivos, por estos tres básicos: su maternidad divina, su función corredentora, y su condición de signo de la humanidad nueva según el proyecto de Dios.

La maternidad divina es el fundamento de toda la teología mariana y, también, el más firme motivo para la concepción inmaculada de María. Convenía que ella, destinada a ser la madre del Hijo de Dios, poseyera la máxima santidad posible a una criatura y, por tanto, fuera inmaculada y llena de la gracia y del favor de Dios desde el primer instante de su vida. De ahí se sigue una doble consecuencia: por una parte, su maternidad podía ser así digno reflejo de la paternidad y santidad absolutas de Dios Padre; y por otra, al haber estado siempre bajo la acción santificante del Espíritu Santo, la colaboración de María con el Espíritu en la generación de Jesús podía ser más perfecta.

Función corredentora de María. Una segunda razón que pide esta condición inmaculada de María es su función subordinada de corredención y mediación con Jesucristo, nuestro único mediador. Era también conveniente que la Virgen, asociada al sacrificio redentor de Cristo, pudiera presentar al Padre la ofrenda materna más pura. Redimida con la mayor perfección posible, en esa misma medida podía cooperar a la salvación de la humanidad.

El papa Pío XI en su encíclica Mystici corporis (1943) habló de la corredención de María. En los textos del Vaticano II no se le aplica el término “corredentora”, pero, hablando de la intercesión de María “por los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan”, se le atribuyen calificativos afines: “Por este motivo la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, sin embargo, ha de entenderse de tal manera que nada reste ni añada a la dignidad y eficacia de Cristo, único mediador”.

Imagen de la humanidad restaurada, En tercer lugar, toda la persona y vocación de la Virgen de Nazaret se orienta a la obra de Dios, que es la restauración de la humanidad por medio de su Hijo hecho hombre. Por tanto, ya desde su origen María debía ser la mujer nueva y mostrar en sí misma la nueva creación de Dios, la nueva humanidad restaurada en Cristo, el hombre nuevo.

El plan redentor de Dios responde a su plan creador, para rehacerlo. Si él creó la pareja humana a su imagen y semejanza, rota por el pecado de Adán y Eva, la restauración de esa imagen divina por la redención había de afirmarse también por un varón y una mujer, Cristo y María, que representan la nueva humanidad restaurada a su condición primera.

El paraíso perdido fue la amarga frustración del imposible “ser como Dios”; y el paraíso recuperado será la buena noticia, el evangelio, de una realidad posible y al alcance del hombre, según la elección y el proyecto divino: Estáis destinados a ser hijos de Dios por Cristo.

Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Lucas 1,26-38.Por su belleza literaria y por la hondura de su teología nuestro texto constituye uno de los pasajes centrales del N.T.

Presuponiendo una lectura detallada de su contenido destacaremos el papel que desempeña cada uno de sus personajes:

1) DIOS es quien actúa desde el fondo. No es la entidad suprema que reside impasible en el plano de su inmutable eternidad sino la fuerza liberadora y exigente que dirige los caminos de la historia de Israel y que ahora actúa de una forma decisiva por María: a) Habla a través del ángel, que es la expresión de su cercanía. b) Actúa creadoramente por medio de su Espíritu. c) Se actualiza en el "Hijo" que nace de María.

2) MARÍA es la expresión de la humanidad que se mantiene abierta ante el misterio de Dios y concretiza la esperanza de Israel y el caminar de aquellos pueblos que buscan su verdad y su futuro.

Pero, al mismo tiempo, María es la realidad del hombre enriquecido por Dios, como lo muestran las palabras del saludo del ángel que proclama: "el Señor está contigo", "has encontrado gracia ante Dios". Desde este punto de vista, María se convierte en la figura del adviento, en signo de la presencia de Dios entre los hombres. Más que Juan Bta., más que todos los profetas, ella es la humanidad que simplemente ama y espera, la humanidad que acepta a Dios, admite su Palabra y se convierte en instrumento de su obra. Así descubrimos que en el límite de su esperanza (hombre abierto a Dios) se encuentra el principio de la fe (la aceptación del Dios presente, tal como se refleja en la respuesta de María: "Hágase en mí según tu palabra").

3) EL ESPÍRITU DE DIOS. Recordemos la existencia de su triple epifanía. a)Desde el A.T. el Espíritu es la fuerza divina que conduce a los hombres hacia Cristo. b)Es el poder de Dios que ha sostenido a Cristo en el camino de su vida. c)Y es la herencia que Jesús nos ha dejado por su pascua, la fuerza del amor que ofrece al mundo como el don supremo de su vida (Pentecostés).

ESCLAVA-ANUNCIACION: Pues bien, el relato de la anunciación refiere el momento culminante de la primera epifanía del Espíritu: La fuerza de Dios que conduce a los hombres hacia el Cristo se adueña de María y la convierte en madre (origen humano) de ese Cristo.

4) JESÚS proviene de toda la esperanza de los hombres, es el fruto del adviento de la historia, que culmina en la persona de María.

Pero a la vez, Jesús procede de la fuerza transformante de Dios, brota del Espíritu. Por ser un hombre entre los hombres les ayuda (es rey que les ofrece el reino). Por ser presencia de Dios puede ofrecerles la salvación definitiva.

5) LA SALVACIÓN. Todo el relato (con la palabra del ángel, la respuesta de María y la presencia creadora del Espíritu) se ordena hacia una meta muy precisa: la salvación de los hombres.

En términos tomados de la esperanza del A.T., la salvación se identifica con la instauración del reino davídico. Para nosotros, esa plenitud mesiánica se puede reflejar en otros rasgos; pero en el fondo se identificará siempre con el cumplimiento liberador y transformante de la espera de los hombres, significado en el reino de David. Esa plenitud está significada ya en la misma figura de María, que calladamente espera, escucha la palabra de Dios y colabora. El "hágase en mí según tu palabra", convertido en lema de nuestra actividad, puede y debe cambiar toda nuestra historia.

Elevación Espiritual para este día.

Is 7,10-14: El anuncio del nacimiento del Emmanuel.

Lc 1,26-38: El anuncio del nacimiento de Jesús a María.

La reflexión de estos de textos debe estar en continuidad con la reflexión del día anterior.

El anuncio del nacimiento de Jesús, es nuevamente la interpretación del pueblo de un Dios que ha elegido lo pequeño, lo marginal, lo impotente.

Es, a la vez, la interpretación de un Dios revolucionario y liberador de la misma condición femenina. La mujer, desde esta opción de Dios, ha quedado ubicada en un lugar de privilegio. No se trata, como muchas veces se ha querido insinuar, de una aceptación pasiva, poniendo a la virgen como ejemplo de silencio, inmovilismo, sometimiento.

La virgen, desde la perspectiva de Lucas, una mujer que acepta la propuesta revolucionaria de que Dios nazca de su vientre virgen, de su cuerpo joven, de su corazón femenino.

La mujer, que en esos tiempos no tenía acceso a la Palabra escrita de la Torá, o de los Profetas, ahora tiene en su vientre materno a la misma Palabra de Dios hecha carne.

La mujer, que no podía conversar con otro hombre que no fuera su marido, ahora dialoga con su propia conciencia y toma la decisión de ser la madre de Dios.

La mujer, que vivía dependiente de una estructura familiar rígida, ahora elige, opta, por quedar embarazada milagrosamente.

La mujer, que tenía un acceso restringido al culto, ahora dialoga directamente, cara a cara, con Dios, como Moisés, y aún más que Moisés o los Profetas.

La mujer, que debía cuidar su imagen de moralidad, su virginidad hasta el matrimonio, ahora decide enfrentar a la sociedad de su tiempo y lo más importante: que quien decide es ella.

Por esto (¡y tantas otras cosas más!) no podemos imaginar a la virgen como una mujer pasiva, inmóvil, sumisa. Ella se comprometió desde su propia liberación, con la liberación de Dios; fue revolucionaria con el Dios revolucionario.

Reflexión Espiritual para el día.

La aurora es un momento fabuloso: el que precede inmediatamente al salir el sol. Antes sólo eran tentativas. Un leve palidecer el cielo por oriente, apenas visible en la noche. Sigue un clarear creciente, lentamente al comienzo, luego más rápidamente, siempre más rápidamente. Finalmente un instante en el que el surgir de la luz es tan victorioso y ardiente, el esplendor tan cegador a los ojos habituados a la noche, que nos podríamos creer ante el mismo sol: apenas un instante después, como una llamarada, su luz arde en el hilo del horizonte. Y finalmente el sol. Hasta ese momento, nos podíamos haber engañado, pues ya se transparentaba en lo que sólo era la aurora. Lo mismo la Inmaculada concepción. Primero, a lo largo de los siglos precedentes, se trataba del alba de Cristo, de los comienzos de su pureza y santidad, ya maravillosos considerando que se realizaban en la naturaleza humana, pero aún oscuros respecto a Él. María es el culmen de la aurora, el surgir del día. Pero su luz ilumina a todos. La Inmaculada concepción distingue a María de los demás humanos sólo para unirla más a Cristo, que pertenece a todos (...).

Tras el decreto que estableció la venida de Cristo, se da esta larga preparación que ya la realiza inicialmente y que llena toda la historia antigua de la humanidad. Ahora bien, toda esta preparación lleva a María, porque ella (...) es portadora de Cristo. La preparación es inmensa: es la única obra de Dios mismo en este mundo; se compromete con todo su amor: haciendo confluir, en virtud de su gracia todo lo que en nuestros esfuerzos humanos hay de verdad bueno: se plasmo uno naturaleza humana que será la suya.

Llega un día en que todo está preparado. En la Virgen todo se reúne para pasar de ella al Hijo (...). María es la figura absoluta y total, y lo es para siempre, porque, siendo Madre de Dios, es la que une el Hombre-Dios con lo humanidad.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y el Magisterio de la Santa Iglesia: La Iglesia es anterior a los cristianos, en el contexto de la Sagrada Escritura.

Los vv. 3-14 contienen un himno que sirve de introducción a la carta. Sabemos que un elemento integrante de las primitivas asambleas litúrgicas era la recitación de «salmos e himnos» (1Cor 14, 26; Col 3, 16; Ef 5, 19), cuyo uso Litúrgico provenía del judaísmo. La ley fundamental de nuestro himno es el paralelismo: paralelismo del número de sílabas, asonancia de las sílabas iniciales o finales. Los versículos están agrupados en seis estrofas, de dos esticos cada una, y con unidad de sentido.

La primera estrofa (3-4): Como todo himno religioso, empieza por Dios. Dios es «bendecido» por los hombres, porque previamente Dios había derramado sobre la humanidad—concretamente en orden a un plan preconcebido toda suerte de «bendiciones espirituales»

Ya en el Antiguo Testamento Dios aparece como la suprema y única fuente de bendiciones; los hombres podrían ser, a lo más, transmisores de estas bendiciones Pero, sobre todo, había una bendición -la mesiánica- que se iba transmitiendo de generación en generación hasta llegar al Mesías, que concentrará en sí todo el cúmulo de bienes prometidos y podrá dispensarlos a la humanidad.

“Espirituales” son las bendiciones dispensadas por Cristo, no en el sentido moderno de la palabra (no materiales), sino según la antítesis bíblica “carne-espíritu” «Carne» es la condición humana dejada a sus propias fuerzas; y «espíritu» es esa misma condición humana cuando ha sido investida de ese soplo misterioso que proviene del más allá absoluto.

Dios «nos ha elegido en él, para ser santos e inmaculados en su presencia» Pablo no Piensa directamente en la santidad moral de cada cristiano, sino en la consagración de la Iglesia como grupo proyectado por Dios: se trata de una especie de atmósfera sagrada, dentro de la cual los individuos pueden ciertamente cometer actos «abominables».

La idea de Pablo es clara: la Iglesia es el nuevo pueblo elegido. Ahora bien, esta elección no ha sido una improvisación divina, un producto contingente de la historia; al contrario, es un primitivo proyecto de Dios, que en la jerarquía de los motivos ocupaba, en la mente divina, un lugar superior y anterior al mismo plan de la creación del mundo.

La segunda estrofa: Como quiera que se trata de un plan, de una «estructura planificada», aquí se habla de «predestinación». Pero esta predestinación no interfiere para nada la libertad personal, ya que se trata precisamente de la “Iglesia” como tal, no de los miembros de cada comunidad que libremente se adhieren a ella.

La Iglesia, según el plan preconcebido de Dios, es un espacio donde los hombres se convierten en hijos adoptivos de Dios, Jesucristo es el hijo natural, que por la incorporación de los creyentes a su persona los transforma en hijos adoptivos de Dios.

Y así una de las principales características de este nuevo pueblo de Dios es “la adopción filial”. En Rom 9, 4 Pablo reconoce que esta adopción filial pertenece al pueblo de Dios, como uno de sus constitutivos sociales. Así lo prometió Dios en el Antiguo Testamento.

Pero aquel derecho de la filiación divina no fue nada más que poseído en raíz por Israel, asemejándose al estado del hijo de un romano libre, que, mientras es menor de edad, está entregado a los esclavos «pedagogos» (=niñeros») y convive con ellos haciendo vida de esclavo, a pesar de ser el dueño de todo. Sólo cuando llegó la mayor edad en el Nuevo Testamento, el verdadero Israel, el Israel de Dios, tuvo «acceso al Padre» y pudo disfrutar realmente la adopción filial (Gál 3, 1 7).

Ahora bien, este grupo que forma la Iglesia del Nuevo Testamento no ha presentado méritos más relevantes que cualquier otro grupo humano. Todo se debe a una pura benevolencia de una previa decisión divina.

Tercera estrofa (7-9a) en este himno el plural de primera persona se refiere precisamente a esa Iglesia o estructura eclesial planeada por Dios desde siempre. Pues bien, la Iglesia es —debe ser—el pueblo de Dios. En el Antiguo Testamento Israel se convertía en pueblo de Dios, porque Dios lo rescataba de unos amos o señores que lo oprimían.

Esto quiere decir la palabra griega “lýtrosis: rescate, redención. Pero ahora no se trata de rescatar a un determinado pueblo de la geografía planetaria; se trata de toda la humanidad. El punto de partida de este «éxodo» no puede ser un rincón del orbe, sino algo más profundo: el pecado, o sea, aquello que le impide a la humanidad realizarse como un único pueblo según los primitivos designios del Creador. La Iglesia es la plataforma para emprender esta ruta hacia la unificación universal de la geografía y de la historia humana. Este es el «misterio» de Dios, que se va a exponer en la siguiente estrofa.

L a cuarta estrofa (9b-10b): el «misterio» se refiere al itinerario de la historia humana, tal como fue concebido y planeado por Dios: «recapitular todas las cosas en Cristo». La Iglesia tiene por misión proclamar humildemente a los hombres este “secreto” de la gravitación crística de la historia. Es solamente y nada más que eso: un «misterio». Los evangelizadores tendrán mucho más de poetas y cantores que de filósofos, científicos u organizadores políticos. Habrán de estar siempre a la escucha de ese latido erístico del acontecer humano que ningún ingenio humano podrá nunca detectar. Sólo la fe lo descubre. Por eso, cuando las comunidades olvidan el misterio y quieren reconvertirlo en constatación razonable o científica, van dejando de ser «Iglesia» y van perdiendo esa sensibilidad al latido del misterio escondido en el acontecer de la ruta histórica de la humanidad.

La quinta estrofa (11-12): El concepto de «herencia» hay que conectado aquí con el Antiguo Testamento, y no con el derecho griego y rumano que de alguna manera aún vigente entre nosotros. En efecto, en el Antiguo Testamento Dios prometió a Israel darle la tierra de Canaán como una «herencia»; pero esto no significaba que antes de la posesión Israel tuviera ya un derecho, como es el caso de la herencia. El que es «heredero» no posee aún la cosa, pero tiene la herencia radicalmente.

Sin embargo, en e Antiguo Testamento se habla ordinariamente de dar, en un futuro, la «herencia» de la tierra prometida.

Así, pues, el verbo «heredar» significa entrar en posesión de la tierra. Esta herencia fundaba un derecho duradero de posesión, de suerte que en los años jubilares la tierra tenía que pasar al dominio efectivo de sus primitivos dueños. Esto dio pie para transportar el concepto de «herencia» al plano escatológico, ya que era sumamente, apto para dignificar la eterna posesión del reino de Dios.

En este sentido se empieza a usar en el Nuevo Testamento: los no violentos «heredarán la tierra» (Mt 5, 4).

Como todas esas grandes realidades mesiánicas —vida, reino de Dios, gloria, adopción filial—, también la “herencia”, sin dejar de ser escatológica en lo que tiene de plenitud, ha empezado ya a existir en las comunidades cristianas.

Con la sexta estrofa (13-14): termina el himno resumiendo el proceso de evangelización gratuita, que constituye la infraestructura de todo su contenido. Los evangelizados han sido también «sellados». El sello es el bautismo. Como la circuncisión, el sello del bautismo es algo más que un signo: es el sello que Dios imprime en la alianza con un pueblo libremente elegido por él.

Pablo no tenía todavía experiencia del problema sobre el bautismo de los niños, pero aquí tenemos una buena pista. La “Iglesia” es más que el conjunto de las comunidades. El bautismo no es un simple registro de los miembros de una comunidad, sino la irrupción del Espíritu, que permanece como una «prenda» o anticipo en función del cobro de una cantidad mayor.

Es verdad que la “sacramentalización” se ha convertido a veces en un rito sin sentido; pero no hay que ir al extremo contrario, o sea a reducir las comunidades a la pura realidad histórica de unos hombres que deciden libre y democráticamente organizar un grupo religioso. El sentido fundamental del himno introductorio de la Carta a los Efesios va en sentido contrario: la «IgLesia» es un proyecto de Dios, anterior a la decisión de los hombres. Estos tendrán, sí, que incorporarse libremente a esta estructura eclesial. Pero antes de su incorporación existe un clima previo —el clima del Espíritu—, que hace posible el itinerario del nuevo pueblo de Dios hacia un final de plenitud meta histórica.

Así, pues, el bautismo crea ya, por la acción del Espíritu, un clima previo que ayuda al nuevo ser humano a tomar, a su debido tiempo, la libre decisión de pertenecer a las comunidades eclesiales.+

Enviado el Viernes, 08 diciembre a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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