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Nuestro Blog: La Mística

En Reflexiones Católicas estrenamos nuevo blog dedicado a La Mística y Los Místicos, donde encontrarás artículos, biografías, vídeos...
 
 
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Lecturas del día 07-12-2017

LITURGIA DE LA PALABRA.

Is 26,1-6: Las pisadas de los pobres, pisan la ciudad humillada
Salmo responsorial 117: Bendito el que viene en nombre del Señor
Mt 7,21.24-27: Quien cumple la voluntad del Padre entrará en el Reino

En la actualidad, las experiencias de fe se suelen expresar de muy diversas maneras; sin embargo, tienen mucha fuerza fenómenos religiosos en torno a grandes espectáculos, de alabanza, de sanaciones y hasta de exorcismos, con lenguajes alienantes que cumplen un papel “aislante” frente a la realidad.

El evangelio de hoy cuestiona las prácticas religiosas de la sociedad en la que Jesús vivió, pues se centraban en hacer grandes sacrificios y ritos públicos para aparentar la fe en Dios; sin embargo, no es ese el camino más pertinente para confesar la fe en el Dios de la Vida.

Escuchar la Palabra de Dios y ponerla por obra, ese es el proyecto de Jesús; es lo que da solidez a la fe y a la Iglesia misma. Aquí es oportuno tener en cuenta dos dimensiones. Primera: Escuchar la palabra significa estar atentos a las voces multiformes de Dios, saber comprender los signos de los tiempos, disponer todos los sentidos para captar la revelación de Dios en la historia. Segunda: Poner la Palabra por obra no es otra cosa que ser obediente al designio de Dios, actuar coherente y responsablemente en la realidad; es responder como creyentes a los desafíos de los tiempos.

Vivir la fe cristiana de manera responsable y coherente no siempre significa hacer cosas de gran trascendencia; se trata de asumir con alegría la tarea de transformar-liberar en el contexto cercano en el que vivimos.

PRIMERA LECTURA.
Isaías 26,1-6.
Que entre un pueblo justo, que observa la lealtad.

Aquel día se cantará este cantar en la tierra de Judá: «Tenemos una ciudad fuerte; Dios la ha protegido con fortificaciones y murallas. 2 ¡Abrid las puertas, para que entre el pueblo justo, que se ha mantenido fiel! 3 firme su ánimo, mantiene la paz, porque ha puesto en ti su confianza.

Confiad siempre en el Señor, que el Señor es la roca perpetua! a los que habitaban en lo alto; derribó a la ciudad encumbrada, la derribó hasta el suelo, la arrojó en el polvo, 6y será pisoteada por los humildes, por los pasos de los pobres».

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 117
R/.Bendito el que viene en nombre del Señor.

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres, mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los jefes. R.

Abridme las puertas del triunfo, y entraré para dar gracias al Señor. Ésta es la puerta del Señor: los vencedores entrarán por ella. Te doy gracias porque me escuchaste y fuiste mi salvación. R.

Señor, danos la salvación; Señor, danos prosperidad. Bendito el que viene en nombre del Señor, os bendecimos desde la casa del Señor; el Señor es Dios, él nos ilumina. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Mateo 7,21.24-27.
El que cumple la voluntad del Padre entrará en el reino de los cielos.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo.

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.

El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente."

Palabra del Señor.



Reflexión de la Primera lectura: Isaías 26,1-6. : Abran las puertas; que entre gente buena.

Este pasaje pertenece al llamado "apocalipsis de Isaías" (capítulos 24-27 de su libro). El profeta anónimo, discípulo del gran Isaías y que vive ya después del destierro de Babilonia, describe en este apocalipsis (o "revelación") el juicio de Dios.
 

Los acontecimientos inmediatos de la historia le sirven como signos que señalan lo que aún ha de venir cuando todo se revele y desaparezca el velo que ahora cubre todas las naciones. Nuestra lectura recoge, bajo el símbolo de un banquete, el aspecto positivo de este juicio de Dios. Se trata del banquete que Dios ha preparado para todos los pueblos (cf. Mt 8. 11; 22. 2-14; Ap 19. 9), del banquete de la entronización de Yahvé (cf 1 S 11. 15; 1 R 1. 25s.). Pues ha de reinar sobre todos los pueblos (24. 23), poniendo fin a nuestros nacionalismos estúpidos.

El "monte" es el Sión, porque Dios ha querido que la salvación del mundo venga de los judíos. La manifestación de Dios, su epifanía, quitará el velo que cubre todas las naciones; esto es, acabará con el error que impide a los pueblos ver con claridad (cf. 29. 10; 2 Co 3. 15s.).

Y el conocimiento de Dios, mejor, el reconocimiento y aceptación de Dios, acabará con el pecado y con sus terribles consecuencias: el dolor y la muerte.

En ese día Yahvé pondrá fin al oprobio que padece su pueblo elegido y se acabará la mofa de sus enemigos. Este pueblo que aún espera contra toda esperanza, en la diáspora -"¿Dónde está vuestro Dios?", le preguntan con sorna los incrédulos-, reunido en presencia de Dios y ante todos los pueblos, encontrará al fin una satisfacción para su esperanza y la contestación a las burlas de sus enemigos. Dirá entonces y responderá con gozo: "Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara". Y comenzará una fiesta sin ocaso.

REINO DE DIOS-ALEGRÍA. EL BANQUETE ES MAS QUE UNA BUENA COMIDA. ES SABER QUE TODOS LOS MALES DESAPARECEN. DESAPARECE EL DRAMA DE UNA HISTORIA DESQUICIADA Y EL DRAMA DE TODA LÁGRIMA EN TODO OJO HUMANO.

La primera lectura complementa hoy relevantemente el tema central del evangelio. La promesa de vida de Dios se dirige a todos y promete una plenitud que es gozo, liberación de todo mal, ternura. El banquete es más que una buena comida: es saber que todos los males desaparecen, desaparece el drama de una historia desquiciada y el drama de toda lágrima en todo ojo humano. Un texto para repasar y meditar frase por frase.

EN TODO RELATO ESCATOLÓGICO LAS AFIRMACIONES SON MAS PRODUCTO DE LA FE QUE DEL CONOCIMIENTO. AMENAZAS. EL QUE SE COMPLACE EN ATORMENTAR A LOS SERES HUMANOS CON EL MIEDO AL CASTIGO ES UN POBRE Y TRISTE HOMBRE QUE NI ES FELIZ NI SOPORTA QUE LOS OTROS LO SEAN.

* Contexto.-La lectura de este domingo forma parte de una unidad literaria del libro de Isaías, denominada "Escatología" (cap. 24-27). Estos capítulos son muy posteriores al profeta, y fueron insertados en esta obra en una época posterior al destierro.

Al leer el texto no debemos nunca de perder de vista el hecho de que nos encontramos con un relato escatológico en el que las afirmaciones son más producto de la fe que del conocimiento. El autor sueña con un futuro, que cree real, en el que el Soberano Juez de la historia inaugurará su verdadero reinado en cielos y tierra, en todo el universo. ¿Cuándo tendrá lugar? El escritor sólo sabe que se trata de un futuro.

* Texto.-Para entender esta perícopa vamos a leer también Is 24. 21-23, trozo muy unido a nuestro relato.

1) 24. 21-23 y 25. 6-8: En un tiempo futuro, afirma el poeta, el Soberano hará un juicio sobre todo el Cosmos, tanto sobre las huestes celestes como sobre los reyes de la tierra. Las huestes o ejércitos celestes son las estrellas, consideradas por los orientales como seres divinos. Más tarde, en la literatura apocalíptica, estas huestes se identificarán con los coros de ángeles (en el libro de Enoch se habla, indistintamente, del castigo de las estrellas o de los ángeles).

El juicio divino es un examen de separación: investigada la culpa se le elimina. Los agentes de la misma, ya sean humanos o divinos, son encerrados en la mazmorra a la espera del castigo.

Nuestro texto no habla para nada de la destrucción del sol y de la luna, como afirman otros relatos apocalípticos sino que sólo se constata el hecho de que las dos "grandes" luminarias "se avergüenzan", expresión similar a nuestro "salir los colores": un desorden interno aflora al exterior en un "ponerse rojo como un tomate".

Sobre este fondo de juicio resalta el hecho de "la soberanía divina sobre Sión" (24. 23b), idea muy repetida en la teología de los círculos de Jerusalén. Es el inicio del reinado del Señor.

Y este acontecimiento se celebra con un espléndido "banquete" al que están invitados todos los pueblos (25. 6-8a) sin excluir a los judíos (v. 8b). El banquete es imagen de la liberación gozosa de la era mesiánica (cf.lectura del NT). El Señor es un generoso anfitrión que nos ofrece los mejores manjares y los más exquisitos licores, y los ofrece a todo el mundo sin excluir a nadie.

Y para colmo de la dicha, este gran anfitrión nos hace "un regalo inapreciable": aniquilar de forma definitiva la muerte y, con ella, su cortejo de sufrimientos y de lágrimas. 2) vs. 9-10a: Es un canto de agradecimiento entonado por todos aquellos que han experimentado en sus carnes la liberación del Señor. Con gozo inmenso la comunidad exclama: el Señor está en medio de nosotros y notamos su mano. A pesar de todas las dificultades de este valle de lágrimas, Dios es el áncora de nuestra vida.

* Reflexiones.-Aunque el escritor del AT no menciona a ningún Mesías, ya que Dios en persona es el Soberano, esta profecía veterotestamentaria nos lleva a una era mesiánica en una lectura más profunda y conjunta de toda la Biblia. Con el cumplimiento de la profecía en Jesús de Nazaret, la perspectiva cambia. Él es el Mesías que instaura el Reino del Padre, y resucitando de la muerte triunfa sobre ella y sobre sus consecuencias: el dolor y llanto. A cuantos responden a su invitación a formar parte de su reino les hace participar de alguna manera, y en alguna medida aunque no definitiva, en su triunfo sobre la muerte. El autor no dice cuál es el origen, la causa de nuestro dolor y de nuestras lágrimas. Es nuestra finitud la culpable de los mismos. Y la imagen de un Soberano enjugando las lágrimas de los seres finitos es conmovedora. Él es el ser solidario con el hombre con amor total hacia cada uno de los miembros de la humanidad. Él es el gran consolador que no sólo anuncia la extirpación futura del dolor y de la muerte sino que se entretiene con el quehacer diario de consolar en el momento presente. Así debe ser la actitud de la Iglesia, de todo cristiano: anunciar el final glorioso de esta limitación humana, pero mientras esto acaece no desentenderse de las lágrimas de nuestro mundo. Son demasiado copiosas, y los gritos muy desgarradores. ¡No cerremos los ojos ni taponemos nuestros oídos! El banquete eucarístico es signo del banquete escatológico. El Señor es un generoso anfitrión que nos ofrece todo lo mejor, sin excluir a nadie. El Papa, los obispos, la Iglesia deben ser generosos con todos y en todo, sin tratar de excluir a nadie, sin querer ofertar sólo café y prohibiendo los otros licores. Y la razón es muy sencilla: ninguno de ellos es el anfitrión y deben respetar la voluntad del amo. ¡No caigamos en teologías baratas de "alter Xtus"! El amo sólo es uno.

Al instaurar su reinado, el Señor consuela a los que están tristes ofreciéndoles un banquete, signo del gozo y de la alegría. Dios quiere mostrar su soberanía haciendo a los hombres felices, el banquete y la destrucción de la muerte son sus imágenes más plásticas. Si Jesús sufre es para que nosotros vivamos alegres. Este debe ser el mensaje del hombre evangélico.

El que se complace en atormentar a los seres humanos con el miedo al castigo es un pobre y triste hombre que ni es feliz ni soporta que los otros lo sean.

Reflexión del Salmo 117. Bendito el que viene en nombre del Señor.

En el conjunto del salterio, este salmo concluye la «alabanza» o «Hallel» (Sal 113-118) que cantan los judíos en las principales solemnidades y que cantaron también Jesús y sus discípulos después de la Ultima Cena, No cabe deuda de que se trata de una acción de gracias. La única dificultad que plantea estriba en de terminar si quien da gracias es un individuo o se trata, más bien, de todo el pueblo. A simple vista, parece que se trata de una sola persona. Sin embargo, la expresión «todas las naciones me rodearon» (10a) lleva a pensar más en todo el pueblo que en un solo individuo, En este caso, el salmista estaría dando gracias, en nombre de todo Israel, por la liberación obtenida. Por eso lo consideramos un salmo de acción de gracias colectiva.

Existen diversas maneras de entender la estructura de este salmo. La que aquí proponemos supone la presencia del pueblo congregado (tal vez en el templo de Jerusalén) para dar gracias. Podemos imaginar a una persona que habla en nombre de todos, y al pueblo, dividido en grupos que aclaman por medio de estribillos. De este modo, en el salmo podemos distinguir una introducción (1-4), un cuerpo (5-28, que puede dividirse, a su vez, en dos partes 5-18 y 19-28) y una conclusión (29), que es idéntica al primer versículo.

La introducción (1-4) comienza exhortando al pueblo a que dé gracias por la bondad y el amor eternos del Señor (1; compárese con la conclusión en el v. 29). A continuación, la persona que representa al pueblo se dirige a tres grupos distintos (los mismos que aparecen en Sal 115,9-11), para que, de uno en uno, respondan con la aclamación: « ¡Su amor es para siempre!». Es tos tres grupos representan a la totalidad del pueblo: la casa de Israel, la casa de Aarón (los sacerdotes, funcionarios del templo) y los que temen a Dios (2-4). El pueblo se reúne con una única convicción: el amor del Señor no se agota nunca.

La primera parte del cuerpo (5-18) presenta también algunas intervenciones del salmista en las que se intercalan aclamaciones de todo el pueblo. Habla del conflicto a que han tenido que hacer frente (6-7); la intervención del Señor colmé al pueblo de una confianza inconmovible. A continuación viene la respuesta del pueblo (8-9), que confirma que el Señor no traiciona la confianza de cuantos se refugian en él. El salmista vuelve a describir el conflicto (10-14) La situación ha ido volviéndose cada vez más dramática. Se compara a los enemigos con un enjambre de avispas que atacan y con el fuego que arde en un zarzal seco (12). Pero el Señor ha sido auxilio y salvación. El pueblo interviene (15-16) manifestando su alegría y hace tres elogios de la diestra del Señor, su mano fuerte y liberadora. En el pasado, esa mano liberó a los israelitas de Egipto. Tras la nueva liberación, pueden oírse los gritos de alegría y de victoria en las tiendas de los justos. Vuelve a tomar la palabra el salmista, pero no habla ahora de la situación de peligro, sino del convencimiento que invade al pueblo tras la superación del peligro (17-13); habla de una vida consagrada a narrar las hazañas del Señor. La opresión es vista como castigo de Dios, un castigo que no condujo a la muerte.

En la segunda parte del cuerpo (19-28) tenemos restos de un rito de entrada en el templo. Se supone que el salmista y los diferentes grupos se encontraban presentes desde el comienzo del salmo. El primero pide que se abran las puertas del triunfo (del templo) para entrar a dar gracias (19). Alguien de la casa de Aarón (por tanto, un sacerdote) responde, indicando la puerta (que probablemente se abriría en ese momento). Es la puerta por la que entran los vencedores (20). El salmista comienza su acción de gracias (21-24): en no del pueblo da gracias por la salvación y por el cambio de suerte. La imagen de la piedra angular (22-23) está tomada de la construcción de arcos. La piedra que se coloca en el vértice de un arco es la que sostiene toda la construcción. El día de la victoria es llamado «el día en que actuó el Señor» (24a). El pueblo responde, pidiendo la salvación, que se traduce en prosperidad (25). Los sacerdotes (los descendientes de Aarón) bendicen al pueblo (26), invitándole a formar filas para la procesión hasta el altar (27). Interviene por última vez el salmista, dando gracias y ensalzando a Dios (28). Se su pone que, a continuación, se ofrecerían sacrificios en el templo, culminando la alegría de la fiesta con un banquete para todos.

Este salmo respira fiesta, alegría, es una acción de gracias que concluye con una procesión por la superación de un conflicto. La situación en que se encontraba el pueblo antes de la súplica era muy grave. El salmo nos habla del clamor en el momento de la angustia (de los enemigos (7b) y de los jefes (Más aún, las naciones habían plantado un cerco contra el pueblo, aumentando cada vez más la opresión. El pueblo estaba siendo empujado, en una situación que hace pensar en la muerte (17a). Con el auxilio del nombre del Señor, el pueblo rechazó a sus enemigos, provocando gritos de júbilo y de victoria en las tiendas de los justos (15). El pueblo volvió a la vida (17) y ahora tiene la misión de contar las maravillas del Señor, que se sintetizan en la salvación (14b). El Señor cambió radicalmente la suerte de su pueblo; convirtió la piedra rechazada en piedra clave que sostiene el edificio (22). Esto se considera una «maravilla» (23), término que nos lleva a pensar en las grandes intervenciones liberadoras del Señor en el Antiguo Testamento. El día en que se produjo este cambio, es llamado aquí «el día del Señor», rescatándose así toda la esperanza que esta expresión le transmitía al pueblo, sobre todo en tiempos de dificultad. Resulta difícil determinar a qué momento de la historia se refiere este salmo. Pero esto, no obstante, no es de terminante. La petición de «prosperidad» (25b) nos lleva a pensar en la posterior inmediatamente posterior al exilio en Babilonia.

Lo primero que nos llama la atención es la frecuencia con que aparecen el nombre «el Señor» y la expresión «en nombre del Señor». Sabemos que el nombre propio de Dios en el Antiguo Testamento es «el Señor» —Yavé, en hebreo— y que este nombre está unido a la liberación de Egipto. Su nombre recuerda la liberación, la alianza y la conquista de la tierra. Se entiende, pues, que este salmo insista en que su amor es para siempre. Amor y fidelidad son las dos características fundamentales del Señor en su alianza con Israel. El salmo dice que Dios escucha y alivia (5), que carnina junto a su pueblo y le ayuda (7a), haciendo que venia a sus enemigos (7b). El recuerdo de la «diestra» de Dios hace pensar en la primera «maravilla» del Señor: la liberación de Egipto. El pueblo ha experimentado una nueva liberación, semejan te a la que se narra en el libro del Éxodo. El «día del Señor», expresión que subyace al v. 24, muestra otra importante característica de Dios. Durante el caminar del pueblo, esta expresión hacía soñar con las grandes intervenciones del Dios que libera a su aliado de todas las opresiones. La expresión «mi Dios» (28) también surgió en un contexto de alianza entre el Señor y su pueblo.

Jesús es la máxima expresión del amor de Dios. En Jesús aprendemos que Dios es amor (1Jn 4,8). Jesús fue también capaz de manifestar a todos ese amor, entregando su vida a causa de él Qn 13,1). La liturgia cristiana ha leído este salmo a la luz de la muerte y resurrección de Jesús. La carta a los Efesios (1,3- 14) nos ayuda a bendecid a Dios, por Jesús, con una alabanza universal.

La liturgia nos invita a rezarlo en el Tiempo de Pascua, a la luz de la muerte y la resurrección de Jesús. Conviene rezarlo en comunión con otros creyentes, dando gracias por las «maravillas» que Dios ha realizado y sigue realizando en medio de nosotros; también podemos rezarlo cuando celebramos las duras conquistas del pueblo y de Los grupos populares en la lucha por la vida...

Reflexión Primera del Santo Evangelio: Mateo 7,21.24-27. El que cumple la voluntad del Padre entrará en el reino de los cielos.

Las dos imágenes evangélicas antitéticas del hombre prudente y del hombre necio y de los dos resultados contrapuestos corresponden a las fórmulas de la alianza de Dios con Israel, fórmulas que —según los diversos testimonios del Antiguo Testamento— concluyen siempre con una serie de bendiciones y maldiciones. Las frases conclusivas del sermón de la montaña nos dan a entender que bendición y maldición, salvación o destrucción no nos vienen dadas del exterior; son más bien la manifestación de la diversa consistencia del actuar humano y del cimiento en que se funda. Naturalmente que cuesta más construir sobre roca (v. 27), es mucho más cómodo edificar sobre extensas llanuras de arena, pero tales construcciones sin cimientos sólidos están destinadas a ser arrasadas por aguaceros y ventoleras (v. 27), por consiguiente, es capital la calidad del cimiento; sólo apoyando las obras propias en una Palabra imperecedera de verdad es como la vida humana logra su realización, prescindiendo de exterioridades: «No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos» (v. 21). Esta fue la tentación por parte de los carismático—entusiastas de la comunidad primitiva tendente a buscar obsesivamente milagros y manifestaciones espectaculares. Estos grupos olvidan que sólo una obediencia filial y seria a la voluntad del Padre indica la calidad del seguimiento de los discípulos de Jesús (cf. Mt 7,21-23).

Sólo viviré auténticamente mi discipulado escuchando y llevando sinceramente a la práctica la Palabra del Señor. Contra la tentación de hacer coincidir la vida cristiana con lo extraordinario —llámense exorcismos, curaciones o milagros— debo tratar de buscar los fundamentos de su firmeza: la obediencia cotidiana a la palabra del Señor encarnada en mi vida. El texto evangélico describe dos modos contrapuestos en los que puedo cimentar mi trabajo. Por una parte la búsqueda de lo sensacional, de la apariencia o vanidad de mis efímeras realizaciones. Es un modo de enmascarar la inconsistencia de mi vida, ignorando que incluso la mínima acción buena que pueda ejecutar es un don de la gracia que exige humildad y agradecimiento. Al manifestarse la fragilidad de mi cometido, me aterrorizará lo mismo que el desplome repentino de una casa. Todavía no tengo morada en la «ciudad fuerte» habitada exclusivamente por «un pueblo justo que observa la lealtad» y que pone el cimiento de su existencia en el Señor, la roca eterna.

En la dirección opuesta aparece la firme decisión de no pretender apoyarme en palabras, en el peligroso juego del aparentar, sino cimentarme en la Palabra del Señor, fuente de seguridad y protección. Entonces incluso podré olvidar mis obras buenas: “Tuve hambre y me disteis de comer, sed y me disteis de beber» (Mt 25,35), manteniéndome lejos de cualquier autocomplacencia. De este modo experimentaré la verdad de lo que dice el Apocalipsis: «Dice el Espíritu, podrán descansar de sus trabajos, porque van acompañados de sus obras» (Ap 14,13). De hecho, a quien se gloría únicamente en la bondad del Señor se le abren las puertas de la «ciudad fuerte» y el Padre le concede la entrada en el Reino, como hijo amado.

Cuantas veces he construido sobre arenas movedizas mis proyectos sin confrontarlos con los tuyos, ilusionándome con la autosuficiencia de mis palabras en vez de con una amorosa y gozosa obediencia a tu voluntad.

Señor acepta mi alma arrepentida y mi corazón humillado, ya que deseo ser y no aparentar, quiero llegar a ser, contando con tu ayuda, un miembro vivo de tu pueblo y anhelo caminar contigo en humildad y justicia, para poder morar en tu ciudad santa.

«Si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los albañiles» (Sal 126,1). Sois templo de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros. Esta es la casa y éste el templo de Dios, lleno de enseñanzas y prodigios de Dios, morada capaz de la santidad del corazón de Dios. Dios es quien debe construir esta casa (...). Debe levantarse con piedras vivas, aglutinada por la piedra angular, crecer con el cemento de la comprensión mutua, hacia el estado del hombre perfecto a la medida del cuerpo de Cristo, y adornado con la hermosura y esplendor de las gracias espirituales.

El sencillo comienzo de la edificación está lejos de su final, pero continuando en la construcción se llegará a la perfección.

Reflexión Segunda del Santo Evangelio: Mt 7, 21.24-29,Si tu saber supera a tu actuar, eres como un árbol con muchas hojas y poca raíz

La sección anterior establecía un principio de discernimiento de espíritus: por sus frutos los conoceréis. Allí se refería a los profetas. Aquí el principio se universaliza, se hace válido para todos. No bastan palabras bonitas, ni acciones impresionantes. Más aún, no son necesarias.

Durante su ministerio terreno, Jesús no fue llamado, Señor con toda la dimensión teológica que este titulo tuvo posteriormente en la Iglesia y sigue teniendo para nosotros. Sabemos que Jesús, en toda su realidad humana no-divina, fue constituido Señor a partir de la resurrección (He 2, 36). Jesús pudo haber sido llamado “señor”, —título honorífico no cristológico como eran llamados también los maestros de su época. A pesar de lo dicho, Jesús es el Señor y su palabra era inapelable y debía traducirse en obediencia incondicional. Así aparece su imagen a lo largo del evangelio. Mientras vivió en la tierra fue el Señor humilde y escondido. La resurrección le introduciría en el señorío absoluto, “como rey de reyes y señor de los que dominan” (Ap 19, 16).

Las palabras que aquí dice Jesús están afirmadas desde su calidad de juez y, en cuanto tal, declara solemnemente que la pertenencia al Reino, la sumisión a Dios, no existe sin el cumplimiento de su voluntad. Si uno le confiesa como Señor tiene que ser consecuente y actuar como siervo, aceptando y cumpliendo la voluntad de su Señor. Señor y siervo son palabras y conceptos correlativos que se implican mutuamente, con el reconocimiento correspondiente de la dignidad y autoridad del Señor, por una parte, y, por otra, de la situación del siervo y sus obligaciones.

Son condenados por el juez no por falta de obras buenas: han hablado proféticamente han llevado a los hombres a Dios, han vencido a Satanás, al estilo de la victoria de Cristo sobre él (Mt 12, 28), han hecho obras maravillosas... pero no han cumplido la voluntad de Dios. Por eso, los que se presentan con esta arrogancia ante Dios son llamados «obradores de la iniquidad» Al manifestarse con esta dureza, el evangelista, probablemente tiene delante a los partidarios de la gnosis, que se gloriaban de poseer un conocimiento superior de Dios, lo mismo que Jesús pensaba de los fariseos. A fin y al cabo, las obras buenas realizadas por ellos indicaban su excesiva intolerable autosuficiencia un, pasar la factura a Dios.

La necesidad de ser consecuentes se acentúa en la parábola conclusiva del sermón del monte. Nos habla de dos formas distintas de oír: oír simplemente y oír prácticamente llevando a la práctica lo oído. El oír práctica y eficazmente es llamado por Jesús «prudencia». Expresiones como las de esta parábola no faltan en el judaísmo. Una de ellas dice: “Si tu saber supera a tu actuar, eres como un árbol con muchas hojas y poca raiz” Jesús se sitúa en la misma línea. Con una diferencia radical: lo que es preciso oír eficazmente y lo que, por tanto, resulta ser determinante de la suerte de los oyentes, es nuestra propia palabra. Nadie nunca se expresó así. Si los profetas del Antiguo Testamento se expresaron en forma parecida, lo hacían como portavoces de la palabra de Dios.

El sermón de la montaña se clausura así comparando a los hombres con las casas que edifican. Externamente pueden ser iguales; la diferencia se nota en los momentos decisivos, en el momento de la tormenta: una se mantiene firme y otra cae entre ruinas. Como la suerte que correrán los hombres en el momento decisivo: entrada en la vida o exclusión de la misma.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Mt 7,21.24-27, La casa sobre la arena o sobre la roca.

No todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre.

Al contrario que la escolástica, la filosofía griega antigua no hacía distinción entre razón y voluntad. Los griegos no concebían que uno pudiera pensar de un modo y comportarse de otro. Para Sócrates, el pecado es la ignorancia: si uno supiera lo que le hace bien, lo haría. El poeta latino Ovidio es más realista: «Veo lo que está bien y lo apruebo, pero hago lo que está mal».

Es una contradicción y una falta de unidad muy humana; el hombre moderno la sufre especialmente, sobre todo en su relación con el prójimo.

Aparentemente no nos gustan las peleas y nos comportamos como si en nuestra comunidad humana reinase una armonía perfecta. Pero, mientras tanto, estamos bien atentos a que nadie pise nuestro terreno. La misma hipocresía la trasladamos a nuestra relación con Dios. Recitamos el «Padre nuestro» sin pensar: pero para decir con todo el corazón «hágase tu voluntad» se necesita valor y determinación. Con todo, Dios mira el corazón y no nuestra puesta en escena.

La casa sobre arena.

En algunos lugares de la tierra, por ejemplo en el Congo, las casas se construyen literalmente sobre la arena. Durante la estación de las lluvias, la violencia del agua lo arrolla todo y arrasa las casas sin cimientos. El terreno arenoso es símbolo de mutabilidad, de inconstancia, de peligro, de inestabilidad. Una inestabilidad que, en la vida moral, se manifiesta de muchos modos.

Un matrimonio basado sólo en el enamoramiento corre el riesgo de acabar en divorcio. Por eso, se aconseja a los novios que guarden de los sentimientos fáciles, de los primeros impulsos y que hagan, en cambio, una elección seria, ayudada por la razón llevada a cabo por una voluntad firme y constante. Pero la voluntad difícilmente es firme: el alma humana está sujeta a los cambios, y también cambia la decisión de estar juntos “por toda la eternidad”. La voluntad humana necesita apoyos: los mandamientos de Dios son precisamente eso, apoyos de la voluntad.

En algunos libros antiguos de oración se encontraba a veces la imagen de Jesús jardinero, que ata un pequeño árbol a un palo de apoyo. No lo hace para limitar el crecimiento de la planta, sino para darle estabilidad y fuerza para resistir el viento, para que no lo rompa. Este es el sentido de los mandamientos.

La casa sobre roca.

A los castillos medievales italianos se les denomina simplemente «roca», porque están construidos, en general, sobre una altura rocosa. Son castillos estables, como sus cimientos, que se hacen uno con el paisaje y la naturaleza. Pero, ¿qué es la naturaleza? Es todo lo que existe producto de la voluntad de Dios. Por lo tanto, hacer la voluntad de Dios es como construir una “roca”, un castillo sobre la roca.

Desventurado el hombre cuya casa se viene abajo y tiene que construir otra nueva. Desventurado el que hace una inversión equivocada y fracasa. Pero la peor de todas las desventuras es la bancarrota moral: el estudiante que se hace viejo cambiando de facultad sin lograr nunca concluir los estudios, o una familia que se rompe. Más que nunca, el mundo de hoy necesita el apoyo de los mandamientos y de la roca, que es Cristo, para poder permanecer firme ante los violentos cambios del mundo.

Reflexión Cuarta del Santo Evangelio: Mt 7,21.24-27, -¿Babel, Nínive?-, porque la fuerza de Dios no tiene límites.

Tener una ciudad fuerte, asentada sobre roca, inexpugnable para el enemigo, era una de las condiciones más importantes en la antigüedad para sentirse seguros. Sus murallas y torreones, sus puertas bien guardadas, eran garantía de paz y de victoria.

La imagen le sirve al profeta para anunciar que el pueblo puede confiar en el Señor, nuestro Dios. Él es nuestra muralla y torreón, la roca y la fortaleza de nuestra ciudad. Y a la vez, con él podemos conquistar las ciudades enemigas, por inexpugnables que crean ser

-¿Babel, Nínive?-, porque la fuerza de Dios no tiene límites.

Sólo acertaremos en la vida si ponemos de veras nuestra confianza en él: «mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres» (salmo). Un pueblo que confía en el Señor, que sigue sus mandatos y observa la lealtad, es feliz, «su ánimo está firme y mantiene la paz, porque confía en ti». Mientras que los que confían en las murallas de piedra, y se sienten orgullosamente fuertes, se llevarán pronto o tarde un desengaño. Nuestra Roca es Dios. En él está nuestra paz y nuestra seguridad. Él nos llevará a la Jerusalén celestial, la ciudad de la fiesta perpetua.

2. El evangelio también nos habla de edificar sobre roca.

Jesús -al final del sermón de la montaña- nos asegura que está edificando sobre roca, y por tanto su edificio está garantizado, aquél que no sólo oye la Palabra sino que la pone por obra. Edifica sobre arena, y por tanto se expone a un derrumbamiento lastimoso, el que se contenta con oír la Palabra o con clamar en sus oraciones ¡Señor, Señor!

Cuando Jesús compara la oración con las obras, la liturgia con la vida, siempre parece que muestra su preferencia por la vida. Lo que quedan descalificadas son las palabras vacías, el culto no comprometido, sólo exterior.

3. a) ¿Cómo estamos construyendo nosotros el edificio de nuestra casa, de nuestra persona, de nuestro futuro? ¿cómo edificamos nuestra familia, nuestra comunidad, nuestra Iglesia y sociedad?

La imagen de las dos lecturas es clara y nos interpela en este Adviento, para que reorientemos claramente nuestra vida.

Si en la construcción de nuestra propia personalidad o de la comunidad nos fiamos de nuestras propias fuerzas, o de unas instituciones, o unas estructuras, o unas doctrinas, nos exponemos a la ruina. Es como si una amistad se basa en el interés, o un matrimonio se apoya sólo en un amor romántico, o una espiritualidad se deja dirigir por la moda o el gusto personal, o una vocación sacerdotal o religiosa no se fundamenta en valores de fe profunda. Eso sería construir sobre arena. La casa puede que parezca de momento hermosa y bien construida, pero es puro cartón, que al menor viento se hunde.

b) Debemos construir sobre la Palabra de Dios escuchada y aceptada como criterio de vida.

Seguramente todos tenemos ya experiencia, y nuestra propia historia ya nos va enseñando la verdad del aviso de Isaías y de Jesús. Porque buscamos seguridades humanas, o nos dejamos encandilar por mesianismos fugaces que siempre nos fallan. Como tantas personas que no creen de veras en Dios, y se refugian en los horóscopos o en las religiones orientales o en las sectas o en los varios mesías falsos que se cruzan en su camino.

El único fundamento que no falla y da solidez a lo que intentamos construir es Dios.

Seremos buenos arquitectos si en la programación de nuestra vida volvemos continuamente nuestra mirada hacia él y hacia su Palabra, y nos preguntamos cuál es su proyecto de vida, cuál es su voluntad, manifestada en Cristo Jesús, y obramos en consecuencia. Si no sólo decimos oraciones y cantos bonitos, ¡Señor, Señor!, sino que nuestra oración nos compromete y estimula a lo largo de la jornada. Si no nos contentamos con escuchar la Palabra, sino que nos esforzamos porque sea el criterio de nuestro obrar.

Entonces sí que serán sólidos los cimientos y las murallas y las puertas de la ciudad o de la casa que edificamos.

c) Tenemos un modelo admirable, sobre todo estos días de Adviento, en María, la Madre de Jesús. Ella fue una mujer de fe, totalmente disponible ante Dios, que edificó su vida sobre la roca de la Palabra. Que ante el anuncio de la misión que Dios le encomendaba, respondió con una frase que fue la consigna de toda su vida, y que debería ser también la nuestra: «hágase en mí según tu Palabra». Es nuestra maestra en la obediencia a la Palabra.

Elevación Espiritual para el Día.

Es el tiempo del adviento del Señor, en el que Dios viene al encuentro del hombre para redimirlo, liberarlo, justificarlo, hacerle feliz. Por eso en este tiempo sagrado debemos practicar el bien con mayor celo para merecer con su gracia ser visitados más intensamente.

Esforcémonos, especialmente, por penetrar en lo casa de nuestro corazón, apresurémonos a abrir las ventanas, limpiar las telarañas con la humillación de nuestro orgullo, limpiar nuestro corazón con la confesión de culpas, poner tapices en las paredes con el ejercicio de la virtud, y revestirnos de gala con la práctica de las buenas obras, y preparar un banquete con la lectura y meditación de a Sagrada Escritura.

Reflexión Espiritual para este Día.

"SI SIRVES AL VERBO DE DIOS ESTAS EN EL SANTUARIO" (ORÍGENES).

El cristianismo está lleno de palabras hermosas; pero las palabras no lo son todo; a veces ni siquiera son lo más importante. En el cristianismo lo más importante son los hechos, los hechos de vida, las demostraciones prácticas de que creemos en un Dios Padre y amor, los testimonios vivos de que confiamos tanto en Dios que no tenemos miedo a nada ni a nadie, la fraternidad vivida día a día, junto a cada hombre y su necesidad concreta, su dolor personal, su necesidad específica.

Así, ante Dios, ni cuenta el estar repitiendo todo el día "Señor, Señor" (/Mt/07/21), sino cumplir su voluntad, una voluntad que no es difícil de conocer, pues su Palabra es clara y constante en repetirnos que quiere derecho y justicia, que quiere amor y fraternidad, que quiere paz y unidad entre los hombres, que quiere que vivamos con dignidad y que alcancemos un día, junto a Él, la plenitud de la vida.

"Tú que sigues a Cristo y lo imitas, tú que vives en la Palabra de Dios..., no es un lugar donde hay que buscar el santuario, sino en los actos, en la vida, en las costumbres... Si son según Dios, poco importa que estés en casa o en la calle, poco importa incluso que te encuentres en el teatro; si sirves al Verbo de Dios, estás en el Santuario, no te quepa duda alguna"

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Santa Iglesia. El cantico de la Esperanza.

“En aquel día”. Así, con toda sencillez, se unen en el libro de Isaías dos perícopas totalmente distintas bajo una perspectiva nueva: el banquete mesiánico del capítulo anterior y este salmo de acción de gracias a Yavé victorioso, posible adaptación e interpretación yavista-escatológica de algún antiguo himno cananeo.

En vuelo profético Isaías se traslada a la era mesiánica dando una nueva pincelada al cuadro que diseñara en los capítulos anteriores. También existirá la ciudad fuerte, bien amurallada, pero no con torreones de piedra. Será el mismo Yavé, su providencia protectora su presencia experimentable, quien haga de muro y antemuro, de torreón y atalaya a la vez para su pueblo escogido, los justos.

Pragmático en las imágenes y escatológico en las perspectivas, el profeta confirma a sus oyentes en uno de los dogmas básicos del pueblo hebreo, idea motriz de sus intervenciones proféticas a todos los niveles: para Judá no hay otra salvación, entiéndase liberación, protección garantía, que Yavé. “Confiad siempre en Yavé”. Siempre la fe por delante.

Por eso Lucas, cuando quiera reflejar poéticamente la fe de María al mensaje divino, consciente de estar realizando los tiempos mesiánicos, pondrá en boca de la madre del Mesías esas estrofas del Magníficat, cumplimiento de esta profecía sálmica de Isaías. Derribó a los que habitan en las alturas hasta convertirlos en polvo, polvo hollado por los pies, por los pies de los pobres y humildes.

De este modo Yavé aparecerá siempre ante su pueblo como roca de salvación. Roca por la firmeza de la fidelidad divina tan en contraste con los vaivenes de su pueblo cual polvo al capricho de cualquier viento. De salvación, porque, desde que brotara de ella el agua en las cálidas estepas del desierto, nunca ha cesado de vivificarlos con su palabra hecha Torah o Profecía, no obstante que el pueblo haya preferido, en imagen de Jeremías, excavarse profundas cisternas de aguas corrompidas.

Cristo se presentará como roca de salvación y piedra de contradicción. Ante él todo hombre deberá situarse existencialmente. Aceptarlo o rechazarlo. Con él o contra él. Salvados o condenados en Cristo por la fe.+

Enviado el Jueves, 07 diciembre a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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