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Lecturas del día 06-12-2017

LITURGIA DE LA PALABRA.

Isaías 25,6-10a El Señor invita a su convite y enjuga las lágrimas de todos los rostros
Salmo responsorial: 22 R/.Habitaré en la casa del Señor por años sin término.
Mateo 15,29-37 Jesús cura a muchos y multiplica los panes

PRIMERA LECTURA
Isaías 25,6-10a
El Señor invita a su convite y enjuga las lágrimas de todos los rostros

Aquel día, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país. -Lo ha dicho el Señor-. Aquel día se dirá: "Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte."

 

Palabra de Dios

Salmo responsorial: 22
R/.Habitaré en la casa del Señor por años sin término.

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. R.

Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. R.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. R.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término. R.

SEGUNDA LECTURA

SANTO EVANGELIO.
Mateo 15,29-37
Jesús cura a muchos y multiplica los panes

En aquel tiempo, Jesús, bordeando el lago de Galilea, subió al monte y se sentó en él. Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies, y él los curaba. La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y dieron gloria al Dios de Israel.

Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: "Me da lástima de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que se desmayen en el camino." Los discípulos le preguntaron: "¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?" Jesús les preguntó: "¿Cuántos panes tenéis?" Ellos contestaron: "Siete y unos pocos peces." Él mandó que la gente se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete cestas llenas.

Palabra del Señor.



Reflexión de la Primera lectura: Isaías 25,6-10a El Señor invita a su convite y enjuga las lágrimas de todos los rostros

La imagen del banquete constituye uno de los símbolos fundamentales para expresar la comunión, el diálogo, la fiesta, la victoria. El banquete anunciado por el profeta Isaías para el final de los tiempos celebra la victoria de Dios sobre los poderes que esclavizan al hombre, proclamando su realeza universal. El lugar de este banquete, abierto a todos los pueblos, es también bastante significativo: se trata de Sión, lugar simbólico de la elección de Israel.

En el banquete el Rey ofrece regalos a los invitados, a la usanza de los reyes y príncipes al ser entronizados. El primer regalo es su presencia, su manifestación a los pueblos que antes caminaban como ciegos: «Arrancará en este monte el velo que cubría la faz de todos los pueblos» (v. 7). A este don sigue otro más llamativo: aniquilará la muerte. A continuación Dios, amorosamente, enjugará las lágrimas de todos los rostros, consolará a todos de su dolor. ¡Este es un tercer regalo personalizado!

Esta esperanza estriba exclusivamente en la promesa de Dios y no en las conjeturas del hombre sobre su futuro, como subraya el v. 8: «Lo ha dicho el Señor». En este punto desborda el himno de alabanza por la victoria del Señor quien, aun antes de derrotar a los enemigos, se constituye en salvación del pueblo que ponga en Dios su esperanza: «Éste es nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación» (v. 9).

Reflexión del Salmo 22. Habitaré en la casa del Señor por años sin término

Es un salmo de confianza individual. En él, una persona manifiesta su absoluta confianza en el Señor. Las expresiones «nada me falta» (1c), «no temo ningún mal» (4b), «todos los días de mi vida» (6a), “por días sin término” (6b) y otras, muestran que se trata de la total confianza en Dios pastor.

Este salmo cuenta con una breve introducción, compuesta por la expresión «el Señor es mi pastor» (1b); tiene un núcleo central, que comienza con la afirmación “nada me falta” (1c) y llega hasta la mitad del versículo 6. La conclusión consiste en la última frase: «Mi morada es la casa del Señor, por días sin término» (6b).

El núcleo central contiene dos imágenes importantes. La primera presenta al Señor como pastor, y el salmista se compara con una oveja (1b-4). Los términos de estos versículos pertenecen al contexto del pastoreo. Para entender esta imagen, tenemos que recordar brevemente cómo era la vida de los pastores en el país de Jesús. Normalmente tenían un puñado de ovejas y cuidaban de ellas con cariño, pues era todo lo que poseían. Por la noche, solían dejarlas en el redil junto con las de otros pastores, bajo la protección y vigilancia de unos guardas. Por la mañana, cada pastor llamaba a las suyas por su nombre, ellas reconocían la voz de su pastor y salían para iniciar una nueva jornada. El pastor caminaba al frente, conduciendo a sus ovejas hacia los pastos y fuentes de agua (véase Jn 10,1-4).

En la tierra de Jesús hay mucho desierto, de modo que los pastores habían de atravesarlo para llegar a los prados. En ocasiones, encontraban pastizales enseguida; otras veces tenían que caminar bastante para llegar hasta donde hubiera agua y verdes praderas. En estas ocasiones, podía suceder que la oscuridad de la noche sorprendiera al pastor con sus ovejas. Es sabido que estas, de noche, se desorientan totalmente y corren el riesgo de perderse. El pastor, entonces, caminaba al frente del rebaño y lo conducía de vuelta al redil. La oscuridad de la noche (el «valle tenebroso» del v. 4) no asustaba a las ovejas, pues caminaban protegidas por la vara y el cayado del pastor.

La segunda imagen (5-6a) es también muy interesante. Ya no se trata de ovejas. El contexto en que nos encontramos es el del desierto de Judá. Tenemos que imaginar a una persona que huye de sus enemigos a través del desierto. Los opresores están a punto de darle alcance cuando, de repente, se encuentra delante de la tienda de un jefe de los habitantes del desierto. La persona que huye es recibida con alegría y fiesta, convirtiéndose en huésped del jefe. En el país de Jesús la hospitalidad era algo sagrado. El que se refugiaba en la casa o en la tienda de otra persona, estaba a salvo de cualquier peligro.

Cuando los opresores llegan a la entrada de la tienda, ven la mesa preparada (los habitantes del desierto se limitaban a extender un mantel en el suelo), el huésped ya se ha dado un baño y se ha perfumado con ungüentos, y se dan cuenta de que el jefe y su huésped están brindando por una antigua amistad (la copa que rebosa). No pudiendo hacer nada, los enemigos se retiran avergonzados.

Pasado un tiempo, el huésped tendrá que proseguir su viaje. El jefe, entonces, le ofrece dos guardaespaldas, que, simbólicamente, reciben los nombres de «felicidad y misericordia», que lo acompañarán todos los días de su vida.

Aparentemente, este salmo no presenta ningún conflicto, pero esto es sólo a primera vista. De hecho, en él se menciona un «valle tenebroso» (4a) y se habla de «opresores» (5a). ¿Qué es lo que estaría pasando? La respuesta empieza por el final del salmo. El salmista afirma que su «morada es la casa del Señor, por días sin término» (6b). La casa del Señor es el templo de Jerusalén. Así pues, la persona que habla en el salmo se encuentra allí. ¿Qué podrían tener en su contra los opresores? Ciertamente, querían matarla. Este salmo, por tanto, pone de manifiesto un drama mortal. Una persona, injustamente condenada, huye a esconderse en el templo, que funcionaba como lugar de refugio para quien hubiera cometido un crimen sin intención.

Sabernos que en Israel funcionaba la ley del talión: ojo por ojo, diente por diente; herida por herida, muerte por muerte. Quien hubiera herido o matado a alguien sin querer, tenía que huir lo más rápido posible. En tiempos de las tribus existían las ciudades de refugio. En la época de la monarquía, también el templo de Jerusalén servía de refugio en estos casos. El salmo 22, por tanto, habría surgido en una situación como la descrita. Y aquí, el refugiado toma la decisión de habitar en el templo para siempre (6b).

De este modo podemos entender estas dos imágenes. El inocente que huye de los que pretenden matarlo se siente protegido por el Señor como la oveja que, de noche, camina protegida por la vara y el cayado del pastor. Con este tipo de pastor, nada le falta a quien confía en él. El inocente se sentía perseguido por los opresores, pero logró refugiarse en la tienda del Señor, esto es, en el templo de Jerusalén. Y ahí nadie podrá hacerle ningún daño.

Una de las imágenes más hermosas de Dios en el Antiguo Testamento —y en este salmo— es la que nos lo muestra como pastor. Este motivo nos recuerda inmediatamente el éxodo. De hecho, la principal acción del Dios pastor consistió en haber sacado a su rebaño (los israelitas) del redil de Egipto y haberlo conducido por el desierto, haciéndolo entrar en la tierra prometida, la tierra que mana leche y miel. Varios son los textos bíblicos que nos hablan de esto (por ejemplo, Sal 78,52). Pastor, libertador y aliado son, por tanto, temas gemelos. El salmista tiene una confianza absoluta en el nombre del Señor (3) porque sabe que, en el pasado de su pueblo, Dios liberó, condujo e introdujo a los israelitas en la tierra de la libertad y de la vida, En esta tierra, el Señor dio acogida a su pueblo, preparándole una mesa opulenta, convirtiéndolo en su huésped preferido y protegiéndolo todos los días de su vida.

Jesús, en el evangelio de Juan, adopta las características del Dios pastor, libertador y aliado (Jn 10), que conduce a las ovejas fuera de los rediles que le impiden al pueblo acceder a la vida (Jn 9). Con su muerte y su resurrección, Jesús, buen pastor, inauguró el camino de vuelta al Padre: «Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6b).

Probablemente, este sea el salmo más rezado y más cantado. Pero el mejor momento para rezarlo es cuando tenemos necesidad de reforzar nuestra confianza en Dios, y ello en medio de los conflictos cotidianos. También conviene rezarlo en solidaridad con aquellos cuya muerte «está ya decidida», con los inocentes condenados y con las víctimas de la violencia y de la opresión.

Reflexión primera del Santo Evangelio: Mateo 15,29-37 Jesús cura a muchos y multiplica los panes

El marco que encuadra el episodio de la segunda multiplicación de los panes es el de Jesús misericordioso que cura a los enfermos (v. 30) y que da a todos su alimento, signo del banquete mesiánico.

Su misericordia es la que se da cuenta de lo que los discípulos no advierten: el hambre y debilidad de sus oyentes. Por eso Jesús, antes de actuar, convoca a sus discípulos, para que participen en su visión compasiva con los pobres y necesitados (v. 32).

El hecho de que poco antes el evangelista nos haya narrado un viaje de Jesús a tierra extranjera (cf. Mt 14,13-21) nos hace pensar que el gentío le sigue desde lejos y pertenecía al mundo pagano. Mateo, aun siendo consciente de que la misión universal es pos pascual (cf. Mt 28,18-20), quiere subrayar la misericordia de Dios que se manifiesta en Jesús y se proyecta a todos los pueblos. En la primera multiplicación (Mt 14,13-21) Jesús se manifestó como el buen Pastor de Israel, haciendo visible la fidelidad de Dios con su pueblo. Ahora son todos los que son invitados al banquete mesiánico, incluso los paganos por la misericordia de Dios.

El pan que reparte recuerda el banquete en el que hay sitio para todos: el número «siete» de las cestas de pan sobrante, como el número «cuatro mil» de los comensales (los cuatro puntos cardinales), simboliza también el tema de la salvación universal que lleva a cabo Jesús.

Las lecturas bíblicas nos ofrecen una ilustración coherente del rostro de Dios, que viene a sanar nuestra humanidad herida y a saciar nuestras ansias de salvación. Aparece el retrato de la espera de esa salvación que sólo Dios puede conceder, iluminando nuestros corazones asediados por la ignorancia de Dios y por el desaliento. De hecho, nos reconocemos en el hambre de salvación de la multitud de pobres y enfermos que se agolpan en torno a Jesús. Aparece la imagen de un Dios anfitrión que prepara el banquete para todos y nos ama a cada uno de nosotros con un amor personal que llega hasta a enjugar las lágrimas de cada rostro.

El misterio de la misericordia divina asume para nosotros los rasgos del rostro y gestos de Jesús que sana a los enfermos y sacia con su pan a la multitud hambrienta que le sigue desde hace días. En la hondura de esta compasión de Jesús se nos hace visible el rostro de un Dios médico que cura nuestra humanidad cansada, desmayada y enferma. En él encuentro al divino y generoso anfitrión que me acoge a su mesa y me declara lo importante y precioso que soy a sus ojos.

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Mateo 15,29-37. Segunda multiplicación de los panes.

Nuestro relato comprende dos partes: un sumario sobre los milagros de curación realizados por Jesús y la narración de la segunda multiplicación de los panes. Ambas cosas llaman la atención. Mateo nos ha ofrecido ya sumarios de este tipo en los capítulos dedicados a la presentación del Mesías de los hechos (cap. 8-9; ver en particular 8, 16-18; 9, 35-36) También nos ha contado ya una multiplicación del pan (14, 13-21). ¿Porque esta insistencia en repetir la misma clase de sucesos?

El punto de partida para poder contestar satisfactoriamente este interrogante lo constituye la sección anterior: la actitud de Jesús frente a los paganos, los no judíos, que se hallan personificados en la mujer cananea. Dicho con otras palabras, estas dos escenas: el sumario sobre las curaciones y la segunda multiplicación de los panes, tienen distintos destinatarios que las anteriormente referidas por Mateo. Jesús actúa ahora con los gentiles y a su favor. Por eso el sumario se concluye con las palabras siguientes: alabaron al Dios de Israel.

Jesús se halla en un monte. El monte significa un lugar de soledad y, al mismo tiempo, el lugar de la proximidad y revelación de Dios. Tanto Moisés como Elías (la Ley y los profetas) recibieron la revelación de Dios en un monte (Ex 19, 3. 20; 34, 4; 1Re 19, 8). Jesús promulgó la carta magna del reino de los cielos en un monte (cap. 5-7: el sermón del monte). En esta escena se presenta Jesús como el revelador del Padre también para los paganos. También a ellos se les anuncia que ha llegado la plenitud de los tiempos. Ahora bien, cuando llegase esa plenitud de los tiempos, debía desaparecer toda enfermedad y dolencia inseparables de la vida humana y que son incompatibles con la perfección de la nueva era inaugurada por Jesús con el reino de Dios. Por eso son mencionadas las tres enfermedades principales (tal como lo pensaban en la época): cojos, sordos, ciegos. En los tiempos mesiánicos, todo esto desaparecería (Is 35, 5-6; Mt 11, 5). Jesús es el Mesías y las obras que realiza demuestran que ha llegado la plenitud de los tiempos, los tiempos últimos. Así el presente sumario resulta ser algo funcional. Debe significar que las esperanzas se han cumplido. Nace una nueva época de la cual ha desaparecido toda enfermedad y necesidad... la época de la comunidad escatológica (ver el comentario a 14, 13-21).

La segunda multiplicación de los panes está en la misma línea. Una vez que el Mesías ha eliminado todos los obstáculos, dolor y enfermedad, tiene lugar el banquete mesiánico al que todos son invitados, también los paganos. Por eso, esta segunda multiplicación de los panes está en relación íntima con el sumario anterior.

¿Hubo en realidad una segunda multiplicación de los panes? Mateo y Marcos nos cuentan efectivamente dos narraciones en las que nos son presentados dos sucesos distintos (al menos así parecen). Lucas sólo conoce una multiplicación y lo mismo le ocurre al cuarto evangelio. (Sin embargo la narración de Juan se halla influenciada por detalles recogidos de ambas narraciones, la de Mateo y la de Marcos). Nos inclinamos a pensar que sólo hubo una multiplicación de panes. La segunda, tanto en el evangelio de Mateo como en el de Marcos, es un duplicado. La razón por la cual han duplicado la escena ya la hemos apuntado.

La duplicación de esta escena podría explicarse más explícitamente así: Mateo nos ha referido una primera multiplicación en la Galilea de los judíos, (14, 13-2 1); esta segunda se realiza en la Galilea de los gentiles (4, 15). En aquélla, con las sobras se llenan doce cestos, y el número alude a los doce apóstoles, representantes de las doce tribus de Israel, y que desde ahora lo serán del nuevo pueblo de Dios. En ésta se llenan siete cestos, y el número aludiría a los siete diáconos que, en el libro de los Hechos, deben ampliar la misión de los apóstoles atendiendo a los paganos. En aquélla, fueron saciados cinco mil hombres; en ésta sólo cuatro mil. Tal vez porque el número de los paganos convertidos al cristianismo era, por entonces, menor que el de los judíos. Estamos en el terreno de la hipótesis. En todo caso, nos encontramos ante un caso en el que la enseñanza es clara: «Me da lástima —tengo compasión— de esta gente... no quiero que desfallezcan». El evangelio está abierto para todos gracias a la misericordia de Cristo, que no excluye a nadie del festín de bodas que ha preparado, a no ser que alguien se excluya de él.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Mateo 15,29-37 . La multiplicación de los panes.

Siento compasión de esta gente.También Europa conoció años de hambre. Granizo, sequía, inundaciones, terremotos, cosechas destruidas, carestía para los hombres y para el ganado. También hoy suceden catástrofes parecidas, pero existen medios para limitar y afrontar los desastres. Por ello no es aceptable que la mayor parte de los habitantes de la tierra sufran desnutrición, y que aumenten, en lugar de disminuir, el número de los que mueren de hambre. Con todo, en una época de vuelos espaciales, no debería ser un problema transportar ayuda alimenticia incluso a los países más lejanos de África o Asia.

Pero los pueblos saciados no piensan en los que no tienen qué comer. Sólo la compasión de las organizaciones caritativas internacionales consigue obligar de vez en cuando a los estados a la colaboración. La compasión es más útil para los que la sienten que para aquellos hacia los que se siente. En efecto, los primeros toman conciencia de que se puede salvar sólo si se está unido por el amor con los demás.

Cogió siete panes y unos peces, dio gracias, los partió y se los fue dando a los discípulos. Quien siente compasión descubre su propia limitación e impotencia y que por sí solo no puede hacer nada para aliviar la enorme miseria del mundo. Quizás, entonces, uno acaba desanimándose y encerrándose en sí mismo, autojustificándose: “¿Qué puedo hacer yo solo, si ni siquiera las organizaciones internacionales son capaces de resolver el problema?”. Pero los milagros ocurren cuando se da algo de lo que se posee, incluso cuando es algo pequeño. Si toda persona de buena voluntad da un poco, junto al poco de los demás, se crea una gran cadena de solidaridad.

El poeta francés R. Follerau, apóstol de los leprosos, decía que Dios ha dado a los pobres un gran don: la existencia de otros pobres que les ayudarán. Un don hecho de pobres a pobres tiene una fuerza especial y un mensaje propio. Y si el pan no se multiplica enseguida, crece, sin embargo, el sentido de la unidad humana y de la gracia de Dios que aparece como una nueva fuerza creadora en el mundo.

Todos comieron y quedaron saciados. Saciar a cuatro mil hombres, más las mujeres y los niños que habían seguido a Jesús para escucharlo, fue un milagro verdaderamente único. Pero es un milagro que se repite en la Iglesia desde hace dos mil años.

Según un criterio económico, la actividad religiosa no es productiva. Los gastos para los edificios eclesiásticos, para el clero, para los seminarios, para la caridad, son enormes y, aún así, siempre de algún modo están cubiertos. Se cumple la promesa hecha a los apóstoles (Mt 19,29), y cada uno, si quiere, puede experimentarla en su propia vida. Un proverbio checo dice: «Con la oración nunca llegarás tarde, con el ayuno no adelgazaras, con la limosna no empobrecerás». Quien sigue a Cristo, quien va a donde Dios le manda, no será abandonado por el Señor. En la vida de los santos esto se manifiesta a menudo milagrosamente.

En la vida «normal» no hablamos de milagros, sino de la bendición de Dios, Nos hacemos conscientes de que toda obra buena es «bendecida», es decir, que trae el bien al que, incluso con sacrificios, la ha realizado.

Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Mateo 15,29-37Y los pusieron a sus pies y El los curó.

-Muchas gentes fueron a Jesús llevando consigo cojos, ciegos, baldados, mudos y otros muchos enfermos.

He ahí la pobre humanidad que corre tras de Ti, Señor. La lista de San Mateo es significativa, por la acumulación de miserias humanas.

La atención de Dios va en primer lugar hacia éstos. La misericordia amorosa de Dios se interesa primero por los que sufren, por los pobres, por los enfermos.

En este tiempo de Adviento, propio para reflexionar sobre la espera de Dios que se encuentra en el corazón de los hombres, es muy provechoso contemplar esta escena: "Jesús rodeado... Jesús acaparado... Jesús buscado... por los baldados, los achacosos.

-Y los pusieron a sus pies y El los curó.

Es el signo de la venida del Mesías: el mal retrocede, la desgracia es vencida.

¿Es éste también el signo que yo mismo doy siempre que puedo? ¿Procuro también que el mal retroceda? Y mi simpatía, ¿va siempre hacia los desheredados? Mi plegaria y mi acción ¿caminan en este sentido?

-Entonces la multitud estaba asombrada... y glorificaron a Dios.

La venida del Señor es una fiesta para los que sufren.

Cuando Dios pasa deja una estela de alegría.

¿Me sucede lo mismo cuando trato de revelar a Dios? Sé muy bien, Señor, que las miserias materiales no suelen ser aliviadas hoy; quedan muchos baldados, ciegos, achacosos...

Es una de las graves cuestiones de nuestra fe.

Quiero creer, sin embargo, que Tu proyecto es suprimir todo mal.

Quiero participar en él... con la esperanza de que por fin el mal desaparecerá.

Y aun cuando desgraciadamente, las miserias físicas no puedan ser siempre suprimidas, creo que es posible a veces transfigurarlas un poco.

Señor, da ese valor y esa transfiguración a todos los angustiados.

-Y Jesús, convocados sus discípulos, dijo: "Tengo compasión de estas turbas..."

Jesús está visiblemente emocionado. Hay una emoción sensible en estas palabras.

Contemplo este sentimiento tan humano en su corazón de hombre y en su corazón de Dios.

Hoy todavía Jesús nos repite que se apiada y sufre con los que sufren.

Si "llama a sus amigos", es para hacerles participar de su sentimiento.

¿Ante quiénes experimenta hoy Jesús lo mismo? ¿A quiénes quiere hacerles partícipes de su actitud de amor?

-"No tienen qué comer, y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino... ¿Cuántos panes tenéis?...

El Señor nos invita a prestar atención al grave problema del hambre. Los que hoy tienen hambre. Todas las hambres: el hambre material, el hambre espiritual.

-Siete panes y algunos pececillos...

Es de este "poco" que va a salir todo. Siete panes no es mucho para una muchedumbre.

Es en el reparto fraterno que se encuentra la solución del hambre y en el amor siempre atento a los demás.

Jesús multiplica.

Pero ello ha tenido un primer punto de partida humano, modesto y pequeño. A pesar de ver cuán insuficientes son mis pobres esfuerzos, ¿no debo, sin embargo, hacer ese esfuerzo? Señor, he aquí mis siete panes, ¡multiplícalos!

1. El poema de Isaías ofrece un anuncio optimista: después de la victoria, Dios invitará a todos los pueblos, en el monte Sión, a un banquete de manjares suculentos, de vinos generosos, al final de los tiempos. No quiere ver lágrimas en los ojos de nadie. Se ha acabado la violencia y la opresión.

Así ven la historia los ojos de Dios. Con toda la carga poética y humana que tiene la imagen de una comida festiva y sabrosa, regada con vinos de solera, que es una de las que más expresivamente nos ayuda a entender los planes de Dios, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. La comida alimenta, restaura fuerzas, llena de alegría, une a los comensales entre sí y con el que les convida.

El salmo prolonga la perspectiva: el Pastor, Dios, nos lleva a pastos verdes, repara nuestras fuerzas, nos conduce a beber en fuentes tranquilas, nos ofrece su protección contra los peligros del camino. "Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida».

2. En nadie mejor que en Jesús de Nazaret se han cumplido las promesas del profeta.

Con él ha llegado la plenitud de los tiempos.

También él, muchas veces, transmitía su mensaje de perdón y de salvación con la clave de comer y beber festivamente. En Caná convirtió el agua en vino generoso. Comió y bebió él mismo con muchas personas, fariseos y publicanos, pobres y ricos, pecadores y justos.

Hoy hemos escuchado cómo multiplicó panes y peces para que todos pudieran comer. Y cuando quiso anunciar el Reino de Dios, lo describió más de una vez como un gran banquete preparado por Dios mismo.

Jesús ofrece fiesta, no tristeza. Y fiesta es algo más que cumplir con unos preceptos o resignarse con unos ritos realizados rutinariamente.

3. a) Está bien que en medio de nuestra historia, llena de noticias preocupantes de cansancio y de dolor, resuenen estas palabras invitando a la esperanza, dibujando un cuadro optimista, que hasta nos puede parecer utópico.

Podemos y debemos seguir leyendo a los profetas. No se han cumplido todavía sus anuncios: no reinan todavía ni la paz ni la justicia, ni la alegría ni la libertad. La obra de Cristo está inaugurada, pero no ha llegado a su maduración, que nos ha encomendado a nosotros.

La gracia del Adviento y de la Navidad, con su convocatoria y su opción por la esperanza, nos viene ofrecida precisamente desde nuestra historia concreta, desde nuestra vida diaria. Como a la gente que acudía a Jesús y que él siempre atendía: enfermos, tullidos, ciegos. Gente con un gran cansancio en su cuerpo y en su alma. ¿Como nosotros? Gente desorientada, con experiencia de fracasos más que de éxitos. ¿Como nosotros?

b) Tendríamos que «descongelar» lo que rezamos y cantamos. Cuando decimos «ven. Señor Jesús». deberíamos creerlo de veras

El Adviento no es para los perfectos, sino para los que se saben débiles y pecadores y acuden a Jesús, el Salvador. Él, como nos aseguran las lecturas de hoy, compadecido, enjugará lágrimas, dará de comer, anunciará palabras de vida y de fiesta y acogerá también a los que no están muy preparados ni motivados. No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos.

El Adviento nos invita a la esperanza ante todo a nosotros mismos. «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara: celebremos y gocemos con su salvación». Para que acudamos con humildad a ese Dios que salva y convoca a fiesta. Nos invita a mirar con ilusión hacia delante, a los cielos nuevos y la tierra nueva que Cristo está construyendo.

c) Pero también podemos pensar: nosotros, los cristianos, con nuestra conducta y nuestras palabras, ¿contribuimos a que otros se sientan invitados a la esperanza? ¿enjugamos lágrimas, damos de comer, convocamos a fiesta, curamos heridas del cuerpo y del alma de los que nos rodean? ¿multiplicamos, gracias a nuestra acogida y buena voluntad, panes y peces, los pocos o muchos dones que tenemos nosotros o que tienen las personas con las que nos encontramos? Si es así, si mejoramos este mundo con nuestro granito de arena, seremos signos vivientes de la venida de Dios a nuestro mundo, y motivaremos que al menos algunas personas glorifiquen a Dios, como hicieron los que veían los signos de Jesús.

d) En la Eucaristía nos ofrece Jesús la mejor comida festiva: él mismo se nos hace presente y se ha querido convertir en alimento para nuestro camino. Si la celebramos bien, cada Misa es para nosotros orientación y consuelo, fortalecimiento y vida. Nunca mejor que en la Eucaristía podemos oír las palabras de Jesús: venid a mi los que estáis cansados. Y sentir que se cumple el anuncio del banquete escatológico: «dichosos los invitados a la cena del Cordero». La Eucaristía es garantía del convite final, en el Reino: «el que me come tiene vida eterna, yo le resucitaré el último día».

Elevación Espiritual para este día.

¡Oh pan dulcísimo!, cura el paladar de mi corazón para que guste la suavidad de tu amor. Sánalo de toda enfermedad, para no guste otra dulzura fuera de ti, no busque oro amor friera de ti ni ame otra belleza fuera de la tuya, Señor hermosísimo.

Pan purísimo que contiene en sí toda dulzura y todo sabor, que siempre nos fortaleces sin que disminuyas: haz que pueda alimentarse de ti mi corazón y la intimidad de mi alma se colme de tu dulce sabor. Que se alimente de ti el hombre que peregrina todavía, para que, recreado con este viático, no desfallezca a lo largo del camino. Que pueda llegar con tu auxilio por la senda recta a tu Reino: allí ya no te contemplaremos en el misterio, como ahora, sino cara a cara. Y nos saciaremos de modo maravilloso sin que volvamos a tener hambre o sed por toda una eternidad

Reflexión Espiritual para el día.

Buscas maneras de encontrar a Jesús. Intentas conseguirlo, no sólo en tu mente sino también en tu cuerpo. Buscas su afecto y sabes que éste implica a su cuerpo lo mismo que al tuyo. Se hizo carne por ti, para que tú pudieras encontrarle en la carne y recibir su amor en ella.

Pero hay algo en ti que impide ese encuentro. Hay todavía mucha vergüenza y mucho sentido de culpabilidad en tu cuerpo, bloqueando la presencia de Jesús. Cuando estás en tu cuerpo, no te sientes realmente en casa; vives como arrollado en él, como si no fuera un lugar suficientemente bueno, suficientemente bello o suficientemente puro para encontrarte con Jesús.

Cuando examinas con atención tu vida, te das cuenta de hasta qué punto se ha visto llena de miedos, especialmente de miedo a las personas con autoridad: tus padres, profesores, obispos, directores espirituales, incluso de miedo a tus amigos. Nunca te consideras igual a ellos y te colocas debajo cuando te encuentras delante de ellos. Durante la mayor parte de tu vida has sentido como si necesitaras su permiso para ser tú mismo (...).

No podrás encontrarte con Jesús en tu cuerpo mientras éste siga con montones de dudas y miedos. Jesús vino para librarte de esos lazos y crear en ti un espacio en el que pudieras estar con él. Quiere que vivas la libertad de los hitos de Dios.

No desesperes pensando que no puedes cambiar después de tantos años. Sencillamente entra en la presencia de Jesús como eres y pídele que te dé un corazón libre de todo miedo en el que él pueda estar contigo. No puedes hacerte a ti mismo diferente. Jesús vino para darte un corazón nuevo, un espíritu nuevo, una mente nueva y un cuerpo nuevo. De la que él te transforme por su amor y te permita recibir su afecto en todo tu ser.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y el Magisterio de la Santa Iglesia: El banquete mesiánico.

Es maravilloso observar los medios naturales y sencillos de que Dios se sirve para revelar a los hombres los misterios más profundos. Cientos de veces se habían ofrecido sacrificios y holocaustos sobre las cumbres de Sión, donde Yavé asentara su trono. Entre lamentos o aclamaciones con súplicas o acciones de gracias en sus labios, el pueblo escogido había subido una y otra vez a aquel monte, lugar sagrado de la presencia de Yavé. Para Isaías tampoco era novedad.

Sin embargo, iluminado por esa intuición profética, fruto de la posesión del Espíritu, en esta ocasión el cuadro que tiene ante su vista le sirve de trampolín para describirnos simbólicamente el sacrificio-banquete de los tiempos mesiánicos. La pintura será material, como lo son los elementos y esperanzas que integran su cuadro. No así lo diseñado, el contenido del boceto de Isaías que Dios nos revelará plenamente al final de los tiempos.

La descripción no puede ser más sugestiva, fascinante y esperanzadora. Yavé, Señor de los ejércitos, preparará él mismo este gran festín al que están invitados todos los pueblos de la tierra. Banquete pacífico de confraternización universal, en el que, respetando las estructuras y diferencias humanas, se reconocerá la soberanía de Yavé, que es como decir su universal providencia.

Con motivo de este banquete de suculentos manjares y vinos generosos será Yavé quien haga desaparecer de entre los hombres las lágrimas, el luto y la tristeza. Porque quitará de sus ojos el velo terreno que les impide ver las realidades divinas. Así nacerá un nuevo orden de cosas, una nueva escala de valores regirá las relaciones humanas y divinas, que ya no volverán a romperse; la muerte, pues, ya no tendrá lugar.

En la mitología cananea se celebraba anualmente la victoria de Baal sobre Mot, dios de la muerte. Cada nueva primavera implicaba un renacer cíclico de la naturaleza. Isaías despersonifica la muerte, transforma el mito cananeo y coloca por vez primera la inmortalidad, no la resurrección, entre las prerrogativas de los tiempos mesiánicos. El hombre no morirá porque nunca más serían rotas las relaciones que forman el constitutivo de su personalidad.

San Pablo se sirve de esta profecía para probar la resurrección de los muertos y la futura victoria de Cristo sobre el «último enemigo» (1Cor 15, 26. 54). En la misma línea se expresará el libro del Apocalipsis.

Esta imagen del gran banquete de los tiempos mesiánicos recordada constantemente por los profetas, reasumida por Cristo en sus parábolas del Reino y convertida en realidad inicial en la última cena será para todos los hombres la mejor prenda de vida y glorificación. +

Enviado el Miércoles, 06 diciembre a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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