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Nuestro Blog: La Mística

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Lecturas del día 05-12-2017

LITURGIA DE LA PALABRA.

Is 11,1-10: Sobre él se posará el espíritu del Señor
Salmo responsorial 71: Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente
Lc 10,21-24: Sí, Padre, porque así te ha parecido bien

Este texto muestra cómo Jesús supo percatarse de las personas a las que Dios quiso revelarse. No fueron los sabios y entendidos, sino la gente sencilla, los pobres y pequeños. Jesús mismo nació y se formó entre ellos. Los discípulos pertenecían a este grupo. Ellos acogieron el mensaje de Jesús, mientras los doctores de la ley, que pretendían saberlo todo, constantemente pusieron a prueba a Jesús y lo rechazaron.

El mensaje de salvación incluye también a estos pequeños. Es la apertura a una porción de la sociedad que a menudo está excluida. A ellos se dirige Jesús al pronunciar la bienaventuranza de la pobreza (v. 23b), confirmando la Buena Noticia que estaba aconteciendo en medio de ellos.

Jesús llama Padre a Dios. Es el Padre que se preocupa por sus hijos y viene a rescatar a los indefensos, a los que están a la intemperie y a los abandonados.

La comunidad cristiana está llamada a vivir esta preferencia. Sería una contradicción al mensaje de Jesús el que en la misma comunidad se excluyera a los pequeños de hoy y no se les dejara ser protagonistas de la misión para la cual el Señor también los ha llamado.

PRIMERA LECTURA
Isaías 11,1-10
Sobre él se posará el espíritu del Señor

Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor.

No juzgará por apariencias ni sentenciará sólo de oídas; juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados. Herirá al violento con la vara de su boca, y al malvado con el aliento de sus labios. La justicia será cinturón de sus lomos, y la lealtad, cinturón de sus caderas.

Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. No harán daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país de ciencia del Señor, como las aguas colman el mar. Aquel día, la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada.

Palabra de Dios

Salmo responsorial: 71
R/. Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente

Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud. R.

Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra. R.

Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres. R.

Que su nombre sea eterno, y su fama dure como el sol: que él sea la bendición de todos los pueblos, y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO
Lucas 10,21-24
Jesús, se lleno de la alegría del Espíritu Santo

En aquel tiempo, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó Jesús: "Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar."

Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: "¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron."

Palabra del Señor.


Reflexión de la Primera Lectura: Isaías 11, 1-10. Sobre él se posará el espíritu del Señor

Una rama saldrá del tronco de Jesé -el padre de David-. Un retoño brotará de sus raíces. Imagen tradicional en Israel en que, refiriéndose a la felicidad, se habla de un árbol floreciente... refiriéndose a la desgracia, se habla de un árbol seco reducido al tronco... De ese tronco casi muerto sale una pequeña yema, un brotecillo endeble, una ramita frágil.

El Mesías futuro, como «resto de Israel» escapado de la prueba, ha de surgir de la pobreza y del sufrimiento. Jesús será perseguido desde su nacimiento y morirá mártir. También la Iglesia vive constantemente en la prueba.

¿Creo yo en el poder de Dios, capaz de hacer surgir la vida desde lo profundo de las situaciones más desesperadas? ¿Cómo es mi esperanza?

-Reposará sobre él el Espíritu Santo del Señor: Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de ciencia y de temor del Señor. El Mesías que ha de venir es anunciado como «lleno del Espíritu». Dios viene y "reposa" sobre ese hombre. Jesús hace suya esa profecía, aplicándola a sí mismo, en la sinagoga de Nazaret (Lucas 4, 18). «El Espíritu de Dios reposa sobre mi...»

"Sabiduría", "inteligencia", "fuerza", «ciencia de Dios»...

Me imagino y contemplo esas cualidades en Jesús.

¿Y nosotros... los que tenemos que ser prolongación de Cristo? ¿Es éste nuestro espíritu? ¿Qué voy a hacer, hoy, para dejarme conducir por el Espíritu?

-No juzgará por las apariencias... Juzgará con justicia a los débiles, y dictará sentencia con rectitud a los pobres del país...

Nosotros, los hombres, nos dejamos impresionar fácilmente por las «apariencias». El, el Mesías, juzgará según la verdad y el corazón del hombre.

Los pobres, los débiles son sus preferidos. ¿Y yo? ¿ayudo, defiendo a los pobres?

Imágenes simbólicas: Los animales salvajes "conviven" con los animales domésticos... El lobo y el cordero serán vecinos... El niño meterá la mano en la hura de la víbora... En esta profecía, Isaías anuncia para el "fin de los tiempos", un retorno al paraíso primitivo: así vivía Adán en paz en medio de los animales. Lo que se nos promete es pues una «nueva creación», donde no habrá fuerzas hostiles al hombre... donde el hombre no sentirá temor... donde los instintos agresivos estarán dominados... donde los seres todos podrán convivir en paz unos con los otros.

Ayúdanos, Señor, a convivir en paz.

La Biblia nos habla a menudo de la Paz. El Mesías es un «príncipe de la Paz». Esta es una aspiración universal de la humanidad. ¿Qué puedo hacer en este sentido?

-Nadie hará mal en toda mi montaña santa... Porque el conocimiento del Señor llenará la tierra, como las aguas llenan el fondo del mar.

¡Oh, qué necesario es a la humanidad ese sueño y esa promesa!

¡Una humanidad que ya no obra el mal, que ya no es opresora ni despreciadora de nadie!

La fuente de esa "paz mesiánica" es el «conocimiento de Dios». La «paz-entre-ellos» proviene de tener todos la mirada puesta en el mismo Dios. Dios, factor de unidad. El Padre, fuente de amor entre hermanos. Ciertamente la Iglesia puede ser la suerte de la humanidad. No deja de tener importancia que hombres de todos los países se nutran de la misma Palabra, y comulguen en el mismo ideal, y constituyan un mismo Cuerpo. Te ruego, Señor, que esta profecía se realice y que yo contribuya a realizarla en la parte que de mi dependa.

Una loca esperanza se apodera de nosotros: "He aquí que vienen días de justicia y de paz". Pero esos días ¿dónde están? ¿Qué es lo que va a cambiar con este Adviento? "¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros véis!" Pero ¿qué es lo que vemos? Otro tanto sucede con la esperanza: si no tuviera algo de locura, ya no sería esperanza... Los prudentes, los sabios, los jefes de Estado no la necesitan. En cambio, para los pobres, un rayo de sol, una palabra de consuelo, una mano tendida, valen más que mil tratados de paz. Saben descifrar lo invisible, porque están habituados a vivir al nivel de lo imperceptible. Acaso se diga de ellos que son demasiado crédulos, pero con Jesús ¡están en buena compañía! ¿Habéis visto uno de esos árboles que, adelantándose excesivamente a la estación, empiezan a echar brotes demasiado temprano? Si cae una fuerte helada, ese árbol ya no dará fruto...

Es verdad; pero su audacia es señal de una primavera que, no obstante el invierno, al fin llegará. Necesitamos esperanza, ¡aun cuando sea un poco loca! "Saldrá un vástago del tronco de Jesé..., juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados". Vino Jesús, y vino sin armas, servidor sin corona. Hoy viene al corazón de la gente humilde que le aguarda. El lobo habitará con el cordero; ¿y el hombre con el hombre? ¿Y por qué no, hermanos? De ti depende que acojas al Espíritu de Dios. Aún está Jesús enhiesto en cruz, como un estandarte para los pueblos. Dichoso el que camina poniendo sus pies sobre las pisadas de Jesús para dar consistencia a la esperanza, débil brote en tronco desnudo, aurora de una primavera en medio de la noche ¡que no puede durar siempre!

Reflexión del Salmo 71: Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente

Es un salmo real, pues tiene la persona del rey como su centro de atención. Se pide a Dios que le conceda al monarca la capacidad de juzgar con justicia, según los designios divinos.

Este salmo no presenta una división clara. Se puede apreciar una petición, seguida por una serie de motivos o consecuencias. El final es claramente un himno de alabanza que concluye el segundo libro (Sal 42 – 72), según la propuesta de dividir los salmos en cinco libros.

A pesar de lo dicho, vamos a dividir esta pieza en seis partes:

La primera parte, hace las veces de introducción. Hay una petición a favor del rey, que pone de manifiesto la principal característica de su gobierno: hace justicia a los pobres, instaurando, de este modo, la paz. La paz, por tanto, es fruto de la justicia. Cuando la autoridad política (rey) practica la justicia, el pueblo desea que su administración dure para siempre.

La segunda parte. El pueblo creía que el sol y la luna no iban a desaparecer nunca. Analizando la naturaleza, descubrió que jamás han faltado la lluvia y las lloviznas. Desea, por tanto, que la autoridad política actúe del mismo modo, esto es, que haga germinar y florecer la justicia en el país. Una autoridad política comprometida con la justicia es un elemento que garantiza la fecundidad y la vida para el pueblo.

La tercer parte contempla la política internacional de la autoridad política: defiende el territorio nacional, dominando a los enemigos del exterior y cobrándoles tributo. Aquí predomina una visión imperialista.

La cuarta parte se ocupa de nuevo de la política interior. ¿Qué es lo que tiene que hacer el rey? Cuidar del indigente y del pobre, haciéndole justicia, convirtiéndose en su protector y defendiéndoles de quienes los tratan con violencia. El rey ha de optar por los débiles, los indefensos y los pobres.

La quinta parte retoma los temas de la segunda (duración, fecundidad), añadiendo otros nuevos, como la cuestión del tributo que pagan los pueblos dominados y el tema de la bendición. El rey justo es fuente de bendición para todos los pueblos, a semejanza de Abrahán.

La sexta parte es una breve bendición dirigida al Señor, que confía al rey la misión de gobernar con justicia y con derecho, realizando maravillas en medio del pueblo. De este modo, Dios será conociendo y reconocido en toda la tierra. Estos versículos se añadieron posteriormente como conclusión del segundo libro de los cinco en que se dividen los salmos.

Este salmo habría nacido, con toda probabilidad, con motivo de la entronización del rey, la autoridad política suprema del pueblo de Dios desde que concluyó el sistema de las tribus y hasta el exilio de Babilonia (de 1040 a 586 a.C.). La misión del rey consistía, básicamente, en administrar justicia, defendiendo al pueblo de las agresiones internacionales (política externa) y de las injusticias dentro del País (política interna). Este salmo revela el tipo de autoridad política que desea el pueblo: alguien profundamente comprometido con los indefensos, a los que protege como si el mismo Dios de la Alianza estuviera actuando por medio de las manos del rey.

El salmo muestra que la situación social, en el momento de la toma de posesión del nuevo rey, es dramática: hay pobres cuyos derechos están siendo pisoteados; hay indigentes a los que se explota junto con sus hijos, lo que viene a indicar que no hay justicia en el país. Los pobres claman y los indigentes no tienen protector. Hay débiles e indigentes necesitados de salvación. Todo ello porque la sociedad está dividida entre ricos y pobres, entre poderosos y débiles. Los poderosos son astutos y violentos, y el rey no impone la justicia, seguirá derramándose la sangre de los inocentes sin que nadie haga nada para evitarlo. El conflicto social interno es grave.

Si miramos más allá de las fronteras de Israel, la situación internacional está también necesitada de una intervención del nuevo rey a favor de la justicia. Se habla de los rivales y enemigos del rey, también enemigos, por tanto, del pueblo de Dios, se hace mención de los reyes de Tarsis, Saba y Arabia, así como de los jefes de estado de todo el mundo. Desde la concepción imperialista de este salo, la dominación de estos pueblos hará que todo el mundo conozca y reconozca al rey de Israel y al Dios que representa. Hoy resulta un tanto extraño imaginar que el dios de un rey dominador e imperialista pueda ser el dios de todos los pueblos. Defendiendo las fronteras de su país contra las agresiones internacionales y defendiendo al pueblo de la violencia de los poderosos, el rey instaura una era de justicia que trae el florecimiento de la paz. La tierra reacciona con sus frutos, pues la justicia es fuente de vida y de fecundidad para el pueblo.

Los salmos reales, como ya hemos visto, vienen cargados de ideología, pues surgieron en un contexto vinculado a la monarquía y al palacio real. A veces podemos tener la impresión de que, en estos salmos, no es el rey el que cumple la voluntad de Dios, sino que el Señor es quien se somete al capricho del soberano. A pesar de lo cual, la imagen que este salmo nos da de Dios resulta de gran interés, pues sigue siendo el Dios de la Alianza que, mediante las acciones del rey, hace justicia al pueblo defendiendo a los pobres, protegiendo a los indigentes, convirtiéndose en el protector de los abandonados contra los opresores y los violentos. En tiempos de la monarquía, la tierra de Israel se había convertido en un nuevo Egipto. Dios quiere ser nuevamente el libertador, obrando por medio del rey, un rey que, ahora, se convierte en un nuevo Moisés y en un nuevo Abrahán. Poco a poco, estos salmos fueron ampliando el horizonte, a la espera de ese rey ideal, sobre todo después del exilio babilónico, cuando ya no había rey, y después de que el pueblo hubiera descubierto que la monarquía fue el principal responsable del cautiverio en Babilonia.

El Nuevo Testamento vio en Jesús a ese nuevo rey, capaz de hacer justicia e inaugurar el reino de Dios. Jesús dijo a Pilato que su Reino no era de este mundo, no para afirmar que reinaría en otro planeta o en otra dimensión, sino para mostrar su nueva concepción del poder y de la justicia. Siguiendo esta nueva concepción llegaremos a la concreción del reino de Dios.

Este salmo se presta para reforzar nuestra conciencia de ciudadanos comprometidos con una sociedad justa, solidaria e igualitaria. NO basta con rezar por los gobernantes. Nuestra oración ha de venir acompañada por una postura política adecuada, la conciencia que viene de nuestra condición de ciudadanos. Podemos rezarlo cuando queremos que “venga a nosotros su Reino”; cuando soñamos con una sociedad justa, con la paz internacional, con la libertad de los pueblos.....

Reflexión Primera del Santo Evangelio: Lc 10,21-24: Sí, Padre, porque así te ha parecido bien

Jesús reconoce la verdad de su propia vocación de Hijo a través de la fe de los pequeños, es decir de los que —aun siendo desfavorecidos al parecer de los hombres de religión— han acogido con gratitud y humildad la predicación de los setenta y dos discípulos. Es una realidad que se descubre y celebra con la fuerza del Espíritu, el único que permite al hombre poder leer, en las situaciones más diversas, la voluntad de Dios.

Su grito de «júbilo en el Espíritu» (v. 21) permite intuir el tenor de los acontecimientos por los que se manifiesta la vocación Filial de Jesús. Él, a pesar del fracaso de su propia misión y el éxito parcial de la de los discípulos, da gracias al Padre por sus designios insondables, que revelan el misterio del reino a los últimos, los humildes, y los oculta a los soberbios. Esta acción de gracias es reconocer la obra maravillosa de Dios, su acción que confunde la sabiduría humana.

Ahondando más, Jesús admira el “conocimiento que de él tiene el Padre y, a la vez, exalta el conocimiento que le ha concedido del plan de Dios. Pero hay algo más: en este conocimiento del verdadero rostro de Dios da entrada a sus propios amigos, los que aceptan participar en la familiaridad íntima que lo une al Padre (v. 22). La verdadera felicidad de los discípulos consiste en la participación en esta familiaridad que le hace vivir no ya en el tiempo de la espera, sino en el de la presencia de la salvación (v. 23), ansiada por Israel a lo largo de los siglos.

Dios actúa de modo imprevisible, desconcertando nuestra sabiduría humana. Ciertamente, los caminos que nos hace recorrer para llevarnos a la salvación son inéditos, nuevos, inesperados, como sugiere el tema del “renuevo de Jesé”. El retoño que comienza a despuntar en tronco talado, en medio de un bosque desolado, me recuerda su fidelidad, su promesa inquebrantable y el privilegio de los humildes y pequeños a sus ojos.

También yo seré un privilegiado si acojo el don del Espíritu, que se posó sobre Jesús, el renuevo mesiánico. Y como Jesús, con la fuerza del Espíritu, ha podido descubrir en los éxitos controvertidos de su propia misión el plan sabio del Padre, también yo podré gozar de la atención delicada y llena de ternura que Dios reserva a los pobres y sencillos.
Entonces me encontraré entre aquellos a los que el Hijo revela el misterio de amor de su Padre dándoles entrada en su misma relación de comunión e intimidad.

El Hijo amado del Padre viene a regalarme la vida filial, la verdadera sabiduría, el don del Espíritu con el que Dios quiere colmarme y al mundo entero para superar los desgarrones y divisiones, que parecen ser la triste herencia de los humanos.

Soy consciente, Padre omnipotente, de que tú debes ser el fin principal de mi vida, de suerte que mis palabras y sentimientos te expresen. Permíteme dirigirme a ti, Señor, que te hable con toda libertad. Soy un pequeño en la tierra, pero encadenado por tu amor.

Antes de conocerte, estaba oculto el sentido de mi vida y carecía de significado mi existencia. Gracias a tu misericordia he comenzado a vivir: he disipado mi ambigüedad. He sido instruido en la fe, inmerso en ella sin remedio. Señor, perdóname, no puedo librarme de ti, pero podría morir de ti.
A lo largo del tiempo han surgido infinidad de teorías, pero han llegado tarde; antes de darles oído te he dado mi fe. Ahora soy tuyo.

Reflexión Segunda del Santo Evangelio: Lc 10, 21-24. Veía a Satanás caer del cielo como un rayo.

En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».

Reflexión

La euforia reina en los comentarios, en los rostros de los discípulos tras su exitosa misión. Jesús los recibe y parece también Él contagiarse de la alegría con que lo celebran. No es solamente un triunfo humano. Es ante todo el reconocimiento del don de Dios que en aquellos hombres sencillos se ha prodigado abundantemente para transformarles en heraldos, en testigos y anunciadores de su mensaje. Y son ellos, gentes sin formación, los que llegan a conocer tal misterio, pues como dijo san Pablo: “Hablamos de una sabiduría de Dios misteriosa, escondida (...) desconocida de todos los príncipes de este mundo.(...) Si alguno entre vosotros se cree sabio según este mundo, hágase necio, para llegar a ser sabio (...) pues la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios” (1Cor 3, 18-9).

Da que pensar el hecho de que a lo largo de más de 4000 años de historia Sagrada, los personajes que Dios ha escogido para anunciar a los hombres sus mensajes, hayan sido, por lo general, gentes sencillas y sin instrucción. En muchos casos eran apocados o tímidos, también mujeres virtuosas aunque a simple vista débiles. La historia de los pastores como José, el hijo pequeño de Jacob, y el mismo David, el rey, parece repetirse cuando la Sma. Virgen María escoge a las personas más sencillas para revelar sus mensajes. La historia de san Juan Diego y la Virgen Guadalupana, las de los pastorcillos de Fátima, o la de Bernardette en Lourdes son sólo algunos casos. Y esto no es por pura coincidencia, sino testimonio de la coherencia de los planes de Dios. La sencillez conquista y “subyuga” a Dios. Él se enamora de las almas humildes y simples. Él desvela sus secretos y su misterio sólo a los sencillos de corazón. Como lo hizo en María y como lo ha hecho a lo largo de todos los siglos. También quisiera hacerlo en nuestra oración de hoy y de cada día, contando con nuestra colaboración.

El Adviento, que es la época del año en la que nos preparamos para recibir a Jesucristo, Nuestro Salvador, nos recuerda que el Señor viene, y viene en la pequeñez, en la sencillez y en la humildad. Sin embargo, el evento de Belén, la pequeñez de Jesús, el hecho de que todo se manifieste en un ambiente sencillo, escondido, oscuro, nos podría hacer perder de vista la realidad de que el que viene es el Señor. El Adviento para todos los cristianos debería tener una muy especial dimensión, porque cada uno de nosotros se tendría que atrever a preguntarse si Dios es el Señor y el dueño de su vida.

En teoría podríamos decir que sí, pero ¿realmente creo que el Señor es el dueño de mi vida? Cuántas veces no somos capaces de encontrar a Nuestro Señor porque no tenemos un corazón sencillo, abierto, transparente, sino que tenemos un corazón enredado, tergiversado por dentro; y damos vueltas a las cosas, y permitimos que el egoísmo vaya por mil vericuetos dentro de nuestra vida, y aceptamos que nuestra soberbia o nuestra pereza se conviertan en los verdaderos reyes y señores de nuestra existencia.

Muchas veces la cultura en la que vivimos nos impide reconocer a Dios como Señor, porque nos presenta otras muchas cosas que aparentemente son señores de la vida. Cuántas veces se nos puede presentar la riqueza como el señor de la vida, y parecería que con los bienes materiales puedes lograr todo; pero la riqueza lo que no te da es vida. O cuántas veces ponemos como señor de la vida el poder; sin embargo, nos engañamos, porque el poder no te realiza como persona, sino que te hace usar a las personas, con lo que tú mismo acabas perdiendo la dignidad. Y lo que en teoría te serviría para ser más libre, en el fondo te hace más esclavo.

¿Cómo podemos saber si nuestra vida está llena de la ciencia del Señor, si Dios es realmente el dueño, el Señor de nuestra vida? El Evangelio es muy claro, nos habla de dos dimensiones fundamentales. Por un lado, nos dice que tenemos que tener sencillez interior para poder recibir al Señor. Y por otro lado, nos habla de cómo Cristo es el Señor. "Te doy gracias porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los sencillos".

Cristo nos habla de la sencillez de corazón. Es decir, un corazón abierto, de una forma muy especial, de cara al Señor: a reconocer a Dios y pedirle que se haga su voluntad. Un corazón sencillo es el que acepta la voluntad de Dios, es el que no se busca a sí mismo, sino que se entrega de una forma generosa, sin esperar nada a cambio. Es el corazón que es capaz de saber quién es el Padre y quién es el hijo; es el corazón que es capaz de reconocer a Dios como Señor; es el que permite que Dios sea el que diga cómo quiere la propia vida.

Para lograr tener un corazón sencillo es necesario permitir que Dios vaya «invadiendo» todas los ámbitos de nuestra vida. Que Él sea el que va normando y señalando el camino concreto de nuestra existencia. Reconocer a Dios como Señor es permitirle que ilumine mi pensamiento, que fortalezca mi voluntad, que oriente mis sentimientos, que norme y marque el criterio de mi comportamiento.

Si yo acepto esto sobre cualquier circunstancia de mi vida, estoy reconociendo a Dios como el Señor de mi vida. Pero si no lo hago, no puedo decir que Dios es mi Señor. Cada uno tendría que entrar en su corazón y preguntarse de forma muy sincera y profunda: ¿Señor, dónde todavía no eres mi Señor? Y después, atreverse a bajar a aspectos muy concretos para descubrir en qué lugar mi egoísmo, mi modo de ser, mis conveniencias, mi historia o mi educación me impiden reconocer al Señor como mi Señor.

Sigamos este camino de Adviento buscando cultivar en nuestra alma el señorío de Cristo sobre nuestras vidas, porque entonces tendremos el gozo y la alegría. "¡Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven! Porque les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron”. Nosotros veremos y oiremos sólo si permitimos que Cristo sea Señor de nuestra vida. Nosotros veremos, oiremos y nos alegraremos el día en que la ciencia del Señor llegue a nuestra existencia.

Estas palabras de Jesús nos las podemos aplicar todos los cristianos, ya que nuestros ojos ven y nuestros oídos pueden oír la realidad del Reino presente entre nosotros. Dios nos ha revelado en su hijo el gran amor que nos tiene y es ahora el hijo quien nos revela al padre y con el somos capaces de experimentar el amor de Dios en nuestras vidas. Sin embargo este conocimiento y esta vida de Dios en nosotros, la experiencia del Reino no es aun completa y definitiva: aun puede y debe crecer. Crecerá en la medida que seamos como los niños, teniendo una mirada inocente y transparente para mirar al mundo. ¿Porque debemos pensar siempre mal de los demás…? Dejemos el juicio a Dios y veamos mejor las cosas buenas y positivas de los demás (que generalmente son muchas más que las negativas).

Reflexión Tercera del Santo Evangelio: Lc 10,21-24, La fe es un don de Dios.

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas casas a los sabios y a los entendidos.

Imaginemos que estamos en la exposición de un joven artista. La gente pasa pero pocos se detienen, incluso algunos esbozan una sonrisa despreciativa. Pero hay un señor que se detiene largo rato para observar un cuadro, pasa al siguiente, luego vuelve para contemplar la primera obra. He aquí alguien que ha comprendido al artista y sabe apreciarlo. ¡Qué alegría para el pintor!.

El texto del evangelio alude a una experiencia parecida. ¿Significa también que Jesús está contento de no ser comprendido por los sabios e inteligentes? Sus palabras pueden ser entendidas mediante una serie de analogías bíblicas. En el Antiguo Testamento a menudo se narran las guerras combatidas por Israel. Los autores se detienen particularmente en los episodios en los que los judíos vencen a ejércitos incomparablemente más fuertes que ellos: cuando Dios hace vencer al pequeño rebaño, la victima aparece claramente como un don suyo. Así ocurre también aquí. Quizás haya sabios profesores de teología que crean haber entendido los misterios de la fe cristiana. Pero es verdad más bien todo lo contrario: quien mejor comprende estos misterios son los «simples cristianos» que los viven. La fe es para ellos un don de Dios.

Nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel al que el Hijo se lo quiere revelar.
En Campidoglio de Roma hay una iglesia llamada Ara Coeli, altar del cielo. En una de sus columnas está la inscripción: Ex cubiculo Augusti, desde el dormitorio de Augusto. La tradición narra que el emperador tuvo un sueño la misma noche del nacimiento de Cristo. A la mañana siguiente ordenó construir un altar al Dios desconocido. Los romanos admitían en su religión el culto de todas las divinidades que se veneraban en cualquier territorio del imperio. Incluir a estos dioses significaba tener poder sobre su región de origen.

El Dios de Israel es distinto a los demás: es desconocido, es decir, no puede ser conocido por todos los hombres. Entonces, ¿quién puede conocerlo sino e Hijo, “Dios verdadero de Dios verdadero”? Pero si Jesús es Hijo de Dios, él mismo será incognoscible para la razón humana. Los apóstoles lo vieron, el evangelio lo describe, pero todo esto no ofrece más que el lado «exterior» de su existencia. Su divinidad se transparenta, pero como en las imágenes sagradas. Los santos son los que cada vez más y mejor crecen en el conocimiento de Cristo. También los simples cristianos le conocen según el grado de su santidad, y, ciertamente, más a través de la oración que del estudio.

Hay dos expresiones parecidas; «descubrimiento» y «revelación». En ambos casos se trata de algo que empieza a aparecer, de modo que vemos lo que antes no veíamos. Cristóbal Colón descubrió América, de la que nadie sospechaba su existencia, y no fue una empresa fácil. Cuando la tensión en el barco estaba en su punto álgido, y los marineros, cansados, empezaban a manifestar su descontento, un joven descubrió, en la lejanía, un pedazo de tierra.
Cuando se trata de un «descubrimiento» somos activos: hemos buscado y nos hemos esforzado y, si la cosa aparece, es también mérito nuestro. Pero cuando se trata de la «revelación» el mérito, por el contrario, es del que se revela. No podemos decir que santa Bernardita en Lourdes «haya descubierto» a la Santísima Virgen: tuvo, más bien, una “revelación”.

En la historia de la Iglesia hay muchos casos parecidos, y es interesante ver cómo estas revelaciones, en la mayoría de los casos, se dan a los niños, y de todas formas a los «sencillos». Cuando el evangelio usa esta expresión no se refiere sólo a la sencillez física, sino a lo que es imagen de ella: los ojos limpios, la humildad, la frescura, la disponibilidad para recibir la verdad como don y el entusiasmo capaz de realizarla en la vida. Dios no revela sus verdades para satisfacer la curiosidad de los hombres, sino para que estas sean semillas que crezcan en el campo de la vida.

Reflexión Cuarta del Santo Evangelio: Lc 10,21-24. JESUS PRORRUMPE EN UN CANTICO DE ALABANZA

«En aquel preciso momento, con la alegría del Espíritu Santo, Jesús exclamó...» (10,21a). A pesar de ser Jesús un hombre alegre y feliz, que comía y bebía con todos, y no un asceta por el estilo de Juan Bautista, solamente aquí se transparenta su alegría. Se trata de uno de los procedimientos literarios más bellos e inten­cionados: el autor quiere dar el máximo relieve posible a los hechos que han ocurrido por primera vez. Finalmente, hay un grupo de discípulos que ha sido capaz de expulsar las falsas ideologías que encadenaban a la gente. Jesús está en sintonía con los Setenta. A través de la misión bien hecha, llevada a cabo por estos personajes anónimos, y de la reacción exultante de Jesús, Lucas anticipa cómo será la misión ideal: abierta, universal, liberadora. «Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra» (10,21b). Jesús deja transparentar su experiencia de Dios, «Pa­dre», y prorrumpe en un canto de alabanza porque ya no hay dicotomía entre el plan de Dios («cielo») y su realización concreta («tierra»). Este plan se ha ocultado a los «sabios y entendidos», los letrados o maestros de la Ley (cf. 5.17.21.30; 7,30), y a los que se tienen por «justos» (cf. 5,32), pues sus intereses mezquinos hacen que sus conocimientos científicos no sean útiles a la comu­nidad -su influencia se deja sentir incluso en los discípulos israelitas, los Doce, seguros de sí mismos y de sus instituciones religiosas-, y se ha revelado a los «pequeños», a los Setenta, despreciados por su origen étnico y religioso, pero con capacidad para comprender las líneas maestras del designio de Dios. Son hombres sin fachada.

Jesús cierra la acción de gracias como la había iniciado: «Sí, Padre, bendito seas, por haberte parecido eso bien» (10,21c). Estamos cansados de repetir que los planes de Dios no van parejos con los nuestros, pero lo decimos en otro sentido. Los «nuestros» son los planes de la sociedad en la que nos encontra­mos inmersos: pretendemos eficacia, salud, pesetas (más bien marcos o yenes, ¿no es así?), quisiéramos figurar como la única religión verdadera, ser respetados por los poderosos, aparecer en los medios de comunicación... Jesús tiene otros valores, valo­res que han comprendido los sencillos, los pequeños, los que ya están al servicio de los demás, los que no tienen aspiraciones y están abiertos a todos.

De la acción de gracias Jesús pasa a una revelación que habría firmado el propio evangelista Juan: «Mi Padre me lo ha entrega­do todo, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (10,22). Jesús tiene conciencia de conocer a fondo el plan de Dios. Ha tomado conciencia de ello en el Jordán, cuando se abrió el cielo de par en par, bajó el Espíritu Santo sobre él y la voz del Padre lo manifestó como su Hijo amado: «Hijo mío eres tú, yo hoy te he engendrado» (cf. 3,21-22). La comunidad de Espíritu entre el Padre y el Hijo explica esta relación de intimidad, que, por primera vez, Jesús revela a sus íntimos. Sólo conoce al Padre aquel que recibe el Espíritu de Jesús y experi­menta así el amor del Padre. El conocimiento que el estudio de la Ley, la Escritura, procuraba a los «sabios y entendidos» no es verdadero conocimiento. Estaba falto del conocimiento por experiencia que sólo puede procurar el Espíritu de Jesús.

JESUS PROPONE A LOS DOCE EL MODELO YA ALCANZADO POR LOS SETENTA

A continuación Jesús muestra a los Doce, los discípulos pro­cedentes del judaísmo, este plan ya inicialmente realizado por los Setenta: «Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: ¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis"» (10,23). «Volverse» constituye una marca típica del evangelista para indicar un cambio de ciento ochenta grados en la actitud de Jesús respec­to a un determinado personaje o colectividad, motivado por un hecho nuevo que se acaba de producir (cf. 7,9.44; 9,55; 10,23; 14,25; 22,61; 23,28); «tomar aparte» indica, además, que un grupo determinado tiene necesidad de una lección particular, en vista de la resistencia que ofrece a su proyecto (cf 9,10b; 10,23). Jesús muestra a los Doce cuáles son los frutos de una misión bien ejecutada. También ellos deben alegrarse, sin reser­vas, porque la utopía del reino es viable.

Si nos planteamos realizar el reino de Dios sin contar con los medios humanos y con toda sencillez, comprobaremos que funciona. Hacía años y más años que se esperaba este momento. «Profetas», hombres que intuyeron cuál era el plan de Dios sobre el hombre, y «reyes», los principales responsables del pueblo de Israel, «desearon ver lo que vosotros veis», a saber: lo que los Setenta ya han llevado a cabo, «y no lo vieron», puesto que el plan de Dios no se había aún encarnado en un hombre de carne y hueso; «y oír lo que oís vosotros», ese estallido de gozo y alegría, «y no lo oyeron», pues no había nadie que se lo procla­mase. El éxito del reino en Samaría, la región semipagana, es prenda de universalidad. Se está cumpliendo la promesa del reino mesiánico (Sal 2,8; 72,10-11; Dn 4,44; 7,27). Es la respuesta de Jesús a la segunda tentación (cf Lc 4,6-7): la universalidad del reino mesiánico no se logrará mediante el dominio ni por la ostentación de poder y de gloria, sino liberando a los hombres del yugo que los agobia.

Como un eco gozoso a la 1ª lectura, escuchamos en el evangelio de Lucas a Cristo que alaba a Dios, henchido de la alegría del Espíritu Santo. Lo alaba porque en su misericordia y su bondad ha revelado los misterios del Reino y de la salvación, no a los grandes y poderosos de la tierra, los que la han mancillado con sus violencias y codicias, sino a los sencillos, a los pobres y humildes. Desde la época del concilio Vaticano II, siguiendo por las grandes conferencias del episcopado latinoamericano en Medellín, Puebla y Santo Domingo, se habla de la opción preferencial por los pobres que la iglesia se compromete a asumir. Pero esa opción la había hecho primero el mismo Dios, como nos dice Jesús en la lectura del Evangelio que escuchamos hoy, y sin añadirle aquello de "preferencial" que nosotros en nuestro tiempo he hemos puesto púdicamente para no herir las susceptibilidad de los poderosos. Los pobres y marginados son los favoritos absolutos de Dios: los humildes, los sencillos, los débiles, aquellos que no tienen quien los proteja. Dios Padre le ha entregado todo al Hijo, el poder y el juicio. Nadie conoce al Padre sino el Hijo. Pero el Hijo obediente acoge a los favoritos del Padre, les revela su amor, y les muestra su rostro amoroso.

Es lo que nos aprestamos a celebrar en esta Navidad. Sólo que las palabras escuchadas en la liturgia pueden parecernos, con toda razón, una bella utopía, una hermosa ilusión. ¿Cómo las haremos realidad en el nuevo milenio? ¿O tendremos que resignarnos a que la historia siga siendo un caos de dolor y sufrimiento, de humillaciones y pobreza para la mayoría de los hijos de Dios? Es que la celebración del nacimiento de Jesús, aparte del ruido de la publicidad y los fuegos fatuos del mercado, nos deben comprometer a los cristianos a hacer realidad lo que leemos. A construir un mundo justo y verdaderamente humano. En donde de verdad reine Dios.

Elevación spiritual para este día.

Soy consciente, Padre omnipotente, de que tú debes ser el fin principal de mi vida, de suerte que mis palabras y sentimientos te expresen. Permíteme dirigirme a ti, Señor, que te hable con toda libertad. Soy un pequeño en la tierra, pero encadenado por tu amor.

Antes de conocerte, estaba oculto el sentido de mi vida y carecía de significado mi existencia. Gracias a tu misericordia he comenzado a vivir: he disipado mi ambigüedad. He sido instruido en la fe, inmerso en ella sin remedio. Señor, perdóname, no puedo librarme de ti, pero podría morir de ti.

A lo largo del tiempo han surgido infinidad de teorías, pero han llegado tarde; antes de darles oído te he dado mi fe. Ahora soy tuyo.

Reflexión Espiritual para el día.

No nos lamentemos demasiado fácilmente de lo falta de tiempo para leer y no la hagamos responsable de un estado espiritual imputable con frecuencia a nuestra falta de decisión (la decisión de llevar las cosas a la práctica). Volvamos asiduamente al evangelio, a cualquier libro sólido, y tratemos de asimilarlo para vivirlo. No dejemos que se vaya agrandando la fisura entre verdad buscada y meditada y el llevar a la práctica sus exigencias. Es preciso exponer nuestra vida a la luz del Espíritu de Jesús, esforzándonos por practicar el sermón de la montaña, el discurso de la última Cena, el Vía Crucis, las parábolas de la oración y de la fe, y sobre todo el mandamiento del amor: ahí encontraremos la verdadera ciencia de Cristo, la que poseían apóstoles.

Cualquier momento del día se nos brinda como algo único e irrepetible; por eso, los que no se han abandonado suficientemente al Espíritu y dependen de modo muy rígido de un ideal moral especulativo, no llegan o la santidad perfecta, viva, en consonancia con las exigencias de la vida. Su santidad es artificial, rígida, careciendo del impulso y espontaneidad del amor; son incapaces de un acto de locura en la pobreza, en el amor al prójimo; no viven el Evangelio del Salvador (...).

La lectura de una biografía o de los escritos de un santo con frecuencia son más eficaces para una auténtica vida espiritual que la lectura de libros doctrinales. Velad constantemente por mantener un gran equilibrio en vuestra vida, para conservarla siempre en la sencillez del momento presente y paro llevar a la práctica el Evangelio.

El rostro de los personajes , pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Iglesia. Isías 11, 1-10(11, 1-4) "La fuerza del espíritu"

En estrecho paralelismo con 9, 1-6 y en circunstancias históricas idénticas o muy similares Isaías continúa describiéndonos los tiempos futuros mesiánicos ideales y las cualidades que acompañarán al Mesías. Era la evocación espontánea que suscitaba en todo israelita fiel la celebración litúrgica de un determinado acontecimiento real.

Lo más característico de este oráculo profético es el dinamismo que imprime al futuro Mesías la posesión del espíritu de Yavé. Retoño de ese tocón casi exhausto de la dinastía davídica, que era Ajaz, había de convertirse, por la fuerza del espíritu, en el príncipe ideal de lo tiempos mesiánicos.

Lo maravilloso no son las dotes o dones que a continuación se enumeran sino la posesión del espíritu, de ese soplo divino identificado con Dios mismo en cuanto se compenetra con una persona para destinarla a una determinada misión. Moisés, los ancianos, los jueces, los reyes, los profetas… todos ellos participaron de este mismo espíritu, que los convirtió en carismáticos, es decir en instrumentos de Dios al servicio del pueblo. Así nos encontramos también con María, Jesús, los apóstoles, los creyentes.

Por eso los frutos de este espíritu no son perfecciones humanas egocéntricas, sino cualidades del ser humano desarrolladas en un alto grado para bien de la comunidad. Isaías los distribuye en tres binarios, juego de números perfectos, mostrando así la alta perfección gubernativa del retoño de Jesé, el padre de David. Querer minimizar su contenido diferenciando cada uno de estos dones seria ignorar el carácter redundante del estilo semita. Ya san Ambrosio y san Agustín insistieron suficientemente en su sentido de plenitud o cúmulo de cualidades apetecibles.

Menos aún querer ver aquí los así llamados siete dones del Espíritu Santo. En primer lugar porque no se habla de siete sino de seis. El espíritu no es otro sino la fuente de todos ellos, a pesar de que los LXX y la Vulgata hayan añadido el “don de piedad” para convertir esta profecía en septenario.

Ezequías y Zorobabel han sido candidatos preferidos para recabar sobre sí el cumplimiento de esta profecía mesiánica. Intento fallido. Ni uno ni otro fueron siempre lo más parecido a un rey prudente (cf Is 39, 2; 37, 8-9) ni en su tiempo disfrutó el pueblo de esa paz edénica descrita a continuación. Profeta y oyentes miran al futuro con certeza e imprecisión. El Mesías davídico vendrá. Ellos no lo conocieron. Pero pusieron un eslabón más en esa cadena de esperanzas mesiánicas que desembocará en Cristo.

Consecuencia de este reinado de paz y justicia de la era mesiánica, fruto de la rectitud de conciencia de los habitantes de los últimos tiempos será esa armonía total de la creación entera descrita con las imágenes más expresivas. Sueño paradisíaco o anhelo de felicidad, de lo que no cabe la menor duda es que refleja una de las exigencias humanas más innatas y connaturales. Isaías puso el nuevo paraíso en la época del Mesías como resultado de la acción dinámica del Espíritu. Otros la situarán en una sociedad de consumo manejada no precisamente por la tuerza del espíritu. Nosotros sabemos que está en Cristo, Alfa y Omega, y con Cristo en Dios. La tensión escatológica es manifiesta.+

Enviado el Martes, 05 diciembre a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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