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Lecturas del día 04-12-2017

LITURGIA DE LA PALABRA.

Is 2,1-5: El Señor reúne a todas las naciones en la paz eterna del Reino de Dios
Salmo responsorial 121: ¡Qué alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor”!
Mt 8,5-11: Vendrán muchos de oriente y occidente al reino de los cielos

En la disciplina militar la obediencia a la autoridad hace que, en virtud de una palabra dada, se realice un hecho. El centurión conocía bien este contexto y por eso, reconociendo la autoridad de Jesús para sanar, le pidió esa palabra. Este gesto suscitó en Jesús admiración por la fe de este soldado pagano.

Este encuentro resalta la apertura del mensaje de Jesús a todos, superando discriminaciones de cualquier tipo, prejuicios y particularismos. El centurión no sólo era un pagano, también era parte de las fuerzas de ocupación que sometían a su pueblo. Pero Jesús trató con él rompiendo la segregación existente entre los judíos y gentiles de su época. De esta manera, llama a sus seguidores a ser puentes y lazos en medio de la división y de las diferencias.

La comunidad cristiana se debe caracterizar por la vivencia de esta apertura y la esperanza alimentada por la Palabra. Hay que tener valentía para poder superar los prejuicios, acoger a las personas por su dignidad de ser hijas de Dios y luchar por la igualdad.

PRIMERA LECTURA.
Isaías 2,1-5
El Señor reúne a todas las naciones en la paz eterna del reino de Dios.

Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén: Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos. Dirán: "Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob: él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén, la palabra del Señor."

Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 121
R/. Vamos alegres a la casa del Señor.

¡Qué alegría cuando me dijeron: "Vamos a la casa del Señor"! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén. R.

Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David. R.

Desead la paz a Jerusalén: "Vivan seguros los que te aman, haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios." R.

Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: "La paz contigo." Por la casa del Señor, nuestro Dios, te deseo todo bien. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Mateo 8,5-11
Vendrán muchos de oriente y occidente al reino de los cielos.

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: "Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho." Jesús le contestó: "Voy yo a curarlo." Pero el centurión le replicó: "Señor, no soy quien para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: "Ve", y va; al otro: "Ven", y viene; a mi criado: "Haz esto", y lo hace."

Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: "Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos."

Palabra del Señor.


Reflexión de La Primera Lectura: Isaías 2, 1-5. El Señor reúne a todas las naciones en la paz eterna del Reino de Dios

Los profetas no sólo anuncian desventuras. He aquí un espléndido anuncio para "Judá y Jerusalén", para la Iglesia y cada comunidad cristiana. Aunque la oscuridad envuelva el mundo, siempre habrá una luz puesta sobre el monte; siempre habrá montes de esperanza; Cristo será el mejor, el más hermoso y luminoso de los montes; siempre habrá hombres y "pueblos numerosos", que busquen y suban a esas montañas luminosas, para saciarse de palabra, de justicia y de paz.

Esto será "al final de los días", que fue ya, y es hoy y será mañana. "Este poema es uno de los más inspirados y profundos del A.T. El monte se vuelve centro y origen de un doble movimiento, propuesto en orden cronológico inverso: movimiento centrífugo de irradiación, ley y palabra; movimiento centrípeto de concurrencia universal... ¿Quién los ha convocado? ¿qué fuerza de gravedad invertida los ha puesto en movimiento, para que converjan y asciendan?... Del centro del mundo ha salido una fuerza misteriosa, no de ejércitos ni de violencia, sino de convicción pacífica e irresistible". (L. Alonso ·Schökel-A)
-"Será el árbitro de las naciones. De las espadas forjarán arados; de las lanzas podaderas". Lo esperamos como un don y constituye nuestro horizonte definitivo. Entretanto, la guerra parece consustancial a la humanidad histórica, a pesar de que nuestro corazón suspire por la paz y el entendimiento entre todos. Una contradicción de la condición humana. Pero no nos es lícito doblegarnos a ello: si creemos en el horizonte de paz y hermandad, debemos trabajar continuamente por hacerlo próximo con nuestras obras, no con las de las tinieblas, sino las de la Luz que es JC, el Señor, de quien nos hemos vestido. Todo un programa para hoy: fundir espadas y lanzas (la carrera armamentista, el dinero, y las vidas consagradas a fabricar maquinaria mortífera) y forjar arados (el trabajo productivo para dar el pan de cada día a tantos y tantos hombres, mujeres y niños hambrientos).

"De las espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas". La frase ha merecido estar esculpida en la ONU. Las espadas quedarán convertidas en arados (trigo, pan=vida) y las lanzas en podaderas (cepa, vino=alegría compartida).

La profunda decadencia moral del pueblo que menosprecia a Dios y no escucha su voz entristece al profeta Isaías, que se desahoga contra Jerusalén con un clamor elegíaco, característico de las lamentaciones. Es la primera parte del texto (1,21-27).

La intervención del profeta no se acaba con la recriminación de los vicios; su denuncia no nace únicamente de la contemplación escandalizada del mal, sino también de una percepción profundamente religiosa de los hechos, expresión del sentido de rebelión ante la violación del pacto que Israel había contraído con el Señor. La apostasía religiosa y moral se describe a menudo por los profetas en términos de infidelidad conyugal: «¿Cómo te has prostituido, Sión, ciudad fiel?» (v 21). Como la ciudad de Dios, en la cual residía el tribunal supremo de la dinastía davídica, Jerusalén tenía la obligación de defender los derechos de los oprimidos y de los desheredados, defender a los huérfanos y a las viudas, ejemplos clásicos de quienes necesitan la protección de los guardianes de la justicia. Pero, de hecho, sucedía lo contrario: los jefes de Jerusalén son ladrones y compañeros de ladrones, venden la justicia a quien ofrece más y mejor. El profeta compara la situación de la ciudad a la plata falsificada, a las falsas monedas, en las cuales se ha infiltrado la escoria y el plomo, y al vino aguado.

Pero Jerusalén será purificada y llegará a ser la ciudad de la justicia fiel. La recta administración de la justicia hacia los débiles es expresión de lealtad hacia Dios. Así es como Sión se prepara para volver a ser la futura guía y meta de los pueblos, tal como explica la segunda parte de nuestro texto (2,1-5).

En esta ciudad entrarán los gentiles en comunión con Yahvé. Jerusalén se convierte en el centro ecuménico de todos los pueblos, llamados a escuchar su palabra y a vivir en su presencia. Por mediación de sus fieles, agrupados en la ciudad, Yahvé ofrece su comunión a todos los pueblos. A partir de aquí se romperán las barreras nacionalistas: «No todos los descendientes de Israel son pueblo de Israel, como tampoco todos los descendientes de Abrahán son hijos de Abrahán, sino que por Isaac continuará tu linaje. Es decir, que no es la generación natural lo que hace hijos de Dios, sino lo engendrado en virtud de la promesa» (Rom 9,7-8).

Reflexión del Salmo 121: ¡Qué alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor”!

Este cántico refleja la alegría desbordante de los peregrinos que, desde todos los rincones de Israel, acuden en peregrinación a Jerusalén -acontecimiento que tenía lugar tres veces al año—, siendo la Pascua la más importante. Al júbilo propio que supone peregrinar hacia el Templo santo, se le une también la acción de gracias al poder contemplar reconstruida la casa de Dios.

Israel ha derramado innumerables lágrimas a causa de la destrucción del Templo por parte de Nabucodonosor. Salió hacia el destierro con esa terrible amargura grabada en su alma; todo un pueblo, con el corazón traspasado por el dolor ante las ruinas que se ofrecen a sus ojos, fue forzado a abandonar la ciudad de la gloria de Yavé: la Jerusalén de sus entrañas.

El salmista anuda en su composición poética toda una serie de bendiciones ensalzando la ciudad otra vez santa, otra vez fuerte, otra vez llena de la gloria de Yavé: «iQué alegría cuando me dijeron: ¡“Vamos a la casa del Señor”! ¡Nuestros pies ya se detienen en tus umbrales, Jerusalén! Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta. A ella suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel a celebrar el nombre del Señor».

Son muchos los textos del exilio en los que hombres de fe del pueblo de Israel, movidos por el Espíritu Santo, dan testimonio ante sus desanimados hermanos de la certeza de que Yavé, su Dios, volverá a reconstruir Jerusalén. Testifican que Dios perdonará una vez más a su pueblo y que, como signo de su perdón, volverá a levantar su casa, su morada, en medio de ellos. Una de las personas que mantuvo su fe en medio de un pueblo completamente pagano fue Tobías. Entresacamos su testimonio: «iJerusalén, ciudad santa! Dios te castigó por las obras de tus hijos, mas tendrá otra vez piedad de los hijos de los justos. Confiesa al Señor cumplidamente y alaba al Rey de los siglos para que de nuevo levante en ti, con regocijo, su tienda, y llene en ti de gozo a todos los cautivos y muestre en ti su amor a todo miserable por todos los siglos de los siglos» (Tob 13,9-10).

Lo que nos impresiona de este texto es ver cómo Tobías empieza reconociendo que Jerusalén ha caído en manos de gentiles a causa de su infidelidad para con Dios. Admitida y asumida la culpa, veremos cómo declara dichosos, bienaventurados, a todos aquellos que, en vez de hacer leña del árbol caído, han tenido lágrimas para llorar su castigo y destrucción. A estos les profetiza algo que va a elevar y fortalecer su ánimo, una noticia que hará que sus ojos, secos y desgastados por tantas lágrimas derramadas, rompan en rayos de luz como sucede cuando despunta la aurora: « ¡Dichosos los que te amen! ¡Dichosos los que se alegren en tu paz! ¡Dichosos cuantos hombres tuvieron tristeza en todos tus castigos, pues se alegrarán en ti y verán por siempre toda tu alegría! Bendice, alma mía al Señor y gran Rey, que Jerusalén va a ser reconstruida y en la ciudad su casa para siempre» (Tob 13,14-16).

Hemos dado a conocer el maravilloso testimonio de Tobías y pasamos ahora a exponer uno de los muchos cantos de salvación que nos ha legado el profeta Isaías. Nos lo imaginamos transportado por el mismo Yavé al entonar su poema: « ¡Pasad, pasad por las puertas! ¡Abrid camino al pueblo! ¡Reparad, reparad el camino y limpiarlo de piedras! ¡Izad pendón hacia los pueblos! Mirad que Yavé hace oír hasta los confines de la tierra; decid a la hija de Sión: mira que viene tu salvación; mira, su salario le acompaña, y su paga le precede. Se les llamará pueblo santo, rescatados de Yavé; y a ti se te llamará buscada, ciudad no abandonada» (Is 62,10-12).

Todas estas bendiciones y alabanzas dirigidas a la Jerusalén que va a ser reconstruida nos hablan en todos sus matices del Mesías, El es el bendito de Dios enviado para bendecir a los hombres. Oraba en el mundo el sello definitivo de la bendición de Dios fundando la Iglesia, de la que la Jerusalén reconstruida es figura. Envía a sus discípulos con la misión de ser sal y luz del mundo o, como testimoniaba Diogneto, autor de la Iglesia primitiva, Dios ha llamado a los cristianos a ser el alma del mundo.

Es tan importante la misión de la Iglesia —la nueva Jerusalén— para el mundo, que Jesucristo la funda sobre sí mismo, siendo, como es, la roca de Yavé. Recordemos cuando Jesús pregunta a los apóstoles quién que dice la gente que es Él. Sabe que las respuestas fueron variadas: que si Jeremías, que si Elías, que si un profeta más... Jesús entonces se dirigió a ellos y les dijo: muy bien, esto es lo que dice la gente; pero vosotros, ¿quién decís que soy yo? Recordemos la respuesta de Pedro: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Entonces Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,17-18).

Reflexión Primera del Santo Evangelio: Mt 8,5-11: Vendrán muchos de oriente y occidente al reino de los cielos

¡Nada maravilla tanto a Jesús como la fe! El encuentro en Cafarnaún con el centurión tiene su centro precisamente en la manifestación de su fe y en el gran elogio proclamado por Jesús, Es paradójica la identidad del que reclama la ayuda de Jesús: se trata nada menos que de una persona impura, puesto que es un pagano, un soldado representante del poder responsable de la ocupación de la tierra de Israel. Y, sin embargo, explicita su propia fe convencida, concreta, acompañada por un profundo sentido de su propia indignidad siendo consciente de no poder presentar ninguna excusa (v. 8). Reconoce la elección de Israel, pero en su fe auténtica sabe que el poder de la Palabra de Dios, manifestado en Jesús, no tiene fronteras. Y como él experimenta en su vida ordinaria la eficacia de sus órdenes como centurión, con mayor razón será eficaz la palabra de Jesús contra la enfermedad del siervo.

Aquí aparece la reacción de Jesús, estupefacto y asombrado, que alaba la fe de este “pagano” como auténtica fe salvífica. El evangelista, al conservar esta narración, propone en el comportamiento del oficial romano un ejemplo del camino de fe del discípulo; se pasa de la confianza en Jesús que puede y quiere curar, a la acogida de su persona como enviado de Dios, a la apertura sincera y total de la fe.

Mateo añade una frase evocando el banquete al final de los tiempos en que también participarán los paganos. No es un pagano quien lo escribe, sino que es Mateo el hebreo, que pretende despabilar y animar a sus propios hermanos, quizás muy seguros de su elección.

En Jesús, dirigiéndose a la casa del centurión, descubro el rostro de nuestro Dios viniendo a visitar a nuestra humanidad. Y si Dios manifestado en el Nazareno es aquel que quiere entrar en mi casa, en mi vida, también es el que —como indica el profeta Isaías— desea llevar a cada uno de nosotros a morar en su casa, a compartir su propia vida. Si acepto su Palabra poniéndome en camino, me abrirá la intimidad de su morada. Su amor actúa para formar en mí, en mis hermanos/as una humanidad que olvide el odio, las guerras y el pecado en cualquiera de sus manifestaciones y se dirija hacia la meta de una reconciliación con él y hacia una renovada unión y comunión entre las personas, los grupos y los pueblos.

Dios me invita a colaborar con su sueño, sobre todo acogiéndolo con fe, amando su voluntad y deseando sus promesas. La fe no es herencia étnica, cultural o algo por el estilo, ni siquiera un habitus religioso de algunos, sino la decisión de mi libertad humana por ser alumno de la escuela de la Palabra de Dios que me atrae a sí. Entonces, como el centurión experimentaré en mi interior sentimientos de humildad y confianza. Humildad renunciando a salvarme por mis propios medios en un delirio de autosuficiencia; confianza consciente de que el Señor puede salir a mi encuentro en cualquier situación dirigiendo mis pasos por sus caminos de vida y de luz.

Señor, Dios mío, dime por tu misericordia quién eres para mí. Di a mi alma: “Yo soy tu salvación” (Sal 34,3). Dilo de modo que lo oiga. Ante ti están los oídos de mi corazón, Señor; ábrelos y di a mi alma: «Yo soy tu salvación». Que corra tras esta voz y me una a ti. No me escondas tu rostro: que muera porque no muero para verlo.

La casa de mi alma es demasiado estrecha para que puedas entrar: dilátala. Está en ruinas: repárala. Está llena de cosas que no te agradan: lo sé, no lo niego, ¿quién podrá purificarla? A quién si no a ti gritaré: Purifícame, Señor; de mis culpas ocultas, líbrame de mis faltas. Creo, por eso hablo, Señor; tú lo sabes.

Reflexión Segunda del Santo Evangelio: Mt 8, 5-11. Curación de enfermos.

La primera de las escenas que comprende nuestro relato es conocida con el nombre de «curación del hijo del centurión». Se trata de un pagano al frente de un destacamento de cien hombres. Aunque los judíos podían alistarse en el ejército de Roma, ninguno podía tener mando. Este centurión pagano tenía un hijo enfermo. A veces las versiones, en lugar de «hijo», traducen «siervo», porque la palabra griega correspondiente puede significar ambas cosas. Lo más probable es que se trate de un hijo. Esto explicaría su interés e insistencia. Además, la escena coincidiría así con la narrada por san Juan (Jn 4, 46ss; san Lucas habla expresamente de un esclavo, pero esto se explica desde la finalidad de su evangelio: presentar la misericordia de Jesús particularmente con los más necesitados, entre los cuales estarían por supuesto, los es clavos).

La escena está contada —como leemos en la anterior parábola, y es un principio universal, aplicable a toda la materia evangélica— después de la resurrección y a la luz que el hecho pascual proyectó sobre toda la vida de Cristo. En todo caso, el contenido y enseñanza de la historia son múltiples y profundos. Por dos veces, el centurión se dirige a Jesús llamándolo Señor. Y ante la respuesta de Jesús, el mismo centurión establece una comparación entre su propia autoridad y la del joven rabino de Galilea. Él es el jefe con mando. Ordena una cosa a sus subordinados y sus órdenes se cumplen, es decir que su palabra es eficaz. Pero su autoridad y poder son nada en comparación con los de Jesús, que, con su palabra, sin tocar al enfermo, sin verlo, a distancia, puede curarlo. Fe clara en el poder de la palabra de Jesús.

La respuesta primera de Jesús: «Yo iré y lo curaré», puede entenderse en el sentido positivo de acceder a la petición. Entonces el centurión cae en la cuenta de la trascendencia de aquella respuesta. No podía ser: ¿cómo podía un judío entrar en casa de un pagano si, precisamente por el hecho de ser pagano, era impuro? Era demasiado grande el compromiso en que había metido Jesús. Él era indigno de lo que Jesús le había propuesto. Interpretada así la reacción del centurión, se pondría de relieve su humildad. En el tondo había adoptado la actitud de humildad e indignidad que experimenta el hombre cuando, personalmente y a solas, se encuentra con Jesús.

También puede entenderse la respuesta de Jesús-aunque ello sea menos probable— en forma interrogativa: ¿debo yo ir a tu casa a curarlo? Fue entonces cuando el centurión cayó en la cuenta de que era indigno de la visita del Señor.

Jesús alaba la fe del centurión. Una fe que es confianza en la presencia y el poder de Dios. Presencia y poder de Dios que encuentran al hombre cuando éste se acerca a Jesús. Una fe condicionante de las propias pretensiones que deja la satisfacción de las mismas a la voluntad de Dios. Una fe que recoge toda la actitud correcta del hombre frente a Dios. Una fe que Jesús buscó en aquel pueblo, como la había buscado Yavé en el Antiguo Testamento. Así aparece Jesús colocado al mismo nivel que Dios.

La escena del centurión es como un preludio de la misión o anuncio del evangelio a los paganos. Jesús aprovecha la ocasión para hablar del traspaso del Reino, que, de los judíos, pasaría a los gentiles. El pueblo de Dios se construye sobre la fe; cuando se niega la fe requerida se autodestruye.

La curación de la suegra de Pedro —que, a pesar de su vocación, conserva su casa— está narrada con mucha brevedad y sin relieve alguno. Jesús no pronuncia palabra alguna; simplemente la toma de la mano y de la mano de Jesús sale su poder curativo. El poder de la palabra de Jesús es puesto también de relieve en otras curaciones que nos son contadas a modo de sumario (y que san Mateo ha tomado, una vez más, de san Marcos).

Es importante la acotación del evangelista al final de esta primera serie de milagros: Jesús actúa como el siervo de Yavé (Is 53). Al realizar sus milagros toma sobre sí nuestras enfermedades y dolencias. El Señor es también —y lo es primariamente durante el período de su vida terrena— el siervo por excelencia, plenamente solidario y responsable del hombre y con el encargo divino de elevarlo.

Reflexión Tercera del Santo Evangelio: Mt 8,541. Señor, No soy digno.

5Al entrar en Cafarnaún se le acercó un centurión 6rogándole:
-Señor, mi criado está echado en casa con parálisis, sufriendo terriblemente.
7Jesús le contestó:
-Voy yo a curarlo.
8El centurión le replicó:
-Señor, yo no soy quién para que entres bajo mi techo, pero basta una palabra tuya para que mi criado se cure. 9Porque yo, que estoy bajo la autoridad de otros tengo soldados a mis órdenes y si le digo a uno que se vaya, se va; o a otro que venga, viene y si le digo a mi siervo que haga algo, lo hace.
10Al oír esto, Jesús dijo admirado a los que lo seguían:
-Os aseguro que en ningún israelita he encontrado tanta fe. 11Os digo que vendrán muchos de Oriente y Occidente a sentarse a la mesa con Abrahán Isaac y Jacob en el reino de Dios.

Crecen en el mundo los prejuicios ligados a raza, religión, pertenencia social. La propia cultura y los comportamientos que de ella se derivan se colocan como criterio decisivo para la determinación del bien y del mal, de justicia e injusticia.

El evangelio de Mateo es un claro testimonio del doloroso camino que significa abrirse a la universalidad en una comunidad constituida por judíos y paganos. La autoconciencia de superioridad de los primeros sólo puede ser superada con el recurso a la acción histórica de Jesús. Por ello, luego de haber relatado la curación de un leproso judío (8,1-4) se describe el encuentro de Jesús con un pagano, un centurión cuyo siervo estaba aquejado de parálisis (8,5-13). Uno y otro milagro son expresión de la misión universal del siervo sufriente, dirigida a asumir sobre sí toda dolencia y enfermedad, como se consigna en 8,17

Encontramos el esquema de un relato de milagro: descripción de la enfermedad, recurso a Jesús, actuación de éste, curación instantánea y consecuencias para la fe de los demás. Pero dentro de ese esquema común adquieren especial relieve las palabras del centurión, su fe frente a la autoridad de Jesús, y el juicio de Jesús sobre dicha actitud y sobre la reacción de los paganos ante la actuación salvífica.

Frente la intención de Jesús de dirigirse al encuentro del enfermo, el centurión reconoce la "autoridad" poseída por Jesús (vv. 7-9). El reconocimiento toma como punto de partida la eficacia de las órdenes del centurión. Éste se sitúa sobre los soldados que pueden ser denominados con razón sus subordinados ya que están "bajo él". Desde este punto se pasa a afirmar la superioridad de Jesús; el centurión proclama "no soy digno", y a esta superioridad de Jesús se asigna una plena eficacia: "ordena con tu palabra y mi siervo será curado". La continuación lógica se encuentra en el v. 13 que relata la orden de Jesús y su realización, pero antes de ella se relata la reacción de Jesús y sus palabras (vv. 10-12) frente a la actitud del militar pagano.

La admiración suscitada en Jesús por las palabras de éste origina un juicio de valor sobre la fe del personaje. La magnitud de su fe supera la magnitud de la fe que se encuentra en Israel. Y se afirma que la fe es el único requisito para la participación en la "comensalidad" del Reino. Esta comensalidad, fruto de la fe, ha comenzado a realizarse gracias a la actuación de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob.

La consecuencia lógica del razonamiento es la plena integración de los paganos en la realidad salvífica del Reino presente en la afirmación, solemnemente introducida para señalar su importancia, "que muchos vendrán del Oriente y del Occidente y se sentarán a la mesa...".

Esta conclusión marca la superación de toda marginación racial, cultural y grupal. Su presencia en los momentos iniciales de la actuación de Jesús señala el camino que la comunidad cristiana tiene que recorrer y que sólo estará capacitada para asumir cuando después de la resurrección, en la montaña de la Galilea (28,18-20), reciba el encargo de la proclamación universal.

Por consiguiente, la comunidad no podrá desconocer que el mensaje de Jesús incluye la búsqueda de superación de las marginaciones que los seres humanos construyen en torno suyo. El comportamiento de Jesús frente a la fe del centurión se convierte en exigencia para la comunidad que está llamada a salir al encuentro de la Humanidad paralizada, exigencia de superar los límites de todo particularismo y forma concreta de realización de su misión universal.

Atención, por otra parte, a ese texto "antimilitarista" de Isaías… El ejército, los ejércitos, no cabe duda de que pertenecen a "este mundo", a "este eón" en el que todavía estamos. La misma existencia del ejército es un llamado al realismo de que estamos en un mundo de violencia. Los espíritus proféticos, desde siempre, han visto que el futuro de la utopía es no militarista. Ese versículo 4 ("de sus espadas forjarán arados, de sus lanzas, podaderas") está esculpido en el vestíbulo de la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. Pero los principios de derecho internacional que harían del mundo una verdadera "comunidad de naciones", donde nadie impone su voluntad por la fuerza y todos se pliegan a la autoridad democrática de la comunidad, están muy lejos de ser realidad en nuestro mundo. Quienes, como Jesús, hemos hecho nuestra esa Causa utópica de la Humanidad, tenemos que estar claros de que no seríamos consecuentemente cristianos sin luchar por la paz y el respeto entre las naciones en ese máximo nivel máximo. Eso no es "meterse en" política, sino "no salirse de" la integralidad del compromiso cristiano.

37. ¡Velad! Esta última palabra del capítulo es el resumen de las copiosas profecías que preceden. Notemos que en ellas Jesús afirma habérnoslo predicho "todo" (v. 23). Sólo ignoramos "día y hora" (v. 32). Cuanto menos sabemos ese instante de la vuelta de Cristo, el cual vendrá "como un ladrón de noche" (I Tes. 5, 2 y 4; II Pedro 3, 10; Mat. 24, 43; Luc. 12, 39; Apoc. 16, 15), tanto más debemos estar alerta para esperarlo con el vehemente deseo con que aguardaban los patriarcas y profetas Su primera venida (Catecismo Romano, I, 8, 2).

Reflexión Cuarta del Santo Evangelio: Mt 8,541. Señor, Jesús ha venido a colmar y purificar está espera.

Los evangelios de Adviento, sacados de varios evangelistas, han sido escogidos para que nos den una especie de cuadro de "la espera" ... Muchos hombres, antes de Jesús, han esperado, deseado, anhelado un mesías.

Jesús ha venido a colmar y purificar está espera.

Nosotros esperamos siempre, hoy también, la plena realización de la salvación, de la felicidad, del Reino y millones de otros hombres están igualmente en esta misma espera, a pesar de no haber encontrado a Cristo, ni saber siquiera que existe, ignorando todo lo que El podría aportarles.

Nuestra plegaria, en este tiempo de Adviento debe ser una plegaria de "deseo", y una plegaria "misionera".

-Jesús había entrado en Cafarnaum, un centurión del ejército romano salió a su encuentro y le suplicó...

No has sido Tú, Señor, quien ha elegido este encuentro, a la entrada de la ciudad. ¡Este hombre se presenta, inesperado, imprevisto... desconocido! Y sin embargo Dios, por su gracia invisible, ya estaba presente en su corazón, para impulsarle a hacer esta gestión.

¡"Un centurión del ejército de ocupación"! Los romanos eran mal vistos en Palestina. Eran paganos y opresores. Se les volvía la cara a su paso.

Ahora bien, este pagano desea y está a la espera... ¡Va hacia Jesús! Ayúdame, Señor, a contemplar en la fe ese mundo pagano que me rodea y que está a la espera.

-"Señor, mi criado está postrado en mi casa, paralítico, y padece muchísimo".

Los paganos, y los que aún no han descubierto la fe, son a menudo mejores que nosotros: este soldado romano tiene una gran delicadeza. Lejos de despreciar a su sirviente, le ama y hace una gestión por él.

Señor, ayúdanos a saber descubrir las cualidades humanas, los valores vividos por tantas y diversas personas. Pensando en mi jornada de hoy, y en las personas que voy a encontrar, te doy gracias, Señor, por sus cualidades, fruto de tu gracia.

-"Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero mándalo con tu palabra y quedará curado mi criado...

¡Es esta una actitud de Fe! Jesús lo capta al instante. No es una plegaria orgullosa, que exige, que reclama, que quiere forzar la mano. Como empequeñeciéndose, expone su caso.

Dame, Señor, esta humildad del centurión: "Señor, yo no soy digno de que Tú entres en mi casa..."

-Ni aun en Israel he hallado fe tan grande...

Yo os declaro que vendrán muchos gentiles del oriente y del occidente y estarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.

Jesús ha pensado en todos los que "vendrán", en todos los que están aún a la espera. Para El no hay privilegio de raza ni de cultura. Todos los hombres, de todas partes, están invitados y están en marcha.

¿Tengo un corazón "universal" como Jesús? ~Un corazón "misionero"?

Reflexión Espiritual para este día.

Cuando el Hijo vino a los suyos, éstos no le recibieron. El “patriotismo” del pueblo elegido debería consistir en la fe en Dios y su Palabra, y, por lo tanto, en su nueva Palabra. Pero el Verbo encarnado no encontró esa fe. Aquel pueblo habla regulado, desde hacía mucho, su propia relación con Dios, pensando que no habla que cambiar nada. Le parecía que su alianza con Dios era una razón para no dejarle acercarse más, y que su obediencia de antaño le dispensaba ahora de escucharle más de cerca lo que Dios quería decirle.

El Hijo no encontró ya fe en el pueblo que creía en el Padre, por que era ya demasiado “creyente”. Sin embargo, encontró esta fe en un centurión de los ejércitos paganos que ocupaban el país. El que todo lo sabe desde siempre se admiró. Durante toda su vida esta admiración permaneció en el corazón del Hijo del hombre y también la conmoción respecto a muchos que parecen estar fuera y están dentro, y otros que, nacidos ciudadanos del Reino, serán arrojados a las tinieblas exteriores. Y es que la fe sin condiciones con frecuencia brota más fácilmente del corazón de los “no creyentes” que del corazón de aquellos creyentes ortodoxos de toda la vida, y el cielo encuentra la penitencia sincera más en los pecadores que en los que piensan que no necesitan penitencia.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y Magisterio de la Iglesia. “Sión, la ciudad del futuro”.

De repente, como una explosión de esperanza mesiánica, desconectada de todo contexto, nos encontramos con esta perícopa, que se repite casi con las mismas palabras en (Mi 4, 1-3).

Los críticos luchan desesperadamente por detectar la interdependencia, por fechar su composición. Al principio se opone como un muro infranqueable la contemporaneidad de ambos profetas y la identidad ideológica en sus grandes líneas. Lo segundo es el contenido mismo de la perícopa. Y en contra de la tendencia racionalista de modernizar la datación de todos los contenidos bíblicos profundos se encuentra la crítica seria y objetiva. Ha sido ella quien ha sabido presentare el contenido de Is 2, 1-5 en perfecta armonía con un gran número de salmos preexílicos (Sal 2, 72) y con el pensamiento tradicional del triunfo de Yavé sobre las naciones, implícito en la ancestral noción del Día de Yavé. Es imposible negar al oráculo el sabor de Isaías.

Erradicado en el s. VIII, fruto maduro de la teología tradicional sobre la inviolabilidad de Sión, uno de los ejes centrales del pensamiento profético de Isaías, se convirtió en anuncio predilecto de sus discípulos y de Miqueas por lo positivo, esperanzador y optimista de su perspectivas. Ellos fueron, sin duda, quienes lo situaron en los escritos de ambos profetas en medio de sus oráculos condenatorios como respiro mesiánico.

Y ahí está, rico en imágenes y fecundo en contenido como flor silvestre, que espera ser descubierta por el distraído viandante.

¿Podía una Sión subyugada y oprimida, un pueblo agotado por los tributos y el abuso de los dirigentes, imanarse que un día, ese día propio de los tiempos mesiánicos, se había de convertir en el centro de todos los pueblos? Era difícil. Sin embargo, la palabra de Yavé no podía fallar.

Israel sobre ellos, sino sintiendo la atracción de Yavé, Baal de baales, ejercerá desde su Santo Monte sobre todos los pueblos de la tierra, para que escuchen su enseñanza (la Ley), obedezcan su Palabra y se realice, como fruto maduro, la paz universal.

Maravillosa visión del futuro con garantía divina don de la paz no es el resultado de estudiados programas humanos sino la consecuencia lógica de la obediencia a la Ley divina. Entonces sonó como algo desfasado y teorizante. Ajaz no hizo caso al profeta. El pueblo no se lo hizo al rey. Y la Palabra de Yavé siguió adelante hasta que llegaron los últimos días en que encontró su perfecto cumplimiento: “Mi paz os dejo, mi paz os doy; no como la da el mundo” Sobre la cumbre del Monte Santo, un día tormentoso, moría el Ungido de Yavé. Su sacrificio sellaba la Nueva Alianza, la Nueva Ley desde la Cruz todo lo atrajo hacia sí, aunque todavía no todo va hacia Él. Por eso vendrá como juez al final de los tiempos para dar plenitud y cumplimiento a la Palabra de Dios hecha anuncio en Isaías, encarnación en Jesús y realización incipiente en su Iglesia.

La paz y la justicia quedaron así definitivamente consagradas para describir los tiempos mesiánicos. Desde que se iniciaron en Cristo, se han convertido en el signo distintivo de quienes presumen de realizar en su vida la continuidad de la era mesiánica… hasta que venga el Señor.+

Enviado el Lunes, 04 diciembre a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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