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Nuestro Blog: La Mística

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Lecturas del día 03-12-2017

LITURGIA DE LA PALABRA.

Is 63,16b-17; 64,1.3b-8: Sales al encuentro del que practica la justicia
Salmo responsorial 79: Señor, Dios nuestro, restáuranos; que brille tu rostro y nos salve
1 Cor 1,3-9: El los mantendrá firmes hasta el final
Mc 13,33-37: Velen, pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa

La comunidad judía que retorna del exilio enfrenta un gran desafío: reconstruir los fundamentos de la nación, la ciudad y el Templo. No era una tarea fácil. La mayoría de los exiliados ya se habían organizado en Babilonia y en otras regiones del imperio caldeo. La mayor parte de los que habían llegado desde Judea cincuenta años antes ya habían muerto y los descendientes no sentían gran nostalgia por la tierra de sus padres. Los profetas los habían invitado continuamente a reconocer los errores que habían conducido a la ruina, pero la mayor parte de los exiliados ignoraban a los mediadores de Yahvé.

Algunos tomaron entre sus manos el proyecto de reconstruir la identidad, las instituciones y la vida de la nación. Sin embargo, no contaron inicialmente con mucho apoyo, Parecía una idea loca e innecesaria: para qué volver a Jerusalén si ya no haía remedio... Lo mismo nos ocurre a veces a nosotros, vivimos de la nostalgia del pasado pero no nos comprometemos a transformar la realidad del presente. Añoramos otros tiempos en que se vivía mejor, pero no rescatamos los valores que hacen posible una convivencia humana justa y equitativa.

Jesús hace a sus discípulos una recomendación que hoy nos sorprenden: mantenerse despiertos. ¡Todo lo contrario de lo que nosotros haríamos! Pero él tiene sus razones. Si cada día estamos embargados por las preocupaciones más superfluas, lo más seguro es que se nos pase la hora apropiada para realizar la misión que Jesús nos encomienda. Jesús, en el evangelio, nos enseña a estar en guardia contra los que creen que las enseñanzas cristianas son algo superfluo. El evangelio debe ser proclamado donde sea necesario, deber ser colocado donde se vea, debe ponerse al alcance de todos. Nuestra misión es hacer del evangelio una lámpara que ilumine el camino de la vida y nos mantenga en actitud vigilante.


La interpretación que se daba a estos textos del evangelio que apuntan hacia el futuro o hacia la escatología estuvo casi siempre revestida de un tinte apocalíptico y de temor: el Señor había establecido un plazo, que se nos podría acabar en cualquier momento, imprevisiblemente, por lo cual necesitábamos estar preparados para un juicio sorpresivo y castigador que el Señor podría abrir en cualquier momento contra nosotros. «Que la muerte nos sorprenda confesados». Este miedo funcionó durante mucho tiempo, durante tantos siglos como duró una imagen mítica de Dios, excesivamente calcada de la imagen del señor soberano feudal que dispone despóticamente sobre sus súbditos. El miedo a la condenación eterna, tan impregnado en la sociedad cristiana medieval y barroca, hizo que la «huelga de confesonarios» pudo ser en determinados momentos un arma esgrimida por el clero contra las clases altas, por ejemplo por parte de los misioneros defensores del pueblo contra los conquistadores españoles dueños de esclavos. Causa sonrisas pensar en la eficacia que una tal «huelga de confesionarios» pudiera tener hoy día... Y es que la estrella de la «vida eterna», el dilema de la salvación/condenación eternas, brillaba con su potencia indiscutible en el firmamento de la cosmovisión del hombre y la mujer premodernos... Pero son tiempos idos. Sería un error enfocar el comentario a evangelios como el que hoy leemos, en esa misma perspectiva, pensando que nuestros contemporáneos son todavía premodernos...

El estado de alerta, la mirada atenta al futuro que evita el adocenamiento o la rutina... sí que es una categoría y una dimensión del hombre y de la mujer modernos. Si lo interpretamos como «esperanza», la pertinencia del mensaje aún es más vigente.

¿Qué puede significar «Adviento» para la sociedad actual? Como nombre de un tiempo litúrgico significa bien poco, y no habría que lamentarse mucho ni gastar pólvora inútilmente, pues cualquier día –tal vez más pronto que tarde- la Iglesia cambiará el esquema de los ciclos de la liturgia, que clama a gritos por una renovación. Lo que importa no es el tiempo litúrgico, sino el Adviento mismo, el «Advenimiento» -que eso significa la palabra-, el «noch nicht Sein» que diría Ernst Bloch, aquello cuya forma de ser consiste en «no ser todavía pero tratando de llegar a ser»... Ateo como era, Bloch construyó toda su poderoso edificio filosófico sobre la base de la utopía y la esperanza, y presentó en bellas páginas inolvidables la grandeza heroica del santo y del mártir ateo, capaz de dar la vida en aras de su esperanza... Ebeling, en la misma línea decía: «lo más real de lo real, no es la realidad misma, sino sus posibilidades»...

Después de los años 90 pasados, estamos en un tiempo en el que se ha dado un «desfallecimiento utópico». Con el triunfo del neoliberalismo y la derrota de las utopías (no «de las ideologías», alguna de las cuales siguen muy vivas), la cultura moderna –o mejor posmoderna- castiga al pensamiento esperanzado y utopista. El ser humano moderno-posmoderno está escarmentado. Ya no cree en «grandes relatos». Se nos ha impuesto una cultura antiutópica, antimesiánica, a-escatológica, ¿sin esperanza?, a pesar de la brillantez de que hacen gala los productos de la industria mundial del entretenimiento; detrás del atractivo seductor de ese entretenimiento, la imagen de ser humano que queda está ayuna de toda esperanza que trascienda siquiera mínimamente el «carpe diem» o el «disfruta esta vida». ¿Qué advenimiento («adviento») espera el hombre y la mujer contemporáneos? ¿Cómo vivir el adviento en una sociedad que no espera ningún «advenimiento»? Desde luego, no reduciendo el adviento a un «tiempo litúrgico», o a un tiempo pre-navidad... ¿Cómo pues?

El Advenimiento que esperamos los cristianos no es la Navidad... Ni siquiera es «el cielo»... ¡Es el Reino! No es otro mundo... Es este mismo mundo... ¡pero «totalmente otro»! Se puede ser cristiano sin celebrar el adviento, ¡pero no sin preparar el Advenimiento! Ser cristiano es hacer propia en el corazón la nostalgia de Aquel que decía «fuego he venido a traer a la tierra, y ¡cómo deseo que arda...!». Los cristianos no pueden inculturarse del todo en esta cultura antiutópica y sin «grandes relatos», porque somos hijos de la gran Utopía de la Causa de Jesús, y tenemos el «gran relato» del Proyecto de Dios... Podríamos no celebrar el adviento, pero no podemos dejar de darnos la mano con los santos y mártires ateos (quedan pocos) y con todos los hombres y mujeres de la tierra, de cualquier religión del planeta, para trabajar denodadamente por el Advenimiento del Nuevo Mundo.

Cada vez se perfila mejor: crear un Mundo Nuevo, fraterno-sororal y solidario, sin imperios ni instituciones transnacionales o mundiales explotadoras de los pobres, lo que Jesús llamó «malkuta Yahvé», Reino de Dios, pero dicho con palabras y hechos de este ya tercer milenio, ése es el Advenimiento que esperamos, el sueño que nos quita el sueño, lo que nos hace estar en «alerta».

PRIMERA LECTURA.
Isaías 63,16b-17.19b;64,2b-7
¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!

Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es "Nuestro redentor". Señor, ¿por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema? Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad. ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Bajaste, y los montes se derritieron con tu presencia. Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él. Sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus caminos. Estabas airado, y nosotros fracasamos: aparta nuestras culpas, y seremos salvos. Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas en poder de nuestra culpa. Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros al arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 79
R/. Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

Pastor de Israel, escucha, tú que te sientas sobre querubines, resplandece. / Despierta tu poder y ven a salvarnos. R.

Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa. R.

Que tu mano proteja a tu escogido, al hombre que tú fortaleciste. No nos alejaremos de ti; danos vida, para que invoquemos tu nombre. R.

SEGUNDA LECTURA.
1Corintios 1,3-9
Aguardamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.

Hermanos: La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros. En mi acción de gracias a Dios os tengo siempre presentes, por la gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús. Pues por él habéis sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber; porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo. De hecho, no carecéis de ningún don, vosotros que aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él os mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusaros en el día de Jesucristo, Señor nuestro. Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro. ¡Y él es fiel!

Palabra de Dios.

SANTO EVANGELIO.
Marcos 13,33-37
Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa.

En aquel tiempo, dijo Jesús sus discípulos: "Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!"

Palabra del Señor.


Reflexión de La Primera Lectura: Is, 63, 16b-17; 64, 1. 2b.Sales al encuentro del que practica la justicia

-Contexto histórico.

* Un autor desconocido, llamado Is III por el influjo que el profeta Is ejerció en él, nos ha dejado su mensaje en Is 56.-66.

* "Tus santas ciudades son un desierto, Sión se ha vuelto un desierto, Jerusalén un yermo. Nuestro templo, nuestro orgullo... ha sido pasto del fuego..." (64. 9-10; en lectura litúrgica vv. 10-11. Siempre seguiré el texto hebreo). El poeta nos recuerda la situación trágica, la desolación en que ha quedado Jerusalén y su templo tras la destrucción del año 587 a. de Xto. Ante esta desgracia nacional se pide a Dios que intervenga de nuevo en favor de su pueblo (una adaptación histórica más precisa no se puede dar)

-Contexto literario.

* Is 63. 7-64. 11 es una unidad literaria, muy compleja, que recoge la súplica del pueblo en forma de lamentación ante la mayor desgracia que le ha acaecido a lo largo de la historia. Es un salmo patético (cf. Sal 44. y 89.) en el que se mezclan el recuerdo de las gestas divinas en el pasado, la rebelión del pueblo, su castigo, la confesión del pecado. Todos estos elementos están muy libremente entretejidos.

* 63. 7-14 es una meditación histórica. La desgracia presente del destierro evoca la amargura de Egipto, pero también el éxodo liberador en el que Dios actuó en favor de Israel. Recordar es evocar al amigo que ahora aparenta ser enemigo pero no lo es. Recordar es generar esperanzas en el Dios liberador. Guiando a su pueblo el Señor se ganó un renombre, ¿por qué no se lo gana en la situación presente, muy similar a la anterior? (63. 14).

* 63. 15-64. 11: lamentación propiamente dicha (cf. texto).

-Texto.

* Esta lamentación (el texto litúrgico sólo recoge algunos elementos) empieza con una súplica: "otea desde el cielo, mira..." la desgracia del pueblo, el cúmulo de ruinas de la ciudad santa y no nos niegues tu ayuda (63. 15/18; 64. 9s.). El suplicante apela a la entrañable ternura del Señor, a su celo y pasión por el pueblo, a su valor en el actuar (v. 15).

* El pueblo confía en la intervención divina, ya que el Señor es su padre y redentor (v. 16). En el AT se llamaban padres del pueblo a Abrahán, a Jacob..., pero no a Dios, para evitar así la concepción de los pueblos primitivos que consideraban a los dioses como verdaderos padres de las familias y grupos étnicos.

Este salmo, por primera vez, llama a Dios padre, ya que Él ha dado existencia verdadera al pueblo con la liberación de Egipto y el don de la tierra de Canaán. El Señor es el único Padre, y no los patriarcas, porque sólo Él es presencia liberadora y no mero recuerdo histórico. Él es también nuestro pariente más próximo de tribu que nos rescata de la esclavitud (go'el o redentor).

* vv. 17-19a;64. 4b-6: el suplicante se lamenta del estado actual dirigiendo a Dios una serie de preguntas retóricas que le muevan a actuar. La pregunta no implica un echar en cara a Dios nada; Él no es culpable de la situación, sino ellos, y lo confiesa (confesión que aparece con toda claridad en 64. 4b-6: el pecado es una mancha que contagia, que rompe las relaciones con el Señor, y Éste oculta su rostro entregando al hombre en poder de su culpa. La confesión implica ya un actuar de Dios en el interior humano). Pero ¿por qué Dios ha permitido que el pueblo se desviase del recto camino? Ellos no logran extirpar su dureza y obcecación interna, como si fuera algo superior a sus fuerzas. ¿Por qué Dios lo consiente? Y si ellos han errado el camino, el Señor debe volver por amor.

*63. 19b-64. 4a: el autor pide una manifestación o teofanía del Señor. La confesión o conversión interna deben provocar esta manifestación externa, que es liberadora. Por eso el poeta grita: "¡Ojalá rasgases el cielo y bajases...!", como un día lo hicieras en el Sinaí con acompañamiento cósmico y temblor de los enemigos (elementos comunes de teofanía). El silencio es conmovedor; el cielo es un oscuro nubarrón y Dios da la impresión de no escuchar. El hombre espera y anhela esa manifestación. Es cierto que la esperanza no suprime el dolor pero hace que el silencio angustioso se haga revelador. Dios no puede defraudar al que en Él espera (v. 3). Israel (=arcilla) está en manos de Dios (=alfarero); el artista no puede consentir que sea destruida su obra de arte, el Padre jamás puede consentir que su hijo perezca. Así Israel es perdonado.

-Reflexiones.

* "¿Puedes quedarte insensible ante todo esto, Señor?". Así suplicaba Israel a Dios, y así podemos seguir suplicando en el siglo XXI ante tantas desgracias que se abaten sobre nuestro mundo: armas atómicas que pueden dejar hecha la tierra un desierto, flagrantes injusticias que asolan a países enteros del tercer mundo con el hambre y enfermedades... ¿Por qué continúas obcecando nuestro corazón? ¿Seremos incapaces de romper con estas fuerzas salvajes? ¡Ojalá que rasgases el cielo y bajases...!

* El hombre de hoy o no siente a Dios o lo ve muy lejano, ajeno a nuestro mundo. Su silencio nos suena a ausencia, a no existencia.

Muchas frases de este relato suenan a ateas. Y es que Israel no sabe descubrir a ese Dios liberador, lo pone en duda y se queja amargamente. Pero esta queja es ya una súplica, un abrirse al Dios Padre. Así lamentándose Israel nos enseña a descubrir a nuestro verdadero Padre.

* Al empezar el Adviento, también nosotros confesamos nuestras culpas; y en medio de los negros nubarrones, del denso silencio... gritamos con fuerza y esperanza: "Cielos, derramad vuestro rocío".

Reflexión del Salmo 79. Señor, Dios nuestro, restáuranos; que brille tu rostro y nos salve

Es un salmo de súplica colectiva. El pueblo dama a Dios a causa de una tragedia nacional, resultado de un conflicto internacional. Este salmo está relacionado con los salmos 78 y 79.

El estribillo que se repite en los versículos 4.8.20 divide este salmo en tres partes: 2-3; 5-7; 9-19. En la primera (2-3) el pueblo se dirige a Dios, al que invoca con la expresión «pastor de Israel pidiéndole que cuide de su rebaño, el reino del Norte (representado por José, Efraín, Benjamín y Manasés). Da la impresión de que Dios está dormido. Esta petición pretende despertarlo para que acuda a socorrer al pueblo. Tenemos aquí dos imágenes importantes: la del pastor con su rebaño y la imagen de la luz. Pedir que brille la luz de Dios significa pedirle que traiga su salvación. La imagen de la luz aparece en 2b y en el estribillo (4.8.20). Los querubines (2b) nos recuerdan el arca de la Alianza, signo visible de la presencia del Dios guerrero en medio del pueblo.


El estribillo, no siempre idéntico, pide que se restaure a quienes suplican, pues la situación del pueblo es de ruina y destrucción total. La expresión «Dios de los Ejércitos» (8.20) recuerda la imagen del Señor guerrero, comandante de los ejércitos de Israel en la defensa de la tierra y el mantenimiento de la justicia. Antes de que hubiera reyes, Dios era el jefe supremo de las fuerzas armadas de Israel.

La segunda parte (5-7) comienza con la preocupación típica en tiempos de catástrofe nacional: ¿Hasta cuándo va a durar esta situación? Esta circunstancia se vuelve aún más grave por el hecho de que esta desgracia se le atribuye a Dios, el pastor que ofrece a su rebaño un «plato de amargura». Es la imagen del banquete. Pero, a diferencia de lo que sucede en el salmo 23, el rebaño tiene aquí el llanto como alimento y las lágrimas como bebida (6). La situación se agrava ante el disfrute de los pueblos vecinos y enemigos (7; cf Sal 79, Los pueblos vecinos disputan entre sí para ver quién se queda con Israel. Más tarde dirá Jesús que el pueblo está como «ovejas sin pastor».

El tercer bloque (9-19) tiene, a su vez, dos partes: 9-12 y 13- 19. El pueblo es comparado con una vid. En primer lugar, se mira hacia el pasado, que va desde la liberación de Egipto hasta inmediatamente antes de la catástrofe nacional que se vivió en los días en que surgió este salmo (9-12). El pueblo se dirige a Dios recordándole las hazañas que hizo en su favor en otro tiempo. En el conflicto con el faraón y con Egipto, el Señor se mostró extraordinario: arrancó al pueblo (la vid) de la esclavitud, la trasplantó a la tierra prometida, limpiando bien el terreno, esto es, expulsando a las naciones. El pueblo creció y se extendió (11- 12) hacia el Sur (las montañas), hacia el Norte (los cedros), hacia el Oeste (el mar) y hacia el Este (el río). Estos constituyen las fronteras del imperio de David signo de la bendición y de la protección divina.

Todo esto ha desaparecido. En segundo lugar (13-19), el pueblo pregunta perplejo: « ¿Por qué?» (13a). Dios ha derribado la cerca que la protegía y la vid ha quedado a merced de los viandantes, de los jabalíes y de las bestias (imágenes que designan a los enemigos), es decir, estamos ante un nuevo) conflicto, pero sin la presencia ni la protección de Dios. Se le pide a Dios que se vuelva (15-16), que contemple su viña cómo ha sido arrasada y quemada (17a) por la acción destructiva de los enemigos. Hay una petición en favor del jefe de Estado (18) y una promesa que aclara algo importante: no ha sido Dios quien ha abandonado su viña sino las ovejas las que se han apartado de su pastor, perdiendo la vida (19).

Este salmo es fruto de un conflicto internacional. El reino del Norte (José, Efraín, Benjamín y Manasés, 2-3) ha sido destruido a consecuencia de una invasión extranjera. Y Dios parece estar dormido. Los enemigos son «jabalíes», «viandantes», «bestias» (13-14), símbolos de violencia y de una destrucción despiadada. El pueblo de Dios se ha convertido en objeto de burla y de disputa entre los enemigos vecinos (7). No se habla ni de Jerusalén ni del templo (a diferencia del Sal 79, lb). Esto nos lleva a pensar que el salmo surgió antes del exilio en Babilonia (586 a.C.) Existen diversas hipótesis acerca de lo que podría haber como transfondo de esta oración. La principal de ellas se refiere a la destrucción de Samaría, capital del reino del Norte, el 622 a.C., por obra de los ejércitos asirios.

En esta fecha desapareció definitivamente el reino del Norte. Este salmo, por tanto, habría nacido como clamor que implora la restauración ante la total destrucción de las tribus del Norte. El pueblo está en las fauces de las «bestias» extranjeras. Sólo el Señor de los Ejércitos puede hacer algo para cambiar su suerte.

La imagen del pastor es muy sugestiva. El pastor es el que saca el rebaño del aprisco y lo conduce hacia los pastizales. Esto es lo que Dios hizo en el pasado, cuando liberó a su pueblo del aprisco del Faraón (véase el comentario del salmo 23), guiando su rebaño hasta la Tierra Prometida. En cambio, el Señor es presentado aquí como un “mal pastor”, que ofrece un banquete indigesto a sus ovejas (compuesto de llanto y de lágrimas) y permite que el pueblo se convierta en víctima de las bestias devoradoras que han ocupado su tierra. Sin embargo, la esperanza en un Dios restaurador está presente en el estribillo (4.8.20). La fe y la confianza en el Dios liberador no han muerto. Se espera que siga siendo el aliado fiel y que repita, en el momento presente, las proezas del pasado. Esto explica el desconcierto del pueblo, cuando pregunta: «¿Por qué has derribado su cerca?” (l3a), y su esperanza, cuando pide: “Dios de los Ejércitos, vuélvete... ¡Ven a visitar tu viña!” (15). La insistencia en el título «Dios de los Ejércitos» es importante para descubrir cómo es el rostro de Dios en este salmo. El Señor es presentado corno un guerrero que combate en favor de Israel, su compañero de alianza, en la defensa de la Tierra Prometida y en la instauración de la justicia.

Las imágenes del Dios pastor (2-3) y agricultor (916) están tomadas del ámbito rural, de la vida en la tierra. Por medio de ellas, descubrimos que el Dios de este salmo está comprometido con la defensa y la posesión de la tierra. Es el Dios aliado, representado en el arca de la Alianza, sobre el que se encuentran los querubines (2b), que tiene las manos y los pies ocupados en la defensa de una tierra para su pueblo.

En la imagen de la viña, llama la atención la estrecha vinculación que existe entre Dios y su pueblo, lo que indica que están unidos por una alianza. La vid es propiedad del Señor; le pertenece de manera exclusiva. Atentar contra ella supone, por tanto, provocar la intervención del Dios guerrero, del Dios que hace justicia.

El tema del pastor resuena en las palabras y en las acciones de Jesús (Jn 10), así como el motivo de la vid, que desarrollan con amplitud Jn 15, Mt 21,33-44 y Mc 12,1-12. Jesús pastor tiene compasión del pueblo que carece de líderes justos y le ofrece el banquete de la vida (Mc 6,30-44).

Por tratarse de un salmo de súplica colectiva, conviene rezarlo en compañía de otras personas, reuniendo todos los clamores, explícitos u ocultos, de nuestros días. Es un salmo para rezar cuando el pueblo se alimenta de llanto y tiene que beber de sus lágrimas; cuando es devastado y devorado por «jabalíes» y «bestias»; cuando sentimos la necesidad de ser «restaurados»; cuando queremos que Dios vuelva a hacer brillar su rostro sobre nosotros...

Reflexiónde La Segunda Lectura: 1Co 1,3-9, La Iglesia no es un modelo hitórico de perfección.

San Pablo empieza su carta subrayando su personalidad como fundador y responsable de la comunidad. El es un “apóstol convocado por Cristo Jesús, por voluntad de Dios”. Efectivamente, a través de todo el epistolario de San Pablo, no encontramos rastro de un procedimiento de elección democrática para el cargo de dirigente eclesial. Este último se lo debía todo a una misteriosa “convocación” de Cristo Jesús”. Pero, como veremos a través de toda la correspondencia con Corinto, este punto de partida no implica el hecho de que los responsables sean unos tiranos arbitrarios. Todo lo contrario: se subraya repetidamente que el «ministerio» eclesial es simplemente eso: un «ministerio», un «servicio»; por lo tanto, ha de estar en función de la comunidad, y la propia comunidad tiene el derecho y el deber de reclamar para sí lo que verdaderamente le sirve. Lo que San Pablo quería evitar a toda costa era concretamente lo contrario: los manejos electorales, llevados a cabo por grupos determinados, con intereses determinados y con la finalidad de imponerse a toda la comunidad.

No. La comunidad debería estar abierta a la misteriosa acción del Espíritu, que soplaría de la manera menos pensada.

San Pablo nunca usa el título de «cristiano sino simplemente «los que invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro»: el «señorío» de Cristo se ejerce horizontalmente sobre todos los miembros de la comunidad, sin privilegios a los que han sitio designados como dirigentes o responsables.

Por eso, se trata de Cristo como el único responsable de los dones de la comunidad. Esta debería estar siempre rebajada frente al “Señor” reconociendo que la fe le ha venido de arriba por pura donación gratuita.

Tan es así, que la inserción de la Iglesia en el curso de la historia es concebida de una manera aparentemente extraña: “No carecéis de ningún en esa situación vuestra de espera de la manifestación de nuestro Seño, Jesucristo”, Es inútil discutir si San Pablo esperaba para muy pronto la segunda venida o «parusía» de Cristo. Él no lo sabía. Lo que sí sabía es que los cristianos se reúnen en comunidad y celebran la Eucaristia “hasta que el Señor venga” (1Cor 11, 26). La comunidad cristiana está inserta en la historia y comprometida con ella, pero espera algo más; por eso, se convierte en un cuerpo extraño dentro de la misma comunidad humana. Vive de una nostalgia y de una esperanza que no puede ser encasillada en los organigramas de la pura planificación humana.

Sin embargo, la Iglesia no es un ideal, ni con mucho. Para demostrarlo, ahí está el cuadro de las fracciones que en aquella primitiva comunidad de Corinto se producen apenas momentos después de su fundación. El espíritu comunitario se va rompiendo: Cada uno de vosotros dice: <“Yo ficho por Pablo’; “yo, por Apolo’’; “yo, por Cefas”; “yo, por Cristo”>. No parece que Pablo, Apolo o Cefas (Pedro) hayan sido los causantes de las fracciones, sino la humana tendencia a la disgregación .Incluso había una cuarta clase de decepcionados que decía: “Yo me quedo con Cristo y no quiero saber nada de iglesias ni de comunidades”.

San Pablo es consciente de esta situación real y la condena. La razón es muy sencilla: «Cristo no ha sido dividido»: todas estas acritudes son egoístas, porque de alguna manera pretenden el monopolio de Cristo.

Además, el propio San Pablo no soñaría nunca con hacerle la competencia a Cristo, porque “ni ha sido crucificado por los corintios, ni éstos han recibido el bautismo en nombre de San Pablo”. Vuelve la obsesión de San Pablo: en una comunidad eclesial el único que puede emerger es Cristo; los dirigentes o responsables son puros «ministros» y nada más.

Y para más precisión, San Pablo recuerda que su misión no ha sido la de bautizar (formar comunidades), sino simplemente la de evangelizar: sugerir la posibilidad de que dos que invocan el nombre de Cristo» se reúnan comunitariamente.

Rflexión Primera del Santo Evangelio: Mc 13,33-37: Velen, pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa

El relato evangélico comienza y concluye con la misma invitación: «Vigilad» (vv 33.37). Siguen dos enseñanzas, la primera indica el “porqué” de la vigilancia: «Vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento preciso» (v. 33). Una lectura superficial podría parecernos como una imposición tiránica: Jesús no revela el día y la hora, para que los cristianos vivan en continuo temor. Al contrario, no se indica la hora porque todas las horas son buenas para abrirse al evangelio de suerte que comprometa la existencia. Jesús desea vitalizar a una comunidad para que no esté obsesionada con el deseo de conocer el final, sino que se preocupe por vivir y discernir tiempos y momentos en la escucha y la obediencia. Y esto en la espera de la última cita que nos introducirá definitivamente en el Reino; ciertamente es una espera continua e intensa, pero no ansiosa ni temerosa, sino que rebosa con fianza.

La segunda enseñanza está en el “estilo” de la vigilancia. San Marcos, al narrar la parábola del hombre que se marcha de viaje lejos, indica que deja su “casa” al cuidado de sus criados (v. 34). Es posible ver en la casa una imagen de la comunidad cristiana. Cualquier creyente es, en su fidelidad cotidiana al Señor, responsable de su construcción. La vigilancia se caracteriza como “vigilancia de la casa”, de la que, mientras espera a su Señor, el cristiano debe cuidar desempeñando la tarea que Dios ha confiado a cada uno.

La esperanza es la virtud por excelencia de adviento. Nos hace mirar al mañana con confianza y valentía. Sin embargo, correría el riesgo de ser una esperanza ilusoria, vana, que se disiparía en la nebulosa de nuestra fantasía si no fuese capaz de mirar con realismo la situación presente y si no estuviese arraigada en el recuerdo de las cosas buenas conocidas y vividas. Esta es la temática común de las lecturas de hoy.

En particular la primera se fija en los beneficios realizados por Dios como base para esperar de nuevo su venida. La lectura comienza hablando de Dios, no del hombre: « Tú eres nuestro Padre, nuestro redentor» (Is 63,16); parte de la certeza de que Dios se ha vinculado a nosotros y que no puede quedarse lejos. Por lo demás, en la historia de toda relación (bien sea dentro de una pareja, entre amigos, en el seno de una comunidad...) el recuerdo de los momentos felices vividos juntos y de las dificultades afrontadas en armonía y solidaridad, puede ser fuente de fortaleza para afrontar nuevas dificultades. Lo mismo ocurre en la relación con Dios, donde nunca podemos renunciar a la memoria.

Pero además la esperanza debe ser una palabra que sea verdadera y creíble en el presente. Pero esta razón se conjuga con la vigilancia y la laboriosidad. En la “casa” que es la Iglesia, todos los criados tienen su tarea, y todos se llaman “siervos”. Siervo es una persona que pertenece a otro, que no tiene dominio ni sobre su propia vida. En la casa de este Señor, todos tienen esta condición de no pertenecerse a sí mismos, sino sólo a Él y a los demás. El ejemplo de los discípulos que se durmieron en vez de velar con Jesús en el huerto de Getsemaní muestra a las claras que esta vigilancia no es una actitud más, sino que coincide sustancialmente con la capacidad de dar la vida, como fue la actitud de Jesús.

Una pregunta seria. Vigilar: ¿qué significa para Cristo? Estar vigilantes. No se trata solamente de creer, sino de estar alerta. ¿Sabéis lo que significa esperar a un amigo, esperar que llegue cuando se retrasa? ¿Estar ansiosos por algo que puede suceder o no? Vigilar por Cristo se asemeja algo a todo esto. Vigilar con Cristo es mirar hacia delante sin olvidar el pasado. No olvidar lo que ha sufrido por nosotros es perdernos en contemplación atraídos por la grandeza de la redención. Es renovar continuamente en el propio ser la pasión y agonía de cristo, es revestirse con gozo del manto de aflicción que Cristo quiso llevar y luego dejarlo subiendo al ciclo. Es separación del mundo sensible y vivir en el mundo invisible con el móvil de que Cristo vendrá como dijo. Es deseo afectuoso y agradecido de esta segunda venida de Cristo: esto es vigilar.

Reflexión Segunda del Santo Evangelio: Mc 13,33-37, para nuestros Mayores. Velen, pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa

Nos hallamos ante la versión de Mc de la parábola que hace dos domingos veíamos en Mt 25. 13-30. En ambos casos se trata de una invitación a vivir con la mirada puesta en el futuro: "Velad porque no sabéis el día ni la hora" (Mt 25. 13). "Vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento" (Mc 13. 33). Las diferencias de ambas versiones están en los interlocutores y en el desarrollo.

Mt supone unos interlocutores amplios: los discípulos. Mc, en cambio, parte de unos interlocutores restringidos: Pedro, Santiago, Juan y Andrés (ver Mc 12. 3; la traducción litúrgica ha pasado por alto este detalle). Esta restricción explica la frase final: "Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos" Mc 13. 37).

En cuanto al desarrollo, Mt amplía lo que Mc presenta escuetamente como un marcharse lejos de un hombre confiando a los criados el cuidado de sus bienes. Mc no insiste en el cuidado de los bienes por parte de los criados, sino en la actitud alerta y vigilante a tener desde el momento que no se conoce la llegada del amo. A poco que nos fijemos, descubrimos que el término repetido con insistencia es el verbo velar o vigilar. Es decir, la versión de Mc es inequívocamente una invitación a vivir con la mirada puesta en el futuro.

-Comentario. Si la forma de las versiones de Mc y de Mt es diferente, el fondo es idéntico en ambas. La forma ofrece un magnífico ejemplo de transmisión dinámica y creadora de las palabras de Jesús por parte de los evangelistas. El fondo pone de manifiesto el respeto al pensamiento de Jesús y la coincidencia en él por parte de esos mismos evangelistas. Dicho esto, el comentario tiene que ser por fuerza el mismo que el de hace tres y dos domingos (32 y 33 ordinarios). Invitación a un modo de estar en la vida con la mirada puesta en el futuro de Dios y en el de nosotros con él. Invitación a no vivirnos sólo desde nosotros mismos sino también desde Dios. Un Dios no sólo presente, sino también futuro, y por futuro, inagotable; siempre viniendo, imprevisible, sin que podamos decir cuándo y cómo.

VIGILANCIA-QUÉ-ES: QUÉ SIGNIFICA VELAR EN EL CAP. 13 DE Mc. DISPONIBILIDAD PARA LA ULTIMA VENIDA Y PARA LA VENIDA DE CADA DÍA.

El Evangelio no puede concebir una mirada al porvenir, que contemple con indiferencia las realidades presentes. La esperanza evangélica del presente se vive en "el hoy de Dios". El autor, después de haber hecho vibrar de esperanza a sus oyentes, haciéndoles vislumbrar la liberación traída por el Hijo del hombre en su intervención final, les pide que su confianza y su entusiasmo se concreten en una acción cotidiana.

Una palabra resume esta actividad por la que la esperanza se autentifica y cristaliza en realidades concretas: velar; palabra cuyo sentido se explica en el cap. 13, pues a lo largo de toda esta homilía sobre el final de los tiempos, corre el mismo llamamiento a la vigilancia, traducido en expresiones como éstas: "que no os engañe nadie" (v. 5), "mirad por vosotros mismos" (v. 9), "no os preocupéis de..., pero el que persevere hasta el fin..." (vv. 11/13), "estar sobre aviso; mirad que os lo he predicho todo" (v. 25).

Velar es trabajar. Dice el evangelista que cada cual ha recibido ya su "trabajo" (v. 34); no desarrolla más el tema. (...).

Nuestro autor sabe que los cristianos deben esperar la venida de Jesús, entregados a su trabajo de cada día, pero se interesa más por la profunda actitud interior sin la cual no podría hablarse de trabajo que realizar: la mirada creyente, la fe.

(...). Velar es lo contrario de "dormir" (v. 36); es tener abiertos los ojos; es mirar con ojos atentos a todas las lecciones que pueden instruirnos, incluso a las impartidas por la naturaleza.

Todos los años, en primavera, el despertar de la germinación se manifiesta por humildes indicios que anuncian, a quien sabe verlos, los esplendores de la estación que está para llegar (v. 28 s.).

Que esta atención que prestamos a la primavera, denotada por una discreta yema de higuera, se convierta en nosotros en atención centrada en unas realidades esenciales; indicios de su proximidad son unas señales que la mirada distraída no puede percibir y son asequibles sólo a los "contemplativos".

En tiempos apacibles o en circunstancias revueltas, los contemplativos saben ver las señales que, como pompas que emergen a la superficie, anuncian movimientos profundos. Y estos movimientos profundos interesan mucho más que los otros.

Velar es, pues, no dejarse engañar por lo episódico y lo superficial, por esos falsos mesías que pululan en los períodos angustiosos, cuando resuenan estruendos de guerra y, más o menos justificadamente, corren voces de cataclismo, hambres, sequías u otras calamidades. En tales circunstancias hacen su aparición individuos -"falsos cristos y falsos profetas- que realizarán señales y prodigios" (v. 22), con excesivas prisas para creer y afirmar que poseen la clave de los enigmas del tiempo y que disponen del eficaz "¡ábrete sésamo!" capaz de barrer todas las dificultades.

Velar es, además, no dejarse desconcertar por las dificultades que acosan a la Iglesia: persecuciones de todo orden, piensa nuestro autor; o también, no dejarse sorprender por las divisiones que el anuncio de la fe no deja de causar en las comunidades humanas, especialmente en las familiares, en las cuales, cuando unos aceptan, otros rechazan. Estos dramas no pueden impedir la predicación de la Buena Noticia en el mundo entero. El autor de los Hechos de los Apóstoles va mucho más allá al afirmar, por propia experiencia, que estas odiosas persecuciones, en realidad favorecen a la predicación del Evangelio (Hch 8. 18, etc.) Cualquiera que sea la importancia que estos dramas parezcan tener, lo único que en definitiva tienen es una orientación profunda, que ha de ser objeto de una atención permanente, tenaz y vigilante, por parte de los cristianos. Esta orientación es la intervención divina obradora de la salvación de los hombres; es la venida de JC: su manifestación final, que se verifica ya, día tras día, a medida que el Reino de Dios va siendo un poco más aceptado por los hombres.

En última instancia, la vigilancia es la disponibilidad para la última venida y para la venida de cada día.

Es fácil pedir: "¡Venga a nosotros tu Reino!"; esta oración "acelera" el cumplimiento de la promesa. Más difícil es estar preparado y prepararlo todo para esta venida.

Reflexión Tercera del Santo Evangelio: Mc 13,33-37,Velen, pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa

Muchos exegetas no logran captar una distinción sustancial entre este texto y el precedente. Sin embargo, basta observar cómo el evangelista opera una clara distinción entre el acontecimiento que puede ser relativamente previsto, o sea, la destrucción del templo, y el día del que nadie sabe nada: el de la "parousía" de Cristo.

Esta fecha, absolutamente secreta, no es conocida por los ángeles ni por el Hijo del hombre, sino solamente por Dios. Muchos preguntan cómo Jesús, siendo Dios y presentado como tal en este evangelio, puede no conocer la fecha del fin.

A esto hay que responder, en primer lugar, que el misterio de la Encarnación no deja de ser misterio: sabemos, en efecto, que Jesús fue un hombre como todos los demás y que tuvo las naturales lagunas culturales de sus contemporáneos. Él sabría hablar el arameo, entendería algo el hebreo, y chapurrearía las frases más corrientes en griego helenista: ni más ni menos que sus contemporáneos. Sin embargo, hay aquí una observación muy fina: se trata del "hijo del hombre".

Ya hemos visto cómo la cristología del segundo evangelio es una cristología del hijo del hombre. Ello quiere decir que Jesús, en cuanto "hijo del hombre", debe comunicar un determinado mensaje con sus límites y sus fronteras. En este mensaje no entraba satisfacer la curiosidad de los hombres con respecto al final de la "película humana".

El significado de la exhortación es claro y perfectamente coherente con el contexto: se pide a los creyentes la máxima vigilancia: "velad, porque no sabéis a qué hora viene el amo de la casa, si por la tarde o a medianoche o al primer canto del gallo". Lo interesante es que no vuelva de forma imprevista y os encuentre "cabeceando". Por lo tanto, a los creyentes se les pide que renuncien a realizar cálculos y a hacer previsiones sobre el fin, más o menos próximo, de los tiempos. Por el contrario, deberían aguardar sin temor alguno aquel fin, empleando el tiempo presente en el trabajo incansable de cada día.

Abstenerse de las actividades humanas para prepararse mejor para el final no es una interpretación válida del discurso de Jesús.

Mc 13, 28-37 VIGILAR

La finalidad de la apocalíptica es, sobre todo, la de revelar la fecundidad escondida de la fe en Dios, que en este mundo parece haber fracasado. Por tanto, no pretende, en primer lugar, inculcar la fidelidad, sino más bien consolar a los que la viven. Pero Marcos siente la necesidad de inculcar ante todo la fidelidad a Cristo: "Fijaos bien que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi lugar y dirán: "yo soy el que esperábais, y engañarán a muchos" (13, 5-6). Y más adelante: "Si alguien os dice entonces: "mira, el Cristo está aquí" o "está allá", no le creáis. Ya que aparecerán falsos cristos y falsos profetas que harán señales y prodigios con el fin de engañar" (13, 21-22).

Parece como si Marcos viviera en una situación (quizás piensa en los diversos movimientos revolucionarios y mesiánicos que surgieron en Palestina en el decenio 60-70) de fermentos engañosos y sugestivos, ante los cuales es necesario permanecer apegados a la fe tradicional.

Además de la invitación a la fidelidad, hay en el discurso una llamada al coraje en la persecución. La persecución no es ni mucho menos un mentís contra el Reino, sino simplemente un lugar de testimonio y hasta una situación en que aflora un drama mucho más grande: la lucha entre el bien y el mal, entre Dios y Satanás.

Y finalmente la proximidad. Marcos cree firmemente en la "inminencia" de la parusía: la parábola de la higuera es muy clara en este sentido.

Pero la inminencia no es un hecho cronológico, de hoy o de mañana.

PARUSIA/TIEMPO:La parusía es al mismo tiempo inminente e imprevisible: el Señor puede llegar hoy, pero nadie puede estar seguro de que sea hoy su venida, ya que nadie puede disponer de un acontecimiento que sólo depende de la voluntad soberana de Dios. Por eso el único comportamiento realmente serio es la vigilancia, estar siempre dispuestos a acogerlo, en cualquier momento y lugar. La exhortación a la vigilancia se repite como un estribillo (versículos 5, 9, 23, 33, 35, 37). Se trata de una llamada que no es frecuente en la apocalíptica judía y en la teología rabínica; es típicamente cristiana. Y es una vigilancia doble: contra las ideas de los exaltados y contra las especulaciones de los falsos profetas por una parte, y contra la relajación de los que se acomodan a este mundo, por otra.

Parece como si Marcos tuviera ante la vista un doble peligro: efectivamente; por un lado, parece dirigirse a unas personas que han descuidado la vigilancia y no viven ya en la perspectiva escatológica, adaptándose quizás demasiado bien a este mundo; por otro, se opone a los que parecían creer que el final era inminente. A los primeros les dice:"Estad atentos y vigilad. Los hechos y los comportamientos de nuestra época indican que están ya a punto de empezar las agitaciones escatológicas." Y a los otros les dice: "No ha llegado todavía el final. Ni siquiera el Hijo del Hombre conoce la fecha." Finalmente, queremos señalar los diversos aspectos que encierra la vigilancia cristiana, tal como se deducen del conjunto del discurso y especialmente de la parábola del señor que regresa de noche a su casa.

Vigilar significa estar constantemente alerta, despiertos, en situación de espera. Significa vivir una actitud de servicio permanente, a disposición del amo, que puede regresar en cualquier momento. Significa, finalmente, lucha, fatiga, renuncia. No significa ni mucho menos indiferencia o falta de compromiso ante las obligaciones de cada día.

Reflexión Cuarta del Santo Evangelio: Mc 13,33-37,Velen, pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa

VIGILANCIA/QUÉ-ES: QUÉ SIGNIFICA VELAR EN EL CAP. 13 DE Mc. DISPONIBILIDAD PARA LA ULTIMA VENIDA Y PARA LA VENIDA DE CADA DÍA.

El Evangelio no puede concebir una mirada al porvenir, que contemple con indiferencia las realidades presentes. La esperanza evangélica del presente se vive en "el hoy de Dios". El autor, después de haber hecho vibrar de esperanza a sus oyentes, haciéndoles vislumbrar la liberación traída por el Hijo del hombre en su intervención final, les pide que su confianza y su entusiasmo se concreten en una acción cotidiana.

Una palabra resume esta actividad por la que la esperanza se autentifica y cristaliza en realidades concretas: velar; palabra cuyo sentido se explica en el cap. 13, pues a lo largo de toda esta homilía sobre el final de los tiempos, corre el mismo llamamiento a la vigilancia, traducido en expresiones como éstas: "que no os engañe nadie" (v. 5), "mirad por vosotros mismos" (v. 9), "no os preocupéis de..., pero el que persevere hasta el fin..." (vv. 11/13), "estar sobre aviso; mirad que os lo he predicho todo" (v. 25).

Velar es trabajar. Dice el evangelista que cada cual ha recibido ya su "trabajo" (v. 34); no desarrolla más el tema. (...).

Nuestro autor sabe que los cristianos deben esperar la venida de Jesús, entregados a su trabajo de cada día, pero se interesa más por la profunda actitud interior sin la cual no podría hablarse de trabajo que realizar: la mirada creyente, la fe.

(...). Velar es lo contrario de "dormir" (v. 36); es tener abiertos los ojos; es mirar con ojos atentos a todas las lecciones que pueden instruirnos, incluso a las impartidas por la naturaleza.

Todos los años, en primavera, el despertar de la germinación se manifiesta por humildes indicios que anuncian, a quien sabe verlos, los esplendores de la estación que está para llegar (v. 28 s.).

Que esta atención que prestamos a la primavera, denotada por una discreta yema de higuera, se convierta en nosotros en atención centrada en unas realidades esenciales; indicios de su proximidad son unas señales que la mirada distraída no puede percibir y son asequibles sólo a los "contemplativos".

En tiempos apacibles o en circunstancias revueltas, los contemplativos saben ver las señales que, como pompas que emergen a la superficie, anuncian movimientos profundos. Y estos movimientos profundos interesan mucho más que los otros.

Velar es, pues, no dejarse engañar por lo episódico y lo superficial, por esos falsos mesías que pululan en los períodos angustiosos, cuando resuenan estruendos de guerra y, más o menos justificadamente, corren voces de cataclismo, hambres, sequías u otras calamidades. En tales circunstancias hacen su aparición individuos -"falsos cristos y falsos profetas- que realizarán señales y prodigios" (v. 22), con excesivas prisas para creer y afirmar que poseen la clave de los enigmas del tiempo y que disponen del eficaz "¡ábrete sésamo!" capaz de barrer todas las dificultades.

Velar es, además, no dejarse desconcertar por las dificultades que acosan a la Iglesia: persecuciones de todo orden, piensa nuestro autor; o también, no dejarse sorprender por las divisiones que el anuncio de la fe no deja de causar en las comunidades humanas, especialmente en las familiares, en las cuales, cuando unos aceptan, otros rechazan. Estos dramas no pueden impedir la predicación de la Buena Noticia en el mundo entero. El autor de los Hechos de los Apóstoles va mucho más allá al afirmar, por propia experiencia, que estas odiosas persecuciones, en realidad favorecen a la predicación del Evangelio (Hch 8. 18, etc.) Cualquiera que sea la importancia que estos dramas parezcan tener, lo único que en definitiva tienen es una orientación profunda, que ha de ser objeto de una atención permanente, tenaz y vigilante, por parte de los cristianos. Esta orientación es la intervención divina obradora de la salvación de los hombres; es la venida de JC: su manifestación final, que se verifica ya, día tras día, a medida que el Reino de Dios va siendo un poco más aceptado por los hombres.

En última instancia, la vigilancia es la disponibilidad para la última venida y para la venida de cada día.

Es fácil pedir: "¡Venga a nosotros tu Reino!"; esta oración "acelera" el cumplimiento de la promesa. Más difícil es estar preparado y prepararlo todo para esta venida.

Elevación Espirirual para el día.

Señor Jesús, te miro, y mis ojos están fijos en tus ojos. Tus ojos penetran el misterio eterno de o divino y ven la gloria de Dios. Y son los mismos ojos que vieron Simón, Andrés, Natanael y Leví. Tus ojos, Señor, ven con una sola mirada el inagotable amor de Dios y la angustia, aparentemente sin fin, de los que han perdido la fe en este amor y son «como ovejas sin pastor».

Cuando miro en tus ojos me espantan, porque penetran como lenguas de fuego en lo más íntimo de mi ser, aunque también me consuelan, porque esas llamas son purificadoras y sanadoras. Tus ojos son muy severos, pero también muy amorosos; desenmascaran, pero protegen; penetran, pero acarician; son muy profundos, pero también muy íntimos; muy distantes, pero también invitadores.

Me voy dando cuenta poco a poco de que, más que «ver», deseo «ser visto»: ser visto por ti. Deseo permanecer solícito bajo tu morada y crecer fuerte y suave a tu vista. Señor, hazme ver o que tú ves —el amor de Dios y el sufrimiento de la gente—, a fin de que mis ojos se vuelvan cada vez más como los tuyos, ojos que puedan sanar los corazones heridos.

Reflexión Espiritual para este día.

La espera no es una actitud muy común. No se suele pensar con mucha simpatía en la espera. De hecho, la mayor parte de la gente piensa que la espera es una pérdida de tiempo...; quizás porque la cultura que nos ha tocado vivir dice “¡Venga!,¡haz algo! ¡Demuestra que eres capaz de actuar! ¡No te quedes sentado esperando!”.

Sin embargo, esperar es una actitud enormemente radical en la vida. Es confiar en que sucederá algo que supera con mucho nuestra imaginación. Es abandonar el control de nuestro futuro y dejar que sea Dios quien determine nuestra vida. Es vivir con la convicción de que Dios nos va formando con su amor divino y no con nuestros temores. La vida espiritual es una vida en a que esperamos, estamos a la espera, activamente presentes en el momento actual, esperando la novedad que acontecerá, novedad que va más allá de nuestra propia imaginación o previsión. Esta actitud, ciertamente, es muy radical en lo vida en este mundo preocupado en controlar los acontecimientos.

EL rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Santa Iglesia. El profeta Ageo .

Ageo es el primer profeta del Israel posexílico a quien podemos calificar acertadamente de “profeta menor”. Entiéndase bien; no porque la inspiración profética sea en él menor que en cualquier otro, sino porque su mensaje y actividad, si bien fue de una importancia extraordinaria en aquellos momentos históricos de la reconstrucción de Israel como pueblo, es relativamente insignificante por su extensión y contenido para nosotros, el Nuevo Israel. Al presentar las dos lecturas bíblicas, síntesis de los dos capítulos de su obra, veremos el valor de su mensaje perenne en cuánto palabra de Dios. Veamos ahora el momento histórico crucial en que la fuerza del espíritu le movió a intervenir ante el rey y el Sumo Sacerdote como representantes del pueblo.

El año 539 terminaba el segundo imperio babilónico y se instauraba e naciente imperio persa. Dos años más tarde, Ciro firmaba el decreto en favor de la repatriación de los hebreos, al que añadió la devolución de los objetos sagrados y una considerable cantidad de dinero para la reconstrucción del templo. El edicto fue acogido con evidentes muestras de alegría, pero, a la hora de su realización y de ponerse en marcha, las cosas cambiaron.

Cincuenta años de exilio habían terminado con la generación que recorriera el camino de Palestina a Babilonia. Los más jóvenes de entonces eran verdaderos ancianos de hoy. Los demás eran babilonios de nacimiento, muchos de ellos bien instalados económicamente. El retorno era una aventura para la que hacía falta valor, entusiasmo y fe. Y con Sesbasar, príncipe de la casa de David, parte un primer grupo de repatriados. Pocos años después, con Zorobabel al frente, emprende el regreso una segunda expedición. Josué sería su Sumo Sacerdote.

Llegados a Palestina, la “Tierra Prometida” estaba reducida a unos treinta kilómetros cuadrados. Justo Jerusalén y sus alrededores, llenos de ruinas y convertidos sus campos en eriales por la ausencia de mano de obra y las prolongadas sequías. Al entusiasmo del retorno siguió la decepción.

Las promesas del segundo Isaías parecían retórica carente de contenido; a los pueblos vecinos no les hacía ninguna gracia la rehabilitación de su eterno rival y enemigo: Israel; para los judíos residentes aquellos inmigrados adueñándose de los terrenos y considerándose puritanamente como el verdadero Israel eran un insulto y un latrocinio; hasta los samaritanos, Judea era un distrito de ellos, que se ofrecieron voluntariosos para ayudarlos en la reconstrucción del templo, convirtieron su amistad en hostilidades al ser orgullosamente rechazados.

A trancas y barrancas el pueblo luchaba por sobrevivir. Después ya vendría la reconstrucción del templo. El nuevo Israel volvía a olvidarse de Yavé preocupado por necesidad, de su estrecha situación económica. Es en este momento, durante el otoño del año 520, siendo Darío I rey de Persia, cuando Ageo se acerca a Zorobabel, a Josué y al pueblo para estimularlos en la reconstrucción del templo haciéndoles ver que ésa es la voluntad de Yavé.

Nada sabemos de su vida persona cuanto de él se dice son conjeturas Lo único cierto es su relación con la corte y el Sumo Sacerdote y que lo que de él poseemos no es tanto sus palabras directas cuanto una síntesis de su predicación realizada por un redactor posterior poco después de la predicación del profeta.

Literalmente pobre, su gran preocupación es insistir en que sus oráculos son “Palabra del Señor”. Quizás porque, falto de realce humano, necesitaba toda la fuerza divina para ser creído. Nacionalista y cultual, su mensaje apenas si sobrepasa las restringidas circunstancias de su momento histórico. Quizás su más valiosa aportación esté en lo constatación de la presencia del espíritu tanto en las cosas maravillosas como en las pequeñeces del diario quehacer, Dios es más grande en las cosas pequeñas.+

Enviado el Domingo, 03 diciembre a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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