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Nuestro Blog: La Mística

En Reflexiones Católicas estrenamos nuevo blog dedicado a La Mística y Los Místicos, donde encontrarás artículos, biografías, vídeos...
 
 
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Lecturas del día 02-12-2017

LITURGIA DE LA PALABRA.

Dn 7,15-27: Cuando se siente el tribunal a juzgar, le quitará el poder
Interleccional Dn 3,82-87: ¡Ensálcenlo con himnos por los siglos!
Lc 21,34-36: Estén siempre despiertos y oren

Las primeras comunidades cristianas compartían con otros grupos religiosos contemporáneos ideas apocalípticas. Creían que las guerras, persecuciones y otras catástrofes eran signos de la proximidad del fin del mundo y de la segunda venida del Señor; y muchos vivían perturbados y asustados (cf. 2 Ts 2,2). Sin embargo, lo que esperaban no sucedía y por lo tanto la espera se fue alargando y relajando. El peligro de dejarse llevar por otros atractivos que ofrece la vida era frecuente.

En el texto de hoy, Lucas pone en boca de Jesús, palabras dirigidas a la comunidad para reavivar la vigilancia y la oración constante frente a esta relajación. El evangelista insiste en que los cristianos se mantengan en la actitud de espera, sin vivir en pánico.

Tal vez no vivimos nosotros el ambiente que vivieron los primeros cristianos, pero lo cierto es que el mundo de hoy ofrece una multitud de alternativas que nos puede llevar al olvido del sentido de la vida cristiana. En esta época es un gran desafío para nosotros mantener siempre la actitud de una apertura hacia el futuro que Dios desea para nosotros.

PRIMERA LECTURA.
Daniel 7,15-27
El poder real y el dominio serán entregados al pueblo de los santos del Altísimo

Yo, Daniel, me sentía agitado por dentro, y me turbaban las visiones de mi fantasía. Me acerqué a uno de los que estaban allí en pie y le pedí que me explicase todo aquello. Él me contestó, explicándome el sentido de la visión: "Esas cuatro fieras gigantescas representan cuatro reinos que surgirán en el mundo. Pero los santos del Altísimo recibirán el reino y lo poseerán por los siglos de los siglos."

Yo quise saber lo que significaba la cuarta fiera, diversa de las demás; la fiera terrible, con dientes de hierro y garras de bronce, que devoraba y trituraba y pateaba las sobras con las pezuñas; lo que significaban los diez cuernos de su cabeza, y el otro cuerno que le salía y eliminaba a otros tres, que tenía ojos y una boca que profería insolencias, y era más grande que los otros. Mientras yo seguía mirando, aquel cuerno luchó contra los santos y los derrotó. Hasta que llegó el anciano para hacer justicia a los santos del Altísimo, y empezó el imperio de los santos.

Después me dijo: "La cuarta bestia es un cuarto reino que habrá en la tierra, diverso de todos los demás; devorará toda la tierra, la trillará y triturará. Sus diez cuernos son diez reyes que habrá en aquel reino; después vendrá otro, diverso de los precedentes, que destronará a tres reyes; blasfemará contra el Altísimo e intentará aniquilar a los santos y cambiar el calendario y la ley. Dejarán en su poder a los santos durante un año y otro año y otro año y medio. Pero, cuando se siente el tribunal a juzgar, le quitará el poder, y será destruido y aniquilado totalmente. El poder real y el dominio sobre todos los reinos bajo el cielo serán entregados al pueblo de los santos del Altísimo. Será un reino eterno, al que temerán y se someterán todos los soberanos.

Palabra de Dios.

Interleccional: Daniel 3,82-87
R/.Ensalzadlo con himnos por los siglos.

Hijos de los hombres, bendecid al Señor. R.

Bendiga Israel al Señor. R.

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor. R.

Siervos del Señor, bendecid al Señor. R.

Almas y espíritus justos, bendecid al Señor. R.

Santos y humildes de corazón, bendecid al Señor. R

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Lucas 21,34-36
Estad siempre despiertos, para escapar de todo lo que está por venir

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre."

Palabra del Señor.


Reflexión de la Primera Lectura: Daniel 7, 15-27Cuando se siente el tribunal a juzgar, le quitará el poder

Continúa la visión que empezamos a leer ayer: a Daniel le preocupa saber el sentido de las cuatro bestias, sobre todo la cuarta, la última, la más terrible, que parece que lucha contra los santos y los derrota.

Recordemos, una vez más, que el libro está escrito para que lo lean los que sufren la persecución de Antíoco, en tiempos de los Macabeos, en el siglo II antes de Cristo. El último rey, que blasfema y es cruel y se deshace de los que le estorban, sólo durará "un año, otro año, y otro año y medio", o sea, tres años y medio, la mitad de siete, la mitad del número perfecto, por tanto, un número malo, fatal para él. Entonces el Altísimo lo aniquilará totalmente, "y el poder real será entregado al pueblo de los santos, y será un reino eterno".

b) La lección es clara: el autor quiere dar ánimos, infundir esperanza, para que nadie crea que la última palabra la va a tener ese Antíoco que ha querido "aniquilar a los santos y cambiar el calendario y la ley". Antíoco prohibió la celebración del sábado y las fiestas judías, e impuso un calendario helénico, pagano. Era un símbolo de la paganización de las costumbres. De ahí la reacción de muchos judíos que quisieron mantenerse fieles a la fe de sus mayores.

Lo importante es que Dios sale victorioso en la lucha contra el mal. Y los que han sido fieles, reciben la corona de la gloria. Son palabras de ánimo también para los cristianos que estamos intentando seguir los caminos de Dios en medio de las tentaciones que nos vienen de fuera y de dentro. Incorporados a Cristo Jesús, el Vencedor del mal.

1. (Año II) Apocalipsis 22,1-7

a) La visión final del Apocalipsis sigue ofreciéndonos una escenografía triunfal, esperanzadora.

El trono de Dios, el Cordero delante, vencedor, un río de agua viva que brota del trono (el Espíritu Santo: cf. Jn 7,37-39), el árbol de la vida que da doce cosechas al año y cuyas hojas son medicinales. Allí no hay noche ni oscuridad, todo es luz, y los salvados por Cristo gozarán de alegría perpetua, y le prestarán servicio, "y lo verán cara a cara y llevarán su nombre en la frente".

b) Es como el retorno al paraíso terrenal. La última página de la Biblia -y, para nosotros, de este Año Litúrgico- es un calco de la primera, de la visión idílica del Génesis hasta que entró el pecado en el mundo.

Terminamos el ciclo de este año con una página tan luminosa. Lástima que no hayan añadido en el Leccionario -lo podemos hacer nosotros- los últimos versículos de este libro del Apocalipsis: "El Espíritu y la Novia (el Espíritu presente en la Iglesia, la esposa de Cristo) dicen: ¡Ven! Y el que oiga, diga: ¡ ven! Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida... Y el que da testimonio de todo esto (Cristo Jesús) dice: sí, vengo pronto. Amén. Ven, Señor Jesús. Que la gracia del Señor Jesús sea con todos. Amén".

Ya tenemos la puerta abierta para celebrar, desde mañana, con igual mirada profética, el Adviento. Nuestra oración y nuestro canto, hoy, es "Maranatha. Ven, Señor Jesús". Con una perspectiva llena de futuro: "Y lo verán cara a cara".

He ahí la última página de la Biblia, de la revelación que Dios quiere hacernos: es la repetición de la primera página, es el nuevo comienzo del «Génesis», el paraíso encontrado de nuevo, el proyecto de Dios realizado al fin, la «vida que discurre como un río»... «el árbol de vida que da sus frutos»... la luz sin ocaso... Adán y Eva, tal como Dios los había querido desde el principio... ¡el éxito de la creación!

-El ángel me mostró el «río de agua de vida», límpida como el cristal, que brotaba del trono de Dios.

Símbolo claro: ¡«el agua»! ¡«un río de agua límpida» que da la vida!

He ahí lo que proviene de Dios... el gran río de la vida... evoco los millones de billones de billones de seres vivientes que vienen de Dios.

Y el «agua» del bautismo es el signo de Dios, el signo de la «vida de Dios» dada a los hombres. Bautizar a un niño es introducirlo en este gran río vivificante, es meter en su ser, el Ser mismo de Dios. Es vincular, por medio de un nuevo cordón umbilical, ese hatillo de vida humana a la misma sangre y vida de Dios... para que ¡la vida divina quede allí «injertada»! una vida eterna.

-En cada margen del río hay «árboles de vida» que fructifican doce veces, una vez cada mes.

Todas las bellezas naturales son utilizadas como bellas imágenes para tratar de revelarnos el cielo. Primero el «río de vida», ahora, el «árbol de vida». Evoco, de entre mis recuerdos, árboles cargados de frutos: cerezas, manzanas, naranjas, racimos de uvas...

De modo manifiesto es el nuevo comienzo del paraíso terrenal: Adán no había podido comer del árbol de la vida... Jesús, nuevo Adán, nos conduce a él, vuelve a introducirnos en el jardín maravilloso. Pero, ¡cuidado! son imágenes, son símbolos que hay que utilizar con todas sus resonancias afectivas e imaginativas, sin materializarlas. Imágenes de abundancia: ¡frutos doce veces al año! ¡doce cosechas del mismo árbol! Imágenes de saciedad: las frutas son alimento escogido y agradable.

-No habrá más maldición... El trono de Dios y el Cordero estará en la ciudad... Los siervos de Dios le adorarán, verán su rostro y llevarán su nombre en la frente...

He ahí otras imágenes menos materiales que se añaden a las precedentes. Todo esto supera todo comentario.

¡"Estar cara a cara" con Dios! ¡Ver a Dios!

-Ya no habrá noche, porque el Señor Dios derramará sobre ellos su luz.

Una imagen, todavía: una imagen de alegría.

-Estas palabras son ciertas y verdaderas... Es el Señor quien inspira a sus profetas y ha enviado a su ángel para manifestar a sus siervos lo que ha de suceder pronto. Mira, ¡vengo pronto! Dichoso el que guarda las palabras proféticas de este libro.

Quiero ver a Dios. ¡Oh! Ven, Señor Jesús.

Reflexión del Salmo Interleccional: Daniel 3, 75-81.I ¡Ensálcenlo con himnos por los siglos!

En el capítulo 3 del libro de Daniel se halla una hermosa oración, en forma de letanía, un verdadero cántico de las criaturas, que la liturgia de Laudes nos propone muchas veces, en fragmentos diversos.

Ahora hemos escuchado su parte fundamental, un grandioso coro cósmico, enmarcado por dos antífonas a modo de síntesis: «Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos. (...) Bendito el Señor en la bóveda del cielo, alabado y glorioso y ensalzado por los siglos» (vv. 56 y 57).

Entre estas dos aclamaciones se desarrolla un solemne himno de alabanza, que se expresa con la repetida invitación «bendecid»: formalmente, se trata sólo de una invitación a bendecir a Dios dirigida a toda la creación; en realidad, se trata de un canto de acción de gracias que los fieles elevan al Señor por todas las maravillas del universo. El hombre se hace portavoz de toda la creación para alabar y dar gracias a Dios.

2. Este himno, cantado por tres jóvenes judíos que invitan a todas las criaturas a alabar a Dios, desemboca en una situación dramática. Los tres jóvenes, perseguidos por el soberano babilonio, son arrojados a un horno de fuego ardiente a causa de su fe. Y aunque están a punto de sufrir el martirio, se ponen a cantar, alegres, alabando a Dios. El dolor terrible y violento de la prueba desaparece, se disuelve en presencia de la oración y la contemplación. Es precisamente esta actitud de abandono confiado la que suscita la intervención divina.

En efecto, como atestigua sugestivamente el relato de Daniel: «El ángel del Señor bajó al horno junto a Azarías y sus compañeros, empujó fuera del horno la llama de fuego, y les sopló, en medio del horno, como un frescor de brisa y de rocío, de suerte que el fuego no los tocó siquiera ni les causó dolor ni molestia» (vv. 49-50). Las pesadillas se disipan como la niebla ante el sol, los miedos se disuelven y el sufrimiento desaparece cuando todo el ser humano se convierte en alabanza y confianza, espera y esperanza. Esta es la fuerza de la oración cuando es pura, intensa, llena de abandono en Dios, providente y redentor.

3. El cántico de los tres jóvenes hace desfilar ante nuestros ojos una especie de procesión cósmica, que parte del cielo poblado de ángeles, donde brillan también el sol, la luna y las estrellas. Desde allí Dios derrama sobre la tierra el don de las aguas que están sobre los cielos (cf. v. 60), es decir, la lluvia y el rocío (cf. v. 64).

Pero he aquí que soplan los vientos, estallan los rayos e irrumpen las estaciones con el calor y el frío, con el ardor del verano, pero también con la escarcha, el hielo y la nieve (cf. vv. 65-70 y 73). El poeta incluye también en el canto de alabanza al Creador el ritmo del tiempo, el día y la noche, la luz y las tinieblas (cf. vv. 71-72). Por último, la mirada se detiene también en la tierra, partiendo de las cimas de los montes, realidades que parecen unir el cielo y la tierra (cf. vv. 74-75).

Entonces se unen a la alabanza a Dios las criaturas vegetales que germinan en la tierra (cf. v. 76), las fuentes, que dan vida y frescura, los mares y ríos, con sus aguas abundantes y misteriosas (cf. vv. 77-78). En efecto, el cantor evoca también «los monstruos marinos» junto a los cetáceos (cf. v. 79), como signo del caos acuático primordial al que Dios impuso límites que es preciso respetar (cf. Sal 92,3-4; Jb 38,8-11; 40,15-41,26).

Viene luego el vasto y variado reino animal, que vive y se mueve en las aguas, en la tierra y en los cielos (cf. Dn 3,80-81).

4. El último actor de la creación que entra en escena es el hombre. En primer lugar, la mirada se extiende a todos los «hijos del hombre» (cf. v. 82); después, la atención se concentra en Israel, el pueblo de Dios (cf. v. 83); a continuación, vienen los que están consagrados plenamente a Dios, no sólo como sacerdotes (cf. v. 84) sino también como testigos de fe, de justicia y de verdad. Son los «siervos del Señor», las «almas y espíritus justos», los «santos y humildes de corazón» y, entre estos, sobresalen los tres jóvenes, Ananías, Azarías y Misael, portavoces de todas las criaturas en una alabanza universal y perenne (cf. vv. 85-88).

Constantemente han resonado los tres verbos de la glorificación divina, como en una letanía: «bendecid», «alabad» y «exaltad» al Señor. Esta es el alma auténtica de la oración y del canto: celebrar al Señor sin cesar, con la alegría de formar parte de un coro que comprende a todas las criaturas.

5. Quisiéramos concluir nuestra meditación citando a algunos santos Padres de la Iglesia como Orígenes, Hipólito, Basilio de Cesarea y Ambrosio de Milán, que comentaron el relato de los seis días de la creación (cf. Gn 1,1-2,4), precisamente en relación con el cántico de los tres jóvenes.

Nos limitamos a recoger el comentario de san Ambrosio, el cual, refiriéndose al cuarto día de la creación (cf. Gn 1,14-19), imagina que la tierra habla y, discurriendo sobre el sol, encuentra unidas a todas las criaturas en la alabanza a Dios: «En verdad, es bueno el sol, porque sirve, ayuda a mi fecundidad y alimenta mis frutos. Me ha sido dado para mi bien y sufre como yo la fatiga. Gime conmigo, para que llegue la adopción de los hijos y la redención del género humano, a fin de que también nosotros seamos liberados de la esclavitud. A mi lado, conmigo alaba al Creador, conmigo canta un himno al Señor, nuestro Dios. Donde el sol bendice, allí bendice la tierra, bendicen los árboles frutales, bendicen los animales, bendicen conmigo las aves».

Nadie está excluido de la bendición del Señor, ni siquiera los monstruos marinos (cf. Dn 3,79). En efecto, san Ambrosio prosigue: «También las serpientes alaban al Señor, porque su naturaleza y su aspecto revelan a nuestros ojos cierta belleza y muestran que tienen su justificación» (ib., pp. 103-104).

Con mayor razón, nosotros, los seres humanos, debemos unir a este concierto de alabanza nuestra voz alegre y confiada, acompañada por una vida coherente y fiel.

Reflexión Primera del Santo Evangelio.Lc 21,34-36: Estén siempre despiertos y oren

La exhortación a la vigilancia, que aparece insistentemente en todo el «discurso escatológico», se vuelve explícita aquí, en los versículos conclusivos. Jesús transforma el ansia de los discípulos por el “cuándo” en una atención constante: todo momento es bueno, el juicio llegará de improviso y es preciso estar siempre preparados para que sea un juicio de salvación y no de condena.

«Que vuestros corazones no se emboten», dice Jesús: se trata de un mensaje de liberación de las trabas que nos atan y nos distraen de lo que verdaderamente cuenta. «Ese día» será como un lazo, como una trampa, como el ladrón que intenta sorprender por la noche al dueño de la casa (cf. Lc 12,39). Estas palabras de Jesús producen escalofríos; sin embargo, no son amenazadoras: la «vela» y la «oración» nos proporcionarán la fuerza necesaria para escapar de lo que va a suceder, de los peligros que siempre nos acechan —y no sólo al fin del mundo—, y nos permitirán comparecer (stathenai, «estar seguros», «resistir») ante el Hijo del hombre.

El significado global de este discurso de Jesús es una exhortación a la confianza: suceda lo que suceda, la venida del Hijo del hombre la esperan con nostalgia quienes confían en él como en el momento de la liberación definitiva del mal.

«Ese día», el día del Señor, es un tiempo sin tiempo, apenas más allá del instante que estamos viviendo. Es un tiempo de juicio y de salvación que viene cuando menos lo esperas y trae lo que no sabes. Ahora bien, no es un tiempo desconocido o un tiempo fuera de nuestro alcance: es hoy, es ese hoy que vivimos día a día, el momento de nuestra decisión, de todo encuentro que tengamos, de toda alegría que hayamos recibido y de todo sufrimiento con el que seamos medidos.

Daniel se siente turbado por la visión que ha tenido, pero el ángel le proporciona una explicación tranquilizadora: se celebrará el juicio y al cuerno —el rey— que habla con altivez se le quitará el poder.

Velar para que ese día no nos sorprenda no significa, a buen seguro, vivir en la angustia. Al contrario, significa vivir en plenitud cada instante, como si fuera el único o el más significativo para nosotros. Hemos de vivir incluso con alegría, recibiendo cada acontecimiento como un don y como una oportunidad. Vivir con atención, buscando en los otros que pasan a nuestro lado el rostro único y múltiple de aquel que nos llama. Velar y orar en cada momento significa llenar de sentido nuestra vida y la de los otros, e incluso gozarla, transformándola en un canto de alabanza. De este modo, como dice Pablo, cada acto de nuestra vida, incluso los que parecen más profanos y triviales, se convertirá en oración. Así, su presencia colmará nuestros corazones y nos acompañará hasta presentarnos sin temor ante el Hijo del hombre.

Reflexión Segunda del Santo Evangelio: Lc 21, 34-36, para nuestros Mayores. Estad siempre despiertos.

Las palabras de Jesús nos invitan a la vigilancia: está cercano el día y es preciso estar siempre despiertos. Esta invitación nos muestra que existe una verdad (profundidad) en nuestra vida; es la verdad de Dios, que se precisa como don que fundamenta la existencia, como gracia que nos lleva a transformarnos desde dentro. Ante ese don y esa exigencia es necesario mostrarse siempre vigilantes.

El deber de vigilancia se interpreta en nuestro texto a partir de un horizonte de futuro. La plenitud de Jesús ha de venir a realizarse en un mañana (de muerte y resurrección universal); por eso será ley de la existencia el mantenerse cuidadosamente vigilantes frente a ese futuro que se acerca. Cada hombre debe traducir la vigilancia en su vida individual, procurando que la muerte (su aparición particular frente a Dios) no se realice en situación de pecado grave.

La verdad de nuestro texto se puede interpretar igualmente sobre un horizonte de «profundidad en el presente». No se trata de esperar el mañana de la llegada de Dios (o de la muerte); lo que importa es que nuestra vida se ajuste cada día a la exigencia de Dios (y de Jesús) que está presente en ella. El fin del mundo no es, por tanto, ningún tipo de mañana; es el saber que somos limitados, nos hallamos internamente abiertos hacia Dios y nos podemos encerrar en nuestra propia realidad de muerte (en el pecado).

Ninguna de estas dos representaciones es absoluta. Para entender las palabras de Jesús sobre el final del mundo es necesario situarlas de una vez en estos dos contextos. Dios (el reino de Jesús) es algo que vendrá mañana, en el futuro que es siempre amenazante (puede destruirnos) y siempre esperanzado (nos podemos injertar en la resurrección del Cristo, que ha triunfado de la muerte). Pero entender estas palabras significa, al mismo tiempo, interpretarlas en el hoy de cada día; llevamos en la vida las señales de la muerte de Jesús (con la agonía del mundo, las contradicciones de la historia, la amenaza del mal, que siempre puede aniquilarnos); pero llevamos también los grandes signos de la pascua, la esperanza de un Futuro abierto y el comienzo de una vida de amor sobre la tierra. Por eso, tenemos que escuchar unidas las palabras de «cuidado» y de «alegraos», intentando responderlas de manera consecuente en nuestra vida.

Reflñexión Tercera del Santo Evangelio: Lc 21,34-36, de Joven para Joven. La libertad de espíritu.

Que no se emboten vuestras mentes. Sabemos lo difícil que es escuchar un buen concierto si estamos preocupados por algo. No es divertido pasear por prados en flor si al día siguiente tenemos un examen. Tenemos tiempo libre, pero el corazón no está libre, está ofuscado por las preocupaciones, no gozamos de la música y no admiramos el prado. Entonces, ¿cómo podremos percibir la realidad espiritual invisible y escuchar la sinfonía misteriosa de las voces divinas?

La liturgia exhorta: levantemos el corazón. Sin embargo, nuestro corazón está ligado a la tierra ¿Cómo liberarlo? El autor sirio Isaías Abad dice que el corazón se hace ligero como una pluma con el soplo del Espíritu. Pero la pluma no puede estar mojada por la lluvia y húmeda de nubes que impiden el paso de los rayos del sol. El sol seca la pluma y la hace volar. Nuestro sol es Cristo y los rayos sus palabras.

No se ofusquen con la bebida. Los borrachos se tambalean y se caen y, sin embargo, han bebido para sentirse más ligeros. Una persona es infeliz, está insatisfecha, se siente inadecuada, incapaz, inútil. Se para en un bar y bebe para olvidar. Parece que funciona pero, ¿durante cuánto tiempo? El borracho ni siquiera se plantea el problema, el pobre ya no puede estar sin beber. Pero, en el fondo, todos somos un poco como él. También nosotros tenemos miedo, y nos paramos en el bar del mundo a beber todo lo que nos ofrece para olvidar la muerte.

El primer signo de embriaguez es no mantenerse firme sobre las propias piernas, pasar de un interés a otro, no tener ninguna estabilidad. Se empieza a buscar sólo diversión y a no perder una ocasión con tal de reír y estar contentos.

Vida triste la de quien termina por olvidar que lo importante es lo que nos espera.

Agobios de la vida. Quien se emborracha, intenta olvidar, Sin embargo, el ansioso se acuerda de todo: toda pequeñez lo agita, pierde la proporción de las cosas, termina por transformar pequeñeces en montañas y por olvidar las cosas importantes.

Entramos en la vida eterna por haber cumplido bien con nuestros deberes pero, quien se atormenta al cumplir con el propio deber termina olvidando por qué lo hace. El descanso dominical es una institución heredada del sábado judío y es muy importante. Después de seis días de trabajo, debemos tener la posibilidad de detenernos y pensar en la vida futura. El séptimo día de la semana, dicen los autores orientales, nos debe recordar al octavo día, la vida después de la resurrección de los muertos, la eternidad.

El primer signo de embriaguez es no mantenerse firme sobre las propias piernas, pasar de un interés a otro, no tener ninguna estabilidad. Se empieza a buscar sólo diversión y a no perder una ocasión con tal de reír y estar contentos.

Vida triste la de quien termina por olvidar que lo importante es lo que nos espera.

Agobios de la vida. Quien se emborracha, intenta olvidar, Sin embargo, el ansioso se acuerda de todo: toda pequeñez lo agita, pierde la proporción de las cosas, termina por transformar pequeñeces en montañas y por olvidar las cosas importantes.

Entramos en la vida eterna por haber cumplido bien con nuestros deberes pero, quien se atormenta al cumplir con el propio deber termina olvidando por qué lo hace. El descanso dominical es una institución heredada del sábado judío y es muy importante. Después de seis días de trabajo, debemos tener la posibilidad de detenernos y pensar en la vida futura. El séptimo día de la semana, dicen los autores orientales, nos debe recordar al octavo día, la vida después de la resurrección de los muertos, la eternidad.

Reflexión Cuarta del Santo Evangelio: Lc 21, 34-36. Esta es la señal de que hay, de todos modos, algo temible, en «aquel día».

Jesús acaba de anunciar la «venida del Hijo del hombre» sobre las nubes del cielo...

Acaba de decir que el «Reino de Dios está cerca», como lo está el verano cuando los árboles han brotado...

Para esta espera, continúa dando consejos a sus amigos.

-Andaos con cuidado que no se os embote la mente ni el corazón...

Después de los consejos de esperanza y de confianza, hay ahí uno de vigilancia.

No dejarse sorprender, por esas «venidas» de Jesús... sobre todo por la última.

Permanecer «ágil», no embotarse. Permanecer siempre dispuestos a partir.

-Que no os entorpezcan la comida, ni la bebida, ni los agobios de la vida.

Sabemos que un excesivo apego a los placeres, ¡entorpece la mente y el corazón!

Cuando buscamos disfrutar con exceso de esta vida, nos olvidamos de «aquel día».

-Y venga aquel día de improviso sobre nosotros como un lazo.

Porque caerá sobre todos los que habitan la faz de la tierra.

El «día» del juicio viene de improviso.

Cada segundo muere alguien... sobre toda la tierra mueren decenas de millares.

No sé cuantos segundos me quedan.

El juicio que cayó sobre Jerusalén debe servirnos de advertencia. Es el símbolo del juicio que caerá sobre la tierra entera.

-Velad pues, y orad... en todo momento.

Sí, Jesús, Tú aconsejabas a tus amigos que no cesasen jamás de «orar».

Y san Pablo lo repetía a sus fieles (2 Ts 1, 11; Flp 1, 4; Rm 1, 10; Col 1, 3; Filemón, 4). «Pedimos continuamente... En la oración que sin cesar le dirigimos... Continuamente te menciono en mis oraciones...»

Hay que repetirse a sí mismo esos consejos apremiantes de Jesús: esperanza... confianza... certeza... vigilancia... sobriedad... disponibilidad... oración... puesto que nadie sabe la hora.

-Para tener fuerza para escapar de todo lo que va a venir...

Esta es la señal de que hay, de todos modos, algo temible, en «aquel día».

La confianza, el gozo, la esperanza... no son sinónimo de seguridad engañosa. Hay que estar alerta, un peligro amenaza, hay que estar a punto de escapar.

-Y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre...

He aquí la última frase del último discurso de Jesús antes de su Pasión. «¡Velad y orad, para presentaros con seguridad delante del Hijo del hombre!» Jesús va a llegar pronto a su «fin» por el sufrimiento. Pero El se ve, Hijo del Hombre, glorioso viniendo de nuevo «sentado a la diestra de Dios», como lo dirá dentro de unos días delante del Gran Consejo (Lucas 22, 69)

Será el Hijo del Hombre quien tendrá la última palabra.

Y, si velamos y oramos... podremos presentarnos delante de El con seguridad.

¡Ven, Señor!

Elevación Espiritual para este día.

Los cristianos siempre han esperado a Cristo, siempre han recordado los signos de su retorno, pero nunca han pretendido que ya hubiera vuelto. Han afirmado simplemente que estaba a punto de llegar, que estaba a las puertas. Sus verdaderos discípulos no han pretendido fijar nunca una fecha para su vuelta. Se han contentado con esperar. Así, cuando vuelva, le podrán reconocer. No hay nada de malo ni de ridículo, efectivamente, en pensar que los acontecimientos del mundo se dirigen hacia una meta. Es el modo de interpretar todo a la luz de la Escritura: leer el sentido de todas las cosas, considerarlas como signos y manifestaciones de Cristo, de su providencia, de su voluntad.

Se podría objetar que este mundo habla con frecuencia un lenguaje adverso a Dios. ¿Cómo podría decirse entonces que lleva en él signos de la presencia de Cristo y, por consiguiente, que se acerca a él? Sin embargo, es así. Pese al carácter opaco de este mundo, Dios está presente en él, Dios nos habla a través del mundo. Cristo está siempre aquí; susurra a nuestros oídos y nos hace señas. Pero el rumor de este mundo es tan ensordecedor, sus signos siguen siendo tan misteriosos, el mundo se muestra tan agitado, que no sabemos reconocer cuándo habla ni qué nos quiere decir.

Reflexión Espiritual para el día.

Puesto que Jesús está siempre a punto de venir, la Iglesia debe velar de manera incesante. Ella misma es vela, vigilia. Ella misma «aguarda con perseverancia» (cf. Ram 8,19.25), para esperar a su Señor y Esposo. En consecuencia, se impone siempre la vigilancia. El día y la noche, la vela y el sueño, constituyen un ritmo cósmico que recibe en Jesús un nuevo significado. La noche designa la ausencia de él, mientras que el alba y el día anuncian su venida. La Iglesia, que vive esperando la venida de Jesús con la certeza de su misteriosa presencia, no puede «dormir», sino que vela. En su vela, el cristiano lleva toda el ansia de la Iglesia, que, en el Espíritu Santo, espera a su Señor. La fuerza del Espíritu penetra en su vela hasta tal punto que ésta, de una manera misteriosa, influirá ahora en el ritmo cósmico del tiempo. Este influjo justifica la fuerza de la palabra de Pedro cuando escribe que el cristiano, velando y orando, apresura la llegada del día del Señor.

Velar con Jesús es siempre velar en torno a su Palabra. La única lámpara de la que disponemos en nuestras tinieblas es la Palabra de Dios. En espera de que apunte el Día, Jesús resplandece ya, por medio de su Palabra, en lo más hondo de nuestro corazón; la venida de Jesús al fin de los tiempos se anticipa en nuestros corazones cuando velamos en torno a su Palabra. En la noche de los tiempos en la que seguimos viviendo hoy, la vela de oración es un primer vislumbre, todavía inseguro, que se eleva sobre el mundo: es la señal de que Jesús está cerca.

La vela, por tanto, no puede cesar nunca, y la oración debe crecer siempre. La espera y la vela nos arrancan de nosotros mismos y nos dejan en manos de Dios, de quien depende toda consumación, y que tendrá lugar cuando él quiera, cuando el mundo, a fuerza de velar, esté maduro para la cosecha.

El rostro de los personajes, pasajes y narracionesde la Sagrada Biblia: Daniel 7, 2-14 y 7, 15-27. Las bestias y el hijo del hombre.

El capítulo séptimo de Daniel, seccionado litúrgicamente en dos lecturas, pero inseparable a la hora de su interpretación, es la primera visión del libro de Daniel expresada en lenguaje estrictamente apocalíptico. Lo seguirán otras tres, compendiadas en los capítulos 8—12. Si bien todos estos apocalipsis o revelaciones dicen relación entre sí, parece críticamente cierto que se trata de unidades independientes y autóctonas escritas por el mismo autor durante los años 168-164 a. C., aunque quizás no el mismo orden en que ahora se encuentran.

Desde el punto de vista literario nuestro apocalipsis del capítulo séptimo difiere de los demás tanto por la elegancia de su estilo como por el hecho de estar escrito en arameo mientras los otros lo están en griego. Como técnica propia del estilo apocalíptico pronto nos percataremos de que se nos ofrecen como profecías de futuro lo que no son sino hechos concretos de una historia pasada. No suponía entonces engaño alguno. Tan sólo se intentaba garantizar la acción salvífica de Dios en el presente como históricamente lo había sido en el pasado. Sus contemporáneos lo entendían a la perfección. Intentémoslo nosotros.

Los elementos simbólicos con que nos encontramos son: el gran mar, los cuatro vientos, las cuatro bestias, el pequeño cuerno, el anciano de días y el hijo del hombre, aparte otros pequeños detalles de números y colorido. Para comprenderlos y entender el mensaje en ellos encerrado, intentemos situarnos histórica, y sicológicamente en el mundo del autor y su mentalidad judía, profética y apocalíptica a la vez. Va a jugar con la historia y la mitología, con la tradición y el futurismo mesiánico. La meta a alcanzar es crear la convicción de que en el final de los tiempos, que se presenta ya próximo, el reino de Dios será entregado al pueblo de los santos de Dios, los hasidim, el resto profético. Veamos su maravillosa presentación apocalíptica.

Como al principio de la creación todo fue obra del «viento» actuando sobre el «tohu wavohu», el océano primitivo, así ahora los cuatro vientos del cielo agitan el océano. Lo que salga de él será obra del «ruah» de Yavé. Así aparecieron las cuatro bestias, identificadas con los cuatro grandes imperios conocidos desde el destierro babilónico por el autor: babilonios, medos, persas y griegos. En el transfondo parece escucharse: también ellos, en su espectacular poderío, han sido marionetas bajo la providencia de Dios.

La primera bestia, semejante al león con alas de águila, es una exacta correspondencia con la cabeza de oro de la estatua del capítulo segundo. Su descripción nos recuerda los querubes guardianes de los grandes palacios y templos babilónicos y del paraíso perdido. León y águila representan a los reyes del mundo animal. El autor no deja pasar ocasión para manifestar, no sabemos por qué, su benevolencia hacia los babilonios. Incluso a esta bestia se le amansa para darle un «corazón de hombre»; quizás porque reconoció al Dios de Daniel, dejando de ser automáticamente una fiera contra el reino de Dios.

La segunda, semejante a un oso, corresponde al pecho de plata de la estatua. Era el imperio medo. Su voracidad refleja la victoria sobre el imperio babilónico.

La tercera, el leopardo, es la equivalente a las piernas de bronce; era el imperio persa. Sus cuatro a las simbolizan la celeridad de sus conquistas en todas las direcciones y sus cuatro cabezas la representación de los cuatro reyes de Persia que conoce la Biblia: Ciro, Jerjes, Artajerjes y Darío el persa.

La cuarta, demasiado horrible y espantosa como para asemejarla a ningún animal, son los pies de hierro y arcilla de la estatua, el imperio griego. Este es verdaderamente el momento histórico que vivía nuestro autor y por el que se interesa. Sus diez cuernos eran diez reyes contemporáneos, de los que no poseemos noticias precisas. El undécimo, que «blasfemará contra el Altísimo, intentará aniquilar a los santos y cambiar el calendario y la Ley», era, sin duda, Antíoco IV Epífanes.

Todos estos reinos habían sido reflejos de la acción de Dios en la tierra. Instrumentos de su Providencia. Hasta aquí la historia. A partir de este momento la profecía escatológica.

La visión continúa. Un anciano de blanca túnica y cabellera blanca, símbolo de la pureza y rectitud, se sienta en un trono de fuego justiciero y purificatorio. «Miles y miles lo servían», toda la angeología persa puesta al servicio de Dios, del anciano de muchos años, del anciano sin principio ni fin. Comienza el juicio; el insolente undécimo cuerno es matado, descuartizado, echado al fuego. A los demás se les deja vivos una temporada. Lo «undécimo» es siempre la máxima imperfección, por ser uno menos de «doce», la perfección suprema como múltiplo de «tres» por «cuatro».

Cuando todo parece concluido, nos encontramos con la más sorprendente novedad, hacia la cual tendía toda esta visión apocalíptica. Entre las nubes del cielo aparece algo así como un hombre a quien se le da «poder, honor y reino». Extraordinario contraste. Es el número «doce». Todos los reinos de la tierra vinieron del océano; el reino de Dios y quien lo sustenta viene de arriba, del mismo Dios. No es semejante a una fiera sino semejante a un ser humano. Es el rey mesiánico anunciado por los profetas, pues a él se le da el «poder real y el dominio sobre todos los reinos bajo el cielo». Nuestro autor identifica este Mesías, hijo de hombre, con el pueblo de los santos del Altísimo. Es un mesianismo colectivo, definitivo y eterno. El triunfo del Cristo total en su tensión escatológica, del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia. Así se lo aplicó a sí mismo Jesús al identificarse con el Hijo del hombre, que vendría sobre las nubes del cielo y con cuantos creen en Él. « ¿Por qué me persigues?», le dirá a Pablo.+

Enviado el Sábado, 02 diciembre a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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