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Lecturas del día 01-12-2017

LITURGIA DE LA PALABRA.

Dn 7,2-14: Su dominio es eterno y no pasa
Interleccional Dn 3,75-81: ¡Ensálcenlo con himnos por los siglos!
Lc 21,29-33: Cielo y tierra pasarán, más mis palabras no pasarán

En este texto Jesús subraya la atención que hay que tener a la hora de discernir los signos de los tiempos y la esperanza fundada en las palabras de Jesús. Con la parábola, Jesús invita a los discípulos que observan los fenómenos de la naturaleza, a poder interpretar los acontecimientos en el mundo. Como al contemplar los brotes de los árboles frutales se espera el advenimiento del verano, así también con la atenta observación de los signos de los tiempos se conoce la proximidad del Reino de Dios. Ésta es una tarea importante de la comunidad cristiana, la de descubrir los signos de vida que surgen desde las situaciones de muerte aparente, para poder anunciar la llegada de ese tiempo de plenitud.

Al igual que el profeta confía en las palabras de Dios (Is 40,8) así el cristiano alimenta su esperanza en las palabras de Jesús. Todo lo que él ha prometido se cumplirá dentro del desarrollo del proceso histórico.

Este texto nos recuerda una vez más que nuestro Dios es el Dios de la historia. A través de ella vamos descubriendo que él camina con la humanidad.

PRIMERA LECTURA.
Daniel 7,2-14
Vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre

Yo, Daniel, tuve una visión nocturna: los cuatro vientos del cielo agitaban el océano. Cuatro fieras gigantescas salieron del mar, las cuatro distintas. La primera era como un león con alas de águila; mientras yo miraba, le arrancaron las alas, la alzaron del suelo, la pusieron de pie como un hombre y le dieron mente humana. La segunda era como un oso medio erguido, con tres costillas en la boca, entre los dientes. Le dijeron: "¡Arriba! Come carne en abundancia." Después vi otra fiera como un leopardo, con cuatro alas de ave en el lomo y cuatro cabezas. Y le dieron el poder.

Después tuve otra visión nocturna: una cuarta fiera, terrible, espantosa, fortísima; tenía grandes dientes de hierro, con los que comía y descuartizaba, y las sobras las pateaba con las pezuñas. Era diversa de las fieras anteriores, porque tenía diez cuernos. Miré atentamente los cuernos y vi que entre ellos salía otro cuerno pequeño; para hacerle sitio, arrancaron tres de los cuernos precedentes. Aquel cuerno tenía ojos humanos y una boca que profería insolencias. Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano de sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas. Un río impetuoso de fuego brotaba delante de él. Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros. Yo seguí mirando, atraído por las insolencias que profería aquel cuerno; hasta que mataron a la fiera, la descuartizaron y la echaron al fuego. A las otras fieras les quitaron el poder, dejándolas vivas una temporada. Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.

Palabra de Dios.

Salmo Interleccional: Daniel 3,75-81
R/:Ensalzadlo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor. R.

Cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor. R.

Manantiales, bendecid al Señor. R.

Mares y ríos, bendecid al Señor. R.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor. R.

Aves del cielo, bendecid al Señor. R.

Fieras y ganados, bendecid al Señor. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Lucas 21,29-33
Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios

En aquel tiempo, puso Jesús una parábola a sus discípulos: "Fijaos en la higuera o en cualquier árbol: cuando echan brotes, os basta verlos para saber que el verano está cerca. Pues, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. Os aseguro que antes que pase esta generación todo eso se cumplirá. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán."

Palabra del Señor.


Reflexión de la Primera Lectura: Daniel 7, 2-14.Su dominio es eterno y no pasa

La visión de Daniel forma parte del género literario apocalíptico. La revelación por medio de sueños es frecuente tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Daniel describe con una dramática viveza el mar agitado y las cuatro bestias, monstruos terribles, que emergen de él. El mar tiene aquí un valor negativo: simboliza el caos primordial o el conjunto de las fuerzas que se oponen a Dios y a sus justos. También las bestias (el cuatro indica totalidad) representan las fuerzas enemigas o los reinos paganos, que, a pesar de su arrogancia, son simples instrumentos de los que se sirve Dios para llevar a cabo sus juicios. En las bestias podemos identificar el reino de Babilonia, el de los medos, el de los persas y, por último, en la cuarta y más terrible, el de los seléucidas de Siria. Siria se asimilaba antiguamente con Asiria, y aquí, en la visión de los diez cuernos (símbolo de poder) y del cuerno más pequeño y más arrogante, se superpone en la de Antíoco IV la imagen de Asur.

La visión continúa ahora como una teofanía: aparece una especie de tribunal celestial presidido por un anciano con vestiduras blancas sobre un trono de fuego.

La imagen del trono móvil provisto de ruedas remite a Ezequiel. La muchedumbre de los que sirven al anciano es innumerable, se abren los libros del juicio y matan a la cuarta bestia, mientras que a las otras se les deja, misteriosamente, un tiempo limitado de vida: el mal amenaza todavía a los fieles, pero su fin está marcado. La visión teofánica culmina con la aparición del Hijo del hombre, figura mesiánica a la que se entrega el señorío eterno sobre todos los pueblos y las naciones.

El capítulo VII de Daniel, que meditamos hoy y meditaremos mañana sábado, es el más importante de toda la apocalipsis bíblica. Por la deslumbrante riqueza de las imágenes, por el potente hábito profético, por la profundidad teológica de los temas... anuncia directamente el Apocalipsis de san Juan.

Leyendo esas palabras ardientes, no olvidemos que Jesús, delante del tribunal del Sumo sacerdote, Caifás -quien conocía también esa profecía- aplicó este texto a Sí mismo, reivindicando así la «igualdad con Dios»... tomando el título de «Hijo del hombre»... anunciando su «venida sobre las nubes del cielo». Y esto le valdrá su condenación a muerte por blasfemo.

-La noche... Tuve una visión: cuatro vientos del cielo... El gran mar... Cuatro bestias enormes: un león... un oso... un leopardo... una bestia con diez cuernos y con dientes de hierro...

No nos apresuremos a pasar por alto esas imágenes, tachándolas de infantiles. Se expresa en ellas una profunda filosofía de la Historia: la sucesión de los reinos terrestres ateos -que no reconocen al verdadero Dios- es una sucesión de regímenes inhumanos, en los que la crueldad y el dominio se ejercen en detrimento de los hombres. Daniel sabía algo de ello puesto que vivía bajo el terrible reino de Antíoco Epifanes, el cual quería doblegar a todo el pueblo e imponerle un modo de vida... falto de respeto por la libertad y la dignidad profunda del hombre.

La tentación de «dominar», de «aplastar», de "doblegar", de «imponer», de «asustar», de "usar la fuerza"... ¿se encuentra también de algún modo en mí?

En la vida conyugal, en la vida profesional, en las discusiones y conversaciones, en las tomas de posición, en las relaciones humanas... ¿Cómo me comporto? ¿Amor o fuerza? ¿Diálogo o certidumbre sectaria? ¿Búsqueda paciente con los demás... o imposición de mi punto de vista? La tentación del «poder», la dialéctica del «amo y del esclavo» llega hasta aquí. No se da sólo en las relaciones económicas, se encuentra ya «en el corazón del hombre». Cambia, Señor, nuestros corazones y mentalidades.

-Continué mirando y vi unos tronos dispuestos y «un Anciano» se sentó... El tribunal se sentó también y se abrieron los libros: la «bestia» fue muerta... Y a las otras bestias se les quitó el dominio...

Es el Juicio de Dios sobre la Historia. Daniel anuncia el próximo fin de los «grandes Imperios» terrestres, el último de los cuales tiraniza al pueblo de Dios. «A las otras bestias se les quitó el dominio». ;Si esto fuese verdad, Señor! ¡Si fuese verdad que los poderes humanos nunca más fuesen «malos» y no abusasen nunca más de su fuerza! Por desgracia, sabemos que la Historia vuelve a empezar.

Pero el Juicio también comienza de nuevo, permanentemente. Cambia nuestros corazones, Señor.

-Yo seguía mirando y vi venir sobre las nubes del cielo, como un Hijo de hombre. ¡He ahí la verdadera «esperanza»!

No solamente una liberación política o económica, por necesaria que ésta sea... sino una liberación interior, el "reino de Dios" mediante de un «Hijo del hombre".

-A El se le dio "el imperio, el honor y el reino": todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno y nunca pasará.

Tú, Señor Jesús, has reivindicado ser ese «Hijo de hombre»... que viene "sobre las nubes del cielo" lo que es propio de los seres celestes.

El viene más del cielo que de la tierra. Ya no es un «mesías», solamente terrestre, cuyo "reino" no es como los demás. «Si mi reino fuese de este mundo, mis soldados hubiesen luchado por mí, a fin de que no fuese yo entregado» (Juan 18, 36).

- Y sin embargo, es «como» un hijo de hombre, ¡pobre y sufriente!

Reflexión del Salmo Interleccional Dn 3,75-81: ¡Ensálcenlo con himnos por los siglos!

En el capítulo 3 del libro de Daniel se halla una hermosa oración, en forma de letanía, un verdadero cántico de las criaturas, que la liturgia de Laudes nos propone muchas veces, en fragmentos diversos.

Ahora hemos escuchado su parte fundamental, un grandioso coro cósmico, enmarcado por dos antífonas a modo de síntesis: «Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos. (...) Bendito el Señor en la bóveda del cielo, alabado y glorioso y ensalzado por los siglos» (vv. 56 y 57).

Entre estas dos aclamaciones se desarrolla un solemne himno de alabanza, que se expresa con la repetida invitación «bendecid»: formalmente, se trata sólo de una invitación a bendecir a Dios dirigida a toda la creación; en realidad, se trata de un canto de acción de gracias que los fieles elevan al Señor por todas las maravillas del universo. El hombre se hace portavoz de toda la creación para alabar y dar gracias a Dios.

2. Este himno, cantado por tres jóvenes judíos que invitan a todas las criaturas a alabar a Dios, desemboca en una situación dramática. Los tres jóvenes, perseguidos por el soberano babilonio, son arrojados a un horno de fuego ardiente a causa de su fe. Y aunque están a punto de sufrir el martirio, se ponen a cantar, alegres, alabando a Dios. El dolor terrible y violento de la prueba desaparece, se disuelve en presencia de la oración y la contemplación. Es precisamente esta actitud de abandono confiado la que suscita la intervención divina.

En efecto, como atestigua sugestivamente el relato de Daniel: «El ángel del Señor bajó al horno junto a Azarías y sus compañeros, empujó fuera del horno la llama de fuego, y les sopló, en medio del horno, como un frescor de brisa y de rocío, de suerte que el fuego no los tocó siquiera ni les causó dolor ni molestia» (vv. 49-50). Las pesadillas se disipan como la niebla ante el sol, los miedos se disuelven y el sufrimiento desaparece cuando todo el ser humano se convierte en alabanza y confianza, espera y esperanza. Esta es la fuerza de la oración cuando es pura, intensa, llena de abandono en Dios, providente y redentor.

3. El cántico de los tres jóvenes hace desfilar ante nuestros ojos una especie de procesión cósmica, que parte del cielo poblado de ángeles, donde brillan también el sol, la luna y las estrellas. Desde allí Dios derrama sobre la tierra el don de las aguas que están sobre los cielos (cf. v. 60), es decir, la lluvia y el rocío (cf. v. 64).

Pero he aquí que soplan los vientos, estallan los rayos e irrumpen las estaciones con el calor y el frío, con el ardor del verano, pero también con la escarcha, el hielo y la nieve (cf. vv. 65-70 y 73). El poeta incluye también en el canto de alabanza al Creador el ritmo del tiempo, el día y la noche, la luz y las tinieblas (cf. vv. 71-72). Por último, la mirada se detiene también en la tierra, partiendo de las cimas de los montes, realidades que parecen unir el cielo y la tierra (cf. vv. 74-75).

Entonces se unen a la alabanza a Dios las criaturas vegetales que germinan en la tierra (cf. v. 76), las fuentes, que dan vida y frescura, los mares y ríos, con sus aguas abundantes y misteriosas (cf. vv. 77-78). En efecto, el cantor evoca también «los monstruos marinos» junto a los cetáceos (cf. v. 79), como signo del caos acuático primordial al que Dios impuso límites que es preciso respetar (cf. Sal 92,3-4; Jb 38,8-11; 40,15-41,26).

Viene luego el vasto y variado reino animal, que vive y se mueve en las aguas, en la tierra y en los cielos (cf. Dn 3,80-81).

4. El último actor de la creación que entra en escena es el hombre. En primer lugar, la mirada se extiende a todos los «hijos del hombre» (cf. v. 82); después, la atención se concentra en Israel, el pueblo de Dios (cf. v. 83); a continuación, vienen los que están consagrados plenamente a Dios, no sólo como sacerdotes (cf. v. 84) sino también como testigos de fe, de justicia y de verdad. Son los «siervos del Señor», las «almas y espíritus justos», los «santos y humildes de corazón» y, entre estos, sobresalen los tres jóvenes, Ananías, Azarías y Misael, portavoces de todas las criaturas en una alabanza universal y perenne (cf. vv. 85-88).

Constantemente han resonado los tres verbos de la glorificación divina, como en una letanía: «bendecid», «alabad» y «exaltad» al Señor. Esta es el alma auténtica de la oración y del canto: celebrar al Señor sin cesar, con la alegría de formar parte de un coro que comprende a todas las criaturas.

5. Quisiéramos concluir nuestra meditación citando a algunos santos Padres de la Iglesia como Orígenes, Hipólito, Basilio de Cesarea y Ambrosio de Milán, que comentaron el relato de los seis días de la creación (cf. Gn 1,1-2,4), precisamente en relación con el cántico de los tres jóvenes.

Nos limitamos a recoger el comentario de san Ambrosio, el cual, refiriéndose al cuarto día de la creación (cf. Gn 1,14-19), imagina que la tierra habla y, discurriendo sobre el sol, encuentra unidas a todas las criaturas en la alabanza a Dios: «En verdad, es bueno el sol, porque sirve, ayuda a mi fecundidad y alimenta mis frutos. Me ha sido dado para mi bien y sufre como yo la fatiga. Gime conmigo, para que llegue la adopción de los hijos y la redención del género humano, a fin de que también nosotros seamos liberados de la esclavitud. A mi lado, conmigo alaba al Creador, conmigo canta un himno al Señor, nuestro Dios. Donde el sol bendice, allí bendice la tierra, bendicen los árboles frutales, bendicen los animales, bendicen conmigo las aves».

Nadie está excluido de la bendición del Señor, ni siquiera los monstruos marinos (cf. Dn 3,79). En efecto, san Ambrosio prosigue: «También las serpientes alaban al Señor, porque su naturaleza y su aspecto revelan a nuestros ojos cierta belleza y muestran que tienen su justificación» (ib., pp. 103-104).
Con mayor razón, nosotros, los seres humanos, debemos unir a este concierto de alabanza nuestra voz alegre y confiada, acompañada por una vida coherente y fiel.

Reflexión Primera el Santo Evangelio .Lc 21,29-33: Cielo y tierra pasarán, más mis palabras no pasarán

« ¿Cuándo sucederá todo esto?», preguntan los discípulos (21,7). Jesús se toma las cosas con calma, y casi parece querer evitar una respuesta directa; por último, proporciona un criterio muy simple, tomado de la experiencia. Una brevísima comparación o parábola en tres versículos relaciona la sabiduría campesina, que reconoce en los fenómenos naturales la llegada de las estaciones (w 29ss), con la venida del Reino preanunciado por los fenómenos cósmicos que acaba de describir. Lo que cuenta para Lucas no es la previsión exacta de los tiempos, sino la proximidad del Reino (y de la liberación: cf. v. 28): el Reino está cerca, ya está incluso en medio de nosotros.

La afirmación «os aseguro que no pasará esta generación antes que de todo esto suceda» (v. 32) se refiere, probablemente, a la caída de Jerusalén, de la que tanto Lucas como su comunidad ya han tenido experiencia; sin embargo, paradójicamente, también resulta verdadera aplicada a los acontecimientos escatológicos, porque la medida del tiempo resulta secundaria respecto al deber de la vigilancia y al valor eterno de la Palabra de Jesús (v. 33). La preocupación por conocer de manera anticipada lo que sucederá y cuándo tendrá lugar queda vaciada de sentido: responder a la llamada y adherirse a la Palabra introduce ahora y de inmediato al cristiano en la realidad nueva del Reino.

Es sencillo comprender cuándo será el fin del mundo, nos dice Jesús con ironía. Basta con observar cuándo germina la higuera para saber que el verano está cerca. Es algo natural, algo que se repite todos los años, algo por lo que el campesino experto no se deja sorprender. No pasará nuestra generación antes de que tenga lugar: no se trata de fantasías milenaristas, sino que se trata de vivir plenamente nuestra vida, que nos ha sido dada precisamente para eso. No es preciso esperar al fin del mundo para convencernos de que su Palabra permanece para siempre y para optar, de una vez por todas, por confiamos a él, antes que a las potencias de este mundo, que parecen mejor dispuestas.

Las aterradoras bestias del sueño de Daniel no resisten la visión del trono radiante sobre el que se sienta el anciano de los días; Daniel, en cambio, la resiste muy bien con los ojos puros de la fe, y se le concede ver la conclusión positiva de la visión. El poder de las fuerzas del mal está limitado en el tiempo y en el espacio, a pesar de que infunda terror. Los creyentes han elegido otro poder, un poder que no tiene límites: es innumerable el ejército de los que sirven al anciano de los días, es eterno el reino entregado al Hijo del hombre ha terminado su propia misión, ha agotado el tiempo recibido para este fin.

Antes que pase esta generación todo se cumplirá. Algunos exegetas pensaron que el fin del mundo estaba cerca. Por eso, san Pablo creía que algunos de sus contemporáneos verían la segunda venida de Cristo (1Ts 4,15). Es verdad que muchos contemporáneos de Jesús vieron la caída de Jerusalén, prefiguración del fin del mundo.

Pero las palabras del evangelio tienen un sentido más profundo. Más allá del tiempo, Dios ha creado el mundo y le ha impreso un ritmo irreversible. Nada puede existir si Dios no le ha dado la vida, pero tampoco puede pasar nada hasta que no se haya cumplido aquello para lo que ha sido creado. Todo llega cuando el tiempo se ha cumplido (Lc 1,20). Esto es válido, con mayor razón, para la vida del hombre.

Algunas muertes llegan tan de repente que nos parecen una interrupción en el cumplimiento de la misión. Pero es sólo una ilusión humana. Las tareas que Dios nos da no son las que nosotros creemos ver. Dios no llama a nadie a Él antes de tiempo, sino sólo cuando se ha cumplido todo lo que pertenece a esa vida.

Mis palabras no pasarán. Todo pasa, nada es, decía el filósofo griego Heráclito, que terminó muriendo de pena. Por eso, la filosofía griega se esforzaba por encontrar en el mundo algo estable. Los filósofos clásicos llegaron a la conclusión de que sólo las ideas son estables e inmutables. Platón ha desaparecido hace siglos, pero sus ideas aún viven y sus libros aún se leen. La historia de los pueblos está formada, sobre todo, por su cultura, que nace de las ideas de los grandes. Estas ideas viven en los libros, en la enseñanza, en el lenguaje del pueblo. Son como el clima espiritual en que crecemos también nosotros. Pero cuando los idealistas sostienen estas cosas, exageran. Las ideas humanas también se olvidan y tergiversan.

En el fondo, también la Biblia relata la historia del pensamiento pero no humano, sino divino. Dios lo expresa con su palabra y lo que dice es realidad eterna. Cristo es Dios: sus palabras, aunque dichas en lengua humana, son la historia y su sentido eterno.

Reflexión Segunda del Santo Evangelio Lc 21, 29-33, Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios.

El texto incluye dos observaciones de carácter apocalíptico: una parábola relacionada con los signos del final (21, 29-31) y una sentencia enigmática sobre la cercanía de ese fin (21, 32-33).

Como son señal de primavera los nuevos brotes de los arboles, señalan hacia el fin del mundo los acontecimientos a que aluden los pasajes precedentes: la guerra entre los pueblos, la persecución de los creyentes la inestabilidad del cosmos y su muerte (cfr. 21, 7-26).

Profundizando en la experiencia del evangelio sé puede precisar como señal del fin la misma estructura limitada del hombre y de su historia. El ser del hombre se halla abierto hacia el futuro (hacia una hondura) que desborda todas sus posibilidades actuales. Su vida es un hacerse que camina, por un lado, hacia lo que es siempre mayor y que se encuentra, por el otro, limitado por la muerte en esta situación, colocado ante el misterio de Dios que es realidad de plenitud de amor y trascendencia, el mismo ser del hombre está llevando en su existencia las señales del final (que es, a la vez, la muerte y la corrupción transformadora de Dios sobre nosotros).

Sin embargo, el signo definitivo de la meta de la historia es la verdad de la muerte y resurrección del Cristo. La muerte de Jesús nos muestra que la vida del hombre y de la tierra acaba en la violencia de un silencio, de un fracaso; pero sobre esa muerte puede iluminarse el gran mensaje de la vida nueva de Dios que nos transforma (Pascua). Teniendo esto en cuenta, cuando se nos dice que «están ahí» los signos del final tenemos que pensar en la estructura del mundo, en la maldad de las naciones, en la vida limitada de los hombres; pero, a la vez y sobre todo, tenemos que fijarnos en el gesto de Jesús crucificado y vivo. Sólo allí se sabe lo que puede ser el mundo. Junto a esta parábola escuchamos la sentencia enigmática que afirma: «Os aseguro que, antes que pase esta generación, todo esto se cumplirá» (21, 32-33). Históricamente analizada, esta sentencia puede reflejar la voz de Jesús; con los apocalípticos del tiempo habría supuesto que el fin del mundo estaba muy cercano. También puede ser una advertencia de algún grupo de la Iglesia, que intenta mantener en la comunidad el entusiasmo escatológico. Para nosotros es difícil precisar hoy su origen y primer sentido. Sin embargo, situada sobre el trasfondo de la muerte y resurrección de Jesús esa sentencia se nos vuelve internamente luminosa.

Afirmar que no pasará esta generación antes de que el fin se cumpla significa ante todo una cercanía «cualitativa». No se trata de que Dios se manifieste temporalmente, mañana. Se trata de saber que cada día de la historia estamos abiertos al final y rodeados del misterio fundamental de lo divino. Evidentemente, cuando, los tiempos se hacen duros, cuando la autoridad política demuestra su rostro más perverso, debe encenderse la esperanza de que viene el fin del mundo (la parusía de Jesús sobre la historia). Sin embargo, lo que importa es el saber que en todos los momentos (en los buenos y en los malos) la verdad de la pasión, de la cruz y de la Pascua de Jesús nos fundamenta desde dentro, nos ofrece una esperanza y nos afirma que el mundo (y nuestra vida) es realidad que internamente está acabando.

Reflexión Tercera del Santo Evangelio: Lc 21,29-33,. El cielo y la tierra pasarán.

LA RUINA DE JERUSALÉN ES EL INICIO DEL REINADO UNIVERSAL DE DIOS

Con la parábola de la higuera (21,29-30), Jesús instruye a los discípulos sobre el 'cuándo' que tanto les preocupaba (cf. v. 7a). La caída de Jerusalén (21,31) no significaría en modo alguno la restauración de Israel, sino el inicio del reinado universal de Dios. En este momento caerán todas las barreras ideológicas, religiosas y nacionalistas. Israel esperaba que el Mesías fuera el arma secreta en su lucha secular contra los opresores. Después del gran fracaso del Mesías, los discípulos irán comprendiendo -no sin resistirse- que Jesús les hablaba de un nuevo orden de cosas. La destrucción de Jerusalén y la entrada de los paganos acaecerán dentro de la generación contemporánea de Jesús. La presencia y la incidencia de las comunidades cristianas en el mundo son testimonio de que sus palabras siguen teniendo vigencia (21,32-33).

En el evangelio se nos advierte, usando una comparación botánica, de la proximidad del reinado de Dios. Llama la atención el cambio respecto a los textos paralelos de Mateo y Marcos. Ellos hablan del fin del mundo. Lucas, en cambio, se refiere a la proximidad del reino en relación con la predicación de Jesús.

El fragmento que meditamos hoy contiene, pues, una parábola (la de la higuera), una aplicación dos pequeños dichos de Jesús, traídos probablemente de otros contextos. Jesús invita a fijarnos en la higuera o en cualquier árbol de hoja caduca. Cuando observamos que echa brotes caemos en la cuenta de que la primavera está cerca. Si somos capaces de observar esto, también podemos saber que cuando sucedan "estas cosas" el reino de Dios está ya cerca. Se trata, pues, de una realidad que no irrumpe abruptamente sino que se va abriendo paso como la savia que hace brotar hojas nuevas en los árboles tras los rigores del invierno.

Los dichos se refieren a la inminencia de este proceso ("antes que pase esta generación") y a la seriedad del mensaje que Jesús anuncia ("mis palabras no pasarán").

Hay que estar atentos a las señales de los tiempos y de los lugares; son elocuentes para indicarnos algo de la voluntad de Dios sobre nuestras vidas. El Concilio Vaticano II retomó con fuerza el tema de los "signos de los tiempos": "es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos. Es necesario comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones" (GS 4). En el fondo, no debemos esperar encontrar la fecha de cumplimientos de profecías viejas o premoniciones presentidas: es la cercanía o lejanía del Reino (v. 31) lo que nosotros podemos y debemos discernir de entre los signos de los tiempos.

******************

En los iconos del juicio final hay dos ángeles que cierran el rollo de la cúpula celestial. Cuando el rollo estaba abierto se veían brillar el sol, las estrellas y la luna. Ahora el libro ya se ha leído, se enrolla y se guarda. En los relatos mitológicos el tiempo es eterno, es el dios Cronos que ha generado a dioses y a hombres. Su símbolo es una rueda que gira y gira o una serpiente que se muerde la cola. En este mundo todos tenemos las horas contadas, y la rueda de la viela nos destruirá. La tierra tiene un tiempo más largo a su disposición, los siglos, pero también estos pasarán. Después de nuestra tierra, habrá tierras nuevas, imaginaban los paganos.

La concepción bíblica es distinta. Dios no ha nacido en el tiempo, sino que, por el contrario, Él da el tiempo a la tierra y a los hombres. El tiempo donado quiere decir misión, tarea. Quien ha terminado su propia misión, ha agotado el tiempo recibido para este fin.

Antes que pase esta generación todo se cumplirá. Algunos exegetas pensaron que el fin del mundo estaba cerca. Por eso, san Pablo creía que algunos de sus contemporáneos verían la segunda venida de Cristo (1Ts 4,15). Es verdad que muchos contemporáneos de Jesús vieron la caída de Jerusalén, prefiguración del fin del mundo.

Pero las palabras del evangelio tienen un sentido más profundo. Más allá del tiempo, Dios ha creado el mundo y le ha impreso un ritmo irreversible. Nada puede existir si Dios no le ha dado la vida, pero tampoco puede pasar nada hasta que no se haya cumplido aquello para lo que ha sido creado. Todo llega cuando el tiempo se ha cumplido (Lc 1,20). Esto es válido, con mayor razón, para la vida del hombre.

Algunas muertes llegan tan de repente que nos parecen una interrupción en el cumplimiento de la misión. Pero es sólo una ilusión humana. Las tareas que Dios nos da no son las que nosotros creemos ver. Dios no llama a nadie a Él antes de tiempo, sino sólo cuando se ha cumplido todo lo que pertenece a esa vida.

Mis palabras no pasarán. Todo pasa, nada es, decía el filósofo griego Heráclito, que terminó muriendo de pena. Por eso, la filosofía griega se esforzaba por encontrar en el mundo algo estable. Los filósofos clásicos llegaron a la conclusión de que sólo las ideas son estables e inmutables. Platón ha desaparecido hace siglos, pero sus ideas aún viven y sus libros aún se leen. La historia de los pueblos está formada, sobre todo, por su cultura, que nace de las ideas de los grandes. Estas ideas viven en los libros, en la enseñanza, en el lenguaje del pueblo. Son como el clima espiritual en que crecemos también nosotros. Pero cuando los idealistas sostienen estas cosas, exageran. Las ideas humanas también se olvidan y tergiversan.

En el fondo, también la Biblia relata la historia del pensamiento pero no humano, sino divino. Dios lo expresa con su palabra y lo que dice es realidad eterna. Cristo es Dios: sus palabras, aunque dichas en lengua humana, son la historia y su sentido eterno.

Reflexión Cuarta del Santo Evangelio Lc 21, 29-33-Cuando empiece a suceder esto poneos derechos y alzad la cabeza...

Jesús acaba de anunciar el «fin de Jerusalén» y, simbólicamente o realmente, el «fin del mundo»... sus venidas al mundo eran el presagio de su venida definitiva. Su gran preocupación es tratar de evitar a sus apóstoles toda angustia y pánico.

-Cuando empiece a suceder esto poneos derechos y alzad la cabeza...

La Iglesia anda «encorvada» bajo el peso de las pruebas y de las persecuciones, Jesús le pide de enderezarse, de alzar la cabeza.

Lo que, para mucha gente, aparece como una destrucción y un juicio terribles, para los creyentes, por el contrario, debe aparecer como el comienzo de la salvación...

-Porque vuestra redención está cerca.

Esta palabra, tan frecuente en san Pablo (Co 1, 30; Rm 3, 24; 8, 23; Col 1, 14) sólo es usada en esas citas, y en ninguno de los evangelios. El término «redención» procede del latín «redemptio»; mejor sería traducirlo directamente del griego «apolutrôsis» por el término «liberación».

"¡Vuestra liberación está cerca!"

Señor, ayúdame a considerar todo acontecimiento de la historia, como una etapa que me acerca a la «liberación» .

-Y les puso una comparación: Fijaos en la higuera o en cualquier otro árbol: Cuando echan brotes, os basta verlos, para saber que el verano ya está cerca.

Me agrada esa comparación.

Un árbol en primavera. ¿Qué hay de más hermoso? ¿de más prometedor? Me imagino una higuera o un manzano lleno de brotes tiernos. Después del invierno es una promesa del verano. Guardo unos momentos esta imagen en mi imaginación.

Para Jesús la cercanía del «fin» es un acercarse a la primavera.

¡El verano está cerca!

La Pasión empezará dentro de unos días (Lucas 22). Cuando esos sucesos anunciadores del fin de Jerusalén, del fin del mundo, de vuestro fin personal... comenzarán, ¡enderezaos, levantad la cabeza, porque vuestra liberación está cerca, viene el verano!

Del mismo modo, también vosotros, cuando veáis que suceden todas estas cosas, sabed que el reino de Dios está cerca.

-«Los hombres se morirán de miedo en el temor de las desgracias que sobrevendrán en el mundo.»

«Vosotros, ¡enderezaos! ¡El Reino de Dios está cerca!» Prácticamente en Palestina no hay primavera, de tal modo es rápido el paso del invierno al verano: ¡toda la naturaleza florece de una vez!

Con esto, Jesús da a sus amigos unas imágenes de la muerte... y del fin del mundo. De otra parte distingue netamente a los creyentes de los demás hombres que están espantados.

Más que contestar a la pregunta de sus amigos sobre la fecha de la destrucción del Templo, Jesús les indica las actitudes que deben tomar. "De lo que estáis contemplando, días vendrán en los que no quedará piedra sobre piedra".

-Maestro, ¿cuándo sucederá?- Cuando esto suceda, enderezaos» La primera actitud ante los anuncios escatológicos, es... ¡la esperanza!

-El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán...

La segunda actitud, es... ¡la confianza! La certeza de que Dios no puede fracasar, que las palabras divinas son sólidas, no son frágiles, ni caducas.

En el día de hoy ¿dan los cristianos testimonio de esa seguridad tranquila de la que Jesús daba prueba, pocos días antes de su muerte? ¡Señor, danos una fe más sólida!

Elevación Espiritual para este día.

Sólo una vez al año, pero al menos una vez, el mundo que vemos deja aparecer sus posibilidades escondidas, en cierto sentido se manifiesta. Brotan hojas, yemas y flores en los árboles y nacen la hierba y el trigo en los campos. Es como una irrupción, imprevista y violenta, de la vida escondida que Dios ha introducido en el mundo material. Pues bien, todo esto es como una pequeñísima demostración de lo que el mundo puede hacer a una orden de Dios cuando él dice una palabra. Del mismo modo que ahora explota esta tierra en una primavera de hojas y yemas, así un día se abrirá, transformándose en un nuevo mundo de luz y de gloria, y veremos allí a los santos y a los ángeles que habitan en él.

Así será la llegada de esa primavera eterna que todos los cristianos esperan. Vendrá ciertamente, aunque se retrase. Esperémosla, porque «es seguro que vendrá y no tardará» (Heb 10,37). Por eso nos decimos cada día: «Venga a nosotros tu Reino». Y eso significa: «Muéstrate, Señor, manifiéstate; tú que te sientas entre los querubines, muéstrate»; «Despierta tu poder y ven a salvarnos» (Sal 79,3). La tierra que está ante nuestros ojos no nos satisface: es sólo un comienzo, es sólo la promesa de algo que está más allá; incluso cuando está en completa fiesta con sus flores, incluso cuando muestra, de modo conmovedor, todo lo que vive escondido en ella, ni siquiera entonces nos basta. Sabemos que hay mucho más de lo que podemos ver. Un mundo de santos y de ángeles, un mundo lleno de gloria, la morada de Dios, el monte del Dios de los ejércitos, la Jerusalén celestial, el trono de Dios y de Cristo: todas esas maravillas que nunca tendrán fin, todo lo que es precioso, misterioso, incomprensible y está oculto en lo que vemos. Lo que podemos ver no es más que la envoltura de un Reino eterno, y hacia ese Reino se dirigen los ojos de nuestra fe.

Reflexión Espiritual para este día.

Hay también algo más en este mundo, en este tiempo, en esta vida de vigilia. Dios no se retrasa en el último día, sino que viene ya: existe un futuro y existe un presente, un futuro que es una plenitud y una riqueza de esperanza, y un presente que posee ya una belleza, una plenitud, una felicidad única. Pues bien, estos encuentros, estos momentos de felicidad o de facilidad son momentos de Dios; allí donde hay belleza, riqueza, dulzura, bienaventuranza, tranquilidad, sentido de vida, verdadera claridad, allí hay presencia de Dios, porque Dios es todo eso. Debemos administrar bien esos momentos, del mismo modo que el viajante que caminara de noche y lamentara la oscuridad bendeciría la centella de un relámpago. Es un momento, pero a ese momento se le ha dado la certeza que da la luz, la certeza de que el camino por el que va es el bueno, de que no camina en vano.

Así es la economía de Dios: el Señor concede relámpagos, resplandores, fulgores que orientan el corazón y le dan una advertencia y una orientación: es el toque de Dios, el digitus Dei, que nos indica cómo debemos caminar.

Y, después, Dios vuelve a estar casi ausente, desaparece y calla. Este Amigo vigilante deja de hablar; está presente y calla. No importa. Si hemos gozado bien de los buenos momentos, no debemos temer a los oscuros, pues no son peligrosos. No serán momentos de plenitud, sino de deseo, de fidelidad, de amor no afectivo, sino efectivo; serán los documentos que prueban que deseamos amar al Señor aunque no nos dé sus dones. Le queremos a él, no sus dones. En un cielo que no tiene nombre, en una ebriedad que no tiene confines, en una luz que no tiene parangón posible, el último don es él mismo.

El rostro de los personajes, pasajesy narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Santa Iglesia.)… Las bestias y el hijo del Hombre.

El capítulo séptimo de Daniel, seccionado litúrgicamente en dos lecturas, pero inseparable a la hora de su interpretación, es la primera visión del libro de Daniel expresada en lenguaje estrictamente apocalíptico. Lo seguirán otras tres, compendiadas en los capítulos 8—12. Si bien todos estos apocalipsis o revelaciones dicen relación entre sí, parece críticamente cierto que se trata de unidades independientes y autóctonas escritas por el mismo autor durante los años 168-164 a. C., aunque quizás no el mismo orden en que ahora se encuentran.

Desde el punto de vista literario nuestro apocalipsis del capítulo séptimo difiere de los demás tanto por la elegancia de su estilo como por el hecho de estar escrito en arameo mientras los otros lo están en griego. Como técnica propia del estilo apocalíptico pronto nos percataremos de que se nos ofrecen como profecías de futuro lo que no son sino hechos concretos de una historia pasada. No suponía entonces engaño alguno. Tan sólo se intentaba garantizar la acción salvífica de Dios en el presente como históricamente lo había sido en el pasado. Sus contemporáneos lo entendían a la perfección. Intentémoslo nosotros.

Los elementos simbólicos con que nos encontramos son: el gran mar, los cuatro vientos, las cuatro bestias, el pequeño cuerno, el anciano de días y el hijo del hombre, aparte otros pequeños detalles de números y colorido. Para comprenderlos y entender el mensaje en ellos encerrado, intentemos situarnos histórica, y sicológicamente en el mundo del autor y su mentalidad judía, profética y apocalíptica a la vez. Va a jugar con la historia y la mitología, con la tradición y el futurismo mesiánico. La meta a alcanzar es crear la convicción de que en el final de los tiempos, que se presenta ya próximo, el reino de Dios será entregado al pueblo de los santos de Dios, los hasidim, el resto profético. Veamos su maravillosa presentación apocalíptica.

Como al principio de la creación todo fue obra del «viento» actuando sobre el «tohu wavohu», el océano primitivo, así ahora los cuatro vientos del cielo agitan el océano. Lo que salga de él será obra del «ruah» de Yavé. Así aparecieron las cuatro bestias, identificadas con los cuatro grandes imperios conocidos desde el destierro babilónico por el autor: babilonios, medos, persas y griegos. En el transfondo parece escucharse: también ellos, en su espectacular poderío, han sido marionetas bajo la providencia de Dios.

La primera bestia, semejante al león con alas de águila, es una exacta correspondencia con la cabeza de oro de la estatua del capítulo segundo. Su descripción nos recuerda los querubes guardianes de los grandes palacios y templos babilónicos y del paraíso perdido. León y águila representan a los reyes del mundo animal. El autor no deja pasar ocasión para manifestar, no sabemos por qué, su benevolencia hacia los babilonios. Incluso a esta bestia se la humaniza para darle un «corazón de hombre»; quizás porque reconoció al Dios de Daniel, dejando de ser automáticamente una fiera contra el reino de Dios.

La segunda, semejante a un oso, corresponde al pecho de plata de la estatua. Era el imperio medo. Su voracidad refleja la victoria sobre el imperio babilónico.

La tercera, el leopardo, es la equivalente a las piernas de bronce; era el imperio persa. Sus cuatro alas simbolizan la celeridad de sus conquistas en todas las direcciones y sus cuatro cabezas la representación de los cuatro reyes de Persia que conoce la Biblia: Ciro, Jerjes, Artajerjes y Darío el persa.

La cuarta, demasiado horrible y espantosa como para asemejarla a ningún animal, son los pies de hierro y arcilla de la estatua, el imperio griego. Este es verdaderamente el momento histórico que vivía nuestro autor y por el que se interesa. Sus diez cuernos eran diez reyes contemporáneos, de los que no poseemos noticias precisas. El undécimo, que «blasfemará contra el Altísimo, intentará aniquilar a los santos y cambiar el calendario y la Ley», era, sin duda, Antíoco IV Epífanes.

Todos estos reinos habían sido reflejos de la acción de Dios en la tierra. Instrumentos de su Providencia. Hasta aquí la historia. A partir de este momento la profecía escatológica.

La visión continúa. Un anciano de blanca túnica y cabellera blanca, símbolo de la pureza y rectitud, se sienta en un trono de fuego justiciero y purificatorio. «Miles y mijes lo servían», toda la angeología persa puesta al servicio de Dios, del anciano de muchos años, del anciano sin principio ni fin. Comienza el juicio; el insolente undécimo cuerno es matado, descuartizado, echado al fuego. A los demás se les deja vivos una temporada. Lo «undécimo» es siempre la máxima imperfección, por ser uno menos de «doce», la perfección suprema como múltiplo de «tres» por «cuatro».

Cuando todo parece concluido, nos encontramos con la más sorprendente novedad, hacia la cual tendía toda esta visión apocalíptica. Entre las nubes del cielo aparece algo así como un hombre a quien se le da «poder, honor y reino». Extraordinario contraste. Es el número «doce». Todos los reinos de la tierra vinieron del océano; el reino de Dios y quien lo sustenta viene de arriba, del mismo Dios. No es semejante a una fiera sino semejante a un ser humano. Es el rey mesiánico anunciado por los profetas, pues a él se le da el «poder real y el dominio sobre todos los reinos bajo el cielo». Nuestro autor identifica este Mesías, hijo de hombre, con el pueblo de los santos del Altísimo. Es un mesianismo colectivo, definitivo y eterno. El triunfo del Cristo total en su tensión escatológica, del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia. Así se lo aplicó a sí mismo Jesús al identificarse con el Hijo del hombre, que vendría sobre las nubes del cielo y con cuantos creen en Él. « ¿Por qué me persigues?», le dirá a Pablo.+

Enviado el Viernes, 01 diciembre a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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