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Lecturas del día 30-11-2017

LITURGIA DE LA PALABRA.

Rm 10,9-18: Nadie que cree en él quedara defraudado
Salmo responsorial 18: A toda la tierra alcanza su pregón
Mt 4,18-22: Dejando la barca y a su padre, le siguieron.

Encontramos en el evangelio de hoy varios elementos del llamado al seguimiento, que Jesús dirige a todas las personas y comunidades.

Jesús toma la iniciativa. No esperó, sino salió al encuentro y tomó la palabra: “Vengan conmigo...”. El se acerca a nuestra vida cotidiana, en nuestro trabajo, en nuestra comunidad. Tenemos que aprender a ser sensibles a sus acercamientos, en las personas necesitadas, en las situaciones de compromiso en favor de la justicia, en los llamados a defender la vida…

Jesús no nos llama a seguirlo para aislarnos del resto de su pueblo. Nos invita a un servicio para la vida, a realizarse en medio de la comunidad. Él llamó a los discípulos para comprometerles en una misión que suponía seguirle y para transmitirles un mensaje que, a la vez, debe vivirse en el camino.

Esta invitación de Jesús afecta a toda la persona. Por eso, los discípulos no se quedaron con las redes. Fue necesario para ellos un cambio de vida. Así también con nosotros, no podemos seguir siendo iguales, después de acoger la invitación que Jesús nos hace.

Jesús hace también la misma invitación a las comunidades cristianas del presente.

PRIMERA LECTURA.
Romanos 10,9-18.
La fe nace del mensaje, y el mensaje consiste en hablar de Cristo.

Si tus labios profesan que Jesús es el Señor, y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás. Por la fe del corazón llegamos a la justificación, y por la profesión de los labios, a la salvación.

Dice la Escritura: "Nadie que cree en él quedará defraudado." Porque no hay distinción entre judío y griego; ya que uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan. Pues "todo el que invoca el nombre del Señor se salvará". Ahora bien, ¿cómo van a invocarlo si no creen en él?; ¿cómo van a creer, si no oyen hablar de él?; y ¿cómo van a oír sin alguien que proclame?; y ¿cómo van a proclamar si no los envían? Lo dice la Escritura: "¡Qué hermosos los pies de los que anuncian el Evangelio!"

Pero no todos han prestado oído al Evangelio; como dice Isaías: "Señor, ¿quién ha dado fe a nuestro mensaje?" Así, pues, la fe nace del mensaje, y el mensaje consiste en hablar de Cristo. Pero yo pregunto: "¿Es que no lo han oído?" Todo lo contrario: "A toda la tierra alcanza su pregón, y hasta los límites del orbe su lenguaje."

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 18
R/.A toda la tierra alcanza su pregón.

El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa su mensaje, la noche a la noche se lo susurra. R.

Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO
Mateo 4,18-22
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron

En aquel tiempo, pasando Jesús ante el lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: "Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres." Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

Palabra del Señor.


Reflexión de Primera lectura: Romanos 10,9-18. La fe nace del mensaje, y el mensaje consiste en hablar de Cristo.

Los cristianos tenemos una fórmula de fe sumamente concentrada. Nos basta decir con fe: "Jesucristo" = Jesús es Cristo, para quedar justificados. Nos basta decir de corazón: Jesús es Señor, para quedar salvados. Aceptar que Jesús es el único Salvador, el único Señor. No creer en ningún otro Mesías, no aceptar ningún otro Señor. Que nuestro corazón no tenga más dueño que Jesús ni se someta a otra tiranía que la del amor.

Este Credo o este evangelio no se aprende en ninguna escuela teológica. «Está cerca de ti: lo tienes en los labios y en el corazón».

Este Credo está al alcance de todos. «Todo el que invoque el nombre del Señor Jesús -de palabra, con la mente y el corazón- se salvará, sea judío o griego, católico o protestante, obispo o laico, de derechas o de izquierdas, de la ciudad o del pueblo». «¡Se salvará!».

Los paganos no buscaban la justicia, no se preocupaban de agradar a Dios; pero la justicia en persona salió a su encuentro. Los judíos, en cambio, tenían la ley de la justicia, pero no llegaron ni a cumplir la ley; menos aún llegaron a la meta a que conducía la ley, Cristo, que da la justicia a todo el que cree.

Porque el problema no está en caminar o correr, sino en hacerlo en la dirección acertada; mejor dicho, está en dejarse tomar por el que nos lleva a la meta. Lo importante no es subir al cielo o bajar al abismo por las propias fuerzas, sino comprender que Cristo ha muerto y ha resucitado (ha bajado al abismo y ha subido al cielo) por nosotros y que en este misterio tenemos el principio de una nueva vida.

El que cree en él no quedará confundido, el que invoca el nombre del Señor se salvará. Este «Señor» es Cristo resucitado, rico para todos los que le invocan. Es decir, que su misterio de muerte y resurrección pasa a ser realidad en nuestra vida y nos da una verdadera victoria sobre las fuerzas del mal, que querrían poder reírse de nosotros. Volviendo al problema de la infidelidad de los judíos, Pablo repite que, por su voluntad de construirse una justicia propia, los judíos se negaron a recibir la justicia como don de Cristo.

A continuación afirma enfáticamente que Cristo y los apóstoles les habían presentado el anuncio de la salvación con el máximo de credibilidad («Bienvenidos los que traen buenas noticias»), pero no lo aceptaron. Negaron la luz del sol, que corre de un extremo al otro de la tierra; rechazaron a Dios, que estaba todo el día extendiendo sus brazos hacia ellos.

En la explicación y polémica sobre por qué ya no hay diferencia entre judíos y gentiles, Pablo recurre a tres textos del AT aplicados a Dios y a la fe de Israel, y los aplica a Jesús y a la fe cristiana: Dt 30,14; Is 28,16; Jl 3,5. Y. con esta elaboración, explica cuál es la fe cristiana y cómo a través de esta fe se obtiene la salvación.

Pablo recoge la que probablemente es la fórmula de fe más antigua de los cristianos: Kyrios lesous, Jesús es el Señor. La proclamación pública de esta fe ("en los labios") y la adhesión interior ("en el corazón") a todo lo que significa, es lo que justifica y salva. Por tanto, evidentemente, no hay diferencias entre judíos y gentiles. De lo que se trata es, pues, de tener a Jesús como Señor, con una fe que incluye, además de la profesión pública y la adhesión interior antes mencionadas, la "invocación" de su nombre, la confianza en su salvación.

Reflexión del Salmo 18. A toda la tierra alcanza su pregón.

"Se lanzó gozoso como un gigante a correr su carrera; sale de lo más elevado del cielo para volver allí otra vez". La Iglesia quiere contemplar el camino de Cristo, el camino que le ha servido para redimirnos. ¡Heroico camino! ¡Saltos de gigante! "Con un salto de este género vino al mundo", dice San Ambrosio. "Estaba en el Padre, vino a la Virgen y de la Virgen saltó al pesebre. Estaba en el pesebre y al mismo tiempo seguía resplandeciendo en el cielo. Descendió al Jordán, subió a la cruz. Bajó al sepulcro, resucitó de él y está sentado a la diestra del Padre". ¿Qué fuerza sería capaz de conducirle en este salto del cielo a la tierra, a no ser la fuerza esencial de la divinidad, el amor? Viene Él para seguir su camino y llevarnos consigo, en audaz salto, desde la cruz al trono del Padre; a condición, empero, de que estemos libres del lastre de preocupaciones y pecados. Se trata de un camino difícil y las luchas que tendremos que trabar al lado del Señor van a ser duras; debemos, por lo mismo, estar preparados.

"¡Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas, vistámonos las armas de la luz!¡Caminemos con honradez y como a la luz del día, no viviendo en comilonas o embriagueces, ni en la lujuria o en el libertinaje, ni en querellas o envidias; antes bien, revestíos del Señor Jesucristo!"

Debemos desprendernos de nuestra naturaleza concupiscente e inclinada al pecado para revestirnos de la humanidad crucificada de Jesucristo. Sólo así lograremos recorrer el gigantesco camino del Señor. El misterio obra la glorificación, pero únicamente en quien se halla crucificado con Cristo y en quien haya dado muerte a toda maldad y mala concupiscencia. Desde que Cristo se encarnó nos es posible, a pesar de ser carne pecadora, el ser obedientes a Dios. "El Señor Jesús vino y obra virtuosamente en la carne sometida al pecado. De esta forma nuestros miembros no son ya armas de la lujuria, sino de la fuerza" (San Ambrosio, al Sal 118, 42).

Cristo Sol del mundo.

Este sol es Cristo -el Sol de justicia y un escritor eclesiástico comenta:"¿Cuál es esta alcoba nupcial, de donde sale el Esposo, sino el seno de la Virgen inmaculada en donde el Verbo se ha desposado con la naturaleza humana?"

Si nos vamos con la imaginación a la noche de Belén, un himno de Ambrosio-dignísimo por su poesía y calado doctrinal-, que describe la estancia silenciosa del Verbo en el seno de la Santísima Virgen, invita al corazón a recogerse suspirando por el Niño Dios, al que María está a punto de dar a luz: "Se dilatan las entrañas de la Virgen, sin que ese claustro sufra menoscabo en su pudor, y relucen los estandartes de todas las virtudes, porque Dios se halla en su Templo. Que salga ya de su tálamo, de ese palacio purísimo, el Héroe Dios y Hombre, para recorrer decididamente su camino."

Y, prosigue Agustín: "En su camino nació, creció, enseñó, padeció y resucitó; corrió por el camino, no paró en su sendero. Después, este mismo Esposo colocó en el sol, es decir, a la vista, su tienda, que es su Iglesia."
El cuadro de la Virgen con el Niño presidió el vestíbulo de la Historia humana y presidirá el tránsito de la Historia a la eternidad.

San Agustín -al igual que Jerónimo- comenta que este fuego es el Espíritu Santo. "De la cúspide del cielo fue su salida y volvió, en su carrera, hasta la cima del cielo. Después, envió su Espíritu en forma de lenguas de fuego; y puesto que vino como fuego, se añade: nada se libra de su calor."

Por eso, "Repite de todo corazón y siempre con más amor, más aún cuando estés cerca del Sagrario o tengas al Señor dentro de tu pecho: “Que no te rehúya, que el fuego de tu Espíritu me llene."

Reflexión Primera del Santo Evangelio: Mateo 4,18-22. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Jesús se apresura, al comienzo de su ministerio público, a reunir a su alrededor algunos discípulos, a los que dirige una enseñanza completamente particular, porque quiere que sean sus seguidores y sus testigos. A su tiempo, después de la resurrección de Jesús, serán enviados a todo el mundo, a fin de que el Evangelio pueda seguir su curso hasta el final. Los Doce, de pescadores de peces, se convertirán en pescadores de hombres. No se trata de un simple juego de palabras, sino de lo que el mismo Jesús les dice: «Ellos dejaron al instante las redes y lo siguieron» (v. 19).

Andrés, junto con su hermano Simón, fue uno de los primeros que escuchó la llamada de Jesús y le siguió con prontitud. Mateo otorga un relieve particular a la prontitud con la que Pedro y Andrés respondieron a la llamada de Jesús: «Y ellos, dejando al punto la barca y a su padre, lo siguieron» (v. 20).

Un poco más adelante (v. 22), el mismo evangelista Mateo afirma que, en realidad, los primeros discípulos de Jesús no dejaron sólo las redes, la barca y su profesión, sino también a su padre. El seguimiento de Jesús, el auténtico que transforma la vida, no deja lugar a tergiversaciones ni concede descuento alguno: es, por propia naturaleza, radical y totalitario.

Nuestra reflexión se va a detener en un par de detalles que nos ofrece la página evangélica. En primer lugar el hecho histórico según el cual los primeros discípulos siguieron a Jesús de dos en dos. No parece que haya que desatender esta información que nos ofrecen los evangelistas. También hoy el seguimiento de Jesús mediante la experiencia de una compañía, de una auténtica amistad humana, es extremadamente positivo; puede favorecer la decisión, la adhesión y la perseverancia. Tal vez el mundo contemporáneo tenga también necesidad de este testimonio, un testimonio con el que los seguidores de Jesús muestran que son capaces de valorar todo lo que hay de bueno y santo en las relaciones amistosas.

La prontitud con la que los primeros discípulos de Jesús siguen a su maestro merece asimismo una atención especial. Decir prontitud significa desprendimiento de todo lo que puede lentificar el paso hacia Jesús, sobre todo de aquello que, en cierto modo, podrí despistarnos del camino emprendido. Decir prontitud significa también la voluntad de establecer un atraque fuerte y decisivo en Jesús, único fin de nuestra propia vida, único destinatario de nuestro propio amor. Por eso, decir prontitud significa radicalidad evangélica; con ella, todo resulta bello y ligero al final; sin ella, todo resultaría fatigoso e insoportable en cada instante.

Reflexión Segunda del Santo Evangelio: Mateo 4, 18-22. La llamada de estas dos parejas de hermanos será el paradigma de toda llamada.

Caminando junto al mar de Galilea, vio a dos her¬manos: a Simón, el llamado Pedro, y a Andrés, su her¬mano, que estaban echando una red de mano en el mar, pues eran pescadores.

La llamada de estas dos parejas de hermanos será el pa-radigma de toda llamada en Mt. Jesús camina junto al lago/mar de Galilea, en la frontera marítima con los pueblos paganos. Esta localización ilumina la escena: los hombres que habrá que pescar serán lo mismo judíos que paganos. Ve a dos hermanos, y Mt insiste en este vínculo de hermandad. Se tiene aquí una alusión a Ez 47,13s, donde se anuncia el futuro reparto de la tierra a partes iguales; la expresión original para indicar la igualdad está muy próxima de la usada por Mt: «cada uno como su hermano». La insistencia, pues, en el vínculo de hermandad (más acusado aún que en Mc 1,16-21a) indica que la nueva tierra prometida, «el reina-do de Dios» anunciado por Jesús inmediatamente antes (4,17), será herencia o patrimonio común de todos sus seguidores, sin privile¬gio alguno. Los hermanos son designados por sus nombres, Simón y Andrés, pero el primero lleva ya una adición: «al que llaman 'Pie¬dra' (Pedro)». No se indica que haya sido Jesús quien le ha dado tal sobrenombre (cf. 16,18).

Les dijo: -Veníos conmigo y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

La invitación de Jesús a los dos hermanos se expresa con la frase «Veníos detrás de mí» (cf. Mc 1,17.20); la expresión se encuentra en boca de Eliseo en 2 Re 6,19; por otra parte, la fórmula «irse» o «seguir tras él» aparece repetidamente en la escena de la llamada de Eliseo por el profeta Elías (1 Re 19,19-21). Jesús se pre¬senta, por tanto, como profeta y su llamada promete la comunica¬ción a sus seguidores del Espíritu profético. Por otra parte, el oficio de los hermanos (pescadores) y la metáfora de Jesús «pes¬cadores de hombres» aluden a Ez 47,10, donde se utiliza también la metáfora de los pescadores que recogerán una pesca abundante. El texto griego de los LXX pone este pasaje en relación con Galilea (Ez 47,8). La mención anterior del mar/lago, la del oficio de pescadores y la metáfora usada por Jesús esclarecen el signifi¬cado de la frase: Jesús llama a una misión profética, que preten¬derá atraer a los hombres, tanto judíos como paganos (el mar como frontera), y cuyo éxito está asegurado. La respuesta de los dos hermanos es inmediata. Aparece por primera vez el verbo «seguir», que, referido a discípulos, indicará la adhesión a la persona de Jesús y la colaboración en su misión. A los que lo siguen, Jesús no pide «la enmienda» (4,17); la adhesión a su persona y programa supera con mucho las exigencias de aquélla; comporta una ruptura con la vida anterior, un cambio radical, para entregarse a procurar el bien del hombre.

Pasando adelante vio a otros dos hermanos: a San¬tiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que estaban en la barca poniendo a punto las redes, con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

La segunda escena se describe más escuetamente que la primera, pero tiene el mismo significado. Estos dos hermanos es¬tán unidos no sólo por su vínculo de hermandad, sino también por la presencia de un padre común. En el evangelio, «el padre» representa la autoridad que transmite una tradición. Jesús no ha tenido padre humano, no está condicionado por una tradición an¬terior; sus discípulos abandonan al padre humano; en lo sucesivo, como Jesús mismo, no deberán reconocer más que al Padre del cielo.

El apóstol Andrés, humilde pescador de Galilea, deja sus redes para ser pescador de hombres. Es también el discípulo de Juan Bautista, que apenas descubre a Jesús, va detrás de él y se queda con él todo el día. Este encuentro es tan importante para él, que se acuerda hasta de la hora: "era más o menos las 4 de la tarde" (Jn 1, 39). Andrés llama a su hermano Simón Pedro y confiesa a Jesús como Mesías (Jn 1, 40-41). Forma con Pedro, Santiago y Juan el núcleo de los 12 Apóstoles, a los únicos que Jesús revela su visión apocalíptica de la historia (Mc 13). Posiblemente también es un núcleo importante en la misión apostólica en el mundo griego. Andrés, según el significado de su nombre, es "el varón", el nuevo "Adán", que representa la vocación de la humanidad a ser discípula de Jesús. Andrés debe recordarnos nuestra vocación de apóstoles, los orígenes apostólicos de las primeras comunidades y el testimonio y martirio que la mayoría de los primeros discípulos sufrieron por causa de la Palabra de Dios y del Reino. La Iglesia está construida sobre "el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo" (Ef. 2, 20). También la muralla de la Nueva Jerusalén, que baja del cielo, "se asienta sobre 12 piedras, que llevan los nombres de los 12 Apóstoles del Cordero" (Ap 21, 14). La Nueva Jerusalén representa la nueva organización social de la humanidad, que baja del cielo a la tierra. En ella no hay santuario alguno, porque Dios es su santuario. Los apóstoles son el fundamento de esta visión futura de la humanidad.

Reflexión Tercera del Santo Evangelio: Mateo 4, 18-22. La vocación de los cuatros hermanos se modela a partir de la vocación profética de Eliseo.

El texto relata la vocación de dos parejas de hermanos. Primeramente Simón y Andrés que en Mt 10 encabezarán la lista de los "doce discípulos", y luego Juan y Santiago, los dos hijos del Zebedeo que también allí se mencionan a continuación.

Sólo en esta última lista, Mateo los llama "apóstoles", nombre exigido por el contexto del discurso de misión que sigue a continuación. Esta tendencia del evangelista deriva de sus preocupaciones eclesiales centradas en las personas poseedoras de carismas relacionados con el anuncio: sabios, profetas, escribas (cf Mt 23,34).
Por ello la vocación de los cuatros hermanos se modela a partir de la vocación profética de Eliseo. En uno y otro caso un profeta de paso encuentra a individuos ocupados en su trabajo, a los que dirige una invitación al seguimiento. En ambos casos se concluye con el seguimiento de aquellos individuos convertidos de esa forma en discípulos del profeta.

El recurso a la vocación de Eliseo se fundamenta en un doble motivo: El relato de 1Re 19,19-21 es el cumplimiento por parte de Elías de la orden dada por Dios en 1 Re 19,15-16 para continuar su misión. Según esto, la obra de Eliseo no es más que una continuación de la obra de su maestro. En segundo lugar, Elías es el profeta cuya venida es un signo de la instauración del Reino de Dios.

La figura de Andrés, por tanto, se inscribe en una línea de discipulado profético que no es más que continuación de la misión de Jesús. La vocación de Jesús en su bautismo y la vocación de Elías en 1 Re 19,1-14 tienen como finalidad la actuación del Reino de Dios.

Esa vocación se describe como un cambio de tarea. El cambio de la naturaleza de la pesca es coherente con las imágenes usadas en Mt 9,35-38, en dónde se recurre a la tarea agrícola y ganadera: necesidad de obreros para la cosecha ya pronta y desorientación de la gente semejante a la de las ovejas sin pastor.

La iniciativa parte de Jesús (o de Elías) y es necesaria para emprender la tarea. En Andrés, Pedro, Santiago y Juan queda la posibilidad del rechazo de la invitación, o como aparece en el relato, de su aceptación. Pero para esa aceptación se exige la adopción de un estilo que sólo puede ser definido como seguimiento en cuanto consiste en la adopción de la itinerancia de Jesús y el recorrido del mismo camino de éste.

La nueva tarea puede definirse como una obra de salvación en cuanto se busca capacitar al discípulo para convertirse en "pescador de seres humanos". La imagen parece aludir al río de aguas vivificadoras que salen del Templo en Ez 47 donde "habrá peces en abundancia... habrá vida dondequiera que llegue la corriente. Se pondrán pescadores a sus orillas" (Ez 47,9-10).

La llamada de Andrés, y de sus compañeros, se inscribe entonces en la producción de vida para la humanidad y para toda la creación. Compartiendo el proyecto de Jesús encuentran la fuerza de realizar su misión. Gracias a los discípulos, el Reino se hace presente en la vida de los hombres y se lleva a plenitud la misión profética de Jesús. El futuro de Dios se anticipa y se hace presente en medio de la existencia humana.

El Apóstol Andrés es un hombre sencillo, tal vez también pescador como su hermano Simón, buscador de la verdad y por ello lo encontramos junto a Juan el Bautista. No importa de dónde viene ni qué preparación tiene. Parece, por lo que conocemos de él en el Evangelio, que entre otras muchas cosas algo que va a hacer es convertirse en un anunciador de Cristo a otros.

"He ahí el Cordero de Dios" (Jn 1,36). Estando Andrés junto a Juan el Bautista escucha de él estas palabras. De repente se siente inquieto por ellas y se va con Juan tras Jesús. Él les pregunta: ¿Qué buscáis?, a lo que ellos le dicen: ¿Dónde vives?. Jesús entonces les dice: "Venid y lo veréis". Ellos fueron con Jesús y se quedaron con Él aquel día. Ha sido Juan el Bautista quien les ha enseñado a Cristo, y antes que nada Andrés ha querido hacer personalmente la experiencia de Cristo. Estando junto a él ha descubierto dos cosas: que Cristo es el Mesías, la esperanza del mundo, el tesoro que Dios ha regalado a la humanidad, y también que Cristo no puede ser un bien personal, pues no puede caber en el corazón de una persona. A partir de ahí, la vida de Andrés se va a convertir en anunciadora de Dios para los demás hasta morir mártir de su fe en Cristo.

"Hemos encontrado al Mesías" (Jn 1,41). La primera acción de Andrés, tras haber experimentado a Cristo, es la de ir a anunciar a su hermano Simón Pedro tan fausta noticia. Simón Pedro le cree y Andrés le lleva con el Maestro. Hermosa acción la de compartir el bien encontrado. Andrés no se queda con la satisfacción de haber experimentado a Cristo. Bien sabe que aquel don de Dios, a través de Juan el Bautista que le señaló al Cordero de Dios, hay que regalarlo a otros, como su Maestro Juan el Bautista hizo con él. Queda claro así que en los planes de Dios son unos (tal vez llamados en primer lugar) quienes están puestos para acercar a otros a la luz de la fe y de la verdad. ¡Gran generosidad la de Andrés que le convierte en el primer apóstol, es decir, mensajero, de Cristo, y además para un hermano suyo!

"Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús" (Jn 12,20). Se refieren estas palabras a una escena en la que unos griegos, venidos a la fiesta, se acercaron a los Apóstoles con la petición de ver a Jesús. Andrés es uno de los dos Apóstoles que se convierte en instrumento del encuentro de aquellos hombres con Cristo, encuentro que llena de gozo el Corazón del mismo Jesús. ¿Puede haber labor más bella en esta vida que acercar a los demás a Dios, se trate de personas cercanas, de seres desconocidos, de amigos de trabajo o compañeros de juego? Sin duda en la eternidad se nos reconocerá mucho mejor que en esta vida todo lo que en este sentido hayamos hecho por los otros. Toda otra labor en esta vida es buena cuando se está colaborando a desarrollar el plan de Dios, pero ninguna alcanza la nobleza, la dignidad y la grandeza de ésta.

El Apóstol Andrés se erige así, desde su humildad y sencillez, en una lección de vida para nosotros, hombres de este siglo, padres de familia preocupados por el futuro de nuestros hijos, profesionales inquietos por el devenir del mundo y de la sociedad, miembros de tantas organizaciones que buscan la mejoría de tantas cosas que no funcionan. A nosotros, hombres cristianos y creyentes, se nos anuncia que debemos ser evangelizadores, portadores de la Buena Nueva del Evangelio, testigos de Cristo entre nuestros semejantes. Vamos a repasar algunos aspectos de lo que significa para nosotros ser testigos del Evangelio y de Cristo.

En primer lugar, tenemos que forjar la conciencia de que, entre nuestras muchas responsabilidades, como padres, hombres de empresa, obreros, miembros de una sociedad que nos necesita, lo más importante y sano es la preocupación que nos debe acompañar en todo momento por el bien espiritual de las personas que nos rodean, especialmente cuando se trata además de personas que dependen de nosotros. Constituye un espectáculo triste el ver a tantos padres de familia preocupados únicamente del bien material de sus hijos, el ver a tantos empresarios que se olvidan del bienestar espiritual de sus equipos de trabajo, el ver a tantos seres humanos ocupados y preocupados solo del futuro material del planeta, el ver a tantos hombres vivir de espaldas a la realidad más trascendente: la salvación de los demás.

El hombre cristiano y creyente debe además vivir este objetivo con inteligencia y decisión, comprometiéndose en el apostolado cristiano, cuyo objetivo es no solamente proporcionar bienes a los hombres, sino sobre todo, acercarlos a Dios. Es necesario para ello convencerse de que hay hambres más terribles y crueles que la física o material, y es la ausencia de Dios en la vida. El verdadero apostolado cristiano no reside en levantar escuelas, en llevar alimentos a los pobres, en organizar colectas de solidaridad para las desgracias del Tercer Mundo, en sentir compasión por los afligidos por las catástrofes, solamente. El verdadero apostolado se realiza en la medida en que toda acción, cualquiera que sea su naturaleza, se transforma en camino para enseñar incluso a quienes están podridos de bienes materiales que Dios es lo único que puede colmar el corazón humano. ¿De qué le vale a un padre de familia asegurar el bien material de sus hijos si no se preocupa del bien espiritual, que es el verdadero?

Hay un tema en la formación espiritual del hombre a tener en cuenta en relación con este objetivo. Hay que saber vencer el respeto humano, una forma de orgullo o de inseguridad como se quiera llamarle, y que muchas veces atenaza al espíritu impidiéndole compartir los bienes espirituales que se poseen. El respeto humano puede conducirnos a fingir la fe o al menos a no dar testimonio de ella, a inhibirnos ante ciertos grupos humanos de los que pensamos que no tienen interés por nuestros valores, a nunca hablar de Cristo con naturalidad y sencillez ante los demás, incluso quienes conviven con nosotros, a evitar dar explicaciones de las cosas que hacemos, cuando estas cosas se refieren a Dios. En fin, el respeto humano nunca es bueno y echa sobre nosotros una grave responsabilidad: la de vivir una fe sin entusiasmo, sin convencimiento, sin ilusión, porque a lo mejor pensamos eso de que Dios, Cristo, la fe, la Iglesia no son para tanto.

Reflexión Cuarta del Santo Evangelio: Mateo 4, 18-22. La vocación de los cuatros hermanos se modela a partir de la vocación profética de Eliseo.

18Caminando junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos: a Simón, el llamado Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando una red de mano en el mar, pues eran pescadores. 19Les dijo:

-Veníos conmigo y os haré pescadores de hombres.

20Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

21Pasando adelante vio a otros dos hermanos: a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que estaban en la barca poniendo a punto las redes, con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó. 22Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

v. 18: Caminando junto al mar de Galilea, vio a dos her­manos: a Simón, el llamado Pedro, y a Andrés, su her­mano, que estaban echando una red de mano en el mar, pues eran pescadores.

La llamada de estas dos parejas de hermanos será el pa­radigma de toda llamada en Mt. Jesús camina junto al lago/mar de Galilea, en la frontera marítima con los pueblos paganos. Esta localización ilumina la escena: los hombres que habrá que pescar serán lo mismo judíos que paganos. Ve a dos hermanos, y Mt insiste en este vínculo de hermandad. Se tiene aquí una alusión a Ez 47,13s, donde se anuncia el futuro reparto de la tierra a partes iguales; la expresión original para indicar la igualdad está muy próxima de la usada por Mt: «cada uno como su hermano». La insistencia, pues, en el vínculo de hermandad (más acusado aún que en Mc 1,16-21a) indica que la nueva tierra prometida, «el reina­do de Dios» anunciado por Jesús inmediatamente antes (4,17), será herencia o patrimonio común de todos sus seguidores, sin privile­gio alguno. Los hermanos son designados por sus nombres, Simón y Andrés, pero el primero lleva ya una adición: «al que llaman 'Pie­dra' (Pedro)». No se indica que haya sido Jesús quien le ha dado tal sobrenombre (cf. 16,18).

vv. 19-20: Les dijo:

-Veníos conmigo y os haré pescadores de hombres.

20Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

La invitación de Jesús a los dos hermanos se expresa con la frase «Veníos detrás de mí» (cf. Mc 1,17.20); la expresión se encuentra en boca de Eliseo en 2 Re 6,19; por otra parte, la fórmula «irse» o «seguir tras él» aparece repetidamente en la escena de la llamada de Eliseo por el profeta Elías (1 Re 19,19-21). Jesús se pre­senta, por tanto, como profeta y su llamada promete la comunica­ción a sus seguidores del Espíritu profético. Por otra parte, el oficio de los hermanos (pescadores) y la metáfora de Jesús «pes­cadores de hombres» aluden a Ez 47,10, donde se utiliza también la metáfora de los pescadores que recogerán una pesca abundante. El texto griego de los LXX pone este pasaje en relación con Galilea (Ez 47,8). La mención anterior del mar/lago, la del oficio de pescadores y la metáfora usada por Jesús esclarecen el signifi­cado de la frase: Jesús llama a una misión profética, que preten­derá atraer a los hombres, tanto judíos como paganos (el mar como frontera), y cuyo éxito está asegurado. La respuesta de los dos hermanos es inmediata. Aparece por primera vez el verbo «seguir», que, referido a discípulos, indicará la adhesión a la persona de Jesús y la colaboración en su misión. A los que lo siguen, Jesús no pide «la enmienda» (4,17); la adhesión a su persona y programa supera con mucho las exigencias de aquélla; comporta una ruptura con la vida anterior, un cambio radical, para entregarse a procurar el bien del hombre.

vv. 21-22: Pasando adelante vio a otros dos hermanos: a San­tiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que estaban en la barca poniendo a punto las redes, con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó. 22Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

La segunda escena se describe más escuetamente que la primera, pero tiene el mismo significado. Estos dos hermanos es­tán unidos no sólo por su vínculo de hermandad, sino también por la presencia de un padre común. En el evangelio, «el padre» representa la autoridad que transmite una tradición. Jesús no ha tenido padre humano, no está condicionado por una tradición an­terior; sus discípulos abandonan al padre humano; en lo sucesivo, como Jesús mismo, no deberán reconocer más que al Padre del cielo (23,9).

El apóstol Andrés, humilde pescador de Galilea, deja sus redes para ser pescador de hombres. Es también el discípulo de Juan Bautista, que apenas descubre a Jesús, va detrás de él y se queda con él todo el día. Este encuentro es tan importante para él, que se acuerda hasta de la hora: "era más o menos las 4 de la tarde" (Jn 1, 39). Andrés llama a su hermano Simón Pedro y confiesa a Jesús como Mesías (Jn 1, 40-41). Forma con Pedro, Santiago y Juan el núcleo de los 12 Apóstoles, a los únicos que Jesús revela su visión apocalíptica de la historia (Mc 13). Posiblemente también es un núcleo importante en la misión apostólica en el mundo griego. Andrés, según el significado de su nombre, es "el varón", el nuevo "adán", que representa la vocación de la humanidad a ser discípula de Jesús. Andrés debe recordarnos nuestra vocación de apóstoles, los orígenes apostólicos de las primeras comunidades y el testimonio y martirio que la mayoría de los primeros discípulos sufrieron por causa de la Palabra de Dios y del Reino. La Iglesia está construida sobre "el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo" (Ef 2, 20). También la muralla de la Nueva Jerusalén, que baja del cielo, "se asienta sobre 12 piedras, que llevan los nombres de los 12 Apóstoles del Cordero" (Ap 21, 14). La Nueva Jerusalén representa la nueva organización social de la humanidad, que baja del cielo a la tierra. En ella no hay santuario alguno, porque Dios es su santuario. Los apóstoles son el fundamento de esta visión futura de la humanidad.

El texto relata la vocación de dos parejas de hermanos. Primeramente Simón y Andrés que en Mt 10 encabezarán la lista de los "doce discípulos", y luego Juan y Santiago, los dos hijos del Zebedeo que también allí se mencionan a continuación.

Sólo en esta última lista, Mateo los llama "apóstoles", nombre exigido por el contexto del discurso de misión que sigue a continuación. Esta tendencia del evangelista deriva de sus preocupaciones eclesiales centradas en las personas poseedoras de carismas relacionados con el anuncio: sabios, profetas, escribas (cf Mt 23,34).

Por ello la vocación de los cuatros hermanos se modela a partir de la vocación profética de Eliseo. En uno y otro caso un profeta de paso encuentra a individuos ocupados en su trabajo, a los que dirige una invitación al seguimiento. En ambos casos se concluye con el seguimiento de aquellos individuos convertidos de esa forma en discípulos del profeta.

El recurso a la vocación de Eliseo se fundamenta en un doble motivo: El relato de 1Re 19,19-21 es el cumplimiento por parte de Elías de la orden dada por Dios en 1 Re 19,15-16 para continuar su misión. Según esto, la obra de Eliseo no es más que una continuación de la obra de su maestro. En segundo lugar, Elías es el profeta cuya venida es un signo de la instauración del Reino de Dios.

La figura de Andrés, por tanto, se inscribe en una línea de discipulado profético que no es más que continuación de la misión de Jesús. La vocación de Jesús en su bautismo y la vocación de Elías en 1 Re 19,1-14 tienen como finalidad la actuación del Reino de Dios.

Esa vocación se describe como un cambio de tarea. El cambio de la naturaleza de la pesca es coherente con las imágenes usadas en Mt 9,35-38, en dónde se recurre a la tarea agrícola y ganadera: necesidad de obreros para la cosecha ya pronta y desorientación de la gente semejante a la de las ovejas sin pastor.

La iniciativa parte de Jesús (o de Elías) y es necesaria para emprender la tarea. En Andrés, Pedro, Santiago y Juan queda la posibilidad del rechazo de la invitación, o como aparece en el relato, de su aceptación. Pero para esa aceptación se exige la adopción de un estilo que sólo puede ser definido como seguimiento en cuanto consiste en la adopción de la itinerancia de Jesús y el recorrido del mismo camino de éste.

La nueva tarea puede definirse como una obra de salvación en cuanto se busca capacitar al discípulo para convertirse en "pescador de seres humanos". La imagen parece aludir al río de aguas vivificadoras que salen del Templo en Ez 47 donde "habrá peces en abundancia... habrá vida dondequiera que llegue la corriente. Se pondrán pescadores a sus orillas" (Ez 47,9-10).

La llamada de Andrés, y de sus compañeros, se inscribe entonces en la producción de vida para la humanidad y para toda la creación. Compartiendo el proyecto de Jesús encuentran la fuerza de realizar su misión. Gracias a los discípulos, el Reino se hace presente en la vida de los hombres y se lleva a plenitud la misión profética de Jesús. El futuro de Dios se anticipa y se hace presente en medio de la existencia humana.

Elevación Espiritual para este día.

Ponerse en camino significa exteriorizarse, romper la costra del egoísmo, que intenta encerrarnos en nuestro propio «yo».

Ponerse en camino significa dejar de girar sobre uno mismo como si fuéramos el ombligo del mundo y de la vida.

Ponerse en camino significa no dejarse encerrar en el círculo de problemas del pequeño mundo al que pertenecemos. Por muy importantes que sean, la humanidad es más grande y es precisamente a esta humanidad a la que servimos.

Ponerse en camino no significa devorar kilómetros, atravesar océanos o alcanzar la velocidad supersónica. Significa, ante todo, abrirse a los demás, descubrirles, encontrarse con ellos.

Reflexión Espiritual para el día.

En el hombre actúan múltiples fuerzas: conociéndolas, puede abarcar todas las cosas que hay a su alrededor —estrellas y montañas, mares y ríos, plantas y animales, y toda la humanidad que está cerca de él—, y de este modo puede enriquecer su mundo interior. Puede amarlas, puede odiarlas y rechazarlas; puede ponerse contra ellas o bien tender a ellas y atraerlas hacia sí. Puede actuar sobre el mundo que le rodeo y modificarlo según su propia voluntad. Un variado fluctuar de alegría y de codicio, de aflicción y de amor, de calma y de excitación acompaña el ritmo del corazón.

Sin embargo, su fuerza más noble es ésta: reconocer que hay algo más elevado por encima de él, venerar este algo más elevado e insertarse en él. El hombre puede conocer a Dios por encima de él, puede adorarle y, puede ofrecerse a sí mismo «a fin de que Dios sea glorificado». Esta es la ofrendo: que la sublimidad de Dios brille en el espíritu; que el hombre adore esta sublimidad; que no se detenga de una manera egoísta en sus propias posesiones, sino que las trascienda, que se comprometa a sí mismo a fin de que sea glorificado el excelso Dios. La fuerza más profunda del alma es su capacidad de ofrenda. Es en lo íntimo del hombre donde tienen su sede la calma y la limpidez de donde sube la ofrendo a Dios.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de La sagrada Biblia y el Magisterio de la Santa Madre la Iglesia.San Andres, Apóstol

El Apóstol Andrés es un hombre sencillo, tal vez también pescador como su hermano Simón, buscador de la verdad y por ello lo encontramos junto a Juan el Bautista. No importa de dónde viene ni qué preparación tiene. Parece, por lo que conocemos de él en el Evangelio, que entre otras muchas cosas algo que va a hacer es convertirse en un anunciador de Cristo a otros.

"He ahí el Cordero de Dios" (Jn 1,36). Estando Andrés junto a Juan el Bautista escucha de él estas palabras. De repente se siente inquieto por ellas y se va con Juan tras Jesús. Él les pregunta: ¿Qué buscáis?, a lo que ellos le dicen: ¿Dónde vives?. Jesús entonces les dice: "Venid y lo veréis". Ellos fueron con Jesús y se quedaron con Él aquel día. Ha sido Juan el Bautista quien les ha enseñado a Cristo, y antes que nada Andrés ha querido hacer personalmente la experiencia de Cristo. Estando junto a él ha descubierto dos cosas: que Cristo es el Mesías, la esperanza del mundo, el tesoro que Dios ha regalado a la humanidad, y también que Cristo no puede ser un bien personal, pues no puede caber en el corazón de una persona. A partir de ahí, la vida de Andrés se va a convertir en anunciadora de Dios para los demás hasta morir mártir de su fe en Cristo.

"Hemos encontrado al Mesías" (Jn 1,41). La primera acción de Andrés, tras haber experimentado a Cristo, es la de ir a anunciar a su hermano Simón Pedro tan fausta noticia. Simón Pedro le cree y Andrés le lleva con el Maestro. Hermosa acción la de compartir el bien encontrado. Andrés no se queda con la satisfacción de haber experimentado a Cristo. Bien sabe que aquel don de Dios, a través de Juan el Bautista que le señaló al Cordero de Dios, hay que regalarlo a otros, como su Maestro Juan el Bautista hizo con él. Queda claro así que en los planes de Dios son unos (tal vez llamados en primer lugar) quienes están puestos para acercar a otros a la luz de la fe y de la verdad. ¡Gran generosidad la de Andrés que le convierte en el primer apóstol, es decir, mensajero, de Cristo, y además para un hermano suyo!

"Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús" (Jn 12,20). Se refieren estas palabras a una escena en la que unos griegos, venidos a la fiesta, se acercaron a los Apóstoles con la petición de ver a Jesús. Andrés es uno de los dos Apóstoles que se convierte en instrumento del encuentro de aquellos hombres con Cristo, encuentro que llena de gozo el Corazón del mismo Jesús. ¿Puede haber labor más bella en esta vida que acercar a los demás a Dios, se trate de personas cercanas, de seres desconocidos, de amigos de trabajo o compañeros de juego? Sin duda en la eternidad se nos reconocerá mucho mejor que en esta vida todo lo que en este sentido hayamos hecho por los otros. Toda otra labor en esta vida es buena cuando se está colaborando a desarrollar el plan de Dios, pero ninguna alcanza la nobleza, la dignidad y la grandeza de ésta.

El Apóstol Andrés se erige así, desde su humildad y sencillez, en una lección de vida para nosotros, hombres de este siglo, padres de familia preocupados por el futuro de nuestros hijos, profesionales inquietos por el devenir del mundo y de la sociedad, miembros de tantas organizaciones que buscan la mejoría de tantas cosas que no funcionan. A nosotros, hombres cristianos y creyentes, se nos anuncia que debemos ser evangelizadores, portadores de la Buena Nueva del Evangelio, testigos de Cristo entre nuestros semejantes. Vamos a repasar algunos aspectos de lo que significa para nosotros ser testigos del Evangelio y de Cristo.

En primer lugar, tenemos que forjar la conciencia de que, entre nuestras muchas responsabilidades, como padres, hombres de empresa, obreros, miembros de una sociedad que nos necesita, lo más importante y sano es la preocupación que nos debe acompañar en todo momento por el bien espiritual de las personas que nos rodean, especialmente cuando se trata además de personas que dependen de nosotros. Constituye un espectáculo triste el ver a tantos padres de familia preocupados únicamente del bien material de sus hijos, el ver a tantos empresarios que se olvidan del bienestar espiritual de sus equipos de trabajo, el ver a tantos seres humanos ocupados y preocupados solo del futuro material del planeta, el ver a tantos hombres vivir de espaldas a la realidad más trascendente: la salvación de los demás.

El hombre cristiano y creyente debe además vivir este objetivo con inteligencia y decisión, comprometiéndose en el apostolado cristiano, cuyo objetivo es no solamente proporcionar bienes a los hombres, sino sobre todo, acercarlos a Dios. Es necesario para ello convencerse de que hay hambres más terribles y crueles que la física o material, y es la ausencia de Dios en la vida. El verdadero apostolado cristiano no reside en levantar escuelas, en llevar alimentos a los pobres, en organizar colectas de solidaridad para las desgracias del Tercer Mundo, en sentir compasión por los afligidos por las catástrofes, solamente. El verdadero apostolado se realiza en la medida en que toda acción, cualquiera que sea su naturaleza, se transforma en camino para enseñar incluso a quienes están podridos de bienes materiales que Dios es lo único que puede colmar el corazón humano. ¿De qué le vale a un padre de familia asegurar el bien material de sus hijos si no se preocupa del bien espiritual, que es el verdadero?

Hay un tema en la formación espiritual del hombre a tener en cuenta en relación con este objetivo. Hay que saber vencer el respeto humano, una forma de orgullo o de inseguridad como se quiera llamarle, y que muchas veces atenaza al espíritu impidiéndole compartir los bienes espirituales que se poseen. El respeto humano puede conducirnos a fingir la fe o al menos a no dar testimonio de ella, a inhibirnos ante ciertos grupos humanos de los que pensamos que no tienen interés por nuestros valores, a nunca hablar de Cristo con naturalidad y sencillez ante los demás, incluso quienes conviven con nosotros, a evitar dar explicaciones de las cosas que hacemos, cuando estas cosas se refieren a Dios. En fin, el respeto humano nunca es bueno y echa sobre nosotros una grave responsabilidad: la de vivir una fe sin entusiasmo, sin convencimiento, sin ilusión, porque a lo mejor pensamos eso de que Dios, Cristo, la fe, la Iglesia no son para tanto. +

Enviado el Jueves, 30 noviembre a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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