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Nuestro Blog: La Mística

En Reflexiones Católicas estrenamos nuevo blog dedicado a La Mística y Los Místicos, donde encontrarás artículos, biografías, vídeos...
 
 
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Lecturas del día 28-11-2017

LITURGIA DE LA PALABRA.

Dn 2,31-45: El Dios del cielo suscitará un reino que nunca será destruido
Interleccional Dn 3,57-61: Ensálcenlo con himnos por los siglos
Lc 21,5-11: No quedará piedra sobre piedra

Este texto de Lucas pertenece al llamado “apocalipsis sinóptico” y tiene sus paralelos en Mc 13 y Mt 24. Está formado por un entrelazamiento de tradiciones cristianas y de la apocalíptica judía, que reflejan el ambiente y la situación de la primera guerra de los romanos contra los judíos desde el 66 al 70 d. C.

Este texto hace referencia al Templo, que era una construcción sobresaliente. Representaba la unión del pueblo judío y su fe monoteísta. Jesús no comparte la admiración y el entusiasmo que sentían sus discípulos por esa obra arquitectónica y les afirma que será destruido.

Este texto es un conjunto de advertencias que Jesús dirige a la Iglesia, llamada a perseverar en la fe y enviada a anunciar la Buena Noticia en medio de los acontecimientos históricos y naturales y sus correspondientes peligros. El mensaje busca que la comunidad de creyentes sostenga su esperanza y no desplace su atención hacia los acontecimientos, buscando en ellos señales del fin. Por el contrario, el fin no llegará enseguida; la misión de la Iglesia debe continuar.

PRIMERA LECTURA
Daniel 2,31-45
Dios suscitará un reino que nunca será destruido, sino que acabará con todos los demás reinos

En aquellos días, dijo Daniel a Nabucodonosor: "Tú, rey, viste una visión: una estatua majestuosa, una imagen gigantesca y de un brillo extraordinario; su aspecto era impresionante. Tenía la cabeza de oro fino, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro y los pies de hierro mezclado con barro. En tu visión, una piedra se desprendió sin intervención humana, chocó con los pies de hierro y barro de la estatua y la hizo pedazos. Del golpe, se hicieron pedazos el hierro y el barro, el bronce, la plata y el oro, triturados como tamo de una era en verano, que el viento arrebata y desaparece sin dejar rastro. Y la piedra que deshizo la estatua creció hasta convertirse en una montaña enorme que ocupaba toda la tierra.

Éste era el sueño; ahora explicaremos al rey su sentido. Tú, majestad, rey de reyes, a quien el Dios del cielo ha concedido el reino y el poder, el dominio y la gloria, a quien ha dado poder sobre los hombres, dondequiera que vivan, sobre las bestias del campo y las aves del cielo, para que reines sobre ellos, tú eres la cabeza de oro. Te sucederá un reino de plata, menos poderoso. Después un tercer reino, de bronce, que dominará a todo el orbe. Vendrá después un cuarto reino, fuerte como el hierro. Como el hierro destroza y machaca todo, así destrozará y triturará a todos. Los pies y los dedos que viste, de hierro mezclado con barro de alfarero, representan un reino dividido; conservará algo del vigor del hierro, porque viste hierro mezclado con arcilla. Los dedos de los pies, de hierro y barro, son un reino a la vez poderoso y débil. Como viste el hierro mezclado con la arcilla, así se mezclarán los linajes, pero no llegarán a fundirse, lo mismo que no se puede alear el hierro con el barro. Durante ese reinado, el Dios del cielo suscitará un reino que nunca será destruido ni su dominio pasará a otro, sino que destruirá y acabará con todos los demás reinos, y él durará por siempre; eso significa la piedra que viste desprendida del monte sin intervención humana y que destrozó el barro, el hierro, el bronce, la plata y el oro. Éste es el destino que el Dios poderoso comunica a su majestad. El sueño tiene sentido, la interpretación es cierta."

Palabra de Dios.

Interleccional: Daniel 3,57-61
R/.Ensalzadlo con himnos por los siglos.

Criaturas todas del Señor, bendecid al Sañor. R.

Ángeles del Señor: bendecid al Señor. R.

Cielos, bendecid al Señor. R.

Aguas del espacio, bendecid al Señor. R.

Ejércitos del Señor, bendecid al Señor. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Lucas 21,5-11
No quedará piedra sobre piedra

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: "Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido." Ellos le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?" Él contestó: "Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: "Yo soy", o bien "El momento está cerca"; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida. Luego les dijo: "Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo."

Palabra del Señor.


Reflexión de la Primera Lectura: Daniel 2, 31-45.El Dios del cielo suscitará un reino que nunca será destruido

La interpretación del sueño de Nabucodonosor alude -con los diversos metales (vv. 31-35)- a los diversos reinos que se han ido sucediendo, para el tiempo en que se escribe este libro.

Después del babilonio de Nabucodonosor (vv. 37-38), el medo (v. 39), el persa (v. 39b) y el griego (vv. 40ss), que se explicita más por ser el contemporáneo del autor. Al final de la visión apocalíptica se espera la aparición del reino de Dios (v. 44: "el Dios de los cielos"; v. 45: la piedra se desprende "sin ayuda de mano") que "permanecerá para siempre" (v. 44). En la frase final ("el sueño es verdadero y cierta su interpretación": v. 45) no es tanto a Nabucodonosor cuanto a los lectores a los que el autor tiene presentes. Es una esperanza de que el reino de Dios está cerca, como anunciará Jesús, y cuya pronta venida nos exhorta a pedir en el Padre Nuestro.

El cap. 2 de Daniel es considerado frecuentemente por los exégetas como anterior a la redacción del libro en sí. Se le suele situar en la primera mitad del siglo III. La idea principal de este capítulo es revelar el sentido de la historia dirigida por Dios y su fin último: la constitución de su reino sobre la tierra.

Nabucodonosor tuvo un sueño que solo Daniel, entre todos los sabios, conoce porque Dios se lo ha revelado, cumpliendo de antemano la palabra de Cristo: "Tú se lo has revelado a los pequeñitos y ocultado a los sabios" (Lc 10, 21-24) (vv. 14-19).

La estatua vista por Nabucodonosor representa los reinos de la tierra que se sucedieron destruyéndose mutuamente. Son cuatro en total, cifra simbólica que la Biblia utiliza frecuentemente para designar las fuerzas terrestres (Ez 1, 5-18; 7, 2; 10, 9-21; 14, 21; 37, 9; Zac 2, 1-2, 11; 6, 1-5; Am 1, 3-4; Is 11; 12; Jer 15, 2-3). Esta lucha por el poder entre las potencias terrestres es causa de una incesante decadencia: el oro degenera en plata, después en bronce, después en hierro y en tierra cocida, hasta el punto de que basta una piedrecita para propinar a la estatua el golpecito demoledor. Este proceso regresivo es igualmente una idea muy del agrado de la Biblia: una historia dirigida en exclusiva por el hombre le conduce inevitablemente a la decadencia (cf. Gén 3, 1-6, 12).

a) El pasaje leído en la liturgia se centra sobre todo en la descripción de esa piedra destructora (vv. 34-35; 44-45).

Arrojada contra la estatua de los imperios humanos sin la intervención de mano alguna, la piedra, es, pues, dirigida por el mismo Dios (v. 34). El v. 45 precisa, por otro lado, que se ha desprendido de una montaña, lo que puede ser también una manera de decir que proviene de Dios, ya que la montaña es con frecuencia un símbolo divino (Sal 35-36, 7; 67-68, 1; Is 14, 13; Ex 3, 1). La piedra se convierte, a su vez, en una gran montaña que "llena toda la tierra", a la manera de la gloria de Dios (núm 14, 21; Is 6, 3; Hab 2, 14; Sal 71-72, 19; Is 11, 9; Sab 1, 7).

¿Cuál es el significado de esa piedra? ¿Designa a un Mesías personal o a todo el pueblo mesiánico?

b) El Antiguo Testamento ha hablado en repetidas ocasiones de una piedra en la economía de la salvación: Is 8, 11-15 hace de Yavhé una piedra de choque para las tribus de Israel: Yahvé es, en efecto, una roca de salvación (Sal 17-18, 2-3); a falta de un apoyo sobre ella se corre hacia la ruina (Dt 32, 15). Este texto es el más aproximado a Dan 2, en donde la piedra designaría a Yahvé, o más exactamente al monoteísmo yahvista opuesto a la idolatría (la estatua) de los grandes imperios y llamado a una rápida extensión sobre toda la tierra. La perspectiva del autor no es, pues, directamente mesiánica, sino apologética (cf. las profesiones de fe en Yahvé hacia las que apuntan los relatos de Daniel: Dan 2, 46-49; 3, 24-30; 4, 31-32; 6, 26-29; 14, 40-42).

c) Sin embargo, la tradición ha dado poco a poco al tema de la piedra una interpretación mesiánica, probablemente por influjo de otros textos del Antiguo Testamento como Is 28, 16-17; Zac 3, 9; Sal 117-118, 22, textos en los que la piedra designa claramente al Mesías personal. La autentificación de esa manera de interpretarlo mesiánicamente la ha realizado Lc 20, 18 (en ósmosis con Is 8, 14, y Sal 117-118, 22). Es imposible saber si este pasaje de Lucas hay que ponerlo en labios de Cristo o si es más bien un proverbio forjado por la comunidad primitiva para centrar en torno a la piedra los principales testimonios escriturísticos.

Este sueño era una alegoría que tenía que ver con la historia de los reinos terrenales que se habían sucedido desde el imperio babilónico (oro) hasta la herencia de Alejandro (hierro), dividida entre los Láguidas (hierro) y Seléucidas (barro cocido).

Esta composición mixta de los pies del coloso indica la rivalidad que separaba a los Láguidas y a los Seléucidas, al mismo tiempo que subraya la fragilidad del reino seléucida, que pretendía imponer su ley a Israel. Bastará con una piedrecita para derribarlo.

De esta piedra se dice que se desprenderá de una montaña, "sin intervención de mano alguna". Este detalle indica que, sin que intervengan los hombres, el derrumbamiento de los imperios terrenos será obra de Dios, que "hará surgir un reino que jamás será destruido".

De esta manera, el libro de Daniel demuestra ser una crítica radical de todos los regímenes totalitarios: sólo el reino de Dios, un reino de justicia y de paz, conseguirá la eternidad.

Reflexión del Salmo interleccional Dan. 3, 57-61. Ensálcenlo con himnos por los siglos

«Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor» (Dn 3,57). Este cántico, tomado del libro de Daniel, que la Liturgia de las Horas nos propone para las Laudes del domingo en las semanas primera y tercera, tiene una dimensión cósmica. Y esta estupenda plegaria en forma de letanía corresponde muy bien al dies Domini, al día del Señor, que en Cristo resucitado nos hace contemplar el culmen del designio de Dios sobre el cosmos y sobre la historia. En efecto, en Él, alfa y omega, principio y fin de la historia (cf. Ap 22,13), encuentra su pleno sentido la creación misma, puesto que, como recuerda san Juan en el prólogo de su evangelio, «todo fue hecho por él» (Jn 1,3). En la resurrección de Cristo culmina la historia de la salvación, abriendo las vicisitudes humanas al don del Espíritu y de la adopción filial, en espera de la vuelta del Esposo divino, que entregará el mundo a Dios Padre (cf. 1 Co 15,24).

2. En este pasaje, en forma de letanía, se pasa revista a todas las cosas. La mirada se dirige al sol, a la luna, a los astros; se posa sobre la inmensa extensión de las aguas; se eleva hacia los montes; recorre las más diversas situaciones atmosféricas; pasa del calor al frío, de la luz a las tinieblas; considera el mundo mineral y el vegetal; se detiene en las diversas especies de animales. Luego el llamamiento se hace universal: convoca a los ángeles de Dios, y llega a todos los «hijos de los hombres», pero implica de modo particular al pueblo de Dios, Israel, a sus sacerdotes, a los justos. Es un inmenso coro, una sinfonía en la que las diversas voces elevan su canto a Dios, Creador del universo y Señor de la historia. Recitado a la luz de la revelación cristiana, se dirige al Dios trinitario, como la liturgia nos invita a hacer al añadir al cántico una fórmula trinitaria: «Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo».

3. En cierto sentido, en este cántico se refleja el alma religiosa universal, que percibe en el mundo la huella de Dios, y se eleva a la contemplación del Creador. Pero en el contexto del libro de Daniel, el himno se presenta como acción de gracias elevada por los tres jóvenes israelitas -Ananías, Azarías y Misael- condenados a morir en un horno de fuego ardiente, por haberse negado a adorar la estatua de oro de Nabucodonosor, pero milagrosamente preservados de las llamas. En el fondo de este evento se halla aquella especial historia de salvación en la que Dios elige a Israel para ser su pueblo y establece con él una alianza. Precisamente a esa alianza quieren permanecer fieles los tres jóvenes israelitas, a costa de sufrir el martirio en el horno de fuego ardiente. Su fidelidad se encuentra con la fidelidad de Dios, que envía un ángel a alejar de ellos las llamas (cf. Dn 3,49).

De ese modo, el cántico se sitúa en la línea de los cantos de alabanza de quienes han sido librados de un peligro, presentes en el Antiguo Testamento. Entre ellos es famoso el canto de victoria recogido en el capítulo 15 del Éxodo, donde los antiguos hebreos expresan su acción de gracias al Señor por aquella noche en la que hubieran sido inevitablemente derrotados por el ejército del faraón si el Señor no les hubiera abierto un camino entre las aguas, «arrojando en el mar caballo y carro» (Ex 15,1).

4. No por casualidad, en la solemne Vigilia pascual, la liturgia nos hace repetir cada año el himno que cantaron los israelitas en el Éxodo. Ese camino abierto para ellos anunciaba proféticamente la nueva senda que Cristo resucitado inauguró para la humanidad en la noche santa de su resurrección de entre los muertos. Nuestro paso simbólico por las aguas del bautismo nos permite revivir una experiencia análoga de paso de la muerte a la vida, gracias a la victoria sobre la muerte que Jesús obtuvo en beneficio de todos nosotros.

Los discípulos de Cristo, al repetir en la liturgia dominical de las Laudes el cántico de los tres jóvenes israelitas, queremos ponernos en sintonía con ellos expresando nuestra gratitud por las maravillas que ha realizado Dios tanto en la creación como, sobre todo, en el misterio pascual.

En efecto, el cristiano descubre una relación entre la liberación de los tres jóvenes, de los que se habla en el cántico, y la resurrección de Jesús. En esta última, los Hechos de los Apóstoles ven escuchada la oración del creyente que, como el salmista, canta confiado: «No abandonarás mi alma en el Hades ni permitirás que tu santo experimente la corrupción» (Hch 2,27; Sal 15,10).

Referir este cántico a la Resurrección es muy tradicional. Existen testimonios muy antiguos de la presencia de este himno en la oración del día del Señor, Pascua semanal de los cristianos. Las catacumbas romanas conservan vestigios iconográficos en los que se ven los tres jóvenes que oran indemnes entre las llamas, testimoniando así la eficacia de la oración y la certeza de la intervención del Señor.

5. «Bendito el Señor en la bóveda del cielo, alabado y glorioso y ensalzado por los siglos» (Dn 3,56). Al cantar este himno el domingo por la mañana, el cristiano no sólo se siente agradecido por el don de la creación, sino también por ser destinatario de la solicitud paterna de Dios, que en Cristo lo ha elevado a la dignidad de hijo.

Una solicitud paterna que nos hace mirar con ojos nuevos la creación misma y nos hace gustar su belleza, en la que se vislumbra, como en filigrana, el amor de Dios. Con estos sentimientos san Francisco de Asís contemplaba la creación y elevaba su alabanza a Dios, manantial último de toda belleza. Viene espontáneo imaginar que las elevaciones de este texto bíblico resonaran en su alma cuando, en San Damián, después de haber alcanzado la cima del sufrimiento en su cuerpo y en su espíritu, compuso el «Cántico del hermano sol» [ que añadimos en esta versión informática:

Altísimo, omnipotente, buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.


A ti solo, Altísimo, corresponden,
y ningún hombre es digno de hacer de ti mención.


Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,
especialmente el señor hermano sol,
el cual es día, y por el cual nos alumbras.


Y él es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.


Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las has formado luminosas y preciosas y bellas.


Loado seas, mi Señor, por el hermano viento,
y por el aire y el nublado y el sereno y todo tiempo,
por el cual a tus criaturas das sustento.


Loado seas, mi Señor, por la hermana agua,
la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta.


Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual alumbras la noche,
y él es bello y alegre y robusto y fuerte.


Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra,
la cual nos sustenta y gobierna,
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba.


Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,
y soportan enfermedad y tribulación.


Bienaventurados aquellos que las soporten en paz,
porque por ti, Altísimo, coronados serán.


Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.


¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!:
bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad,
porque la muerte segunda no les hará mal.


Load y bendecid a mi Señor,
y dadle gracias y servidle con gran humildad. ]

Reflexión Primera del Santo Evangelio.Lc 21,5-11: No quedará piedra sobre piedra

Es el comienzo del «discurso escatológico» del evangelio de Lucas. Jesús sé encuentra en el templo, donde enseña públicamente, y ha tenido ya algunas disputas con los maestros de la Ley y con los saduceos. Su discurso se apoya precisamente en la admiración que le produce la belleza del templo (v. 5). La predicción es drástica y fulminante: «Vendrá un día... » (v. 6), hasta tal punto que provoca en sus oyentes la inmediata petición de signos premonitorios (v. 7). La respuesta de Jesús pone primero en guardia contra los falsos signos que pueden inducir a engaño a los discípulos (v 8-11) y, a continuación, predice la persecución como signo inequívoco (vv. 12-19).

“Estad atentos, para que no os engañen” (v. 8): se trata de un verbo típico de la terminología apocalíptica. Son muchos, en efecto, los que hablarán en nombre de Jesús, pero lo harán en falso; por eso las guerras y revoluciones no deberán asustar a los discípulos (v. 9a). Lucas escribe en una época en la que el «retraso de la parusía» supone ya un problema para la comunidad, que padece persecuciones y desgracias, pero no sabe cuándo vendrá el fin: de ahí que sea necesario reforzar la paciencia y la esperanza y tranquilizar respecto al cumplimiento del futuro. Todo esto, dice Jesús, deberá sucede antes del fin, pero el fin no “vendrá inmediatamente” (v. 9b). La descripción de los acontecimientos que precederán al fin es incluso detallada (vv. 1Oss), para hacer entrever la posibilidad de un tiempo intermedio (el tiempo de la Iglesia) muy largo, en el que la comunidad deberá perseverar en el testimonio.

Las visiones apocalípticas tienen siempre una fuerte carga simbólica. Es menester ir más allá de las imágenes coloridas para captar su sentido. Jesús nos invita a no quedamos en las apariencias: por muy grandioso y espléndido que sea el templo, no quedará piedra sobre piedra de él. La enorme estatua aparecida en el sueño de Nabucodonosor se hace añicos, golpeada por una piedra pequeña. No siempre los signos resultan de fácil lectura; es más, también sobre esto nos pone en guardia Jesús.

Quisiéramos saber siempre por anticipado lo que nos espera, y nos sentimos aterrorizados por los «profetas d mal agüero», como los llamaba el papa Juan XXIII. Jesús nos tranquiliza, pero sin permitimos que nos hagamos ilusiones: habrá, es cierto, trastornos y desastres, pero el futuro está en manos del Señor y debemos confiarnos con sencillez a él. También el libro de Daniel, con sus descripciones de prodigios tremendos, resulta tranquilizador: la estatua se derrumbará y con ella desaparecerán los reinos de la tierra; la piedra pequeña simboliza el Reino eterno de Dios, preparado desde siempre para los justos. No hay ningún motivo para tener miedo.

Reflexión Segunda del Santo Evangelio: Lc 21, 5-19 (21, 5-11/21, 12-19), para nuestros Mayores. No quedará piedra sobre piedra.

Comenzamos hoy la lectura del último discurso de Jesús.

Los exegetas lo llaman «el Discurso Escatológico». Jesús emplea un estilo literario y una imágenes estereotipadas simbólicas: es una especie de código del lenguaje que todo el mundo comprendía entonces, porque era el tradicional en la Biblia. Jesús habla el lenguaje de su tiempo. Emplea aquí el estilo de los «apocalipsis» de su época... si bien de un modo mucho más discreto que la mayor parte de otros apocalipsis que se han conservado de aquel tiempo.

Más aún que otros pasajes del evangelio esos discursos han de ser interpretados inteligentemente. No podemos dejar de hacer una lectura algo científica si no queremos correr el riesgo de pasar por alto su sentido profundo.

Son ante todo unos pasajes extremadamente oscuros, en los que están mezcladas, por lo menos, dos perspectivas: el fin de Jerusalén... y el fin del mundo... La primera es simbólica respecto a la segunda. A través de ese detalle resulta evidente cuán importante es superar las imágenes, para captar su sentido universal, válido para todos los tiempos. El acontecimiento que Jesús tiene a la vista -la destrucción de Jerusalén- nos da una clave para interpretar muchos otros acontecimientos de la historia universal.

-Algunos discípulos de Jesús comentaban la belleza del Templo por la calidad de la piedra y de las donaciones de los fieles.

En tiempos de Jesús, el Templo era recién edificado; incluso no terminado del todo. Se comenzó su construcción diecinueve años antes de Jesucristo: era considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo. Sus mármoles, su oro, sus tapices, sus artesonados esculpidos, eran la admiración de los peregrinos. Se decía: "¡Quien no ha visto el santuario, ése no ha visto una ciudad verdaderamente hermosa!"

Jesús les dijo: "Eso que contempláis llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra. Todo será destruido". Símbolo de la fragilidad, de la caducidad de las más hermosas obras humanas.

Los más bellos edificios del hombre se construyen sobre las ruinas de otros edificios destruidos. En ese mismo lugar ya habían estado en otro tiempo otras dos maravillas: el Templo construido por Salomón, hacia el año 1.000 antes de Jesucristo, y destruido por Nabuconosor en 586... luego el Templo construido por Zorobabel, cuya primera piedra había sido colocada en 516... El Templo contemporáneo de Jesús, será destruido unos años más tarde por Tito, en 70 d. de J.C... para ser reemplazado en 687 por la Mezquita de Omar, que continúa en el mismo sitio.

Lejos de mezclarse a las voces admirativas de sus discípulos, Jesús hace una predicción de desgracia, en el más tradicional estilo de los profetas (Miqueas 3, 12; Jeremías, 7, 1-15; 26, 1-19; Ezequiel, capítulos del 8 al 11)

Medito sobre la gran fragilidad de todas las cosas... sobre «mi» fragilidad... sobre la brevedad de la belleza, de la vida...

Hay que saber mirar de frente esa realidad, siguiendo la invitación de Jesús: «todo será destruido».

-Los discípulos le preguntaron: Maestro, ¿cuando va a ocurrir esto y cuál será la señal de que va a suceder?

Los discípulos nos representan muy bien, junto a Jesús.

Ellos le proponen la pregunta que nos hacemos hoy. Querríamos también saber el día y la señal...

Creemos que sería más conveniente saber la «fecha»...

Jesús respondió: "Cuidado con dejarse extraviar... porque muchos dirán-: «Ha llegado el momento» No los sigáis... No tengáis pánico..."

Todas las doctrinas de tipo "adventistas" fundadas sobre una susodicha profecía precisa del retorno de Cristo, quedan destruidas por esa palabra de Jesús.

Hay que vivir, día tras día, sin saber la fecha... sin dejarse seducir por los falsos mesías, sin dejarse amedrentar por los hechos aterradores de la historia.

Reflexión Tercera del Santo Evangelio: (Lc 21,5-11), de Joven para Joven. Destrucción de la ciudad y del mundo.

«Como algunos comentaban la belleza del templo por la calidad de la piedra y los exvotos, dijo: "Eso que contempláis, llegará un día en que lo derribarán hasta que no quede piedra sobre piedra"» (21,5-6). No hay duda de que los que hablan en voz alta pertenecen al grupo de discípulos (cf. Mc 13,1, de quien Lucas depende).

Apenas acaba Jesús de advertirles del peligro fariseo, cuando una facción del grupo de discípulos, que se ha sentido aludida, le recalca la grandiosidad del templo, sin darse cuenta -ni que­rer darse cuenta- de que ésta no es sino una concreción de la ampulosidad y fastuosidad que ostentan los letrados. Son los miembros más religiosos y observantes del grupo. Son los que se sentirían bien en cualquier religión que les ofreciese segurida­des. Los que siguen plenamente identificados con las estructuras sociales, políticas y religiosas de Israel. Se quedan boquiabiertos ante tanta belleza y magnificencia. Su fe, su religiosidad se apoya en estas piedras.

Los comentarios van dirigidos a Jesús, que -por lo que se ve - no se dejaba impresionar por la grandiosidad de aquellas construcciones. Tratan de llamar su atención con el fin de ganár­selo para su causa. La respuesta de Jesús más que una jarra es un balde de agua fría. También es la tercera vez que predice la destrucción del templo (cf. 13,35; 19,44). Esos 'días venideros' son los mismos de 5,35: la ejecución del Mesías, el Esposo, coincidirá con la destrucción del templo (cf. 23,45). El derribo material no será sino una consecuencia del éxodo definitivo fuera del templo de la presencia -gloria- de Dios por el hecho de haber convertido ellos 'este lugar', que había sido concebido como 'casa de oración' (19,46), 'tienda de reunión' (Hch 7,46), en 'una cueva de bandidos' (Lc 19,46b), un templo 'fabricado por mano de hombres' (Hch 7,48), para gloria y alabanza... de los poderosos. Dios no quiere edificios singulares que apuntalen el poder, sino lugares funcionales.

LOS FANÁTICOS ESPECULAN SOBRE LA CAIDA DE JERUSALEN

«Entonces otros le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo va a ocurrir eso?, y ¿cuál será la señal cuando eso esté para suceder?"» (21,7). Mientras los fariseos proclamaban que era necesario orar y observar fielmente la Ley para que no sobreviniese el desastre y algunos discípulos todavía creían en el templo y en su fastuo­sidad, otros intentan sacar provecho de las palabras proféticas de Jesús -¡pero si se veía venir! - e instrumentalizarlo al servi­cio de sus ideales nacionalistas y patrióticos. El desastre para éstos no es definitivo, sino el momento en que Dios intervendrá con mano poderosa en favor de su pueblo, la señal para empezar la revuelta (el cumplimiento de la profecía de las setenta semanas de Daniel 9,24-27) -hoy la llamaríamos 'la cruzada' o 'guerra santa'-, revuelta que debería culminar con la derrota de los paganos (Dn 7,27). Cuando los poderosos están demasiado bien armados como para hacer guerras santas, entonces organizamos cruzadas moralizantes, campañas en pro de la vida (en abstracto), movimientos fundamentalistas, todo menos cambiar radicalmen­te la escala de valores de la sociedad consumista que provoca las crisis mundiales, las guerras civiles y los pequeños desastres familiares.

SIEMPRE EXISTEN MESÍAS DISPUESTOS A SALVAR A (SU) MUNDO

Jesús trata de conjurar la mentalidad zelota y fanática que los invade y que irá in crescendo en los momentos de la gran derrota nacional: «¡Alerta!, no os dejéis extraviar; porque mu­chos llegarán sirviéndose de mi título, diciendo: "Este soy yo" y "El momento está cerca"; no os vayáis tras ellos. Cuando oigáis estruendo de batallas y revoluciones, no tengáis pánico, porque es preciso que esto ocurra primero, pero el fin no será inmediato» (21,8-9). Para Jesús, el desastre no comporta restauración (des­pués de su fracaso en la cruz, los apóstoles le preguntarán si es entonces el momento de la restauración del reino para Israel, Hch 1,6; no han cambiado en absoluto de mentalidad). Ahora bien: dentro de la comunidad judeocreyente surgirán en el mo­mento de la gran prueba falsos profetas que atribuirán a Jesús el papel de restaurador de Israel («Yo soy»: el Mesías nacionalista) y anunciarán la inminencia de su intervención («El momen­to está cerca»). De profetas siempre los hay, verdaderos y falsos. Tenemos que recuperar el don del discernimiento de espíritus; hemos optado por lo más fácil: apagar el espíritu de profecía; así, no nos estorban los verdaderos profetas, pero hemos dejado vía libre a los profetas de desventuras.

LOS IMPERIOS CAEN COMO MOSCAS

Jesús amplía el horizonte mezquino y cerrado de los discípu­los, anunciándoles que, desgraciadamente, guerras, terremotos, hambre y señales asombrosas las habrá siempre (21,10-11). Re­sume, en pocas palabras, toda la historia de la humanidad futura. Todos los términos que emplea tienen doble sentido: luchas de poder, revoluciones sociales, miserias del tercer, cuarto y... ené­simo mundo, crisis económicas asoladoras. Entre la destrucción de Jerusalén y del templo, secuela de la ejecución del Mesías, y los desastres mundiales que se sucederán, se repetirá la historia: la persecución de los discípulos por parte de los poderes judíos y paganos. Esto los confirmará en la verdad de su postura.

Reflexión Cuarta del Santo Evangelio Lxc 5 21-11. Los fanáticos especulan sobre la caida de Jerusalén.

Este reino se acaba; vendrá otro eterno
Oro, plata, bronce, hierro, barro
Con estas cinco palabras –oro, plata, bronce, hierro, barro- se describe en el libro de Daniel la ‘estatua’ de Nabucodonosor y se señalan las etapas del imperio babilónico... Daniel nos las explica en el texto de la primera lectura, con rasgos históricos, caminando hacia la crisis final del poderío humano que, sólo por gracia divina, renacerá de sus cenizas.

Si queremos aplicarnos su lección, podemos preguntarnos quienes participamos en la celebración: ¿Cómo vemos los cristianos el momento final de nuestra historia?, ¿tenemos conciencia de que somos peregrinos y que vamos por la tierra hacia la casa del Padre?

Los cristianos hemos de ver el final de nuestra historia personal y colectiva con la confianza que nos ofrece el sabernos hijos, amados de Dios; y esta confianza se la debemos al Señor Jesús, nuestro camino, verdad y vida.

Si echamos una mirada a la historia de las religiones, en todas encontraremos signos apocalípticos, misteriosos, deslumbrantes, y a veces demoledores, sobre el final de los tiempos. Sus rasgos dependen del carácter que en cada una de ellas reviste la personalidad de Dios, principio y árbitro de nuestra existencia mortal.

Pero en ninguna encontraremos tan unidas como en la religión que vive de la Palabra de Jesús estos rasgos: la majestad de Dios y su cercanía a nosotros,

el poder que Dios ostenta y el amor que derrama hacia nosotros,

la fuerza creadora y fuerza de salvación ofrecida a nosotros.

Celebrémoslo con acción de gracias, mientras reflexionamos en comunidad de orantes, preocupados todos por la salvación de los hombres.

Elevación Espiritual para este día.

Tiende, oh Padre, una vez más tus manos para acoger al pobre. Ensancha tu seno para acoger en él a un número mayor. Nosotros iremos junto a los que reposan en el Reino de Dios, junto con Abrahán, Isaac y Jacob.

Iremos al lugar donde se encuentra el paraíso de las delicias, allí donde Adán, que tropezó con los bandidos, ya no tiene ninguna razón para llorar por sus heridas, allí donde el mismo ladrón se alegra por haber entrado a formar parte del Reino de los Cielos, allí donde no hay nubes ni truenos ni relámpagos, allí donde no hay tempestades de vientos, ni tinieblas, ni sombras, donde ni el verano ni el invierno cambiarán el curso de las estaciones; allí donde no hará frío, ni granizo o lluvia, ni habrá necesidad de este sol o de esta luna, ni habrá los globos de las estrellas, sino que sólo brillará el fulgor de la gloria de Dios, pues el Señor será la luz de todos, y la luz verdadera que ilumina a cada hombre resplandecerá sobre todos. Iremos al lugar donde el Señor Jesús ha preparado a sus siervos muchas moradas.

Reflexión Espiritual para el día.

Desde el único acontecimiento del nacimiento-vida-muerte-resurrección de Jesús hasta la parusía, todos los años son iguales para nosotros los cristianos: nos encontramos, en efecto, en los últimos tiempos, entre un «ya», acaecido en Jesucristo, y un «todavía no», esperado por toda la humanidad. Estos «últimos tiempos» no tienen nada de amenazador, ni de catastrófico para el hombre ni para la creación: no son el chronos que devora a sus hijos, sino el kairós, el tiempo propicio iniciado por Cristo y que cualifica a todo el resto del tiempo. Deben aparecer, por consiguiente, como un tiempo de gracia, como el tiempo favorable, como el día de la salvación en el que acoger la fe y vivir de ella. En consecuencia, este tiempo es siempre un «hoy», el hoy de Dios en el hoy de nuestra vida vivida, el hoy que Dios fija de nuevo para nosotros.

Así es como el cristiano conoce y vive el tiempo: éste es siempre un «hoy», es siempre un «tiempo favorable» (2 Cor 6,2), es siempre un tiempo dejado por Dios para la conversión y para vivir de un modo bello y bueno en comunión y solidaridad con todos los hombres. Eso significa aprovechar el tiempo y hasta, como escribe Pablo (cf. Ef. 5,16), redimir, rescatar, salvar el tiempo como hombres provistos de sabiduría. Y nuestro tiempo, precisamente porque está marcado por el hoy de Dios, es un tiempo abierto a la eternidad, a la vida para siempre. Si Dios está en el inicio de mi tiempo, si el Dios-hombre está en la plenitud del tiempo, ¿cómo podría no estar al final de mi tiempo? Si Cristo «es el mismo ayer, hoy y siempre», ¿cómo podríamos no estar con él para siempre nosotros, que lo hemos conocido en el tiempo, hoy? Nuestros días tienen un término, pero tienen también una finalidad: el encuentro con el Dios que viene, la vida eterna.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Bibliay del Magisterio de la Iglesia. El Dios que «revela secretos».

La interpretación del sueño del rey Nabucodonosor es como un ejemplo concreto de esa sabiduría divina que poseía Daniel y que era superior a toda la sabiduría humana de que tanto presumían los gentiles. La lección que el autor pretende inculcar no aparece en esta lectura sino dos versículos más adelante, en el v. 47 de este mismo capítulo: «El Dios de Israel es el Dios de dioses, Señor de reyes y revelador de misterios».

El objeto del sueño es una gran estatua, figura común en el arte del Oriente Medio, uno de los grandes colosos de la antigüedad. La combinación de cuatro metales diversos era asimismo una imagen común. Hesiodoro la utiliza para dividir la historia universal en sentido decreciente: oro, plata, bronce, hierro. La variante de Daniel está en esa mezcla de hierro y barro en que termina la estatua.

Daniel identificó cada uno de los metales de la estatua con cuatro reinos. De ellos, solamente nos dio noticias del primero, de la cabeza de oro identificada con el reino babilónico. Y lo hizo con fidelidad a las tradiciones paganas y bíblicas. De las primeras se sirvió para dar a Nabucodonosor el título de «rey de reyes», de selecto gusto persa. De las segundas, para hacer de Nabucodonosor, extraña generosidad inconcebible en tiempos exílicos, una especie de ideal de hombre paradisíaco con dominio total sobre la creación, sobre las bestias del campo y las aves del cielo. Eso sí, el reino, el dominio, el poder y la gloria lo posee como gratuita donación del Dios del cielo.

Los otros tres reinos han sido objeto de múltiples interpretaciones a través de la historia exegética judeo cristiana. Hoy parece bastante segura la que ve en estos reinos a medos, persas y griegos. Lo importante para el autor y sus oyentes eran esos dedos de la estatua, esa mezcla de hierro y arcilla dividido y sin posibilidad de solución. Era el imperio griego desmembrado a la muerte de Alejandro Magno entre sus dos generaciones los ptolomeos de Egipto y los seléucidas de Siria, a quien queda incorporada Palestina. Estos últimos eran ese barro de valor ínfimo en el conjunto de la estatua. ¿Por qué temerlos?

Desde el monte, le faltó añadir Sión, se desprendió una piedra sin intervención humana. Era la acción poderosa de Yavé que había aniquilado uno tras otro todos los reinos en la medida en que habían cumplido su misión histórica. Faltaba el último. Y es precisamente «durante ese reinado» que Dios suscitará el reino escatológico mesiánico; reino sobre todo los reinos y que perdurará por siempre. ¡Cómo debieron sonar estas palabras a los oídos de aquel pueblo oprimido!

De hecho, el reino mesiánico tardó en llegar siglo y medio. Es que el tiempo no cuenta en las perspectivas proféticas ni en las esperanzas humanas. En su ansia de consuelo, Daniel traduce en categoría de inminencia lo que sólo es garantía de realización.+

Enviado el Martes, 28 noviembre a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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