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Nuestro Blog: La Mística

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Lecturas del día 27-11-2017

LITURGIA DE LA PALABRA

Dn 1,1-6.8-20: No se encontró a ninguno como Daniel
Interleccional Dn 3,52-56: ¡A ti gloria y alabanza por los siglos!
Lc 21,1-4: Vio a una viuda pobre que echaba unas monedas

Jesús fija sus ojos en el gesto de una viuda. Mientras los ricos echaban grandes donativos en el arca del Templo, la pobre viuda ofreció todo lo que tenía para vivir. Unos versículos antes de este texto, Jesús denuncia la codicia de los letrados que devoran los bienes de las viudas aparentando agradar a Dios.

La situación de las viudas, junto con la de los huérfanos y extranjeros, resultaba bastante insegura en el pueblo de Israel. Por esto existían leyes que las protegían (Ex 22, 21; Dt 10, 18; etc.). A su favor intercedían una y otra vez los profetas (Is 1, 17; Jer 7, 6; etc.). También en la primitiva Iglesia se las sostenía (Hch 6, 1ss), y visitarlas en sus dificultades es alabado por el apóstol Santiago (1, 27) como verdadero culto a Dios.

El gesto de la viuda, destacado por Lucas en este texto, está cargado de contenido evangélico. Ella, sumamente necesitada de ayuda, es la que se abre a dar sin medida las monedas que posee. Jesús valora la generosidad y el desprendimiento total que manifiestan la madurez de la fe y la confianza en el Dios de la vida, que no abandona nunca a los pobres

PRIMERA LCTURA.
Daniel 1,1-6.8-20
No se encontró a ninguno como Daniel, Ananías, Misael y Azarías

El año tercero del reinado de Joaquín, rey de Judá, llegó a Jerusalén Nabucodonosor, rey de Babilonia, y la asedió. El Señor entregó en su poder a Joaquín de Judá y todo el ajuar que quedaba en el templo; se los llevó a Senaar, y el ajuar del templo lo metió en el tesoro del templo de su dios.

El rey ordenó a Aspenaz, jefe de eunucos, seleccionar algunos israelitas de sangre real y de la nobleza, jóvenes, perfectamente sanos, de buen tipo, bien formados en la sabiduría, cultos e inteligentes, y aptos para servir en palacio, y ordenó que les enseñasen la lengua y literatura caldeas. Cada día el rey les pasaría una ración de comida y de vino de la mesa real. Su educación duraría tres años, al cabo de los cuales, pasarían a servir al rey. Entre ellos, había unos judíos: Daniel, Ananías, Misael y Azarías.

Daniel hizo propósito de no contaminarse con los manjares y el vino de la mesa real, y pidió al jefe de eunucos que lo dispensase de aquella contaminación. El jefe de eunucos, movido por Dios, se compadeció de Daniel y le dijo: "Tengo miedo al rey, mi señor, que os ha asignado la ración de comida y bebida; si os ve más flacos que vuestros compañeros, me juego la cabeza." Daniel dijo al guardia que el jefe de los eunucos había dsignado para cuidarlo a él, a Ananías, a Misael y a Azarías: "Haz una prueba con nosotros durante diez días: que nos den legumbres para comer y agua para beber. Compara después nuestro aspecto con el de los jóvenes que comen de la mesa real y trátanos luego según el resultado." Aceptó la propuesta e hizo la prueba durante diez días. Al acabar, tenían mejor aspecto y estaban más gordos que los jóvenes que comían de la mesa real. Así que les retiró la ración de comida y de vino y les dio legumbres. Dios les concedió a los cuatro un conocimiento profundo de todos los libros del saber. Daniel sabía además interpretar visiones y sueños.

Al cumplirse el plazo señalado por el rey, el jefe de eunucos se los presentó a Nabucodonosor. Después de conversar con ellos, el rey no encontró ninguno como Daniel, Ananías, Misael y Azarías, y los tomó a su servicio. Y en todas las cuestiones y problemas que el rey les proponía, lo hacían diez veces mejor que todos los magos y adivinos de todo el reino.

Palabra de Dios.

Interleccional: Daniel 3,52-56
R/.A ti gloria y alabanza por los siglos.

Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, bendito tu nombre santo y glorioso. R.

Bendito eres en el templo de tu santa gloria. R.

Bendito eres sobre el trono de tu reino. R.

Bendito eres tú, que sentado sobre querubines sondeas los abismos. R.

Bendito eres en la bóveda del cielo. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Lucas 21,1-4
Vio una viuda pobre que echaba dos reales

En aquel tiempo, alzando Jesús los ojos, vio unos ricos que echaban donativos en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales, y dijo: "Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir."

Palabra del Señor.


Reflexión de la Primera lectura: Daniel 1,1-6.8-20.No se encontró a ninguno como Daniel

El capítulo primero de Daniel expone el marco histórico en que se desarrollará la acción de Daniel -la actividad de los judíos en el ambiente pagano del exilio babilónico- y mantiene una tesis central: que podemos y debemos servir al mundo en que vivimos (vv.4/17-20), pero sin identificarnos con él ni llegar a un compromiso que nos haga perder nuestra peculiaridad (v.8). Esta peculiaridad la pone el relato concretamente en la negación a tomar de los manjares del palacio sea porque hubieran sido sacrificados antes a los dioses de la ciudad, sea porque pertenecieran a animales vedados en la ley judía. Todo esto será superado en la nueva alianza (cf. Hch 10. 9ss y los matices de 1 Co 10. y Rm 14. 1ss) pero no deja de ser aquí el modo de manifestar la confianza de que ese orden de la fe es superior al orden del poder y de las manifestaciones seculares que nos pueden deslumbrar. De hecho se resalta cómo Dios bendice con el éxito (vv. 15/7/19-20) si bien Daniel es el primero en admitir que no siempre Dios traducirá necesariamente su bendición en éxito mundano (cf. 3. 18: "y si Dios no quisiere...")

En la última semana del «año litúrgico», la Iglesia nos propone unos textos "escatológicos», es decir, que evocan el «fin de los tiempos». La Historia humana avanza hacia un final. Con Jesús, ha llegado el gran giro de la historia. Nos encontramos ya en los «últimos tiempos» anunciados por los profetas; pero esperando la «manifestación definitiva» del Reino de Dios.

Esta semana leeremos algunas páginas del Libro de Daniel. Vivía éste alrededor de los años 170 antes de Jesucristo. Cuando Palestina estaba «ocupada» y "administrada" por el rey Antíoco Epifanes, que trataba de imponer las costumbres griegas. Es una época de mártires -recordemos el Libro de los Macabeos-. El Libro de Daniel se escribió para animar a los "resistentes" a guardar la integridad de su Fe.

-Cuatro jóvenes... Daniel Ananías, Misael, Azarías.

El autor del libro cuenta una historia edificante -se trata de una parábola- que se sitúa ficticiamente en el momento heroico de la cautividad en Babilonia, en el período en el cual el Pueblo de Dios se verá afrontado a los paganos y perseguido.

El relato dice así: «...érase una vez tres jóvenes que habían sido llevados a la fuerza a la corte del rey Nabucodonosor, y que este rey pagano quería convertir a la manera pagana de vivir..." Y la historia continúa.

Yo también, Señor, he de vivir mi Fe en un contexto pagano. Vivo en medio de gentes que no tienen Fe... o, por lo menos, de gentes para las cuales el evangelio no es -o es muy poco- la regla de vida: la falta de fe, el ateísmo, el materialismo, me rodean y me influyen, a pesar mío.

Acepto, Señor, contemplar ese contexto de vida. No para juzgar y condenar a mis hermanos, sino para preguntarme si soy fiel a mi Fe y al tipo de vida que ella exige.

-Se les enseñaba la escritura y la lengua de los caldeos... Se les asignaba una ración diaria de los manjares y vinos del rey.

El paganismo, el olvido del verdadero Dios, pasa concretamente, por una serie de pequeños detalles, aparentemente faltos de importancia, de los modos de vivir.

¿Cuáles son los detalles que me siento inclinado a adoptar y que HOY, en el siglo xx, me desviarían hacia la no-fe? No dudo en buscarlos en las cosas más ordinarias: detalles de vestuario, compras, organización de mis fines de semana, gustos, elección de emisiones...

En todo esto puede estar en juego mi «fidelidad a Dios».

-Los tres jóvenes eligieron «rechazar» los alimentos paganos.

Al cabo de diez días tenían mejor aspecto y muy buena salud.

La demostración que trata de hacer Daniel a través de este relato gráfico es la siguiente:

¡Los que siguen la Ley de Dios no perjudican su salud ni su moral! Después de todo, vivir como buen cristiano no conduce a ser un "disminuido" un «desgraciado», al contrario. Los tres jóvenes, viviendo de legumbres, verduras y agua fresca, tienen buen aspecto y muy buena salud, a pesar de las renuncias aceptadas por su Fe.

Es un símbolo. Y ¡cuán elocuente!

A los paganos que nos ven vivir, no ha de parecerles la Fe como restrictivo, rebajante, insana, triste. Es esencial que la «manera de vivir según Cristo» aparezca como expansiva: ¡formadora de hombres y mujeres serenos, abiertos y más «cabales»!

Señor, aprovecho esta lectura-contemplación, para preguntarme qué rostro presento a los que me rodean. ¿Qué rostro presento de tu religión? ¿Qué piensan de mi Fe los que me ven vivir? ¿Soy un cristiano abierto? ¿o un cristiano sombrío, taciturno?

Reflexión del Salmo Interleccional Dan. 3, 52-56. 57-61 ¡A ti gloria y alabanza por los siglos!

El cántico que acabamos de proclamar está constituido por la primera parte de un largo y hermoso himno que se encuentra insertado en la traducción griega del libro de Daniel. Lo cantan tres jóvenes judíos arrojados a un horno ardiente por haberse negado a adorar la estatua del rey babilonio Nabucodonosor. La Liturgia de las Horas, en las Laudes del domingo, en la primera y en la tercera semana del Salterio litúrgico, nos presenta otra parte de ese mismo canto.

Como es sabido, el libro de Daniel refleja las inquietudes, las esperanzas y también las expectativas apocalípticas del pueblo elegido, el cual, en la época de los Macabeos (siglo II a. C.), luchaba para poder vivir según la ley dada por Dios.

En el horno, los tres jóvenes, milagrosamente preservados de las llamas, cantan un himno de bendición dirigido a Dios. Este himno se asemeja a una letanía, repetitiva y a la vez nueva: sus invocaciones suben a Dios como volutas de incienso, que ascienden en formas semejantes, pero nunca iguales. La oración no teme la repetición, como el enamorado no duda en declarar infinitas veces a la amada todo su afecto. Insistir en lo mismo es signo de intensidad y de múltiples matices en los sentimientos, en los impulsos interiores y en los afectos.

2. Hemos escuchado proclamar el inicio de este himno cósmico, contenido en los versículos 52-57 del capítulo tercero de Daniel. Es la introducción, que precede al grandioso desfile de las criaturas implicadas en la alabanza. Una mirada panorámica a todo el canto en su forma litánica nos permite descubrir una sucesión de elementos que componen la trama de todo el himno. Éste comienza con seis invocaciones dirigidas expresamente a Dios; las sigue una llamada universal a las «criaturas todas del Señor» para que abran sus labios ideales a la bendición (cf. v. 57).

Esta es la parte que consideramos hoy y que la liturgia propone para las Laudes del domingo de la segunda semana. Sucesivamente el canto seguirá convocando a todas las criaturas del cielo y de la tierra a alabar y ensalzar a su Señor.

3. Nuestro pasaje inicial se repetirá una vez más en la liturgia, en las Laudes del domingo de la cuarta semana. Por eso, ahora sólo elegiremos algunos elementos para nuestra reflexión. El primero es la invitación a la bendición: «Bendito eres, Señor», que al final se convertirá en «Bendecid».

En la Biblia hay dos tipos de bendición, relacionadas entre sí. Una es la bendición que viene de Dios: el Señor bendice a su pueblo (cf. Nm 6,34-27). Es una bendición eficaz, fuente de fecundidad, felicidad y prosperidad. La otra es la que sube de la tierra al cielo. El hombre que ha gozado de la generosidad divina bendice a Dios, alabándolo, dándole gracias y ensalzándolo: «Bendice, alma mía, al Señor» (Sal 102,1; 103,1).

La bendición divina a menudo se otorga por intermedio de los sacerdotes (cf. Nm 6,22-23.27; Si 50,20-21), a través de la imposición de las manos; la bendición humana, por el contrario, se expresa en el himno litúrgico, que la asamblea de los fieles eleva al Señor.

4. Otro elemento que consideramos dentro del pasaje propuesto ahora a nuestra meditación está constituido por la antífona. Se podría imaginar que el solista, en el templo abarrotado de pueblo, entonaba la bendición: «Bendito eres, Señor», enumerando las diversas maravillas divinas, mientras la asamblea de los fieles repetía constantemente la fórmula: «A ti gloria y alabanza por los siglos». Es lo que acontecía con el salmo 135, generalmente llamado «Gran Hallel», es decir, la gran alabanza, en la que el pueblo repetía: «Es eterna su misericordia», mientras un solista enumeraba los diversos actos de salvación realizados por el Señor en favor de su pueblo.

Objeto de la alabanza, en nuestro salmo, es ante todo el nombre «santo y glorioso» de Dios, cuya proclamación resuena en el templo, también él «santo y glorioso». Los sacerdotes y el pueblo, mientras contemplan en la fe a Dios que se sienta «en el trono de su reino», sienten sobre sí la mirada que «sondea los abismos» y esta conciencia hace que brote de su corazón la alabanza. «Bendito..., bendito...». Dios, «sentado sobre querubines», tiene como morada «la bóveda del cielo», pero está cerca de su pueblo, que por eso se siente protegido y seguro.

5. El hecho de que este cántico se vuelva a proponer en la mañana del domingo, Pascua semanal de los cristianos, es una invitación a abrir los ojos ante la nueva creación que tuvo origen precisamente con la resurrección de Jesús. San Gregorio de Nisa, un Padre de la Iglesia griega del siglo IV, explica que con la Pascua del Señor «son creados un cielo nuevo y una tierra nueva (...), es plasmado un hombre diverso, renovado a imagen de su creador por medio del nacimiento de lo alto» (cf. Jn 3,3.7). Y prosigue: «De la misma manera que quien mira al mundo sensible deduce por medio de las cosas visibles la belleza invisible (...), así quien mira a este nuevo mundo de la creación eclesial ve en él a Aquel que se ha hecho todo en todos llevando la mente, por medio de las cosas comprensibles por nuestra naturaleza racional, hacia lo que supera la comprensión humana» (Langerbeck, H., Gregorii Nysseni Opera, VI, 1-22 passim, p. 385).

Así pues, al cantar este cántico, el creyente cristiano es invitado a contemplar el mundo de la primera creación, intuyendo en él el perfil de la segunda, inaugurada con la muerte y la resurrección del Señor Jesús. Y esta contemplación lleva a todos a entrar, casi bailando de alegría, en la única Iglesia de Cristo.

Reflexión Primera, del Santo Evangelio: Lc 21,1-4: Vio a una viuda pobre que echaba unas monedas

La viuda ha dado de su indigencia, en oposición a los ricos que dan de su poder y de sus privilegios. En este aspecto contradice el proverbio según el cual nadie da lo que no tiene; esta mujer, en cambio, solo posee lo que ha dado.

¿Se puede ver en ella una imagen de Dios? Si Este no nos hubiera dado más que de su abundancia, estaría perfectamente representado por los donantes ricos y no por el óbolo de la viuda; en este caso carecería de sentido la importancia que Jesús atribuye al gesto de la mujer necesitada que ofrece parte de lo que ella necesita. ¿Y si Dios, a su vez, diera también de lo que, por ser parte de El, necesita? ¿Si nosotros renunciáramos a otra clase de dones para contentarnos solamente con sus actos manifestados en Jesucristo? Tal vez comprenderíamos entonces que ser Dios es servir y dar, no de lo que uno tiene, sino de lo que es. Jesús, pobre y al servicio de todos, no es un paréntesis en la vida de Dios, sino la manifestación de la propia condición de Dios; Jesús no es el turista rico, incluso desbordante de simpatía, que viene a visitar las tierras subdesarrolladas de la humanidad; es el servidor de todos, el esclavo por antonomasia, pues su modo de ser Dios es la pobreza.

Texto. El texto del domingo pasado estaba dominado por la coincidencia de puntos de vista entre Jesús y un letrado. A continuación de ese texto Marco resalta, en cambio, una discrepancia fundamental entre Jesús y los letrados a propósito del concepto del Mesías (Mc. 12, 35-37). Marcos hace de esta discrepancia una cuestión pública. Este carácter público se mantiene en la crítica a los letrados con que se abre el texto de hoy. Critica a su afán de honores y de reconocimiento público, critica su ambición y a su mucho rezar.

En la traducción litúrgica las dos últimas críticas (ambición y mucho rezo) han sido unificadas en una sola: devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos. De acuerdo, sin embargo, a los mejores códices es preferible desdoblar ambas críticas: devoran los bienes de las viudas y oran largamente para aparecer. En contraste con tanta apariencia y tanto afán de reconocimiento. Marcos selecciona una experiencia vivida por Jesús frente a los cepillos del Templo. De acuerdo a un procedimiento literario ya conocido porque ha sido el empleado en las sesiones docentes de camino hacia Jerusalén, la experiencia vivida por Jesús le sirve a Marcos para introducir el tema de enseñanza a los discípulos.

Comentario. No perdamos la perspectiva del conjunto, es decir, la llegada del Reino de Dios en la muerte-resurrección de Jesús. Esta perspectiva se debe a Marcos, que reflexiona y selecciona episodios en función de ella.

A la luz de esta perspectiva hay actitudes y comportamientos que valen para el seguidor de Jesús y otros que no valen para ese seguidor. Entre los que no valen están el afán de honores y de reconocimiento, la ambición y el mucho rezar. Entre los que valen están la espontaneidad y ausencia de cálculo. Estas, espontaneidad y ausencia de cálculo, no se aprenden: surgen, salen, brotan, cuando lo que realmente importa es morir-resucitar como y con Jesús. Esto es ser discípulo de Jesús. Lo otro es piedad y honorabilidad, incluida la teológico-académica. Me gusta esta sesión doctrinal de Marcos por lo escueta, gráfica y poco convencional.

Reflexión Segunda,del Santo Evangelio Lc: 21, 1-4, para nuestros Mayores. La limosna de la viuda.

El episodio narrado en este pasaje acaba la serie de discusiones que Jesús mantiene con las sectas judías. Está directamente unido a la maldición de los escribas que roban a las viudas (Lc 20, 45-47). Estos dos textos del Evangelio ilustran la doctrina escatológica de los versículos siguientes (Lc 21, 2-36): los jefes del pueblo van a ser desposeídos de sus privilegios y se va a entregar en manos de los pobres la dirección del pueblo.

La antítesis ricos-pobres aparece frecuentemente en los discursos escatológicos de Cristo. Sigue el mismo procedimiento de las bienaventuranzas en donde la oposición entre ricos y pobres (Lc 6, 20-24) sirve para anunciar la inminencia del Reino y el cambio de las situaciones abusivas. No se trata tanto de hacer la apología o la crítica de una situación social existente cuanto de subrayar la transformación que la llegada de los últimos tiempos -aquellos que participan del modo de ser de Dios- llevará consigo en las estructuras humanas. Los primeros cristianos van a utilizar con frecuencia este procedimiento para explicar el hecho de que la Iglesia de los pobres ha ocupado el puesto de los jefes de Israel en la realización de los designios de Dios.

La viuda entrega su indigencia, en oposición a los ricos que entregan su poder y sus privilegios. Es decir, que ella contradice al proverbio según el cual sólo se da aquello que se tiene: ella, por el contrario, solo posee lo que ha dado.

¿Podemos ver ahí una imagen de Dios? Si El solo nos ha dado de su abundancia, está mejor representado por la imagen de los ricos que por la de la viuda y no se comprendería la importancia que Cristo da al gesto de esta última. ¿Y si Dios, El también, diera de su indigencia? ¿Si renunciáramos a lo que dice de Dios un determinado teísmo para fijarnos en lo que Cristo manifiesta con sus acciones? ¿No comprenderíamos entonces que ser Dios es servir y dar no de aquello que se tiene, sino de aquello que se es? Jesús, pobre y esclavo, no es un paréntesis en la vida de Dios, sino la condición misma de Dios; El no es un rico que ha venido a visitar las tierras subdesarrolladas de la humanidad, es esclavo porque su manera de ser Dios es la pobreza.

Hemos llegado a la «última» semana del año litúrgico. Las últimas páginas que leeremos, del evangelio según san Lucas, se refieren a los últimos días de la vida terrestre de Jesús, justo antes de la Pasión.

Jesús, cercana su muerte, tenía plena conciencia de su «fin» humano.

Su último y gran discurso versa también sobre el «fin» de Jerusalén, y el «fin» del mundo...

Este es un pensamiento que no debo evitar.

Porque también yo camino hacia mi «fin»

-Jesús enseñaba en el Templo.

Antes de que hayan acallado su potente voz, esa voz que dice «las cosas de Dios», Jesús habla y enseña.

Después de haber hablado tanto, en los caminos, en los pueblos, a la orilla del mar, en las sinagogas provincianas, mirad, está enseñando «en el Templo». No desempeña ningún papel oficial, no es ni un «sacerdote del servicio» -sacerdocio levítico-, ni un «doctor de la Ley». No tiene derecho a entrar en el santuario, lo que es exclusivo del sumo sacerdote. No toma la palabra desde un lugar ritual, en el curso de un acto litúrgico. El, el Hijo de Dios, el Portavoz de Dios, se contenta con reunir a su alrededor, como lo hace un simple orador de paso, a los pocos oyentes que tengan a bien escucharle.

Es precisamente en el interior del recinto del Templo -y ese detalle es muy significativo: allí termina su misión- pero es también en espacio descubierto, en la explanada del templo o bajo una de sus columnatas.

-Alzando los ojos vio a los que depositaban sus ofrendas en el arca del Tesoro.

Los «ojos» de Jesús. Los contemplo.

Observo lo que hacen sus ojos.

Bajo el peristilo del templo, galería de columnas de mármol que adornaban la fachada, había, ante el vestíbulo de la «Tesorería», trece grandes arcas, cuya cubierta formaba un embudo o buzón de amplia ranura.

Un sacerdote de servicio se ocupaba de anotar el valor total de la ofrenda y la «intención» que le comunicaba el donante. Jesús lo está observando.

-Vio a los ricos que depositaban sus donativos.

Vio también a una viuda necesitada que echaba unos cuartos.

Dos «lepta»... dos «cuartos»... Las monedas más pequeñas de entonces.

Miro el gesto de los «ricos», como Jesús lo miraba.

Miro el gesto de la viuda, también, como Jesús.

Abre mis ojos, Señor, que sepa «mirar» mejor y en profundidad.

Escucho el ruidito, modesto y humilde, de las dos moneditas al caer en el arcón, en medio de las voluminosas ofrendas ya depositadas.

-Jesús dijo: «En verdad os digo: Esa pobre viuda ha echado más que nadie. Porque todos esos han echado de lo que les sobra, mientras que ella, de lo que le hace falta. Ha dado todo lo que tenía."

La mirada de Dios, la apreciación de Dios... ¡Cuán diferente es de la mirada habitual de los hombres! Dios ve de un modo distinto. Los ricos parecen poderosos, y hacen ofrendas aparentemente mayores. Pero, para Jesús, la pobre mujer ha dado «más». ¡Cuánta necesidad tenemos de cambiar nuestro modo de «ver», para ir adoptando, cada vez más, la manera de ver de Dios!

«Ella dio todo lo que tenía para vivir... dio de su indigencia»

¡Que la admiración de los que son discípulos de Jesús no se dirija nunca hacia los gestos aparentes, ostentosos sino hacia los pobres, los humildes, los pequeños! ¡Cuánta necesidad tenemos de un cambio en nuestros corazones!

Reflexión Tercera, del Santo Evangelio: (Lc 21,1.4), de Joven para Joven. Ofrenda de la viuda.

Vio a varios ricos que iban echando donativos en el arca. La colecta de ofrendas en las iglesias, católicas o no, tiene un doble aspecto. Deriva del condicionamiento de la sociedad, está dictada por la vida práctica. Pero, en parte, expresa también la actitud personal hacia Dios. En general, el dinero se lo damos a los de casa o a gente que depende de nosotros, o lo gastamos en cosas que nos interesan, Por ejemplo, las iglesias de los emigrantes en América, hechas con mucho sacrificio, se deben a la generosidad de la gente que quería tener su iglesia a toda costa. Con el mismo espíritu, los judíos ofrecían grandes dones al templo de Jerusalén: era su templo y estaban orgullosos de él. No hay nada de malo en esto. Es hermoso el empuje con que las personas construyen y custodian su santuario.

Pero el cristianismo exige que la palabra «nuestro» se expanda y se haga espiritual. Todo don ofrecido en la iglesia se mide en base a su valor espiritual, al espíritu con que lo ofrecemos.

Esta pobre viuda ha echado más que nadie. Si calculamos el valor de las ofrendas en las iglesias sólo desde el punto de vista económico, entonces, sólo los acomodados y los ricos deberían hacerlas; los pobres deberían estar dispensados. Y, sin embargo, los santos prefieren recibir contribuciones de los pobres. Se cuenta que uno de los apóstoles populares de Nápoles rechazó el dinero de un rico diciendo que si hubiera construido la iglesia con ese dinero, esta se habría hundido.

El don es imagen de la actitud interior y tiene sentido si expresa el alma de una persona. Dios no necesita cosas exteriores. El alma está en contacto con Dios cuando reza; por eso, si regalamos algo para el servicio de Dios o para cualquier obra de caridad, si lo hacemos con amor, es una especie de oración. Una oración inspirada por la conciencia de que tenemos necesidad de los dones de Dios: lo que nosotros damos corno ofrenda es sólo un pequeño plazo de la gran deuda para con Él.

Pero el mundo no se deja transformar rápidamente. Es necesario trabajar lenta y constantemente y, sobre todo, tener fe, no perder la esperanza. Parece que la profecía del evangelio nos quita la esperanza: no quedará piedra sobre piedra.

Entonces, ¿estamos construyendo en vano? ¿Cómo interpretar las profecías sobre las catástrofes que precederán al fin del mundo? Sólo una cosa es segura: al igual que el hombre entra en su gloria a través de la cruz y en la vida eterna a través de la muerte, el mundo que estamos construyendo llegará a su perfección en el signo de la cruz. Pero el éxito final habrá que pagarlo con miles de fracasos.

Se alzará un pueblo contra Otro. Cuando un mendigo nos molesta por la calle, cogemos una moneda del bolsillo para quitárnoslo de encima; después, tal vez, nos damos cuenta de nuestra avaricia y añadimos otra moneda más. El hombre es avaro por naturaleza, el instinto de conservación lo empuja a coger y a acumular; pero esta inclinación natural debería corregirse con otro instinto, el comunitario, porque el hombre es de naturaleza social. Y, sin embargo, incluso cuando estamos convencidos de la necesidad de compartir, intentamos siempre hacerlo al mínimo, siguiendo el principio típico del comercio: jamás pagar más de lo estrictamente necesario. Después, quizás nos avergonzamos. El pudor es un buen sentimiento, que muestra que hay en nosotros una fuerza noble que intenta vencer al egoísmo. Es la voz del amor, el reflejo de la beneficencia divina.

Elevación Espiritual para este día.

Carísimos: no nos mostremos avaros con lo que tenemos como si fuera nuestro, sino hagámoslo producir como si nos hubiera sido dado como préstamo. Nos ha sido confiada, en efecto, la administración y el uso temporal de los bienes comunes, no la posesión eterna de una cosa privada. Recordad a los que, en el Evangelio, habían recibido los talentos del Señor y lo que el padre de familia, a su vuelta, dio a cada uno como recompensa: entonces os daréis cuenta de que es más ventajoso poner en la mesa del Señor el dinero que nos da, para que lo hagamos fructificar, que conservarlo intacto. Acordémonos de aquella viuda que, olvidándose de sí misma por amor a los pobres, echó todo cuanto tenía para vivir, pensando sólo en el futuro. Ofreció todo lo que tenía para poseer los bienes invisibles. Aquella pobrecita no despreció las normas establecidas por Dios en orden a la conquista del premio futuro; por eso el mismo legislador no se olvidó de ella; más aún, el juez del mundo anticipó su sentencia y preanunció en el evangelio que sería coronada en el día del juicio.

Hagamos, pues, deudor a Dios con sus mismos dones. Nada poseemos que él no nos haya dado. Y, sobre todo, ¿cómo podemos pensar que tenemos algo nuestro, nosotros, que no nos pertenecemos a nosotros mismos por tener contraída una obligación particular con Dios, no sólo porque hemos sido creados por él, sino también redimidos? Alegrémonos porque hemos sido comprados de nuevo a un precio elevado (cf. 1 Cor 6,20) con la sangre del mismo Señor y por eso hemos dejado de ser personas viles como esclavos; en efecto, querer ser independientes de la ley divina es una libertad más despreciable que la esclavitud.

Restituyamos, por consiguiente, al Señor los dones que son suyos; démoselos a él, que recibe en la persona de cada pobre; démoselos con alegría, lo repito, para recibir de él en la exultación, como él mismo dijo (cf. Sal 125,5).

Reflexión Espiritual para el día.

Dios está inclinado siempre hacia nosotros; es, podríamos decir, alguien que se entrega a sí mismo y se hace don perfecto, total, eterno, y eso sin tregua. Somos nosotros, los destinatarios del don, los que estamos cerrados, los que no le acogemos, y por eso recibimos o no recibimos en absoluto lo que nunca cesa de ofrecérsenos Pero él escucha todas las plegarias, realiza todos los milagros, consuma todos los misterios de la salvación. Somos nosotros quienes no estamos dispuestos a acogerlos. El don de Dios es infinito, se ofrece siempre, pero nosotros siempre podemos, por así decirlo, anularlo, restringirlo, rechazarlo. No hay grandeza sino en el amor, en la entrega de uno mismo, y amar es, precisamente, vaciarnos de nosotros mismos, ser pobres de nosotros mismos, hacer de nosotros mismos un espacio en el que el otro pueda respirar su propia vida. Ahora bien, precisamente porque esa pobreza en su infinita fuente está en Dios, precisamente porque nosotros nunca podremos ser pobres como Dios, podemos encaminarnos hacia ese despojo y aumentar cada día nuestra generosidad, pero nunca conseguiremos ser pobres como lo es Dios. Por otra parte, si Dios nos llama a la alegría de la entrega total, lo hace justamente porque quiere nuestra grandeza, y la lleva a su colmo cuando nos confía su propia vida, cuando pone en nuestras manos su destino en la historia.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Iglesia. Daniel, Ananías, Misael y Azarías.

Recordemos el contexto en que el cap. 3 del libro de Daniel incluye este cántico. Nabucodonosor, rey de los caldeos, hizo en Babilonia una estatua enorme y ordenó que, al toque de los instrumentos musicales, todos se postraran para adorarla, amenazando a quienes no lo hicieran con ser arrojados a un horno abrasador. Tres jóvenes judíos, Ananías, Azarías y Misael, fieles a su fe en Yavé, se negaron a adorar la estatua, y el rey mandó que los arrojaran al horno. «Los siervos del rey que los habían arrojado al horno no cesaban de atizar el fuego con nafta, pez, estopa y sarmientos. Las llamas se elevaban cuarenta y nueve codos por encima del horno y, al extenderse, abrasaron a los caldeos que se encontraban junto al horno. Pero el ángel del Señor bajó al horno junto a Azarías y sus compañeros, expulsó las llamas de fuego fuera del horno e hizo que una brisa refrescante recorriera el interior del horno, de manera que el fuego no los tocó lo más mínimo, ni les causó ningún daño o molestia. Entonces los tres se pusieron a cantar a coro, glorificando y bendiciendo a Dios dentro del horno de esta manera: "Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres", etc.».

Este cántico, atribuido a los tres jóvenes en el horno ardiendo, es un salmo en forma de letanía, como el salmo 135, que debía de recitarse en el templo, y que el autor sagrado ha querido poner en boca de los tres héroes para expresar sus sentimientos de gratitud a Dios por haberlos liberado de las llamas. La composición salmódica tiene dos partes: a) oración a Dios, que se ha manifestado a Israel, en su alianza y en su templo de Jerusalén, como Dios glorioso que habita sobre los querubines (51-56); b) invitación a todas las criaturas a que alaben a Dios (57-90).

La composición es bellísima y similar a otras composiciones salmódicas que conocemos de la Biblia. Empieza por alabar al Dios de los padres, que con ellos ha hecho alianza y que se ha manifestado glorioso en su nombre en la historia prodigiosa de Israel (v. 51). A pesar de haberse manifestado a los antepasados de Israel, sin embargo, sigue altísimo y trascendente, sentado sobre querubines y sondeando con su mirada lo más profundo de los abismos. Su trono real es la bóveda del cielo (v. 55). Desde allí asiste majestuoso, desplegando su providencia sobre su pueblo y sobre los justos. Por eso, toda la naturaleza, desde los ángeles hasta las bestias, debe alabarle sin fin, y a esta alabanza son asociados los tres héroes del horno de Babilonia +

Enviado el Lunes, 27 noviembre a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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