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Lecturas del día 26-11-2017

LITURGIA DE LA PALABRA.

Ez 34,11-12.15-17: Yo mismo buscaré a mis ovejas.
Salmo responsorial 22: El Señor es mi pastor; nada me falta
1 Cor 15,20-26.28: Y así Dios será todo para todos
Mt 25,31-46: ¿Cuándo te vimos hambriento, sediento, emigrante, enfermo?
Problemática pastoral concreta de la festividad de Cristo Rey

Vamos a comenzar removiendo obstáculos. Hay alguna problemática en torno a los posibles significados de esta fiesta. Veamos algunos:


a) El origen de esta fiesta y su contexto original. Esta fiesta fue establecida en un contexto anterior al Vaticano II, en 1925, por Pío XI, y con un espíritu muy cercano al de cristiandad, cuando el Vaticano expresaba claramente su deseo de que el cristianismo fuera la religión oficial, la religión de los Estados cristianos. Al confesar a Cristo como Rey universal se quería con ello vehicular el deseo de que también la Iglesia fuese testigo y participante ya aquí en la tierra de esa realeza: una realeza de Cristo reconocida redundaba inevitablemente en una Iglesia respetada, favorecida por el Estado, con alto estatus en la sociedad, fuerte y organizada, que aunque no podía ya revestirse de poder político temporal, al menos podía participar de él por una relación estrecha y armoniosa con los poderes sociales. Durante mucho tiempo, el título de "Cristo Rey", el "reinado social del Corazón de Jesús"... incluyeron esos aspectos de autoencumbramiento de la Iglesia, olvidando que la práctica de Jesús de Nazaret fue muy distinta, incluso totalmente contraria.


b) El concepto de Reino-monárquico. El Reino no es hoy día la forma más frecuente de organización sociopolítica. La mayor parte de los países son repúblicas, de diferentes rostros, y los reinos que persisten, ya no lo son -en su mayor parte- en su forma clásica, sino en adaptaciones a la mentalidad actual (por ejemplo las monarquías "parlamentarias") que, al superarla, niegan en el fondo la esencia misma de lo que es un "reino".

Aun siendo conscientes de la limitación inevitable que todo lenguaje teológico tiene por su misma naturaleza analógica, figurada, simbólica, apofática... cada vez más se viene insistiendo en que la palabra "reino" no sería la más adecuada en esta altura de la historia en la que ya no expresa una forma de organización sociopolítica deseable para los humanos. Cada vez se evidencia más la dificultad de hablar de Dios (y de Cristo) como "rey", y de su proyecto escatológico como un "reino". ¿Estamos seguros de que un reino, una monarquía, podría ser una analogía del “Reino de Dios” realizado? ¿O en muchos aspectos la realización del reino de Dios exigiría la superación de mucho de lo que en la sociedad se parezca a una monarquía, a un “reino”? Una comunidad, ¿puede ser comparada con un «reino», con una «monarquía»? ¿Y una familia?

Pablo Suess viene proponiendo la expresión "democracia participativa del RD" para corregir la evocación que el término clásico conlleva. Ya sabemos que no se puede simplemente sustituir una expresión por otra, pero es evidente que es bueno aludir con frecuencia a esa insuficiencia de la expresión clásica, para hacer caer en la cuenta a los oyentes, y para liberar al contenido (el reino mismo, el significado), de las limitaciones del significante (la palabra no completamente adecuada).

Para hablar del Reino puede ser mejor hablar del Proyecto, de la Utopía de Dios... que hacemos nuestra: queremos «construir la Democracia de Dios, cósmica, pluralista e inclusiva, y por eso, amorosa, encarnación vida del Dios de los mil rostros, colores, géneros, culturas, etnias, sentidos...».

c) Connotación de género en la palabra "Reino".

Es útil saber que en el ámbito de la teología feminista angloparlante se rechaza también la expresión (God's Kingdom) a causa de su machismo larvado. En castellano no existe el problema, pero el saber que existe en otras lenguas invita a prevenirlo en su uso consciente.

Los grandes temas de la fiesta de hoy y de la semana

Hay varios grandes temas que podrían servir para orientar la reflexión de la homilía o la reflexión del círculo bíblico o la comunidad cristiana en torno a los textos de este domingo. Habrá que elegir entre ellos. Aquí sólo los apuntamos:

a) El Reino de Dios, como contenido del mensaje de Jesús. Jesús nunca se proclamó Rey: nada más lejos de Él. Lo que Jesús hizo fue ponerse al servicio total del Reino, de forma que éste fue el centro mismo de su predicación y de su vida, la Causa por la que dio la vida. Importa pues hacer honor a esta identidad verdadera de Jesús.

Jesús habló del Reino, fue su servidor y su mensajero, pero sus seguidores se olvidaron del Reino y lo constituyeron a él como el Reino mismo, como el Rey... El mensaje fue sustituido por el mensajero. Es preciso volver a Jesús...

Para hablar concretamente del Reino es bueno reparar en el texto del prefacio de esta fiesta, que da una «descripción» muy plástica de su contenido. Esa idea fue recogida en el conocido estribillo del Salmo 71 del compositor Manzano, que dice: «Tu Reino es Vida, tu Reino es Verdad, tu Reino es Justicia... es Paz... es Gracia... es amor, ¡venga a nosotros tu Reino, Señor». Bien glosada, y debidamente justificada esa perspectiva teológica, puede ser un buen guión para la homilía. Y no debería faltar ese canto en la celebración de hoy.

b) La relación entre cristocentrismo y reinocentrismo. Una cierta interpretación de esta fiesta -muy común por lo demás en el cristianismo en general- propicia un cristocentrismo exagerado, absoluto, que no hace justicia a la verdad de la revelación, al mensaje real de Jesús, a lo que dijo, no a lo que después dijimos que dijo. Importa pues pastoralmente discernir la correcta jerarquía de valores, que hoy más y más da en llamarse "reinocentrismo".

c) El mesianismo de Jesús. La aclamación o la espera de Jesús como Rey se dio en el contexto del mesianismo: se esperaba un liberador. Hoy la postración es tal que ni siquiera se espera nada, pudiendo hacer de la aclamación de Jesús como Rey algo bien alejado de lo que el mesías supuso realmente para los que lo esperaron.

d) La dimensión escatológica: el final de los tiempos, nuestro ineludible caminar en la historia, el "juicio final"... El final del año litúrgico nos hace tematizar en nuestra reflexión el final mismo de la historia, y el final también de nuestras vidas personales.

PRIMERA LECTURA.
Ezequiel 34,11-12.15-17.
A vosotras, mis ovejas, voy a juzgar entre oveja y oveja.

Así dice el Señor Dios: "Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro. Como sigue el pastor el rastro de su rebaño, cuando las ovejas se le dispersan, así seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré, sacándolas de todos los lugares por donde se desperdigaron un día de oscuridad y nubarrones. Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear -oráculo del Señor Dios-. Buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas; vendaré a las heridas; curaré a las enfermas: a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré como es debido. Y a vosotras, mis ovejas, así dice el Señor: Voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío."

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 22.
R/:El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar. R.

Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. R.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. R.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término. R.

SEGUNDA LECTURA.
1Corintios 15,20-26.28.
Devolverá a Dios Padre su reino, y así Dios lo será todo para todos.

Hermanos: Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza. Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Y, cuando todo esté sometido, entonces también el Hijo se someterá a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos.

Palabra de Dios

SANTO EVANGELIO.
Mateo 25,31-46.
Se sentará en el trono de su gloria y separará a unos de otros.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.

Entonces dirá el rey a los de su derecha: "Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme." Entonces los justos le contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?" Y el rey les dirá: "Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis."

Y entonces dirá a los de su izquierda: "Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de deber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis." Entonces también éstos contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?" Y él replicará: "Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo." Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.

Palabra del Señor.

Comentario de Primera lectura: Ezequiel 34,11-12.15-17Yo mismo buscaré a mis ovejas.

El texto, dirigido a los responsables del pueblo, utiliza la imagen del pastor empleada por (Jr 23,1-6). Dios reprueba a los reyes y a cuantos estaban investidos de poder (sacerdotes y escribas) porque han faltado a sus deberes y han incumplido las funciones de guiar al pueblo. Todo lo que han hecho con las ovejas (Israel) ha sido nefasto, y mortal: han pensando siempre en ellos y nunca en el pueblo, han empleando la violencia con sus hermanos y los han entregado en las manos de los pueblos vecinos.

Al rey Dios le echa en cara su culpa y le anuncia que le quitará el pueblo y él mismo cuidará y apacentará a su rebaño como rey y Mesías (vv. 11-16; cf Is 40,11; Sal 22). No es cuestión de sustituir unos jefes indignos por otros para que conduzcan al pueblo, ni es cuestión de invertir el orden; se trata del anuncio de una teocracia. La profecía se hizo realidad: a la vuelta del destierro de Babilonia, el «resto de Israel» no volvió a tener más un rey, sino la anunciada teocracia. Dios mismo alimentará a su pueblo, proveerá sus necesidades y los deseos de todos.

Ezequiel inauguró así la nueva teocracia divina, en la cual Cristo, verdadero pastor del pueblo, puso a sus enemigos como escabel de sus pies. ÉL en efecto, no «desperdiga”, sino que «reúne»; conduce a los pastos a sus ovejas y les proporciona descanso; va en busca de la oveja perdida y venda a la herida. Estos son los rasgos que los evangelios le aplican a Cristo. El rey Mesías es el rey para los demás: su majestad es servicio, no dominio; es entrega de sí mismo y predilección por los pobres y los débiles.

Comentario del Salmo responsorial 22: El Señor es mi pastor; nada me falta

Es un salmo de confianza individual. En él, una persona manifiesta su absoluta confianza en el Señor. Las expresiones «nada me falta» (1 c), «no temo ningún mal» (4h), «todos los días de mi vida» (6a), «por días sin término» (6b) y otras, muestran que se trata de la total confianza en Dios pastor.

Este salmo cuenta con una breve introducción, compuesta por la expresión “el Señor es mi pastor” (1b); tiene un núcleo central, que comienza con la afirmación «nada me falta» y llega basta la mitad del versículo 6. La conclusión consiste el la última frase: «Mi morada es la casa del Señor, por días sin término» (6b).

El núcleo central contiene dos imágenes importantes. La primera presenta al Señor como pastor, y el salmista se compara con una oveja (1 b-4). Los términos de estos versículos pertenecen al contexto del pastoreo. Para entender esta imagen, tenemos que recordar brevemente como era la vida de los pastores en el país de Jesús. Normalmente tenían un puñado de ovejas y cuidaban de ellas con cariño, pues era todo lo que poseían. Por la noche, solían dejarlas en el redil junto con las de otros pastores, bajo la protección y vigilancia de unos guardas. Por la mañana, cada pastor llamaba a las suyas por su nombre, ellas reconocían la voz de su pastor y salían para iniciar una nueva jornada. El pastor caminaba al frente, conduciendo a sus ovejas hacia los pastos y fuentes de agua (véase Jn 10,1-4).

En la tierra de Jesús hay mucho desierto, de modo que los pastores habían de atravesarlo para llegar a los prados. En ocasiones, encontraban pastizales enseguida; otras veces tenían que caminar bastante para llegar hasta donde hubiera agua y verdes praderas. En estas ocasiones, podía suceder que la oscuridad de la noche sorprendiera al pastor con sus ovejas. Es sabido que estas, de noche, se desorientan totalmente y corren el riesgo de perderse. El pastor, entonces, caminaba al frente del rebaño y lo conducía de vuelta al redil. La oscuridad de la noche (el «valle Tenebroso» del versículo 4) no asustaba a las ovejas, pues caminaban protegidas por la vara y el cayado del pastor.

La segunda imagen (5-6a) es también muy interesante. Ya no se trata de ovejas. El contexto en que nos encontramos es el del desierto de Judá. Tenemos que imaginar a una persona que huye de sus enemigos a través del desierto. Los opresores están a punto de darle alcance cuando, de repente, se encuentra delante de la tienda de un jefe de los habitantes del desierto. La persona que huye es recibida con alegría y fiesta, convirtiéndose en huésped del jefe. En el país de Jesús la hospitalidad era algo sagrado. El que se refugiaba en la casa o en la tienda de otra persona, estaba a salvo de cualquier peligro.

Cuando los opresores llegan a la entrada de la tienda, ven la mesa preparada (los habitantes del desierto se limitaban a extender un mantel en el suelo), el huésped ya se ha dado un baño y se ha perfumado con ungüentos, y se dan cuenta de que el jefe y su huésped están brindando por una antigua amistad (la copa que rebosa). No pudiendo hacer nada, los enemigos se retiran avergonzados.

Pasado un tiempo, el huésped tendrá que proseguir su viaje. El jefe, entonces, le ofrece dos guardaespaldas, que, simbólicamente, reciben los nombres de «felicidad y misericordia», que lo acompañarán todos los días de su vida.

Aparentemente, este salmo no presenta ningún conflicto, pero esto es sólo a primera vista, De hecho, en él se menciona un «valle tenebroso» (4a) y se habla de «opresores» (5a). ¿Qué es lo que estaría pasando? La respuesta empieza por el final del salmo. El salmista afirma que su «morada es la casa del Señor, por días sin término» (6b). La casa del Señor es el templo de Jerusalén. Así pues, la persona que habla en el salmo se encuentra allí. ¿Qué podrían tener en su contra los opresores? Ciertamente, querían matarla. Este salmo, por tanto, pone de manifiesto un drama mortal. Una persona, injustamente condenada, huye a esconderse en el templo, que funcionaba como lugar de refugio para quien hubiera cometido un crimen sin intención.

Sabemos que en Israel funcionaba la ley del talión: ojo por ojo, diente por diente; herida por herida, muerte por muerte. Quien hubiera herido o matado a alguien sin querer, tenía que huir lo más rápido posible. En tiempos de las tribus existían las ciudades de refugio. En la época de la monarquía, también el templo de Jerusalén servía de refugio en estos casos. El salmo 23, por tanto, habría surgido en una situación como la descrita. Y aquí, el refugiado toma la decisión de habitar en el templo rara siempre (6b).

De este modo podemos entender estas dos imágenes, El inocente que huye de los que pretenden matarlo se siente protegido por el Señor como la oveja que, de noche, carnina protegida por la vara y el cayado del pastor. Con este tipo de pastor, nada le falta a quien confía en él. El inocente se sentía perseguido por los opresores, pero logró refugiarse en la tienda del Señor, esto es, en el templo de Jerusalén. Y ahí nadie podrá hacerle ningún daño.

Una de las imágenes más hermosas de Dios en el Antiguo Testamento y en este salmo es la que nos lo muestra como pastor. Este motivo nos recuerda inmediatamente el éxodo. De hecho, la principal acción del Dios pastor consistió en haber sacado a su rebaño (los israelitas) del redil de Egipto y haberlo conducido por el desierto, haciéndolo entrar en la tierra prometida, la tierra que mana leche y miel. Varios son los textos bíblicos que nos hablan de esto (por ejemplo, Salmo 78,52). Pastor, libertador y aliado son, por tanto, temas gemelos. El salmista tiene una confianza absoluta en el nombre del Señor (3) porque sabe que, en el pasado de su pueblo, Dios liberó, condujo e introdujo a los israelitas en la tierra de la libertad y de la vida. En esta tierra, el Señor dio acogida a su pueblo, preparándole una mesa opulenta, convirtiéndolo en su huésped preferido y protegiéndolo todos los días de su vida.

Jesús, en el evangelio de Juan, adopta las características del Dios pastor, libertador y aliado (Jn 10), que conduce a las ovejas fuera de los rediles que le impiden al pueblo acceder a la vida (Jn 9). Con su muerte y su resurrección, Jesús, buen pastor, inauguró el camino de vuelta al Padre: «Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6h).

Probablemente, este sea el salmo más rezado y más cantado. Pero el mejor momento para rezarlo cs cuando tenemos necesidad de reforzar nuestra confianza en Dios, y ello en medio de los conflictos cotidianos. También conviene rezarlo en solidaridad con aquellos cuya muerte «está ya decidida», con los inocentes condenados y con las víctimas de la violencia y de la opresión.

Comentario del la Segunda lectura: 1 Cor 15,20-26.28: Y así Dios será todo para todos

Este texto de san Pablo relaciona la soberanía de Jesús con la resurrección y la victoria sobre el pecado y la muerte. Es una visión grandiosa de la realeza de Cristo, una majestad en desarrollo: Jesús, aunque ha resucitado, aún está en lucha contra el pecado del mundo y la muerte. Al final, las potencias del mal y de la muerte serán derrotadas y Cristo podrá entregar su Reino al Padre.

El texto comienza diciendo que «por su unión Con Adán todos los hombres mueren» (v. 22), excepto el primogénito de la nueva humanidad, Jesucristo, el resucitado, que se ha liberado de toda esclavitud. Él no ha querido ser el único en triunfar sobre la muerte, sino que ha unido consigo a la Iglesia, indicándole los medios prácticos para vencer la muerte y el mal.

El primer Adán, en efecto, arrastró a la humanidad a la muerte, mientras que el segundo Adán, Jesucristo, arrastra a los suyos a la resurrección. El ya ha resucitado como «primicia» (“primer fruto”, versículo 23), como primera célula del mundo nuevo. Luego, después de su venida, resucitarán «los que pertenezcan a Cristo» (v. 23). El último enemigo que será destruido será «la muerte» (v. 26). Entre las primicias de la resurrección de Cristo y el acontecimiento final de la resurrección de sus se seguidores está la historia y la vida del mundo, que se encuentran dominadas por la lucha de Cristo y las potencias: «Es necesario que Cristo reine hasta que Dios ponga a todos sus enemigos bajo sus pies» (v. 25). Ahora esta lucha continúa, pero al final la muerte será vencida.

Comentario del Santo Evangelio: Mt 25,31-46: ¿Cuándo te vimos hambriento, sediento, emigrante, enfermo?

Estamos frente a la clásica visión del juicio final, que san Mateo pone como conclusión del “discurso escatológico” y de todos los discursos de Jesús. En realidad, Jesús no pronunció este discurso con la intención de describirnos los acontecimientos finales relativos al juicio definitivo. Sin embargo, leyendo los hechos de su tiempo, Jesús sí ha querido inculcarnos los medios concretos para salir victoriosos en la prueba final de la vida, cuando toda la humanidad se encuentre frente a él, como rey universal restaurando su Reino. La página evangélica posee una fuerza extraordinaria tanto por el mensaje en sí como por lo sugestivo de la escena. El texto se encuentra articulado en tres partes: una, la introducción, que presenta la llegada del Hijo del hombre, la convocación de los pueblos y la separación de los mismos (vv. 31-33); otra, el diálogo del rey con los de un lado, quienes entrarán y tomarán posesión de su Reino, y, a continuación, con los del otro lado, los excluidos (vv. 34-45); y la última, la conclusión, que reanuda y ejecuta las distintas sentencias (v. 46).

La parte más importante del texto es la que se fija, y con insistencia, en las actitudes de amor o indiferencia, es decir, en la acogida amorosa o en el rechazo de los pobres y los necesitados. Las obras misericordiosas y gratuitas son premiadas por Dios. Está claro que este rey y juez escatológico, que cumple las profecías antiguas, es Jesús de Nazaret, el crucificado, aquel que experimentó el hambre, la desnudez, la soledad, el dolor. Este rey y Señor; que se identifica con los pequeños y los pobres, vive escondido y oculto en «sus hermanos más pequeños».

Estamos concluyendo otro año litúrgico con toda la Iglesia. Es bueno que hagamos un balance personal —y comunitario, también— y nos preguntemos si durante el tiempo transcurrido hemos realizado una coherente acción evangelizadora, de promoción humana, de santificación personal y fraterna con quienes vivimos, de glorificación a Dios en Cristo, hacia donde convergen como meta todas las actividades de la Iglesia. Y debemos plantearnos más cosas, a la luz de la Palabra de Dios, en esta fiesta de Cristo Rey: ¿cómo estamos viviendo la vida presente?, ¿tenemos presente la vida futura?.

Nuestra vida tiene dos tiempos. El primero es terrenal: el «tiempo propicio» que estamos viviendo, el de la salvación (cf 2 Cor 6,2), donde contamos con Cristo como «buen pastor» y decidimos, porque está en nuestras manos, si nos salvamos. Y después vendrá «aquel día», cuando Cristo como juez se siente en su trono de gloria y nada quede impune ante él. La Escritura nos invita en este día a reflexionar austeramente. La Fiesta de Cristo Rey nos ayuda a reconsiderar que todavía estamos en el tiempo favorable de la salvación, donde todo depende de la disponibilidad para acoger la invitación de Dios. Él, buen pastor; nos invita a no endurecer el corazón para no ser seducidos por el pecado. Merece la pena repetir convencidamente: “El Señor es mi pastor, nada me falta”.

Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, Señor rey de cielo y tierra (cf Mt 11,25), te damos gracias por ti mismo, pues por tu santa voluntad, y por medio de tu único Hijo con el Espíritu Santo, creaste todas las cosas espirituales y corporales, y a nosotros, hechos a tu imagen y semejanza, nos colocaste en el paraíso (cf Gn 1,26; 2,15). Y nosotros caímos por nuestra culpa.

Y te damos gracias porque, al igual que nos creaste por tu Hijo, así, por el santo amor con que nos amaste (cf Jn 17,26), quisiste que él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima Santa María, y quisiste que nosotros, cautivos, fuéramos redimidos por su cruz, y sangre, y muerte.

Comentario del Santo Evangelio en la Solemnidad de Cristo Rey (Lc 23,35-43), para nuestros Mayores.Cristo Rey.

Al escuchar un cuento que empieza diciendo «Había una vez un rey», los niños frecuentemente expresan el deseo de poder ver un verdadero rey con sus ojos. Es difícil. Aunque hay reyes y reinas, su aparición ya no es fabulosa y su poder político no corresponde a lo que su título significa en los cuentos. En esta situación, muchos se preguntan qué sentido tiene tener todavía en el calendario litúrgico la fiesta de Cristo Rey. No se le pueden aplicar imágenes fantásticas extraídas de las fábulas —sería casi ofensivo— y la función concreta que tienen hoy los jefes de las dinastías reales no concuerda con la idea que debe expresar esta fiesta. Con esto emerge, sin embargo, un aspecto positivo, es decir, la conciencia de que la majestad de Cristo es totalmente especial, que no es de este mundo (cf Jn 18,36).

La fiesta es relativamente nueva. Fue Pío XI quien la introdujo y la propagó. Cuando el mismo Papa fundó en Roma el Instituto para los Estudios Orientales, lo dedicó a Cristo Rey. Para hacer la capilla, que debía tener un estilo oriental, no era difícil encontrar una expresión que correspondiese a lo nueva fiesta latina. Se trata del título bizantino: Cristo Pantocrátor, el Omnipotente que gobierna el cielo y la tierra. Conocemos esta imagen por las cúpulas de las antiguas basílicas.

Es la imagen más antigua de Cristo de la época en la que el Imperio romano se podían libremente construir las basílicas. En aquel tiempo, esta imagen era una predicación elocuente. Los motivos de la pintura eran actuales: el trono, la vestidura Imperial, los guardias... Así se veía al emperador, despótes, de Constantinopla. Ahora Cristo, de quien poco tiempo atrás se decía que no era más que un judío crucificado por el estado, lleva todos estos signos. Se trata, por lo tanto, de un vuelco de valores.

Los emperadores romanos, que ahora se hacían bautizar, no renunciaban fácilmente a la idea de ser dueños de un imperio universal. Los iconógrafos sacros tratan de convencer a ellos y a sus súbditos que esta es una ilusión. El verdadero poder está en las manos de Aquel que los organismos estatales mataron. Puede ser que en esta imagen hubiese al comienzo algún rasgo del imperialismo cristiano: aquí nosotros hemos vencido a quienes nos perseguían. Sin embargo, esta victoria debía ser propagada también después, en todos los tiempos. Los potentes de este mundo no dejan de creer que todo depende de ellos. Los cristianos, por lo tanto, necesitan testimoniar que existe alguien superior a ellos y que sobre los tronos de la violencia hay un trono de misericordia.

Esta idea es siempre actual. La imagen de Cristo Pantocrátor recuerda a los hombres de todos los pueblos y de todas las razas que existe la providencia divina en Cristo, sin la cual no se puede caer ni siquiera un solo cabello de la cabeza (cf Lc 21,18). Sin embargo, no fue este el motivo que condujo a Pío XI a introducir la fiesta. En la oración del día, antes de la reforma litúrgica del Vaticano II, se rezaba: «Para que las familias humanas disgregadas se sometan al manso gobierno de Cristo». El mundo antiguo tenía muchos defectos pero estaba orgulloso de su pax romana: de Anglia (Inglaterra a España hasta Persia estaban presentes las leyes romanas y rechazaban las guerras más allá del mundo civil. El mundo de hoy desea alcanzar el mismo fin por medio de ideologías unificadoras. En este contexto, existe la tentación de presentar el cristianismo como una ideología adecuada para este fin.

La experiencia de la división de las mismas Iglesias cristianas, las herejías y los cismas, nos enseñan que para unir el mundo no es suficiente una idea noble como el espíritu del evangelio. Más allá de la idea cristiana, debe estar la persona de Cristo vivo. No se le dijo a un libro, sino a Él personalmente, a quien le fue dado todo el poder en el cielo y en la tierra (cf Mt 28,18).

Él está eternamente presente en su Iglesia, con su gracia, con su dirección, con su poder. La Iglesia lo profesa desarrollando el año litúrgico. Comienza con el Adviento, es decir, con la experiencia histórica de la preparación a la venida del Mesías. Después siguen los misterios de la vida y de la muerte de Jesús Se recuerda el día de Pentecostés y después una larga serie de domingos «per Nahum». Parecería que la vida eclesial perdiese

Comentario del Santo Evangelio: (Mt 25,31-46), de Joven para Joven.La escena del juicio final, según la parábola del mismo nombre

El examen de amor en la parábola del juicio final, en que Cristo aparece como rey, pastor y juez, culmina la perspectiva escatológica del reino de Dios. Cristo resucitado es la primicia de la nueva humanidad de los redimidos y tiene el señorío universal. Él es también pastor que guía al pueblo de Dios y hace justicia siguiendo la ley del amor a los humildes, con quienes él se identifica.

La escena del juicio final, según la parábola del mismo nombre, es la plasmación de un grandioso cuadro apocalíptico Destinatarios y sujetos de ese juicio son todos los hombres. En esto se diferencia esta parábola de todas las demás, que se orientan a los discípulos, a los cristianos, a la comunidad de la Iglesia. Aquí se habla de todas las naciones; por tanto, judíos y gentiles, cristianos y paganos, creyentes y ateos.

El código, ley y programa de examen para el juicio no serán otros que el amor al hermano. Se cumple aquello de san Juan de la Cruz: “En el atardecer de la vida seremos examinados de amor”. El hecho de que Cristo se identifique con los pobres., marginados y los que sufren, y además los llame sus hermanos menores, nos descubre cuán lejos está de la doctrina y conducta de Jesús toda idea triunfalista. Su soberanía de Rey del Universo que hoy celebramos, es muy especial, porque su reino no es como los de este mundo. Por eso Jesús desbarata nuestras categorías, según las cuales tendemos a identificar la autoridad y el poder con el dominio y no con el servicio.

Las seis maneras de amar al prójimo, que Jesús detalla en su enumeración de gestos de amor —obras de misericordia— no tienen carácter de elenco exhaustivo y menos aún exclusivo. No se excluyen, sino que se dan por supuestos, otros puntos básicos de la enseñanza de Jesús y las realidades que dimanan de vivencia del misterio de Cristo y de la condición cristiana: fe, conversión, bienaventuranzas, gracia y amistad de Dios, actitudes interiores, culto religioso, conducta moral, mandamientos, etc. Al hacer gravitar el juicio sobre el amor al hermano necesitado, se produce una concentración en la realidad cristiana fundamental que lo engloba todo: el amor. Porque amar es cumplir la ley entera (Rom 13,10).

Los herederos del reino de Dios. El veredicto del rey juez aclara, con sorpresa de unos y de otros, que es heredero del reino de Dios y de la vida eterna, cualquier hombre o mujer que ama al prójimo, hace el bien y practica la justicia. Como lo es todo el que vive las bienaventuranzas, aunque no sea cristiano, ni conozca a Cristo expresamente; porque en él son visibles las semillas de la palabra de Dios, derramada en la creación y en el corazón de todo el que busca el bien y la verdad.

Mediante esta sentencia Cristo rompe una vez más —como lo hizo en el discurso del monte— el círculo cerrado del prójimo, tal como lo entendía la antigua ley mosaica. Todo hombre es mi prójimo, mi hermano, y no sólo el pariente o el connacional. Y cuanto más necesitado, es más prójimo y más hermano, porque en su rostro brilla más claramente la imagen de Jesús. En el discurso evangélico del monte la motivación para el amor, incluso al enemigo, era la santidad y perfección de Dios Padre; aquí lo es, además, la identificación de Cristo con el prójimo.

Todo el que ama al hermano, especialmente al que sufre por una u otra causa, es heredero del reino de Dios. No es la ideología ni las palabras lo que salva o condena, sino las obras. Jesús lo advierte: No todo el que dice “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros.

El juicio está ya realizándose. Desde el momento de la venida de Jesús al mundo el reino de Dios está presente entre nosotros, si bien todavía no se ha manifestado en toda su plenitud. Así también el juicio de Cristo está ya realizándose en el presente de nuestra vida. El dictamen final no será más que hacer pública la sentencia que día a día vamos pronunciando nosotros mismos con nuestra vida de amor o desamor.

Los hombres serán juzgados según la aceptación o el rechazo de Cristo a quien no vemos en carne y hueso, pero que se identifica con cuantos sufren en la tierra de los hombres. El prójimo es así la pantalla de nuestra vida, el vídeo para leer nuestra conducta, el espejo para recomponer nuestra figura cristiana, porque “quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1Jn 4,20). La sensibilidad y solidaridad efectivas ante el dolor ajeno son, pues, la medida exacta de nuestro cristianismo.

Cuando nos reunimos para celebrar la eucaristía, nuestro culto debe reflejar el culto de nuestra vida, y viceversa, porque se necesitan mutuamente. El culto completo del discípulo de Cristo se expresa en la solidaridad con el pobre, el que sufre, el hermano menor de Jesús. Ésta es la religión que acepta el Señor. El compromiso efectivo de nuestra fe y de nuestro seguimiento de Cristo se comprueba al ras de la vida, en el empeño por la promoción del necesitado.

En el acto penitencial del comienzo de cada eucaristía hemos de examinarnos del amor, antes de presentar la ofrenda ante el altar. Este examen de amor es vigilancia cristiana. El ver como lejano el juicio último es un engaño, porque está ya presente. Por eso cada domingo hemos de repetir conscientemente, y hoy más que nunca, en nuestra profesión de fe, el credo: Creemos que el Señor “vendrá de nuevo con gloria para juzgar a vivos y muertos; y su reino no tendrá fin”.

Bendito seas, Padre, porque constituiste a Cristo resucitado
como Señor y Rey de la creación, como Juez de vivos y muertos.
Tú eres el Dios santo, tú eres luz, amor, ternura y misericordia
y nosotros somos tiniebla, egoísmo, dureza, frialdad y violencia.
No obstante, tú nos quieres a todos tus hijos tal como somos,
pero nos mandas amarnos unos a otros como Cristo nos amó.
Nos cuesta mucho, Seño ver a Jesús en los pobres,
en los marginados, en los rudos, antipáticos Y maleducados.
Haznos ver en ellos la cara oculta del Cristo sufriente.
Enciende nuestros corazones con el fuego de tu palabra
y danos tu Espíritu de amor que nos transforme por completo
para que, amando a todos, aprobemos tu examen final. Amén.

Elevación Espiritual para este día

Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, Señor rey de cielo y tierra (cf. Mt 11,25), te damos gracias por ti mismo, pues por tu santa voluntad, y por medio de tu único Hijo con el Espíritu Santo, creaste todas las cosas espirituales y corporales, y a nosotros, hechos a tu imagen y semejanza, nos colocaste en el paraíso (cf Gn 1,26; 2,15). Y nosotros caímos por nuestra culpa.

Y te damos gracias porque, al igual que nos creaste por tu Hijo, así, por el santo amor con que nos amaste (cf. Jn 17,26), quisiste que él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima Santa María, y quisiste que nosotros, cautivos, fuéramos redimidos por su cruz, y sangre, y muerte

Reflexión Espiritual para este día.

Es importante saber lo que pasa a nuestro lado y tener con ciencia de las personas y las situaciones. Es importante saber que Jesús es el Señor y que él representa la visita personal y definitiva de Dios a la humanidad. Es importante saber que debemos ser sensibles a las necesidades urgentes de otros, especialmente de los más pobres, sucios y malolientes. Pero el saber no es decisivo. Lo decisivo es el hacer efectivo. No se salva el que sabe y dice: «Señor, Señor...», sino el que hace lo que Dios pide. La salvación tiene lugar cuando se da el salto de la teoría a la práctica verdadera. Lo que nos proporciona la salvación es el solidarizarse con la realidad, el amar desinteresadamente, el perdonar con sinceridad y el extender la mano generosa.

Simón de Cirene fue el buen samaritano para Jesús que sufría en el camino. El no socorrió a un condenado y criminal a los ojos de la justicia romana y judía. Dio asistencia y ayuda al mismo Dios.

«Señor, ¿cuándo te vimos sufriendo y te servimos? ¿Cuándo te vimos caído y bañado en sangre y te levantamos? ¿Cuándo te vimos llevando la cruz y te ayudamos llevándola nosotros mismos?» Y el Señor nos dirá: «En verdad os digo que cada vez que hagáis como Simón de Cirene, que cargó con la cruz de un condenado, conmigo lo hacéis».

Verdaderamente, Dios se esconde y va de incógnito debajo de todo necesitado. Suplica compasión. Implora liberación. Quiere ser auxiliado. Es importante saberlo. Pero más importante, incluso decisivo, es ayudar, abajarse, tomar sobre si la cruz y caminar junto al otro. Es la elección perenne que Simón de Cirene nos legó […].

Al juzgar sobre nuestra salvación o perdición definitiva, Dios no se guiará por criterios cúlticos —cuánto hemos rezado—, ni por criterios doctrinales —en qué verdades hemos creído—, sino por criterios éticos —lo que hemos hecho por los demás—. En el mínimo gesto de solidaridad con los hambrientos, los sedientos, desnudos y oprimidos se decidirá el destino eterno de cada hombre. En el ocaso de la vida seremos juzgados de amor.

Y los pobres y los necesitados nos juzgarán en nombre de Dios: «Me viste pasando hambre, viste a mis hijos comiendo alimentos deteriorados recogidos de la basura y no me diste las sobras de tu plato lleno. Me viste sin ropas y andrajoso y a mi familia cobijándose bajo una chabola de cartón y hoja de lata y tú hasta me expulsaste de allí y me quitaste mi pedacito de tierra para construir tu chalet... Viste toda una clase diezmada por salarios de hambre, deshumanizada por la necesidad, y no te solidarizaste con ella; denunciaste a sus líderes como subversivos, sus ideas de justicia como atentado a la seguridad de la sociedad de los opulentos, y su organización como rebelión violenta para destruir la paz. ¡Como no quisiste vivir solidario, estás eternamente condenado a vivir solitario! Como fuiste insensible a la justicia, no podrás vivir con hombres justos. ¡Ya tuviste en la vida tu consuelo!».

Los pobres no constituyen un tema del Evangelio. Pertenecen a la esencia misma del Evangelio. Porque «evangelio» quiere decir «buena nueva», alegría de la justicia mesiánica para quien se encuentra sometido a la injusticia, liberación para quien se ve oprimido y salvación para quien se halla perdido. Sólo a partir del lugar de los pobres se entiende la esperanza del Evangelio de Jesús. Y sólo se salva quien asume la perspectiva de los pobres […].

El Evangelio, ciertamente, va destinado a todos. Todos son interpelados por él: los que poseen el control de los bienes de este mundo y los desposeídos; los que poseen el privilegio de saber y los ignorantes. No se restringe a una clase. Pero sólo participa del Reino de Dios y se salva el que vive y trabaja, aun siendo rico, asumiendo los clamores de los pobres, suplicando justicia; quien en su proyecto de vida incluye el anhelo mayor de los pobres, que es el de la construcción y el logro de una convivencia equitativa y fraterna para todos, y ayuda a concretarlo.

Los diferentes rostros de la Sagrada Biblia: Pilato.

«Pilato volvió a entrar en el palacio, llamó a Jesús y le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. Así empieza el célebre diálogo entre Cristo y el gobernador romano de Judea, Poncio Pilato, cargo que desempeñó del año 26 al 36. Diálogo del que se lee un fragmento en el Evangelio de hoy, fiesta de Cristo Rey (Jn 18,33-37). El filósofo hebreo de Alejandría de Egipto, Filón, describía así a este funcionario romano cuya celebridad se debió solamente a haberse cruzado en su vida un entonces oscuro predicador ambulante hebreo, Jesús de Nazaret: «Hombre de naturaleza inflexible y, además de arrogante, duro, capaz sólo de cohechos, de violencias, de rapiñas, brutalidades, torturas, ejecuciones sin proceso y crueldades espantosas sin límite».

Este áspero juicio estaba realmente fundado y confirmado por otro contemporáneo, el historiador hebreo Flavio Josefo, que era partidario de los romanos, Pilato detestaba a los hebreos y los provocaba, unas veces con ofensas, otras con duras represiones, una de las cuales se recuerda también en el evangelio de Lucas: «En aquel momento llegaron algunos anunciándole que Pilato había matado a unos galileos, mezclando su sangre con la de las víctimas que ofrecían en sacrificio» (13,1), Muy distinta es la actitud que tiene hacia él el evangelista Mateo: A Pilato le habían entregado a Jesús con una sentencia capital emitida por el tribunal hebreo, el Sanedrín, sentencia que, sin embargo, sólo podía ejecutarse con el respaldo imperial.

Aun cuando la motivación que había adoptado el Sanedrín era política —«alborotaba a la nación, prohibía pagar tributo al césar y decía que era el cristo rey» (Lc 23,2)— y por lo tanto capaz de que se sensibilizase a ella el prefecto romano (este era exactamente el título de Pilato, como aparece en una inscripción con su nombre que se descubrió en Cesarea Marítima durante una campaña italiana de excavaciones de 1959-1964), Pilato reaccionó con varios tipos de disuasiones, tal vez para no mostrar que se dejaba dominar por el Sanedrín o para provocarlo.

Primero remitió al imputado Jesús a la competencia de Herodes Antipas, que tenía jurisdicción sobre Galilea, donde estaba situado Nazaret, y que en aquellos días estaba presente en Jerusalén por las fiestas pascuales.

Después desempolvó un «privilegio pascual» ya en desuso, por el cual se podía conceder la amnistía a un preso con ocasión de la Pascua, A continuación entró en escena hasta su mujer en defensa de Jesús y, finalmente, como no encontró otros recursos, Pilato se desentendió públicamente de la sentencia, que estaba obligado a emitir, con el gesto simbólico hebreo de lavarse las manos (Mt 27,11-26), El evangelista Juan también representa a un Pilato escéptico, es verdad, pero atento a Jesús y a su palabra, en aquel diálogo que se produce entre los dos en el palacio del procurador-gobernador-prefecto, antes de exponer al condenado a la muchedumbre (18,28-40; 19,16, un largo relato para releer íntegramente).

Sabemos ya que ese diálogo ofrecerá la base literaria a una de las partes más importantes de la famosa novela El maestro y Margarita del escritor ruso Mijaíl Bulgakov (1891-1940). Pilato se presenta como un héroe complejo atormentado en su alma y víctima constante de la migraña, desconcertado ante un Maestro que le propone un radical sistema alternativo de valores. Al final del libro se encontrará otra vez a Pilato mientras mira a la luna, incapaz de reaccionar, teniendo entre las manos los pedazos de la jarra de aquel fatídico lavado...

Es verdad, Pilato permanece en la historia de Cristo y del cristianismo como una presencia imborrable. Hoy domingo, en el credo de la misa, su nombre, oscuro y marginal en los registros imperiales, es repetido en todo el mundo: «Fue crucificado bajo el poder de Poncio Pilato...».

Los diferentes rostros de la Sagrada Biblia: Ezequiel.

El Ezequiel que destapara a la conciencia de sus coexiliados la responsabilidad de las generaciones pasadas y la particular de los individuos concretos, la suya propia al aplicarse la parábola del centinela, no podía eximir de responsabilidad a los dirigentes del pueblo vistos en la imagen de pastores.

Estos pastores tan duramente interpelados a lo largo de la presente perícopa son todos aquellos que ejercieron alguna autoridad en Israel. Pero dada la vieja raigambre de este término en toda la literatura oriental—sumerios, babilonios, egipcios, cananeos lo aplican a los dioses y a los hombres— hemos de pensar especial mente en su referencia los reyes. Desde el principio habían sido vistos en Israel como un constante peligro del equilibrio social por lo ilimitado de sus privilegios. Fundado en esta constante de injusticias sociales, Ezequiel no puede por menos de ensañarse contra la realeza.

Cuanto han hecho con el rebaño-Israel ha sido nefasto, ruinoso y mortal. Su derecho a cierta ayuda lo han convertido en robo abusivo; su autoridad de protección la han orientado hacia si mismos, no apacentando sino apacentándose; han llegado a tratar a sus hermanos como esclavos, «maltratándolos brutalmente»; han provocado la dispersión por Asiria y Babilonia; los han dejado al capricho de las fieras del campo, de los poderes de los pueblos vecinos. La culpabilidad no puede ser mayor.

Por eso comienza con ese “¡Ay!” de amenaza y continúa con esa palabra empeñada “lo juro por mi vida”. Yavé terminará con todos ellos, Él mismo será su pastor su rey, su Mesías. Y así, el oráculo, comenzado en tono conminatorio, concluye en promesa salvífica.

Los caminos del Señor siempre son los mismos.

La fuerza de esta denuncia es sorprendentemente actual, aunque falten ezequieles con el valor de proclamarla a la conciencia individual y colectiva. Cristo se baso en este pasaje para definir uno de los aspectos de su persona y de las facetas de su misión. Todos los evangelistas se han hecho eco de ello, cada uno a su estilo (Jn 10, 1-18; Mt 18, 12-14; Lc 15, 4-7). Con ese “Yo mismo en persona” Ezequiel inauguró la nueva teocracia divina en la que Cristo está sentado a la derecha del Padre hasta que ponga a todos sus enemigos -los falsos pastores- como escabel de sus pies.

A partir de este momento sólo le queda al profeta describir la acción de Yavé-Pastor a través de las típicas imágenes del Éxodo: las libraré... las sacaré... las congregaré... las apacentaré. En una palabra, Ezequiel asienta la religión interior bajo la égida directa de Dios. En la patria o en el destierro sus ovejas siguen siendo suyas. En el orden o en el pecado, el hombre sigue siendo siempre relación y dependencia de Dios.

“Un día de oscuridad y nubarrones”, día de teofanía y castigo, día del fin de Jerusalén, sus ovejas se desperdigaron por todas las partes de la tierra. En otro día teofánico, en que el sol también se oscureció y al retumbar de los truenos hasta las rocas se abrieron, sobre la cumbre de Jerusalén todos fuimos atraídos hacia la Cruz y seguimos siendo apacentados en los ricos pastizales de su místico cuerpo que es la Iglesia. Y sigue buscando... vendando... «cuidando como es debido».


El rostro de san Pablo, frente a los “herejes” de Colosas en la Sagrada Biblia.

La tragedia de Cristo no fue puramente romántica 1, 15-20 (1, 12-20).
Se ve que la predicación indirecta de Epafras no ha logrado presentar a los de Colosas toda la grandiosidad del «Evangelio» de Pablo. Por eso éste se emplea a fondo en presentar un cuadro -maduro y reflexivo- de Cristo Salvador en el marco impresionante de todo el contexto cósmico y a lo largo de toda la historia de la creación.

Pablo, en su predicación, siempre ha partido cronológicamente del acontecimiento de la resurrección de Cristo. Aquí tampoco suprime este punto de partida: Cristo es «el comienzo, el primogénito entre los muertos». Es la misma expresión de las precedentes cartas (1Cor 15, 20-23; Rom 1, 14); Cristo es el «comienzo», las «primicias» de la resurrección y, por consiguiente, de todo el nuevo orden restaurado. Con Cristo ha empezado ya la nueva «etapa», que llegará a su plenitud decisiva en la hora escatológica.

Ahora bien, este acontecimiento salvador no es algo que Dios ha improvisado sobre la marcha de la historia. Todo lo contrario: pertenece al primitivo proyecto creacional. Pablo se acuerda de la narración del Génesis y vuelve a repetir implícitamente su comparación de Cristo con Adán (1Cor 15, 45-48; Rom 5). Cuando, según el Génesis (1, 26-27), Dios crea al hombre «según su imagen y semejanza», está ya proyectando la existencia de Cristo -el verdadero Adán-, que realizará completamente esa semejanza. La única semejanza verdadera con el «Dios vivo» solamente la puede ofrecer un hombre que ha superado definitivamente la muerte.

Por eso Cristo es el «primogénito de toda creatura», el primero y lo primero que aparece en el proyecto creacional de Dios y que lo condiciona totalmente.

En este proyecto Cristo no es un ser solitario y aislado, sino íntimamente implicado en todo el contexto cósmico, que encuentra en él -en su gesto salvador de resucitado- la verdadera plenitud. El es el «pleroma»: el «completamente lleno» y el «absolutamente llenador» de todo. Por Cristo el hombre y las cosas alcanzarán la plenitud, a la que fueron destinados ya desde el principio.

Sin embargo, este «gesto salvador» de Cristo no ha sido realizado desde la plataforma inmaculada de una postura puramente angelística, sino que misteriosamente el Salvador se ha comprometido con la misma miseria humana y mundana, participando totalmente de ella y sucumbiendo también a todas sus consecuencias. Es el tema obsesivo de Pablo sobre la “redención por la encarnación”, que tanto costaba comprender, sobre todo a los cristianos de origen helenista.

Los “herejes” de Colosas insistían demasiado en el aspecto trágico de la redención de Cristo. Cristo fue víctima de la muerte. Pablo igualmente está ahora preso Y derrotado en la cárcel imperial de Roma.

Pero no se daban cuenta de que esta “inmersión en la tragedia” no era un puro gesto romántico para participar solidariamente de la miseria ajena, sino un gesto auténticamente salvador. Cristo murió para resucitar. Los cristianos son bautizados para incorporarse a la muerte resurreccional de Cristo (Rom 6).

Este himno cristológico podría considerarse como la carta magna de lo que, con una apariencia de paradoja podríamos llamar el “materialismo cristiano”. Y así se explica que la teología griega, fuertemente impregnada del espiritualismo y evasionismo platónicos, hubiera hecho una lectura abstrusa de un texto tan simple y tan asequible al hombre de cualquier tiempo.

Cristo es la garantía de la permanencia de esta realidad material, a la que tanto nos aferramos. ¿La muerte?¡Misterio insondable! Pero el cristiano espera un cielo y una tierra nueva. En él está ya ese personaje misterio entrañable que se llamó Jesús de Nazaret. Por eso, la ética y hasta la mística cristianas nunca deberían ahuyentar eso que recientemente hemos llamado el “compromiso con las realidades terrenas”.+

Enviado el Domingo, 26 noviembre a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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