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Lecturas del día 25-11-2017

LITURGIA DE LA PALABRA

1 Mac 6,1-13: Por el daño que hice en Jerusalén muero de tristeza
Salmo responsorial 9: Gozaré, Señor, de tu salvación
Lc 20,27-40: No es Dios de muertos, sino de vivos

Los saduceos eran uno de los grupos judíos de la época de Jesús, surgidos en torno al sacerdocio y la aristocracia, que mantenía buenas relaciones con aquellos que ejercían el dominio romano en Israel.

Ellos le presentan a Jesús un caso construido sobre la Ley del Levirato, (Dt. 25, 5-6), queriendo demostrar con ello que la resurrección es imposible. La Ley del Levirato establecía que si un hombre casado moría sin dejar hijos, su hermano debía casarse con la viuda para darle descendencia. Si una mujer tenía así sucesivamente varios maridos, ¿cuál de ellos sería su esposo en la vida futura? Como para los saduceos el caso no tenía salida, la resurrección tampoco tenía sentido para ellos.

La respuesta de Jesús en Lucas hace notar que el matrimonio es una realidad temporal y que la resurrección no es una prolongación de esta vida sin más. La vida resucitada es una vida para Dios y junto a Dios. Este texto quiere indicar que Dios es Dios de vivos y en ese sentido los patriarcas viven. Como ellos, todos somos llamados a compartir esa vida plena junto a Dios para siempre.

PRIMERA LECTURA.
1Macabeos 6,1-13
Por el daño que hice en Jerusalén muero de tristeza

En aquellos días, el rey Antíoco recorría las provincias del norte, cuando se enteró de que en Persia había una ciudad llamada Elimaida, famosa por su riqueza en plata y oro, con un templo lleno de tesoros: escudos dorados, lorigas y armas dejadas allí por Alejandro, el de Filipo, rey de Macedonia, que había sido el primer rey de Grecia. Antíoco fue allá e intentó apoderarse de la ciudad y saquearla; pero no pudo, porque los de la ciudad, dándose cuenta de lo que pretendía, salieron a atacarle. Antíoco tuvo que huir, y emprendió el viaje de vuelta a Babilonia, apesadumbrado.

Entonces llegó a Persia un mensajero, con la noticia de que la expedición militar contra Judá había fracasado: Lisias, que había ido como caudillo de un ejército poderoso, había huido ante el enemigo; los judíos, sintiéndose fuertes con las armas y pertrechos, y el enorme botín de los campamentos saqueados, habían derribado el arca sacrílega construida sobre el altar de Jerusalén, habían levantado en torno al santuario una muralla alta como la de antes, y lo mismo en Betsur, ciudad que pertenecía al rey. Al oír este informe, el rey se asustó y se impresionó de tal forma que cayó en cama con una gran depresión, porque no le habían salido las cosas como quería.

Allí pasó muchos días, cada vez más deprimido. Pensó que se moría, llamó a todos sus grandes y les dijo: "El sueño ha huido de mis ojos; me siento abrumado de pena y me digo: "¡A qué tribulación he llegado, en qué violento oleaje estoy metido, yo, feliz y querido cuando era poderoso!" Pero ahora me viene a la memoria el daño que hice en Jerusalén, robando el ajuar de plata y oro que había allí, y enviando gente que exterminase a los habitantes de Judá, sin motivo. Reconozco que por eso me han venido estas desgracias. Ya veis, muero de tristeza en tierra extranjera."

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 9
R/.Gozaré, Señor, de tu salvación.

Te doy gracias, Señor, de todo corazón, proclamando todas tus maravillas; me alegro y exulto contigo y toco en honor de tu nombre, oh Altísimo. R.

Porque mis enemigos retrocedieron, cayeron y perecieron ante tu rostro. Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío y borraste para siempre su apellido. R.

Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron, su pie quedó prendido en la red que escondieron. Él no olvida jamás al pobre, / ni la esperanza del humilde perecerá. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Lucas 20,27-40
No es Dios de muertos, sino de vivos

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: "Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella."

Jesús les contestó: "En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos." Intervinieron unos escribas: "Bien dicho, Maestro." Y no se atrevían a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor


Comentario de la Primera Lectura: 1 Macabeos 6,1-13.Por el daño que hice en Jerusalén muero de tristeza

El fragmento narra la derrota y la muerte de Antíoco TV presentada, según el estilo del primer libro de los Macabeos, como manifestación del juicio divino. El comienzo (vv. 1ss) insiste en la codicia del rey, que intenta apoderarse de una rica ciudad, seguro de que se apropiará en seguida de ella, pero él v. 3 muestra de inmediato la inversión de la suerte de Antíoco: «No pudo porque los de la ciudad se enteraron de sus planes». Es una primera derrota (v. 4), a la que pronto siguen otras malas noticias: tras vencer a las tropas de Lisias en Judá (v 5ss), los israelitas han destruido los ídolos y fortificado el santuario (v. 7).

La derrota golpea al rey como una enfermedad (vv. 8ss): Antíoco es la personificación del mal, anulado por completo en su misma vida física cuando ya no consigue llevar a buen fin sus malvados proyectos. El rey, sintiéndose a punto de morir, toma conciencia del merecido castigo (vv. 10-13). No es un verdadero arrepentimiento el que muestra a sus amigos, sino más bien la resignación y el reconocimiento de que la desgracia que se abate sobre él es la justa consecuencia de la profanación cometida contra Israel: «Por eso me han venido estas desgracias y me muero de tristeza en tierra extraña» (v. 13).

Comentario del Salmo responsorial 9: Gozaré, Señor, de tu salvación

Es un salmo de acción de gracias individual con algunos elementos de súplica individual (14-15.20-21). En él, una persona da gracias al Señor de todo corazón por las maravillas y hazañas que ha llevado a cabo. E invita a otras personas a celebrarlo festivamente (12), probablemente en el templo de Jerusalén, lugar al que el salmista ha debido desplazarse con la intención de ofrecer un sacrificio de acción de gracias y para contar al pueblo cómo le ha liberado el Señor.

Tiene claramente una introducción (2-3) en la que el salmista le da gracias a Dios, proclama sus maravillas, se alegra, exulta y toca instrumentos en honor del Altísimo. Además de la introducción, cuenta con un cuerpo central heterogéneo en el que se presentan los motivos de su agradecimiento (4-13.16-18), junto con algunas peticiones (14-15.20-21). La primera traducción, conocida como la de los Setenta, une en uno solo los salmos 9 y 10, mientras que la Biblia hebrea los mantiene separados (aquí comienza la diferencia de numeración de los salmos dependiendo de la traducción que uno maneje). Todo invita a creer que, en el pasado, estos dos salmos habrían formado, de hecho, una unidad. Esto es tanto más seguro cuanto que, en hebreo, los salmos 9-10 forman un acróstico, es decir; cada pequeña unidad comienza con uno letra del alfabeto hebreo. Este detalle no puede apreciarse en las traducciones, pero algunas Biblias destinadas al estudio lo ponen de manifiesto. Esto es señal de que estas oraciones, cuando se pusieron por escrito, fueron «reorganizadas» de un modo un tanto caprichoso. Así es como han llegado hasta nosotros.

A pesar de tratarse de una acción de gracias individual, el salmo 9 muestra abiertamente un conflicto superado y, en buena medida, aún por superar. De hecho, el salmista habla de «enemigos» y «enemigo» (4.7), “naciones” «malvado», «malvados» (6.17.18), «pueblos» que practican la injusticia (16 Estos grupos sociales —que podrían reducirse a uno solo— componen una sociedad fundada en la injusticia y en la desigualdad, que excluye y persigue hasta la muerte a cuantos luchan por la justicia. De hecho, se dice que los malvados injustos están bien organizados y ejercen su poder; pues tienen ciudades (7) y derraman sangre (13). Se les compara con los cazadores que cavan fosas y esconden trampas para capturar a los que luchan por la justicia (16), pero el Señor hace que queden atrapados en sus mismas maniobras (17). Se trata, por tanto, de un conflicto abierto entre los malvados injustos y los justos.

Una breve panorámica nos permite descubrir quiénes son los justos a los que protege el Señor y cuál es la situación social en que se encuentran. Se habla del oprimido que vive en tiempos de angustia (10), de personas que conocen el nombre del Señor; que confían en él y que lo buscan (11). Su sangre es derramada sin que nadie, excepto el Señor; haga justicia a esos pobres que claman (1.3). El justo se siente a las puertas de la muerte (14), sometido a cacería por parte de los malvados como si se tratara de un animal de presa (16). ¿Por qué se ha llegado a esta situación? ¿Quién se atrevería a decir o hacer algo? La situación que presenta este salmo es bastante parecida a la de los israelitas en Egipto. La tierra de la libertad y de la vida se había convertido en lugar de opresión y de muerte.

Este salmo nos ofrece una cruda visión de la sociedad en que tuvo su origen: hay muchos implicados en una injusticia que engendra exclusión, pobreza e indigencia. La única esperanza de los oprimidos es el nombre del Señor; el Dios que, tanto en el pasado como en el presente, escuchó y sigue escuchando el clamor de los pobres. Un Dios que inclinó el oído e hizo justicia. Y el salmista le da gracias, sin olvidar la dura realidad de injusticia que ha vivido anteriormente y sin olvidar tampoco la necesidad de seguir suplicando.

Este salmo presenta un vivo y enérgico retrato de quién es Dios. Allí donde hay opresores y oprimidos, el Señor se muestra solidario, convirtiéndose en refugio y fortaleza en tiempos de angustia (10). Dios defiende la causa y el derecho de los justos, impartiendo justicia como un juez (5). Amenazó a las naciones y destruyó al malvado, borrando para siempre su apellido (6), arruinando al injusto y destruyendo sus ciudades (7). Hace justicia, juzga al mundo con justicia, gobierna a los pueblos con rectitud (8-9). La imagen de la fortaleza (10) lleva a pensar en un Dios guerrero y defensor de los indefensos que claman por la justicia, venga la sangre derramada y nunca se olvida del clamor de los pobres (13). Hace justicia capturando al malvado, que cae en su propia trampa (17), y no permite que el pobre quede olvidado para siempre o que se frustre la esperanza de los indigentes (19). Este salmo da gracias por todas esas «maravillas» (2) y «hazañas» (12) que el Señor el Dios del éxodo y de la Alianza, realizó en favor de los pobres e indigentes oprimidos. De este modo, aparece como el Dios juez que hace justicia, borrando para siempre el nombre y la memoria de los malvados (6-7), pues se acuerda del clamor de los pobres, sin olvidarlo nunca (13); no permite que el indigente sea olvidado para siempre y obra de manera que la esperanza de los pobres nunca quede frustrada.

Las palabras y las acciones de Jesús reflejan perfectamente lo que este Salmo dice a propósito de Dios, pues Jesús hace todo lo que el Padre quiere que se haga (Jn 5,19-20). En el Nuevo Testamento encontramos a diversas personas que dan gracias a Jesús por lo que ha hecho por ellas (véase, por ejemplo, Lc 17,16).

Es un salmo de agradecimiento por las hazañas y hechos portentosos de Dios en favor de los pobres y de los oprimidos, Conviene rezarlo cuando queremos dar gracias por su presencia en las luchas y en las victorias de personas y grupos en favor de la justicia cuando conseguimos superar un conflicto; cuando tenemos la experiencia de haber sido liberados de un peligro mortal...

Comentario del Santo Evangelio. Lc 20,27-40: No es Dios de muertos, sino de vivos

Los saduceos que se acercan a Jesús para plantearle una pregunta tendenciosa eran uno de los grupos religiosos que existían en aquellos tiempos en Israel. Ligados a la clase sacerdotal y al culto del templo, y más tradicionalistas que los fariseos en el cumplimiento de la ley, los saduceos desaparecieron tras la destrucción del año 70 d. de C. Lucas observa que no creían en la resurrección (v. 27), una doctrina surgida hacía poco en la historia de Israel.

La pregunta (vv 28-33) está planteada con el estilo típico de las disputas rabínicas, presentando un caso y pidiendo al rabí aquí Jesús, que proponga la solución; se trata, claro está, de un caso límite, pensado a propósito para poner en dificultades a Jesús: ¿de quién será esposa la mujer que se ha casado con siete maridos?

Jesús, como suele hacer con frecuencia, responde trasladando el ámbito de la cuestión a otra dimensión, la suya, la del Reino de los Cielos: después de la resurrección, las relaciones humanas ya no son comparables a las de esta vida (vv. 34-36). En la segunda parte de su respuesta (vv. 37ss) Jesús expone un argumento bíblico en favor de la resurrección, remitiendo de este modo a los saduceos a lo que ya deberían saber, si leyeran con espíritu puro las palabras de Moisés (cf. Ex 3,2-6): el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob no es un Dios de muertos, y esto significa que Abrahán, Isaac y Jacob viven en él. Ante la respuesta de Jesús, los que le habían interrogado enmudecen y ya no se atreven a dirigirle otras preguntas (vv. 39ss): una observación característica de Lucas.

La muerte es la línea divisoria que separa, sin posibilidad de confusión, lo verdadero de lo falso. Es el momento culminante de la vida, más importante que el mismo nacimiento, del que no éramos conscientes, crisol en el que se templan las decisiones fundamentales que determinan nuestro destino.

La vida de cada uno de nosotros dura lo necesario para prepararnos a morir, y el modo como lo hayamos hecho decidirá la calidad de la vida nueva que nos está preparada desde siempre.

La «novela» de los Macabeos lo muestra a su manera, con la tardía toma de conciencia de Antíoco IV: «Por eso me han venido estas desgracias y me muero de tristeza en tierra extraña», reconocimiento de una justicia cruel, pero irreprochable. La palabra liberadora del Evangelio le ha quitado a la muerte su «aguijón» (cf. 1 Cor 15,55), restituyéndole su auténtica característica de paso de una vida imperfecta y precaria a la vida plena y eterna según el proyecto del Creador.

No busco, Señor, razonamientos profundos ni soluciones geniales. Pero tengo necesidad de encontrar un sentido a la vida y a la muerte, la tengo cada vez que la mirada de un hermano que sufre se cruza con la mía. Ayúdame a aceptar el silencio y la falta de respuestas. Ayúdame a creer que eres tú el Señor de la vida, aun cuando la vida sea una cosa frágil y se me escape de las manos.

Comentario del Santo Evangelio: Lc 20, 27-40 (20, 27-38), para nuestros Mayores. No es Dios de muertos sino de vivos.

Una larga herencia de cultura griega nos ha llevado a suponer que el alma del hombre es inmortal por su misma naturaleza. Por eso la muerte se concibe como separación de los dos elementos del compuesto: el cuerpo baja al sepulcro y se corrompe y mientras tanto el alma se libera de toda la materia y sufrimientos de la tierra, subiendo al plano de Dios (el cielo) si es que está purificada. Para entender nuestro texto debemos situarnos en otra perspectiva, al plano del antiguo testamento, donde el hombre aparece en forma de unidad original de tal manera que es el mismo conjunto personal el que padece la muerte y se corrompe en el sepulcro (sheol o hades).

Esto no supone que el antiguo testamento desconozca la esperanza de la salvación, pero la concibe fundamentalmente de manera futura, intramundana: El pueblo de Israel en su conjunto recibirá al final la gloria del cumplimiento de las promesas y la bendición de una presencia transformante de Dios en este mundo. Todo el avance de la historia ha sido un camino hacia esa meta, las generaciones pasadas y muertas serán como un cimiento del nuevo Israel de plenitud que surge entonces de una forma plena.

En los tiempos que preceden a la venida de Jesús esta visión se amplía y se transforma. Por un lado se precisa que los justos del reino futuro (o plenitud) ya no tendrán que padecer la muerte; por otro lado se añade que los justos de los viejos tiempos volverán a recibir la vida (resucitarán) para participar en la gloria de los salvados del tiempo escatológico. Esta parece haber sido la tendencia dominante en los diversos grupos de apocalípticos y en todos los ambientes rabínicos y fariseos. A veces esta postura se mezclaba (sobre todo en la diáspora helenística) con la representación griega de una inmortalidad del alma individual; sin embargo, la visión predominante era siempre la de una resurrección futura de los justos.

En este ambiente pervivirán focos de la antigua concepción en que se hablaba sólo del triunfo intramundano del pueblo. Sus representantes clásicos son los saduceos (en gran parte sacerdotes), que defienden su postura con la objeción tradicional de las diversas mujeres sucesivas de un marido. Si vuelve a resurgir el mundo, ¿cual será la mujer verdadera del marido?

La respuesta de Jesús se mueve en el plano del hecho y en el plano del modo de la resurrección. Para mostrar el hecho se utilizan las palabras de la vieja tradición de Israel, que habla del «Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob». Si esta representación es verdadera, si es que todavía tiene un sentido hablar de los antiguos patriarcas, debe suponerse que ellos están vivos ante Dios (o vivirán en su presencia). Dentro de una visión «personal» de la realidad no basta que perviva el pueblo representado por Abraham; debe vivir el mismo Abraham en el misterio del Dios al que se llama con su nombre. Para mostrar el modo se utiliza una nueva concepción de la realidad; los que resucitan no viven como antes, en el plano del matrimonio sexual y de la muerte; serán como ángeles que habitan en la altura de la alabanza divina, como «hijos de Dios» que han recibido en su existencia la impronta de lo divino; desde aquí el problema de las siete mujeres y el marido pierde toda su importancia.

Jesús no ha querido hablar más de este misterio. Han bastado estas dos breves insinuaciones para introducirnos en el gran foco de luz de la resurrección (la vida abierta de los hombres). Los cristianos sabemos que todo esto debe interpretarse ahora a través de la Pascua de Jesús. Para nosotros existe la resurrección porque creemos que Jesús ha resucitado. Somos su cuerpo sobre el mundo y tenemos que participar de su misma suerte.

Comentario del Santo Evangelio: Lc 20, 27-40. De Joven para Joven. En esta vida, hombres y mujeres se casan.

Estás calumniando aquello de dónde has salido, escribe san Juan Crisóstomo a los herejes que consideraban pecaminoso el matrimonio o, por lo menos, consecuencia del pecado. En el paraíso, decían, los hombres son inmortales, no tienen necesidad de multiplicarse y, por tanto, la familia y la procreación no son necesarias.

En contra de ellos, los Padres de la Iglesia defendían el sacramento del matrimonio. Ha sido instituido por Dios mismo, que ha creado al hombre y a la mujer. La causa de la diferencia de sexo no es sólo biológica, para la reproducción de la especie: también los animales se reproducen. Si el motivo de la unión entre hombre y mujer fuera sólo biológico, no habría necesidad de sacramento. Los Padres de la Iglesia insistían sobre lo que ha repetido, siglos después, el concilio Vaticano II: el objetivo del matrimonio es la realización del amor recíproco.

Los hijos de este mundo contraen matrimonio, tienen necesidad de alguien con quien compartir la vida, de quien poderse fiar. No pueden vivir sin un amor concreto, hecho de estabilidad y de fidelidad.

Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. En el matrimonio, el hombre y la mujer se prometen fidelidad hasta la muerte. Con la muerte de uno de los dos, una parte del vínculo de deshace. ¡Pero los cristianos creen en la vida eterna! Entonces, ¿no tienen razón los saduceos? ¿En la eternidad, cómo es posible el encuentro de una mujer con más de un marido o de un marido con más de una mujer?

Jesús rechaza esta objeción. Es una imagen falsa pensar en la vida después de la muerte de modo terreno, como si fuera un lugar de buen vivir. Los que viven en Dios y para Dios viven también el encuentro con las personas de modo espiritual: reencontrarán a los que han dejado en el amor infinito de Dios, que supera toda categoría humana.

El hombre y la mujer vivían juntos en la tierra pero, en la gracia de Dios, sus vidas recibirán una dimensión infinita, ya no unida al tiempo y al espacio, sino al encuentro con todos.

Son iguales a los ángeles. Desde tiempos antiguos la vida religiosa se llama vida angélica. Los ángeles no tienen cuerpo, no contraen matrimonio y no son ni varones ni hembras, También el alma, decían los Padres de la escuela alejandrina, es como los ángeles. Dios ha impreso su imagen en el alma, del mismo modo en el hombre y en la mujer. Los Padres no hacían distinciones entre religiosidad masculina y femenina, y las reglas monásticas son iguales para ambos sexos y para todas las órdenes.

La vida espiritual va más allá del condicionamiento del sexo, y ambos sexos son capaces de perfección y de vida divinizada. Pero, aunque los valores espirituales sean los mismos en el hombre y en la mujer, el acceso a ellos puede ser distinto.

En la eternidad viviremos la vida angélica, no sin el cuerpo, sino como los ángeles, es decir, como quienes contemplan continuamente el rostro del Padre celestial en el perenne recuerdo de Dios.

Elevación Espiritual para este día.

Oh Jerusalén celestial, casa luminosa y espléndida, amo desde siempre tu belleza y el lugar donde habita la gloria de mi Señor. Por ti suspira mi peregrinación. He ido errante como oveja perdida, pero sobre los hombros de mi pastor —de tu arquitecto— espero ser llevado de nuevo a ti. Jerusalén, morada eterna de Dios, que no se olvide de ti mi alma; sé tú mi alegría; que el dulce recuerdo de tu nombre dichoso me alivie de la tristeza y de lo que me oprime. No está, en efecto, aquí abajo nuestra ciudadanía estable: nuestra patria está en los cielos, de donde esperamos al Señor Jesucristo, que transfigurará nuestro miserable cuerpo mortal para configurarlo con su cuerpo glorioso.

Jerusalén santa, te suplico por la caridad de la que eres madre que no te olvides nunca de la Iglesia que anda todavía peregrina por la tierra. No te canses de rezar por esta parte de ti y sostenla con tu protección para que un día consiga unirse a ti para siempre.

Felices santos de Dios que ya habéis cruzado el mar turbulento de esta condición mortal y ya habéis llegado al puerto de la quietud infinita, de la seguridad y de la paz: vosotros, que ahora estáis seguros, tened cuidado de nosotros. Os lo suplico: acordaos de nosotros, miserables, sacudidos todavía en el mar de esta vida por las olas que se levantan a nuestro alrededor. Interceded y rogad por nosotros, y que en los brazos de vuestras oraciones podamos ser llevados también nosotros a nuestro Dios. Somos frágiles, hombres de nada, sin virtud. Lo sabéis bien. Nos sostiene en realidad el leño de la cruz, y en él tenemos la esperanza de realizar la travesía hasta el puerto. Que, por vuestros méritos y vuestras santas oraciones, se nos conceda llevar salva la nave e íntegra su carga hasta la entrada en el puerto tranquilo de la gloria eterna. Tú sobre todo, Reina del cielo y Señora de la tierra, siempre Virgen santísima, Madre de Dios y de nuestro Señor Jesucristo, ora por nosotros e intercede asiduamente por tus hijos.

Reflexión Espiritual para el día.

Ante nosotros se impone esta alternativa: o persuadirnos de que, más allá del tiempo, no existe una eternidad que nos espera, y entonces este caminar nuestro sobre la tierra —más aún, este correr nuestro— se quedaría sin meta y por consiguiente sin justificación y sentido, o convencernos de que, más allá del tiempo, hay para nosotros un atracadero, un destino de plenitud, una casa última y segura tras la continua mudanza del espíritu, y entonces sólo a la luz de la eternidad debemos valorar todos los actos y todos los acontecimientos.

Hay quien considera que el pensamiento de la vida eterna impide saborear plenamente las alegrías de la vida presente. La verdad es lo contrario: encuentro más gusto en vivir los días que me son dados aquí abajo cuando sé que tienen un sentido y un objetivo, cuando sé que no constituyen una carrera hacia la nada; vivo con mayor placer cuando estoy persuadido de que no vivo para nada.

Nunca ha estado el hombre sumergido como hoy en lo llamativo y en lo efímero, y nunca como hoy ha tenido necesidad de lo que es sustancioso y no perecedero. Se deja trastornar por ritmos y sonidos que le quitan la capacidad de reflexionar, se deja encaminar de una manera pasiva y estólida hacia la catástrofe de la muerte, y nunca como hoy ha sentido tantos deseos de vivir. Tiene necesidad de una vida verdadera, no de un frenesí que remedie sólo exteriormente la exuberancia del espíritu; tiene necesidad de una vida plena, no de sensaciones epidérmicas que proporcionan la ilusión de la satisfacción, mientras que el corazón permanece árido y la mente está desierta de toda verdad y toda certeza. La «vida eterna» —esa que ya puede ser nuestra desde ahora—, según nos ha dicho el Señor, es ésta: «Que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a aquel que has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). No se trata de dos conocimientos: es el mismo e idéntico conocimiento que conduce, a quien ha descubierto de una manera existencial al Señor Jesús y se ha entregado a él, a la comunión de vida con el Creador de todo, principio y meta de toda aventura humana.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Santa Iglesia 6, 1-13. Muerte de Antíoco.

De la muerte de Antíoco existen tres versiones distintas en los libros de los Macabéos. Esta de 1Mac 6, 1-17 y otras dos en 2Mac 1, 11-17 y 9, 1-29 respectivamente. Existen diferencias notables entre las tres; sobre todo 2Mac 1, 11-17 hace una presentación de los hechos muy distinta de las otras dos. Existe naturalmente una coincidencia fundamental: los tres relatos subrayan con más fuerza el sentido teológico de los hechos que los hechos mismos. Aquí radica precisamente la razón de las diferencias.

Nuestro texto vuelve a tomar el hilo de la historia que se había interrumpido en 3, 37, donde, una vez cruzado el Eufrates en la primavera del 165, Antíoco atravesó las provincias superiores. Después de alguna actividad sobre la costa del golfo Pérsico, se internó hacia las regiones de Elimaida y Persia. Una serie de acontecimientos y noticias siniestras producen una fuerte depresión en Antíoco, que enferma y muere.

El imperio sirio estaba dividido en provincias que seguían llamándose satrapías, como en la administración persa (cf. 2Mac 9, 25). Entre éstas estaban, por ejemplo, Cilicia, Persia, Media y las satrapías superiores (2 Mac 4, 36; 1Mac 3, 31; 2Mac 9, 25). Esta parte alta o provincias superiores es el escenario de la campaña de Antíoco (3, 37). Se ve que la suerte le fue adversa o por lo menos no pudo reunir los fondos que necesitaba, de ahí su decisión de apoderarse de los tesoros sagrados de Elimaida. Elimaida era una región montañosa, no una ciudad, que estaba al oeste de Persia. Posiblemente el autor confunde aquí a Antíoco IV con su padre, Antíoco III, que ciertamente murió en Elimaida, mientras robaba el templo de Bel. El 2Mac 1, 11-17 dice que Antíoco IV fue muerto por los sacerdotes del santuario de Nanea, mientras intentaba apoderarse de sus riquezas. Se dice que este templo estaba en Persia, pero no se precisa el lugar. La costumbre de recurrir a los tesoros de los santuarios para costear las campañas o sanear la hacienda pública se ve que ha sido constante a lo largo de la historia.

Basados en los datos bíblicos y en los que proporcionaría los escritores profanos, especialmente el historiador griego Polibio, contemporáneo de Antíoco. IV, los autores modernos aseguran que Epífanes murió en Tebae, a medio camino entre Persia y Media. De ahí que la ciudad que intentó tomar para apoderarse de sus riquezas debió ser Persépolis, fundada por Ciro como capital de su imperio.

Las noticias que le llegan de Judea resumen los acontecimientos descritos en 4, 28-61. A través de ellas se constata el fracaso de la política del rey en el terreno militar, porque sus tropas han sido derrotadas, y en el terreno cultural de la helenización de la ciudad santa, porque el templo ha sido purificado y Jerusalén ha recuperado sus defensas.

Las diferencias entre los tres relatos referentes a la muerte de Antíoco se hacen más fuertes cuando describen las causas inmediatas que la produjeron: nuestro texto habla de una depresión nerviosa; el 2Mac 9 alude a un accidente de carro; Polibio habla de locura.

Cuando el autor coloca en boca de Antioco las palabras: Yo, que era bueno “feliz» no es exacto”.+

Enviado el Sábado, 25 noviembre a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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