Lecturas del día 12-01-2018
Fecha Viernes, 12 enero a las 00:00:00
Tema


LITURGIA DE LA PALABRA

1Sm 8, 4-7. 10-22a: “Gritarán contra el rey, pero Dios no les responderá ”
Salmo 88: “Cantaré eternamente tus misericordias, Señor”
Mc 2, 1-12: “Tus pecados te son perdonados”

Las realidades físicas del cuerpo humano, siempre son señales del mundo interior de las personas. El paralítico, que es traído a Jesús por sus amigos en busca de sanación, es el vivo reflejo del mal que está sembrado es su vida interior. Su parálisis no es problema de piernas; el centro de su enfermedad está en su alma. Pero la suerte de ese hombre, no fue encontrarse con un mago, sino con Jesús, que por la experiencia y el contacto con sus paisanos, sabía dónde se encontraba el punto neurálgico de su tullimiento: El legalismo.

Jesús, se atreve a proclamar una palabra mayor: “Tus pecados te son perdonados”, ante semejante anuncio, los letrados sentados allí, gritan ¡blasfema! Pero Jesús llega más lejos: Jesús cura al paralítico. La curación que Jesús realiza al hombre lisiado, prueba el poder que tiene para perdonar pecados. La curación de la parálisis física, muestra la liberación que Jesús realiza en su interior.

Es importante destacar el papel que juegan los compañeros del paralítico, ellos con su actitud, animan a Jesús, para que libere aquel hombre del pecado que lo ha dejado inmóvil. Esta debe ser nuestra tarea: hacer que por medio del testimonio y de la palabra, muchos hombres y mujeres de hoy, vengan a Jesús, para ser perdonados y liberados.

PRIMERA LECTURA.
1Samuel 8, 4-7. 10-22a
Gritaréis contra el rey, pero Dios no os responderá

En aquellos días, los ancianos de Israel se reunieron y fueron a entrevistarse con Samuel en Ramá. Le dijeron: "Mira, tú eres ya viejo, y tus hijos no se comportan como tú. Nómbranos un rey que nos gobierne, como se hace en todas las naciones. A Samuel le disgustó que le pidieran ser gobernados por un rey, y se puso a orar al Señor. El Señor le respondió: "Haz caso al pueblo en todo lo que te pidan. No te rechazan a ti, sino a mí; no me quieren por rey".

Samuel comunicó la palabra del Señor a la gente que le pedía un rey: "Estos son los derechos del rey que os regirá: A vuestros hijos los llevará para enrolarlos en sus destacamentos de carros y caballería, y para que vayan delante de su carroza; los empleará como jefes y oficiales en su ejército, como aradores de sus campos y segadores de su cosecha, como fabricantes de armamento y de pertrechos para sus carros. A vuestras hijas se las llevará como perfumistas, cocineras y reposteras. Vuestros campos, viñas y los mejores olivares, os los quitará para dárselos a sus ministros. De vuestro grano y vuestras viñas, os exigirá diezmos, para dárselos a sus funcionarios y ministros. A vuestros criados y criadas, y a vuestros mejores burros y bueyes, se los llevará para usarlos en su hacienda. De vuestros rebaños os exigirá diezmos. ¡Y vosotros mismos seréis sus esclavos! Entonces gritaréis contra el rey que os elegisteis, pero Dios no os responderá".

El pueblo no quiso hacer caso a Samuel, e insistió: "No importa. ¡Queremos un rey! Así seremos nosotros como los demás pueblos. Que nuestro rey nos gobierne y salga al frente de nosotros a luchar en nuestra guerra". Samuel oyó lo que pedía el pueblo y se lo comunicó al Señor. El Señor le respondió: "Hazles caso y nómbrales un rey".

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 88
R/.Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: caminará, ¡oh Señor!, a la luz de tu rostro; tu nombre es su gozo cada día, tu justicia es su orgullo. R.

Porque tú eres su honor y su fuerza, y con tu favor realzas nuestro poder. Porque el Señor es nuestro escudo, y el Santo de Israel, nuestro rey. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Marcos 2, 1-12
El Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados

Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaúm, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos, que no quedaba sitio ni a la puerta. El les proponía la palabra. Llegaron cuatro llevando un paralítico, y como no podían meterlo por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico.

Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: "Hijo, tus pecados quedan perdonados". Unos letrados que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: "¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?"

Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo: "¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico: "Tus pecados quedan perdonados", o decirle: "Levántate, coge la camilla y echa a andar?" Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados..., entonces le dijo al paralítico: "Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa"". Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos.

Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios diciendo: "Nunca hemos visto una cosa igual".

Palabra del Señor.


Reflexión de la Primera Lectura: 1 Samuel 8, 4-7.10-22a . “Gritarán contra el rey, pero Dios no les responderá ”

Con este texto nos encontramos en un momento crucial de la historia de la salvación: la institución de la monarquía. Como en todas las demás etapas de esta historia, la Biblia sitúa en un primerísimo plano la causa primera: Dios. El pueblo pide un rey. ¿Qué significa que Samuel no quiera dar un rey al pueblo? Dios mismo parece de acuerdo con Samuel y no acepta la petición del pueblo. Dios quiere que el hombre se abandone a él sin más garantía que la fe. La garantía es él mismo, que permanece fiel a su pacto.

Lo que le falta a Israel es la fe. El hombre no es capaz de abandonarse nunca hasta el fondo. Por eso se adapta el Señor y sale al encuentro de la debilidad del hombre. El pueblo de Israel debe fiarse de Dios. El pueblo quiere un rey como las otras naciones, quiere tener seguridad, una garantía humana más clara y continua. Pedir garantías es, en el fondo, no fiarse por completo de Dios. «No te rechazan a ti; es a mí a quien rechazan; no me quieren como rey» (v. 7), dice el Señor. Samuel avisa al pueblo: estáis pidiendo un rey, pero si lo obtenéis seréis sus siervos, vuestras cabezas serán propiedad suya y, sin embargo, pedís un rey. El pueblo insiste: sólo un jefe podría llevar a cabo la unidad de las tribus.

Hasta Samuel, Israel no era una nación; de vez en cuando se reunía en el santuario, pero la unión entre las tribus era pobre. Tener un rey supuso para Israel tener conciencia al fin de ser una nación. Para Samuel, era difícil aceptar la novedad, pero el pueblo está en condiciones de insistir: «Tus hijos no se comportan como tú» (v. 5). Al final interviene el mismo Dios y exhorta a Samuel a que dé un rey al pueblo.

Reflexión del Salmo 88: “Cantaré eternamente tus misericordias, Señor”

El salterio nos ofrece hoy un salmo en el que la angustia de su autor alcanza la más despiadada de las aflicciones: «Mi alma está llena de desgracias, y mi vida está al borde de la tumba. Me ven como a los que bajan a la fosa, me he quedado como un hombre in fuerzas, tengo mi cama entre los muertos, como las víctimas que yacen en el sepulcro, de las que ya no te acuerdas, porque fueron arrancadas de tu mano».

Al salmista le fluye el dolor de lo más profundo de sus entrañas. Parece que no hay nada ni nadie, ni siquiera Dios, que abra una puerta de esperanza a su hundimiento. Nos recuerda la figura de Job, un hombre sobre quien se abate el mal en toda su crudeza a pesar de que, según él, ha caminado siempre en la inocencia y rectitud. Escuchémosle: «Asco tiene mi alma de mi vida: derramaré mis quejas sobre mí, hablaré en la amargura de mi alma. Diré a Dios: “¡no me condenes, hazme saber por qué me enjuicias... aunque sabes muy bien que no soy culpable!” (Job 10,1-6).
Hay un aspecto que nos sobrecoge: Ni Job ni el salmista tienen respuesta de parte ele Dios que pueda iluminarles acerca del mal que ceba en ellos. Su situación no puede ser más aplastante. Su tragedia consiste en que el mal ha sobrevenido sobre ellos como si fuera un buitre voraz que les arranca y descuartiza el alma.

Oímos al salmista invocar a Dios casi como advirtiéndole de que, en el lugar de la muerte y tinieblas, donde cree que está a punto de yacer, no podrá alabarle ni cantar su misericordia y su lealtad: «Yo te invoco todo el día, extiendo mis manos hacia ti: ¿Harás maravillas por los muertos? ¿Se levantarán la» sombras para alabarte? ¿Hablarán de tu amor en la sepultura, y de tu fidelidad en el reino de la muerte?».

Más expresiva, si cabe, es la lamentación de Job. Su esperanza en Dios ha sido barrida de su alma hasta el punto de pensar que ya no es él su Padre, sino la misma muerte: «Mi casa es el abismo, en las tinieblas extendí mi lecho. Y grito a la fosa: ¡Tú, mi padre! Y a los gusanos: ¡mi madre y mis hermanos! ¿Dónde está, pues, mi esperanza..,? ¿Van a bajar conmigo hasta el abismo? ¿Nos hundiremos juntos en el polvo?» (Job 17,13-16).

Todo, absolutamente todo se ha cerrado para nuestros dos personajes. Nos ponemos en su piel y les podemos oír musitar en su interior: ¡Quién sabe si Dios no es más que una quimera, un simple deseo del hombre que le impulsa a proyectar un Ser supremo capaz de hacerle sobrevivir a la muerte!

Sabemos cómo Dios acompañó a Job en su terrible prueba, cómo le fue enseñando en su corazón a fin de limpiar la imagen deformada que tenía de Él. Es así como pudo plasmar en su espíritu su verdadero rostro, muy lejos, o mejor dicho, totalmente otro, del que había formado con su limitada mente. De un modo u otro, todos partimos de una imagen deformada de Dios que, tarde o temprano, se convierte en un simple espejismo. Por eso nos es muy importante ver la evolución de Job.

Efectivamente, al final del libro que lleva su nombre, vemos cómo distingue entre el Dios en el que creía antes y el que conoce una vez pasado por el crisol de la prueba. Oigamos su confesión: « Si, he hablado de grandezas que no entiendo, de maravillas, que me superan y que ignoro... Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos» (Job 42,3-5).

En cuanto a nuestro salmista, no hay en él un final feliz como en Job. Sin embargo, sabemos que este hombre orante, como los de todos los salmos, es imagen de Jesucristo. Si todo queda cerrado y opaco para el hombre orante, no es así para el Hijo de Dios. Es cierto que en su muerte se dieron cita todas las tinieblas de la tierra: «Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona» -—es decir desde las doce hasta las tres de la tarde, hora de su muerte— (Lc 23,44).

Si es cierto que sobre el crucificado se cernieron todas las tinieblas de las que hemos oído hablar al salmista, más cierto aún es que, en su muerte, su Padre abrió los cielos para recogerle resucitándole. El Señor Jesús vivió las mismas angustias del salmista, pero su fe de que volvía al Padre, como así lo proclamó a lo largo de su vida, actuó como una espada que, al mismo tiempo que abría los cielos, golpeó mortalmente a las tinieblas.

Que el Hijo de Dios penetró los cielos dejándolos abiertos para siempre y para nosotros, nos lo cuenta san Marcos presentando unos testigos de primera mano, los mismos apóstoles: «Estando a la mesa con los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón por no haber creído a quienes le habían visto resucitado. Y les dijo: Id por todo el mundo y proclamad Con el fragmento evangélico de hoy comienzan una serie de controversias sobre la Ley (2,1—3,6). Estas conducen a Jesús, desde el principio de su actividad, al choque con el poder religioso y civil. En el presente fragmento aparece la narración de un milagro. El punto focal se encuentra en el v. 10, en donde se declara el núcleo de la controversia y, junto con él, el objetivo del milagro: «Pues vais a ver que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para perdonar los pecados». El milagro mismo no es más que la demostración de este poder de reconciliación con Dios que reivindica Jesús. La atención se traslada de un mal físico a un mal más profundo, el pecado, que mantiene al hombre “paralizado” en sí mismo y en unas formas rígidas, incapaz de «caminar» y de avanzar según el plan de Dios.

El significado quebrantador de tal afirmación es captado de inmediato por los maestros de la Ley; sin embargo, éstos no están dispuestos a aceptar la “blasfemia” que supone que este hombre pueda perdonar los pecados, porque « ¿quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?» (v. 7). Pero Jesús responde aumentando la dosis sin equívocos: «Pues vais a ver que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para perdonar los pecados. Entonces se volvió hacia el paralítico y le dijo: “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”» (vv 10-1 1). El milagro es, por consiguiente, signo de su poder de reconciliación con Dios, y eso implica la superación de la ley que separa al hombre de Dios. Este poder, reservado sólo a Dios, se le entrega ahora al hombre en el Hijo del hombre, Jesús. Esa es la blasfemia del Evangelio que será motivo de la condena de Jesús. Quien acoge, es decir, quien tiene fe en esta «blasfemia», puede levantarse, como el paralítico, y ponerse a caminar. La muchedumbre que ha estado presente, y que ha entrevisto algo del misterio de Jesús, expresa su propia admiración y prorrumpe en una exclamación que es una profundísima entrada en la fe: «Nunca hemos visto cosa igual» (v. 12).

Dios se adecua a menudo a la inmadurez del hombre y lo acompaña a través de sus circunlocuciones desviadas. El Señor no comunica de inmediato su voluntad de manera radical y plena, porque no somos capaces de recibirla. La elección que está llevando a cabo Israel, la de querer un rey, es una de esas circunlocuciones. El pueblo deberá esperar el fracaso de su iniciativa para darse cuenta de que el único verdadero rey es el Señor. Sólo entonces encontrará reposo. Entre tanto, Dios mismo tiene paciencia y acompaña al pueblo para que la complicación que ellos mismos se han buscado no les resulte fatal. No son, en efecto, las estructuras jerárquicas ni los expedientes los que salvan, sino Yavé, única fuente de vida para el pueblo elegido: él le propone incesantemente su voluntad por medio de los profetas, y llama a todos para que vuelvan a poner en él toda la confianza a través de una relación personal y vital.

A esta misma relación de confianza plena, cuyos confines son rebasados cada vez por la Palabra eficaz de Jesús, nos llama el Evangelio: perdonar los pecados va más allá del simple gesto «mecánico» y «utilitarista» de la curación. El Nazareno, con su atrevida afirmación, pide a los maestros de la Ley que superen la imagen de Dios que se han creado (¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?»: v. 7), para poder recibir el anuncio de la fuerza liberadora del Reino. También a nosotros se nos pide hoy que no nos dejemos condicionar por la rigidez de las estructuras mentales y de las instituciones humanas, y que seamos capaces de darnos cuenta —con ojo avizor— de la presencia activa de un Dios que, con gestos gratuitos e inesperados, se hace encontrar en nuestros límites.

Reflexión primera del Santo Evangelio: Mc 2, 1-12: “Tus pecados te son perdonados”

Con el fragmento evangélico de hoy comienzan una serie de controversias sobre la Ley (2,1—3,6). Estas conducen a Jesús, desde el principio de su actividad, al choque con el poder religioso y civil. En el presente fragmento aparece la narración de un milagro. El punto focal se encuentra en el v. 10, en donde se declara el núcleo de la controversia y, junto con él, el objetivo del milagro: «Pues vais a ver que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para perdonar los pecados». El milagro mismo no es más que la demostración de este poder de reconciliación con Dios que reivindica Jesús. La atención se traslada de un mal físico a un mal más profundo, el pecado, que mantiene al hombre “paralizado” en sí mismo y en unas formas rígidas, incapaz de «caminar» y de avanzar según el plan de Dios.

El significado quebrantador de tal afirmación es captado de inmediato por los maestros de la Ley; sin embargo, éstos no están dispuestos a aceptar la “blasfemia” que supone que este hombre pueda perdonar los pecados, porque « ¿quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?» (v. 7). Pero Jesús responde aumentando la dosis sin equívocos: «Pues vais a ver que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para perdonar los pecados. Entonces se volvió hacia el paralítico y le dijo: “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”» (vv 10-1 1). El milagro es, por consiguiente, signo de su poder de reconciliación con Dios, y eso implica la superación de la ley que separa al hombre de Dios. Este poder, reservado sólo a Dios, se le entrega ahora al hombre en el Hijo del hombre, Jesús. Esa es la blasfemia del Evangelio que será motivo de la condena de Jesús. Quien acoge, es decir, quien tiene fe en esta «blasfemia», puede levantarse, como el paralítico, y ponerse a caminar. La muchedumbre que ha estado presente, y que ha entrevisto algo del misterio de Jesús, expresa su propia admiración y prorrumpe en una exclamación que es una profundísima entrada en la fe: «Nunca hemos visto cosa igual» (v. 12).

Dios se adecua a menudo a la inmadurez del hombre y lo acompaña a través de sus circunlocuciones desviadas. El Señor no comunica de inmediato su voluntad de manera radical y plena, porque no somos capaces de recibirla. La elección que está llevando a cabo Israel, la de querer un rey, es una de esas circunlocuciones. El pueblo deberá esperar el fracaso de su iniciativa para darse cuenta de que el único verdadero rey es el Señor. Sólo entonces encontrará reposo. Entre tanto, Dios mismo tiene paciencia y acompaña al pueblo para que la complicación que ellos mismos se han buscado no les resulte fatal. No son, en efecto, las estructuras jerárquicas ni los expedientes los que salvan, sino Yavé, única fuente de vida para el pueblo elegido: él le propone incesantemente su voluntad por medio de los profetas, y llama a todos para que vuelvan a poner en él toda la confianza a través de una relación personal y vital.

A esta misma relación de confianza plena, cuyos confines son rebasados cada vez por la Palabra eficaz de Jesús, nos llama el Evangelio: perdonar los pecados va más allá del simple gesto «mecánico» y «utilitarista» de la curación. El Nazareno, con su atrevida afirmación, pide a los maestros de la Ley que superen la imagen de Dios que se han creado (¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?»: v. 7), para poder recibir el anuncio de la fuerza liberadora del Reino. También a nosotros se nos pide hoy que no nos dejemos condicionar por la rigidez de las estructuras mentales y de las instituciones humanas, y que seamos capaces de darnos cuenta —con ojo avizor— de la presencia activa de un Dios que, con gestos gratuitos e inesperados, se hace encontrar en nuestros límites.

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Mc 2,1-12. “Tus pecados quedan perdonados”.

Contexto religioso. Estamos ante una catequesis dada a la comunidad cristiana sobre el perdón del Señor y su poder liberador. Se presenta a la comunidad como lugar de perdón rehabilitador. Sucede en la casa de Pedro, que cuando escribe Marcos su evangelio, es lugar de reunión de la comunidad cristiana.

Jesús está anunciando su mensaje, revelándose. Pero la casa queda pequeña para acoger a tanta gente que se agolpa a la entrada; hay que destecharla, dejarla abierta de par en par, sacarla de los estrechos márgenes en que la han reducido y abrirla a la dimensión universal de Jesús.

Recordemos: los judíos del tiempo de Jesús y, en general, el pensamiento oriental, tenían una visión más unitaria de la relación de alma y cuerpo. Con frecuencia, el cuerpo sufría las consecuencias que los desórdenes, no sólo en aspectos en que el desorden o vicio tiene consecuencias directas para la salud, como es el abuso del alcohol o de la comida, sino también en enfermedades congénitas, como la ceguera (Jn 9,2), la lepra, la parálisis, la epilepsia o la esquizofrenia. Por eso, Jesús, actuando en el sentido de la mentalidad de su tiempo, para dejar patente su poder de perdonar los pecados, libera al paralítico de su parálisis, “metástasis del pecado”. De donde han de deducir sus enemigos: Si ha abolido las consecuencias, es señal de que ha abolido la causa: el pecado. Se han eliminado las metástasis, porque se ha erradicado el tumor maligno. Por lo demás, queda claro que ha perdonado el pecado, y si sólo Dios puede perdonar el pecado, es señal de que él es Dios. El evangelista, en definitiva, responde con este relato a la pregunta: ¿Quién es Jesucristo?

Gesto simbólico. Resulta misteriosa la actitud de Jesús ante el paralítico. Los que tan laboriosamente se lo ponen delante, lo hacen para que le devuelva la salud física. Jesús, al tenerlo ante sí, le dice: “Hijo, tus pecados quedan perdonados”. Y es que Jesús quiere dejar claro que ha venido, sobre todo, para rehacer al hombre por dentro, lo que es mucho más decisivo e importante que la salud física, ya que la verdadera grandeza de una persona reside en su vitalidad interior, aunque el cuerpo esté parapléjico.

Jesús quiere dejar claro que tiene poder para quitar el pecado del hombre y el pecado del mundo. Es capaz de rehabilitar. En el paralítico podemos ver la imagen de lo que es una persona parapléjica por dentro. Qué penosa la vida del paralítico. No es dueño de sí, no puede

hacer lo que quiere. Es la experiencia que cuenta Pablo y que todos vivimos de alguna forma: “No hago el bien que quiero, sino el mal que detesto” (Rm 7,19); luego me pesa, me produce desazón. Quisiera hacer el bien con mayor generosidad, colaborar más y mejor, ayudar, pero estoy un poco paralizado por mi egoísmo, por la comodidad. Por tanto, es más importante y humanitaria la milagrosa rehabilitación interior que el milagro de la curación de una parálisis física. Para Jesús perdonar no es sólo olvidar; es rehacer a la persona por dentro.

Dimensión sacramental. Marcos pone de relieve el marco comunitario de la rehabilitación. Simbolizada en los camilleros, es la comunidad la que lleva y pone delante de Jesús al paralítico, la que le acompaña en el proceso de rehabilitación y la que celebra con él el perdón que Jesús le otorga. La comunidad cristiana es un grupo “terapéutico” de personas en recuperación continua. De tiempo en tiempo celebramos esa recuperación en la reconciliación sacramental.

Con frecuencia se incorporan a nuestra comunidad personas que rebasan los setenta años. Me sorprende que a esa edad descubran lo que Jesús pregonó hace veinte siglos: “¡Cuánto me ayuda la comunidad a cambiar por dentro, a crecer en la fe!”.

Hay dos modos de privarse del “milagroso” poder rehabilitador de la reconciliación: prescindiendo de él y celebrándolo mal. Nuestro peligro es el de no celebrarla con todas las condiciones, limitando así su poder salvador. ¿No es ésta la razón por la que cristianos de “confesión frecuente” siguen siempre tan mediocres y egoístas?

Celebrar la reconciliación con autenticidad supone:

— Considerarla como un encuentro liberador en un clima de alegría.

— Valorarla en sí misma, en su propia fuerza salvadora, no sólo como “requisito” para comulgar.

— Su fuerza salvadora depende de las actitudes interiores. No tiene un poder mágico, como un medicamento que se ingiere.

— Preparar la celebración. En primer lugar, una preparación remota, reavivando la conciencia de pecado y la confianza en el Señor misericordioso. En segundo lugar, una preparación inmediata, reposada, a la luz de un pasaje bíblico. No es momento adecuado la celebración de la Eucaristía. Hay que gozar la celebración sosegadamente.

— Hacer hincapié en lo esencial. Lo más importante no es la manifestación de los pecados, sino el cambio interior; hay que dar más importancia a las actitudes que a los actos; no basta tener en cuenta los pecados de comisión, sino también los de omisión; los actos y actitudes más graves son los relacionados con la caridad, la justicia y la solidaridad comunitaria.

— Es importante realizar un compromiso concreto, evaluable, no sólo vago.

— La reconciliación con Dios se completa y llega a su plenitud en la reconciliación con el prójimo (Mt 5,23-24). C. Carretto testificaba:
“Cuando comulgo, me conmuevo. Cuando logro confesarme en serio, lloro. No es fácil confesarse en lo profundo de nosotros mismos; pero cuando lo hacemos, la conversión está en marcha”.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Mc 2, 1-12. Un hombre que recibe un milagro por dentro y por fuera.

Se abre el fragmento con las coordenadas geográficas, los personajes y las circunstancias que nos ayudan a comprender la situación (vv. 1-4). Jesús había fijado su residencia en Cafarnaún durante el primer período de su actividad apostólica, que lo había contemplado como anunciador del Reino en la zona que rodea al lago. Jesús mora en «casa», y en casa —que simboliza la Iglesia— acoge a todos. Jesús, además de hablar bien, realiza signos prodigiosos. Si le llevan a un paralítico acostado en una camilla, debe ser que la fama que le habían procurado sus curaciones debía ser ahora bien conocida. La gran cantidad de gente que había acudido impedía al paralítico llegar a Jesús. Así las cosas, los cuatro que le llevaban recurren a la estratagema de subir al techo de la casa, hacer un agujero y hacer bajar por él al enfermo hasta colocarlo ante Jesús. Esto era posible hacerlo en las casas palestinas, que sólo tenían la planta baja, con un techo plano al que se podía acceder por una escalera exterior, construido con un material ligero y fácil de quitar. El gesto ingenioso y un poco invasor encuentra una acogida benevolente en Jesús. Ni el enfermo ni sus portadores piden expresamente una intervención estrepitosa, dejando que sean los gestos, más que las palabras, los que manifiesten sus sentimientos. Jesús ve, en efecto, “la fe que tenían” (v. 5a), hecha palpable por el gesto de no querer ceder ante las dificultades y que recurre a una fantasía ingeniosa.

La respuesta de Jesús a su fe no es la curación del enfermo, como de una manera instintiva se podría esperar, ateniéndonos a las fórmulas convencionales. Las palabras: «Hijo, tus pecados te son perdonados» (v. 5b), suenan como inesperadas y parecen fuera de lugar. Que verdaderamente suenan un poco extrañas lo confirma lo que piensan algunos de los que están presentes, los maestros de la ley, que las consideran una blasfemia. Es posible que tuvieran algo de razón, porque, según la Biblia, sólo Dios tiene el poder de perdonar los pecados (para poner sólo dos ejemplos, cf. Is 43,25 y Miq 7,19: Yavé es el único y exclusivo realizador de la salvación). Las palabras de Jesús suenan, por consiguiente, a los oídos de un judío no sólo como inadmisibles, sino incluso como blasfemas. De ahí la hostilidad y la irritación de los maestros de la ley allí presentes. Según ellos, Jesús está blasfemando, porque se arroga una prerrogativa divina (vv. 6s). ¿Cómo puede perdonar un hombre los pecados a otro hombre?

El lector moderno, en cambio, se sentirá desconcertado por el vínculo que parece establecer el texto entre enfermedad y pecado. Las palabras de Jesús se comprenden a partir del presupuesto de ese vínculo, según el cual «no hay muerte sin pecado, ni sufrimiento sin culpa». Jesús participa en parte de esa mentalidad, pero le aporta modificaciones notables. No sostiene, a buen seguro, que el portador de un hándicap sea culpable necesariamente y que la minusvalía sea consecuencia directa de una culpa moral (cf. Jn 9,3).

Con todo, el mal físico y todo tipo de desorden o de sufrimiento tienen su última causa en el pecado. Lo prueba el hecho de que en el plan original de Dios todo era orden, armonía, comunión de los hombres entre ellos, con la naturaleza y con Dios. Sólo después del pecado se hace la amarga experiencia del sufrimiento y del desorden. Jesús tiene la tarea de re-crear al hombre, de restituirle la imagen de Dios que el pecado había estropeado y vuelto ilegible. La sola curación física del paralítico sería un trabajo mal hecho, una restauración a medias: se le restituiría la salud exterior, pero el hombre no quedaría curado del todo y permanecería el hándicap del desorden interior. «Hijo, tus pecados te son perdonados» son las palabras del nuevo nacimiento, de la renovación del corazón, gracias al milagro del amor que se llama perdón.

Para concretar, a continuación, sus palabras y dar fundamento histórico a su derecho, venciendo la resistencia pasiva de la incredulidad y ofreciendo señales capaces de no frustrar las palabras de perdón, Jesús ordena al paralítico que se ponga en pie y camine (w 8-1 1). Las palabras de Jesús no eran sólo una frase bella de efecto, una especie de fuegos artificiales que se agotan en el mismo momento en que se manifiestan, sino una realidad que desde ese mismo momento se hacía operativa en la vida del paralítico.

¿Cómo probar la nueva condición de este hombre receptor del beneficio? No es posible proporcionar una verdadera «prueba», porque no hay “termómetros” humanos para el perdón. Jesús ayuda a los presentes a comprender que él no está navegando en el absurdo y que sus palabras pueden producir verdaderamente su efecto, y para ello plantea un simple razonamiento: « ¿Qué es más fácil? ¿Decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados; o decirle: Levántate, carga con tu camilla y vete?» (v. 9). Para acreditar, pues, que su palabra produce verdaderamente lo que dice, manda al paralítico que camine. A partir de la eficacia constatada de estas últimas palabras (la curación), se debería presumir también la eficacia de la primera (perdón). Con los signos de su palabra eficaz y eficiente, Jesús se acerca a la palabra creadora de Gn 1. Con la seguridad del perdón, reivindica un atributo divino para sí.

Jesús se define aquí por vez primera como «Hijo del hombre», y después lo hará en otras trece ocasiones. Esta expresión, si bien por un lado resulta genérica, porque se emplea para referirse a un hombre común (cf. Sal 8,5), por otro, recuerda al misterioso Hijo del hombre de Dn 7,13, que, junto al Anciano de los días (Dios), recibe el poder y ejerce la autoridad sobre toda la gente de la tierra. Precisamente a causa de esta ambivalencia, que le hace al mismo tiempo ordinario y excelso, Jesús prefiere este título y lo usa a menudo. De hecho, la reacción de la muchedumbre no es de asombro, propio de los que no comprenden, sino de temor reverencial ante la manifestación de lo divino: la glorificación de Dios por parte de la gente evidencia que Jesús es el enviado escatológico de Dios.

El mensaje de esta página evangélica es singular y rico. Aquí aprendemos a redimensionar y, posiblemente, a eliminar el fetiche de la pura exterioridad. La tentación es fuerte y recurrente, entre otras razones porque está alimentada continuamente por nuestro tiempo, que parece otorgar mayor privilegio a las apariencias en el obsequioso culto a la «figura bella», en vez de tributar el necesario interés a la sustancia. Nos parece fácil e instintivo apreciar y cualificar lo que se ve, dejando con frecuencia en la sombra o en el olvido lo que no es accesible a los sentidos.

La intervención de Jesús sobre un paralítico nos pide una inversión de la tendencia: celebrar lo que vale más, ir más allá de las apariencias. Puesto que él reivindica, entre otras cosas, los derechos del mundo interior, sin el que tenemos un hombre a medias, sentimos la urgencia de volver a sanar toda nuestra persona. Es justa la atención prestada al cuerpo y a la salud física, aunque curando también el bienestar espiritual. Tenemos tanta necesidad de la serenidad interior como de la salud. Jesús devuelve la salud a un hombre en su cuerpo después de haberle devuelto la salud en el espíritu con el perdón.

Nos ponemos ante Jesús con una actitud reverente y agradecida. Reverente porque se acredita como el enviado de Dios —más aún, él mismo es Dios, con los mismos poderes—. Agradecida porque Jesús, el hombre-Dios que camina por las calles que transitan todos, busca al hombre para restituirle la salud integral, la física, que acostumbramos a llamar salud sin más, y la moral, a la que llamamos perdón. Por otra parte, hemos comprendido mejor la naturaleza de la misión de Jesús, que no es, de entrada, sanar las enfermedades, sino curar las heridas profundas infligidas por el pecado. De un conocimiento más profundo de la misión de Jesús se deriva un conocimiento más adecuado de nosotros mismos, porque nos ayuda a recuperar nuestra plena identidad y a adquirir de nuevo la imagen que nos hace hijos e hijas de Dios. Sólo ésta es la “figura bella” que debemos ambicionar y, mucho más aún, a la que debemos tender, aprendiendo a alabar al Señor, porque también realiza acciones maravillosas para nosotros.

Elevación Espiritual para este día.

Puede pasar que un hombre se diga a sí mismo: “Las Escrituras nos engañan”, y todos sus miembros desistan de hacer el bien; y que, entregando por dentro hasta los miembros del hombre interior —lo que constituye una cosa muy grave— deje de hacer el bien y se diga a sí mismo: « ¿De qué sirve hacer el bien?». ¿Podemos, hermanos, levantar al que piensa así y ha perdido la facultad de hacer obras buenas en todos sus miembros interiores, como si fuera paralítico, abrir el techo de esta Escritura y presentarlo al Señor? Ved, en efecto, que estas palabras son oscuras, están encubiertas; y yo entreveo a alguien con el alma paralítica. Veo este techo, y bajo el techo veo a Cristo escondido. Haré, en lo que pueda, lo que se alaba en aquellos que, una vez abierto el techo, presentaron el paralítico a Cristo, a fin de que éste le dijera: «Hijo, tus pecados te son perdonados». Porque de este modo salvó al hombre interior de la parálisis, perdonándole los pecados y reforzando su fe. Pero había allí hombres que no disponían de ojos capaces de ver que el paralítico interior estaba ya curado, y creyeron que el Médico que lo curaba blasfemaba. Ese Médico realizó entonces algo también en el cuerpo del paralítico, algo que sirviera para sanar la parálisis interior de los que habían dicho tales cosas. Realizó cosas que ellos pudieran ver, y dichas a su modo de creer.

Quienquiera que seas, tan enfermo y débil de corazón que quieres renunciar a las obras buenas, y estás preso de una parálisis interior, haz fuerza para ver si, una vez abierto este techo, podemos presentarte al Señor.

Reflexión Espiritual para el día.

¿Qué piden estos hombres, hoy, en la presente «maduración» histórica? ¿Qué piden en este punto tan elevado —a pesar de todo— del proceso histórico de la civilización humana? Todo está puesto en tela de juicio: las bases de todo el edificio humano —bases económicas, bases sociales, bases políticas, bases culturales, bases religiosas— están o bien quebrantadas o bien sacudidas; todos los valores están sometidos a crítica y a revisión, como si todas las cosas, todas las ideas, todas las normas, tuvieran que ser introducidas otra vez en un crisol nuevo para ser recuperadas, para ser sometidas a una nueva forma y a una nueva medida.

¿Entonces? ¿Nos retiraremos desanimados de la «contemplación», ciertamente no consoladora, del espectáculo del mundo presente? Esta «invasión de las aguas» que ha roto los diques más firmes, que ha puesto todo en tela de juicio, que lo ha mezclado todo, que ha roto todos los moldes precisos de cuerpo social, ¿acabará asustándonos o apagará en nosotros, o debilitará al menos, la osadía constructiva de la esperanza? Bien al contrario, la esperanza verdadera —la esperanza teologal— florece lozana precisamente en los momentos más críticos de la «fractura»: cuando todo está destrozado, cuando todo parece acabado, cuando los límites de la ruptura más áspera han sido alcanzados, entonces nace, de improviso, como por milagro, el arco iris de la esperanza.

Cuando el invierno se encuentra en el punto álgido de sus rigores, ya está firmemente construida la primavera: termina la nieve y apuntan las flores. Es el misterio siempre renovado de la divina creación, tanto en el cosmos como, más aún, en la historia. Es casi una ley —por así decirlo— del comportamiento de Dios con respecto a la historia de los hombres. La «dialéctica histórica» de Dios no se encuadra en el esquema de la «dialéctica histórica» del hombre; tiene una andadura diferente: procede a menudo a través de paradojas, por inversiones: vence a la prudencia con la estupidez, a la grandeza con el oprobio.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Iglesia. Inconvenientes de la monarquía.

Ya es sabido que en Israel existían dos corrientes bien definidas: una a favor y otra en contra de la monarquía. Al fin se abrió paso la monarquía y Dios, diríamos, condescendió con la nueva institución e incluso la convirtió en un medio de llevar adelante la obra de la salvación. Esta es la doctrina del importante discurso puesto en boca de Samuel por la escuela deuteronomista (1Sam 12).

Nuestro texto se extiende hoy largamente en el aspecto social, que era uno de los argumentos aducidos por la corriente antimonárquica. Da la impresión que el autor sagrado no habla de memoria, sino que conoce ya por experiencia el desequilibrio social que trajo consigo la monarquía: el enriquecimiento de la familia real y de las familias allegadas a la Corte a costa del resto del pueblo. Los profetas multiplican sus acusaciones contra estos abusos. ¿Quién no recuerda las censuras de Natán contra el propio David? (2Sam 12). ¿Quién no se rebela con Elías contra el abuso de poder de Ajab y Jezabel respecto de Nabot, a quien dan muerte para adueñarse de su viña y agrandar su residencia real en Jezrael? (1Re 21).

La monarquía trajo consigo otros inconvenientes más grandes todavía. Con las solas excepciones de David, Ezequías y Josías, todos los demás reyes, tanto los del norte como los del sur, son enjuiciados desfavorablemente o porque estimulaban desde el poder la idolatría o porque no pusieron los medios para corregirla. La monarquía, con sus instituciones, supuso una secularización de la concepción teocrática de la comunidad israelita y entró en el juego político del Medio Oriente, lo cual no le trajo al pueblo elegido más que descalabros y desastres.

Todas estas lacras y desviaciones de la monarquía provocan, en buena parte, el nacimiento del profetismo. Si se leen atentamente los libros proféticos se podrá constatar que sus intervenciones están, con frecuencia, orientadas a censurar las injusticias y el paganismo del culto, la política de alianzas con las grandes potencias del Medio Oriente.

En pocas palabras, el balance final de los autores sagrados sobre la monarquía es pesimista y negativo +.







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