Lecturas del día 11-01-2018
Fecha Jueves, 11 enero a las 00:00:00
Tema


LITURGIA DE LA PALABRA

1Sm 4, 1-11: Derrotaron a los israelitas y el arca de Dios fue capturada
Salmo 43: Redímenos, Señor, por tu misericordia.
Mc 1, 40-45: “Y quedó sano”

Un leproso queda libre de la exclusión comunitaria que significaba una muerte lenta y penosa. El milagro comienza con el contacto físico que Jesús le da a un leproso. Ya es una ruptura a toda la legislación de pureza ritual en aquella sociedad. Jesús no le pide al leproso curado ninguna contraprestación, solo que se presente al sacerdote, representante de la estructura religiosa. Lo que Jesús indica con esa invitación, es la necesidad de ser restituido a la sociedad de la que la ley del templo lo ha excluido.

En el trozo del evangelio leído, encontramos dos propuestas concretas de forma de vida. Una, es la del Templo, que de manera implacable se eleva sobre la vida de inocentes y de personas vulnerables, decretando sobre ellas el peso de la maldición. La otra, es la de Jesús, que se solidariza con el dolor y la tragedia humana y que busca por todos los medios posibles limpiar el rostro de la humanidad.

Cada creyente tiene el compromiso de hacer suya la propuesta de Jesús. Por el bautismo, estamos llamados a actualizar en la vida, lo que Jesús hizo y ponernos de parte de quien él se puso en la historia. Es una tarea que no da espera.

PRIMERA LECTURA.
1Samuel 4, 1-11
Derrotaron a los israelitas y el arca de Dios fue capturada

Por entonces se reunieron los filisteos para atacar a Israel. Los israelitas salieron a enfrentarse con ellos y acamparon junto a Piedrayuda, mientras que los filisteos acampaban en El Cerco. Los filisteos formaron en orden de batalla frente a Israel. Entablada la lucha, Israel fue derrotado por los filisteos; de sus filas murieron en el campo unos cuatro mil hombres. La tropa volvió al campamento, y los ancianos de Israel deliberaron: "¿Por qué el Señor nos ha hecho sufrir hoy una derrota a manos de los filisteos? Vamos a Siló, a traer el arca de la alianza del Señor, para que esté entre nosotros y nos salve del poder enemigo". Mandaron gente a Siló, a por el arca de la alianza del Señor de los ejércitos entronizado sobre querubines. Los dos hijos de Elí, Jofni y Finés, fueron con el arca de la alianza de Dios. Cuando el arca de la alianza del Señor llegó al campamento, todo Israel lanzó a pleno pulmón el alarido de guerra, y la tierra retembló. Al oír los filisteos el estruendo del alarido, se preguntaron: "¿Qué significa ese alarido que retumba en el campamento hebreo?" Entonces se enteraron de que el arca del Señor había llegado al campamento, y, muertos de miedo, decían: "¡Ha llegado su dios al campamento! ¡Ay de nosotros! Es la primera vez que nos pasa esto. ¡Ay de nosotros! ¿Quién nos librará de la mano de esos dioses poderosos, los dioses que hirieron a Egipto con toda clase de calamidades y epidemias? ¡Valor, filisteos! Sed hombres, y no seréis esclavos de los hebreos como lo han sido ellos de nosotros. ¡Sed hombres, y al ataque!" Los filisteos se lanzaron a la lucha y derrotaron a los israelitas, que huyeron a la desbandada. Fue una derrota tremenda: cayeron treinta mil de la infantería israelita. El arca de Dios fue capturada, y los dos hijos de Elí, Jofni y Finés, murieron.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 43
R/.Redímenos, Señor, por tu misericordia
.

Ahora nos rechazas y nos avergüenzas, y ya no sales, Señor, con nuestras tropas: nos haces retroceder ante el enemigo, y nuestro adversario nos saquea. R.

Nos haces el escarnio de nuestros vecinos, irrisión y burla de los que nos rodean. Nos has hecho el refrán de los gentiles, nos hacen muecas las naciones. R.

Despierta, Señor, ¿por qué duermes?; levántate, no nos rechaces más. ¿Por qué nos escondes tu rostro y olvidas nuestra desgracia y opresión? R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Marcos 1, 40-45
La lepra se le quitó y quedó limpio

En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: "Si quieres, puedes limpiarme". Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: "Quiero: queda limpio". La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. El lo despidió, encargándoles severamente: "No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés. Pero cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

Palabra del Señor.


Reflexión de la Primera Lectura: 1Sam 4,1-11. Derrotaron a los israelitas y el arca de Dios fue capturada

La protagonista de este fragmento es el arca. Los hebreos consideraban el arca de la alianza como el «signo» visible de la presencia invisible de Dios, y con este signo alimentaban su fe. He aquí que ahora los filisteos se disponen en orden de batalla contra Israel, e Israel sucumbe. Tiene lugar una gran derrota, y caen cuatro mil muertos; Israel se vuelve esclavo de los vencedores, pero antes de darse por vencido, Israel cree disponer aún de un arma invencible: el arca.

Dios se ha ligado a Israel con el pacto de la alianza, e Israel llevará el arca santa al campo de batalla. Ahora los mismos filisteos ya no se sienten seguros de la victoria. Se inicia de nuevo la batalla y, desastre terrible para Israel, les arrebatan la misma arca de Dios. Capturada ésta, Israel queda como abandonado de Dios; Israel queda sin su Dios. Haber llevado el arca de Dios al campo de batalla supone haber provocado aún más el castigo de Dios, que permite que el arca, signo de la alianza, sea arrebatada a Israel. Es la derrota total. Elí, por medio de sus hijos, habría continuado guiando a Israel, pero también éstos han muerto en la batalla, y hasta el mismo Elí, al recibir la noticia de la derrota, cae en el umbral del santuario y muere (4,13.18). Es el final. Sin embargo, no es así: Dios ha llamado a Samuel, su vocación es ya el comienzo de una nueva historia. A pesar de todo, Dios permanece fiel a la alianza. Samuel vive aún a la sombra del santuario, pero el Señor le conoce.

En su misma vocación, Dios le hace partícipe de su designio: desde ese mismo momento se convierte Samuel en alguien que representa ahora al pueblo santo y lleva consigo el destino de la nación.

Reflexión del Salmo 43: Redímenos, Señor, por tu misericordia.

El salmista se desahoga con Dios por medio de esta oración. Le recuerda las catequesis que han sido que se alaba la solicitud y cariño con que Dios ha tratado a Israel. «iOh Dios, lo oímos con nuestros propios oídos, nuestros padres nos lo contaron: la obra que realizaste en sus días... Tú mismo, con tu mano...». Obras de salvación maravillosas realizadas por la mano de Dios», que significa su poder.

Oigamos un ejemplo de esta transmisión oral de las maravillas de Dios con su pueblo: «Cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: ¿qué son estos estatutos, estos preceptos y estas normas que Yavé, nuestro Dios, os ha prescrito?, dirás a tu hijo: éramos esclavos de faraón en Egipto, y Yavé nos sacó con mano fuerte» (Dt 6,20-2 1).

Habíamos dicho que el salmista se está desahogando con Dios. Es casi una protesta y es que no corren buenos tiempos para Israel Están sufriendo el destierro, donde conocen todo tipo de humillaciones y vejaciones: Nos entregas como ovejas al matadero, nos has dispersado entre las naciones. Vendes a tu pueblo por nada, y no ganas con su precio. Nos conviertes en escarnio de nuestros vecinos, en diversión y burla de cuantos nos rodean».

Yavé ya había advertido a su pueblo, al concederles la tierra prometida, que padecerían el destierro si volvían su corazón a los ídolos de los pueblos vecinos: «Cuando hayas engendrado hijos y nietos y hayáis envejecido en el país, si os pervertís y hacéis alguna escultura de cualquier representación…, Yavé os dispersará entre los pueblos y no quedaréis más que unos pocos, en medio de las naciones a donde Yavé os lleve. Allí serviréis a dioses hechos por manos de hombres» (Dt 4,25-28).

A pesar de esto, el salmista saca de su corazón una queja contra Dios que da la impresión de que nuestro hombre ha perdido la cabeza, pues dice: «Todo esto nos sucedió sin haberte olvidado, sin haber traicionado tu alianza, sin que se volviera atrás nuestro corazón, ni se desviaran de tu camino nuestros pasos».

¿Cómo puede nuestro hombre desvariar tanto, si en la espiritualidad del pueblo de Israel es una constante la conciencia de haber abandonado a Dios? Veamos por ejemplo, esta oración de Ester, proclamada desde el destierro: «Yo oí desde mi infancia en mi tribu paterna, que tú, Señor, elegiste a Israel de entre todos los pueblos, y a nuestros padres de entre todos para ser herencia tuya para siempre cumpliendo en su favor cuanto dijiste. Ahora hemos pecado en tu presencia y nos has entregado a nuestros enemigos porque hemos honrado a sus dioses» (Est 4,17).

Como ya se apuntó, nos da la impresión de que el salmista no sabe lo que dice cuando proclama ante Dios la inocencia del pueblo; sin embargo, aun sin saberlo, está anunciando al cordero inocente, nacido de la dinastía de David. El Mesías es el cordero sin culpa, inocente, que cargará con la idolatría, la trasgresión y la infidelidad de Israel y, a partir de este pueblo, con las culpas de todos los hombres, es decir, con el pecado del mundo.

Así es anunciado Jesucristo por parte de Juan Bautista cuando estaba bautizando en el Jordán: «Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: He ahí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo... Yo le he visto y doy testimonio de que este es el elegido de Dios» (Jn 1,29-34).

Las primeras predicaciones de la Iglesia apostólica inciden en esta figura de Jesucristo, cordero sin mancha: «Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de nuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha ni mancha, Cristo» (1Pe 1,18-19).

El apóstol Pablo nos habla de Jesucristo; el cual, siendo limpio de toda culpa, purifica de la levadura vieja —la de los fariseos— a los que crean en Él: « ¿No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa? Purificaos de la levadura vieja, para ser masa nueva; pues sois ázimos. Porque nuestro cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado» (1Cor 5,6-7). En este contexto del apóstol Pablo, el pan ázimo significa la limpieza y la verdad.

Jesucristo, cordero inocente, cargó con todas las culpas de los hombres, incluso con aquellas que no veía el salmista en su pueblo, para darnos su inocencia. Y, una vez inmolado, le vemos lleno de gloria tal y como se nos describe en el libro del Apocalipsis: «Digno es el cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza... Al que está sentado en el trono y al cordero, alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos» (Ap 5,12-14).

Reflexión primera del Santo Evangelio: Mc 1, 40-45: “Y quedó sano”

Con este nuevo milagro hace estallar Jesús una auténtica revolución: no se aleja del leproso, como quería la Ley; no rechaza el contacto con él, no teme ninguna amenaza. Su propuesta no consiste ya en separarse del inmundo, sino en la transformación por contagio vital que va del puro al inmundo. Jesús encarna al hombre puro y sagrado que «contagia» y atrae a su propia esfera al hombre inmundo y no sagrado. El leproso “se le acercó” (v. 40): no se trata sólo de un movimiento espacial, sino también de un movimiento del espíritu, porque le dice a Jesús: «Si quieres, puedes limpiarme» (v. 40). Con la venida de Jesús cayó el muro de la Ley (cf. Ef. 2,14ss), porque Dios, el Santo, el Justo, se hizo en todo solidario con nosotros, enseñándonos el acceso a él. El gesto de extender la mano indica el poder de Jesús, que se manifiesta también por medio de su Palabra imperiosa: «Quiero, queda limpio» (v. 41). La salvación no está ya en la separación y en la marginación, sino en la reintegración, porque con Jesús ha entrado en el mundo el poder salvífico mismo de Dios. En el acontecimiento histórico de Jesús se ha hecho «visible» el poder sanador de Dios, que se pone de parte de los pobres, de los últimos de la sociedad de los hombres. Jesús inaugura una sociedad nueva, una sociedad que no margina a nadie, que no separa, que no excluye, sino que es consciente de poseer el poder mismo de Dios que le ha sido dado por Jesús. Precisamente porque Jesús ha abolido el sistema que separaba lo puro de lo inmundo tal como se entendía en el mundo judío, queda libre el cristiano para Dios y para el prójimo.

Hoy se nos vuelve a proponer la cuestión decisiva para la vida de la fe: «¡Escuchad al Señor!». La Carta a los Hebreos la plantea como actitud válida para cada día. Decía un antiguo eremita: «Una voz invoca desde el fondo de tu corazón: ¡Conviértete hoy!». Allí donde no permanece con suficiente vigor este propósito, se abre camino el riesgo del endurecimiento del corazón. En efecto, la escucha obediente o el rechazo desobediente no es una simple cuestión de audición física, ni siquiera una cuestión de buena voluntad. El creyente debe desarrollar una «sensibilidad» propia al respecto. Sólo con un empeño permanente se adquiere la sensibilidad suficiente para percibir la voz del Señor o para advertir sus inspiraciones.

De rebote, se corre el peligro atestiguado por el pueblo de Israel, tal como aparece en la lectura de hoy.
Éste intenta construir una relación religiosa con Dios totalmente aparente, porque, a pesar de todo el aparato cultual desplegado y a pesar de las intenciones declaradas, no tiene ninguna seria intención de someterse a la decisión de Dios ni de respetar su voluntad, tal como se encuentra expresada en sus mandamientos. Los textos bíblicos nos recuerdan así una verdad que es bastante obvia: el primer paso hacia una relación auténtica con Dios consiste en la recuperación de una honestidad que aborrece toda ficción.

El Señor, por su parte, se compromete a destruir, aun aceptando el riesgo de desfigurar y de provocar una crisis de fe en los hombres, todo aparato religioso que no parta de él y sea expresión de su auténtica voluntad. A veces, el desacralizador más radical es el mismo Señor.

Frente a su santidad no resiste ninguna ambigüedad. Antes o después, queda el hombre al desnudo y debe elegir con autenticidad (o bien rechazar sin fingir).

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Mc 1,40-45. Curación de un leproso.

Sintió lástima. El relato de Marcos es todo un mensaje teológico. Jesús no se define ni se revela a través de definiciones y descripciones de su personalidad, sino, sobre todo, a través de los signos y gestos salvadores que realiza. Éstos dicen mucho más que las palabras abstractas.

Para poder comprender la curación del leproso es imprescindible conocer el contexto histórico y social en que está escrito. El relato constituye toda una lección de humanidad. El leproso era un maldito de Dios y, por ello, un excomulgado de la vida de los hombres. Detrás de la enfermedad, “fruto de la maldición y del castigo de Dios”, había alguna culpabilidad oculta por la que expiaba el pecador. En la cultura oriental del tiempo de Jesús había una concepción más unitaria entre el cuerpo y el alma. Religiosa y sanitariamente el leproso era declarado impuro y era desechado ritualmente de la convivencia por la autoridad religiosa. Vagaba por lugares desiertos. Debía tocar una campanilla y gritar a los que, sin darse cuenta, se acercaban a él: “Impuro! ¡Impuro!” (Lv 13,45). Los rabinos lo consideraban como si estuviera muerto y pensaban que su curación era tan imposible como la resurrección.

Esto pone de manifiesto la actitud humanitaria de Jesús. “Sintió lástima”, se compadeció (“padeció con”). Jesús asume el dolor de los demás, hace suyas las tristezas y las alegrías de los demás, como en el caso de la viuda de Naín (Lc 7,11-17). Jesús “llora con los que lloran y ríe con los que ríen” (Rm 12,15). Al hacer el bien no es seco, adusto; no interviene por simple imperativo del deber, sino por sensibilidad. Jesús actúa movido por el amor a la persona, reflejando en su ser y en su actuar la ternura del Padre por sus hijos. Sus milagros no son una demostración de su poder, sino de su amor, hasta tal punto que impone silencio al curado por su acción.

Jesús no hace ascos de ninguna miseria. Nos ama por encima de todo y a pesar de nuestras deficiencias. No necesita que seamos santos para acercarse a nosotros y librarnos de nuestras lepras. Por ello, la compasión de Jesús, también hacia nosotros, nos ha de interpelar individual y comunitariamente ¿En qué medida somos imitadores de Cristo, buen Samaritano? ¿Los gozos, tristezas y angustias de nuestros prójimos son también nuestros gozos y esperanzas, tristezas y angustias? ¿Vivimos encerrados en nosotros mismos, angustiados a solas con nuestros problemas? ¿Nos solidarizamos con los que sufren o contraponemos nuestros sufrimientos y buscamos compasión: “Pues si yo te contara...”?

“El leproso se le acercó”, a pesar de la prohibición legal, porque Jesús se lo permite. Además, Jesús toca al leproso, haciendo caso omiso a una ley que prohíbe terminantemente tocar al “impuro”, sobre todo si es un leproso. Quiere dejar patente la relatividad de las leyes, que han de estar siempre condicionadas por el bien de las personas. Para Jesús la ley suprema es el bien del hombre. Por ello derriba barreras, anula segregaciones (Ef. 2,14).

Estamos ante un tema que repetirán sobre todo Marcos y el epistolario paulino. El juicio sobre la condición humana de la ley lo ha de hacer el súbdito. Habrá situaciones en que el cristiano, llevado de su conciencia humana, ha de rechazar una ley y poner contra ella una válida “objeción de conciencia”. La ley de segregación de los leprosos era, al mismo tiempo, civil y religiosa. Jesús le indica al leproso que ha de ir a la autoridad religiosa para que le admita oficialmente a la convivencia patentizando que está curado. La sociedad, el hombre mundano, margina o pasa de largo ante quienes no le resultan gratificantes o beneficiosos. El cristiano “se acerca”. ¿Atravieso barreras, derribo muros sociales o me dejo llevar por la rutina y los comportamientos sociales vigentes? ¿Busco el encuentro con los marginados y la solidaridad con ellos?

Jesús sigue curando. La acción liberadora de Jesús con los desventurados continúa viva en sus discípulos y en personas de buena voluntad. Hay ejemplos heroicos, como el de Francisco de Asís, que se acerca a los leprosos y los besa; del P. Damián, que arriesga su vida y la pierde en la leprosería de Molokai; de R. Follereau, entregado en cuerpo y alma a la rehabilitación de los leprosos del mundo. Estos testimonios son una llamada para que seamos instrumentos del amor del Señor con los “apartados” por la sociedad y las familias.

La curación del leproso hay que interpretarla como un signo más de la compasión y del poder liberador de Jesús. Lo verdaderamente consolador es que Cristo se compadece de todos los “miserables”, padezcan las miserias que padezcan, también las psicológicas y espirituales. Él quiere vernos enteramente rehabilitados, llenos de vida y capaces de comunicar vida a los demás.

Jesús “encarga severamente” al curado: “No se lo digas a nadie”. No hace sus milagros para la publicidad, sino para integrar en la sociedad a los marginados, No quiere que interpreten mal su mesianismo. Con frecuencia las comunidades eclesiales se han preocupado más de una antievangélica publicidad apologética para conquistar nuevos adeptos que de luchar valientemente por los derechos humanos conculcados. El curado siente una alegría incontenible; por eso, a pesar de la prohibición, pregona el hecho “con grandes ponderaciones”.

Quien ha tenido un encuentro fascinante y liberador con Cristo, no puede callar; siente necesidad de proclamar su experiencia recomendando a Jesús. Lo contrario es un síntoma preocupante. Quien no siente la necesidad de pregonar el milagro, es porque no se ha producido.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Mc 1,40-45. El contagio que salva.

Jesús había iniciado su desplazamiento a Galilea llevando su mensaje de vida compuesto de palabras nuevas y de acciones prodigiosas. Se le acerca un leproso que expresa su estado de ánimo con el gesto de ponerse de rodillas y con palabras. El gesto manifiesta un gran respeto por Jesús, y las palabras denotan una fina sensibilidad, porque su oración de petición no tiene nada de pretensión. Un delicado como inusual «si quieres» lo remite todo a la soberana libertad del Maestro.

Debemos señalar de inmediato el carácter excepcional de los gestos: el leproso se acerca y Jesús le toca. Se trata de infracciones a las reglas que una minuciosa casuística había elaborado y que podemos leerlas en los capítulos 13—14 del Levítico. El leproso no era un simple enfermo, sino un un ser inmundo, el “primogénito de la muerte”, como le define Job 18,13. Con la ropa desgarrada, el pelo greñudo y la barba oculta en señal de luto, debía gritar: «Inmundo, inmundo», a fin de mantener alejadas a las otras personas. Era el impuro por excelencia, y el manto de la impureza le cubría por completo en todas sus dimensiones: religiosas, sociales, personales. La ley, para limitar al máximo el contagio, dividía y segregaba; con el objetivo de preservar la vida, creaba condiciones de muerte. El leproso llevaba los signos del luto y, además de la pena de la enfermedad, debía sufrir la deshonra de la marginación. Estaba abandonado inexorablemente a su destino de muerte.

Con este marco de referencia, parece muy extraño el comportamiento de Jesús. Extraño a los ojos de los hombres, incluso contrario a las leyes vigentes, pero no extraño para él, dada su capacidad de compasión. «Compadecido» expresa mucho más que un sentimiento instintivo de participación en el dolor del otro. El verbo griego remite a un amor materno (cf. Is 49,15), profundo. La acción de Jesús, que se acerca y toca al leproso, es un acto insólito que aproxima dos mundos hasta ahora en colisión. «Quiero, queda limpio» es la orden que hace saltar los mecanismos de exclusión. Jesús derriba muros seculares de división, suprime fronteras, desmonta los prejuicios y pone las bases para una nueva relación entre los hombres. Acerca a los alejados. Jesús, que es la vida, le toca y vuelve a darle la vida.

La alegría del receptor del milagro podría crear demora y dispersar el efecto de la curación. La comunicación al exterior podía retrasar el reconocimiento de su nuevo estado de salud. Los sacerdotes tenían la tarea de declarar la curación acontecida y, en consecuencia, readmitir al enfermo de otro tiempo en el consorcio de los hombres (cf. Lv 13,49). El segregado podía volver a entrar en la comunidad y «volver a ser hombre». Aquella certificación era importante para acreditar la condición de normalidad. Los sacerdotes, informados después de lo sucedido por el mismo interesado, habrían podido comprender que había comenzado el tiempo nuevo, porque Jesús estaba presente.

Por otra parte, el silencio pedido al receptor del milagro tiene la función de evitar una propaganda que favorezca el acudir a Jesús sólo para obtener beneficios materiales. La idea del silencio, un poco utópica si pensamos en la alegría explosiva que pudo haber invadido el ánimo del antes leproso, permite comprender que Jesús desee un encuentro personal, porque quiere crear un contagio que salve y no sólo un contagio que cure. Para ser salvados, es preciso encontrarle personalmente y estar dispuestos a seguirle por el camino que él nos trace. Los entusiasmos fáciles son como fuego de paja destinado a apagarse enseguida. Por consiguiente, se recomienda el silencio que equivale a cautela, interiorización, participación directa y no «de oídas».

Un leproso se acerca a Jesús y Jesús se acerca a él: un movimiento espacial insólito, contra las férreas reglas del aislamiento vigentes por entonces como precaución sanitaria. Al mismo tiempo se verifica un acercamiento espiritual —o, si se quiere, una especie de «contagio»— llevado a cabo mediante un delicado «si quieres» por parte del leproso y un tan generoso como perentorio «quiero» por la de Jesús.

La lepra es una enfermedad erradicada hoy en gran parte. Con todo, sigue existiendo con otra forma, y puede llamarse droga, alcoholismo, prostitución, y tomar los mil rostros de la marginación. Los cristianos, a imitación de nuestro Señor, debemos continuar caminando por las calles de los leprosos, provocando una genuina «compasión» y dando ese paso de acercamiento físico que expresa nuestro acercamiento interior. Se ha dicho que el Señor usa nuestras manos para seguir curando, nuestros pies para seguir caminando. Nosotros se los damos voluntariamente, nos ponemos a su disposición para dejarnos guiar por él y movernos hacia las nuevas pobrezas con la misma actitud y la misma sensibilidad que nos conducen a construir puentes de conexión y a derribar los muros de la división.

Queremos creer en la verdad de un verdadero contagio. No existe sólo el negativo, el que infecta y destruye; existe también el positivo, que construye y hace percibir al otro, que no es ni un rechazado ni un aislado, sino un hombre hecho a imagen de Dios, llamado a una vocación de nobleza a la que damos el nombre de santidad. Tiene necesidad de alguien que se lo diga con palabras y con gestos, con el corazón y con la voluntad de «hacerse prójimo», es decir, cercano. Entonces podremos ver repetirse el milagro de un contagio que salva.

Jesús nos toca, nos libera. Siempre es «buena noticia» todo contacto nuestro con él. Su Palabra, si la vivimos, nos cura de la lepra que invade la pobreza de nuestra vida. El leproso curado proclama y difunde la noticia: ésa es la tarea de todo discípulo.

Elevación Espiritual para este día.

Los malvados llevan a cabo muchas acciones contra la voluntad de Dios, pero éste posee tanta sabiduría y poder que todos los acontecimientos que parecen contrarios a su voluntad tienden a los objetivos y fines que él mismo ha previsto como buenos y justos.

Por eso, cuando se dice que Dios ha cambiado de voluntad, de suerte que se muestra, por ejemplo, indignado con aquellos con quienes se mostraba indulgente, son ellos los que han cambiado, no Él, y en cierto sentido lo encuentran cambiado en las adversidades que padecen. Del mismo modo cambia el sol para los ojos enfermos y, en cierto modo, se convierte de apacible en irritante, de agradable en inoportuno.

En todo caso, por muy fuertes que puedan ser las voluntades de los ángeles o de los hombres, buenos o malos, favorables o contrarios a lo que quiere Dios, la voluntad del Omnipotente es siempre invencible; no puede ser nunca mala, puesto que, incluso cuando inflige males, es justa, y si es justa, a buen seguro, no es mala. El Dios omnipotente, ya sea que por misericordia experimente misericordia por quien quiere, ya sea que por el juicio endurezca a quien quiere, no lleva a cabo injusticia alguna, no realiza nada contra su propia voluntad y todo lo que quiere lo hace.

Reflexión Espiritual para el día.

No te pido que me cures:
sería ofensiva la demanda
que no puedes escuchar.
Lo que pido es que me salves,
que no me dejes para siempre
sometido a esta
muerte cotidiana.
Pido que la Nada no venza
y no vuelva yo a necesitar
encenderme de deseos,
y viva infeliz allí
como ahora aquí,
solo y alejado.
Tú sabes lo que me cuestas en remordimientos
y lo que yo te cuesto a ti por gracia:
que no se interrumpa la competición.
Yo, arrepintiéndome,
y tú, teniendo piedad de mí,
pues es necesidad para mí fallar
y para ti continuar perdiendo.
Así te pienso: un Dios
siempre expuesto a locuras,
a Contentarse por cómo somos,
a perder siempre:
oh Luz incandescente
y piadosa.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Iglesia. Cae el arca en manos enemigas.

Los filisteos no eran tampoco oriundos de Canaán. Se establecieron en esta tierra aproximadamente por el mismo tiempo que lo hicieron los hijos de Israel. Técnica y culturalmente hablando eran muy superiores a los israelitas. Conocían la forja del metal y eran los únicos que fabricaban armas de este tipo. Por eso, aunque menores en número, los filisteos constituyeron un grave problema para Israel y pusieron en peligro su misma existencia.

Pero el centro de interés de nuestro relato no es precisamente de orden militar, sino de carácter teológico. El foco de atención es el arca y, en definitiva, Yavé, de quien el arca es la expresión sensible.

En el primer enfrentamiento los israelitas fueron batidos por los filisteos. Los ancianos de Israel hicieron recaer la responsabilidad sobre Yavé: ¿Por qué el Señor nos ha hecho sufrir hoy una derrota a manos de los filisteos? El pueblo no se resigna a creerlo y quiere someter a Dios a una prueba de fuerza: Vamos a Silo, a traer el arca de la alianza del Señor para que esté entre nosotros y nos salve del poder enemigo. Los israelitas conocían por experiencia las intervenciones de Yavé en su favor. Bien reciente estaba el paso del Jordán, cruzado milagrosamente bajo la guía del arca (Jos 3—4). ¿No se habían desplomado las murallas de Jericó a toque de trompeta después de siete vueltas procesionales con el arca? (Jos 6). El arca era prenda y garantía de victoria: «Cuando partía el arca decía Moisés: ¡Levántate, Yavé, que tus enemigos se dispersen, huyan delante de ti los que te odian! Y cuando se detenía decía: ¡Vuelve, Yavé, a las mirladas de Israel» (Núm 10, 35-36).

Toda esta mística y estas gestas las conocía bien Israel y de hecho, cuando el arca hizo acto de presencia en medio del ejército, todo Israel lanzó a pleno pulmón el alarido de guerra y la tierra retembló. Los filisteos mismos se sintieron presos de temor y se decían: ¡Ha llegado su Dios al campamento! ¡Ay de nosotros!

A pesar de todo, los israelitas fueron batidos por segunda vez, y, lo que es más grave, el arca cayó en manos del enemigo. Yavé se había pasado al campo contrario. Ya no era la primera vez; los israelitas sabían que siempre existía este peligro. «Los israelitas volvieron a hacer lo que desagradaba a Yavé y éste dio poder a Eglón, rey de Moab, sobre Israel, porque hacían lo que desagradaba a Yavé» (Jue 3, 12). «Por eso se ha encendido la ira de Yavé contra su pueblo, extendió su mano sobre él y lo golpeó» (Is 5, 25). «Yo. (Yavé) voy a batirme contra vosotros con mano fuerte y tenso brazo, con ira, con cólera y con encono grande» (3cr 21, 5). En este clima teológico han sido compuestos los salmos 78, 79 y 80.

Es la dialéctica de la alianza, expuesta con toda claridad por la escuela deuteronomista. La alianza tiene dos vertientes; una de privilegios y otra de exigencias. Si el pueblo se mantiene fiel, el éxito acompaña a Israel en todas sus empresas. Pero, si peca contra las cláusulas de la alianza, puede temer lo peor. En nuestro relato no se habla expresamente de ningún pecado por parte del pueblo, pero implícitamente se alude a la deslealtad y apostasía de la familia sacerdotal que estaba encargada del santuario de Silo. Jofní y Pinjás murieron en la batalla. Elí, su padre, murió cuando tuvo conocimiento de lo ocurrido, y la madre dio a luz prematuramente a un hijo, a quien puso por nombre Ikabod, mientras decía: «La gloria ha sido desterrada de Israel» (1Sam 4, 12-22).

En resumen, las lecciones que se deducen con bastante lógica de nuestro texto son las siguientes: a) La alianza tiene una vertiente de privilegios y otra de exigencias; b) el arca, el templo, los «sacramentos» no son unos medios mágicos para tener a Dios a nuestro servicio. Hay que servir a Dios pero no servirse de Dios. A Dios no se le puede utilizar a nuestro capricho. +







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