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Lecturas del día 12-02-2018

LITURGIA DE LA PALABRA.

Sant 1, 1-11. "Al ponerse a prueba vuestra fe, os dará constancia, y seréis perfectos e íntegros"
Sal 118 R. "Cuando me alcance tu compasión, viviré, Señor.
Mc 8, 11-13 "¿Por qué esta generación reclama un signo?

Vuelven otra vez los fariseos al ataque de Jesús y su mensaje. Esta vez piden una señal para creer. ¿No era suficiente todo lo que habían visto? ¿No es verdad que a veces también nosotros pedimos señales a Jesús? ¡Y que sean “señales del cielo”! Hoy como ayer la terquedad, la soberbia, la vanidad, el orgullo, la suficiencia y el egoísmo, estorban para reconocer en Jesús al Mesías, al Hijo de Dios (tema central del Evangelio de Marcos, llamado el Secreto Mesiánico).

Todo esto lo hacían y lo hacemos para poner a prueba la divinidad, con el agravante de que aunque obre la señal no se va a creer. Y cuidado nos pasa como a los fariseos, la gracia y el Mesías se nos van a la otra orilla, perdemos la oportunidad, lo perdemos todo y quedamos con las manos y la vida vacías.

Si no queremos que Jesús se vaya a la otra orilla estamos llamados y llamadas a tener una fe simple, sencilla y viva, creamos en El que tiene palabras de vida eterna, fiémonos un poco y busquemos descubrir en los milagros de la cotidianidad la presencia de Jesús. Y para mayor edificación nuestra recordemos que hoy somos depositarios de esa bienaventuranza que en otro evangelio gritó el Señor: ¡Dichosos los que creen sin haber visto!

PRIMERA LECTURA.
Santiago 1, 1-11
Al ponerse a prueba vuestra fe, os dará constancia, y seréis perfectos e íntegros

Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, saluda a las doce tribus dispersas. Hermanos míos, teneos por muy dichosos cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas. Sabed que, al ponerse a prueba vuestra fe, os dará constancia. Y si la constancia llega hasta el final, seréis perfectos e íntegros, sin falta alguna.

En caso de que alguno de vosotros se vea falto de sabiduría, que se la pida a Dios. Dios da generosamente y sin echar en cara, y él se la dará. Pero tiene que pedir con fe, sin titubear lo más mínimo, porque quien titubea se parece al oleaje del mar sacudido y agitado por el viento. Un individuo así no se piense que va a recibir nada del Señor; no sabe lo que quiere y no sigue rumbo fijo.

El hermano de condición humilde esté orgulloso de su alta dignidad, y el rico, de su pobre condición, pues pasará como la flor del campo: sale el sol y con su ardor seca la hierba, cae la flor, y su bello aspecto perece; así se marchitará también el rico en sus empresas.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 118
R/.Cuando me alcance tu compasión, viviré, Señor
.

Antes de sufrir, yo andaba extraviado, pero ahora me ajusto a tu promesa. R.

Tú eres bueno y haces el bien; instrúyeme en tus leyes. R.

Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos. R.

Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata. R.

Reconozco, Señor, que tus mandamientos son justos, que con razón me hiciste sufrir. R.

Que tu bondad me consuele, según la promesa hecha a tu siervo. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Marcos 8, 11-13
¿Por qué esta generación reclama un signo?

En aquel tiempo, se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo. Jesús dio un profundo suspiro y dijo: "¿Por qué esta generación reclama un signo? Os aseguro que no se le dará un signo a esta generación." Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla.

Palabra del Señor.


Reflexión de la Primera Lectura: Sant 1, 11-11 “Y si la constancia llega hasta el final, serán perfectos e íntegros, sin falta alguna”

Empieza hoy la proclamación de la Carta de Santiago. Este documento puede ser considerado como un conjunto de exhortaciones dominadas por dos preocupaciones principales: por una parte, revelar a los pobres el valor de prueba que tiene la angustia por la que están pasando y, de modo paralelo, revelar a los acomodados el sentido del peligro que se encuentra en sus riquezas, y, por otra parte, poner en guardia a todos contra una fe que no se traduzca en obras prácticas de misericordia.

El clima de sabiduría veterotestamentaria y las perspectivas típicamente judías están iluminados, aunque no de un modo demasiado directo, por la luz proyectada por Cristo. Este género literario encuentra dificultades para plegarse al estilo epistolar, aunque comienza con el encabezamiento clásico de las cartas apostólicas; la carta de Santiago se comprende mejor como una homilía de estilo sinagogal típica de las asambleas judeocristianas del siglo I.

El pasaje de hoy recoge el encabezamiento (v. 1) y el comienzo de la exhortación introductoria (vv. 2-18), que será retomada de distintos modos en el cuerpo de la carta. Los temas señalados son el carácter providencial de la prueba (vv. 2-4), la necesidad de la oración para alcanzar la sabiduría y para saber moverse en medio de las dificultades de la vida (v 5-8), así como el carácter ilusorio de la riqueza (vv. 9-1 1).

La carta de Santiago que empezamos hoy es una especie de antología del Antiguo Testamento. Se atribuye a "Santiago, el hermano del Señor", es decir, un familiar próximo de Jesús. Es, ciertamente, un cristiano de origen judío, que, como los mejores fariseos, continúa siendo muy celoso de la Ley y de las obras.

-Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo...

¿Podría mi nombre encabezar esa fórmula? ¿Soy servidor o servidora de Dios y de Jesús?

-Considerad como un gran gozo, hermanos, el estar rodeados por toda clase de pruebas.

De entrada, nos encontramos con el clima de las bienaventuranzas «Felices...» «Los que lloran, los perseguidos, los que sufren las pruebas». No nos quedemos sólo con la segunda parte. Se trata ante todo de felicidad, de dicha y gozo perfectos.

A su vez, san Francisco de Asís, después de Jesús y de Santiago, tomará de nuevo ese tema y propondrá la «dicha» perfecta a los que sufren. Aprovecho esta ocasión para reconsiderar mi vida bajo este aspecto: Jesús quiere mi «felicidad», Jesús me quiere «dichoso».

«A fin de que mi gozo esté en vosotros, y de que vuestro gozo sea colmado» (Juan 15, 11) ¿Qué emana de mi vida? ¿Gozo o tristeza?

-La calidad probada de nuestra fe produce la perseverancia.

Incluso humanamente hablando, una de las más grandes virtudes es la constancia, perseverar... aguantar, no estar con los brazos caídos, ¡permanecer en pie! Ante ese ideal, Señor, me siento débil e incapaz. Pensando en mis propias pruebas, en mis responsabilidades, te ruego, Señor, que seas mi fuerza y mi perseverancia.

-Esta perseverancia ha de ir acompañada de una conducta perfecta, exenta de todo defecto.

Se encuentra aquí el ideal, tan hermoso en el fondo, del "justo", del «fariseo». Como aspiración, como deseo, es admirable. El judaísmo ha preparado tales almas, sedientas, de perfección y de absoluto. Y Jesús ha dicho también «sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto».

La santidad de Dios es exigencia de semejanza. El amor de Dios es exigencia de similitud.

Señor, solo, no puedo...

Contigo, Señor, lo intentaré... Sé que no dejarás que me caiga, que tu mano estará siempre a punto para ayudarme y para levantarme de nuevo...

-Si alguno de vosotros está falto de «sabiduría», que la pida a Dios; pero que la pida con fe, sin vacilar...

Ideal del Antiguo Testamento: la «Sabiduría», Jesús es Sabiduría de Dios. No es una conquista orgullosa fruto de una tensión de la voluntad... es una gracia que ha de ser acogida con un corazón abierto, receptivo; es un don que hemos de pedir insistentemente en la oración.

-Porque el que vacila es semejante a las olas del mar agitadas por el viento.

La inconstancia, la falta de perseverancia, la vacilación, son la imagen contraria de lo expuesto anteriormente.

-Que el hermano de condición humilde se gloríe en su exaltación...

Y el rico, en su humillación, porque pasará como flor del campo...

Este será uno de los temas de toda la carta de Santiago.

Comentario poético y riguroso del evangelio... y particularmente de las bienaventuranzas.

Reflexión del Salmo 118 : “Cuando me alcance tu compasión, viviré, Señor”

Aunque incluya muchas peticiones, este salmo -el más largo de todo el Salterio- es un salmo sapiencial. De hecho, comienza hablando de la felicidad («Dichosos...»), al igual que el salmo 1.

Es un salmo alfabético y está organizado en bloques de ocho versículos. Todos los versículos de cada bloque comienzan con la misma letra, hasta completar, por orden, el alfabeto hebreo (los demás salmos alfabéticos son: 9-10; 25; 34; 37; 111; 112; 145). En el que nos ocupa, tenemos un total de veintidós bloques (uno por cada letra). En todos ellos, el tema principal es la Ley. Todos y cada uno de los ciento setenta y seis versículos que lo componen, contiene alguna referencia a la Ley (en cada bloque hay siete u ocho de estas referencias). La Ley se designa con distintos nombres: palabra, promesa, normas, voluntad, decretos, preceptos, mandatos y mandamientos, verdad, sentencias, leyes. Resulta complicado exponer con claridad las características de cada bloque, pues los mismos temas aparecen y desaparecen con frecuencia. En muchos de estos bloques hay una súplica insistente; en otros se acentúa más la confianza. Vamos a intentar exponer, a grandes rasgos, el rasgo que caracteriza a cada uno de ellos.

1-8: Felicidad. El salmo comienza con la proclamación de una bienaventuranza: « ¡Dichosos los de camino intachable!… ¡Dichosos los que guardan sus preceptos!» (la.2a). Este es uno de los rasgos principales de los salmos sapienciales: que muestran dónde se encuentra la felicidad y en qué consiste.

9-16: Camino. Esta es la palabra que más se repite (9a.14a.15b). El ser humano alcanza la dicha y la felicidad cuando sigue el camino de los preceptos y los decretos del Señor. El autor del salmo pretende ofrecer una regla de oro a los jóvenes (9a).

17-24: «Haz bien a tu siervo» petición). Comienza la súplica propiamente dicha. El salmista expone los motivos por los que suplica: es un extranjero en la tierra 19a), está rodeado de «soberbios», «malditos» (21) y «príncipes» que se reúnen contra él para difamarlo (23a). El motivo de la calumnia o la difamación aparecerá en otras ocasiones.

25-32: «Reanímame» petición). Sigue el tema del bloque anterior. El siervo del Señor cuenta algo más de su situación: su garganta está pegada al polvo (25a) y su alma se deshace de tristeza (28a). Se menciona el «camino de la mentira» (29a), en oposición con respecto al segundo bloque (9-16), y se alude al conflicto de intereses que parece existir entre el salmista y los malvados que se dedican a calumniarlo.

33-40: «Muéstrame el camino» y «dame vida» (petición). Continúa la súplica y se repiten los temas de los bloques anteriores. Ha crecido la tensión social, pues ahora el salmista terne el «ultraje» de sus enemigos (39).

41-48: Petición y promesa. Sigue el tema del «ultraje» (42), pero el justo promete cumplir una serie de acciones si el Señor le envía su amor y su salvación, tal como había prometido (41). El salmista promete tres cosas: cumplir siempre la voluntad de Dios (44), andar por el camino de sus preceptos (45) y proclamarlos con valentía delante de los reyes (46).

49-56: Confianza y consuelo en el conflicto. El autor del salmo se siente consolado y lleno de confianza gracias a la promesa del Señor (50), Habla brevemente de su situación: está en la miseria (50a), se siente peregrino (54b) y se enfurece a causa de los malvados que abandonan la voluntad del Señor (53). Se hace mención de la noche (55a), momento para recordar el nombre del Señor.

57.64: Aplacar al Señor de todo corazón (58a). La persona que compuso este salmo cree en una nueva forma de aplacar al Señor, no ya con sacrificios, sino practicando su voluntad. Y esto en un contexto de conflicto, pues se mencionan los «lazos de los malvados» (61a). Esta persona asegura que se despierta a medianoche para dar gracias a Dios (62a).

65-72: Experiencia del sufrimiento. El sufrimiento, entendido como una prueba enviada por Dios, da resultados positivos en la vida de esta persona (67.7 1). De este modo, el Señor ha sido bueno con su siervo (65 a). El sufrimiento le ha hecho madurar y volverse sabio (71).

73-80: Confianza en el Dios creador. Las manos del Señor han modelado y formado la vida del salmista. Todo lo que le sucede va en este mismo sentido. El seguirá dejándose modelar cada vez más, a pesar de la presencia de los «soberbios» que levantan calumnias contra él (78); su vida, además, servirá de punto de ejemplo para los que temen al Señor (79a).

81-88: Aguardando la salvación. El salmista vuelve a hablar de su situación. Se compara a sí mismo con un odre que se va resecando a causa del humo (83 a) y teme que su vida se acabe enseguida (84a). La situación es grave. ¿Quién triunfará? Habla de sus «perseguidores» (84b) y de los «soberbios» que lo persiguen sin razón (86). Esto explica la súplica.

89-96: La palabra del Señor es Para siempre (89a). Los temas de la estabilidad de la palabra y de la fidelidad del Señor dominan en este bloque. El salmista habla de su miseria (92h) y de los malvados que esperan su ruina (95). Las cosas del Señor son para siempre, mientras que toda perfección es limitada (96a).

97-104: Amar la voluntad del Señor le vuelve a uno más sabio. La persona que compuso este salmo no es muy mayor (100a), pero sí que es más sabia (98a.99a) y sagaz (lO0a) que sus maestros y ancianos. El motivo es claro: es que él ama la voluntad del Señor (97a). Existe el peligro del «mal camino» (101 a. 104h), pero es un individuo juicioso, sabe discernir dónde se encuentra y rechazarlo.

105-112: La mediación de la palabra. Es significativa la imagen de la lámpara que ilumina el camino en medio de la oscuridad de la noche. Así es la palabra (105). El salmista explica en qué consisten las tinieblas»: son el «peligro» en que vive constantemente (1 09a), pues los malvados han tendido lazos para atraparlo (110a). Pero él confía en la palabra y formula sus promesas (l00a).

113-120: El conflicto. Este bloque insiste en el conflicto que ha tenido cine afrontar el siervo del Señor. Habla de «los de corazón dividido» (113a), de los «perversos» que lo rodean (1 15a), de la gente cine se desvía de las leyes del Señor (118a) y de los «malvados de la tierra» (119a).

121-128: «No me entregues...» (Petición). Abrumado por las tensiones, el salmista eleva su súplica a Dios para que no lo entregue a los «opresores» (121b) y «soberbios» (122b), pues han violado la voluntad del Señor (126b) y andan por el camino de la mentira (128b).

129-136: «Rescátame» (petición). Las sentencias del Señor son «maravillosas» (129a). Lo maravilloso, en e1 Antiguo Testamento, siempre está asociado a la liberación. Por eso el salmista hace siete peticiones (132-135). Habla de su situación: vive en la opresión (134a) y su llanto es abundante (136a).

137-144: «El Señor es justo» (una constatación) (137a.142a.144a). Pero la persona que está suplicando está rodeada de «adversarios» (139b), se siente pequeña y despreciable (14 la), angustiada y oprimida (143a).

145-152: « ¡Señor, respóndeme! (petición). Es de madrugada (147a); el salmista no ha podido conciliar el sueño y clama de todo corazón (145a) a causa de los «infames que le persiguen» (150a).

153.460: « ¡Dame vida!» (Petición) (154b, 156h, 159b). La petición es fuerte e insistente. Se hace mención de los «malvados» (155a), de sus numerosos perseguidores y opresores» (157a) y de los «traidores» (158a).

161-168: «Mi corazón teme tus palabras» (confianza) (161 h), Continúa el conflicto con la aparición de los «príncipes» perseguidores (161a); no obstante, el clima es de confianza y de alabanza. Ya es de día (164a).

169-176: ¡Que mi clamor llegue a tu presencia, Señor! (petición final) (169a.170a). El salmista se siente extraviado (176) y, aun así, eleva su súplica.

Este salmo surge y no se hace mención del templo ni se habla de sacrificios o de sacerdotes. Toda la atención se fija en la Ley como única norma de sabiduría y corno único criterio para la vida en medio de una sociedad conflictiva. La ley lo es todo, abarca toda la vida del salmista, que sin ser aún anciano, ya es sabio; le invade de noche (55,62.147) y le ocupa de día (164). Vive en tierra extraña (19a) y como peregrino (54b). Se siente pequeño y despreciable, oprimido y perseguido, extraviado, pero sigue confiando y, por eso, suplica a Dios.

La Faz de Dios. En todos y cada uno de los versículos de este salmo se habla de la Ley, resultado de la alianza entre Dios y su pueblo. Se menciona al Señor veinticuatro veces (12 más 12). En este salmo, la Ley es sinónimo de vida. En tiempos de Jesús, la Ley ya no era fuente de vida (Jn 19,7).

Reflexión primera del Santo Evangelio: Mc 8, 11-13: “¿Por qué esta generación reclama un signo?”

El contexto más general en el que se inserta esta breve perícopa es el constituido por la «sección de los panes» (Mc 6,30—8,26) y, más en particular, el marco de la reacción a la revelación cristológica de todo el conjunto por parte de los fariseos (8,11-13) y de los discípulos (8,14-2 1). La petición de “una señal del cielos”, situada en este contexto, tiene el significado provocador de no reconocer el valor del milagro del maná renovado por el «profeta» de Nazaret. La intención de los fariseos, destacada por el autor sagrado, es también la de «tenderle una trampa». Eso permite comprender la respuesta categórica de Jesús, con la que se niega a conceder «señal» alguna.

Marcos emplea, por lo general, el término dynamis («prodigio») para designar el milagro; aquí emplea el término sémeion («señal»). Por eso podemos situar la petición de una señal en el contexto más amplio de los portentos prodigiosos de Marcos, que llevan a percibir el poder y la capacidad de compartir de Jesús de Nazaret y a invadir la problemática de los criterios de credibilidad, nunca suficientes para quienes no quieren creer.

«Esta generación» (v. 12) es una expresión que va acompañada, a veces, por adjetivos como “adúltera y pecadoras” (8,38; cf. Mt 12,39.45; 16,4) o, bien, «infiel y perversa» (9,19; cf. Mt 17,17) y designa en la literatura profética al pueblo de Israel infiel a la alianza, que pone continuamente a prueba a su Dios y reclama siempre nuevas manifestaciones de su poder (cf. Dt 32,5-20; Is 1,2; Sal 78,8; 95,10); aquí parece dirigirse Jesús no sólo a los fariseos con los que habla, sino también a todos aquellos que nunca encuentran suficientes signos de credibilidad.

Cualquier tipo de prueba o de dificultad pone en juego nuestra fe, manifestando de una manera evidente de quién nos fiamos de verdad: de Dios o de nosotros mismos. Para considerar la prueba como perfecta alegría se requiere la sabiduría, la sabiduría que viene de Dios, la sabiduría de la cruz, que es necedad para el mundo. De ahí que sólo podamos y debamos pedirla a Dios —a él, «que da a todos generosamente y sin echarlo en cara»— y pedirla con la seguridad de que nos será concedida. Con una seguridad basada en la fe, la fe que no vacila, la fe que se manifiesta en las obras. La sabiduría nos es concedida para que podamos ver en las pruebas la mano paterna de Dios de Dios os trata como a hijos y os hace soportar todo esto para que aprendáis. Pues “¿qué hijo hay a quien su padre no corrija?” (Heb 12,7)— y para que pasemos nuestra vida cotidiana, con sus opciones y valoraciones, a través de este filtro. Quien busca la sabiduría, en el Antiguo Testamento, lo hace por lo general bajo el nombre de Salomón, pero «aquí hay uno que es más importante que Salomón» (Mt 12,42): tenemos a Jesús, sabiduría encarnada.

A Jesús, que acaba de realizar la multiplicación de los panes, se dirigen en tono polémico los fariseos para pedirle una señal del cielo»: se trata de una petición desenvuelta y, en apariencia, inocua, pero Jesús ve aquí algo que plantea problemas.

En los fariseos prosigue la incredulidad y la dureza de corazón reprochada por los profetas en todo el Antiguo Testamento al pueblo de Israel, nunca saciado de señales y de pruebas del amor de Dios. Es posible que tampoco nosotros andemos muy lejos de esta miopía religiosa, que pide una señal del cielo: es Jesús mismo la señal dada a los hombres para que crean.

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Mc 8, 11-13. No hay peor sordo...

La llegada de los fariseos no permite presagiar nada bueno. Dado que se consideran a sí mismos mejores que los otros, no aceptan de buen grado a un maestro «liberal» que habla con todos, incluso con los paganos, y no se almea con la teología oficial. En efecto, poco antes se habían visto chafados y desmentidos a propósito de sus tradiciones (cf. 7,1ss). Es obvio que guardan rencor contra este singular maestro.

Así pues, apenas llegados hasta donde estaba Jesús, los fariseos empiezan a discutir con él. El verbo griego zyzetéo expresa una discusión entre personas que no logran ponerse de acuerdo porque se encuentran en posiciones diferentes. Esto avala la idea de un diálogo polémico, alejado de los parámetros de una búsqueda sincera de la verdad o de una escucha disponible del otro. Se respira el aire agrio de la polémica y de la sospecha, ese que envenena las relaciones interpersonales. Las relaciones ya no son una ocasión de encuentro y de crecimiento, sino el teatro donde se libra la batalla que tiende a eliminar al adversario. El evangelista disipa, a continuación, toda duda sobre las auténticas intenciones de los interlocutores, porque no sólo refiere el objeto de su exorbitante petición —«una señal del cielo»—, sino que también revela su intención: «tenderle una trampa» (v. 11). Se trata de una verdadera tentación, la ocasión de tenderle una trampa para cogerle en falta.

La señal del cielo que piden los fariseos es un milagro, una acción portentosa, capaz de acreditar ante sus ojos a la persona de Jesús, hacia la que alimentan no pocas ni leves sospechas. Esta petición de credenciales no sería del todo ilógica si Jesús fuera un desconocido que alberga pretensiones desproporcionadas. Pero Marcos acaba de presentar, en los dos fragmentos que preceden al nuestro, dos milagros que pueden certificar grandes muchedumbres —no unas pocas personas y de manera aislada—. La petición de los fariseos se vuelve ilógica en este punto y aparece sólo como un pretexto capcioso y como expresión de animadversión. ¿Acaso no hay signos clamorosos, evidentes y documentados?

Jesús se niega a proporcionarles un signo. Evidentemente, porque ya ha proporcionado muchos y lo seguirá haciendo aún. Sabe asimismo que cualquier gesto espectacular o intervención con autoridad serán rechazados o mal interpretados, como ocurrirá en Jerusalén (cf. 11,27ss). Su pregunta: « ¿Por qué pide esta generación una señal?» (v. 12), deja aflorar una sospecha de descontento. Asegura que no se le ofrecerá ninguna señal, al menos del tipo pensado por sus adversarios. Jesús insiste en hablar de «generación», cuando, en realidad, eran los fariseos quienes habían planteado la petición: ellos eran el espejo de todo el pueblo, en busca de signos espectaculares que, aunque se den, no convencen, porque carecen de la disposición interior para acogerlos. Falta, sobre todo, la buena voluntad de tomar en serio a la persona de Jesús y su mensaje: el fragmento deja entrever las sombras de la Pasión, que se alargan...

El alejamiento físico de Jesús, que se dirige a la otra orilla del lago (v. 13), es una disociación manifiesta contra una manera pérfida de actuar. Los fariseos se repliegan en sí mismos, incapaces de abrirse a la verdad. Se les podría aplicar este proverbio: «No hay peor sordo que el que no quiere oír».

Todos nos encontramos un poco en la posición de los fariseos, que piden un signo para acreditar la obra de Jesús. Todos somos, en el fondo, un poco “empiristas”, porque queremos ver, tocar, fundamentar «científicamente» nuestra fe. Creemos más en el poder de nuestros sentidos externos que en la fuerza de las inspiraciones interiores y de los motivos del espíritu. Para muchos de nosotros, la «ciencia» es la nueva diosa a la que quemamos el incienso de nuestra devoción absoluta e incondicionada.

Debemos reconocer con serenidad el valor y la necesidad de los sentidos externos. La encarnación del Hijo de Dios los realzó al máximo: se dejó ver, oír, tocar (1 Jn 1,1). Ahora bien, no debemos perdernos en el dédalo de nuestras absurdas pretensiones. Pensamos que al ver algo, podremos llegar a creer. Abrigamos siempre la ilusión de que multiplicando los signos prodigiosos (curaciones milagrosas, apariciones de la Virgen y de santos...) pasaremos de inmediato a una adhesión de fe más robusta. ¡No! El mecanismo se estropea pronto, al menos por dos razones. No nos damos cuenta de que la experiencia sensorial y la experiencia de fe pertenecen a dos mundos diferentes, entre los que no existe una continuidad «física» ni un paso automático (fueron muchas las personas que pudieron constatar los milagros realizados por Jesús, se beneficiaron de ellos en primera persona y, después, se quedaron en la periferia de su vida). Pero hay una segunda razón, más importante todavía, para descartar el paso automático de los milagros a la fe. La verdadera señal que debemos acoger es Jesús, el Jonás que estuvo tres días en el seno de la tierra para resucitar después, como precisan Mateo y Lucas, inaugurando la comunidad de los hombres nuevos.

Acoger a Cristo vivo en nosotros y en nuestras comunidades, en la eucaristía y en los hermanos necesitados: ésta es la señal perenne que alimenta nuestra fe. Ya lo vemos, pero tenemos necesidad de unos ojos todavía más penetrantes y de un corazón cada vez más disponible para seguir percatándonos de su presencia. Más aún: para seguir haciéndole presente. El es nuestro milagro continuo, que hace secundarias —útiles, pero no indispensables— todas las otras señales.

Toda la vida de Jesús, su modo de ser y proceder, era un milagro en el que podía descubrirse la presencia de Dios; pero sólo los de mirada limpia eran capaces de reconocerlo (cf. Mt 11,25). Los fariseos le desafían y ponen como condición para creer en él que presente “un signo del cielo”, un portento cósmico o apocalíptico, que acredite de forma contundente su condición de Enviado de Dios, un milagro como el de Moisés (el paso del mar Rojo), el de Josué (detener el sol) o el de Elías (cuarenta días y cuarenta noches sin llover).

El relato de las tentaciones en el desierto escenifica esta tentación que abarcó la vida entera de Jesús: buscar el ejercicio de un mesianismo espectacular y triunfalista: “Di que estas piedras se conviertan en pan”, “tírate del pináculo abajo”, “te daré todo eso”, pondré en tus manos todo un imperio (Mt 4,1-11). El desafío alcanzará hasta la cruz: “El Mesías, el rey de Israel” ¡Que baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos!” (Mc 15,32). Ni aunque hubiera bajado de la cruz hubieran creído en él; en cambio, el centurión, sin que bajara de la cruz, dijo: “Verdaderamente este hombre era hijo de Dios” (Mc 15,39).

Es la vieja y clásica actitud del hombre que tienta a Dios, como la generación del Éxodo: “Me tentaron, aunque habían visto mis obras” (Sal 94,9). “Los judíos piden milagros y los griegos, sabiduría”; para nosotros el supremo milagro y la suprema sabiduría están en la cruz, “escándalo para los judíos y necedad para los griegos” (1 Co 1,22-24). Jesús afirma categóricamente que el poder salvífico de Dios no se manifestará a través de una exhibición fulgurante.

El milagro supremo. A través de los siglos las iglesias caerán constantemente en esta tentación “farisaica”: buscar y ofrecer señales asombrosas que hagan callar a los adversarios. Es curioso notar que esta tentación les viene a las iglesias en momentos de decadencia de su fe; no teniendo otros testimonios vivos y reales de desalienación que ofrecer a los críticos, intentan taparles la boca mediante fenómenos sobrenaturales.

Jesús no podía haber ofrecido al pueblo judío en su persona y en su acción una imagen más contrapuesta a sus esperanzas faraónicas. Nace en una cuadra de un pueblo desconocido, en una familia ignorada que se gana la vida humildemente. En su quehacer de profeta, nada de fenómenos apocalípticos exterminadores; lleno de humildad y mansedumbre acoge y come con los pecadores, libera a las pobres gentes de sus “demonios”, de sus opresiones. Responde a la imagen del verdadero Mesías anunciado por los profetas, al Siervo paciente de Isaías, al Pastor misericordioso: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para que dé la buena noticia a los pobres. Me ha enviado a anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos” (Is 61,1). “Id a contarle a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, a los pobres se les anuncia la buena noticia. Y ¡dichoso el que no se escandalice de mí!” (Lc 7,22-23). “No se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos” (Flp 2,6-7).

El gran milagro que ofrece es su propia vida: “Creed al menos a mis obras” (Jn 10,38). Cristo, con este estilo de vida, marca el camino para que cada cristiano y cada comunidad cristiana presenten ante los hombres los signos que les acrediten como sus enviados y continuadores de su obra: “Alumbre vuestra luz ante los hombres; que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre del cielo” (Mt 5,16).

En realidad, es en estos testimonios de solidaridad en los que creen los hombres. Son el compromiso, el trabajo y la solidaridad de los cristianos los que interpelan y “convencen”, no las exhibiciones de poder y fuerza que demuestren las instituciones eclesiales. Una comunidad cristiana que confiara demasiado en los medios económicos y en las influencias sociales demostraría que su fe se debilita, porque no se fía plenamente del Espíritu de Jesús.

Abundancia de milagros. Marcos dirige su evangelio a los cristianos para que asimilemos el espíritu de Jesús, no a los judíos para que se conviertan. Invita a no incurrir en el error de los fariseos pretendiendo milagros del Señor. La fe es “fiarse” en libertad. Cuando la realidad se impone y se da un milagro contundente, desaparece la posibilidad de la fe. Dostoievski apunta: “Si hubieras bajado de la cruz, hubieras abolido nuestra libertad”.

Somos testigos de milagros constantes que, por ser cotidianos, no valoramos suficientemente. Saint-Exupéry dice: “Los prodigios espectaculares dejan con la boca abierta, pero no tocan el corazón”. Carlo Carretto oraba: “Señor, no quiero milagros. Mi fe estaría enferma si los quisiera. Ya no sería fe, sino evidencia... Quiero descubrirte en las acciones sorprendentes de caridad y amor que contemplo cada día”. Cristo promete una señal: “Tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra” (Mt 12,40).

El Padre da el testimonio menos esperado: “No escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros” (Rm 8,32) hasta la muerte en cruz (Flp 2,8), pero para exaltarle y darle un nombre sobre todo nombre (Flp 2,9). Para los cristianos, la gran certeza es la resurrección de Jesús; es el mástil que sostiene la gran tienda del cristianismo.
Decía el cardenal Newmann: “Al corazón mal dispuesto, mil razones no le convencerán y al que lo tiene bien dispuesto mil dudas no le quitarán la fe”.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Mc 8, 11-13. Los fariseos piden un signo.

TENTACION/MILAGROS

Es todavía hoy opinión común que los enemigos clásicos de Jesús fueron los fariseos. En todas las lenguas modernas, palabras como "fariseísmo" o "farisaico" significan falsedad e hipocresía.

Pero, considerando con atención los elementos históricos, no es muy probable que los miembros de esta secta religiosa hayan sido sistemáticamente hostiles al profeta de Nazaret, cuyas ideas estaban muy cerca de las suyas en muchos puntos. Los fariseos se convirtieron en el símbolo principal de la hostilidad anticristiana solamente en el último tercio del siglo primero.

Refiriéndose ahora al segundo evangelio, descubrimos que su autor no considera a los fariseos como los principales adversarios de Jesús, aunque los maltrata bastante. Esta relativa moderación de Marcos con respecto a los fariseos hace pensar en una fecha bastante anterior para su redacción; Marcos presenta a los fariseos como adversarios de Jesús en Galilea, mientras que fuera de ella tienen una parte mucho menos importante (10, 12; 12, 13).

Ahora bien, había un grave punto de fricción entre Jesús y los fariseos. El segundo evangelista pone muy de relieve esta diferencia, y por eso está muy preocupado en presentar a Jesús como hijo del hombre y no como mesías triunfal. Este presupuesto está presente en los relatos taumatúrgicos de nuestro evangelio.

Jesús hace milagros no para asombrar a la pobre gente, sino para informarle que la gran noticia se refiere realmente a su liberación total. Por eso los milagros se refieren siempre a la liberación del hombre: de la enfermedad, de la muerte, de la angustia.

Por el contrario, en la cristología farisea se insistía mucho sobre los aspectos triunfalistas del futuro Mesías. Este es el sentido de la pretensión de los fariseos, que le piden "que haga aparecer una señal en el cielo", o sea, una exhibición cósmica que obligue a obedecer a los espectadores al glorioso dictador celestial.

Jesús se encuentra entre la indignación y el estupor: "¿Por qué esta generación reclama una señal?" En el Nuevo Testamento la expresión "esta generación" denota siempre un juicio negativo (Mc 8, 38; 9,19; Mt 12, 39-45; 16,4; 17,17; Lc 9, 41; 11, 29; Fil 2, 15). El sentido temporal pasa a segundo plano, mientras que se subraya el contenido humano colectivo; quizá la traducción más cercana podría ser la expresión moderna: "esta gente". Jesús afirma en forma solemne que el poder salvífico de Dios no se manifestará a través de una exhibición fulgurante.

A través de los siglos las iglesias caerán constantemente en esta tentación "farisaica": buscar y ofrecer señales asombrosas que hagan callar a sus adversarios. Es curioso notar que esta tentación les viene a las iglesias en momentos crìticos de decadencia de su fe: no teniendo que ofrecer a los "otros" testimonios vivos y reales de desalienación, intentan callarles la boca mediante supuestos fenómenos sobrenaturales, muy lejos del espíritu de los milagros de Jesús, y muy cerca de los resultados de la moderna ciencia de la parapsicología.

Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Mc 8, 11-13. Los fariseos piden un signo.

Los fariseos permanecen allí: se diría que cuantos más milagros hace Jesús, ¡menos aceptan creer7

-Los fariseos se pusieron a discutir con Jesús... para probarle...

Se han bloqueado a priori. No vienen para aclarar las cosas, para discutir noblemente... sino para "tender un lazo", para "tentar". La palabra griega usada por Marcos es la misma de la tentación en el desierto: "fue tentado por Satanás" (Mc 1, 13) "Los fariseos le interrogan para tentarle." Jesús pues conoció esto... Estar rodeados de gentes que quieren perdernos, que buscan hacernos dar un paso en falso, que espían nuestros errores o imperfecciones naturales para ponerlos en evidencia.

Recientemente, queriendo exaltar la perfección divina de Jesús, se han minimizado las tentaciones de Jesús, reduciéndolas a algunos pocos momentos de su vida y sobre todo considerándolas como muy exteriores a su conciencia íntima.

Ahora bien, constatamos que la "tentación" fue constante en su vida. Jesús ha tenido que estar a menudo en estado de alerta, de combate, de debate interior.

-Le pedían una "señal del cielo" ¡Ahí está! Es la misma tentación grave del desierto: "haz que estas piedras se conviertan en panes... échate abajo desde lo alto del Templo..." La misma tentación renace en la conciencia de Jesús: "¡Muestra quién eres! ¡Haz milagros! ¡Pon en obra tu poder divino! ¡Fuerza a las gentes a creer en ti!" Esta tentación, toda proporción guardada, acerca Jesús a nosotros: gracias, Señor, de haber conocido esto.

San Pablo, en la epístola a los Filipenses, 2, 5, aclara este debate interior de Cristo. "El, que siendo de condición divina no conservó codiciosamente el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo y haciéndose semejante a los hombres..." Y es también la misma tentación en la agonía de Getsemaní: "que se aleje de mí este cáliz"... es la tentación de rechazar la vía de la cruz como medio de Salvación, es la tentación de salvar el mundo por medios más fáciles y menos costosos: "Vamos, danos una señal del cielo".

Cada vez que quisiéramos en nuestras vidas suprimir las dificultades, nos encontramos con esta misma tentación.

-Jesús suspiró profundamente y dijo...

Ya hemos encontrado este "suspiro" en la curación del "sordo tartamudo" (Mc 7, 34). Hay que procurar imaginar este "gemido", esta queja expresada como en el desaliento: "¡No llegarán nunca a comprender!"

-¿Por qué pide señales esta generación? Jesús acaba de hacer unos "signos", acaba de alimentar a 4.000 hombres con 7 panes ¡y con los restos se llenaron 7 canastas!

Confesemos que un tal endurecimiento del corazón, una ceguera semejante es descorazonante.

"Esta generación", esta expresión, en la boca de Jesús es un término de condenación, que hace alusión a la "generación del desierto" que contestó a Dios, que puso a Dios a prueba reclamando siempre nuevas muestras de poder divino.

"Cuarenta años me asqueó aquella generación... cuando me tentaron vuestros padres, a pesar de haber visto mis obras..." (Sal 95, 9-10).

-"En verdad os digo que no se le dará ninguna otra señal a esta generación." Y dejándolos, se embarcó de nuevo hacia la otra ribera del lago.

Gesto de decepción. Vayamos más lejos. Jesús sufre. Tiene delante de El unos corazones cerrados. Ni siquiera se puede discutir. Por lo tanto huyamos. Pasemos a la otra ribera.

Elevación Espiritual para este día.

En verdad no le llega nunca al hombre un gran sufrimiento sin que sea, naturalmente, contrario a Dios, y él no lo permitiría si no fuera fecundo para el hombre. El sufrimiento en cuanto tal no agrada a Dios, excepto por el gran bien que ha predeterminado en él para el hombre. Y puesto que Dios lleva el peso con el hombre que se ha entregado por completo a él, y el sufrimiento viene al hombre a través de Dios, se le vuelve en verdad dulce y divino, y entonces el hombre recibe el desprecio de modo tan voluntario como el honor, la amargura como la dulzura. Estas cosas, en efecto, toman todo su sabor de Dios y se vuelven deiformes y divinas.

En efecto, el hombre recibe también de mejor gana la amargura que la dulzura, porque piensa que le conviene más y la ha merecido más. Ahora bien, puesto que se ha abandonado a Dios, le es grato todo lo que le acaece y acepta todo de manos de Dios. Puesto que no ama, no busca y no le complace otra cosa que no sea Dios, lo encuentra tanto en la amargura y en la contrariedad como en la mayor dulzura. Aquí brilla la luz en las tinieblas y se ve. Es imposible que alguien pueda sufrir por la gloria de Dios y no saboree también a Dios en ese sufrimiento.

Reflexión Espiritual para el día.

Es ya un don de la sabiduría conocer que todo viene de Dios. De ahí que, teniendo la gracia de conocer que todo viene y no puede venir más que de Dios, no podamos hacer nada y no nos quede más que abrirnos a Dios en la oración. La vida religiosa nace de la oración. Es cierto que la misma oración supone la gracia, pero esta última aparece, en primer lugar, ante la conciencia de la miseria, de la impotencia absoluta, a fin de que podamos orar. Por consiguiente, el hombre debe vivir con la sabiduría para poseer todo bien, para tener capacidad de trabajar, ejercitar la virtud y contemplar a Dios; debe saber también que, antes que nada, se le impone la oración. Al principio, la oración es una exigencia fundamental e insustituible, porque todo depende de Dios, pero Dios no interviene si no se le invoca.

La oración está en el origen de todos los bienes espirituales. Es ésta también una de las verdades más formalmente afirmadas, más solemnemente establecidas por el libro inspirado. El hombre no vive una relación personal con Dios más que en tanto lo invoca y lo espera. Ahora bien, el hombre no puede orar si no siente que le falta algo, si no siente que le falta Dios en lo alto de la sabiduría, en su unión y convivencia con ella.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Santa Iglesia. Santiago Normas de vida cristiana.

Normas prácticas para la vida cristiana. Este podía ser el título de esta perícopa. Normas absolutamente válidas en cualquier situación vital, particularmente aplicables en tiempos de dificultad y de prueba. Esta pequeña sección no gira en torno a un único pensamiento lógico. Se trata, más bien, de una especie de sentencias prácticas unidas unas a otras por la palabra clave de la sentencia anterior. Ejemplo: la prueba es buena; la prueba engendra la paciencia; la paciencia hace perfectos sin faltar en nada; el que esté falto...

Las tentaciones-pruebas deben ser consideradas como venidas de Dios. No sabemos a qué clase de pruebas se refiere el autor; probablemente no alude a persecuciones sufridas a causa de la fe, sino, más bien, a las dificultades de tipo general que surgen en la práctica de la vida cristiana. Son las pruebas de la fe, que significan el testimonio de la autenticidad en la respuesta a Dios. Porque estas pruebas engendran la «paciencia». La paciencia es palabra frecuente en esta carta de Santiago. No debe entenderse, sin embargo, en el sentido de resignación pasiva ante lo inevitable. La paciencia significa en esta carta, como casi siempre el Nuevo Testamento, la permanencia activa, constante y valiente en el camino emprendido, en la fe aceptada.

Tampoco la paciencia es fin en sí misma. Debe llevar a perfección y a la eliminación de cualquier clase de efecto. La perfección alude a las acciones que surgen como fruto maduro de una fe inquebrantable. Al estilo de la perfección u obra perfecta de Abraham, a la que alude más tarde Santiago (2, 22), y que nació de su fe incondicional en Dios. A ejemplo de Abraham, el creyente debe ascender a la perfección a través de las pruebas recibidas de la mano de Dios (Mt 5, 48).

La ausencia de todo defecto hace pensar a nuestro autor en la ausencia o falta de sabiduría. El que se halle falto de ella que se la pida a Dios. Esta sabiduría no debe tenderse en el sentido filosófico moderno. La sabiduría de que se nos habla debe comprenderse, más bien, desde el significado bíblico de la palabra: la conformidad con la voluntad de Dios, que hace caminar al hombre rectamente. Una sabiduría no conquistada con el trabajo o el estudio, sino concedida por Dios a aquéllos que la desean ardientemente y la piden con fe y sin vacilación. Estamos así en la línea más pura del Antiguo Testamento (Sab 11, 9; Prov 2, 6; Eclo 1, 28; 2, 1-5).

Pero es necesaria una fe inquebrantable. Quien duda es comparado a las olas del mar llevadas de un lado para otro. Aquí la imagen procede del mundo literario griego. Describe al hombre vacilante. Este hombre vacilante no debe esperar ningún don de Dios. Su vacilación e irresolución en la oración es como el reflejo de todo su carácter y conducta. No se halla seguro en ninguno de su pasos. El Contraste resulta más violento si se tiene delante la imagen del Dios de Israel, que es «roca» inconmovible.

Dice el refrán que las apariencias engañan. Esto es particularmente válido ante Dios. ¿Quién es el rico o el pobre ante él? Evidentemente que en la Iglesia había —siempre ha habido y habrá— ricos y pobres. Pero se trata de una apariencia engañosa cuando se la valora desde Dios. Si ante Dios no hay acepción de personas, menos puede haber acepción de clases sociales. Más aún, el cristianismo ha introducido un cambio radical de valores en la apreciación de las apariencias externas.

Un hombre pobre puede gloriarse en su exaltación o riqueza espiritual, que puede acompañar a la pobreza (según la mentalidad que arranca del Antiguo Testamento esto era lo que debía ocurrir, hasta el punto de que «pobre» era sinónimo de «piadoso»). El rico debe gloriarse en su humillación, en el caso en que perdiese repentinamente sus riquezas. Las riquezas son una posesión bien precaria; por eso, debe gloriarse en su progreso espiritual y moral, que puede provenir de la privación de los bienes (no olvidemos tampoco la mentalidad procedente también del Antiguo Testamento, según la cual «rico» es sinónimo de impío y opresor). La situación precaria de las riquezas es explicada recurriendo a un texto de Isaías (Is 40, 6-7). La espléndida vegetación primaveral de Palestina se convierte en aridez desértica al llegar los ardores del verano. Estupenda imagen para describir la transitoriedad de la vida humana, particularmente aplicable a los ricos. +

Enviado el Lunes, 12 febrero a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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