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Lecturas del día 13-01-2018

LITURGIA DE LA PALABRA.

1Sm 9, 1-4. 17-19; 10, 1a: “Ese es el hombre de quien habló el Señor; Saúl regirá a su pueblo”
Salmo 20: “Señor, el rey se alegra por tu fuerza”
Mc 2, 13-17: “Él se levantó y le siguió”

Los recaudadores de impuestos o publicanos se encontraban bajo el signo de la impureza y de la exclusión por el oficio que desempeñaban. Ciertamente, eran funcionarios de un imperio opresor que solo buscaban incrementar las arcas del imperio y las propias, a costa de la injusticia aplicada al pueblo. Otros publícanos, eran trabajadores de las oficinas de recaudo, gente de menor categoría, que sólo cobraban su sueldo, pero no se duda, que hayan trampeado para su beneficio. Posiblemente este era el caso, de Leví.

Jesús, coherente con su opción por los excluidos, llama al publicano Leví, aún sabiendo de su pertenencia a una clase social detestada. Sin embargo, frente a lo sorprendente de Dios, no faltan los moralistas, los apegados a la ley, los que no dejan a Dios ser Dios. Tal es el caso de los escribas y los fariseos. Jesús, siguiendo el plan del Padre, se la juega toda por devolver la dignidad a cada ser humano y restituir en ellos la imagen de hijos de Dios. Con su actitud, Jesús indica de parte de quien está Dios y para quienes es el Reino que el vino a instaurar. ¿Nosotros de parte de quien estamos?

PRIMERA LECTURA.
1Samuel 9, 1-4. 17-19; 10, 1a
Ese es el hombre de quien habló el Señor; Saúl regirá a su pueblo

Había un hombre de Loma de Benjamín, llamado Quis, hijo de Abiel, de Seror, de Becorá, de Afiaj, benjaminita, de buena posición. Tenía un hijo que se llamaba Saúl, un mozo bien plantado; era el israelita más alto: sobresalía por encima de todos, de los hombros arriba. A su padre, Quis, se le habían extraviado unas burras, y dijo a su hijo Saúl: "Llévate a uno de los criados y vete a buscar las burras".

Cruzaron la serranía de Efraím y atravesaron la comarca de Salisá, pero no las encontraron. Atravesaron la comarca de Saalín, y nada. Atravesaron la comarca de Benjamín, y tampoco. Cuando Samuel vio a Saúl, el Señor le avisó: "Ese es el hombre de quien te hablé; ése regirá a mi pueblo. Saúl se acercó a Samuel en medio de la entrada y le dijo: "Haga el favor de decirme dónde está la casa del vidente". Samuel respondió: "Yo soy el vidente. Sube delante de mí al altozano; hoy coméis conmigo, y mañana te dejaré marchar y te diré todo lo que piensas". Tomó la aceitera, derramó aceite sobre la cabeza de Saúl y lo besó, diciendo: "¡El Señor te unge como jefe de su heredad! Tú regirás al pueblo del Señor y le librarás de la mano de los enemigos que lo rodean".

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 20
R/.Señor, el rey se alegra por tu fuerza.

¡Señor, el rey se alegra por tu fuerza, y cuánto goza con tu victoria! Le has concedido el deseo de su corazón, no le has negado lo que pedían sus labios. R.

Te adelantaste a bendecirlo con el éxito, y has puesto en su cabeza una corona de oro fino. Te pidió vida y se la has concedido, años que se prolongan sin término. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Marcos 2, 13-17
No he venido a llamar justos, sino pecadores

En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a la orilla del lago; la gente acudía a él y les enseñaba. Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: "Sígueme". Se levantó y lo siguió. Estando Jesús a la mesa en su casa, de entre los muchos que lo seguían, un grupo de recaudadores y otra gente de mala fama se sentaron con Jesús y sus discípulos. Algunos letrados fariseos, al ver que comía con recaudadores y otra gente de mala fama, les dijeron a los discípulos: "¡De modo que come con recaudadores y pecadores!"

Jesús lo oyó y les dijo: "No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar justos, sino pecadores".

Palabra del Señor.


Reflexión de la Primera lectura: 1 Samuel 9, 1-4. 17-19; 10, 1a “Ese es el hombre de quien habló el Señor; Saúl regirá a su pueblo”

En el centro de la perícopa de hoy encontramos a Saúl. Con el capítulo 9 comienza para Israel una nueva historia. La historia de la monarquía comienza con la aparición de Saúl, hijo de Quis. ¿Por qué se presenta su genealogía? ¿Qué puede significar? ¿Por qué tantos nombres que nada nos dicen a nosotros? ¿Qué importancia puede tener la genealogía de Saúl? Sin embargo, las genealogías tienen siempre una gran importancia en los libros del Antiguo Testamento. El personaje del que nos habla el libro es el término de toda una historia, que, aunque sea privada, es siempre historia de Israel. La historia empieza con la búsqueda de las asnas perdidas. Quis, el padre de Saúl, ha perdido sus asnas, y su hijo va a buscarlas. Así actúa el Señor. Los comienzos de la historia son de una humanidad que desconcierta, aunque nos parezca que no dicen nada. Dios convierte la vida del hombre en una continua sorpresa. Saúl va en busca de las asnas y regresa siendo rey de Israel. No tiene nada que llevar al vidente. Saúl va a casa del vidente para saber si alguien ha encontrado las asnas. Encuentra a Samuel y éste le consagra rey. Así actúa Dios. Su vida tiene la dimensión del amor gratuito de Dios. Saúl vivirá la tragedia de tener que vivir una realeza que el pueblo de Dios no estaba preparado para recibir, a pesar de haberla reclamado. El pueblo querrá volverse atrás, pero no podrá hacerlo. Dios debe realizar su plan en contra de la voluntad de los que ahora se le resisten. Abandonarse a la voluntad de Dios no es fácil. Queremos que Dios actúe, pero cuando lo hace y nos pide sumisión y obediencia, nos rebelamos; pretendemos que Dios siga nuestra voluntad, no que nosotros sigamos la suya.

Reflexión del Salmo 20: “Señor, el rey se alegra por tu fuerza”

El Salmo anterior pudimos ver cómo el salmista imploraba a Yavé la protección y salvación para el rey de Israel, y cómo su oración había sido escuchada.

En el Salmo de hoy vemos al rey coronado de gloria y exultante de júbilo. Su corazón rebosa de gratitud y la manifiesta con una alabanza vibrante, proclamando la fuerza que Yavé ha desplegado en su favor.

Sabemos, tal y como nos dice el concilio Vaticano II, que los salmos tienen su cumplimiento y plenitud en Jesucristo y por Él en la Iglesia. Vamos, pues, a partir de este salmo, a entrar en el sentido profundo de la aclamación de María —imagen de la Iglesia—, como nos la definen los Santos Padres.

María es imagen de la Iglesia y es también imagen de Israel. En ella, Dios lleva a su plenitud las promesas proclamadas por los profetas a su pueblo y, a través de él, prolongadas a todos los hombres.

Yendo al profeta Ezequiel, vemos cómo Dios le muestra un cementerio, un campo lleno de huesos, y le dice: «Este cementerio es la casa de Israel, pero enviaré mi espíritu sobre estos huesos y vivirán». Y, para dar fe al profeta de que cumplirá esta palabra, le anuncia: «Y sabréis que yo, Yavé, lo digo y lo hago» (Ez 37,14).

«Lo digo y lo hago» es la única esperanza y certeza que tiene Ezequiel y, con él, todos los hombres que buscan a Dios: si Él lo ha dicho, indudablemente lo hará. Y lo hace en el nacimiento de su propio Hijo.

La Palabra desciende sobre María —Dios le dice—: «Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un Hijo a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo» (Lc 1,31-32), Dios «le ha dicho» a María y le anuncia «cómo lo hará»: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1,35), es decir, se hará por la misma fuerza de Dios.

Habíamos visto cómo este salmo era una aclamación festiva ante la fuerza que Yavé había desplegado en favor del rey. Veamos algunas de estas alabanzas: «Yavé, en tu fuerza se regocija el rey y cómo le coima tu salvación de júbilo, gran gloria le da tu salvación, le circundas de esplendor y majestad. En ti confía el rey, tú le has otorgado el deseo de su corazón...».

María aclama la grandeza de Yavé ante la obra que está haciendo en ella, pero, a diferencia del rey del salmo, rompe todas las fronteras porque, si el rey exulta ante Dios por la salvación de su pueblo —un solo pueblo—, la exultación de María nace de la salvación que vislumbra del uno al otro confín de la tierra. En ella, la bendición de Yavé alcanza a todos los pueblos; en ella «el Yo lo digo y lo hago» es un anuncio de salvación para todos los hombres.

Y, sobre todo, en María, Dios crea la fe, la fe adulta, la fe en su plenitud. Dios la llena de sí mismo. Efectivamente, Isabel exclama: «Feliz la que ha creído que se cumplirían las palabras que le fueron dichas de parte de Dios» (Lc 1,45). Llena de Dios porque ha oído; llena de Dios porque se lo ha creído tan profundamente que le responde, ¡aquí estoy!, hazlo conforme has dicho; llena de Dios porque Él hizo en ella lo que en el profeta Ezequiel había prometido.

Y así, oímos inmediatamente después exultar a María con estas palabras: «Engrandece mi alma al Señor, mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque Dios ha hecho grandes maravillas en mí, ¡Santo es su nombre!» (Lc 1,46-49).

¡Santo es su nombre! La aclamación de las aclamaciones, la alabanza de las alabanzas. No es una frase de un ritual, no es una cláusula litúrgica, es la explosión del corazón de una mujer que ha visto la bondad, la misericordia, la fuerza de Dios actuando en ella, en su pueblo, en todos los hombres.

Exultante pero limitada a un pueblo fue la aclamación del rey del salmo. Ilimitada en el tiempo y en el espacio es la aclamación de María de Nazaret y, a partir de ella, la aclamación de todo creyente que, a lo largo de su historia, puede decir, al igual que María de Nazaret y sean cuales sean sus pecados, que Dios en él «lo ha dicho y lo ha hecho». Y lo expresa, no como una oración pía sacada de un manual, sino como un fuego que se eleva de un corazón y un alma exultantes, por lo que Dios hizo y continúa haciendo en él.

Reflexión primera del Santo Evangelio:Mc 2, 13-17: “Él se levantó y le siguió”

En el pasaje de hoy se entiende la fe como seguimiento de Cristo. Se cuenta que Jesús «al pasar vio a Leví, el hijo de Alfeo, que estaba sentado en su oficina de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y le siguió (v. 14). Leví se encuentra con Jesús y se hace cristiano en pleno ejercicio de su profesión «mundana». En todas las profesiones se puede «seguir» a Jesús, hacer lo que él hace. No pensaban así los fariseos, que reprocharon a Jesús que comiera “con publicanos y pecadores” (v. 16). Para los fariseos, ciertas profesiones eran incompatibles con la religiosidad judía, porque impedían observar el sábado y otras leyes.

Para Jesús, en cambio, no hay profesiones que excluyan del discipulado cristiano. Lo que impide ser discípulo de Cristo es creerse «justo» y «sano», esto es, no sentirse necesitado de salvación. «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (v. 17).

La cura que les aplica es estar con ellos, no excluirlos, no condenarlos, no juzgarlos. Esa es la cura del mal interior del hombre. Esta paciencia, esta misericordia, esta longanimidad, es lo que constituye su cura. Es hermoso contemplar esta imagen de Jesús como médico; su terapia puede durar toda una vida, es decir, no puede ser excluida nunca, porque la terapia es su presencia, su estar con nosotros. El Señor parece querer decirnos que la conversión más difícil es la del justo o la de los que se consideran como tales.

La Palabra del Señor actúa de manera eficaz. Penetra en nuestro corazón, lo pone al desnudo, lo juzga. Esta Palabra corresponde, sin embargo, al Hijo, que es capaz de compadecerse de nuestras debilidades y quiere presentarse como nuestro intercesor.

La eficacia y la misericordia aparecen en el obrar de Dios en la vida de Saúl. El texto pone de relieve el proyecto gratuito de Dios, que precede a toda iniciativa por parte de Saúl. Pone de manifiesto cómo se despliega su acción utilizando situaciones normales, casi triviales, en la vida de las personas. Saúl no recibe un cargo honorífico, sino la habilitación para un servicio. La gracia sólo nos hace sentir su acción en nosotros cuando nos habilita en concreto para algún ministerio. Todo tiene lugar en lo escondido, sin clamor alguno. La eficacia de la Palabra no tiene nada que ver con el clamor mundano.

Esto mismo aparece con más fuerza aún en el episodio narrado por el evangelio. La llamada de Leví anuncia la fuerza de la Palabra. También en este caso se despliega la total gratuidad del amor divino que llama: no hay ningún mérito, ninguna preparación por parte del elegido. También él se encuentra inmerso en el laborío de la vida, un laborío marcado, además, por la negatividad. Esta vez, no obstante, el signo de la misericordia suscita clamor. Este tipo de fama no ayuda al Señor, que debe dar cuentas de su misericordia.

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Mc 2,13-17. Jesús comía con los pecadores.

Contexto histórico. Para percibir en su hondura la actitud de Jesús es preciso conocer el contexto histórico que está detrás del relato. Los publicanos eran pecadores públicos:

— Por ser ladrones. Se aprovechaban de la facilidad que tenían para estafar ya que no tenían tope para las ganancias. El Imperio alquilaba el puesto y lo único que les exigía era una tasa por el alquiler, de modo que el recaudador podía cobrar a su antojo.

— Por colaboracionistas con el poder político opresor, el Imperio romano, enemigo del pueblo, al que los judíos consideraban que no debían pagar impuestos por ser “el pueblo de Dios”; por eso preguntan a Jesús si es lícito pagar tributo (Mt 22,17).

Los publicanos eran personas contaminadas y contaminantes convirtiendo en “impuros” a los que se relacionaban con ellos. Pertenecían a la categoría de los “pecadores públicos”. Eran, pues, unos marginados sociales. Los escribas y fariseos, por el contrario, pertenecían a la categoría de las “personas sagradas” por su cometido de ministros religiosos. Despreciaban a los pecadores. No sentían la necesidad de convertirse. Exigían previa conversión y cambio para relacionarse con los pecadores.

La respuesta que Jesús da a los escribas y fariseos no es una justificación de los pecadores, sino precisamente una constatación de esa realidad. Él sabía que sus interlocutores no eran un modelo de perfección moral, pero al menos se reconocían como tales y no pretendían ocultar sus defectos. Jesús emplea la ironía, diciendo que precisamente los “pecadores” son los que tienen necesidad de médico. Los “puros”, los que se consideraban justos, aun llamando virtudes a sus propios pecados, nunca acudirán al médico, que, según ellos, no les hace falta. Y es que, realmente, no hay cosa más impura que el puritanismo.

La mejor definición de Dios. Estamos ante una de las páginas más sublimes del Evangelio, la que, tal vez, define mejor, no con una definición abstracta sino muy concreta, a Dios y a Jesús. Su “misericordia” es uno de los temas preferidos de Lucas. San Juan nos dio la definición más genial de Dios cuando escribió que es amor (1 Jn 4,8). Y esta actitud no se muestra más claramente que cuando ama, acoge y perdona a los pecadores. Dios ama no sólo a los buenos, sino también a los malos, y con un amor de amistad, de ternura. Jesús es su Maestro fiel.

Pocos mueren por un justo, viene a decir Pablo, y por un pecador, nadie. Pero Cristo murió por nosotros cuando éramos pecadores. Así muestra Dios el amor que nos tiene (Rm 5,7). “Dios es amor”, y Jesús sólo puede amar con amor incondicional y “escandaloso”, porque es un “hereje social”: Se acerca a los pecadores. Jamás se le ocurre decir: “¿Qué se puede esperar de ese pobre publicano o de esa prostituta?”.

No exige de ellos que, previamente, se conviertan ni le amen. Los provoca a amar con su propio amor. Se vuelca en ellos y les convierte en la prioridad de su ministerio, Cree en su fondo de bondad.

El acercamiento a los alejados es el reto que nos lanza Jesús con su actitud evangelizadora. En nuestro caso, tenemos 95 ovejas fuera y nos quedan sólo 5 dentro. Y nos dedicamos casi exclusivamente a las cinco. Llevamos varios decenios hablando del acercamiento a los alejados, pero todos sabemos que el fuego misionero está casi apagado. A Jesús no sólo no le importa el pasado negro de Mateo para ofrecerle su amistad, sino que le hace uno de sus íntimos, de los Doce “patriarcas” del nuevo pueblo de Dios. Jesús es más indulgente que los hombres y la sociedad, que no perdonan el pasado de las personas: El que la ha hecho, queda marcado. Jesús, por el contrario, olvida el pasado de Mateo, como olvida el de Pablo y el de Agustín. Aniquila el pasado de quien está arrepentido.

Mensajes. El gesto de comer con pecadores es muy significativo; supone saltarse normas de pureza legal y quedar uno mismo contaminado. En este contexto podemos captar toda la importancia que tienen estos gestos de Jesús de sentarse a la mesa en semejante compañía.

El comer juntos era vinculante, creaba lazos familiares y consagraba la amistad. Es también aleccionadora la alegría de Mateo por su encuentro con Jesús. Lo vive como un gran acontecimiento que ha cambiado su vida y por eso quiere celebrarlo. Ya no le importan sus dineros, su situación social, el qué dirán. Jesús le ha fascinado y lo sigue decididamente.

Esto es para nosotros una llamada a seguir al Señor gozosamente. Dios nos ama, a pesar de ser pecadores. No nos ama “porque” seamos buenos, sino porque Él es bueno, “para que” nosotros seamos buenos, porque somos sus hijos.

Jesús nos invita a compartir con él el amor del Padre hacia toda persona, aunque sea pecadora. Así mismo, nos invita a comprender y compadecer al pecador, sin situarnos como jueces ante nadie (Mt 7,1- 5; Rm 14,4) y sin aires de superioridad, como los fariseos del relato que desdeñan a Jesús por andar “con malas compañías”, porque también nosotros somos pecadores. Como dice el lema clásico: “Odio implacable al pecado, pero amor incondicional al pecador.

El discípulo de Jesús y la comunidad cristiana han de hacer suya la solicitud de Jesús por los alejados yendo en su busca (Lc 15,1-7). Hay que presentárselo para que crean, confíen en él y lo invoquen. “Os digo que hay más alegría por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse” (Lc 1 5,7).

Jesús sigue sentando a los pecadores, nosotros, a su mesa eucarística. Escribe Casaldáliga: “El problema no es ser pecador, sino engreído. Sólo hay un pecado radicalmente tal: el orgullo exasperado”.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Mc 2,13-17. Todos, llamados.

El escenario es el mismo lago (denominado impropiamente «mar» por Marcos) que contempló la llamada dirigida a los primeros discípulos. Se va constituyendo progresivamente el número doce, oficializado en 3,16ss.

Jesús prosigue su obra misionera de predicación “renseñaba”, tiempo imperfecto empleado para indicar una acción prolongada y de llamada a la gente que está a su alrededor. Jesús «captura» con la mirada y antes aún con su palabra, porque «ve», como ya ocurriera con los primeros discípulos, a la persona a la que dirige después una apremiante invitación. La vista es una primera forma de contacto y de encuentro, que nos ayuda a superar nuestra ajenidad. El destinatario de esa mirada cargada de interés es un recaudador de impuestos, una profesión que, en aquel tiempo y en aquella cultura, era motivo de desprecio y de aislamiento para los que la ejercían, porque caían con facilidad en abusos e injusticias. Por eso se les equiparaba a los pecadores, como se dirá un poco más adelante en el v. 16: «publicanos y pecadores». La opinión pública y el pensamiento dominante no pesan lo más mínimo en Jesús, que le dirige a aquel hombre, en el marco de su trabajo, esta orden: “Sígueme”. Una palabra franca, cargada de confianza, enrola a Leví al servicio del Reino; reacciona con prontitud, se levanta (en griego puede sonar también «resurge») y sigue a Jesús. Y así seguirá con empeño y dedicación hasta el final. La tradición le identificará con el apóstol y evangelista Mateo.

Nace una relación nueva, hecha a base de docilidad, apertura, «ecumenismo». En la mesa común, expresión de amistad íntima y de ideales compartidos, este grupo, inicialmente heterogéneo por su procedencia y por el planteamiento de vida (discípulos, publicanos, pecadores), encuentra una homogeneidad de vida en torno al Maestro. Las diferencias ceden el paso en beneficio del estar con Jesús. El crea comunión, sin anular las diferencias, pero sí privándolas de su maléfico poder de contraposición (cf. Col 3,11).

No todos reciben la lección de universalidad. Los presuntos maestros, bloqueados en el esquematismo rancio de sus categorías, no pueden aceptar que el Maestro se «rebaje» al nivel de los «publicanos y los pecadores». Va en ello su honorabilidad y su misma credibilidad. Su pregunta, dirigida a los discípulos, recibe una respuesta directa de Jesús, que interviene para impartir una enseñanza oral, después de haberla dado con su comportamiento. Jesús cita un proverbio, tal vez nuevo para el mundo judío, pero localizable en el mundo griego, capaz de expresar jugosamente el sentido de la misión. El es el médico divino que va en busca de los enfermos. Sin metáforas: él ha venido para los pecadores, para aquellos que tienen necesidad de ser sanados por dentro, antes aún que del cuerpo, como ya aparece en el episodio del paralítico perdonado y sanado (cf. 2,1-12). La cita de los «sanos» sirve sólo para formar la contraposición con «enfermos», del mismo modo que «justos» se contrapone con «pecadores». En realidad, no hay «sanos» interiormente, porque todos los hombres experimentan la amarga tiranía del pecado, como sugiere Pablo: «Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios» (Rom 3,23). La presencia de Jesús resulta, por consiguiente, indispensable a todos los hombres.

Clasificar, distinguir, dividir… son modos connaturales e instintivos. Si bien esto es muchas veces útil y necesario, en no pocos casos crea la anómala categoría de «buenos y malos», basada en los criterios inestables del subjetivismo y de las impresiones epidérmicas.

La escuela del Médico divino es antes que nada una enfermería donde aprendemos a curarnos de nuestra presunción de clasificar a los otros como «publicanos y pecadores». Esto nos da el sentido de nuestro límite y nos hace sentirnos necesitados del abrazo de misericordia que se llama perdón.

Aprendemos también la dulce ley de la comprensión. Acogida no es sinónimo de connivencia, y con ello aprendemos a distinguir la verdad del error, el bien del mal. Manteniendo siempre, no obstante, la posibilidad de una mejora en caso de que cometamos un desliz, de puesta al día o de rectificación, en caso de error. Como Jesús, debemos dar a conocer la vía de la mejora y recorrerla nosotros primero, esperando que otros nos sigan.

Sentirnos en orden y clasificar a los otros como pecadores es un arrogante fariseísmo, ignaro de la realidad y miope ante la evidencia de una fragilidad crónica que aúna a todos, aunque sea a niveles con modalidades diferentes.

Es mucho mejor que nos dejemos instruir por Leví e imitarle e lo de abrir su casa a todos, para que el Maestro Pueda entrar y traer la frescura de la vida. Sentándonos a la mesa con él, en cada eucaristía, seremos purificados de la mezquindad de nuestras relaciones, nos conoceremos mejor a nosotros mismos abriremos de par en par los horizontes de nuestro corazón.

Elevación Espiritual para este día.

Pasa el Señor... ¿En qué sentido pasa Jesús? Jesús realiza acciones temporales. ¿En qué sentido pasa Jesús? Jesús realiza acciones transitorias. Considerad con mucha atención cuántas acciones suyas han pasado.

Nació de la Virgen María, pero ¿acaso nace continuamente? Fue amamantado cuando era niño, pero ¿acaso está chupando la leche continuamente? Fue pasando por las distintas edades hasta la juventud, pero ¿acaso creció de continuo físicamente? También los mismos milagros por él realizados pasaron: nosotros los leemos y los creemos. Tales hechos fueron escritos para que puedan ser leídos y, en consecuencia, pasaban una vez realizados. Por último, y para no detenernos en muchos otros hechos, fue crucificado, pero ¿acaso está colgado de continuo en la cruz? Fue sepultado, resucitó, ascendió al cielo; ahora ya no muere más... su divinidad es permanente y la inmortalidad de su cuerpo ya no tendrá fin. Sin embargo, y a pesar de ello, todas las acciones que llevó a cabo Jesús en el tiempo pasaron, pero fueron escritas para ser leídas y son anunciadas para ser creídas. Por consiguiente, Jesús pasó a través de todas esas acciones...

Jesús pasa también ahora... Me explicaré: cuando se leen los hechos que llevó a cabo el Señor mientras pasaba, siempre se nos presenta al Jesús que pasa... ¿Comprendéis, hermanos, lo que digo? No sé, efectivamente, cómo expresarme, pero todavía sé menos cómo callar. Pues bien, esto es lo que digo, y lo digo de manera abierta. Porque temo no sólo al Jesús que pasa, sino también al Jesús que permanece, por eso no puedo callar.

Reflexión Espiritual para el día.

Jesús «pasa»: en el carácter opaco y al mismo tiempo transparente de las cosas que acaecen. Pasa: en la superposición de las inspiraciones, que iluminan el corazón. Pasa: en la pobreza y en la desesperación del hombre. «Pasa»: por la rendija del egoísmo humano encerrado en sí mismo. Pasa: en la decepción de las cosas que se prometen y no se cumplen. Pasa: en la seguridad del bienestar y en la fatua satisfacción del llamado «nuevo rico».

Pasa y vuelve: como la lanzadera de un telar. Como el amante encarnizado que no se resigna a la renuncia de su propio amor. Pasa cuando menos te lo esperas: así atraviesa el Señor tu vida. Pasa y se va; pasa y se queda, al mismo tiempo. De todos modos, deja huellas visibles y sensibles de su paso: la atracción de una invitación persistente, el clamor de una Palabra que no es posible callar, el tormento de un deseo que renace, la alegría de un compromiso que agota las fuerzas del hombre...

Jesús pasa. Es uno de los muchos transeúntes con los que nos cruzamos en la calle. Son incontables los que nos «pasan» a derecha e izquierda, los que saltan, obstaculizan, cortan la calle, nos observan con una perfecta indiferencia. Muchos, demasiados, no se dan cuenta de nada. Pasan y no ven. Jesús pasa y «ve»... Se da cuenta de nosotros. De mí. Ve: en el corazón. A través de los deseos y las aspiraciones profundas. Ve: no tanto los rasgos de nuestra fisionomía y las actitudes de nuestro comportamiento. Ve: la dimensión interior del hombre: pensamientos, deseos, afectos, intenciones, disponibilidad, propósitos. La pureza del corazón ve y hace ver. Ve: la verdad entera que hay en el hombre. Me ve a mí... Jesús necesita encontrar en nosotros al hombre. Al hombre es a quien dirige su Palabra divina.

El rostro de los personajes,pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Iglesia. Buscaba unas asnas y se encontró con la corona real

El punto focal del texto se halla en las últimas palabras: Tomó la aceitera, derramó aceite sobre la cabeza de Saúl y lo besó, diciendo: ¡El Señor te unge como jefe de su heredad! Tú regirás al pueblo del Señor y le librarás de la mano de los enemigos que lo rodean. Todo el resto del relato, un tanto novelesco y folklórico, está orientado hacia este momento final de la unción de Saúl por mano del profeta Samuel.

Este texto pertenece a la corriente antimonárquica; de ahí que coloca a Saúl en la línea de los Jueces. Nótese la expresión: ¡El Señor te unge como jefe de su heredad y lo llama «jefe» y no rey! Dentro de esta misma corriente está 9, 16: «Mañana a esta misma hora te enviaré un hombre de la tierra de Benjamín, lo ungirás como jefe de mí pueblo Israel y él librará a mi pueblo de la mano de los filisteos».

En los dos textos es ungido como «jefe» y no como rey. Y en los dos textos es presentado como el «libertador» del pueblo de la mano de sus enemigos. Esa era precisamente la misión especifica de los jueces: liberar a las tribus de las manos de los enemigos. Etimológicamente «juez» quiere decir «libertador» y eso fueron en realidad los grandes jueces de Israel.

La corriente promonárquica, en cambio, presenta a Saul como “rey”: «Fueron todos a Guilgal y allí en Guilgal proclamaron rey a Saúl delante de Yavé» (1Sam 11, 15).

En todo caso lo cierto es que Saúl marca la transición entre los Jueces y los Reyes. Tiene todavía mucho de juez y ya tiene algo de rey, aunque la monarquía en sentido pleno empieza con David.

En un orden más teológico, los dos aspectos que merecen destacarse son el rito de la unción y la intervención de Samuel como ministro de ella. La unción es un rito religioso, por el que el ungido pasaba a ser una persona consagrada y participaba, de alguna manera, de la santidad de Dios. Santificado por la unción y adoptado como hijo por Dios, el rey podía ejercer funciones sagradas. Es David quien erige en Jerusalén el primer altar a Yavé (2Sam 24, 25) y quien manifiesta el deseo de levantar el templo (2Sam 7, 2-3). Es Salomón quien, de hecho, construye el templo y quien preside la liturgia de la dedicación (1Re 5-8). Jeroboam funda los santuarios de Betel y Dan, recluta sacerdotes para que los sirvan y ordena el calendario (1Re 12, 26-33).

Cierto, no se puede decir que el rey sea sacerdote en el sentido estricto de la palabra. Todas las funciones que hemos enumerado y otras más que figuran en la Biblia las ejercía el rey, en buena parte, no tanto como sacerdote cuanto como jefe de un Estado teocrático. Pero convenía señalar esta condición de ungido del rey de Israel desde el primer momento, porque «ungido» y «mesías» son sinónimos. Los reyes de Israel son, pues, a partir del propio Saúl “ungidos” y “salvadores”; las dos notas caracterizarán a un futuro rey ideal que se empieza a esperar.+

Enviado el Sábado, 13 enero a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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