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En Reflexiones Católicas estrenamos nuevo blog dedicado a La Mística y Los Místicos, donde encontrarás artículos, biografías, vídeos...
 
 
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Lecturas del día 13-11-2017

LITURGIA DE LA PALABRA.

Sab 1,1-7 : El espíritu del Señor llena la tierra
Salmo responsorial 138: Guíame, Señor, por el camino recto
Lc 17, 1-6: ¡Ay del que escandalice a los pequeños!

Escandalizar es poner piedras o trampas en el camino para provocar el tropiezo, la caída. Lucas presenta otro de sus frecuentes ayes, e instruye a los discípulos sobre las actitudes que deben vivir en la comunidad fraterna. Es dura la advertencia para aquellos que escandalizaren a los preferidos del Padre, los pequeños. Jesús se desvive por ellos y nadie debe apartarlos del camino ni provocar su humillación y dolor por medio de la acumulación de bienes, la ostentación de los mimos, la injusticia y la violencia.

Seguir a Jesús no nos evita automáticamente caer en pecado; pero sí nos exige optar por practicar los valores del Evangelio en la convivencia y el intercambio. Perdonar, corregir fraternalmente, ser sinceros y respetuosos en la diversidad, acoger con bondad, son actitudes irrenunciables de los discípulos de Jesús.

Perdonar… ¿cuántas veces? Si la medida del amor es Jesús, él nos propone amar sin medida. Perdonar setenta veces siete equivale a estar dispuesto a confiar, y a apostar por la bondad intrínseca de la humanidad, lo cual no nos exime de reprender a quien se desvía del camino, e incluso señalar con toda claridad y firmeza a los que descaradamente practican la injusticia y el oprobio contra los más débiles.

PRIMERA LECTURA
Sabiduría 1,1-7
La sabiduría es un espíritu amigo de los hombres; el espíritu del Señor llena la tierra

Amad la justicia, los que regís la tierra, pensad correctamente del Señor y buscadlo con corazón entero. Lo encuentran los que no exigen pruebas, y se revela a los que no desconfían. Los razonamientos retorcidos alejan de Dios, y su poder, sometido a prueba, pone en evidencia a los necios. La sabiduría no entra en alma de mala ley ni habita en cuerpo deudor del pecado. El espíritu educador y santo rehúye la estratagema, levanta el campo ante los razonamientos sin sentido y se rinde ante el asalto de la injusticia. La sabiduría es un espíritu amigo de los hombres que no deja impune al deslenguado; Dios penetra sus entrañas, vigila puntualmente su corazón y escucha lo que dice su lengua. Porque el espíritu del Señor llena la tierra y, como da consistencia al universo, no ignora ningún sonido.

Palabra de Dios

Salmo responsorial: 138
R/.Guíame, Señor, por el camino eterno.

Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; / distingues mi camino y mi descanso. R.

Todas mis sendas te son familiares. No ha llegado la palabra a mi lengua, y ya, Señor, te la sabes toda. Me estrechas detrás y delante, me cubres con tu palma. Tanto saber me sobrepasa, es sublime, y no lo abarco. R.

¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro. R.

Si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha. R.

SEGUNDA LECTURA

SANTO EVANGELIO
Lucas 17, 1-6
Si siete veces en un día vuelve a decirte: "Lo siento", lo perdonarás

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Es inevitable que sucedan escándalos; pero ¡ay del que los provoca! Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar. Tened cuidado. Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día y siete veces vuelve a decirte: "Lo siento", lo perdonarás."

Los apóstoles le pidieron al Señor: "Auméntanos la fe." El Señor contestó: "Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: "Arráncate de raíz y plántate en el mar." Y os obedecería."

Palabra del Señor.


Comentario de la primera lectura:Sab 1,1-7 : El espíritu del Señor llena la tierra

El autor del libro de la Sabiduría —probablemente un judío residente en Egipto que escribía en griego hacia la mitad del siglo 1 a. de C.— se dirige a los reyes de la tierra (cf. v. 1), pero, al margen de la ficción literaria, se dirige a todos cuantos pretenden participar del don de la sabiduría: una cualidad que se requiere, qué duda cabe, a los gobernantes, pero que necesita asimismo todo el mundo para llevar una vida feliz.

La primera invitación que formula es que amemos la justicia. Esto no es difícil de entender, porque “en el sendero de la justicia está la vida, el camino torcido conduce a la muerte” (Prov 12,28): sabio es el justo, el impío es necio. Dios y la Sabiduría —figura personificada de origen y naturaleza divinos— y la necedad-injusticia se rechazan inexorablemente: se expulsan (Sab 1,3.5) recíprocamente.

Se describen algunas características de los necios: no creer, poner a prueba a Dios (vv. 2ss; pensemos también en la relectura de la historia de Israel en clave de incredulidad del Sal 78) y obrar el mal. Los «pensamientos torcidos» y los «pensamientos sin sentido» (vv. 3 y 5; cf 2,1 ss) conducen a los necios a la muerte, cosa que ellos mismos eligen, porque la consideran amiga (cf 1,16), siendo que sólo la sabiduría, a la que desprecian, conduce a la vida: y es que Dios ama la vida y «en el temor del Señor está la sabiduría; en apartarse del mal, la inteligencia» (Job 28,28).

Por consiguiente, la sabiduría —y no la muerte o la vida impía— «es un espíritu que ama a los hombres» (v. 6). Bien lo sabe Dios, que, por haber plasmado el corazón del hombre (cf. Sal 33,15; 138), es testigo veraz de los pensamientos de su corazón y de las palabras de su boca (v. 6), pues él «tiene conocimiento de cuanto se dice» (v. 7) y es el único que está en condiciones de guiamos por el camino de la vida.

La cultura griega, con su humanismo refinado, atrae también a las élites judías "dispersas" y minoritarias en ese gran contexto pagano dominante. El autor del Libro de la Sabiduría, influido por el pensamiento griego, cuya cultura había asimilado, expresa en una nueva forma su Fe tradicional.

Ayuda, Señor, a los hombres de nuestro tiempo a hacer ese mismo esfuerzo.

-Amad la justicia los que juzgáis la tierra; pensad rectamente del Señor y buscadle con sencillez de corazón...

Por "Justicia", hay que entender siempre en la Biblia, el pleno acuerdo del pensamiento y la acción con la voluntad divina. Así, el primer consejo de ese «sabio» es una invitación a "pensar justamente"... a pensar como Dios... a "buscar a Dios" en la sencillez del corazón.

El esfuerzo de la meditación cotidiana va en ese sentido. A condición de que sea yo dócil a la Palabra de Dios y trate de ponerla en práctica.

-Porque Dios se deja hallar de los que no le tientan y se manifiesta a los que no desconfían de él. Los pensamientos tortuosos apartan de Dios.

«¡Buscar a Dios!»

Cuando Dios encuentra esta disposición en el corazón del hombre "se hace el encontradizo", «se revela»... En el fondo, lo que Dios espera de nosotros es la lealtad, la verdad. Los pensamientos «tortuosos» apartan de Dios.

Ayúdanos, Señor, a construir la verdad. A poner en práctica desde ahora la porción de verdad ya descubierta.

¿Cuál es hoy para mí esta correspondencia a Dios, esta conversión que El espera?

-El Espíritu Santo, nuestro educador, huye de la mentira, se aleja de los pensamientos necios y se ve rechazado al sobrevenir la injusticia.

Estamos ya muy cerca de la doctrina del Nuevo Testamento. El Espíritu de Dios, educador del espíritu del hombre. La luz divina iluminando y animando la inteligencia humana: todo ello se realizará en plenitud en Jesús... ¡el hombre que comulgará totalmente con la voluntad de Dios!

Pero, en contrapartida, existe también ese riesgo terrible: la capacidad del hombre de hacer que se retire el Espíritu Santo... de «rechazar» el Espíritu de Dios. Esta actitud es considerada absurda y necia. Haznos inteligentes, Señor.

Ayuda el esfuerzo de todos los «educadores, de todos los que se han consagrado a esa tarea maravillosa del avance de la verdad... ¡profesores, padres, educadores «con el Espíritu»!

La Fe no ha de huir ante el mundo científico de hoy. El Espíritu Santo ilumina la inteligencia... ¡y se aleja de la necedad!

-La Sabiduría es un espíritu que ama al hombre... pues el Espíritu del Señor llena el universo, y El, que lo envuelve todo, sabe todo lo que se dice.

¡Es el texto del Introito de la fiesta de Pentecostés! Es el Espíritu de Dios quien realiza la cohesión del universo.

Medito detenidamente esta frase y la realidad que representa: ¡Dios presente!

Comentario del Salmo responsorial 138: Guíame, Señor, por el camino recto

* Israel es un pueblo concreto, realista. No se trata de una meditación filosófica y abstracta, es un diálogo íntimo con Dios. El tema tratado por el salmista se relaciona con los puntos más álgidos de la investigación teológica de todos los hombres: ¡Dios lo sabe todo! ¡Dios está presente en todo lugar! ¡Dios ha hecho todo! Sin embargo, estos atributos divinos no son meditados aquí, en sí mismos sino en una perspectiva "personalizada": "Tú me conoces... sabes cuando me siento y cuando me levanto...". Lenguaje maravillosamente poético, íntimo. No se encuentra a Dios cuando se lo considera como "problema"... El es "Alguien". No sirve mayor cosa "discutir" sobre Dios... Se trata de experimentarlo.

Se habla mal de Dios, cuando se debate sobre El en tercera persona: "El es esto, El es aquello...". Hay que tratarlo en segunda persona y decirle: "Tú" o "Usted". Llama la atención, una vez más, el canto vehemente "contra los impíos". ¿Sin embargo no es esto natural? Cuando se ama a alguien, no quisiera uno que existieran enemigos. Cuando se toma conciencia de la Omnipotencia de Dios, resulta inevitable el interrogante: "Todo lo demás" ¡es tan bello!... ¿por qué existe este misterio incomprensible? Esta es la gran objeción contra Dios. Y la pregunta sigue abierta... Mientras el mundo continúa inacabado, mientras no vemos la "solución"... Por parte de Dios. ¡Debe existir alguna! Entonces, Señor, no dejes que siga el camino del mal, el camino de la nada de los siglos. ¡Llévame por tu camino, el camino de la eternidad!

** ¿Quién mejor que Jesús vivió este sentimiento de "total pertenencia", de presencia constante "con el Padre"...?

Esto es aún más cierto de la gran "noche" de tinieblas que anonadaron a Jesús aparentemente y que sin embargo fueron la gran "luz" de la presencia divina. Aun en medio de su Pasión y muerte, Jesús estuvo "con" Dios. Se escucha aquí su primer murmullo de Resurrección: "Me despierto: estoy aún contigo...". Palabras maravillosas, cantadas en el Introito de Pascua: "Resurrexi, et adhuc tecum sum...". Llama la atención que la Resurrección no tiene ningún carácter triunfalista en los Evangelios. Es más bien un misterio de intimidad, como el del salmo... Expresión de amor extasiado... "Estoy aún, y siempre contigo". Ojalá repitamos estas palabras, fuente de felicidad indestructible con Jesús, desde lo profundo de nuestras tinieblas e interrogantes. "Estoy contigo, oh Padre".

*** Total dependencia + total libertad=total amor. Siento ya el fastidio del hombre "moderno" al escuchar este salmo: ¿por qué?

-Me presentan un Dios minucioso, un Dios que ve todo, que lo sabe todo, que ha previsto todo ("¡En tu Libro, estaban mis días determinados, cuando aún no existía ninguno de ellos!"). Digamos sinceramente que no nos gusta esta imagen de un Dios fantasma, de un Dios que nos hubiera "programado" anticipadamente y que vigila nuestra menor infracción. Esto es justamente no comprender a Dios. Cuando oponemos "dependencia" y "libertad", no entendemos lo que es el verdadero "amor". Nadie es más dependiente que el que ama. Piensa en el otro. Está polarizado por el otro. Vive tan sólo para el que ama. Se "somete" al otro. Sin embargo, se siente totalmente libre. Desde dentro, movido por un impulso espontáneo y personal, se da al otro. De igual manera en este salmo hay una especie de combate: el salmista, hombre moderno en el fondo, ensayó en un primer momento "huir" de Dios, ocultarse en el extremo del mundo, para estar "tranquilo".

Igual combate el de Jacob contra Dios, en el Pozo de Jabok, durante toda una noche, el hombre "vencido" quedó señalado, cojeó el resto de sus días (Génesis 32, 23-33). Es la huida de Jonás ante una misión difícil y a quien Dios lleva por la fuerza a Nínive para que predique en ella (Jonás 1,1-3). Son nuestras propias reticencias, impregnados como estamos del ateísmo, las que nos hacen ver a Dios como un "rival" de nuestra propia libertad: ni Dios, ni "Señor". Pues bien, hay que mirarlo en la línea del amor: sí, no puedo escaparme de Ti, Señor, confieso que me has vencido... Tú me amas, y yo te amo.

Transparencia, secreto de amor. "Ninguna creatura escapa a la mirada (de amor) de Dios, todo está al descubierto y al desnudo ante sus ojos" (Hebreos 4,13). En lugar de ver en ello una insoportable tiranía, el autor del salmo la considera como una fuente de serenidad total, "Tú me conoces, mi amor. Sabes todo sobre mí. No puedo ocultarte nada, ni la madeja enredada de mis idas y venidas, ni mis pensamientos, ni mis proyectos, ni mis desesperaciones". En nuestros amores humanos, hay siempre una imperfección radical: hay siempre un rincón oculto que resiste a la transparencia... La terrible opacidad del cuerpo. Vamos, corazón mío, déjate amar hasta la más perfecta transparencia.

Predestinación. "No ha llegado la palabra a mi lengua y ya Tú, Señor, la sabes... Tú te anticipas... Cuando en lo oculto me iba formando... En tu libro se inscribían todas mis acciones, calculados estaban mis días, antes que llegara el primero...". Este lenguaje repugna al pensamiento moderno, pues parece quitar toda libertad al hombre... Como si fuéramos marionetas sin responsabilidad, manipulados, programados, carentes de toda iniciativa. San Pablo, retomando esta misma idea dirá que "Dios nos ha predestinado para que nos asemejemos a la imagen de su Hijo" (Efesios 1,4). El pensamiento antiguo, como el pensamiento semítico, deja en segundo plano las causas segundas en provecho de la Causa primera. Se atribuye a Dios todo lo que sucede, sin decir que Dios no obra habitualmente en "directo", sino a través de las "causas segundas", que están, de hecho, en el fondo de los acontecimientos. Se dirá que Dios envía la lluvia, la enfermedad, o cualquier otra cosa... Esto mismo ocurre con la "predestinación", forma de hablar que, mirando el desarrollo de la historia bajo el ángulo humano, trata de describir el actuar de Dios..., que siendo eterno, "domina el tiempo". Cuando se realiza el designio de Dios, se dice, y esto es cierto filosóficamente, que desde el principio Dios había previsto todo eso. Ahora bien, en Dios no hay "ni antes ni después". Dios está fuera del tiempo, está en la eternidad, es decir en una especie de "presente" que acumula y condensa todos los instantes del transcurrir del tiempo. Dios puede, a la vez, "predestinar y respetar nuestra libertad". Pero desde nuestro punto de vista "temporal", podemos decir que "Dios nos amó El primero". Nos agrada pensar que Dios tuvo la iniciativa.

Viaje al interior

En el salmo 138, al contrario de lo que sucede en los salmos de la creación, el salmista se sumerge en el mar del misterio interior, y, en ningún momento, emerge de allí, hasta el final; y, entonces, para disparar dardos envenenados contra los enemigos, no suyos, sino los de Dios.

En cuanto a belleza, este salmo es una obra de arte: por un lado, llama la atención su carga de introspección que llega a honduras definitivas; y, por otro, la altísima inspiración poética que recorre toda su estructura, del primero al último versículo, con metáforas brillantes, y con audacias que nos dejan admirados.

Perdido ya el salmista en sus aguas profundas, el centro de atención, paradójicamente, no es él mismo, sino Dios.

A pesar de que el salmista hace, imaginariamente, un recorrido espectacular, desde el abismo hasta el firmamento (v. 8), y hasta el «margen de la aurora», hasta el «confín del mar» (v. 9); a pesar de que, sin detenerse nunca, se mueven en el escenario las dos personas, jamás el salmista centra la atención en sí mismo. El punto focal es siempre el Tú. Es algo sorprendente. El salmista, diríamos, coloca su observatorio, no en la cumbre de un cerro, sino en su interioridad más remota; focaliza en Dios su telescopio contemplativo, y obtiene una visión, la más profunda y original que se pueda imaginar, sobre el misterio esencial de Dios y del hombre.

Salmo de contemplación

Específicamente hablando, es un salmo contemplativo; es decir, es tal su naturaleza que encaja perfectamente en la oración de contemplación propiamente dicha. La observación de la vida me ha enseñado lo siguiente: hay personas que cuando oran, tienen como interlocutores (no necesariamente a través de un diálogo de palabras, sino de interioridades), a Jesucristo; con otras palabras, cuando oran, hablan con el Señor Jesús. Otras personas, cuando oran, se «sienten bien» tratando con el Padre, experimentando su amor.

Pero hay otras personas para quienes el interlocutor, en su oración, no es Jesucristo, ni el Padre, sino El, simplemente El, precisamente El, sin denominación, sin concretez, sin figura; es la totalidad, la inmensidad, la eternidad; pero no una realidad vaga o inconcreto, sino Alguien concretísimo, personalísimo, cariñoso, que no está -y está- cerca, lejos, adentro, afuera, mejor dicho no está en ninguna parte; es: abarca, comprende y desborda todo espacio, todo tiempo, más allá y más acá de todo.

Toda forma o figura desaparece. Dios es despojado, mejor dicho, silenciado, de cuanto indique localidad. Y no queda más que la presencia (para usar el término más aproximativo; lo que la Biblia llama «rostro»), la presencia pura y esencial, que me envuelve, me compenetra, me sostiene, me ama, me recrea, me libera; simplemente, EL ES. Por hablar de alguna manera, diríamos que se podrían incinerar todos los libros escritos sobre Dios, ya que todas las palabras referentes a Dios son ambiguas, inexactas, analógicas, equívocas. Lo único exacto, seguro, lo único que queda es esto: EL ES. No hay nombre, sino pronombre; y el único verbo adecuado es el verbo ser. Todo lo demás no son sino aproximaciones deslavadas.

Pues bien, podríamos decir, siempre hablando imperfectamente, que éste es el Dios del salmo 138, y que aquellas personas que se relacionan simplemente con EL tienen tendencia, al menos tendencia, a la oración de contemplación propiamente dicha; y que, para estas personas -pero no sólo para ellas-, el salmo 138 es un manjar apropiado.

* * * * *

Por todo lo dicho, el lugar ideal para rezar este salmo, en cierto sentido, no sería la capilla, porque allí la presencia divina es sacramental, está localizada; ni tampoco, exactamente, un entorno natural, deslumbrante de hermosura, porque las criaturas podrían desviar la atención, sino una habitación donde nada nos pueda distraer.

Para penetrar en el núcleo del salmo y rezarlo con fruto es conveniente empezar por tranquilizarse, sosegar los nervios, descargar las tensiones, abstraerse de clamores exteriores e interiores, soltar recuerdos y preocupaciones; y así, ir alcanzando un silencio interior, de tal manera que el contemplador perciba que no hay nada fuera de sí, y no hay nada dentro de sí. Y que lo único que queda es una presencia de sí mismo a sí mismo, esto es, una atención purificada por el silencio.

Este es el momento de abrirse al mundo de la fe, a la presencia viva y concreta del Señor, y es en este momento cuando el texto del salmo 138 puede ser un apoyo precioso para entrar en una oración de contemplación.

Nuestras fuentes están en Ti

Los vestigios de la creación, las reflexiones comunitarias, las oraciones vocales pueden hacernos presente al Señor; pero son, si se me permite la expresión, «partículas» de Dios. Las criaturas pueden evocamos al Señor: una noche estrellada, una montaña cubierta de nieve, un amanecer ardiente, el horizonte recortado sobre un fondo azul nos pueden «dar» a Dios, pueden despertárnoslo, pero no son Dios mismo, sino evocadores, despertadores de Dios.

Y el alma verdaderamente sedienta no se conforma con los «mensajeros», como dice San Juan de la Cruz: «No quieras enviarme -de hoy ya más mensajero- que no saben decirme lo que quiero». Y comenta el místico castellano: «Como se ve que no hay cosa que pueda curar su dolencia, sino la presencia.... pídele le entregue la posesión de su presencia.» Más allá de los vestigios de la creación, y de las aguas que bajan cantando, el alma busca el manantial mismo, Dios mismo, que está siempre más allá de las evocaciones, de los conceptos y las palabras.

Para penetrar en el santuario del salmo 138, el hombre debe tener presente que Dios no sólo es su creador, no sólo está objetivamente presente en su ser entero, al que comunica la existencia y la consistencia; es preciso también tener presente que El lo sostiene, pero no a la manera de la madre que lleva a su criatura en sus entrañas, sino que, en una dimensión mucho más profunda, y distinta, verdaderamente Dios lo penetra y lo mantiene en su ser.

A pesar de esta estrecha vinculación entre Dios y el hombre, no hay, sin embargo, simbiosis ni identidad alguna, sino que, más bien, la presencia divina es una realidad creante y vivificante, realidad que el salmista verbaliza con una expresión de alto vuelo poético: «Todas nuestras fuentes están en Ti» (Salmo 87).

A solas

Podríamos afirmar que, en la estructura del salmo 138, el encuentro con Dios se consuma a solas. En el fondo, cualquier encuentro, tanto a nivel divino como humano, se realiza a solas, en su sentido original y profundo. En realidad, la expresión castellana a solas significa una convergencia de dos soledades, ya que la esencia radical de la persona, sea divina o humana, es ser soledad o mismidad.

Y estas dos soledades, en nuestro caso, son las siguientes: por un lado, es necesario acallar todo nerviosismo y toda la turbulencia interior, hasta percibir, en silencio pleno, mi identidad personal, mi soledad. Y, por parte de Dios, es necesario sobrepasar el bosque de imágenes y conceptos, con que revestimos a Dios, y quedarnos, en la pureza total de la fe, con el mismísimo Dios, El Mismo, su «soledad». Y, para este proceso de purificación, el salmo 138 es un instrumento inapreciable.

El ser humano, entre sus diferentes niveles de interioridad, percibe, en sí mismo, algo así como una última morada donde, según el Concilio, nadie puede hacerse presente, salvo Aquél que no «ocupa» espacio, justamente porque esa última morada no es, exactamente, un lugar. Dice el Concilio: «A estas profundidades de sí mismo retorna (el hombre) cuando entra dentro de su corazón, donde Dios lo espera» (GS 14).

Se trata, pues, del «núcleo más secreto, sagrario del hombre, donde éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de él» (GS 14). Es a esta zona interior a donde deberá «bajar» el hombre para una vivencia auténtica y fuerte del salmo 138.

Paso a paso

En los primeros seis versículos, en un despliegue de luz y fantasía, y mediante un racimo de metáforas, el salmista percibe la omnipotencia y omnisciencia divinas, que envuelven y abrigan al hombre, como una luz, por dentro y por fuera, desde lejos y desde cerca, en el. movimiento y en la quietud, en el silencio y en la oscuridad. En el versículo 6, el salmista queda pasmado, casi abrumado, por tanta ciencia y presencia, que lo desbordan y trascienden definitivamente.

En los versículos 7-12, la inspiración alcanza cumbres mucho más altas: el salmista acopla alas a su fantasía, e imagina situaciones inverosímiles, de lejanía y fuga, volando, inclusive, en alas de la luz, o cubriéndose con un manto negro, pedido a la noche en préstamo, para ocultarse de este porfiado perseguidor, y rehuir su aliento, pero... ¡todo es inútil! ¡Es imposible!

Vencido ante tan tenaz asedio, y convencido de la inutilidad de todo intento de fuga, el salmista desciende hasta el abismo final de su misterio (vv. 13-16), y allí descubre que Dios está presente con su acción hasta el misterio del mismo óvulo materno, y que, El mismo, con manos delicadas, fue tejiéndolo, desde las células más primitivas hasta la complejidad de su cerebro. No sólo es su creador, es su padre, y, mucho más, es su madre. ¡Cómo no va a conocer sus pasos y sus días si lo acompaña desde el seno materno!

En el versículo 17, no pudiendo ya contenerse, conmovido por tanto prodigio, el salmista prorrumpe, extasiado, en una serie de exclamaciones: «¡Qué incomparables me parecen tus designios, Dios mío, qué inmenso su conjunto!» Si, arrastrado por la admiración o la curiosidad, se pusiera el hombre a enumerar, una por una, las maravillas de sus dedos, ¡vana ilusión!, no es posible: son más que las arenas de las playas. Pero, si en una hipótesis imposible, llegara el hombre a transformar un imposible en posible, y acabara por enumerar los prodigios de la creación, entonces, precisamente entonces, se encontraría con el misterio supremo de Dios, inabarcable, inconmensurable, infinito.

El celo

ODIO-SALMOS: IRA-SALMOS: IMPRECACIONES-BI: En este momento, abruptamente, como si, saliendo de un paraíso de paz, entrara en un campo de batalla, el salmista saca su arcabuz, abre fuego y comienza a disparar fieramente en todas direcciones.

Dios mío, si matases al malvado...
¿No aborreceré a los que te aborrecen?
¿No me repugnarán los que se te rebelan?
Los odio con odio implacable,
los tengo por enemigos.

¿Cómo se entiende este cambio brutal? ¿Qué sentido puede tener esta tempestad de violencia, desatada tan intempestivamente? ¿Cómo es posible este lenguaje de odio después de tanta sublimidad?

Necesitamos hacer algunas precisiones y aclarar varios puntos. En primer lugar, no se trata de una turbación, provocada por la presencia de viejos rivales. No es el odio del hombre contra el hombre, ni una conspiración de venganza para saldar cuentas antiguas. Se trata de los enemigos, no del hombre, sino de Dios. Se trata de los eternos «asesinos» que sólo abren la boca para proferir «pérfidamente» blasfemias y necedades contra el Santo de Israel. Son los insensatos de siempre que no cesan de lanzar desafíos al cielo, y «se rebelan en vano» contra el Señor. Así, pues, la repentina furia de¡ salmista va dirigida contra esta turbamulta de necios. En suma, se trata, exactamente, de aquel sentimiento del que tanto habla la Biblia: el celo por la honra de Dios.

El salmista, todavía con los ojos llenos de la gloria de Dios, al contrastar la sublimidad del Altísimo con la abyección de los blasfemos, siente una repugnancia e indignación tales que no las puede controlar ante la presencia de estos «asesinos», al comparar lo injusto y monstruoso de su actitud con la justicia y santidad de Dios. Por eso utiliza expresiones del más grueso calibre para descalificarlos. Recordemos las palabras del salmo 69: «El celo de tu casa me devora.»

* * * * *

Bajó Moisés del monte con las Tablas de la Ley en sus manos. El pueblo, durante la larga ausencia de Moisés, había fundido un becerro de oro; y, en ese momento, el pueblo estaba cantando y danzando en torno de la estatua. Cuando Moisés llegó al campamento, y vio el becerro y al pueblo danzando en torno a él, «ardió en ira, arrojó de sus manos las Tablas y las hizo añicos al pie del monte. Luego tomó en sus manos el becerro que habían fundido, lo quemó y lo molió hasta reducirlo a polvo, que esparció en el agua, y se la dio a beber a los hijos de Israel» (Ex. 32,15-21).

Elías, en la cumbre del Carmelo, dijo al pueblo: he quedado yo solo como profeta de Dios, mientras que los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta. Y los desafió a todos ellos, delante del pueblo, a una competición original para dirimir cuál de los dioses es el verdadero Dios. Y, habiendo ganado la contienda, hizo Elías que el pueblo echara mano a los profetas de Baal, «sin que se escape ninguno de ellos»; e hizo que los bajaran, como borregos, hasta el fondo del torrente Quison. Y, ardiendo en santa ira, hizo que los degollaran a todos, uno por uno (/1R/18/30-40).

Matatías, el padre de los Macabeos, se vistió de saco y se entregó a un profundo dolor al ver la ciudad santa en manos de los extranjeros, y el santuario en poder de los extraños. Un buen día, convocado el pueblo de Modín por los encargados de imponer la apostasía, cuando un israelita se adelantó, a la vista de todos, a sacrificar ante un altar pagano, Matatías «se inflamó en celo, y se le estremecieron las entrañas». Y, «encendido en justa cólera, corrió hasta el israelita y lo degolló sobre el altar. Mató también al enviado del rey que obligaba a sacrificar, y destruyó el altar» (1 Mac 2,19-26). Y fue este celo por la gloria de Dios el que encendió las heroicas y gloriosas guerras macabeas.

Fue este mismo celo el que le hizo a Jesús, en tiempo de pascua, armar un escándalo de proporciones, en la plataforma primera del templo salomónico, reconstruido por Herodes. Efectivamente, este lugar sagrado había sido literalmente copado por los tratantes de bueyes y ovejas; y estaban también los cambistas bien instalados en sus mesas. Al ver aquello, Jesús, encendido en una sagrada indignación, a causa de la santidad del recinto, empuñó un látigo de cuerdas, y barrió con todo, hombres y animales, sacándolos violentamente del perímetro sagrado; volcó las mesas de los cambistas, y su dinero rodó por los suelos, mientras les decía, lleno de ira: «están haciendo de la Casa de mi Padre un sórdido mercado» (Jn 2,13-17). Fue la reacción típica de un profeta que, por cierto, precipitó su desenlace final.

En este contexto, resultan más comprensibles las diatribas de los salmistas. He querido exponer con cierta amplitud este aspecto, que escandaliza a tantas personas, e, incluso, les dificulta saborear los salmos, para que el lector acierte a comprender y situarse en el verdadero contexto, cuando, en los salmos, hacen su aparición los anatemas, que, generalmente, no siempre, van dirigidos contra los enemigos de Dios.

Estás conmigo

Según entiendo, la mejor manera de comentar ciertos fragmentos de los salmos consiste en ponerse en la misma tesitura que el salmista, en su forma dialogal, y desentrañar su pensamiento expresándole con otras palabras. Y es así, según creo, como mejor se puede ayudar al lector, no sólo para entender el salmo, sino también para poder rezarlo con provecho.

V. 1-6. Tú me sondeas y me conoces. Tú me penetras, me envuelves y me amas. Tú me circundas, inundas y transfiguras. Estás conmigo. Si salgo a la calle, te vienes conmigo. Si me siento en mi oficina, te quedas a mi lado. Mientras duermo, velas mi sueño, como la madre más solícita. Cuando recorro los senderos de la vida, caminas a mi lado. Al levantarme, sentarme o acostarme, tus ojos ven mis acciones.

No hay distancias que puedan separarme de Ti. No hay oscuridad que te oculte. No eres, sin embargo, ningún detective que vigile mis pasos, sino el Padre tierno que cuida las andanzas de sus hijos. Y, cuando tengo la sensación de ser un niño perdido en el páramo, Tú me gritas con el profeta: aquí estoy, contigo estoy, no tengas miedo. Me envuelves con tus brazos, porque eres poder y cariño, porque eres mi Dios y mi Padre, y en la palma de tu mano derecha llevas escrito mi nombre, en señal de predilección. A donde quiera que yo vaya, estás conmigo.

Estás sustancialmente presente en mi ser entero. Tú me comunicas la existencia y la consistencia. Eres la esencia de mi existencia. En Ti existo, me muevo y soy. Eres el fundamento fundante de mi realidad, mi consistencia única y mi fortaleza. Todavía no ha llegado la palabra a mi boca, todavía mi cerebro no elaboró un solo pensamiento, todavía mi corazón no concibió un proyecto, y ya todo es familiar y conocido para Ti: pensamientos, palabras, intenciones, proyectos. Sabes perfectamente el término de mis días y las fronteras de mis sueños. Donde quiera que esté yo, estás Tú; donde quiera que estés Tú, estoy yo; yo soy, pues, hijo de la inmensidad.

Me estrechas por detrás, me estrechas por delante, me cubres con la palma de tu mano derecha. Estás en torno de mí; estoy en torno de Ti. Estás dentro de mí, estoy dentro de Ti. Con tu presencia activa y vivificante alcanzas las zonas más remotas de mi intimidad. Eres, casi, más «yo» que yo mismo; eres, en suma, aquella realidad total y totalizante dentro de la cual estoy completamente sumergido.

¡Dios mío, me desbordas, me sobrepasas, me trasciendes definitivamente! ¡Qué razón tenía aquel que dijo que lo esencial siempre es invisible a los ojos! Eres verdaderamente sublime, por encima de toda ponderación; Dios mío, ¿quién como Tú? ¡Oh presencia, siempre oscura y siempre clara! Eres aquel misterio fascinante que, como un abismo, arrastras mis aspiraciones en un vértigo sagrado, aquietas mis quimeras, y sosiegas las tormentas de mi espíritu. ¡Quién como Tú!

* * * * *

V. 7-11. ¿Cómo podría evadirme de tu presencia? ¿A dónde podría emigrar para alejarme de tu aliento? ¿Cómo evitar tu mirada? Si yo fuera un águila invencible, y escalara las crestas altísimas, coronadas de nieve, para huir de tu presencia; si, en alas de un sueño mágico, alcanzara la estrella más distante de la galaxia más lejana para escapar de tu mirada, ¡todo sería inútil!, donde quiera que esté yo, estás Tú. Soy, de nuevo, hijo de la inmensidad.

Si yo fuera un delfín de aguas profundas, y en una zambullida vertical, me sumergiera hasta los abismos completamente oscuros, o consiguiera adentrarme en la caverna más profunda de la tierra, también allí me tomarías de la mano, para decirme: eres hijo de mi amor, sombra bendita de mi sustancia eterna. No hay piedra en el fondo del río, ni pez en el mar que estén tan rodeados de agua como yo de Ti. No hay ave en el cielo que esté tan rodeada de aire como yo lo estoy de Ti.

No puedo escapar de tu mirada. Estás conmigo. Si, en un arranque de locura, pidiera prestadas las alas a la luz, que recorren trescientos mil kilómetros por segundo, y alcanzado el vuelo, llegara hasta el confín donde termina el mundo, también allí me tomarías con tu mano derecha, para decirme: aquí estoy, contigo soy. Si, en un arrebato de insania total, pidiera prestadas a las tinieblas sus alas oscuras, o un manto negro a la noche para cubrirme con ellos, y así desorientarte a Ti, cazador divino, todo sería, nuevamente, inútil; tu presencia es fulgor que taladra y transfigura las sombras, transformando la noche en mediodía. A donde quiera que yo vaya, estás conmigo.

V. 13-16. Tú has creado mis entrañas; estabas presente en el seno de mi madre desde la primera división celular. No solamente estabas, sino que, misteriosamente, Tú pusiste en movimiento mi existencia desde el punto de partida, y fuiste acompañando su evolución con mirada atenta y cariñosa. Los padres de la tierra fueron simples instrumentos pasivos; verdaderamente Tú eres mi padre y mi madre.

«Admirable sobremanera y digna de glorioso recuerdo fue aquella madre que, al ver morir a sus siete hijos en el espacio de un día ... », «animaba a cada uno de ellos, diciéndoles: "Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno"» (2 Mac 7, 20-23). Como si dijera: yo no soy su madre; un artífice conoce la naturaleza de la obra de sus manos, pero yo no sé cómo funciona su hígado o cuál es la estructura de su cerebro. Yo no los fabriqué, alguien los fabricó dentro de mí. Dios es, pues, su madre, y ahora vamos a morir por El.

Te doy gracias y te glorifico por haberme hecho de esta manera, por haberme creado tan portentosamente, por haber hecho de mí un prodigio de sabiduría y arte. A pesar de todo, a pesar de mis muchos defectos, limitaciones y fragilidades, soy una maravilla de tus dedos. Y si todas tus obras son maravillosas, la maravilla más grande entre todas tus maravillas, soy yo mismo. Te alabo y te ensalzo por esta obra de tus dedos, que soy yo.

Por eso me conocías desde siempre, hasta el fondo de mi alma; y conocías, uno por uno mis huesos. Cuando me iba formando en el seno de mi madre, tus ojos veían mis acciones, todos mis actos estaban anotados en tu libro; antes que uno solo de mis días existiera, ya estaban apuntados, todos ellos, en el libro de mi vida.

V. 17-18. ¡Qué fantástico me parece todo esto, Dios mío! ¡Qué incomparables encuentro tus designios y tus obras! ¡Señor, Señor, qué inmenso el conjunto de tus maravillas! ¡Quién como Tú! Si, dejándome llevar por una idea descabellada, me pusiera a enumerar las obras de tus dedos, ¡son innumerables!; si se juntaran las estrellas del firmamento con los granos de arena de los desiertos y de las playas, serían un pálido cúmulo en comparación de la altura de tus obras. Y si, en un supuesto imposible, acabara yo de medir, pesar y enumerar tus portentos, entonces, ¡ah!, entonces estaríamos como al comienzo, porque entonces aún me quedarías Tú, que eres el Misterio Total.

V. 23-24. Señor, Señor, humillo mi cabeza, y me someto a tu juicio; te abro mis libros y mis cuentas, mis riñones y mis huesos. Entra en mi recinto, planta el tribunal, averigua, escudriña, juzga.

No permitas que mis pies den un paso en falso. Y, ya que Tú eres mi padre y mi madre, no me sueltes de tu mano; tómame, y condúceme firmemente todos los días de mi vida por el camino de la sabiduría y de la eternidad.

Comentario del Santo Evangelio: Lc 17, 1-6: ¡Ay del que escandalice a los pequeños!

«¡Estad atentos!» (v. 3) es la exhortación que dirige hoy Jesús a sus discípulos. Sus enseñanzas están relacionadas con la vida fraterna, lugar de escándalos y de contraste: es algo «inevitable» (v. 1). Ahora bien, si la fragilidad es el camino del hombre, en la vigilante atención a nosotros mismos y en la incansable acogida al hermano (v. 3) se juega el primado de Dios, la opción por servirle. El discernimiento de la caridad es un recorrido delicado: incluye la preocupación amorosa por los «pequeños» (v. 2: los débiles, los sencillos, en cualquier acepción que queramos darle; cf Lc 10,21) y no excluye la corrección fraterna, sino que hace que el perdón sobreabunde sobre todo (v. 4: «siete veces» simboliza un perdón ilimitado que resiste a una debilidad que perdura).

Se confirma así que, en el interior de la trama de las relaciones cotidianas, la atención principal debe centrarse en nosotros mismos y en nuestro propio camino, un camino marcado, a buen seguro, por las dificultades, aunque también por la esperanza de poder experimentar, incluso en los inevitables contrastes, la alegría de la mirada del hermano que vuelve a dirigirse a nosotros (esto es el «arrepentirse» de los vv. 3ss). Así es como la fe, que aunque sea tan pequeña «como un grano de mostaza» (y. 6) engendra y acoge milagros, es no sólo don invocado, sino compromiso de caridad que transforma la confianza en Dios en confianza recíproca.

A lo largo de la vida ocurren muchas cosas que nos indignan. A pesar de todo, pensamos que debe existir un mundo bueno, aunque en realidad no existe y no existirá nunca. Dios debería encargarse de hacer bueno este mundo, pero no lo hace. Por nuestra parte, probablemente nos consideremos exonerados de ayudar para mejorar un mundo que, por otro lado, sigue adelante del mismo modo que lo hacía antes sin nosotros. La consecuencia más obvia es que «vamos tirando», sin atender a nadie más que a nosotros mismos. Ahora bien, ¿eso es vida?

Nos responde la Palabra del Señor. El arte de vivir, de «gobernarnos» a nosotros mismos, se aprende con la sencillez de la confianza, no con razonamientos torcidos.

No es obrar por nuestro propio interés empleando la falsedad y el subterfugio lo que construye la vida, sino el respeto al otro y la acogida renovada continuamente a quienes tenemos a nuestro lado, conscientes de no ser por eso mejores que ellos. A través del perdón otorgado, a través de la atención a no ser un obstáculo para el hermano con actitudes o con palabras, a través de la transparencia de los sentimientos y de los pensamientos es como llegamos a ser lo que somos: semejantes a Dios. Y de este modo es también como lo imposible se vuelve posible.

Comentario del Santo Evangelio: Lc 17, 1-6, para nuestros Mayores. ¡Ay del que escandalice a los pequeños!

Jesús decía: "Es inevitable que sucedan; pero ¡ay del que los provoca! Es el tema de la responsabilidad. Nos dices, Señor, que no somos responsables sólo de nosotros mismos: existe todavía a nuestro alrededor toda una zona de influencia; en la que influimos tanto en el bien que se hace en ella, como también en el mal. Es un fenómeno de solidaridad. "Nadie es una isla". Toda persona esta religada a otras.

¿Cuáles son mis relaciones? Lo que es inofensivo para mí puede hacer daño a otros. Debo tener muy en cuenta esa variedad de mentalidades, normal en una colectividad.

-Más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar... antes que escandalizar a uno de esos pequeños.

Jesús es extremadamente riguroso cuando se trata de defender a "los pequeños". No se refiere sólo a los niños sino a todos los pobres, a la masa de gentes ignorantes que hay que defender de las sutilezas de la casuística y del juridismo.

¿No es verdad que algunas personas se creen pertenecer a una cierta élite y son escándalo para gentes sencillas?

-Si tu hermano te ofende, repréndelo; y si se arrepiente perdónalo. Si te ofende siete veces al día y vuelve siete veces a decirte: "Lo siento" lo perdonarás.

El amor "sin límites" es la característica propia del cristianismo. Detengámonos ante ese título de "hermano" que usa Jesús. ¡Los cristianos son "hermanos"! Pero no son personas perfectas. Son pecadores. Jesús no ha pensado en una comunidad ideal y sin historia: explícitamente considera una comunidad en la que las personas se ofenden unas a otras; hasta siete veces al día! Por mucho que se diga que es un número simbólico no deja de evocar una situación bastante "conflictiva".

Ahora bien, Jesús nos pide que perdonemos. Es algo esencial al cristianismo; pero muy difícil. Es lo que hace por nosotros nuestro Padre del cielo.

¿A quién tengo hoy que perdonar? ¿En qué "relación" he de procurar que nazca en mí un corazón nuevo, un corazón-según-Cristo?

-Dijeron los Apóstoles al Señor...

Tenemos aquí un ejemplo de los diálogos provocados por las palabras de Jesús.

-"¡Auméntanos la Fe!" Eran muy conscientes, ellos los primeros, y nosotros a continuación, de la magnitud de la exigencia que Tú, Señor, les presentabas. Entonces ellos, a su vez, te piden: "danos, Señor, por gracia, eso que Tú esperas de nosotros".

Las palabras de Dios tendrían que llevarnos, frecuentemente, a una oración de ese tipo.

Ese es el sentido, en particular, de la "plegaria universal" con la que acaba la "liturgia de la Palabra" en la misa renovada por el Concilio: hemos escuchado unos textos divinos que nos acusan o nos comprometen... nos sentimos débiles para llevarlos a la práctica... y nos dirigimos a Dios para pedirle su gracia, para nosotros y para todos nuestros hermanos.

-El Señor contestó: "Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este árbol: Arráncate y plántate en el mar. Y os obedecería".

¡Cuántos "árboles" a arrancar, Señor! Soy como un pobre delante de ti; dame varios "granos de mostaza".

Comentario del Santo Evangelio: Lc 17, 1-6, de Joven para Joven. ¡Ay del que escandalice a los pequeños!

LA RIQUEZA

Por enésima vez nos sorprende que Jesús, al dirigirse de nuevo a los discípulos, pronuncie una advertencia tan severa: «Es inevitable que sucedan esos escándalos; pero ¡ay del que los provoca! Más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar antes que escandalizar a uno de estos pequeños. ¡Andaos con cuidado!» (17,1-3a). ¿Quiénes son «estos pequeños»? En la terminología de los sinópticos, son los discípulos provenientes de las capas sociales marginadas social y religiosamente (en nuestro caso, los seguidores que antes eran «recaudadores y descreídos») quienes, gracias a su situación, han comprendido y asimilado la exigencia de Jesús de invertir la escala de valores y han optado por el camino de la sencillez («pequeños»). «Los discípulos», a los que Jesús se dirige, son los de ascendencia judía ortodoxa. El «escándalo» son las rique­zas, como tipificación de los falsos valores contrarios a los del reino. Aquéllos, con sus ansias de poder, pueden provocar el escándalo de los sencillos. Lejos de sacar partido de su pasado observante, deben estar dispuestos a perdonar siempre y en todo momento (17,3b-4).

IMPOTENCIA DEL HOMBRE OBSERVANTE ANTE LA SOCIEDAD. INJUSTA Y EXPLOTADORA DEL HOMBRE

En el colofón, los discípulos son nombrados «los apóstoles» (referencia clara a la «misión») y Jesús, «el Señor» (17,5). Lucas quiere describir la sensación de impotencia que experimentan «los misioneros» ante el arraigo profundo de los falsos valores en la sociedad. Jesús los tilda de falta absoluta de fe. «Si tuvierais una fe como un grano de mostaza», la simiente más pequeña, símbolo de los comienzos del reino a partir de unos valores humanamente insignificantes, «diríais a esta morera», a la socie­dad injusta y explotadora del hombre: «Arráncate de cuajo y plántate en el mar.» Para el que cree en la utopía del reino, no hay obstáculo insalvable: «Y os obedecería» (17,6).

La vida de los discípulos de Jesús está expuesta a debilidades e incluso a fracasos. Pero a pesar de su fragilidad, de ella se exige que sea capaz de hacer transparente la imagen de Dios para la humanidad..

Una primera forma de hacer patente el rostro divino reside en la preocupación comunitaria por los pequeños, los más frágiles y desprotegidos en la relación comunitaria. Colocarlos al margen de la vida común significa, concretamente, oscurecer la presencia de Dios en su vida y, por consiguiente, ocasión de escándalo para ellos haciéndolos sentirse abandonados de Dios. El gran escándalo de una comunidad cristiana despreocupada de los pequeños es un obstáculo mayúsculo que pone tropiezos a su salvación y que coloca a la propia comunidad en el peligro de hacerse merecedora de la condena de Dios.

Por consiguiente, toda comunidad que quiera llamarse cristiana debe colocarse en el camino del servicio al Dios de la misericordia con acciones que puedan expresar adecuadamente esta cualidad divina. El perdón al hermano que cae es una exigencia que brota desde el corazón de la vida comunitaria y la naturaleza ilimitada del perdón no es, entonces, otra condición más, sino la condición indispensable para ser instrumento apto de la revelación del Padre.

Para esta tarea es necesario ser plantados en la fe, como la semilla de mostaza requiere ser plantada en la tierra. No basta suponer la existencia de la fe en nuestra persona y en nuestra comunidad, es necesario que seamos capaces de mostrar con las acciones realizadas que ella está presente en nuestra vida.

Decían los profetas que el Mesías no rompería la caña doblada ni aplastaría la mecha que está por apagarse, sino que haría florecer la justicia en la verdad (cf Is 42,3). Es sorprendente descubrir cómo Jesús sabe conjugar la radicalidad de su vida y sus planteamientos con una gran compasión y ternura hacia las personas, hacia los más débiles, hacia los pecadores incluso. Y esa misma compasión y ternura es exigida a sus discípulos. De ahí sus palabras sobre el escándalo de los que se consideran sabios y fuertes para los más pequeños, y su exigencia sobre el perdón. Hay que estar dispuesto a perdonar siempre, a acoger siempre.

En el fondo ésta es otra forma de radicalidad. Quizá una radicalidad más difícil y arriesgada. Nos resulta fácil tener esa actitud cuando se trata de condenar a nuestros hermanos o de denunciar sus malas obras. Se nos hace más difícil cuando de lo que se trata es de perdonarlos siempre. Y habría que subrayar la palabra "siempre". Hay que tener una fe fuerte y grande para seguir creyendo en nuestros hermanos cuando nos han fallado muchas veces...
Pero, ¿no es acaso la misma fe que Dios tiene en nosotros? ¿No sigue creyendo Dios en nosotros a pesar de las muchas veces seguidas que le hemos fallado? Habrá que pedirle a Dios que haga nuestra fe al menos del tamaño de un grano de mostaza para que el árbol de la auténtica radicalidad hunda sus raíces en nuestro corazón.

Elevación Espiritual para este día

Los verdaderos creyentes, que se mantienen firmes en la esperanza en Dios, se alegran en sus corazones esperando sus beneficios y están llenos de la alegría del Espíritu, necesitan, en primer lugar, ceñirse del amor de Dios. En él se engrandece y se dilata la magnífica construcción de su justicia.

Feliz el hombre de amor, que hace habitar en su corazón al Dios que es amor.

Feliz el corazón, aunque sea humilde y estrecho, que pone dentro de sí, espiritualmente, como en una morada tranquila, a aquel que ni el cielo ni la tierra pueden contener.

El amor crece y se dilata en aquellos que están ligados por una pasión natural, estando el uno junto al otro. Y en el connubio de las miradas permanece vigilante su pasión. Y crece y se vigoriza por el intercambio de palabras de pasión. Y la memoria permanece siempre vigilante, bajo los alicientes de la gran fuerza del amor.

Así, por el morar incesante junto a él, por la mirada sencilla de la inteligencia y la contemplación espiritual de éste y por el diálogo incesante con su recuerdo y la meditación de sus palabras, se dilata en el hombre la pasión por Dios.

El que se encuentra consumado por el amor de Dios dirige hacia él el impulso de su can era y vuela por encima de todo.

Reflexión Espiritual para el día.

Dios mío, tú, que me has enriquecido tanto, permíteme también dar a manos llenas. Mi vida se ha convertido en un diálogo ininterrumpido contigo, Dios mío, en un largo diálogo. Cuando me encuentro en un rincón del campo, con los pies plantados en tu tierra y los ojos elevados hacia tu cielo, tengo a menudo el rostro inundado de lágrimas, único exutorio de mi emoción interior y de mi gratitud. También por la noche, cuando, acostada en mi litera, me recojo en ti, Dios mío, lágrimas de gratitud inundan a veces mi rostro, y ésa es mi oración.

Estoy muy cansada desde hace algunos días, pero es una cosa que pasará como todo lo demás. Todo progresa siguiendo un ritmo profundo, un ritmo propio en cada uno de nosotros. Debería enseñarse a la gente a escuchar y a respetar ese ritmo: es lo más importante que un ser humano puede aprender en esta vida. No lucho contigo, Dios mío. Mi vida no es más que un largo diálogo contigo. Es posible que no llegue a ser nunca la gran artista que quisiera ser, pues estoy demasiado bien resguardada en ti, Dios mío. En ocasiones, quisiera grabar con un buril pequeños aforismos y pequeñas historias vibrantes de emoción. Más la primera palabra que me viene a la mente, siempre la misma, es: Dios. Contiene todo y hace inútil todo lo demás. Toda mi energía creadora se convierte en diálogos interiores contigo. El oleaje de mi corazón se ha vuelto más ancho desde que estoy aquí, más animado y más apacible a la vez, y tengo la impresión de que mi riqueza interior se incrementa sin cesar

El rostro de los personajes, pasaje y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Iglesia.

La riqueza según el ejemplo y predicación de Jesús de Nazaret

La conocida entre los exegetas como "fuente Q" -la sigla Q proviene de la primera letra de la palabra alemana Que/le ["fuente")- es la colección más extensa y antigua de dichos de Jesús, que en su gran mayoría se remontan a su ministerio público, aunque los dichos fueron reunidos y puestos por escrito hacia el año 70 d.C., o sea, poco antes de que comenzase la guerra de los romanos contra los judíos. Los evangelistas Mt y Lc se habrían servido de ella juntamente con el evangelio de Mc y otras tradiciones, para escribir sus respectivos evangelios: Lc habría conservado mejor el orden de los dichos, por lo que Q se suele citar según el orden de los capítulos y versículos de Lc, mientras que Mt es, a veces, más fiel en la transmisión del texto original de los dichos. Es una de las hipótesis exegéticas mejor fundadas, que podríamos calificar de opinión más común (opinio communior), pero no es ninguna verdad de fe, y se remonta a la mitad del siglo XIX. Otros exegetas -tal vez hoy día en minoría- opinan que desde el principio existía lo que podría llamarse un único evangelio que contenía no sólo dichos -como Q- sino dichos y hechos. Nuestros evangelios sinópticos serían tres formas diferentes del único y mismo evangelio. La importancia de una u otra teoría para la fe es muy insignificante, ya que nuestra fe se apoya en la interpretación del NT por la Iglesia. Las opiniones pueden ayudar, sin embargo, a acercar más la historia de Jesús a la fe actual. En este sentido empleamos aquí la fuente Q. En la reconstrucción moderna de Q hay una serie de dichos de Jesús que se refieren a la riqueza y sus peligros para entrar en el Reino; Jesús se refiere al dinero y riqueza sólo desde el punto de vista del Reino: no vale la pena acumular riquezas ya que se pueden perder, hay que dejarlas irremediablemente al morir e impiden la entrega plena al Reino; exhorta a sus discípulos a confiar plenamente en Dios Padre, que se cuida de los lirios y los cuervos (Lc 11, 12Q; 12,33-34Q; 12,22b-30Q); las exhortaciones de Jesús concluyen con la amonestación de anhelar el Reino de Dios, pues todas las demás cosas se nos darán por añadidura (Mt 6,33/ Lc 12,31Q). El que depende absolutamente de las riquezas no puede creer verdaderamente en Dios ni ser discípulo de Jesús: "Nadie puede servir a dos señores... No podéis servir a Dios y al dinero" (Mt 6,24/Lc 16,13Q). Según la tradición que nos ha trasmitido Mc la riqueza impide la entrada en el reino de Dios y la aceptación de su mensaje (Mc 10,25 par.). La preocupación por conservar la riqueza y aumentarla es uno de los enemigos más terribles del hombre con relación a entrar en el Reino: Jesús advierte de la peligrosa seducción del dinero y la codicia, que ahogan los buenos efectos de la palabra del Reino (Mc 4,19; Lc 12,16-21). El hombre por sí solo no puede liberarse de la atracción del dinero; sólo Dios puede darle la fuerza para deshacerse de esta terrible atadura (Mc 10,27).

Jesús no poseía nada (Mt 8,20/Lc 9,58Q), vivía de lo que le daban sus amigos y bienhechoras (Lc 8,3), y sus discípulos compartían su misma suerte (Mt 10,9/Mc 6,8/Lc 9,3; Mc 10,28). A los doce apóstoles que le acompañan y convivencon él les pone como condición renunciar a la riqueza, es decir, a la posesión de bienes, profesión y familia (Mc 6,8 par. Mc 10,17-31 par.). «La petición: "Nuestro pan de cada día dánosle hoy" expresa la absoluta confianza en Dios Padre» (Lc 11,3Q; Mt 6,11; cf. también 77-12). Sin embargo, no consideraba enemigos a las personas ricas; algunas mujeres, con medios económicos, le apoyaban en su labor evangelizadora (Lc 8,2-3); se alojaba y comía con sus discípulos en casas de amigos (Lc 10,38-42: Marta y María; Lc 19,1-10: Zaqueo; Mt 26,6-13; Mc 14,3-9: Simón el leproso). La riqueza no es para Jesús algo en sí malo. Algunas de sus parábolas representan el futuro Reino como un banquete, al que están llamados todos (Lc 14,16-21.23 Q; Mt 22,1-14; Lc 13, 29.28 [sic] Q; Mt 8,11-12; Mt 25,1-13).

3. La riqueza según los evangelios y el NT

Según el EvMt la riqueza es un gran impedimento que dificulta al entrada en el Reino de los cielos (19,23-24), pero sin que el evangelista la considere un mal en sí y la rechace (6,2-4; 26,6-13: Jesús acepta y alaba la unción que le hace la mujer de Betania). El evangelista elogia a José de Arimatea, persona rica, discípulo de Jesús, que pide a Pilato el cuerpo de Jesús y le da sepultura digna (27,57-60). Aunque les advierte a los cristianos del engaño y seducción de las riquezas que ahogan los buenos deseos (13,22), no les exige Mt que renuncien a sus bienes sino que les exhorta a que los usen en favor de los más pobres y necesitados, puesto que en el juicio final serán juzgados según el uso que hayan hecho de ellos en favor de los necesitados y más pobres. Los que no se preocuparon de los pobres y necesitados se condenarán (Mt 25,34-46). El juicio de Mc acerca de las riquezas es semejante: la riqueza es engañosa y seductora y ahoga el buen efecto y fruto de la predicación (Mc 4,19); los que poseen riquezas entrarán difícilmente en el Reino de Dios (10,22-30 par.).

Lc subraya de manera especial la obligación que tienen los ricos de practicar la solidaridad con los pobres, si quieren salvarse. No sabemos con certeza si en su iglesia predominaban los pobres; su evangelio lo dedica al ilustre o excelentísimo Teófilo (1,3; He 1,1). Esto parece indicar que Lc no es un ideólogo de la pobreza por la pobreza ni está en contra de los ricos por ser ricos. Aunque Lc sólo una vez menciona el sustantivo "riqueza" (plutos: 8,14), es el evangelista que más habla de los ricos y los peligros de la riqueza. La parábola del agricultor insensato presenta el tipo del rico que no reconoce a Dios como la fuente de todos los bienes y confía sólo en su riqueza (12,16-21); la parábola del rico epulón nos pinta a un rico que se entrega al disfrute de sus bienes sin preocuparse de los pobres (16,19-31). Para Lucas el apego a las riquezas es la causa principal de la increencia: los enemigos de Jesús, en especial, los fariseos son gentes amantes de las riquezas (16,14: "los fariseos amantes del dinero se burlaban de él"). La verdadera justicia consiste no en la observancia de preceptos legales, sino en que "den en limosna lo que tienen" (11,41). Una exhortación parecida hace Jesús a sus discípulos: "Vended vuestros bienes y dadlos en limosna a los pobres" (12,33). La llegada del Reino trastocará las actuales condiciones humanas (1,53: "Colmó de bienes a los hambrientos, a los ricos los despidió sin nada"; 6,24: "¡Ay de vosotros ricos!"; 16,25: rico epulón y Lázaro). La salvación para los ricos consiste en que practiquen la solidaridad con los pobres y necesitados: "Yo os digo: Haceos a

Enviado el Lunes, 13 noviembre a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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