SimpleViewer rquiere de Macromedia Flash. Instalar Macromedia Flash.
 
 
 
Nuestro Blog: La Mística

En Reflexiones Católicas estrenamos nuevo blog dedicado a La Mística y Los Místicos, donde encontrarás artículos, biografías, vídeos...
 
 
Tiempo de Cuaresma
 
 
Semana Santa y Triduo Pascual
 
 
Quienes son Los Santos
 
 
San Casimiro. 4 de Marzo
 
 
Santa Perpetua y Santa Felicidad. 7 de Marzo
 
 
San Juan de Dios. 8 de Marzo.
 
 
Santa Francisca Romana. 9 de Marzo.
 
 
San Patricio. 17 de Marzo
 
 
San Cirilo de Jerusalén. 18 de Marzo
 
 
San José. 19 de Marzo.
 
 
Santo Toribio de Mogrovejo. 23 de Marzo
 
 
Anunciación del Señor. 25 de Marzo.
 
 
Lecturas del día 12-08-2017

LITURGIA DE LA PALABRA.

Dt 6,4-13: Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón
Sal 17: “Si tuvieran fe, nada les sería imposible”
Mt 17,14-20: “Si tuvieran fe, nada les sería imposible”

La pregunta de los discípulos es pertinente: “¿por qué no pudimos expulsarlo nosotros”? Y la respuesta de Jesús es contundente: “porque ustedes tienen poca fe”. El muchacho poseído es el símbolo de todo un pueblo que carece de los recursos suficientes para considerarse libre y, por lo tanto, sentir que está en camino de construir su proyecto de igualdad, de humanización. Los discípulos jamás llegarán por sí solos a transformar esa realidad que mantiene al pueblo en la marginación y en estado de deshumanización; ante todo ellos tienen que potenciar su fe y, sobre todo, hacerse conscientes de que es en la fidelidad a Dios y a Jesús y su propuesta como pueden comenzar a darse cambios en la sociedad.

Nuestro proyecto de cambio tiene que tener algo distinto a los proyectos meramente humanos que tantas veces encontramos en nuestro mundo. No somos agentes o trabajadores sociales al servicio de una determinada institución o de una ideología que propugne el cambio social; antes que nada somos seguidores de Jesús, quien nos exige una actitud y dinámica nuevas, basadas en la fe y en el convencimiento de que su propuesta es la única que puede generar formas de vida realmente nuevas.

PRIMERA LECTURA.
Deuteronomio 6,4-13
Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón

Moisés habló al pueblo, diciendo: "Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales.

Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra que juró a tus padres -a Abrahán, Isaac y Jacob- que te había de dar, con ciudades grandes y ricas que tú no has construido, casas rebosantes de riquezas que tú nos has llenado, pozos ya excavados que tú no has excavado, viñas y olivares que tú no has plantado, comerás hasta hartarte. Pero, cuidado: no olvides al Señor que te sacó de Egipto, de la esclavitud. Al Señor, tu Dios, temerás, a él sólo servirás, sólo en su nombre jurarás."

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 17
R/. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza
.

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; / Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. R.

Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, / mi fuerza salvadora, mi baluarte. / Invoco al Señor de mi alabanza / y quedo libre de mis enemigos. R.

Viva el Señor, bendita sea mi Roca, / sea ensalzado mi Dios y Salvador: / tú diste gran victoria a tu rey, / tuviste misericordia de tu Ungido. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Mateo 17,14-20
Si tuvierais fe, nada os sería imposible

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre, que le dijo de rodillas: "Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y le dan ataques; muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo." Jesús contestó: "¡Generación perversa e infiel! ¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo." Jesús increpó al demonio, y salió; en aquel momento se curó el niño.

Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: "¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?" Les contestó: "Por vuestra poca fe. Os aseguro que si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible."

Palabra del Señor.

Comentario de la Primera lectura: Deuteronomio 6,4-13.

«Shema’ Yisra’el: ‘Adonay ‘elohénú, ‘Adonay ‘ehadh...» Éste es uno de los textos más sagrados y más conocidos del Antiguo Testamento, la confesión de fe que Moisés enseña de los mismos labios de Dios al pueblo elegido. Son unas frases que todo judío piadoso debe decir tres veces al día, vuelto hacia Jerusalén. Unas palabras sagradas que acompañan la vida cotidiana del pueblo de la alianza y que fueron repetidas por millones de judíos en su triste peregrinación hacia la muerte en los hornos crematorios...

Primera afirmación: invitación a la confesión de fe en Dios, «nuestro Dios», «uno». De ahí se sigue, como consecuencia teológica más que lógica —porque se trata de algo vital, divino—, que debemos poner a Dios en el primer lugar, amándole «con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas».

La importancia de Dios en la vida del israelita piadoso, la fuerza educativa y ética de sus preceptos, se ponen aún más de relieve en los versículos siguientes. Estos dibujan algo así como el hábitat de su vida: definen la atmósfera vital en la que está inmerso, el tema sagrado del que tiene que hablar siempre, la conciencia que debe mantener día y noche, en casa y en el trabajo.

Es un precepto que se convierte en proyecto educativo para los hijos. Y para que no se le olvide, el israelita piadoso materializa, por así decirlo, la exhortación de Moisés escribiendo los sagrados preceptos en las jambas de la puerta de casa. De esta severa amonestación procede asimismo el uso de llevar escritos en una cauta, sobre la frente y sobre los brazos, junto al corazón, los preceptos del Señor.

Y, como fondo, una promesa, no realizada todavía pero que se convierte en motor de esperanza para transformarse, a continuación, en memoria perenne: los dones de la tierra prometida. Y en un signo de fidelidad: el temor de Dios, su servicio, la proclamación de la alianza en su nombre.

Comentario del Salmo 17

Es un salmo real o regio, pues su tema central es la persona del rey, máxima autoridad en Israel en tiempos de la monarquía (que tiene su comienzo en torno al 1030 a.C., con Saúl). Aunque no se hable del rey hasta el final (51), hay que leer todo el salmo desde esta perspectiva: sólo cobra sentido con esta clave de lectura. Los salmos reales, como ya hemos visto, están cargados de ideología monárquica, esto es, tratan de defender la persona del rey. Pero sabemos que, en el Antiguo Testamento, mucha gente —sobre todo, y en general, los profetas— estaba en contra de la monarquía, pues representaba la concentración de todo (decisiones, leyes, bienes) en las manos de muy pocas personas o incluso en las de una sola, el rey.

Por tratarse de un salmo excepcionalmente largo, resulta difícil ofrecer una visión detallada de cómo está organizado. A grandes rasgos, podemos distinguir en él cuatro partes: 2-4; 5-28; 29- 46; 47-51. La primera es la introducción, El salmista confiesa amar al Señor, pues le escuchó cuando le invocaba. Dios recibe los nombres de «roca», «alcázar», «libertador», «peña», «refugio», «escudo», «fuerza salvadora» y «baluarte». Son términos que sugieren protección, defensa, liberación. La mayoría de ellos están tomados de la vida militar. La segunda parte (5-28) consiste en una larga acción de gracias que muestra cómo el Señor se ha convertido en «roca», «fortaleza», etc., para la persona del rey. El salmo describe una situación de peligro (5-6): «olas mortales», «torrentes destructores», «lazos de muerte», «trampas mortales», la circunstancia a que ha tenido que hacer frente el rey. Todo ello suscitó el clamor dirigido al Señor (7), que responde derrotando a los enemigos del rey (8-28). La tercera parte (29-46) es un himno de alabanza motivado por la intervención del Señor en favor del rey. Es un canto de victoria, pues Dios se ha convertido en lámpara que ilumina la vida y el camino del rey (29), concediéndole la victoria. Con su ayuda, el rey reduce a los enemigos del pueblo de Dios a polvo que se lleva el viento, aplastándolos como se aplasta el barro del camino (43). Es la derrota total de los enemigos. La última parte (47-51) es la conclusión del salmo. Aquí se hace mención de la persona del rey, al que también se llama «ungido» (51), poniendo de relieve que Dios es fiel a David y a sus descendientes que ocupan el trono de Judá.

A pesar de que se diga que es de David y que incluso se mencione una circunstancia que habría propiciado la composición de esta oración, este salmo no es de David. De hecho, su autor afirma que, desde el templo, Dios respondió a las peticiones del rey (7b). Ahora bien, en tiempos de David, todavía no existía el templo. Además, al final se dice que «el Señor tiene misericordia de su ungido, de David y de su descendencia por siempre» (51). La mención de los descendientes del rey David conduce a la misma conclusión: este salmo surgió algún tiempo después del reinado de David, cuando uno de sus descendientes, que ocupaba el trono de Judá, se sintió gravemente amenazado por las naciones enemigas. Así pues, el rey de Judá se encontraba ante un conflicto entre naciones, amenazado por «olas mortales» (5). Pidió auxilio al Señor y este no tardó en responder, derrotando, por medio del rey, a los pueblos enemigos. Para referirse a estos, el salmo emplea las siguientes expresiones: «enemigo poderoso», «adversarios más fuertes» (18), «perverso» (27), «ojos altaneros» (28), «enemigos» (38.41), «agresores» (40), «adversarios» (41), «naciones» (44), «extranjeros» (45.46), «pueblos» (48), «enemigos furiosos», «agresores», «hombre cruel» (49).

Entonces, ¿fue algún rey de Judá quien compuso este salmo? Probablemente no. Los salmos reales fueron escritos por personas de la corte, relacionadas con la monarquía y sus defensores.

Los salmos reales tratan de presentar al Señor como aliado del rey, como si la monarquía fuera un elemento esencial de los proyectos de Dios. Al leer este salmo desde esta perspectiva, descubrimos que Dios es el aliado y defensor de su pueblo al conducir al rey a la victoria contra las agresiones de otros pueblos. De hecho, esta era una de las tareas más importantes en la vida de los reyes en tiempos de la monarquía: ir a la guerra para defender al pueblo contra las naciones que amenazaran la soberanía de Israel.

Raramente consiguieron alcanzar este objetivo los reyes de Israel y de Judá, convirtiéndose así en los principales responsables de la pérdida de libertad en tiempos del exilio en Babilonia. En contra de esta visión crítica, característica de muchos de los profetas, surgieron los salmos reales, fuertemente teñidos por la ideología defensora de la monarquía. Para estos salmos —pero no sólo para ellos—, el lugar propio de Dios es el templo. Ahí es donde debe quedarse, sin salir para nada. Pero también hay una tradición en el Antiguo Testamento que considera el templo como una especie de lugar de confinamiento divino y como un intento de controlarlo.

Después del exilio en Babilonia, se siguieron rezando estos salmos, alimentando una nueva esperanza en el pueblo: ¿Cuándo surgirá ese Mesías victorioso, aliado del Señor?

El Nuevo Testamento afirma que Jesús es el Mesías y que en él quedó sellada para siempre la Alianza entre Dios y la humanidad. Pero Jesús no se presentó como un guerrero victorioso que despedaza a los pueblos y las naciones, reduciéndolos a polvo y aplastándolos como el barro del camino. Todo lo contrario. Al anunciar la proximidad del Reino (véase Mc 1,15), afirmó que su Reino no es de este mundo (Jn 18,36). Esto no quiere decir que el Reino sea algo previsto para los siglos futuros ni que, para entrar en él, tengamos que salir de este mundo y emigrar a otro planeta. Jesús quiere decir simplemente que su Reino no se construye desde los criterios y las relaciones desiguales de este mundo cruel en que vivimos. El Reino es para este mundo, pero sus propuestas son totalmente diferentes de las de los poderosos que dominan y someten a esclavitud.

Dicho de otro modo, Jesús no entiende ni ejerce el poder al estilo de los poderosos de este mundo. Los poderosos, para mantenerse en el poder, matan (esto es lo que Pilatos y los líderes político-religiosos de aquella época hicieron con Jesús). Para él, sin embargo, el poder se expresa en el servicio que da la vida.

Este es un salmo que despierta en nosotros la conciencia política y ciudadana. Se presta para aquellas ocasiones en las que necesitamos revisar nuestra postura en relación con el poder, con las autoridades, etc. Leído a la luz de la actividad de Jesús, ayuda a esclarecer la cuestión de los derechos de los pueblos. Nos ayuda contra la tentación de defender el dominio de un pueblo frente a otro.

Comentario del Santo Evangelio: Mateo 17,14-20

Estamos ante un típico fragmento evangélico que presenta una vez más a Jesús en su actividad milagrosa curadora, aspecto que produjo un fuerte impacto en las primeras comunidades cristianas. Estas, inmersas en el ambiente judío y pagano, exaltaron la figura de Cristo como médico. Aquí se trata de un caso especial. La enfermedad reviste formas patológicas dé carácter psíquico, achacables, por consiguiente, a fuerzas malignas y superiores que no es difícil atribuir en este contexto religioso a la acción de Satanás, el enemigo de Dios y, por tanto, enemigo del hombre.

Para nuestra mentalidad científica, los síntomas descritos por el padre de este desgraciado muchacho presentan las características de una crisis de epilepsia. Jesús aparece una vez más, como sucede con frecuencia en estas primicias de su evangelización, en contraste implacable con el diablo, origen del mal y de todos los males.

La indicación de que los discípulos no han conseguido curar al muchacho sirve para dejar bien claro que Jesús cuenta con una evidente superioridad sobre ellos. Para estar a la altura de Jesús, para realizar sus mismos milagros, es preciso contar con una fe auténtica, fuerte, que permite a los discípulos identificarse con él, con su persona, su misión y su fuerza. Sin embargo, su fe es todavía débil e insuficiente. Jesús, con unas palabras que tienen el sabor de la retórica y el lenguaje típicamente orientales, les invita a mostrarse atrevidos a la hora de pedir, a creer en su poder, hasta el absurdo. Les pide una fe capaz de trasladar montañas; y, en primer lugar, las de sus propios corazones.

La confesión del Dios vivo y único no es sólo una afirmación abstracta de la presencia de Dios y de su exclusiva calidad divina, frente a los muchos pequeños ídolos que pululan en nuestra sociedad, del mismo modo que pululaban en aquel tiempo en los pueblos junto a los que vivía Israel; la profesión de fe exige asimismo un compromiso de vida y, por consiguiente, incluye el reconocimiento de la exclusividad de Dios en la vida de todo creyente. Al Dios uno y único pertenecen el corazón, el alma, las fuerzas. Esta relación totalizadora y personal proporciona a la vida una relación viva, de alianza, una presencia que lo contagia todo. La vida de fe no es un cúmulo de actos de religiosidad, sino una relación viva y personal, una adhesión constante a un designio divino.

Desde este punto de vista, la densidad de la fe del pueblo de Israel también es motivo de estupor para nosotros los cristianos. Y nos resulta ejemplar el comportamiento de tantos «hermanos mayores» nuestros que viven este monoteísmo intenso y profundo de relación con Dios. Eso significa que Dios está en el primer puesto, y la opción por Dios como tarea prioritaria de los cristianos, incluso en medio de nuestra sociedad. Junto con esta pasión por Dios, que es celo por él, se lanza a todos una invitación para que no dejen de lado a Dios en la vida.

El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, de Moisés y de los profetas —título que indica su presencia y su fidelidad en sus vidas— es, para nosotros, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. En efecto, en el Hijo y en su resurrección se revelan toda la fuerza, la ternura y la paternidad de nuestro Dios y de cuanto Jesús nos ha dicho y revelado de él. Él confirmó estas palabras del Antiguo Testamento y las vivió hasta el final. Jesús confiesa en la cruz al Padre y nos lo revela hasta el fondo. Esta es la fe que mueve montañas, la adhesión total que comienza moviendo con fuerza las montañas del corazón que se interponen entre nuestro egoísmo y la realidad del Dios vivo.

Comentario del Santo Evangelio: Mt 17, 14-23, para nuestros Mayores. El epiléptico curado y el segundo anuncio de la pasión.

Tras haber pedido ayuda en vano a los Doce, un hombre – que por su humilde actitud recuerda al centurión (cf. Mt 8,6) y a la cananea (Mt 15,22) — suplica a Jesús que cure a su hijo epiléptico. Con su palabra autorizada y eficaz, Jesús, realizando un exorcismo, lleva a cabo de inmediato la curación. Partiendo del relato de este milagro —narrado con la máxima concentración y sin detalle alguno—, el fragmento evangélico refiere la enseñanza de Jesús sobre la fe. Los términos que dan unidad a la composición aparecen expresados en sus afirmaciones —o, mejor, en su desconsolado lamento— sobre la «generación incrédula y perversa» (17,17) y sobre la «poca fe» de los discípulos (17,20). ¿A quién se refiere? La primera sentencia, de claro sabor bíblico, no parece referirse directa o exclusivamente a los discípulos, sino más bien —por sus fuertes resonancias veterotestamentarias (cf. Dt 32,5; Nm 14,27) — parecen ser una severa advertencia dirigida al pueblo elegido y, por consiguiente, al nuevo Israel, a todos los que sienten la tentación de ceder a la tentación de la incredulidad y, en consecuencia, de alejarse cada vez más de Dios y de su plan de salvación. Se llegará, de hecho, hasta el rechazo claro de Jesús, el enviado definitivo del Padre.

¿Y cómo va la salud espiritual de los discípulos? Ellos, que lo han dejado todo para seguir a Jesús, no han conseguido curar al muchacho por su «poca fe». «Poca fe» no es sinónimo de «incredulidad»; se trata más bien de una fe enferma, resquebrajada por las dudas, miedos, desconfianza. Es una fe que no convierte su relación vital con Cristo en el perno y en el fulcro de toda acción. Jesús dice, en efecto, que bastaría un grano de fe auténtica para trasladar las montañas. La afirmación hiperbólica es una invitación a creer en el poder de la fe, que crece precisamente en las situaciones de mayor sufrimiento y prueba, y se hace madura cuando ya no se escandaliza ante el signo de la cruz. Jesús anuncia, por segunda vez, su próxima «entrega» en manos de los hombres, y los discípulos vuelven a experimentar tristeza. Sólo al precio de su muerte, sólo con su resurrección y el don del Espíritu, Jesús estará siempre en medio de los suyos para hacer de la «generación incrédula y perversa» su pueblo santo, que anuncia con coraje el Evangelio de la salvación.

Dejémonos aferrar por la escena evangélica puesta ante los ojos de nuestro corazón. En el centro se encuentra —soberano— Jesús con toda su amable divino- humanidad. Nosotros nos encontramos en la figura del padre que suplica con pesadumbre para obtener una curación imposible, aunque también en la del hijito que está obligado a padecer la tiranía de su mal: un continuo pasar —podríamos decir parafraseando— de la esperanza más viva a la desesperación más negra. Henos, pues, aquí, suplicantes e impotentes, bajo la mirada misericordiosa de Jesús, que espera únicamente nuestra fe para llevar a cabo lo imposible y para hacernos, a nuestra vez, capaces de realizar otros gestos de sincera caridad. No son fáciles de pronunciar, por ejemplo, las palabras de estima y de perdón, y no es fácil acoger sin discriminaciones al prójimo, restituir a una vida de plena comunión a quien vive aprisionado por sus propios miedos y se siente descartado por todos...

Se trata del milagro de la fe como adhesión incondicionada a Jesús, el único Salvador del hombre, venido en la carne a «contarnos», a «mostrarnos al vivo» el amor del Padre: una dilección que no conoce límites, que llega a «entregar» a su Hijo único, al Hijo de su amor, en manos de nuestra volubilidad e impiedad.

Es el milagro que Jesús espera poder realizar cada día en sus discípulos y en todo el mundo, porque su amor no puede estar contento hasta que no haya llegado a todos. Ahora bien, nosotros nos sentimos siempre como «hombres de poca fe» y hasta como «generación incrédula y perversa», que no es capaz de creer en el poder de la Palabra de Jesús, sino que está trágicamente inclinada a dejarse arrastrar por la «mentalidad del mundo». Sin embargo, la Palabra permanece clara y sencilla: basta con un grano de fe, basta con un acto de sincero abandono, con el humilde reconocimiento de nuestra pobreza, para que las montañas de nuestro orgullo puedan rebajarse, convirtiéndose en caminos llanos por los que caminar al encuentro del Señor, que siempre viene, que siempre nos espera, que siempre está dispuesto a entregarse a la muerte para darnos a todos vida en abundancia.

Comentario del Santo Evangelio: (Mt 17,14-20), de Joven para Joven.

Padece mucho; pues muy a menudo cae en el fuego, y frecuentemente en el agua.
Son conocidos los fenómenos ligados a la influencia de la luna, como las mareas alta y baja. Cornelio Lapide dice que, también en el alma humana, como cuando hay luna llena, se acumulan, como una marea, los pensamientos melancólicos. La meteoropatía existe, y el buen o mal humor depende, también, de los cambios del tiempo. También existe la depresión, una enfermedad de nuestro tiempo que, con mucha frecuencia, tiene una causa espiritual.

Los cambios de humor y la depresión, muchos, lo curan con una pastilla. Una medicina puede ayudar contra las tiranías del cuerpo, pero no puede liberar el espíritu de las mareas altas de los pensamientos. Hay quien cree recuperar energías cediendo a la naturaleza. A esta objeción se puede responder con una comparación: un nadador no se deja llevar por las olas, porque se ahogaría; más bien, se aprovecha de las ondas para flotar.

Este tipo de demonios no se echa si no… con el ayuno
El ayuno, en el verdadero sentido de la palabra, es la limitación o renuncia en el comer y en el beber. Con el ayuno total, el hombre moriría, y no se permite ayunar por motivos religiosos si estamos enfermos o débiles. La regla general del ayuno sigue la ley natural.

Para san Basilio el ayuno era el principio de suficiencia. En la naturaleza, cada planta toma de la tierra los elementos que necesita. Los animales comen lo que les exige su organismo, se dejan guiar por el instinto. También el hombre tiene instintos naturales, pero tiene también la libertad para usarlos como quiera. El pecado y las malas costumbres han alterado el instinto y han terminado por considerar necesario lo que es superfluo y lo que puede hacer daño. Con frecuencia, se sufre por no poder satisfacer deseos que, en realidad, no son naturales. Como fumar, por ejemplo.

Un ayuno equilibrado y bien hecho libera al hombre de estas ilusiones y desprende en él una energía liberadora que se transmite a todas las cosas con las que entra en contacto.

Este tipo de demonios no se echa si no... con la oración
La oración es la elevación de la mente a Dios. La expresión «elevación» es elocuente, porque todo lo bueno y bello, idealmente, lo colocamos en alto. En cambio, hay pensamientos que pesan en el corazón, nos deprimen, nos tiran hacia abajo y tenemos necesidad de algo que nos vuelva a levantar.

Esta es la función de la oración en la vida espiritual: eleva hacia Dios y tiene una función liberadora. Por eso, la comparamos con las alas del alma, aunque a veces, a algunos, la oración les pesa como un yugo. El sacerdote que vuelve tarde por la noche, cansado, y debe recitar las horas canónicas, no percibe la función liberadora de la oración. Hasta que no se pone a orar. Incluso durante la misa, con frecuencia, el sueño nos pesa y debemos luchar para no adormecernos. Y, sin embargo, la fuerza liberadora de la oración se manifestará también en este caso.

Las alas del águila son pesadas, pero sólo cuando se separan del cuerpo; si están vivas, llevan al gran pájaro hasta muy alto. Igualmente la oración: parece pesada sólo cuando pierde el nexo con la vida.

Elevación Espiritual para este día.

Y para haber ahora de tratar de la noche y desnudez activa de esta potencia, para enterarla y formarla en esta virtud de la caridad de Dios, no hallé autoridad más conveniente que la que se escribe en el Deuteronomio, capítulo 6 (v. 5), donde dice Moisés: amarás a tu Señor Dios con todo corazón, con toda tu ánima y con toda tu fortaleza, en la cual se contiene todo lo que el hombre espiritual debe hacer y lo que yo aquí le tengo de enseñar para que de veras llegue a Dios por unión de voluntad por medio de la caridad; porque en ella se manda al hombre que todas las potencias y apetitos y operaciones y afecciones de su alma emplee en Dios, de manera que toda la habilidad y fuerza del alma no sirva más que para esto, conforme a lo que dice David, diciendo: Fortitudinem meam ad te custodiam (Sal 58,10).

La fortaleza del alma consiste en sus potencias, pasiones y apetitos, todo lo cual es gobernado por la voluntad. Pues cuando estas potencias, pasiones y apetitos enderezan en Dios la voluntad y la desvían de todo lo que no es Dios, entonces guarda la fortaleza del alma para Dios, y así viene a amar a Dios de toda su fortaleza. Y para que esto el alma pueda hacer, tratemos aquí de purgar la voluntad de todas sus afecciones desordenadas, de donde nacen los apetitos, afectos y operaciones desordenados, de donde le nace también no guardar toda su fuerza a Dios. Estas afecciones o pasiones son cuatro, a saber: gozo, esperanza, dolor y temor. Las cuales pasiones, poniéndolas en obra de razón en orden a Dios, de manera que el alma no se goce sino de lo que es puramente honra y gloria de Dios, ni tenga esperanza de otra cosa, ni se duela sino de lo que a esto tocare, ni tema sino sólo a Dios, está claro que enderezan y guardan la fortaleza del alma y su habilidad para Dios, porque cuanto más se gozare el alma en otra cosa que en Dios, tanto menos fuertemente se empleará su gozo en Dios, y cuanto más esperare otra cosa, tanto menos esperará en Dios; y así de las demás.

Reflexión Espiritual para el día.

Los fragmentos del Shema’ constituyen el núcleo esencial y el elemento más antiguo de la oración cotidiana de la mañana y de la noche del pueblo de Israel. La ley oral comienza con la obligación de recitar cada día el Shema’. Para pronunciar esta oración se requiere el mayor fervor. El Shema’ocupa el primer lugar porque proclama la unidad de Dios, nuestro amor por él, así como nuestro deber de reconocerle a través del estudio. Si el amor y la justicia, la alegría y la angustia, el fasto y la miseria, la vida y la muerte provienen de la misma fuente, si todo lo que somos, poseemos y queremos, nuestro cuerpo, nuestro espíritu y nuestro poder, deriva del mismo amor, que da y recibe, del amor del Ser Uno y único, de él solo, entonces le pertenecemos de verdad. Le pertenecemos con todo nuestro ser, con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas. Esta es la razón de que la continuación sea: «Amarás». Nuestra religión no es una visión conceptualista del mundo o una filosofía abstracta, sino que nos enseña el imperativo del deber y nos proporciona la consigna de la conducta moral: nos ordena amar a Dios y servirle con toda la más variada riqueza de nuestra vida y de nuestro ser. El hombre se entrega directamente al Dios Uno y único, se entrega sin divisiones y sin reservas, y precisamente esta entrega de s mismo es lo que hace de hombre una personalidad armoniosa y sin contradicciones interiores.

El rostro de los personajes y pasajes de la Sagrada Biblia: Deuteronomio: 6, 1-7 y 6, 4-13 (6, 3-9/6, 2-6/6, 4-9). Escucha, Israel.

La alocución «Escucha, Israel» es típica en el modo de hablar del predicador deuteronómico (Dt 5, 1; 9, 1...). Aquí (v. 4-9) introduce la fórmula y da el nombre a la principal oración judía de todas las edades, el Sema’, integrada por ese pasaje y por Dt 11, 13-2 1 y Núm 15, 37-41.

El pasaje que ahora leemos no es predicación, sino proclamación. Es una profesión de fe en el Dios único y una afirmación del precepto de amarlo, un precepto que debe grabar bien el presente y transmitirlo al futuro.

La llamada a Israel con el «escucha» supone como cuadro la asamblea convocada (gahal); con esa llamada al tú presente se abre la asamblea. El primer acto de la asamblea es la profesión de fe. La afirmación monoteísta no tiene quizás en esta fórmula alcance absoluto, como lo tendrá cuando se haga objeto de proclamación la unicidad de Dios en sí misma. Aquí la afirmación tiene tensión polémica frente al baalismo cananeo, que tentó a Israel durante toda la época monárquica. Lo que Israel proclama directamente en esta fórmula es que fuera de su Dios no se le ha mostrado como divina ninguna deidad o deificación. El que se le ha revelado como Dios le ha liberado de la opresión de todos los ídolos del mundo.

El «amarás» es la respuesta adecuada ante el que se ha revelado como Dios. Para definir esa respuesta y para formular el precepto del reconocimiento exclusivo usa la teología predeuteronómica otros términos. También el Deuteronomio conoce el término temer; así como obedecer, confiarse, apegarse. Pero encontró el término «amar» como el más feliz de todos, porque expresa la entrega total del ser y nunca admite un alto o un basta. Oseas y Jeremías hacen suyo ese término; parte de la realidad humana del amor conyugal como la mejor analogía y como el lugar en que se puede vivir la relación del hombre con Dios. El Deuteronomio tiene más bien ante los ojos la imagen del amor filial: Dios es el padre que da el ser y que educa a su pueblo, como hace un padre con su hijo (Dt 8, 5; 14, 1), y el pueblo debe responder como el hijo ante el padre. Por supuesto, todas las analogías tienen un punto en que son válidas y muchos en que no lo son.

La apropiación de esa actitud de amor ante el Dios único no debe ahorrar modos ni medios, ya que es de suprema incumbencia. Hay que grabar en la memoria tanto el “Dios es solamente uno” como el «amarás», llevarlo en la lengua, repetirlo, anunciarlo en todo momento a los hijos, escribirlo en el propio cuerpo y en los lugares visibles de la casa. Esos modos externos de actualización ayudarán a tenerlo presente a toda hora y así llenar con la fe y con el amor la existencia. Cierto, esos actos externos no tendrían sentido, si no fueran ya expresión de una actitud de la persona. La transmisión de la memoria de generación en generación reafirma la identidad y mantiene la continuidad de la autocomprensión. Los hijos que la hacen propia dan en nombre de Dios la razón a sus predecesores.

La predicación de este mandamiento capital que incluye todos los otros evoca sus fundamentos y los actualiza. El fundamento del precepto es la obra salvadora de Dios, desde la promesa hecha a los patriarcas hasta la donación de una tierra de bienes a un pueblo que padeció servidumbre en Egipto y conoció penuria en el desierto. Ese pueblo no se siente autóctono en la tierra, como si se la hubiera dado la misma naturaleza; recuerda su estar fuera de ella, y ese recuerdo se la hace apreciar como un don. El sujeto del don no es otro sino su Dios. Y es precisamente la apreciación de la tierra desde esa perspectiva la que pone en sus bienes la plenitud que la hace lugar de existencia dichosa y de vida lograda.

Enviado el Sábado, 12 agosto a las 00:00:00 por Administracion
 
 
Opciones