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Lecturas del día 11-08-2017

LITURGIA DE LA PALABRA.

Dt 4,32-40: Amó a tus padres y depués eligió a su descendencia.
Sal 76: Recuerdo las proezas del Señor.
Mt 16,24-28: ¿Que podrá dar un hombre para recobrar la vida?

El seguimiento de Jesús comporta duras exigencias. En ningún momento se trata de una despersonalización del discípulo; todo lo contrario, si alguien tiene que ser consciente de sus actos y sobre todo tener una fuerte seguridad en sí mismo, debe ser el discípulo; porque ha de ver su vida en esta doble dimensión: lo que era antes de conocer a Jesús y su propuesta, y lo que ha de ser después.

Tampoco se trata de inventarse cruces. Muchos hombres y mujeres que hoy son llamados santos, tantearon diversos modos de vivir esta propuesta de Jesús y se dedicaron a estilos de vida “especiales”, a veces alejados del mundo, considerándolos “su cruz”; hoy no es necesario eso, puesto que, por fortuna, poco a poco vamos entendiendo que es en el diario vivir de cada uno y de la comunidad donde debemos descubrir cuál es la cruz que hemos de cargar. Si miramos con atención la realidad en que vivimos, salta a la vista que la principal cruz que tenemos que asumir es la injusticia en que viven millones de hermanos y hermanas nuestros. Desconocer que ésa es la verdadera cruz, es sencillamente inventarnos algo con qué evadir la realidad

PRIMERA LECTURA.
Deuteronomio 4,32-40
Amó a tus padres y después eligió a su descendencia

Moisés habló al pueblo, diciendo: "Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿hubo jamás, desde un extremo al otro del cielo, palabra tan grande como ésta?; ¿se oyó cosa semejante?; ¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?; ¿algún dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto, ante vuestros ojos?

Te lo han hecho ver para que reconozcas que el Señor es Dios, y no hay otro fuera de él. Desde el cielo hizo resonar su voz para enseñarte, en la tierra te mostró aquel gran fuego, y oíste sus palabras que salían del fuego. Porque amó a tus padres y después eligió a su descendencia, él en persona te sacó de Egipto con gran fuerza, para desposeer ante ti a pueblos más grandes y fuertes que tú, para traerte y darte sus tierras en heredad, cosa que hoy es un hecho. Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre."

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 76
R/. Recuerdo las proezas del Señor.

Recuerdo las proezas del Señor; sí, recuerdo tus antiguos portentos, medito todas tus obras y considero tus hazañas. R.

Dios mío, tus caminos son santos: ¿qué dios es grande como nuestro Dios? Tú, oh Dios, haciendo maravillas, mostraste tu poder a los pueblos. R.

Con tu brazo rescataste a tu pueblo, a los hijos de Jacob y de José. Guiabas a tu pueblo, como a un rebaño, por la mano de Moisés y de Aarón. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Mateo 16,24-28
¿Qué podrá dar un hombre para recobrar su vida?

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin antes haber visto llegar al Hijo del hombre con majestad."

Palabra del Señor.


Comentario de la Primera Lectura: Deuteronomio 4, 32-40 Amó a tus padres y depués eligió a su descendencia.

Se trata de las palabras que dirigió Moisés al pueblo como conclusión de su primer discurso, con el que comienza el libro del Deuteronomio. El tono es altamente teológico y está cargado de palabras clave de la teología del Antiguo Testamento. Es el discurso de la memoria. El pueblo debe recordar y transmitir todo lo que ha visto y oído, debe ser testigo viviente de cuanto Dios ha hecho. La historia pasada, cargada de la presencia y la acción de Dios, pide fidelidad. Moisés recuerda las maravillas del Dios creador, cosas nunca oídas desde los comienzos de la existencia del hombre sobre la tierra.

El pueblo ha escuchado la voz de Dios en el fuego; ha visto con sus propios ojos la predilección del Dios que lo ha elegido, que ha obrado signos y prodigios y ha manifestado la fuerza de su brazo con la liberación de Egipto. Este Dios es como un padre: educa con su palabra, se muestra lleno de amor con la fuerza de la elección, cercano con su presencia y su poder, fiel en el don de la tierra prometida.

¿Qué respuesta se debe dar a un Dios así, al mismo tiempo próximo con su presencia en la tierra, y lejano y majestuoso en los cielos? Antes que nada, debemos responderle con la confesión del Dios único, lo que constituye ya una alusión a la plegaria del Shema’ Yzsra’el, confesión de la fe del pueblo en el Dios único (cf. Dt 6,4-9; 11,13-21; Nm 15,37-51). A continuación, con la fidelidad a los mandamientos que Dios mismo entregó al pueblo en el Sinaí. Más tarde, con la fidelidad en la transmisión de este recuerdo a los hijos, a fin de que el pueblo goce de las promesas de su Dios de generación en generación.

Estamos, en suma, ante un texto de gran valor, en el que el mediador de la alianza, que es Moisés, pide una respuesta de fidelidad en nombre de Yavé: recordar, celebrar, vivir. Aquí se encuentra reunida toda la espiritualidad del Antiguo Testamento: recuerdo de las palabras y de los hechos, celebración de las obras de la misericordia divina, fidelidad activa a la hora de observar las leyes dadas por un Padre educador y lleno de amor por su pueblo.

Comentario del Sal 76: Recuerdo las proezas del Señor.

El salmista entona una plegaria que más bien es el clamor de un alma angustiada y dolorida. Evoca las numerosas intervenciones de Yavé en favor de su pueblo, su rescate de la opresión de Egipto: «Tú eres el Dios que hace maravillas... Con tu brazo rescataste a tu pueblo, a los hijos de Jacob y de José». Y más aún, recuerda con enternecedora nostalgia cómo Dios pastoreó a Israel como rebaño de su propiedad, y lo condujo por el desierto hacia la tierra prometida: «Guiaste a tu pueblo como a un rebaño, por la mano de Moisés y de Aarón».

El autor está viviendo una tentación terrible, algo así como si las acciones salvadoras de Dios para con su pueblo no tuviesen más valor que un simple recuerdo: «Me acuerdo de las proezas del Señor, recuerdo tus portentos de antaño».

Es tan fuerte la sensación de abandono que Israel experimenta en el destierro, que su alma, como si estuviera en un delirio, llega a balbucir esta queja por medio de nuestro hombre orante: “¡¿Va a rechazarnos el Señor para siempre?!”
“¿Ya no volverá a favorecernos nunca? ¿Se ha agotado su misericordia?”.

La angustia abismal golpea las entrañas del pueblo elegido y llega a su culmen de desamparo cuando la oración se desgarra con este grito que aglutina todas las desgracias posibles. Pregunta el salmista a Dios: «i¿Se ha terminado para siempre su misericordia?!».

Nuestro autor sabe muy bien que Israel es un pueblo privilegiado, elegido entre todos los de la tierra, porque Yavé ha pronunciado su Palabra sobre él. Una Palabra que tiene poder creador, poder para elegir, poder para salvar... Y ahora, ¿no hay más Palabra para el pueblo? Si se acabó la Palabra para Israel, se acabó su historia de salvación. De ahí su oración más que desesperada: ¡No tenemos tu Palabra! Esta condición de abatimiento total ¿será para siempre? Oigamos sus gemidos lastimeros: “¿Acaso Dios se ha olvidado de su bondad, o ha cerrado sus entrañas con ira?” Y me digo: “¡Esta es mi pena!: Ha cambiado la diestra del Altísimo!”».

¿Qué hace Dios? ¿Cómo va a responder al dolor tan inhumano de este fiel que acude a Él? Por mucho que haya pecado el pueblo, ¿se va a quedar indiferente ante una súplica tan trágica como tierna? ¿Cuál será la respuesta de Dios? «Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14).

San Juan en su primera Carta nos dice que, efectivamente, la Palabra estaba vuelta hacia el Padre, es decir, cara a cara con Él, y que se manifestó, se volvió hacia el hombre para que este pueda también vivir de ahora en adelante cara a cara con el Padre, con Dios.

Es impresionante la riqueza de detalles con que Juan nos transmite este acontecimiento de salvación al que llamamos la gracia de todas las gracias. Son detalles personales pero que abarcan a todos los apóstoles, y también a todos los que con ellos anuncian el Evangelio en los primeros tiempos de la Iglesia. Escuchemos a san Juan: «Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos, acerca de la Palabra de la vida, pues la vida se manifestó y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos, es decir, os transmitimos, os ofrecemos, de parte de Dios y en su nombre, la vida eterna».

Es profundamente iluminador constatar cómo, los primeros anunciadores del Evangelio, transmitían a sus oyentes, a sus rebaños, lo que ellos mismos veían, oían, tocaban y contemplaban en la Palabra que vivían por la fuerza y poder de Jesucristo. La Palabra era su Enmanuel, su Dios con ellos en toda su riqueza, con todo su poder para levantar, reconstruir y, por supuesto, engendrar hijos de Dios.

El broche de oro de este texto de la primera Carta de Juan que estamos comentando, es que Juan tiene conciencia de que la experiencia de ver, oír, tocar y contemplar la Palabra que les da la vida, no era un privilegio para él y los que habían seguido al Hijo de Dios desde el principio. Sí era y es un privilegio; pero para todos los oyentes que acogían la predicación. Veamos cómo sigue el texto: «Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Os escribimos esto para que vuestro gozo sea completo» (1Jn 1,1-4).

Cuando dice Juan que les anuncia la Palabra para que estén en comunión con ellos, les está garantizando las características de esta comunión. También ellos, es decir, los oyentes y acogedores de la predicación, están capacitados por Dios mismo para verle, ofrecerle, tocarle, contemplarle en la Palabra, Por eso, san Juan la llama Palabra de vida, porque nos hace entrar en comunión con los hombres y con Dios. Nos permite vivir cara a cara con el hombre y cara a cara con Dios. He ahí el doble mandamiento anunciado por Jesús.

Comentario del, Santo Evangelio:Mt 16,24-28: ¿Que podrá dar un hombre para recobrar la vida?

El texto de Mateo que hemos leído hoy se encuentra situado en el marco de la lectura evangélica de ayer. Está conectado con la profecía o anuncio de la suerte final de Jesús: ir a Jerusalén, sufrir, morir, resucitar. Una suerte que Pedro rechaza, a pesar de la perspectiva final de victoria —la resurrección—, que, a buen seguro, el discípulo no capta en su auténtico sentido.

Jesús vuelve a afirmar, por consiguiente, que la confesión de fe debe estar guiada también por: una fidelidad en la vida. Las palabras pronunciadas por el Maestro tienen, pues, seriedad evangélica: son unas palabras basadas en las exigencias ascéticas más radicales y que sólo es posible cumplir si son captadas en la triple dimensión del discipulado: vivir como el Maestro, a causa de él, en comunión con él. Sólo entonces es cuando la fuerza de las palabras adquiere su lógica de gracia: seguir a Jesús, negarnos a nosotros mismos, tomar la cruz, perder nuestra propia vida.

Estas difíciles exigencias no pueden ser comprendidas en todo lo que encierran, incluso en su misma formulación, antes de la resurrección de Jesús. ¿Cómo hablar, por ejemplo, de cargar con la cruz, con el añadido de “cada día” (en el texto paralelo de Lucas), sin haber visto a Jesús cargando con la cruz? ¿O cómo hacer comprender la lógica del perder la vida para ganarla sin la clave de bóveda que constituye la victoria de Jesús sobre la muerte? Con todo, aunque no puedan ser comprendidas hasta el final estas exigencias, Jesús pide fidelidad a los discípulos; que estén atentos a recorrer con él el mismo camino; que estén dispuestos a seguirle, también después de la resurrección, por este sendero.

La historia de Israel, más que escrita en libros, está grabada en el corazón. La memoria agradecida de lo que Dios ha realizado se renueva con la oración que acoge la Palabra y con los salmos, que ayudan a rumiar en el corazón y a expresar con los labios las alabanzas del Señor. En todo acontecimiento se puede cantar: «Porque es eterna su misericordia». En cada etapa progresiva se puede decir, como en la oración de la noche de Pascua: “¡Dayenû!”, esto nos habría bastado.

A nosotros, hombres y mujeres de la posmodernidad, a causa de la frágil y no convencida memoria del pasado, a causa del carácter efímero de lo cotidiano, que parece desplomarse constantemente en la nada, la lección que nos da el pueblo de la memoria nos resulta preciosa: re-cor-dar, volver a dar al corazón, como necesaria oxigenación teológica, el recuerdo de los hechos de Dios en nuestra historia personal y comunitaria, es una actitud preciosa del espíritu. Y es también una preciosa indicación pedagógica en la transmisión de la fe en el seno de la familia. Recuerdo de las obras de Dios ya realizadas, recuerdo de las promesas de Dios que nos orientan hacia un futuro de gloria.

También Jesús nos anuncia palabras cargadas de sentido, incluso a través de la contradicción humana que encierra su significado. Dice la verdad; no engaña ni lisonjea. La invitación a cargar con la cruz y a perder la vida no es la lección estoica de un maestro de la sospecha de los que afirman que todo es vanidad. Es palabra anticipada que debe permanecer en el corazón cuando las circunstancian aclaren lo que significa tomar la cruz de cada día y perder la vida. Las palabras se vuelven hechos, el conocimiento se convierte en sabiduría con la experiencia.

Para los cristianos, las palabras de Jesús son una clave de comprensión que hemos de mantener siempre en el corazón. Ahora bien, también se hace necesario llevarlas en la memoria, a fin de obtener una renovada esperanza que se apoya en el anuncio de su definitiva venida gloriosa.

Comentario del Santo Evangelio: Mt 16, 13-28, para nuestros Mayores. La confesión de San Pedro; primer anuncio de la pasión y condiciones del seguimiento.

El episodio ocupa un lugar central en los evangelios sinópticos. Mateo da un relieve particular a la identidad de Jesús y al papel de Pedro. Jesús se identifica aquí con el Hijo del hombre, el Juez universal esperado para el final de los tiempos: una figura gloriosa, humano-divina (cf. Dn 7,13s), que no se presta a esperanzas políticas, como la del Mesías/Cristo. Por lo demás, el sondeo de opiniones (v. 14) atestigua que la gente duda a la hora de proyectar sobre Jesús esperanzas de ese tipo: la respuesta de Pedro no es, por consiguiente, algo previsible. Jesús lo confirma solemnemente, constituyendo al apóstol en jefe de la nueva comunidad mesiánica e imponiéndole un nombre nuevo, signo de una nueva identidad y misión.

El mesianismo de Jesús, sin embargo, difiere radicalmente del sentir humano: la gente no está preparada para acogerlo (v. 20), ni siquiera Pedro lo está, a pesar de la revelación del Padre. En efecto, manifiesta toda su debilidad frente al primer anuncio de la pasión, en el que Jesús parece identificarse con el Siervo sufriente más que con el Cristo. Llegados ahí, Jesús emplea una expresión durísima dirigida a San Pedro, le llama «Satanás», dado que le presenta las mismas tentaciones mesiánicas que ya le había insinuado el demonio en el desierto.

Con todo, Jesús no revoca la misión que le había confiado a San Pedro: de ahí que debamos reconocer que la Iglesia, desde la «roca» de su fundamento, aunque está constituida por hombres frágiles, permanecerá firme e inmortal en virtud de la presencia del mismo Cristo (v. 18b). Sin embargo, el camino de los discípulos debe calcar las huellas del Maestro: deberán compartir sus sufrimientos, humillaciones, aparentes fracasos, para compartir también la victoria.

Jesús lo asegura a través de la revelación implícita que en él realizan y unifican tres figuras proféticas de la Escritura tan diferentes que parecen antitéticas: la escatológica del Hijo del hombre, la real del Mesías y la misteriosa del Siervo sufriente.

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Hoy nos somete Jesús al examen de la fe. Como hizo Simón Pedro, tal vez pudiéramos superar la parte teórica con una respuesta exacta, fruto de la gracia de Dios que trabaja en nosotros. «Tú eres el Mesías», la realización de las mejores esperanzas, “el Hijo de Dios vivo”. La afirmación de San Pedro brota del corazón, no, a buen seguro, de sus nociones de teología, y suscita la igualmente cordial exclamación del Señor. Quisiéramos responder con el mismo ardor a Jesús.

Con todo, eso no bastaría para superar el examen: hemos comprendido que Jesús es Dios, pero debemos comprobar también nuestro concepto de Dios y de su obrar. En efecto, nuestro vínculo con él requiere la imitación, el seguimiento del Hijo: ésta es la prueba práctica, la comprobación de la fe. Nosotros creemos en el Dios omnipotente, pero no hemos comprendido aún de manera suficiente que su omnipotencia es misericordia infinita, llegada hasta el sacrificio del Hijo. Por eso nos quedamos desconcertados o decepcionados frente a las oposiciones y a los fracasos: nos falta la conciencia de que Cristo está presente entre nosotros como Crucificado-Resucitado, para salvarnos, abriéndonos por delante su mismo camino.

Si queremos ser discípulos suyos, no hay otro camino. Ese camino conduce a la plenitud de la vida, aunque a costa de renuncias y de fatigas: para avanzar es preciso rechazar los falsos valores propuestos por la mentalidad mundana. El Hijo de Dios vivo es también verdadero hombre: sólo él puede enseñarnos a ser personas auténticas, capaces de realizar aquella humanidad que corresponde a las expectativas del Padre. Si siguiéramos con confianza la enseñanza y el ejemplo del Maestro, podríamos superar también el examen definitivo que el evangelio nos deja entrever hoy, puesto que «el Hijo del hombre está a punto de venir con la gloria de su Padre y con sus ángeles. Entonces tratará a cada uno según su conducta» (v. 27).

Comentario del Santo Evangelio: (Mt 16,24-28), de Joven para Joven. Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo

Sabemos el significado de renegar de alguien. San Pedro renegó de Cristo durante la pasión (Jn 18,15-18) es decir, declaró no conocerlo y no tener nada en común con Él, San Juan Crisóstomo usa este ejemplo para explicar el significado de renegar de uno mismo: cuando entiendas qué es renegar de otro, entonces, entenderás también qué es renegar de uno mismo. Quien reniega del prójimo no se conmueve cuando lo ve apaleado, encadenado, solo; su sufrimiento no lo toca. Aprende a no tener compasión de tu cuerpo, apaleado, encadenado, sufriente. San Juan Crisóstomo era un brillante orador y exageraba para hacer más eficaz su discurso; pero la imagen es buena. Una excesiva concentración sobre uno mismo y sobre los propios intereses hace al hombre hipersensible, tímido y frágil. La medicina contra este género de enfermedad es renegarse, es decir, olvidarse, no cuidar de uno mismo y pensar más en Cristo y en el prójimo. Una madre, en la cabecera de su hijo enfermo, olvida totalmente sus achaques personales. Y ocurre algo sorprendente: los achaques en los que deja de pensar sanan.

Cargue su cruz
El culmen de la abnegación cristiana es la cruz. Pero la cruz es también el máximo de la violencia que un hombre puede ejercer sobre otro hombre.

La violencia no puede santificar al hombre, porque la virtud existe si hay libertad. Cristo no ha dicho: ¡clávate en la cruz! Estas son las palabras de Pilato. Jesús ha dicho: ¡Toma tu cruz! Él mismo la ha tomado libremente y esta libertad se ha manifestado, también, en la violencia del juicio de Pilato.

En la vida distinguimos dos tipos de acciones. Acciones que nos imponen los otros: el trabajo en la oficina. Y acciones que nosotros elegimos realizar: un hermoso paseo. Si tomásemos al pie de la letra esta distinción, concluiríamos que sólo el paseo es virtud, y nunca el deber.
En cambio, la cruz de Cristo nos enseña a transformar la violencia y la imposición en fe libre. Todo está en manos del Padre celestial y nosotros nos sometemos sólo a Él, libre y gustosamente.

Quien quiera salvar su vida, la perderá
San Francisco de Asís estaba convencido de que el mundo se salvaría sólo a través de la cruz y de la abnegación. Su compañero, Egidio, intentó resumir la enseñanza de San Francisco de la siguiente manera: ¿Quieres sentirte bien? Hazte sordo. ¿Quieres hablar bien? Estate callado. ¿Quieres caminar bien? Córtate las piernas. ¿Quieres trabajar bien? Córtate las manos. ¿Quieres amar de verdad? Ódiate. ¿Quieres vivir bien? Mortifícate. ¿Quieres ganar? Aprende a perder. ¿Quieres enriquecerte? Sé pobre. ¿Quieres ser consolado? Llora. ¿Quieres vivir en la seguridad? Ten siempre temor. ¿Quieres subir alto? Humíllate. ¿Quieres ser estimado? Despréciate a ti mismo y estima a quienes te desprecian. ¿Quieres tener el bien? Soporta el mal. ¿Quieres estar en paz? Cánsate. ¿Quieres que te bendigan? Espera que te maldigan.

Vivir así es señal de gran sabiduría, pero no es para todos. El texto parece un elenco de paradojas, pero todas sirven para ilustrar el misterio de la cruz: la ganancia en la pérdida, la vida en la muerte.

Elevación Espiritual para este día.

Desear sufrir no equivale simplemente al piadoso recuerdo de los sufrimientos del Señor. El sufrimiento aceptado voluntariamente como expiación es lo que nos une de verdad al Señor, y realmente lo hace hasta el fondo. Pero éste nace sólo de una unión con Cristo que ya esté en acto.

El amor a la cruz no está en absoluto en contradicción con la alegría de nuestro ser hijos de Dios. Brindar nuestra contribución a llevar la cruz de Cristo es fuente de una alegría vigorosa y pura, y aquellos a quienes se les ha concedido y lo hacen —los constructores del Reino de Dios— son hijos de Dios en el sentido más verdadero y más pleno. De ahí que sentir predilección por el camino de la cruz no signifique en absoluto negar que el viernes santo haya pasado ni que la obra de la redención ya esté realizada. Sólo pueden llevar la cruz los redimidos, los hijos de la gracia. El sufrimiento humano toma su poder reparador sólo de la unión con nuestra Cabeza divina. Sufrir y, en medio del sufrimiento, ser felices

Reflexión Espiritual para el día.

La cruz ha sido siempre un signo de contradicción y un principio de selección entre los hombres. Con excesiva frecuencia se presenta la cruz a nuestra adoración como un símbolo de tristeza, de restricción, de remoción, más que como una meta sublime que sólo alcanzaremos superándonos a nosotros mismos. Ahora bien, este modo de hablar acaba dando la impresión de que el Reino de Dios sólo se puede realizar con el luto, y tomando siempre por principio la dirección opuesta, a contracorriente de las energías y de las aspiraciones humanas. Siendo fieles a la Palabra, nada es menos cristiano, en el fondo, que esta perspectiva.

Considerada del modo más general, la doctrina de la cruz es aquella a la que se adhiere todo hombre convencido de que, en presencia de la agitación humana, se fe abre un camino hacia alguna salida y de que este camino sube. La vida tiene un término; por consiguiente, impone una dirección a la marcha. Hacia las cimas, envueltas por nuestras miradas en la niebla, a donde nos invita a subir el Crucificado, nos elevamos a través de un sendero que es el mismo camino del progreso universal. La vía real de la cruz es precisamente el camino del esfuerzo humano. El que entiende plenamente el sentido de la cruz ya no corre el riesgo de considerar triste y fea la vida. Sólo se ha vuelto más atento a su incomprensible gravedad.

El rostro de los personajes , pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y el magisterio de la Santa Iglesia. Las pruebas de Dios.

El capítulo introductorio a la ley deuteronómica termina con una profesión de fe monoteista y una exhortación a la obediencia al mandamiento capital. Lo fundamenta en «pruebas» que hacen reconocer a Dios como el único. La afirmación monoteísta es aquí tan explícita como en el Segundo Isaías. Se asemejan en que ambas están hechas frente a la idolatría y en polémica con ella, y ambas también ante el horizonte grande de los pueblos que Israel descubrió en directo en el destierro.

El punto clave de la perícopa está señalado por la proclamación de la unicidad de Dios, repetida a modo de estribillo (v. 25 y 39). La aseveración proclamada aduce pruebas. Las pruebas de Dios están para Israel en su historia. Aquí se ven como centrales la revelación en el Horeb (Sinaí), en teofanía de fuego, y la liberación de servidumbre en Egipto, con fuerza y gesto guerrero. Desde ahí la mirada se torna hacia atrás y encuentra como fundamento de esas manifestaciones salvadoras el amor de Dios a los patriarcas; se torna hacia adelante y ve que la acción salvadora se prolonga en la conquista de la tierra. Esos grandes momentos son los recogidos en las antiguas profesiones de fe de Israel o en el «credo histórico» de que el mismo Deuteronomio es transmisor (Dt 26, 1—11).

Por los acontecimientos proclamados en el «credo», y también por todos los momentos intermedios, ya que aquéllos están en secuencia Y revelan un propósito, Dios entró en la vida de Israel como el único. Ningún otro dios se dio a conocer en ese camino histórico como salvador. Los eventuales ídolos y deificaciones momentáneas se han mostrado decepcionantes. Con ese tan vasto margen temporal y espacial de experiencia, Israel no puede admitir que haya otro Dios, pues ninguno se ha adelantado a ofrecer pruebas semejantes para serlo. Más aún, las pruebas que ha dado Dios excluyen que haya otro, Pues se hubiera interpuesto en el camino de su salvación en el contexto de todos los pueblos.

El predicador no se muestra aquí como un teorizante de teólogo, sino como un pastor. Se dirige al pueblo como a un tú, situado en el presente, tentado un día por las deidades cananeas y desilusionado ya de ellas, decepcionado del curso de su historia y sin un futuro claro. Su intento es abrir la puerta de ese pueblo a la esperanza. Y lo hace precisamente refrescándole la memoria sobre sus mismos fundamentos. Se podría decir que su homilía versa sobre la vocación eterna de Israel, de ningún modo cancelada por el curso de los hechos históricos, sino asegurada sobre las mismas pruebas de Dios. Estas comprometen a Dios en su fidelidad y comprometen al pueblo a responder ahora mismo.

La puerta hacia el futuro está, según el predicador, en fidelidad a la alianza en su mandamiento capital. Por la vuelta obediente y esperanzada al Dios único el pueblo conecta otra vez con la raíz misma de su ser; se identifica con el pueblo amado por Dios en los patriarcas, el que fue librado de servidumbre, el que escuchó su palabra en el Sinaí y el que recibió para morada una tierra. La relación creada por Dios con él sigue en vigor; más aún, está como empezando ahora en esos mismos términos. El Dios que llenó de obras salvadoras el pasado tiene para llenar el presente y el futuro. +

 

Enviado el Viernes, 11 agosto a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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