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Gracias os damos

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Lecturas del día 05-07-2015

LITURGIA DE LA PALABRA.

Ez 2,2-5: “Son un pueblo rebelde”
Sal 122: Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia.
2Cor 12,7b-10: “Así residirá en mí la fuerza de Cristo”
Mc 6,1-6: Jesús en la sinagoga de su pueblo

Toda la primera parte del Evangelio de Marcos, hasta la “gran crisis” (8,27-30) se suele dividir en tres partes. Cada una de ellas es comenzada por un resumen de la actividad de Jesús, y después por una referencia a los discípulos; luego, cada unidad va mostrando cómo se desencadena el conflicto que conducirá a Jesús a la cruz; de ese conflicto hablará claramente, “abiertamente”, la segunda parte (8,31 en adelante). La primera revela que la dirigencia judía no puede comprenderlo, y “fariseos y herodianos se confabularon para matarle” (3,6). En la segunda, el conflicto tiene que ver con “los suyos”, “su patria”, “su casa” (ver 3,20-21 y 6,4). La tercera ya nos preparará a su muerte, anticipada por la ejecución del Bautista. El relato que hoy comentamos es la unidad conclusiva de esta segunda parte (y se agrega el breve resumen que da comienzo a la tercera: “Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente” [6,6b]).

Si a “este” lo conocemos bien, ¿de dónde le viene la capacidad? Pero la pregunta no es para saber el origen, sino para poner en duda esa autoridad, el origen de la palabra que él pronuncia. Es una pregunta de descreimiento (falta de fe), y por eso “no puede” hacer allí milagros (el texto en griego juega de un modo muy interesante con las palabras: podría traducirse por “no podía [edúnato] hacer su poder [dúnamin]”).

Es evidente que los signos de Jesús (frecuentemente conocidos como “milagros”, pero en realidad “expresiones de poder”) manifiestan su misión, es decir, su predicación del Reino (ver Lc 11,20), y por ello están en relación directa con la fe. Jesús va por los pueblos predicando, “enseñando” (didaskein). Este verbo es interesante en Marcos ya que siempre tiene a Jesús por sujeto salvo en dos oportunidades: en una (6,30), enseñan los Doce, enviados por Jesús con autoridad (exousía), en la otra (7,7) Jesús se dirige a los fariseos como “hipócritas” y cita a Isaías (29,13) diciéndoles que honran a Dios con los labios, no con el corazón ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres. Sólo Jesús, el enviado de Dios, puede enseñar, o también quienes se dejan a su vez enseñar por él, los demás enseñan palabras huecas, se apartan del camino de Dios.

La lista de la parentela de Jesús revela, fundamentalmente, que es una persona conocida en su pueblo. Precisamente por ser conocido “no tiene autoridad” para hablar. Es “el carpintero” (o mejor un “trabajador manual”, téktôn), son manos para trabajar materiales sólidos, no para obrar “signos de poder”. Es “de los nuestros “ no puede “enseñar” con “sabiduría”. Por eso es motivo de escándalo, de tropiezo.

Pero el dicho de Jesús, (probablemente una palabra que se remonta al Jesús histórico) no sólo revela que no fue honrado en su “patria”, sino que él mismo lo relaciona con la suerte de los profetas. Es lo más probable que Jesús viera su ministerio como profético, y sus signos en la misma sintonía. Estamos en un tiempo sin profetas, y un profeta era esperado, por muchos, como predecesor del mesías, o de los tiempos mesiánicos. Para Marcos y Mateo especialmente, ese profeta es Juan, pero eso no quita que Jesús se manifieste con características proféticas. Jesús, como muchos, o todos los profetas, es rechazado. Su palabra no es seguida, pero eso no significa que su palabra sea hueca, o palabra de hombres. Jesús predica un Dios que se ha decidido a reinar, que quiere realizar su voluntad entre los hombres. Como los profetas, Jesús anuncia la voluntad de Dios, de un Dios que él revela como padre (abbá); como los profetas, Jesús puede hablar “en nombre de Dios” porque está en sintonía con Él; como los profetas, Jesús enseña los caminos de Dios, frecuentemente rechazados por los hombres; y como los profetas, Jesús es frecuentemente rechazado por ello, no es honrado y su vida se encamina al fracaso, y a la cruz. Pero como “más que un profeta”, ante ese fracaso, Dios todavía tiene una palabra por decir, y la dirá en la Pascua.

Los estudiosos suelen decir que la primera parte del Evangelio de Marcos (que termina en la "Confesión de Pedro") se divide en varias partes más pequeñas; cada una de estas partes empieza con un resumen -llamado habitualmente "sumario"- de la vida de Jesús; después de cada una de ellas viene una referencia a los apóstoles. En este esquema, el Evangelio de hoy es el fin de la segunda de las tres pequeñas partes que se caracterizan por un aumento progresivo en el conflicto que Jesús produce al encontrarse con él. El texto marca un punto clave: Jesús -que es presentado aquí como profeta- se encuentra con la absoluta falta de fe de los suyos, sus amigos y parientes. El "fracaso" de Jesús se va acentuando: en la tercera parte ya se empieza a presentir la "derrota" del Señor anticipada en la muerte del Bautista.

Es característico del Evangelio de Marcos presentar a sus destinatarios el aparente fracaso, la soledad, el escándalo de la cruz de Jesús. Esa cruz es la que comparten con él todos los perseguidos a causa de su nombre, como lo es la comunidad de Marcos. En toda la segunda parte de este Evangelio lo encontraremos al Señor tratando -a solas con los suyos- de revelarles el sentido de un "Mesías crucificado" que será plenamente descubierto por el Centurión -en la ausencia de cualquier signo exterior que lo justifique- como el "Hijo de Dios".

Los habitantes de Nazareth no dan crédito a sus oídos: ¿de dónde le viene esto que enseña en la sinagoga? "Si a éste lo conocemos y conocemos a toda su parentela". La sabiduría con la que habla, los signos del Reino que salen de su vida, no parecen coherentes con lo que ellos conocen. Allí está el problema: "con lo que ellos conocen". Es que la novedad de Dios siempre está más allá de lo conocido, siempre más allá de lo aparentemente "sabido"; pero no un más allá “celestial”, sino un “más allá” de lo que esperábamos, pero “más acá” de lo que imaginábamos; no estamos lejos de la alegría de Jesús porque “Dios ocultó estas cosas a los sabios y prudentes y se las reveló a los sencillos”, no estamos lejos de la incomprensión de las parábolas: no por difíciles, sino precisamente por lo contrario, por sencillas. El "Dios siempre mayor" desconcierta, y esto lleva a que falte la fe si no estamos abiertos a la gratuidad y a la eterna novedad de Dios, a su cercanía. Por eso, por la falta de fe, Jesús "no podía hacer allí ningún milagro"; quienes no descubren en Él los signos del Reino no podrán crecer en su fe, y no descubrirán, entonces, que Jesús es el enviado de Dios, el profeta que viene a anunciar un Reino de Buenas Noticias. Esto es escándalo para quienes no pueden aceptar a Jesús, porque "nadie es profeta en su tierra". Y quizás, también nos escandalice a nosotros... ¿o no?

Jesús es mirado con los ojos de los paisanos como “uno más”. No han sabido ver en él a un profeta. Un profeta es uno que habla “en nombre de Dios”, y cuesta mucho escuchar sus palabras como “palabra de Dios”; cuesta mucho reconocer en quien es visto como “uno de nosotros” a uno que Dios ha elegido y enviado. Cuesta pensar que estos tiempos que vivimos son tiempos especiales y preparados por Dios (kairós) desde siempre. Pero en ese momento específico, Dios eligió a un hombre específico, para que pronuncie su palabra de Buenas Noticias para el pueblo cansado y agobiado de malas noticias. No es fácil reconocer el paso de Dios por nuestra vida, especialmente cuando ese paso se reviste de “ropaje común”, como uno de nosotros. A veces quisiéramos que Dios se nos manifieste de maneras espectaculares ‘tipo Hollywood’, pero el enviado de Dios, su propio Hijo, come en nuestras mesas, camina nuestros pasos y viste nuestras ropas. Es uno al que conocemos aunque no lo re-conocemos. Su palabra, es una palabra que Dios pronuncia y con la que Dios mismo nos habla. Sus manos de trabajador común son manos que obran signos, pero con mucha frecuencia nuestros ojos no están preparados para ver en esos signos la presencia del paso de Dios por nuestra historia.

Muchas veces nosotros tampoco sabemos ver el paso de Dios por nuestra historia, no sabemos reconocer a nuestros profetas. Es siempre más fácil esperar o cosas extraordinarias y espectaculares, o mirar alguien de afuera. Es mucho más “espectacular” mirar un testimonio en Calcuta que uno de los cientos de miles de hermanas y hermanos cotidianos por las tierras de América Latina que trabajan, se “gastan y desgastan” trabajando por la vida, aunque les cueste la vida. Es mucho más maravilloso mirar los milagros que nos anuncian los predicadores itinerantes y televisivos, que aceptar el signo cotidiano de la solidaridad y la fraternidad. Es mucho más fácil esperar y escapar hacia un mañana que ‘quizá vendrá’, que ver el paso de Dios en nuestro tiempo, y sembrar la semilla de vida y esperanza en el tiempo y espacio de nuestra propia historia. Todo esto será más fácil, pero, ¿no estaríamos dejando a Jesús pasar de largo?

PRIMERA LECTURA.
Ezequiel 2,2-5
Son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos

En aquellos días, el espíritu entró en mí, me puso en pie, y oí que me decía: "Hijo de Adán, yo te envió a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Sus padres y ellos me han ofendido hasta el presente día. También los hijos son testarudos y obstinados; a ellos te envió para que les digas: "Esto dice el Señor." Ellos, te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos."

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 122
R/.Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia.

A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo. Como están los ojos de los esclavos fijos en la manos de sus señores. R.

Como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia. R.

Misericordia, Señor, misericordia, que estamos saciados de desprecios; nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos. R.

SEGUNDA LECTURA.
2Corintios 12,7b-10
Presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo

Hermanos: Para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un ángel de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces he pedido al Señor verme libre de él; y me ha respondido: "Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad." Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte.

Palabra de Dios.

SANTO EVANGELIO
Marcos 6,1-6
No desprecian a un profeta más que en su tierra

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: "¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?" Y esto les resultaba escandaloso. Jesús les decía: "No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa." No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Palabra del Señor.

Enviado por Administracion el Domingo, 05 julio a las 00:00:00 (27 Lecturas)
 
Lecturas del día 04-07-2015

LITURGIA DE LA PALABRA.

Gn 27,1-5.15-29: “Jacob quitó su bendición a su hermano”
Sal 134: Alabad al Señor porque es bueno.
Mt 9,14-17: “Cuando les arrebaten al novio, ayunarán”

Los discípulos de Juan, uno de los grupos de la época de Jesús, también toman posición ante las actitudes y enseñanzas de Jesús. La religión judía veía en el ayuno y otras prácticas religiosas, tales como el descanso sabático, pago de diezmos, oraciones múltiples, lavado de manos y vajilla y muchas otras, una manera de unirse a Dios. Estas prácticas determinaban incluso la fidelidad o no a la alianza entre el pueblo elegido y su Dios. Pues bien, hoy se le pregunta a Jesús por qué sus discípulos no ayunan.

Y él responde con un elemento fundamental de su predicación y enseñanza: La novedad del reino de Dios es ir ligado a la libertad. Ese es el sentido que tiene la pequeña parábola que el Señor usa para responder. A la práctica del ayuno, y sobre todo a la manera en que lo practicaban los grupos judíos (incluso los fariseos, según el texto), Jesús responde señalando que lo supremo y absoluto en la novedad del reino que él predica es la presencia definitiva de Dios en la historia (el novio en la fiesta), y dice que esa novedad no pega con la vieja estructura del judaísmo, que ha producido hombres y mujeres esclavos de las normas, el ayuno, el descanso y una larga lista (la tela nueva en el vestido viejo). En cambio el novio, la fiesta, la alegría y la libertad que produce el anuncio del reino están por encima de cualquier práctica o norma religiosa. Preguntémonos seriamente: ¿cómo vivimos la novedad y la libertad del reino que cada día nos sigue anunciando Jesús?

PRIMERA LECTURA.
Génesis 27,1-5.15-29
Jacob echó la zancadilla a su hermano y le quitó su bendición

Cuando Isaac se hizo viejo y perdió la vista, llamó a su hijo mayor: "Hijo mío." Contestó: "Aquí estoy." Él le dijo: "Mira, yo soy viejo y no sé cuándo moriré. Toma tus aparejos, arco y aljaba, y sal al campo a buscarme caza; después me guisas un buen plato, como sabes que me gusta, y me lo traes para que coma; pues quiero darte mi bendición antes de morir."

Rebeca escuchó la conversación de Isaac con Esaú, su hijo. Salió Esaú al campo a cazar para su padre. Rebeca tomó un traje de su hijo mayor, Esaú, el traje de fiesta, que tenía en el arcón, y vistió con él a Jacob, su hijo menor; con la piel de los cabritos le cubrió los brazos y la parte lisa del cuello. Y puso en manos de su hijo Jacob el guiso sabroso que había preparado y el pan. Él entró en la habitación de su padre y dijo: "Padre." Respondió Isaac: "Aquí estoy; ¿quién eres, hijo mío?" Respondió Jacob a su padre: "Soy Esaú, tu primogénito; he hecho lo que me mandaste; incorpórate, siéntate y come lo que he cazado; después me bendecirás tú." Isaac dijo a su hijo: "¡Qué prisa te has dado para encontrarla!" Él respondió: "El Señor, tu Dios, me la puso al alcance." Isaac dijo a Jacob: "Acércate que te palpe, hijo mío, a ver si eres tú mi hijo Esaú o no." Se acercó Jacob a su padre Isaac, y éste lo palpó, y dijo: "La voz es la voz de Jacob, los brazos son los brazos de Esaú." Y no lo reconoció, porque sus brazos estaban peludos como los de su hermano Esaú. Y lo bendijo. Le volvió a preguntar: "¿Eres tú mi hijo Esaú?" Respondió Jacob: "Yo soy." Isaac dijo: "Sírveme la caza, hijo mío, que coma yo de tu caza, y así te bendeciré yo." Se la sirvió, y él comió. Le trajo vino, y bebió.

Isaac le dijo: "Acércate y bésame, hijo mío." Se acercó y lo besó. Y, al oler el aroma del traje, lo bendijo, diciendo: "Aroma de un campo que bendijo el Señor es el aroma de mi hijo; que Dios te conceda el rocío del cielo, la fertilidad de la tierra, abundancia de trigo y vino. Que te sirvan los pueblos, y se postren ante ti las naciones. Sé señor de tus hermanos, que ellos se postren ante ti. Maldito quien te maldiga, bendito quien te bendiga."

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 134
R/.Alabad al Señor porque es bueno.

Alabad el nombre del Señor, / alabadlo, siervos del Señor, /que estáis en la casa del Señor, / en los atrios de la casa de nuestro Dios. R.

Alabad al Señor porque es bueno, / tañed para su nombre, que es amable. / Porque él se escogió a Jacob, / a Israel en posesión suya. R.

Yo sé que el Señor es grande, / nuestro dueño más que todos los dioses. / El Señor todo lo que quiere lo hace: / en el cielo y en la tierra, / en los mares y en los océanos. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Mateo 9,14-17

¿Es que pueden guardar luto, mientras el novio está con ellos?

En aquel tiempo, se acercaron los discípulos de Juan a Jesús, preguntándole: "¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?" Jesús les dijo: "¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos? Llegará un día en que se lleven al novio, y entonces ayunarán. Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor. Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos, porque revientan los odres; se derrama el vino, y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así las dos cosas se conservan."

Palabra del Señor.

 

Comentario de la Primera Lectura: Gn 27, 1-5. 15-29.

Jacob no es en la Biblia una figura edificante y modélica, como el primero de los patriarcas, Abraham. Si en éste puso su pueblo los rasgos que consideró ideales en la relación con Dios y con los hombres, en Jacob puso más bien la otra cara de sí mismo, la egoísta, ambiciosa y titánica, ante Dios y ante los hombres. De ese modo se confesó en su mismo padre pecador y necesitado de salvación. La historia de la salvación cuenta con humanidad real que tiene esas dos caras.

Isaac se queda casi perdido entre las dos gigantescas personalidades, como una figura puente, transmisor de la preciosa herencia de la conciencia de elección. Parece que su función fuera la de contribuir, bien como hijo, bien como padre, al retrato completo de Abraham y de Jacob. Abraham se adentra hasta el medio de su vida para dárselo todo, hasta un hogar constituido; Jacob avasalla sus proyectos, robándole la bendición, que era la herencia y la plenitud de su personalidad.

En el relato del robo de la bendición paterna por parte de Jacob concurren las dos versiones yahvista y elohísta, en fusión bien tejida y fluyente. El episodio se desenvuelve en una serie de escenas en forma de diálogo entre los cuatro personajes, dos a dos: Isaac-Esaú, Rebeca-Jacob, Jacob-Isaac, Esaú-Isaac. Isaac manda a su primogénito Esaú prepararle un guiso con su caza, para darle después la bendición; Rebeca prepara un guiso paralelo y disfraza a Jacob para que se presente ante su padre ciego en nombre de Esaú; Jacob sirve el guiso preparado por su madre, engaña a Isaac y obtiene su bendición; Esaú llega tarde con su guiso, no puede hacer anular la bendición que le ha sido robada y obtiene sólo una “pequeña bendición”.

Ninguna de las personas aparece con rasgos muy gloriosos. El resultado de la intriga es la destrucción de la armonía familiar, lo contrario de lo que sería formar pueblo de Dios. Nadie está en la actitud de recibir nada como don transcendente, sino en la de conquistarlo por su cuenta, como el hombre adamita, el camita y el babélico.
El relato se presta a ser leído en claves falsas. Hay en un lado cómico: en el anciano ávido de un guiso de su gusto, que le dé fuerza para bendecir; en la mujer que escucha entre bastidores; en las burlas caricaturas y disfraces. Un lado trágico: en el anciano ciego, defraudado; en el primogénito privado de sus bienes; en la familia destruida. Hay la inmoralidad del fraude, del robo, de la impiedad, de la mentira. Y hay hasta una nota mágica en a manera de entender la bendición paterna y la fuerza de la palabra que decide suertes de personas y de pueblos.

En todos esos elementos se encarna el dato histórico-salvífico de la promesa patriarcal, afirmación de salvación para quienes necesitan ser salvados por la acción de Dios. Jacob no sigue en el filo de la historia por haber robado la bendición, sino porque, a pesar de ello, Dios estuvo con él y porque sus descendientes se conocieron bendecidos y afirmaron desde él esa bendición. Tampoco ellos se consideraban merecerla ni tener título para ella. Quizá quisieron expresar su primogenitura (Gén 25, 30-33). Pero en todo ello afirmaron también (y eso es un rasgo del yahvista) que no es necesariamente elegido el que elige la naturaleza, el mayor, el que tiene títulos humanos, sino el que elige Dios gratuitamente, por su benevolencia.

El relato debe ser leído en plano teológico, en el contexto del Israel que proclama su salvación en la historia. En su entender, la salvación es siempre don, sorprendente, inmerecido, no rehusado a las ambigüedades y hasta intrigas humanas. Poner bien y bendición en ese caos humano es claro crear y gratuito salvar de Dios.

La bendición paterna invoca para Jacob prosperidad una tierra fértil, señorío político y ser principio de discrimen de bendición o maldición, en cuanto signo de Dios. Esas son matizaciones de la promesa patriarcal, hechas a la luz de la situación vivida por el pueblo en la época de David y Salomón. Israel entiende su estar en tierra fértil y su señorío sobre los pueblos del contorno como un don de Dios. Y se entiende a sí mismo con la responsabilidad de ser signo de Dios en medio de los pueblos.

Comentario del Salmo 134.

El salterio pone ante nuestros ojos esta proclamación del pueblo, convocado en inmensa asamblea. Da gracias a Yavé recordando, agradecido, su historia. Historia toda ella marcada por la acción benéfica de Yavé sobre su pueblo. Entresacamos algunos de los hechos gloriosos de Dios, alrededor de los cuales Israel forja su espiritualidad: «El hirió a los primogénitos de Egipto, desde los hombres hasta los animales. Envió signos y prodigios, en medio de ti, Egipto, contra el faraón y sus ministros. Él hirió a pueblos numerosos y destruyó a reyes poderosos... Dio su tierra en herencia, herencia para su pueblo, Israel».

Israel hace hincapié en reconocer y agradecer la benevolencia de Dios en favor suyo. Es necesario señalar que encontramos en el salmo el punto de partida que da lugar a numerosas intervenciones salvíficas de Yavé. Nos referimos a la conciencia clarísima que tiene el pueblo de que todo le viene dado por su elección. Sabe que Dios paseó su mirada sobre la tierra y se fijó en él para llevar a cabo su obra de salvación: «Alabad al Señor, porque es bueno. Tocad para su nombre, porque es agradable. Porque él se escogió a Jacob, hizo de Israel su propiedad».

El concepto que tiene Israel de su elección está en consonancia con el que tiene de la misericordia de Dios. Se sabe elegido no por su grandeza, méritos o fidelidad, sino porque Dios, en su amor y bondad, lo ha querido así: «No porque seáis el más numeroso de todos los pueblos se ha prendado Yavé de vosotros y os ha elegido, pues sois el menos numeroso de todos los pueblos; sino por el amor que os tiene y por guardar el juramento hecho a vuestros padres...» (Dt 7,8).

Conforme Israel va creciendo y madurando en su experiencia de Dios, percibe que su elección no es sino el pórtico de entrada de una elección-amor universal que abarca a todos los pueblos de la tierra. Vemos entonces cómo Dios instruye a sus profetas de forma que estos puedan ver en el Mesías prometido el elegido de Yavé para extender su luz, proyectada en primer lugar sobre su pueblo y, a partir de él, a todas las gentes y naciones: «Yo, Yavé, te he llamado en justicia, te así de la mano, te formé, y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes» (Is 42,6).

Es muy importante señalar que Israel entiende, conforme Dios le va iluminando, que su elección no es tanto motivo de supremacía o encumbramiento, sino una vocación de servicio en beneficio de toda la humanidad. Del seno del pueblo ha de nacer el Mesías, el elegido, por quien el amor y la misericordia de Yavé, que tan bien conocen, atraviesen sus fronteras y, como un torrente imparable, alcancen a todos los hombres.

La expectativa de Israel, alimentada e iluminada por los profetas, se hace realidad visible en el Mesías. Es más, en el acontecimiento de la transfiguración, Dios Padre da testimonio de que Jesucristo es el elegido anunciado por los profetas. Es en el monte Tabor donde Yavé presenta a su Hijo como su Palabra; por eso dice: ¡escuchadle!

Es fundamental que el mismo Yavé sea quien testifique acerca de su Hijo anunciándole como el elegido que esperaban; y es fundamental también que la voz de Dios exhorta a los tres apóstoles a una sola y perentoria actitud: Que le escuchen. En Pedro, Juan y Santiago, Dios está invitando a todos los hombres a prestar atención a las palabras de su Hijo porque son palabras de vida eterna, como muy bien entendió Pedro, uno de los testigos, cuando le dijo a Jesús: «Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos que tú eres el santo de Dios» Jn 6,68-69).

El Señor Jesús, el elegido de Dios, tiene a su vez poder para elegir, para elegimos. No es el hombre-mujer quien elige a Dios; es Él quien nos elige a nosotros, y con los mismos parámetros con los que Yavé escogió a su pueblo: para hacer un servicio, para dar frutos de salvación en beneficio del mundo.

Ser discípulo, la vida de fe, es un don de Dios concedido al hombre por medio de Jesucristo, era una realidad meridiana para los primeros cristianos, Veamos, por ejemplo, cómo empieza la segunda Carta del apóstol Pedro: «Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo les ha sido concedida gratuitamente una fe tan preciosa como la nuestra» (2Pe 1,1).

En la medida en que los elegidos del Señor Jesús dan fruto, el mundo, la humanidad, se salva, ya que a la vista de la luz que irradian, los hombres dan gloria y alaban al Padre: «Vosotros sois la luz del mundo... brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos»
(Mt 5,14-16).

Jesucristo elige a sus discípulos no con una varita mágica ni al capricho del azar: la elección se hace efectiva por la fuerza de la predicación del Evangelio. Esto es lo que nos dice el apóstol san Pablo: «Conocemos, hermanos queridos de Dios, vuestra elección; ya que os fue predicado el Evangelio...» (1Tes 1,4-5).

Comentario Santo Evangelio: Mateo 9,14-17

También en este fragmento evangélico trata Mateo la relación de Jesús con el pecado y con la reconciliación
En el centro, como en el fragmento precedente, se encuentra el acto de la comida, no ya considerado como ámbito de relación, sino en cuanto tal, en cuanto posible acto de renuncia, de sacrificio y de tristeza. En realidad, el eje del evangelio de hoy es la relación entre lo nuevo y lo viejo, que había caracterizado ya al evangelio de Mateo en el extenso “sermón del monte”. El ayuno no cuadra con la presencia del esposo en medio de la comunidad. Jesús es el esposo, el resucitado, presente en medio de la Iglesia «hasta el fin del mundo». El ayuno experimenta así, para el cristiano, gracias también a estas expresiones, una gran transformación: de expresión de luto se convierte en manifestación de la expectativa confiada por el retorno del Señor.

El cristiano celebra realmente la muerte del propio Señor resucitado cada vez que come y bebe el pan y el vino: no es el ayuno, sino la comida lo que permite y simboliza la memoria de la cruz, victoria sobre el pecado y don de salvación.

La restauración de Israel y las bodas de Cristo con la Iglesia están estrechamente relacionadas con la eucaristía, como contexto en el que es proclamada la lectura. La expectativa de Israel se cumple en el misterio pascual del Hijo de Dios. El ayuno, como tensión hacia el banquete del final de los tiempos, es ya plenamente posible, ya ha sido autorizado, aunque sólo como memoria de la muerte del Señor. El Crucificado ha resucitado, pero el Resucitado sigue siendo el Crucificado, con sus llagas. El ámbito para un ayuno cristiano no es ya el de la expectativa de un acontecimiento absolutamente nuevo: ese acontecimiento está ya dentro de la historia.

El ayuno cristiano orienta en cambio a la vigilancia, a la paciencia, a la reserva histórica, al «todavía no» de aquel «ya» que fue afirmado, de una vez por todas, en la cruz de Cristo.

Comentario del Santo Evangelio para nuestros Mayores. Mt 9, 14-17. Jesús, los pecadores y el ayuno.

El milagro de la curación del paralítico —en el que Jesús se manifiesta como alguien que tiene el poder de perdonar los pecados— va seguido en el relato de Mateo por la llamada de un publicano. Son dos episodios, a primera vista diferentes, pero, en realidad, afines entre sí. Sorprende, en primer lugar, el nombre: Mateo —«don de Dios»— en vez de Leví, como se dice en el evangelio según Marcos y en el evangelio según Lucas. ¿Acaso fue Jesús mismo quien «renombró» precisamente a aquel a quien se atribuye el evangelio que estamos meditando?

Como el paralítico, también Mateo fue liberado del gran pecado que le tiranizaba: el apego al dinero. Al breve e intenso relato de la vocación —una simple orden por parte de Jesús y un acto de prontísima obediencia por parte del llamado (v. 9) — le sigue una controversia: los fariseos murmuran porque Jesús se sienta a la mesa con personas consideradas «impuras». En efecto, los publicanos como recaudadores de impuestos, tenían fama de ladrones y favorecedores del dominio extranjero. Mateo, poniendo en labios del Rabí una sentencia bíblica por la que siente un particular aprecio, ilumina el comportamiento del Maestro: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Os 6,6). Si participa en banquetes con pecadores es para manifestar la misericordia infinita del Padre, que le ha enviado a la tierra como médico de los enfermos para llevar la salvación a todos.

La persona de Jesús está destinada a suscitar las reacciones más diversas: asombro y alegría en los corazones abiertos, hostilidad y escándalo en el que se considera justo. Está también el que, perplejo y desorientado, emprende un camino de búsqueda: los discípulos de Juan, que practicaban ayunos suplementarios para apresurar la venida del Reino, interrogan a Jesús sobre el comportamiento anómalo de sus seguidores. La respuesta de Jesús, que alude a sí mismo como al esposo, representa el punto focal del fragmento. Desde ahora se revela que su acción salvífica está unida inseparablemente a la perspectiva de una suerte trágica que le arrancará con violencia de sus discípulos (cf. Is 53, en particular el v. 8).

Vienen, a continuación, las dos sentencias parabólicas del remiendo de paño nuevo al vestido viejo y del vino nuevo puesto en odres viejos (vv. 16s): ambas manifiestan que la novedad del evangelio no puede ser encerrada en los esquemas religiosos precedentes. Jesús comunica una nueva vida que supera y derriba todas las barreras, incluso la de la muerte. Lo experimenta el que cree en la eficacia de su palabra, como atestiguan los dos milagros referidos en los versículos siguientes: la curación de la mujer que sufría pérdidas de sangre y la resurrección de la hija del jefe de la sinagoga. Los relatos, despojados de todo detalle anecdótico, hacen converger la mirada sobre Jesús, el único Salvador.

Comentario del Santo Evangelio de Joven para Joven. El ayuno y la oración (Mt 9,14-17).

Se presentaron a Jesús los discípulos de Juan.
La mayoría de las religiones tienen sus períodos y estilos de ayuno, a veces muy severos. Todos conocemos el mes del Ramadán de los musulmanes, Las prescripciones son muy antiguas y hoy es difícil encontrar los motivos por los que, al principio, se instituyó el ayuno. Parece que el primero fuera la tristeza, el dolor por la vida que pasa. En algunas regiones de la Italia meridional, incluso hoy, cuando muere alguien de la familia no se cocina nada. Simbólicamente, es como decir: ahora que esta persona querida ya no está, la vida pierde significado.

Pero el fin no es siempre definitivo: el adiós a la vida precedente puede ser el comienzo de una vida nueva y, por eso, las novias se preparan al matrimonio con el ayuno. Ayunaban los profetas antes de empezar su misión. Ayunó san Juan Bautista con sus discípulos porque esperaban la próxima venida del reino de Dios, Por esto ayunan los cristianos, para prepararse al gozo de la Pascua o antes de recibir grandes dones de Dios.

Porque nosotros y los fariseos ayunamos.
Con frecuencia se cita el dicho de Tobías: «Daba de comer a los hambrientos, vestía a los desnudos y tenía mucho cuidado de dar sepultura a los que habían fallecido, o habían sido matados» (Tb 1,20). Muchos autores explican la triada fundamental de la ascética cristiana: limosna, ayuno y oración; pero los Padres de la Iglesia ven el nexo interior entre las tres obras de modo distinto a como se entiende hoy. Por experiencia, los hombres han aprendido a reforzar una petición con la oferta de un don. Del mismo modo, creemos que la oración a Dios es más eficaz si le añadimos el ayuno y la limosna.

En cambio, los autores antiguos decían: recibimos la gracia de Dios porque la suplicamos, pero nuestra oración debe ser pura. El ayuno y la limosna nos purifican para poder decir con más sinceridad el Padre nuestro. El autor sirio Isaías compara la mente humana con la pluma que, durante la oración, se alza en alto bajo la inspiración del Espíritu Santo y escribe lo que este le inspira. La plumilla debe estar limpia y seca, libre de lo que pesa y ata a la tierra.

Ayunamos.
La oración se define como elevación de la mente a Dios. Es un acto, sobre todo, interior. Los autores se preguntan de qué forma positiva podría participar en ella el cuerpo. Al igual que con los hombres, también con Dios el hombre debe relacionarse con todo su ser. El cuerpo está tan íntimamente unido al alma que su disposición actúa sobre la concentración interior. Y después, expresamos simbólicamente con los gestos lo que sentimos y pensamos.

El objetivo de la oración es someter libremente el alma a Dios; con el ayuno, esta manifestación de libertad penetra también en el cuerpo. Quien renuncia al alimento, al tabaco o a cualquier otra cosa por amor a Dios, es como si dijera que para él el amor a Dios tiene un valor superior a sus instintos: es decir, reza con el cuerpo.

La materia no es libre, está sometida a las leyes naturales, a las necesidades. El cuerpo que ayuna demuestra estar espiritualizado, que la libertad implica al instinto natural y el cuerpo se convierte en órgano del corazón para manifestar el amor.

Elevación Espiritual para este día.

Los discípulos de Juan tenían, qué duda cabe, un buen maestro. Un maestro que había sido el precursor destinado a preparar los caminos del Señor; ahora bien, puesto que ignoraban el misterio de la encarnación del Señor, no podían saber la razón de que no fuera oportuno que ayunaran los apóstoles.

El ayuno es, a buen seguro, un uso devoto, pero no puede servirle al hombre para su salvación sin el conocimiento de la verdad, esto es, sin la fe en el nombre de Cristo. Por eso ayunaban los discípulos de Juan y los fariseos no sólo con el cuerpo, sino con el ánimo, ignorando el pan celeste que había venido para alimentar los corazones de los creyentes.

Reflexión Espiritual para el día.

Ven de noche,
pero en nuestro corazón siempre es de noche:
por tanto, ven siempre, Señor.
Ven en silencio,
nosotros no sabemos ya qué decirte:
por tanto, ven siempre, Señor.
Ven en soledad,
pero cada uno de nosotros se encuentra cada vez más solo:
por tanto, ven siempre, Señor.
Ven, hijo de la paz,
nosotros ignoramos qué es la paz:
por tanto, ven siempre, Señor.
Ven a liberarnos,
nosotros seguimos siendo cada vez más esclavos:
por tanto, ven siempre, Señor.
Ven a consolarnos,
nosotros estamos cada vez más tristes:
por tanto, ven siempre, Señor.
Ven a buscarnos,
nosotros andamos cada vez más perdidos:
por tanto, ven siempre, Señor.
Ven, ya que nos amas,
nadie está en comunión con su hermano si antes no lo está contigo, Señor.
Todos estamos lejos, perdidos,
no sabemos quiénes somos, ni qué queremos:
ven, Señor.
Ven siempre, Señor.
(D. M. Turoldo, «Lungo ¡ fiume...». ¡ Salmi, Cinisello B 1987, p. 7).

El rostro de los personajes y pasajes de la Sagrada Biblia. Génesis 27, 1-5; 15-29. Rebeca: ardid, mentira e injusticia.

El relato que leeremos hoy, aparentemente es poco edificante. Se trata de un ardid de Rebeca, con el cual logra desposeer a Esaú de un «derecho de primogenitura» en provecho de su segundo hijo Jacob. Ardid, mentira, injusticia. No nos hagamos ilusiones: los autores y los lectores antiguos no eran más fáciles de engañar que nosotros. Y tampoco ellos querían justificar ni poner como ejemplo unos procedimientos tan incalificables. Si nos han contado esa siniestra astucia fue porque vieron en ella una misteriosa y paradójica lección.

Dios lleva a cabo su plan a través de los equívocos humanos... logra lo que se propone a pesar de la deficiencia de los instrumentos de que se vale... No será ésta la última vez que Dios se servirá del mal para extraer de él un bien. Esto es también una ley general de la creación. El poeta Péguy lo ha expresado muy bien: «Uno se pregunta a veces, ¿por qué razón esa fuente llamada Esperanza mana eternamente? ¿De dónde toma este niño tanta agua pura? Buena gente, dice Dios, no hay malicia en ello. De aguas malas o sucias esa fuente hace agua clara. O también: hace agua clara del agua turbia. Almas fluyentes de almas estancadas. Almas transparentes de almas turbias. Y del alma impura hace un alma pura. Esa fuente no se secará nunca... En efecto, lo sabemos, Tú, Señor, eres capaz de transformarnos, sirviéndote de nuestros pobres medios humanos, a veces tan ambiguos.

Así esta página bastante innoble puede, paradójicamente, aportarnos una cierta esperanza. Creemos que todo el mal del mundo ¡no impedirá que Dios realice sus proyectos!
Dios es amo soberano de sus elecciones... Llama a quien quiere para llevar a cabo su obra... Esta es la segunda lección, subrayada por san Pablo en la Epístola a los Romanos 9, 10-13.

Se manifiesta por el tema, bastante constante en la Biblia, del «hermano menor que suplanta al mayor». Los derechos adquiridos no cuentan ante la soberana autonomía de Dios. Este será el caso de José, elegido preferentemente a sus hermanos. De David el pequeño de la familia. De Salomón.

Tenemos de nuevo un tema paradójico de reflexión de plena actualidad, a pesar de las apariencias. Nos sentimos siempre demasiado inclinados a monopolizar a Dios en provecho propio. Y los países occidentales a creer que Cristo es siempre «blanco». ¡No, no tenemos derechos sobre Dios!

Gracias, Señor, por habernos dado la fe. Pero ayúdanos a no considerarnos nunca como propietarios exclusivos.
La bendición de Isaac: «Que Dios te dé el rocío del cielo y la fertilidad de la tierra, trigo y vino en abundancia. Que las naciones te sirvan...»

En una forma algo «primitiva» y esta bendición nos muestra la continuidad de la «promesa hecha a Abraham». Abraham, Isaac, Jacob. De eslabón en eslabón la historia avanza hacia Jesucristo, y la bendición de Dios, a través de la Iglesia, se extenderá a todos los hombres. Es una promesa de prosperidad, de apertura, de felicidad. Gracias, Señor, por repetimos todas esas cosas.

Pero, una vez más pensemos en todos los hombres para los cuales ese tipo de promesas son irrisorias porque el «trigo» falta y el hambre atenaza. Porque la dignidad es escarnecida. Porque los hombres esclavizan a sus hermanos en lugar de liberarlos.

«Por tu misericordia, Señor, líbranos del pecado, danos paz en las pruebas, en esta vida en la que esperamos la felicidad que Tú prometes...»

Enviado por Administracion el Sábado, 04 julio a las 00:00:00 (25 Lecturas)
 
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